Día celebración: 8 de Agosto.
Fecha de nacimiento: Siglo III.
Fecha de su muerte: 303.
Contenido
– Introducción
– Víctima de su caridad
– Martirio de Sisinio y Saturnino
– Ciríaco cura a la hija del emperador
– Viaje a Persia
– Martirio
– Oración a San Ciríaco
Introducción
En el siglo III, Maximiano, un soldado ascendido al poder por Diocleciano, junto con este último, Galerio y Constancio Cloro, formaron la tetrarquía que gobernaba Roma. Diocleciano inicialmente mostró tolerancia hacia los cristianos, pero bajo la influencia de Galerio, se volvió contra ellos. La persecución se intensificó, incluyendo la quema de libros sagrados, la demolición de iglesias y la prohibición del culto. Los cristianos fueron sometidos a diversas torturas, y muchos fueron condenados a trabajar en la construcción de las Termas de Diocleciano como castigo.
La degradada y corrompida Roma contemplaba impasible esta dolorosa escena de la humanidad doliente. El prolongado martirio se acrecentaba por la escasez y mala calidad de los alimentos y por la carencia de agua. Trabajaban sin descanso todo el día, expuestos a la inclemencia del tiempo ; sin embargo, era de maravillar la apacible tranquilidad con que aquellos hombres, en medio de tantas penalidades e injusticias, cumplían sin protesta su labor.
Víctima de su caridad
En Roma, Trasón, un noble cristiano, junto con Ciríaco, Largo, Sisinio y Esmaragdo, emplearon sus riquezas en ayudar a los cristianos perseguidos. Ciríaco, de familia pagana, se convirtió al cristianismo y dedicó su vida a obras de caridad. San Marcelino premió su devoción elevándolos al diaconado por sus virtudes y servicio desinteresado.
Los cuatro jóvenes, incluido Ciríaco, fueron arrestados mientras ayudaban a sus compañeros y compartieron sus penurias. A pesar de ya no poder dar limosnas, buscaban la manera de alentarlos con palabras y acciones. Con alegría y esfuerzo, trabajaron junto a ellos y aún encontraron tiempo para ayudar a otros necesitados. Un día, al ayudar a un anciano llamado Saturnino, sus guardianes quedaron impresionados por su humanidad y reportaron su virtud al emperador Maximiano, quien, en lugar de conmoverse, los encarceló cruelmente.
Martirio de Sisinio y Saturnino
Días más tarde, el emperador hizo comparecer a Sisinio ante su tribunal para ver si lo atraía hacia el culto de los falsos dioses.
— ¿Quién eres tú? —preguntóle.
— Soy —respondió Sisinio con suavidad— un pecador, me llamo el siervo de los siervos de Cristo.
— ¿Qué himnos cantan los cristianos?
— Si los conocieseis, conoceríais y adoraríais a vuestro Creador.
— ¿Por fortuna hay otro Creador que Hércules, el invencible?
— Me causa vergüenza oir pronunciar su nombre —-replicó el Santo.— Propongo a tu inmediata elección esta alternativa, sacrificar al dios Hércules o ser pasto de las llamas.
—Morir por Cristo es mi único deseo, ¡ dichoso de mí, si consigo la corona de la inmortalidad!
Impactado por el testimonio de los jóvenes, el emperador ordenó que Ciríaco fuera encarcelado en la cárcel Mameritina. Sin embargo, esperando quebrar su resistencia, lo sometió a otro interrogatorio más tarde. Cuando compareció ante los jueces, lo vieron rodeado de una luz divina y escucharon una voz que decía: «Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que os tengo preparado desde el principio de los siglos».
Aproniano, quien presenció este milagro, se convirtió al cristianismo y fue bautizado por Sisinio. Pocos días después, fue decapitado y su alma se unió a la hueste de los mártires en el cielo. Sisinio y su compañero Saturnino fueron llevados de vuelta a la cárcel, donde continuaron instruyendo y bautizando a numerosos paganos que los visitaban. Cuando el prefecto de Roma, Laodicio, se enteró de esto, ordenó que comparecieran ante él, cargados de cadenas y con los pies descalzos.
