7 de Diciembre: San Ambrosio, obispo de Milán


San Ambrosio

San Ambrosio (nacido Aurelius Ambrosius; c. 340 – 397) fue el obispo de Milán, teólogo y una de las figuras eclesiásticas más influyentes del siglo IV. Se desempeñaba como gobernador romano de Emilia-Liguria en Milán cuando inesperadamente fue nombrado obispo de Milán en 374 por aclamación popular.

Como obispo, tomó una posición firme contra el arrianismo e intentó mediar en el conflicto entre el emperador Teodosio I y el usurpador Magnus Maximus. La tradición acredita a San Ambrosio por promover el «canto antifonal», un estilo de canto en el que un lado del coro responde alternativamente al otro, así como por componer Veni redemptor gentium, un himno de Adviento.


Día celebración: 7 de Diciembre.
Lugar de origen: Tréveris, Imperio Romano.
Fecha de nacimiento: 340.
Fecha de su muerte: 397.
Santo Patrono de: La teología, apicultores, fabricantes de velas.


Contenido

– Vida temprana
– Rápida carrera de San Ambrosio
– El elegido del Señor
– Consagrado obispo
– San Ambrosio, doctor de la Iglesia
– San Ambrosio y los emperadores
– Lucha contra los herejes
– Su muerte
– Oración a San Ambrosio


Vida temprana

San Ambrosio, vástago ilustre de noble linaje romano, vió la luz del día en Tréveris, por los años 333 ó 340. Su gloriosa familia había tenido la honra, durante la persecución de Diocleciano, de dar a la Iglesia la invicta virgen y mártir Santa Sotera. El nacimiento de este vástago constituyó un motivo de grande gozo para el padre, prefecto entonces de las Galias, pues ya tenía heredero a quien legar su cuantiosísima fortuna y el honorífico cargo que desempeñaba. Mas, eran muy otros los designios de Dios sobre el recién nacido, al que destinaba a una altísima misión.

Marcelina, la hija mayor, y Sátiro, benjamín de la familia, andando el tiempo, habían de ser venerados también en los altares. La muerte prematura del último debía de arrancar a la inspiración del gran Ambrosio una de sus composiciones más sublimes y conmovedoras.

Estaba un día Ambrosio en la cuna, en el patio del palacio, cuando vino a revolotear un enjambre de abejas, las cuales entraban en su boquita abierta como para depositar su miel. Corrió una sirvienta a echar de allí a los importunos insectos, mas el padre de Ambrosio, que también se hallaba presente y contemplaba tan extraño suceso, la detuvo. Pronto emprendieron las abejas su vuelo hasta perderse de vista. No entendió el prefecto de las Galias el verdadero significado de esta señal misteriosa, por lo que, interpretándolo como feliz presagio de sus humanas ambiciones, clamó lleno de alegría:

«Mi hijo llegará a los más altos puestos del imperio».

Unos años más tarde, Ambrosio, mejor inspirado, había de declarar que no estaba hecho para honores terrenales. Muerto su padre y hallándose en Roma, vió cómo su madre y su hermana besaban —en una solemne recepción— la mano del obispo; y él, que entonces tenía como unos cuatro años, díjoles m uy seriamente:

«Besadme también la mano, que un día seré obispo».

 

Rápida carrera de San Ambrosio

En Roma distinguióse pronto por sus disposiciones extraordinarias para el estudio. Viendo la madre el excelente ingenio y el entendimiento vivo y despierto de su hijo, confiólo a célebres jurisconsultos, y en poco tiempo hizo rapidísimos progresos.

En medio de la corrupción de aquellas escuelas, supo el estudiante despreciar los halagos seductores de la gran urbe, y, a pesar de las múltiples embestidas del demonio, conservóse siempre casto. Buena escuela tenía en casa, pues su hermana mayor, Santa Marcelina, que velaba por él, era perfecto dechado de pureza. Muy joven aún, fué Ambrosio testigo del voto solemne de virginidad que hizo ella en manos del papa Liberio.

No tardó nuestro joven en cautivarse el afecto y la atención del público. Símaco, el más ilustre orador romano de entonces, se gloriaba de tenerle por amigo, y el emperador Valentiniano I nombróle gobernador del norte de Italia —Liguria y Em ilia, más extensas que hoy día—, cuya capital era Milán. Díjole Probo, prefecto del pretorio, al despedirle: «Ve, y obra, no como juez, sino como obispo». En tanto que llegó la realización literal de estas palabras, fué Ambrosio modelo de gobernantes íntegros, mansos y justos.

