Santo tomas moro

6 de Julio: Santo Tomás Moro

Publicado el 6 de julio de 2021

Actualizado el 19 de abril de 2025

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Santo Tomás Moro, destacado humanista del Renacimiento y canciller de Enrique VIII en Inglaterra, escribió «Utopía» en 1516, una obra que exploraba el sistema político de un estado insular imaginario. A pesar de sus logros como abogado, filósofo social y autor, se opuso a la Reforma Protestante, polemizando contra figuras como Martin Luther y John Calvin. Moro se negó a reconocer a Enrique VIII como líder de la Iglesia Católica en Inglaterra y a la anulación de su matrimonio. Su rechazo a prestar juramento al Acta de Supremacía resultó en su condena por traición y posterior ejecución.


Día celebración: 6 de julio.
Lugar de origen: Cheapside, Inglaterra.
Fecha de nacimiento: 6 de febrero de 1478.
Fecha de su muerte: 6 de julio de 1535.
Santo Patrono de: Políticos y gobernantes.


Contenido

– Introducción
– Matrimonio
– Carácter
– Entronización de Enrique VIII
– Llamado a la corte
– Canciller del reino
– Enrique VIII y la Iglesia
– El acta de sucesión
– La persecución a la iglesia
– Martirio
– Oración a Santo Tomás Moro (La oración del «buen humor»)


Introducción

Tomás Moro, nacido el 6 de febrero de 1478, fue hijo de Sir John More y estudió en la escuela de San Antonio. A los trece años, el arzobispo de Canterbury lo acogió en su casa y lo envió a estudiar en el Colegio de Canterbury de la Universidad de Oxford. Aunque las similitudes entre Tomás Moro y Tomás Becket son notables, las diferencias surgen al examinar más de cerca sus respectivas épocas y roles: Tomás Becket defendió a la Iglesia del poder monárquico en el siglo XII como arzobispo, mientras que Tomás Moro, en el pleno Renacimiento del siglo XVI, se desempeñó como canciller y defendió la Iglesia contra los ataques del rey.

El padre de Tomás Moro, aunque estricto con el dinero, actuó con prudencia al limitar los recursos de su hijo, permitiéndole enfocarse en sus estudios. Después de dos años en Oxford, Tomás ingresó a la escuela de leyes de Lincoln’s Inn en 1496. Comenzó a practicar la abogacía en 1501 y se convirtió en miembro del Parlamento en 1504. Durante este tiempo, cultivó amistades con Erasmo, tuvo a Colet como confesor y participó en proyectos literarios y académicos. Con Guillermo Lilly tradujo al latín los epigramas de la Antología Griega y dictó cursos sobre el «De Civitate Dei«, de San Agustín, en St. Lawrence Jewry. Aunque consideró la vida monástica, Tomás Moro experimentó dudas vocacionales y pasó tiempo en la Cartuja de Londres antes de decidirse por una vocación laica.

Matrimonio

Aunque consideró la vida monástica, Tomás Moro, no estando seguro de su llamado y deseando evitar ser un sacerdote mediocre, optó por contraer matrimonio a principios de 1505. A pesar de su vida social y su aprecio por las cosas del mundo, Moro no compartió el desprecio del ascetismo que caracterizaba a muchos en el Renacimiento. Se disciplinaba los viernes y la víspera de las fiestas, iba a misa todos los días y rezaba el oficio parvo de Nuestra Señora. Desde los dieciocho años, llevaba una camisa de pelo, practicaba disciplinas y mantenía una vida de devoción, y su enfoque hacia la comida era notablemente desinteresado. Erasmo lo describió: «Nunca en mi vida he visto a nadie a quien interese menos la comida . . . Pero no es un hombre que desprecia las buenas cosas de la vida»

La primera esposa de Tomás Moro, Juana, era hija de Juan Colt. Moro, inicialmente inclinado a casarse con la segunda hija de Colt, decidió cortejar y casarse con Juana al darse cuenta de que sufriría y se avergonzaría si su hermana menor se casaba antes que ella. Este gesto refleja la alta calidad moral y caballerosidad de Moro. La pareja fue feliz y tuvo cuatro hijos: Margarita, Isabel, Cecilia y Juan. En su hogar, se practicaban fielmente los deberes y se cultivaba el conocimiento. Moro abogaba por la educación de las mujeres, no por feminismo doctrinal, sino por considerarlo razonable y respaldado por santos como San Jerónimo y San Agustín.

