Santa Verónica de Julianis, también conocida como Santa Verónica de Guiliani, fue bautizada Ursola [Ursula] Giuliani en Mercatello en el Ducado de Urbino el 27 de diciembre de 1660. Sus padres fueron Francesco y Benedetta Mancini Giuliani. La Santa era la más joven de siete hermanas, tres de las cuales abrazaron también la vida monástica.
Día celebración: 9 de Julio.
Lugar de origen: Mercatello, Italia
Fecha de nacimiento: 27 de Diciembre de 1660.
Fecha de su muerte: 9 de julio de 1727.
Patronazfo: Patrona de las almas que buscan la santidad en el silencio y la contemplación, de quienes sufren enfermedades dolorosas o crónicas, intercesora por la conversión de los pecadores y la purificación interior.
Contenido
– Introducción
– Infancia
– Vida religiosa
– Hija de la Cruz
– En el crisol de las pruebas
– Santa abadesa
– Su muerte
– Oración a Santa Verónica de Julianis
Introducción
En 1664, Benita Mancini, madre piadosa, moría tras una vida dedicada a las virtudes cristianas en Mercatello, Italia. Desposada con Francisco de Julianis, había tenido siete hijos. Antes de partir, reunió a los cinco restantes y, señalando el crucifijo, les habló:
—Que las sagradas llagas de nuestro Divino Salvador sean hijos míos, vuestro refugio durante toda la vida. Os lego una de ellas a cada uno de vosotros para que tengáis dónde reposar vuestras inquietudes y vuestro amor. Nunca la abandonéis, y seréis felices en la vida.
Úrsula, la menor de los cinco, recibió la llaga del costado divino, como si fuera una designación providencial del Señor, quien había elegido su alma para ser uno de los destacados en su corona, dotándola con gracias extraordinarias en previsión de su futura santidad.
Infancia
Nacida el 27 de diciembre de 1660, Úrsula, más tarde llamada Verónica, desde su infancia practicaba el ayuno en memoria de los sufrimientos de Jesús y en honor a la Virgen María. A los dos años, reprendió a un vendedor por ser injusto, diciendo que Dios lo veía. A los tres años, tenía experiencias familiares con Jesús y María, adornando un altar con su desayuno, invitando al Niño Jesús a comer con ella. Llena de caridad, un día regaló sus zapatos a una niña descalza, que luego vio calzados por la Santísima Virgen en un milagro.
Úrsula, inspirada por Santa Catalina de Sena y Santa Rosa de Lima, buscaba imitarlas y se complacía en mortificar su cuerpo. En un acto de sacrificio extremo, permitió que una puerta le atrapara los dedos, provocando dolor y sangrado, rechazando ayuda por obediencia y su deseo de sufrir por amor a Jesús.
La muerte de su madre fortaleció su piedad al mostrarle la vanidad de lo terrenal y la grandeza de lo divino. Tras mudarse a Plasencia en 1668, hizo su primera comunión a los diez años, experimentando un fervor divino. A pesar de las muchas propuestas matrimoniales, ella se negó, afirmando su vocación religiosa.
Vida religiosa
Después de numerosas resistencias, el padre de Verónica finalmente cedió y permitió que ingresara al convento de capuchinas de Cittá di Castello. Allí, el 23 de octubre de 1677, a la edad de diecisiete años, Verónica tomó el hábito como Hermana Verónica. Desde el principio, se entregó rigurosamente a las austeras prácticas del convento, inspirando a todas con su entusiasmo, alegría y modestia. Sin embargo, enfrentó ataques del demonio con dudas y desalientos, pero encontró consuelo en la meditación de los dolores de Nuestro Señor. El 1 de noviembre de 1678, emitió sus votos religiosos con gran alegría.
Verónica desempeñó diversos roles en el convento, desde cocinera hasta portera, siempre cumpliendo con su firme propósito de avanzar en la virtud. Aunque inicialmente enfrentó repugnancias en sus roles, como cocinera y enfermera, las superó con virtud heroica. A los treinta y cuatro años, fue nombrada maestra de novicias, cargo que ocupó durante veintidós años, formando a numerosas religiosas en la humildad y la virtud, según la dirección del Espíritu Santo. Se esforzó en instruir a sus discípulas en los mandamientos de Dios, la doctrina y las reglas del convento. «No despreciéis —repetía— las cosas pequeñas, pues no hay cosas pequeñas a los ojos de Dios».