El elegido del Señor

Cuando, en 372, llegó Ambrosio a Milán para tomar posesión del gobierno, hallábase la ciudad en situación deplorable. Un arriano, llamado Auxencio, amparado por el emperador Constancio, había arrojado de la sede milanesa a San Dionisio, su obispo legítimo, el cual murió desterrado en las costas de Asia. Durante veinte años oprimió a aquel rebaño este lobo rapaz. En 370 había sido condenado el intruso por el papa San Dámaso I; y cuatro años después, en 374, acaeció su muerte sin que diera señal alguna de arrepentimiento.

Para darle sucesor habíanse reunido los obispos de la provincia; la iglesia fué invadida por el pueblo. Tras veinte años de angustias, pedían los católicos un pastor digno; por su parte los arríanos vociferaban amenazando imponer su candidato por la fuerza.

Tanto se caldearon los ánimos que el gobernador creyó deber suyo acudir a la iglesia para evitar a la ciudad un día de luto. Apenas apareció en la plaza pública el dignísimo magistrado, que y a se había captado el afecto de todos, apaciguóse la muchedumbre como por encanto. Aprovechando el momento, púsose Ambrosio a arengar a la concurrencia, aconsejándole paz y paciencia mientras deliberaban los obispos. No bien hubo terminado de hablar, cuando de la entusiasmada multitud salió la voz de un niño exclamando:

«¡Ambrosio, obispo!».

Al punto la inmensa muchedumbre, como electrizada por aquella voz, prorrumpió con fervoroso y encendido entusiasmo:

«¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo!…».

Este clamor penetró en la basílica y redujo a silencio a los intrigantes, pues comprendieron que sus oficios ya no tenían razón de ser. Ambrosio obtuvo el voto unánime del clero y fué proclamado metropolitano de Milán.

En vano objetó el noble patricio que no era más que un simple catecúmeno. Todas sus protestas fueron desatendidas. Entonces, obedeciendo a una súbita resolución, abrióse paso hasta el pretorio, y, una vez allí, sentóse en el tribunal, y a los primeros acusados que llegaron, sometiólos sin previo interrogatorio, al torm ento que les correspondía. Jamás, desde que era gobernador, había obrado en tal forma. Esta aparente crueldad no persuadió al pueblo, antes, con más insistencia, retumbaron las bóvedas del pretorio al grito de:

«Que tu falta caiga sobre nosotros; ¡Ambrosio, obispo!»

Consagrado obispo

Se valió Ambrosio de todos los medios para disuadirlos y hasta intentó manchar con tal objeto su propia reputación, pero todo fue inútil, por cuanto el pueblo, que le conocía muy bien, no se dejó engañar por la maniobra del Santo. Aprovechando de la oscuridad de la noche salió a hurtadillas del palacio, y lanzóse a caballo hacia las afueras de la ciudad; pero, el Ángel de la Iglesia de Milán torcióle el camino, y al día siguiente, cuando ya se creía a las puertas de Pavía, hallóse en medio de su pueblo, que le aclamaba como a pastor dado por Dios.

Viéndose tan estrechado por todos lados, acudió a un nuevo subterfugio.

«Soy funcionario del Estado —dijo— ; confióme el emperador este cargo que desempeño, y sólo él puede desligarme de esta obligación; apelo, pues, al César».

No se turbó la multitud con tal declaración, pues, apenas oída, formóse una diputación que acudió ante Valentiniano I para solicitar su beneplácito a los deseos de los ciudadanos milaneses.

Contestó el César que veía con sumo agrado que uno de sus magistrados fuese reconocido digno de desempeñar las sublimes funciones episcopales. Rindióse, por fin, Ambrosio; fué bautizado el 30 de noviembre de 374; recibió sucesivamente, en pocos días, los órdenes menores y mayores, y, por último, el 7 de diciembre, la consagración episcopal.

Ante todo era menester volver a la tradición católica, interrumpida por un cisma de veinte años. Así lo entendió el nuevo prelado, por lo que mandó una diputación a San Basilio, metropolitano de Cesarea, con el encargo de reclamarle el cuerpo de San Dionisio, su legítimo predecesor. Este acto de reparación fué motivo de gran consuelo para los fieles, que veían terminarse el cisma de Milán y el comienzo de una nueva era de paz y concordia.

San Ambrosio, doctor de la Iglesia

A fuer de jurisconsulto experimentado, conocía Ambrosio muy bien el Derecho Civil, mas al pasar repentinamente de magistrado imperial a obispo, no poseía la ciencia sagrada necesaria a un pontífice. Con la conciencia y humildad que caracterizan a los santos, se puso a estudiar y meditar la Sagrada Escritura bajo la dirección de San Simpliciano, presbítero romano, que llevaba vida religiosa.

