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Acción del demonio sobre los hombres – Parte I: La Tentación

Publicado el 14 de abril de 2024

Actualizado el 17 de abril de 2025

Archivado en: Combate Espiritual

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Las tres principales actividades diabólicas sobre el hombre son la tentación, la infestación u obsesión y la posesión.

Parte I : La tentación
Parte II: La Infestación
Parte III: La Posesión

La Tentación

I

Aunque el lugar propio de los demonios es el infierno, actúan también en este mundo para tentar a los hombres.

Que los demonios tientan a los hombres en este mundo consta expresamente en la Sagrada Escritura y en el Magisterio de la Iglesia.

“Revestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo; que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Eph 6, 11-12).

“Por esto, no pudiendo sufrir ya más, he mandado a saber de vuestro estado en la fe, no fuera que el tentador os hubiera tentado y se hiciera vana nuestra labor” (I Thess 3, 5).

“Estad alerta y velad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar” (I Petr 5, 8).

Concilio IV de Letrán:

“El hombre (Adán) pecó por sugestión del diablo” (D 428).

Concilio de Trento:

“Nuestro adversario, durante toda la vida, busca y encuentra ocasiones para poder de un modo u otro devorar nuestras almas” (D 907).

En su Liturgia Oficial, la Iglesia pide a Dios que nos defienda de las asechanzas del demonio:

“Lanza al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan por el mundo para perdición de las almas” (Oración al final de la Misa).

“De las insidias del diablo, líbranos, Señor” (Letanías de los Santos).

Santo Tomás:

“Los Ángeles ocupan, por naturaleza, un lugar medio entre Dios y los hombres, y en el plan de la Providencia divina entra el procurar el bien de los seres inferiores por medio de los superiores. Pero Dios procura el bien del hombre de dos maneras: Una, directamente, lo cual ocurre siempre que alguien es atraído al bien o alejado del mal, y esto se hace dignamente por medio de los Ángeles buenos. Otra, indirectamente, y esto ocurre cuando alguien que es combatido se ejercita en rechazar al adversario. Y esta manera de procurar el bien del hombre fue conveniente que se hiciese por medio de los ángeles malos, a fin de que después de su pecado no dejasen totalmente de colaborar en el orden del universo.

Así, pues, los demonios deben tener dos lugares de tormento: uno por razón de su culpa, y este es el infierno; y otro por razón del ejercicio a que someten a los hombres, y para esto deben ocupar la atmósfera terrestre. Pero la obra de procurar la salvación de los hombres durará hasta el día del juicio, y, por tanto, hasta entonces habrá de durar el ministerio de los Ángeles buenos y la guerra que nos hacen los demonios. Por lo mismo, hasta entonces nos serán enviados los Ángeles buenos, y hasta entonces también estarán los demonios en nuestro aire caliginoso para someternos a prueba. Si bien algunos están ya en el infierno para atormentar a los que arrastraron al mal, como también hay Ángeles buenos en el Cielo en compañía de las almas santas.

Mas, a partir del día del juicio, todos los malos, sean hombres o ángeles, estarán en el infierno, y todos los buenos, en el cielo. (I, q.64, a 4)

II

El demonio se dedica preferentemente a tentar a los hombres. 

El demonio tienta siempre para dañar, induciendo al pecado en una u otra forma. Y en este sentido se dice que tentar es oficio propio de los demonios; porque, aunque también el hombre alguna vez tienta de este modo, lo hace como ministro del demonio. Por eso San Pablo define al demonio como el tentador (I Thess 3,5).

Hay que advertir, para nuestro consuelo, que, aunque el demonio dispone de una enorme fuerza de sugestión para seducir al alma inclinándola al pecado, tiene, sin embargo, dos grandes limitaciones:

a) Una por parte de Dios, que no permitirá jamás que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, como dice expresamente San Pablo.

b) Otra por parte de nuestra voluntad, ya que ni los Ángeles buenos ni los malos pueden entrar directamente en la fortaleza de nuestro entendimiento ni de nuestra voluntad y, por lo mismo, no pueden obligarnos a pecar si nosotros no queremos rendirnos voluntariamente.

Lo único que puede hacer el demonio es alterar de algún modo las potencias inferiores del hombre, o sea, los sentidos externos y la imaginación, mediante los cuales, aunque no se coacciona necesariamente a la voluntad (que siempre permanece libre), se la inclina más o menos al pecado.

A veces, sin embargo, los demonios pueden actuar sobre nosotros como enviados de Dios; pero no para inducirnos al pecado (lo cual repugna a la santidad infinita de Dios), sino como instrumentos de su justicia, para infligirnos algún castigo merecido por nuestros pecados. Dios intenta con ello una finalidad buena (v.gr., el arrepentimiento del pecador), aunque el demonio ejecutor lo hace con intención perversa, a saber: por odio o por envidia.

III

No consta en ninguna parte, ni es probable que Satanás asigne a cada uno de los hombres desde el día de su nacimiento un ángel tentador en réplica al Ángel de la Guarda. (Doctrina casi común entre los teólogos)

La opinión contraria carece de fundamento suficiente en las fuentes de la Revelación, siendo, además, difícilmente compatible con la bondad y misericordia de Dios. Los lugares de la Escritura que generalmente se citan en apoyo de esta teoría (Io 13, 2; Ps 108, 6; Zach 3, 1; Iob 1-2; II Cor 12, 7) no tienen fuerza probativa.

IV

No todos los pecados que cometen los hombres proceden de la instigación inmediata del diablo, sino que algunos provienen del libre albedrío y de la corrupción de la carne. (verdad completamente cierta).

