Lorenzo justiniano

5 de Septiembre: San Lorenzo Justiniano

Publicado el 5 de septiembre de 2021

Actualizado el 18 de abril de 2025

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San Lorenzo Justiniano fue miembro de la conocida familia Giustiniani, que incluye a varios santos. La piedad de su madre parece haber servido de inspiración para su propia espiritualidad, ya que eligió una vida de oración y servicio. En 1404, después de haber sido ordenado diácono, por sugerencia de un tío que era sacerdote, se unió a una comunidad de canónigos regulares siguiendo una forma de vida monástica en la isla de San Giorgio en Alga.

En esta comunidad, sus compañeros lo admiraban por su pobreza, mortificación y fervor en la oración.


Día celebración: 4 de Septiembre.
Lugar de origen: Venecia, Italia.
Fecha de nacimiento: 1 de Julio de 1381.
Fecha de su muerte: 8 de Enero de 1455.
Santo Patrono de: Venecia.


Contenido

– Introducción
– Docilidad y generosidad de alma
– «Busca en mi»
– Admitido en la comunidad
– Desprecio por el mundo
– Recibe la Orden Sacerdotal
– Arzobispo
– Últimos años y muerte
– Oración a San Lorenzo Justiniano


Docilidad y generosidad de alma

San Lorenzo Justiniano nació en Venecia en 1381, hijo de Bernardo Giustiniani y una madre de noble ascendencia. Bernardo falleció pronto, dejando a su joven esposa viuda con varios hijos pequeños. Ella, valiente y decidida, se dedicó a cuidar y educar a sus hijos, realizando obras de caridad y ejerciendo la virtud. Lorenzo mostró desde niño una notable docilidad y generosidad. Su madre le brindó cuidados especiales y, temiendo que desarrollara orgullo o ambición, a veces lo reprendía con dureza. Sin embargo, Lorenzo siempre respondía que su único deseo era ser santo.

«Busca en mi»

A la edad de diecinueve años fue llamado por Dios para consagrarse de manera especial a su servicio. Cierto día, le pareció contemplar en una visión a la Eterna Sabiduría en la forma de una doncella resplandeciente que le decía estas palabras:

«¿Por qué buscas descanso para tu mente en las cosas exteriores, a veces en esto y a veces en aquello? Lo que tú quieres no podrás encontrarlo más que en mí: está en mis manos. Búscalo en mí, que soy la ciencia de Dios. Al tomarme por compañía y única meta, tendrás sus inagotables tesoros».

En aquel instante, sintió su alma traspasada por dardos de gracia divina y le animó un nuevo ardor para entregarse enteramente a la búsqueda de la ciencia y el amor de Dios. Para obtener consejo, se dirigió a su tío, un santo sacerdote llamado Marino Quierini, canónigo del capítulo de San Jorge, establecido en un islote llamado Alga, a un kilómetro escaso de Venecia.

Don Quierini le aconsejó, ante todo, que se pusiera a prueba en su casa frente a esta alternativa: por un lado, los honores y riquezas y los placeres del mundo y, por el otro, la dureza de la miseria, de los ayunos y de la renunciación.

«Entonces te harás esta pregunta: ¿Tengo el valor de despreciar estos deleites para aceptar una vida de penitencia y mortificación?»

Admitido en la comunidad

Tras de permanecer algún tiempo en meditación, Lorenzo levantó la vista hacia el crucifijo y dijo:

«Tú, ¡Oh Señor! eres mi esperanza. En Tí encontraré el árbol de la fortaleza y el consuelo».

La fuerza de su resolución para seguir el tortuoso camino de la cruz, quedó demostrado en la rigurosa severidad con que trataba a su cuerpo y la constante dedicación de su mente a los asuntos de la religión.

Su madre, temerosa de que sus mortificaciones le afectaran la salud, trató de distraerle y le aconsejó que se casara. El no le dio ninguna contestación, pero inmediatamente se retiró al capítulo de San Jorge, en Alga, y fue admitido en la comunidad.

Ahí, sus superiores juzgaron necesario mitigar los rigores de sus penitencias. Recorría las calles con una bolsa al hombro para pedir limosna y, cuando se le indicó que al aparecer así en público se exponía al ridículo, respondió:

«Hagamos frente a las burlas con valor. Nada habremos hecho, si renunciamos al mundo sólo de palabra. Triunfemos sobre él con nuestras bolsas y nuestras cruces».

Con frecuencia Lorenzo llegaba a pedir a la casa en la que había nacido, pero se quedaba a distancia en la calle, frente a la puerta y repetía: «¡Una limosna, por amor de Dios!».

Siempre acudía su madre con abastecimientos suficientes para llenar su bolsa, pero él no tomaba más que dos tortas de pan y, dando saludos y gracias a todos, partía como si no los conociese.

Cuando las bodegas en que se guardaban las provisiones de la comunidad fueron presa de un incendio, y uno de los hermanos se lamentaba por la pérdida, Lorenzo le dijo alegremente:

«¿Qué acaso no hemos hecho voto de pobreza? Ahora Dios nos concede la gracia de sentirla».