Carácter

En el hogar de Tomás Moro, la familia y los criados se congregaban para las oraciones nocturnas y, durante las comidas, se realizaba la lectura de un pasaje de la Escritura seguido de un breve comentario. Un hijo de Moro se encargaba de la lectura, que a menudo desembocaba en discusiones; se prohibían los juegos de cartas y dados. Moro también contribuyó con una donación para una capilla en la parroquia de Chelsea. A pesar de ser canciller del reino, no dudaba en unirse al coro para cantar en la capilla, llevando la sobrepelliz.

«Cuando Moro se enteraba de que alguna mujer de los alrededores iba a dar a luz, acostumbraba ponerse en oración hasta que le avisaban que el niño había nacido felizmente . . . También tenía por costumbre ir personalmente a informarse acerca de las necesidades de las familias pobres . . . Con frecuencia invitaba a su mesa a sus vecinos pobres, a quienes recibía con gran sencillez y bondad; en cambio, rara vez invitaba a los ricos y casi nunca a los miembros de la nobleza»

(Stapleton, «Tres Thomae»)

Aunque rara vez recibía la visita de personas adineradas en su hogar, Tomás Moro era frecuentado por destacados humanistas como Grocyn, Linacre, Colet, Yilly, Fisher y otros distinguidos por su cultura y religiosidad, tanto de Inglaterra como del continente. Erasmo de Róterdam, en particular, era un visitante constante y apreciado por Moro, a pesar de intentos de desfigurar su amistad. Algunos protestantes exageraban la supuesta falta de ortodoxia de Erasmo, mientras que algunos católicos minimizaban los lazos que compartían con Moro. Sin embargo, el mejor testimonio proviene del propio Tomás Moro.

«Si hubiese yo visto en mi querido Erasmo los bajos propósitos que encuentro en Tyndale, no sería ya mi querido Erasmo. Pero mi querido Erasmo detesta y aborrece los errores y herejías que Tyndale enseña y practica abiertamente; por consiguiente, Erasmo seguirá siendo mi querido Erasmo.»

En los primeros años de su vida matrimonial, Tomás Moro residía en Bucklesbury, en la parroquia de San Pedro Walbrook. En 1509, falleció Enrique VII. Moro se había opuesto en el Parlamento a la política económica de dicho monarca con tanto éxito que su propio padre fue encarcelado en la Torre de Londres y tuvo que pagar cien libras de multa.

Entronización de Enrique VIII

La entronización de Enrique VIII marcó un período de prosperidad para el joven abogado, quien al año siguiente fue nombrado profesor en Lincoln’s Inn y asistente del alcalde de Londres. Sin embargo, por la misma época, la «pequeña Utopía de Moro» se desmoronó con la muerte de su querida esposa, Juana Colt. Aunque el santo contrajo matrimonio unas cuantas semanas más tarde con Alicia Middleton, viuda siete años mayor que él y madre de una hija, lo hizo por razones prácticas y sensatas, no como un segundo martirio.

Pero no se puede censurar a Alicia Middleton por no haber estado a la altura de su marido; Alicia no era una Xantipas y, probablemente, su único defecto, si así puede llamarse realmente, era que no sabía apreciar las bromas de su esposo. Moro se trasladó entonces de Bucklesbury a Crosby Place; la casa de Chelsea no la ocupó sino hasta unos doce años más tarde.