— ¿Perseveráis aún dijo el prefecto— en vuestras vanas y ridículas supersticiones y negáis la adoración a los dioses del imperio?
— Nosotros, pobres pecadores —replicó Sisinio— , somos siervos de Cristo y por nada del mundo nos envileceremos adorando a los demonios.
Entonces Laodicio mandó traer el pebetero en que se ofrecía el incienso.
—Confunda el Señor vuestra vanidad e idolatría —exclamó Saturnino.
A esta voz cayó el ídolo en tierra, y dos soldados, llamados Papías y Mauro, movidos por la gracia de lo alto, se convirtieron a la fe cristiana.
—Verdaderamente —exclamaron—, el Señor Jesucristo que adoran Sisinio y Saturnino es el único Dios verdadero.
El juez, furioso de cólera, ordenó que azotaran a Sisinio y Saturnino en el ecúleo con nervios de toro y varas flexibles. A pesar de los brutales tormentos, continuaron repitiendo: «Gloria a Ti, Señor del cielo y la tierra, que nos has concedido la gracia de ser contados entre tus siervos». Incluso se dirigieron a los verdugos, diciendo:
— ¿Es posible que el demonio os haga ser tan crueles?
Estas palabras enfurecieron aún más al tirano Laodicio, quien ordenó que les rompieran las mandíbulas con piedras y los quemaran lentamente con antorchas encendidas. Sin embargo, la paz y la alegría continuaron reflejándose en sus rostros. Finalmente, vencido, Laodicio ordenó que los decapitaran, lo cual llevaron a cabo los verdugos en la vía Nomentana. Como inocentes corderos, aceptaron el sacrificio que les abriría las puertas de la gloria eterna.
Papías y Mauro también fueron arrastrados brutalmente hasta la misma vía y perdieron la vida en este cruel suplicio. Sus cuerpos quedaron horriblemente mutilados como consecuencia de él, en el día 29 de enero.
Ciríaco cura a la hija del emperador
San Ciríaco y sus amigos, mientras realizaban sus trabajos forzados, se apoyaban mutuamente y rezaban fervientemente. Dios les concedió el don de realizar milagros: algunos ciegos recuperaron la vista y varios enfermos recobraron la salud gracias a su intercesión. Sin embargo, Dios quiso demostrar la fuerza de su poder a través de Ciríaco de manera más evidente.
La hija de Diocleciano, Artemia, estaba poseída por un demonio y ninguna medicina podía ayudarla. El demonio afirmaba que solo dejaría a la joven si Ciríaco lo ordenaba. Por orden del emperador, Ciríaco y sus amigos fueron llevados al palacio con honores. Ciríaco, en nombre de Dios, expulsó al demonio de la joven, liberándola de su posesión. La emperatriz Prisca, secretamente cristiana, instruyó a su hija en la fe y la bautizó sin que Diocleciano lo supiera. Conmovido por este milagro, Diocleciano liberó a Ciríaco, Largo y Esmaragdo, les dio una casa en Roma y les mostró gran respeto.
Viaje a Persia
Mientras en Roma sucedían estos eventos, Jobía, la hija del rey de Persia, también estaba poseída por el mismo demonio. El rey, desesperado, envió urgentemente emisarios al emperador Diocleciano para pedirle que enviara a Ciríaco sin demora. Diocleciano aceptó y Ciríaco partió hacia Persia con sus dos compañeros.
A pesar de enfrentar dificultades en el viaje, llegaron al palacio del rey persa como humildes peregrinos. El rey suplicó a Ciríaco que curara a su hija, y este, después de orar intensamente, ordenó al demonio que dejara libre a Jobía en nombre de Jesucristo. El demonio obedeció de inmediato, y tanto el rey como su hija se convirtieron al cristianismo, junto con más de cuatrocientos testigos del milagro.
En gratitud, el rey de Persia quiso ofrecerles ricos presentes, pero los cristianos austeros los rechazaron, diciendo:
—Los siervos de Cristo dan gratuitamente lo que gratuitamente han recibido. No hay aquí méritos nuestros, sino sólo de Dios. ¡Hermosa confesión del poder divino y de la debilidad humana!