 

Desprecio por el mundo

Al ingresar a la orden, Lorenzo sentía una fuerte inclinación a justificarse si era reprendido injustamente, pero aprendió a dominarse mordiendo sus labios hasta superar ese deseo. Despreciaba tanto los atractivos mundanos que, desde su entrada al monasterio, solo regresó a la casa de su padre para asistir a la muerte de su madre y hermanos. Un antiguo amigo, un noble caballero, intentó disuadirlo de su vida monástica. Al llegar a San Jorge, quedó impresionado por la modestia y gravedad de Lorenzo, y aunque intentó disuadirlo, Lorenzo respondió tan convincentemente que el caballero decidió abrazar la misma regla que había intentado combatir.

Recibe la Orden Sacerdotal

En 1406, Lorenzo fue ordenado sacerdote. Su espíritu de oración y penitencia le otorgó un profundo conocimiento espiritual, gran prudencia en la dirección de almas y una notable habilidad. Durante la misa, sus lágrimas conmovían a los asistentes y despertaban su piedad. Frecuentemente entraba en éxtasis, especialmente en la misa de Navidad. Poco después de su ordenación, fue nombrado preboste de San Jorge, donde inculcaba a sus discípulos la más sincera humildad. Además, predicaba a magistrados y senadores, especialmente en tiempos de guerra o calamidades, instándoles a reconocer su propia nada para merecer la ayuda divina.

Arzobispo

En 1433, el Papa Eugenio IV nombró a San Lorenzo arzobispo de Castello, una diócesis que incluía parte de Venecia. Lorenzo intentó evitar esta responsabilidad, y tomó posesión de su catedral tan discretamente que ni sus amigos cercanos lo supieron hasta después. Continuó con sus austeridades monásticas y, gracias a sus plegarias, adquirió la energía para pacificar desavenencias y gobernar su diócesis como un convento bien disciplinado.

Administraba su casa con humildad, afirmando que la virtud debía ser el único ornamento del obispo y que todos los pobres eran su familia. Los fieles le amaban y respetaban, y vencía a sus oponentes con bondad y paciencia. Permanecía imperturbable ante insultos y halagos, demostrando siempre paz y serenidad.

Bajo su liderazgo, la diócesis floreció. Multitudes acudían a su casa en busca de consejo, consuelo y caridad. Prefería dar limosnas en especie para evitar el mal uso del dinero. Movilizó a mujeres casadas para socorrer a los necesitados y no hacía distinciones en su caridad. Una vez, cuando un pobre fue recomendado por su hermano Leonardo, el obispo respondió:

«Vuelve con el que te envió y dile de mi parte que él tiene lo suficiente para ayudarte».

Tenía absoluto desprecio por las cuestiones financieras; dejó a un criado a cargo de la administración de sus bienes temporales y, muchas veces, se le oyó decir que era indigno de un pastor de almas desperdiciar el tiempo en contar
monedas.

 

Últimos años y muerte

Los Papas de su tiempo veneraban a Lorenzo. Eugenio IV lo saludó en Bolonia como «¡ornamento de los obispos!» y Nicolás V lo elogió públicamente en 1451. Ese año, tras la muerte del patriarca de Grado, el Papa suprimió la sede de Castello y trasladó la de Grado a Venecia, nombrando a Lorenzo patriarca.

El senado de Venecia, celoso de sus prerrogativas, mostró resistencia. Lorenzo, en una audiencia ante el senado, expresó su deseo de renunciar antes que aumentar su carga. Su elocuencia impresionó tanto que el «dogo» y el senado respaldaron su nombramiento. Aceptó el cargo y, en los pocos años restantes de su vida, fortaleció su reputación de caridad y bondad.

Un ermitaño de Corfú afirmó que Venecia se salvó de calamidades gracias a las oraciones de Lorenzo. Su sobrino, Bernardo Giustiniani, quien escribió su biografía, relató diversos milagros y profecías que presenció.

San Lorenzo escribió valiosos textos ascéticos, incluyendo «Los Grados de Perfección» a los 74 años. Apenas lo terminó, sufrió una aguda fiebre. Molesto por el lecho cómodo que le prepararon, insistió en descansar sobre paja, recordando la humildad de Cristo y San Martín.

Durante los dos días que vivió tras recibir los santos óleos, muchos ciudadanos, incluyendo los pobres, acudieron a recibir su bendición. A su discípulo Marcelo, que lloraba, le dijo proféticamente: «Yo me voy antes, pero tú me seguirás pronto. En la próxima Pascua nos volveremos a ver». Marcelo murió en la semana de Pascua. San Lorenzo falleció el 8 de enero de 1455 y fue canonizado en 1690.

Oración a San Lorenzo Justiniano

Señor, tú que colocaste a San Lorenzo en el número de los santos pastores y lo hiciste brillar por el ardor de la caridad, y de aquella fe que vence al mundo, haz que también nosotros, por su intercesión, perseveremos firmes en la fe y arraigados en el amor y merezcamos así participar de su gloria.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

San Lorenzo Justiniano, ruega por nosotros.

Cordero de Dios

 

San Lorenzo Justiniano | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.