En 1516, Moro acabó de escribir la «Utopía». No vamos a discutir aquí el sentido profundo de esa obra. Baste con citar la opinión de Sir Sidney Lee, según el cual «hay que buscar en los otros escritos de Moro sus ideas prácticas sobre la religión y la política».

Llamado a la corte

El rey y Wolsey habían decidido llamar a la corte a Moro. El santo no lo deseaba particularmente, pues conocía lo suficiente a los reyes y sus cortes para saber que la felicidad no se encontraba ahí. A pesar de ello, no rehusó sus servicios al soberano y ascendió rápidamente en categoría hasta ser nombrado, en octubre de 1529, canciller del reino, en lugar de Wolsey, quien había caído en desgracia. Los testimonios de la época nos permiten considerar a Moro desde un doble punto de vista. Erasmo escribía:

‘»En las cosas serias, no hay mejor consejo que el de Moro y, si el rey quiere divertirse un poco, no encontrará una conversación más amena que la de su canciller. Con frecuencia se presentan asuntos complicados y difíciles; en tales casos Moro da muestras de tal prudencia, que ambas partes quedan satisfechas. Sin embargo, Moro no se ha dejado ganar jamás por los regalos. ¡Dichoso país aquel cuyos monarcas pueden escoger a hombres con las cualidades de Moro! . . . El nombramiento no ha afectado en nada su sencillez . . . Se diría que el rey le ha nombrado defensor de los pobres.»

El cartujo Juan Bouge, que conocía a Moro todavía más íntimamente, escribía en 1535:

«Por lo que toca a Sir Thomas More, perteneció en una época a mi parroquia de Londres . . .Fue, además, mi hijo espiritual. Sus confesiones eran tan nítidas, tan claras y tan a fondo, que rara vez me ha sido dado oír otras como las suyas. Es un caballero muy versado en leyes, artes y teología . . .»

Tomás Moro era tan buen cortesano como puede serlo un cristiano y un santo, es decir, muy bueno. Por otra parte, su amistad con Enrique VIII no le cegaba acerca de los defectos del monarca. Moro supo ganarse el cariño del soberano y jamás le fue desleal; pero no se hacía ilusiones sobre él, como lo prueba lo que decía a su yerno:

«Te aseguro que no puedo enorgullecerme de la amistad del rey, porque si pudiese comprar un castillo de Francia al precio de mi cabeza, no vacilaría en hacerlo.»

Canciller del reino

Cuando fue nombrado canciller del reino, Tomás Moro estaba escribiendo en contra del protestantismo y especialmente contra las doctrinas de Tyndale. Aunque algunos contemporáneos se quejaban de que el estilo de Moro en sus controversias no era lo suficientemente solemne, y la posteridad lo critica por no escribir con suficiente elegancia, su tono era más moderado de lo común en el siglo XVI.

Las polémicas de Moro se caracterizaban por su «integridad y rectitud». Prefería ridiculizar a sus adversarios en lugar de atacarlos de frente, cuando consideraba que la argumentación seria no sería efectiva. En la controversia con Tyndale, aunque Moro tenía razón, no lograba igualar la perfección, claridad y pulcritud del estilo de su oponente. Aunque algunos autores no coinciden, la actitud de Moro hacia los herejes era leal y moderada.

El santo se oponía a la herejía, no a quienes la sostenían. Según su propia confesión, «en el ejercicio de mi cargo, jamás he mandado torturar ni azotar a un solo hereje, ni he permitido que se les toque un pelo de la ropa. Dios es testigo de que no he hecho más que encarcelarlos para evitar que difundan la herejía«.

Moro abogaba por una posición matizada en cuanto a la publicación de la Biblia en lenguas vulgares, una cuestión candente en su época. Consideraba que algunos libros de la Sagrada Escritura debían ser traducidos, mientras que la traducción de otros debía dejarse a la discreción de cada ordinario. Moro argumentaba que un ordinario podría permitir la lectura de ciertos libros, como los Hechos de los Apóstoles, sin permitir otros, como el Apocalipsis.