Para atender a los nuevos convertidos y confirmados en la fe, permanecieron en la corte de Persia cuarenta y cinco días, después de los cuales emprendieron el regreso a Roma. Eran portadores de cartas laudatorias del rey de Persia para su colega Diocleciano, el cual les dispensó honroso recibimiento y los dejó después en absoluta libertad de acción.
Martirio
Los tres seguidores de Cristo aprovecharon la libertad momentánea para seguir ayudando a los pobres y asistiendo a reuniones cristianas. Sin embargo, esta calma preparaba el terreno para una tormenta. Diocleciano, debilitado, se trasladó a Nicomedia y dejó a Maximiano a cargo del Occidente. Maximiano, aprovechando su posición, desató su ira contra los cristianos, liberando así su venganza contenida por Diocleciano.
Ciríaco, Largo y Esmaragdo fueron nuevamente arrestados y encarcelados. Comparecieron ante el tribunal de Carpasio, donde ni las amenazas ni la adulación de este magistrado inicuo pudieron doblegar su voluntad indomable como seguidores de Cristo.
—Insensatos —les dijo— , reconoced, al fin, vuestro error, adorad a los dioses del imperio, que son los únicos capaces de salvaros.
—Nosotros no conocemos más que un solo Dios —repuso Ciríaco—, y este Dios es Jesucristo, Señor de cielos y tierra, muerto en la Cruz por nosotros. Confesaremos su nombre aunque nos cueste la vida.Este lenguaje, propio de héroes cristianos, enardeció al juez, el cual ordenó al verdugo que derramara pez hirviendo sobre la cabeza de Ciríaco.
El mártir daba gracias a Dios por tan señalado favor y exclamaba: «Gloria a Ti, Señor, que me has juzgado digno de sufrir por tu nombre!»
La serenidad y el valor de la víctima, enfurecieron a Carpasio:
—Que le pongan en el potro —decía—, y que desgarren sus miembros y le azoten con varas hasta que el dolor le vuelva a su juicio.
Mientras los verdugos ejecutaban la bárbara sentencia, Ciríaco no cesaba de orar. Parecía vivir en un mundo interior, ajeno a aquella escena.
— ¡Oh Jesús, soberano y dueño mío —decía— , ten misericordia de este indigno siervo tuyo! Gracias te doy, ¡Dios mío!, porque me haces el honor de dejarme padecer por la gloria de tu santo nombre.
El juez, vencido por la firmeza de los mártires, los volvió a encarcelar y notificó al emperador su fracaso. Al día siguiente, por orden del príncipe, Ciríaco, Largo, Esmaragdo y otros veinte cristianos fueron llevados a la vía Salaria, cerca de las puertas de Roma, para ser decapitados. Este martirio ocurrió el 16 de marzo de 303. Los cuerpos fueron recogidos por el sacerdote Juan y enterrados cerca de la vía, excepto el de Ciríaco, que fue colocado en la catacumba de Lucina a petición de esta dama romana piadosa. Esta primera traslación se realizó el 8 de agosto, fecha en que se celebra su fiesta. Posteriormente, las reliquias de Ciríaco fueron llevadas a Roma y depositadas en la iglesia de Santa María «in vía Lata», construida sobre el lugar donde vivió San Pablo antes de ser encarcelado.
Oración a San Ciríaco
Oh glorioso San Ciriaco, a ti recurro devoto y compungido, a ti, que por tu celo y compasión sobresalientes, el Papa San Marcelino elevó a la dignidad del diaconado en la iglesia de Roma, y quien, con intrépida paciencia, soportaste la dislocación de tus miembros,
la laceración de tu carne, la tortura del agua hirviendo y, finalmente, la muerte misma decapitado. Mírame que yo te invoco, y obtén para mi la gracia de permanecer firme en la fe, a pesar de las tentaciones del maligno, y vivir en tal unión con Cristo Jesús, como para merecer la bendición de la eternidad en presencia de Él.
¡Oh, excelente mártir de Cristo! Honrado hoy en todo el mundo, déjame experimentar el poder de tu brazo y expulsa de mi, de mi familia y de mi hogar, toda entidad maligna. Muéstranos tu misericordia, y no permitas que el mal nos siga acechando como la has mostrado en tiempos pasados, concediéndonos el favor que deseamos.
Amén.

| Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