Simpliciano, tan santo como sabio, había de suceder a San Ambrosio en la sede de Milán. Llegaron a ser tan extraordinarios sus conocimientos en las ciencias sagradas, que mereció se le contara entre las mayores lumbreras del catolicismo, y como uno de los cuatro principales Padres de la Iglesia latina. Predicaba con frecuencia a su grey, y su palabra elocuente y persuasiva
llenaba las almas de luz y fortaleza. Su conquista más resonante fué la de Agustín, que había de honrar con su santidad la iglesia de Hipona.

Compuso este santo Doctor numerosas obras; unas para edificación de los fieles, otras en defensa de la fe católica, contra herejes y paganos. Eran muy grandes su respeto y veneración hacia el Romano Pontífice. De él es esta sentencia tantas veces escrita y oída: «Ubi Petrus, ibi Ecclesia: Donde está Pedro, allí está la Iglesia.» Su celo en pro de la santificación del clero no tuvo límites: a este fin escribió aquel hermoso libro de los Deberes.

Fué San Ambrosio elocuentísimo apologista de la virginidad, cuya excelencia ensalzó como nadie. Sus predicaciones movieron a muchas doncellas, aun de lejanas tierras, a consagrarse a Jesucristo. Fundó una comunidad de vírgenes y de viudas cuya dirección confió a su hermana, Santa Marcelina. Para ellas escribió los magníficos tratados De las Vírgenes y De las Viudas, que tantísimo bien hicieron y hacen entre las almas.

Su caridad era tanta que un año llegó a vender los vasos sagrados para rescatar a los católicos cautivos de los godos invasores. Reformó y completó la liturgia de la Iglesia de Milán, a cuyo fin compuso bellísimos himnos que aun hoy día canta la Iglesia en los divinos oficios.

San Ambrosio y los emperadores

Nuestro Santo, padre del pueblo, fue también juez y consejero de los emperadores. Los arrianos, negadores de la divinidad de Cristo, desolaban por entonces la Iglesia. Declaróse en su favor Valente, emperador de Constantinopla, y los católicos se vieron perseguidos; mas, habiendo invadido los godos sus Estados, presentóles batalla en Andrinópolis; sus legiones quedaron destrozadas, y él mismo pereció en la huida.

Su sobrino Graciano, joven de veinte años, emperador de Occidente, y celoso católico, tuvo el noble gesto de asociar al imperio al ilustre general Teodosio, y le confió el gobierno de Oriente. Ambos emperadores reorganizaron el ejército y, una vez vengada la vergonzosa derrota de Andrinópolis, Graciano, vencedor asimismo de los alemanes, se estableció en Milán, para estar más cerca de Ambrosio y mejor valerse de sus sabios consejos. Su legislación, especialmente la que publicó contra el paganismo y la herejía, lleva el sello de un espíritu verdaderamente cristiano, que denota el influjo de la consumada experiencia del gran Doctor.

Desgraciadamente, la paz no fué de larga duración. Máximo, gobernador de Gran Bretaña, se rebeló de pronto contra su señor, y, vistiéndose la púrpura imperial, desembarcó en las Galias. Hallábase Graciano peleando contra los alemanes y al enterarse de la nueva defección corrió al encuentro del rebelde; pero, abandonado por los suyos, fué muerto traidoramente por el gobernador de Lyón, el cual presentó al usurpador la cabeza ensangrentada de su soberano.

No es posible decir cuánto sintió y lloró el santo prelado la trágica muerte de Graciano, a quien trataba como a hijo, y con qué acentos de indignación condenó un crimen que sumía al país en profundo luto.

Proclamaron emperador a Valentiniano II, niño de doce años y hermano del difunto, bajo la regencia de su m adre Justina. Entretanto proseguía el tirano Máximo su marcha victoriosa y las legiones imperiales eran impotentes para cerrarle el paso. En tan apurado trance, Justina no vió más salvación que la influencia de Ambrosio. Fué, pues, a verle y, presentándole su hijo, exclamó: «Sólo vos podéis salvarle; sed padre del huérfano.»

El hombre de Dios corrió a presentarse ante el usurpador para abogar en pro del joven príncipe. Su misión diplomática tuvo sorprendente éxito, pues Máximo detuvo su incontenible avance y renunció a su propósito de invadir a Italia.

Lucha contra los herejes

La emperatriz, que era arriana, pagó tan grandes servicios con negra ingratitud. Llamó a Milán a Mercurino, obispo arriano y godo de nación, y sujeto de pésima fama que hubo de mudar su nombre por el de Auxencio II para hacer olvidar sus malos antecedentes.