Comparaba esta situación con la de un buen padre que determina qué hijos tienen la suficiente discreción para usar un cuchillo y quiénes podrían correr peligro. En relación con la lectura de la Sagrada Escritura en inglés, Moro opinaba que algunos podrían hacerlo sin gran peligro y con gran provecho, pero no abogaba por su divulgación generalizada en todo el mundo. Señalaba que clérigos distinguidos compartían esta opinión.

Enrique VIII y la Iglesia

En medio de la imposición de Enrique VIII como «Protector y Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra,» Tomás Moro, según relata el embajador francés Chapuys, intentó renunciar a su cargo. Sin embargo, el rey lo persuadió para que continuara en su servicio, asignándole la tarea de estudiar el proceso de anulación del matrimonio real con Catalina de Aragón. Este asunto era complejo tanto en términos de hechos como legalmente, dividiendo opiniones.

Moro, defensor de la validez del matrimonio, obtuvo permiso para no participar en la controversia. En 1531, informó al Parlamento sobre el estado del proceso, negándose a expresar su opinión. La situación empeoró en 1532 cuando Enrique propuso prohibir al clero perseguir herejes sin su permiso y eliminar el pago de primicias a la Santa Sede. Moro se opuso abiertamente, lo que enfureció al rey.

El 16 de mayo de 1532, Enrique aceptó la renuncia de Moro como canciller. La pérdida de ingresos dejó a Moro casi en la pobreza. Al ajustar su estilo de vida, comunicó humorísticamente la situación a su familia.

«Por consiguiente, tal vez nos veremos obligados a reunir todas las bolsas que hay en la casa para ir juntos a pedir limosna, con la esperanza de que algunas buenas gentes se compadezcan de nosotros. O si no, para mantenernos unidos y contentos, podremos cantar de puerta en puerta la «Salve Regina».

Tras vivir en la oscuridad durante dieciocho meses, dedicado a escribir, Tomás Moro se negó a asistir a la coronación de Ana Bolena. Sus enemigos buscaron complicarlo en el caso de Isabel Barton, «la santa doncella de Kent», y su nombre apareció en el acta de acusación. A pesar de que los lores planeaban escuchar la defensa de Moro, Enrique VIII, no interesado en esa perspectiva, ordenó suprimir las acusaciones contra el santo. Sin embargo, el día de la prueba definitiva estaba cerca.

El acta de sucesión

El 30 de marzo de 1534, se publicó el Acta de Sucesión, obligando a reconocer los derechos al trono de los hijos de Enrique VIII con Ana Bolena. Quien se opusiera era reo de alta traición. Pocos días antes, el Papa Clemente VII había declarado la validez del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón. A pesar de la cláusula restrictiva del juramento, Tomás Moro y el obispo Juan Fisher se negaron a firmarlo. Encarcelado en la Torre de Londres, Moro demostró serenidad y amor por su hija durante los quince meses de prisión.

Citemos un hermoso pasaje que nos transmite Roper:

«En realidad, Margarita, estoy aquí tan bien como en mi casa, porque Dios, que me hizo un niño travieso, me guarda contra su corazón y me acaricia como a un pequeñuelo».

La familia de Moro intentó sin éxito obtener el perdón del rey. Encarcelado en la Torre de Londres, Moro escribió el «Diálogo del consuelo en la tribulación«. En noviembre, se aprobó la acusación de traición y se confiscaron todas sus tierras. Moro quedó en la miseria, dependiendo de una modesta pensión. Su esposa solicitó clemencia dos veces, pero en vano. El 1 de febrero de 1535, entró en vigor el Acta de Supremacía, declarando al rey jefe supremo de la Iglesia. Moro se negó a opinar y, en mayo, vio partir al cadalso a los primeros mártires cartujos.