Hija de la Cruz
Santa Verónica de Julianis experimentaba un profundo sufrimiento en unión con Jesucristo crucificado, incluso mientras desempeñaba sus deberes cotidianos en el convento. Este padecimiento, que comenzó desde los primeros años de su vida religiosa, nunca la abandonó, llevándola a autodenominarse «Hija de la Cruz» en sus escritos. La cruz fue su principal instrumento de crecimiento espiritual.
Una de las numerosas apariciones que recibió de parte del Señor para fortalecerla en su sufrimiento se describe así:
«Me pareció ver a Nuestro Señor que llevaba la Cruz sobre sus espaldas y me invitaba a compartir con Él esta carga preciosa. Experimenté ardiente deseo de sufrir, y parecía como que el Señor plantaba su cruz en mi corazón y que así me hacía comprender el precio de los sufrimientos. Me encontraba como rodeada de toda clase de penas, en el mismo instante vi aquellas penas transformadas en joyas y en piedras preciosas talladas todas en forma de cruz.
Al mismo tiempo me fue revelado que Dios solo exigía de mí sufrimientos y desapareció la visión. Apenas me hube recobrado, sentí en mi corazón un intenso dolor que ya nunca me abandonó. El deseo que yo tenía de sufrir era tan vivo, que gustosa hubiera afrontado todos los tormentos imaginables. A partir de aquel momento, no he cesado de repetir «La cruz y los sufrimientos son valiosísimos tesoros, verdaderas delicias».
Las marcas físicas de la cruz y otros instrumentos de la Pasión quedaron grabadas en el corazón de Santa Verónica de Julianis, verificadas después de su muerte. En una aparición durante la festividad de la Asunción, la Virgen María le entregó un cáliz de las manos de Jesús como un don precioso. Santa Catalina de Sena y Santa Rosa de Lima también estaban presentes. En otra visión en el día de San Agustín, Jesús le presentó un cáliz lleno de un licor que representaba los sufrimientos que ella debía soportar por amor a Él. Estos sufrimientos incluyeron enfermedades, tentaciones violentas y desolaciones interiores, llevándola a momentos de agonía aparentemente abandonada por Dios.
Pero la mano divina estaba allí, sosteniendo el ánimo de su heroica sierva, la cual, invencible, repetía en medio de sus angustias: «¡Bendito sea Dios! Todo esto es poca cosa para lo que se merece su amor. ¡Viva la cruz, sola y sin adornos! ¡Viva el sufrimiento! Todo lo acepto para hacer lo que a mi Señor gusta y para cumplir su santa voluntad».
El 4 de abril de 1694, Jesucristo se le apareció a Santa Verónica de Julianis coronado de espinas. Al verlo, ella exclamó pidiendo llevar esas espinas por merecerlas más que Él. El Salvador respondió que venía a coronarla y colocó la corona de espinas sobre su cabeza, causándole un dolor constante que aumentaba cada viernes, especialmente durante la Cuaresma y la Semana Santa.
A pesar de los intentos médicos de aliviar su sufrimiento, incluso con métodos extremos como aplicar un botón de fuego en su cabeza y realizar incisiones en su cuello, no lograron mejorar su estado, desconcertados por una enfermedad desconocida.
Verónica, con humildad, compartía abiertamente con su confesor las gracias extraordinarias concedidas por Dios, siguiendo el consejo de Santa Teresa para evitar engaños demoníacos. Su obediencia era perfecta incluso cuando Jesús le ordenó ayunar solo a pan y agua durante tres años, lo cual los superiores inicialmente rechazaron. Después de una intervención divina, finalmente se le permitió.
El Viernes Santo de 1697, mientras meditaba sobre los sufrimientos de Cristo, Jesús se le apareció en la cruz, y de sus llagas salieron rayos inflamados que la hirieron en manos, pies y costado, sintiendo un tormento similar al de la crucifixión. También sufrió el suplicio de la flagelación en varias ocasiones.
En el crisol de las pruebas
Ante los hechos extraordinarios relacionados con Santa Verónica de Julianis, la autoridad eclesiástica decidió investigar minuciosamente para discernir su origen, ya sea divino o diabólico. El obispo de Cittá di Castello, por orden del tribunal del Santo Oficio, sometió a Verónica a pruebas de obediencia, humildad y resignación, características de la verdadera santidad.
Fue destituida de su cargo como Maestra de novicias y apartada de la comunidad, encerrada en un cuarto de la enfermería con restricciones severas, incluyendo la privación de la Sagrada Comunión. El demonio intentó difamarla ante sus hermanas, adoptando su apariencia para cometer acciones impropias y sembrar dudas sobre su sinceridad.