Justina mandó construir un oratorio junto a las imperiales caballerizas, para que allí se congregasen los adeptos a la secta. Gran número de cortesanos y funcionarios aceptaron la herejía, de forma que pronto el oratorio fue pequeño. Como se acercasen las fiestas de Pascua y quisiera renovar el cisma de Auxencio, ordenó la emperatriz que los amaños ocuparan la basílica Porciana y llamó a San Ambrosio a su casa para notificarle el decreto de expulsión. En esta coyuntura no abandonó el pueblo a su amado pastor.

Noticioso de lo que ocurría, presentóse en apiñada multitud en pos del prelado, y, a pesar de la resistencia de la guardia, penetró en el palacio. Bastó semejante actitud para que Justina depusiera su actitud arrogante y, postrada a los pies del pontífice, renunciara a su sacrilego intento.

No obstante, unas horas después hacíase público el bando por el que se ordenaba la entrega de la basílica metropolitana a los arrianos. Un oficial presentó al Santo el inicuo decreto que habían hecho firmar al joven Valentiniano, y le dijo:

—Esto quiere el emperador; y mal os irá si no prestáis vuestra conformidad.
—Decid a vuestro príncipe —repuso el Santo— que un obispo no entregará jamás la casa de Dios.

La emperatriz vióse obligada a rectificar; mas no por eso renunció a la lucha. Unos meses después recibía el prelado orden de destierro. Respondió que no obedecería si no a la violencia; y, como viera a los pobres agruparse junto a él, añadió:

«Estos son mis defensores. Se me acusa de ganarme sus sufragios con mis limosnas: no lo niego. Sabed que cifro toda mi esperanza en los pobres; la oración de estos ciegos, cojos y enfermos es más poderosa que todos vuestros guerreros.»

El año siguiente, al llegar Semana Santa, renovó otra vez la emperatriz sus sacrilegas tentativas. Durante ocho días cercaron los soldados la catedral, llena de fieles en actitud amenazadora. No faltó quien aconsejase al santo prelado rechazar a los sitiadores por la fuerza; mas él contestó:

«No resistiré a la violencia, si contra mí se emplea; un obispo no es un gladiador.»

Quiso el pueblo com partir la cautividad voluntaria de su prelado y se quedó encerrado con él en la basílica. Su oración pudo más que la obstinada persistencia de los arríanos, y aquel año, como los anteriores, logró el obispo administrar el bautismo a los catecúmenos el Sábado Santo, según la costumbre de aquellos tiempos. Entre los recién bautizados, estaba San Agustín.

La invencible firmeza del obispo obligó a la emperatriz a respetar, por entonces, la basílica; pero discurrió nuevos medios para salir con su intento. Pagó una mano criminal para que entrara durante la noche en casa del pontífice y lo apuñalara. Adelantóse el desgraciado hasta la cama en que descansaba el varón de Dios; mas, a punto de perpetrar el horrendo crimen, comenzó a lanzar gritos desgarradores: habíasele paralizado el brazo. A las voces, acudió la servidumbre, y el mismo Ambrosio se levantó para auxiliarle. Viéndose cogido, el delincuente se arrojó a los pies del Santo, y a un tiempo alcanzó el perdón y la curación.

No tardó mucho Justina en recibir el justo castigo, Máximo invadió a Italia, y ella, con su hijo, tuvieron que huir precipitadamente a buscar refugio en la corte de Teodosio. Tomó éste la defensa de los fugitivos; lanzóse contra Máximo, a quien derrotó completamente, y fijó su residencia en Milán, corte de los emperadores. Con sabia administración reparó pronto los desastres ocasionados por Justina y Máximo, y los pueblos todos bendijeron su nombre.

Reinaba absoluta paz en el imperio, cuando un incidente ocurrido en 390 estuvo a punto de levantar una tempestad. Habíase dictado auto de prisión contra un escudero tesalonicense de malas costumbres, pero la ciudad tomó las armas para defenderle. Habiendo sido apedreados en el motín el gobernador y los magistrados imperiales, juró Teodosio dar un terrible escarmiento, y mandó destruir la ciudad. Convocó a todos los tesalonicenses en el circo; pero, en vez de darles juegos como otras veces, ordenó el gobernador una matanza general, y cayeron al filo de las espadas siete mil víctimas.

El metropolitano lanzó pena de excomunión contra los culpables de semejante crueldad; no se atrevió el emperador a infringir la prohibición que aquella suponía, y abstúvose de asistir a los divinos oficios. Mas como se acercasen las fiestas de N avidad, resolvió Teodosio acudir a la basílica. No vaciló Ambrosio ante aquel intento de violación. Revestido de los ornamentos pontificales, salió al encuentro del em perador.