Moro dijo a su hija:

«¡Mira qué contentos van al martirio esos santos, Margarita! Al verlos tan felices se creería que son novios que van a casarse . . . En cambio a tu padre, como Dios sabe la vida de pecado que ha llevado, no le llama todavía a la eterna felicidad, sino que le deja un poco más en el sufrimiento de las miserias de esta vida.»

Unos cuantos días después, Cromwell volvió a la Torre de Londres, acompañado de otros funcionarios para interrogar de nuevo a Moro acerca del Acta. Como el santo se negase a responder, Cromwell le echó en cara su falta de valor. Moro respondió: «Como no he llevado la vida de santidad que debería haber llevado, no me atrevo a ofrecerme espontáneamente a la muerte, no sea que Dios castigue mi presunción dejándome caer

La persecución a la iglesia

El 19 de junio, tres cartujos sufrieron el martirio, seguidos por otros tres el 22 de junio. El 22 de junio, fiesta de San Albano, San Juan Fisher fue decapitado. Nueve días después, Tomás Moro fue convocado a juicio en Westminster Hall. Debido a su debilidad, se le permitió sentarse. Se le acusó de oponerse al Acta de Supremacía en conversaciones imaginarias y con el procurador general Rich. Moro negó haber hablado sobre el Acta y concluyó su defensa con estas palabras:

«Vuestras Señorías deben comprender que, en las cosas de conciencia, todo súbdito leal y bueno del rey tiene que pensar en su conciencia y en su alma por encima de todas las cosas del mundo . . .»

El tribunal le declaró culpable y le condenó a muerte. Entonces, Moro se decidió hablar con claridad. Empezó por negar categóricamente que «un señor temporal pudiese o debiese ser el jefe espiritual» y terminó por decir que, así como San Pablo había perseguido a San Esteban «y sin embargo los dos son santo del cielo y serán eternamente amigos, así yo pido y espero que, aunque vuestras tras Señorías hayan sido mis jueces en la tierra y me hayan condenado, nos reunamos un día en el cielo para toda la eternidad.»

Martirio

De vuelta a la Torre de Londres, Tomás Moro se despidió de su hijo y de su hija. Cuatro días después, envió a Margarita su camisa de pelo y una carta conmovedora. El 6 de julio, se le informó que su ejecución sería a las nueve de la mañana. Vestido con su mejor traje, caminó hasta Tower Hill. En el cadalso, habló con varias personas, dijo palabras graciosas al jefe de la guardia, rogó por el pueblo y declaró que moría por la Iglesia católica y Dios. Después de recitar el «Miserere», besó al verdugo, se vendó los ojos y acomodó su barba. Su cabeza rodó al primer golpe. Moro, de 57 años, fue enterrado en la iglesia de San Pedro ad Vincula en la Torre de Londres.

Moro fue beatificado con otros mártires ingleses en 1886. Su canonización tuvo lugar en 1935. Como lo ha hecho notar más de un autor, si Moro no hubiese sido mártir, habría merecido la canonización como confesor. Algunos santos han llegado al honor de los altares por haber lavado con su sangre una vida de indiferencia y aun de pecado. No así Tomás Moro, quien fue durante toda su vida un hombre de Dios y vivió su propia oración:

«Concédeme, Señor, el deseo de estar contigo, no para evitar las penas de este valle de lágrimas, ni para librarme de las penas del purgatorio y del infierno, ni para gozar egoístamente del cielo prometido, sino simplemente por amor a Ti.»

Así vivió Moro, no en la quietud del claustro, sino en pleno mundo, en su casa, con su familia, entre humanistas y abogados, en los tribunales, en las cortes de justicia y en la corte real.

Oración a Santo Tomás Moro (La oración del «buen humor»)

Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: YO.

Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.

Así sea.

Cordero de Dios

 

San Tomás Moro | Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.