Sin embargo, un incidente reveló la artimaña demoníaca, fortaleciendo la confianza en Santa Verónica. A pesar de las pruebas, ella permanecía tranquila y feliz de sufrir y ser humillada. El obispo, impresionado por su fortaleza, informó al Santo Oficio el 26 de septiembre de 1697.
«La Hermana Verónica continúa practicando la santa obediencia, profunda humildad y abstinencia sorprendentes, sin dar la menor señal de tristeza; antes, al contrario, aparece con una paz y una tranquilidad inalterables. Es objeto de la admiración de sus compañeras, las cuales, incapaces de ocultar la grata impresión que les produce, hablan de ello a las gentes. A pesar de que a las que más hablan las conmino con penitencias para que no alimenten la curiosidad del pueblo, que en sus conversaciones no trata de otra cosa, me cuesta gran trabajo lograr moderación».
Santa abadesa
El 5 de abril de 1716, tras las pruebas, Santa Verónica de Julianis fue elegida abadesa del monasterio por unanimidad y sirvió en este cargo hasta su muerte en 1727. Se esforzó por mantener la pobreza franciscana en el convento, pero también valoraba la decencia y la limpieza en la vestimenta. Realizó reparaciones necesarias y proporcionó comodidades compatibles con la Regla. Su caridad hacia los pecadores era excepcional, rogando y sufriendo por su conversión diariamente y ofreciéndose a Dios como víctima por su salvación. Escribió oraciones con su propia sangre, como muestra de su fervor espiritual.
«Os pido —decía a su celestial Esposo— la conversión de los pecadores , otra vez me pongo como intermediaria entre Vos y ellos. Estoy dispuesta a perder mi sangre y mi vida por su bien y por su confirmación en la fe; Señor, os ofrezco esta plegaria en nombre de vuestro amor y de vuestro Sagrado Corazón. ¡Oh almas rescatadas por la sangre de Jesús! ¡Oh pecadores!, venid todos a su Corazón adorable, fuente de vida, océano inmensurable de amor. Venid todos, pecadores; huid del pecado, venid a Jesús».
Santa Verónica de Julianis, mediante sus penitencias y oraciones, condujo a numerosos pecadores hacia el buen camino y liberó muchas almas del purgatorio, según revelaciones compartidas por sus confesores. Por obediencia, ofreció expiación por almas notables como el padre Capellati, el obispo monseñor Eustachi y el papa Clemente XI. Al alcanzar el más alto grado espiritual, recibió los desposorios místicos con Jesús, quien le entregó un anillo nupcial grabado con su nombre y nuevas reglas de vida para someterse completamente a su santa voluntad. Experimentó la Sagrada Comunión de manos de ángeles, la Virgen María y Jesucristo, y fue dotada con dones de milagros y profecía por Dios nuestro Señor.
Su muerte
A los cincuenta años de esta vida de inmolación, llegó para ella la hora de la recompensa. Fortalecida con los últimos Sacramentos y a punto de expirar, interrogó con una mirada a su confesor. Éste se acordó que ella había declarado a menudo que no quería morir sino por obediencia, y entonces le dijo: «Sor Verónica, si es la voluntad de Dios que vayáis a gozar de Él, salid de este mundo».
Al oír estas palabras, la Madre Abadesa miró por última vez a sus queridas hijas, bajó los ojos en señal de sumisión, e inclinando la cabeza, expiró. Era precisamente un viernes, el 9 de julio de 1727, cuando el Señor la llamó a su descanso.
Beatificada por Pío VII, el 8 de junio de 1804, fue canonizada por Gregorio XVI, treinta y cinco años después, el 26 de mayo de 1839.
Oración a Santa Verónica de Julianis
Arde en la Iglesia Verónica
con aquel fuego encendido
que de la brasa divina
trajera en su carne Cristo.
Mujer del inmenso amor
en alma y cuerpo sentido,
mujer para el padecer
viviendo el amor sufrido.
Toda para ser esposa,
sola para Cristo vivo,
corazón para mirarle,
cuerpo para el sacrificio.
En el baño de sus llagas
su Esposo le ha sumergido,
en la alta luz del secreto
le ha dado el divino anillo.
Gozo, esperanza y dolor
con los hombres compartidos,
cual quieta madre Verónica
padece donde está Cristo.
¡Señor de amor silencioso,
rey de vírgenes querido,
para ti el aroma santo
de tu huerto florecido!
Amén.

Santa Verónica de Julianis | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.