Lo dice expresamente el apóstol Santiago:

“Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen” (Iac 1,14).

Al exponer la doctrina teológica Santo Tomás escribe:

“De dos modos se puede ser causa de algo: directa o indirectamente.

a) Indirectamente, como causa ocasional, produciendo la disposición para el efecto. Y en este sentido el diablo es causa de todos los pecados de los hombres, por haber instigado al primer hombre a pecar, de cuyo pecado se siguió en todo el género humano cierta inclinación a todos los pecados.

b) Directamente se dice que el agente es causa de una cosa cuando obra intentándola en sí misma. Y de este modo el diablo no es causa de todos los pecados, porque no todos ellos se cometen por su instigación inmediata, sino que algunos provienen del libre albedrío y de la corrupción de la carne.

Por eso, aunque no existiese el diablo, los hombres tendrían el apetito de la gula y de la carne y otros semejantes, a los que acompaña gran desorden si no son refrenados por la razón”. (I, q.114, a 3)

V

Los demonios no pueden seducir a los hombres por medio de verdaderos milagros; pero sí pueden realizar cosas sorprendentes que superan las fuerzas humanas, con el fin de inducir a los hombres al pecado. (Completamente cierta). Lo advirtió expresamente Nuestro Señor refiriéndose a los tiempos escatológicos:

“Se levantarán falsos mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aun a los mismos elegidos. Mirad que os lo digo de antemano” (Mt 24,24-25).

Es cosa clara que esos falsos mesías y falsos profetas serán verdaderos demonios o, al menos, obrarán esos prodigios en nombre y con el poder sobrehumano de Satanás.

Santo Tomás:

“Tomado el milagro en sentido estricto, no pueden hacerlo los demonios ni criatura alguna, sino sólo Dios; porque, en este sentido, se llama milagro a lo que excede el orden de toda la naturaleza creada, bajo el cual está contenido todo el poder de las criaturas. A veces, sin embargo, se entiende por milagro, en sentido lato, aquello que sobrepasa el poder y el conocimiento de los hombres. Y en tal sentido, pueden los demonios hacer milagros, es decir, cosas que excitan la admiración de los hombres porque exceden su propio poder y conocimiento. Pero adviértase que, aunque tales obras de los demonios, que a nosotros nos parecen milagros, no llegan en realidad a la categoría de tales, son, a veces, cosas verdaderas y reales. Así, por ejemplo, los magos de Faraón hicieron por virtud de los demonios verdaderas serpientes y ranas (cf. Ex 7,12; 8,3).

Y cuando cayó fuego del cielo y en un abrir y cerrar de ojos consumió la familia y los ganados de Job, y la tempestad destruyó su casa y mató a sus hijos—cosas que fueron hechos de Satanás (cf. Iob 1, 12 ss), no fueron hechos fantásticos o imaginarios, sino muy reales y verdaderos”. (I, q.114, a 4)

Santo Tomás explica de qué manera pueden los demonios realizar estos hechos prodigiosos:

“Como ya vimos, la materia corporal no obedece a la voluntad de los Ángeles, buenos ni malos, para que los demonios por propia virtud puedan hacerla pasar de una forma substancial a otra; pero pueden utilizar ciertos gérmenes que se encuentran en los elementos materiales para producir tales efectos.

Por esto puede decirse que todos los cambios de las cosas corporales que pueden hacerse por cualesquiera virtudes naturales, entre las cuales están los gérmenes susodichos, pueden hacerse por la operación de los demonios, utilizando tales gérmenes; como, por ejemplo, el convertirse ciertas cosas en serpientes o ranas, las cuales pueden engendrarse en la putrefacción.

Pero los cambios de las cosas materiales que no pueden realizarse por virtud de la naturaleza, de ningún modo pueden hacerse en realidad por la acción de los demonios; como, por ejemplo, que el cuerpo humano se convierta en cuerpo de bestia o que un cuerpo muerto resucite. Y si alguna vez parece hacerse esto por virtud de los demonios, será sólo en apariencia, pero no en realidad de verdad.

Este último fenómeno puede acontecer de dos modos:

a) Puede tener su origen dentro del hombre, en cuanto que el demonio es capaz de alterar la imaginación humana e incluso los sentidos externos, hasta tal punto que les haga percibir algo como real, sin serlo.

b) Puede también tener un origen exterior al hombre. Pues, pudiendo el demonio formar por condensación del aire un cuerpo de cualquier forma o figura para aparecer visiblemente revistiéndose de él, puede del mismo modo revestir cualquier objeto corpóreo con cualquier forma corpórea de modo que se vea dicho cuerpo bajo tal forma. Este es el sentir de San Agustín”. (I, q.114, a 4, ad 2)

Como se ve, el poder de los demonios y el de cualquier otra criatura es únicamente educativo, nunca creativo; es decir, que jamás pueden crear u originar totalmente alguna cosa. Todo lo que pueden hacer o producir sensiblemente tiene que estar contenido en la materia y ha de poder ser sacado de ella o producido por las causas puramente naturales. Hasta dónde llegue el poder diabólico dentro de estos límites, no lo sabemos.

Sin embargo, se ha de tener por absolutamente cierto que nunca permitirá Dios que estas obras maravillosas del demonio o de sus agentes sean tales que no haya posibilidad alguna de distinguirlas de los verdaderos y auténticos milagros obrados por Dios o sus agentes en testimonio de la verdad y para la salvación del hombre.

Parte I : La tentación
Parte II: La Infestación
Parte III: La Posesión

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.