«El asesino de Tesalónica —díjole con serenidad y firmeza— no puede entrar en el templo del Señor con las manos teñidas en sangre inocente.» Insistió Teodosio alegando el ejemplo de David, que pecó y fué perdonado. A lo que repuso el santo pontífice: «Ya que imitasteis a David en el crimen, imitadle también en la penitencia.» Bajó la cabeza Teodosio comprendiendo que ni la púrpura imperial ni todo su poder le ponían a cubierto de las censuras eclesiásticas y, obediente a la voz del obispo, se arrodilló en el atrio de la basílica.

Viósele con hábito de penitencia, confesando públicamente su pecado. Hasta que obtuvo el perdón de su crimen no pudo entrar en el santuario para llevar, con los demás fíeles, su ofrenda al altar. Esta voluntaria humillación agigantó la figura del gran Teodosio, el cual, lleno de admiración y gratitud por el Santo exclamaba con frecuencia: «Sólo a un hombre conozco que no me haya ocultado ni disimulado nunca la verdad: es el obispo Ambrosio.»

La salud del Santo, ya muy quebrantada por sus apostólicos trabajos, recibió tremendo golpe con la desaparición casi repentina de Teodosio (395). El cristianísimo emperador había muerto invocando el nombre del Santo prelado; éste, partida el alma de dolor, presidió los funerales, y, entrecortado por los sollozos, pronunció una magnífica y elogiosa oración fúnebre.

Su muerte

Poco después obligóle la enfermedad a guardar cama. La noche del Sábado Santo —4 de abril de 397— , San Honorato, obispo de Verceli, que había ido a visitarle y se hospedaba en su casa, oyó una voz que le decía: «Levántate, porque Ambrosio va a salir de este destierro.»

Levantóse inmediatam ente. Los clérigos rodeaban el lecho del agonizante. Una hora hacía que Ambrosio oraba con los brazos en cruz; movía los labios, pero no era posible distinguir palabras. Administróle Honorato el santo Viático. Poco después entregaba su alma a Dios. E l cuerpo, según deseo del Santo, fué inhumado bajo el altar de la basílica, entre los de los santos Gervasio y Protasio.

Manifestó Dios la santidad de su siervo con numerosos milagros, y su sepulcro atrajo gran concurso de gente. Con las invasiones de bárbaros perdióse el recuerdo de sus reliquias, hasta que, en 8 de julio de 1871, fueron descubiertas e identificadas, así como las de aquellos dos santos mártires. Su fiesta, fijada en el día aniversario de su consagración episcopal, se celebra con rito doble desde Bonifacio VIII.

Oración a San Ambrosio

Señor mío Jesucristo,
me acerco a tu altar
lleno de temor por mis pecados,
pero también lleno de confianza
porque estoy seguro de tu misericordia.

Tengo conciencia de que mis pecados son muchos
y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua.

Por eso, Señor de bondad y de poder,
con miserias y temores me acerco a Ti,
fuente de misericordia y de perdón;
vengo a refugiarme en Ti,
que has dado la vida por salvarme,
antes de que llegues como juez a pedirme cuentas.

Señor no me da vergüenza
descubrirte a Ti mis llagas.

Me dan miedo mis pecados,
cuyo número y magnitud sólo Tú conoces;
pero confío en tu infinita misericordia.

Señor mío Jesucristo, Rey eterno,
Dios y hombre verdadero, mírame con amor,
pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros.

Escúchame, pues espero en Ti.

Ten compasión de mis pecados y miserias,
tú que eres fuente inagotable de amor.

Te adoro, Señor,
porque diste tu vida en la Cruz
y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres
y especialmente por mí.

Adoro Señor, la sangre preciosa
que brotó de tus heridas
y ha purificado al mundo de sus pecados.

Mira, Señor, a este pobre pecador,
creado y redimido por Ti.

Me arrepiento de mis pecados
y propongo corregir sus consecuencias.

Purifícame de todas mis maldades
para que pueda recibir menos indignamente
tu sagrada comunión.

Que tu Cuerpo y tu Sangre
me ayuden, Señor, a obtener de Ti
el perdón de mis pecados
y la satisfacción de mis culpas;
me libren de mis malos pensamientos,
renueven en mí los sentimientos santos,
me impulsen a cumplir tu voluntad
y me protejan en todo peligro
de alma y cuerpo.

Amén.

Hacer la petición y rezar el Credo,

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

| Fuentes
La vida de los Santos por Butler.
Oración tomada de Aciprensa.