Parte I : La tentación
Parte II: La Infestación
Parte III: La Posesión
La Posesión
La existencia de la posesión diabólica es un hecho absolutamente indiscutible que parece pertenecer al depósito de la fe. En este nuevo ataque del demonio hay una verdadera toma de posesión del cuerpo de la víctima por parte de Satanás. Se puede leer con mucho fruto el capítulo III del libro de Monseñor Cristiani: La presencia de Satán en el mundo moderno.
En el Evangelio aparecen varios casos de verdadera y auténtica posesión diabólica, y es precisamente, uno de los caracteres impresionantes de la misión divina de Jesucristo, el imperio soberano que ejercía sobre los demonios.
A todo lo largo de la historia de la Iglesia se han registrado numerosísimos casos de posesión diabólica e intervenciones de gran número de santos liberando a las desgraciadas víctimas. En fin, la Iglesia tiene instituidos los exorcismos oficiales contra Satanás, que aparecen en el Pontifical y Ritual Romano. No se puede, pues, sin manifiesta temeridad y probablemente sin verdadera herejía, negar el hecho real de la posesión diabólica.
Desde luego, no hay inconveniente ninguno para ella desde el punto de vista metafísico (no envuelve contradicción), ni físico (no supera las fuerzas del demonio), ni moral (Dios la permite en castigo del pecado o para sacar mayores bienes). La posesión diabólica es un fenómeno sorprendente en virtud del cual el demonio invade el cuerpo de un hombre vivo y mueve sus órganos en su nombre y a su gusto como si se tratase de su propio cuerpo. El demonio se introduce y reside realmente en el interior del cuerpo de su desgraciada víctima y obra en él, habla y lo trata como propiedad suya.
Los que sufren esta invasión despótica se llaman posesos, endemoniados o energúmenos.
La posesión supone y lleva consigo dos elementos esenciales:
a) La presencia del demonio en el cuerpo de la víctima
b) Su imperio despótico sobre él.
Desde luego, no hay información intrínseca (a la manera que el alma es forma sustancial del cuerpo), sino tan sólo una entrada o toma de posesión del cuerpo de la víctima por el demonio. El imperio sobre él es despótico, pero no como principio intrínseco de sus actos o movimientos, sino tan sólo por un dominio violento y exterior a la sustancia del acto.
“Tal asunción establece una unión semejante a la del motor con la cosa movida, como la del navegante a la nave que dirige, pero no como la que existe entre la forma y la materia” (S.Th., in 2 Sent. d.8 q.l a.2 ad 1).
Esto quiere decir que el Demonio no reemplaza el alma del poseído, no da vida al cuerpo, pero, sin que sepamos cómo, se apodera de ese cuerpo, hace su vivienda en él, pero en todo caso en el sistema nervioso. Le quita pues al alma, su dominio normal sobre el cuerpo y sobre los miembros, imprime a las facciones del rostro una expresión desconocida y que responde a la acción de él, del Demonio; es decir ¡que traduce su cólera, su ira, su orgullo, sus designios o, bajo la flagelación de los exorcismos, sus sufrimientos.
El Demonio parece mirar por los ojos del poseído, hablar por su boca, a tal punto que se sirve de un lenguaje a menudo obsceno e infame, aun mismo cuando su víctima sea una persona delicada y de buena educación, a la cual semejante lenguaje le es totalmente extraño.
Y como los demonios son muchos, como tienen cada cual su carácter propio, imprimen tan claramente su sello particular al poseído que puede adivinarse cuál es el demonio que opera en éste, cuando hay varios dentro de él.
En cualquier forma que se manifieste, la presencia íntima del demonio se circunscribe exclusivamente al cuerpo. El alma permanece libre o, al menos, si por una consecuencia de la invasión de los órganos corporales el ejercicio de su vida consciente se encuentra suspendido, nunca es invadida ella misma. Sólo Dios tiene el privilegio de penetrar en su esencia misma por su virtud creadora y establecer allí su morada por la unión especial de la gracia.
“Estar dentro de algo significa estar dentro de sus términos. Ahora bien, en el cuerpo hay que distinguir los términos de la cantidad y los de la esencia. Cuando un Ángel obra dentro de los términos de la cantidad corporal, penetra dentro de ese cuerpo; pero no de tal modo que esté también dentro de los términos de su esencia, ni como parte de la misma, ni como virtud que le da el ser, porque el ser existe únicamente por creación de Dios. Pero como la sustancia espiritual —o sea, el alma— no tiene términos de cantidad, sino únicamente de esencia, síguese necesariamente que en la misma alma no puede entrar sino Aquel que le da el ser, o sea, Dios Creador, que posee la intrínseca operación de la esencia. Las demás perfecciones del ser son sobreañadidas a su esencia; por eso, cuando un Ángel ilumina a un alma, no significa que el Ángel esté en el alma, sino que obra en ella extrínsecamente”.
(in 2 Sent. d.8 q. 1 a.5 ad 3)
No obstante, la finalidad primaria de las violencias del demonio es la de perturbar al alma y arrastrarla al pecado. Pero el alma permanece siempre dueña de sí misma, y, si es fiel a la gracia de Dios, encuentra en su voluntad libre un asilo inviolable.
En la posesión pueden distinguirse dos períodos muy distintos: el estado de crisis y el de calma.
Los períodos de crisis se manifiestan por el acceso violento del mal, y su misma violencia no permite que sean continuos, ni siquiera muy prolongados. Es el momento en que el demonio se declara abiertamente por actos, palabras, convulsiones, estallidos de rabia y de impiedad, obscenidades y blasfemias verdaderamente satánicas, etcétera.
En la mayor parte de los casos, los pacientes pierden la noción de lo que pasa en ellos durante ese estado, corno ocurre en las grandes crisis de ciertas enfermedades y dolores; y al volver sobre sí mismos no conservan ningún recuerdo de lo que han dicho o hecho o, por mejor decir, de lo que el demonio ha dicho o hecho por ellos. A veces perciben un poco al espíritu infernal al principio de la irrupción cuando comienza a usar despóticamente de sus miembros.
En ciertos casos, sin embargo, el espíritu del poseso permanece consciente de sí mismo en lo más fuerte de la crisis y asiste con asombro a esta usurpación despótica de sus órganos por el demonio. Tal ocurrió con el piadosísimo P. Surin, que mientras exorcizaba a las ursulinas de Loudun quedó poseso él mismo y permaneció en esta odiosa esclavitud durante doce años.
En una carta interesantísima dirigida al P. D’Attichy, jesuita de Rennes, el 3 de mayo de 1635, le hace una descripción impresionante de su estado interior. He aquí sus palabras:
“Yo no puedo decir lo que pasa en mí durante este tiempo ni cómo ese espíritu se una al mío sin quitarme mi conciencia ni mi libertad. El está allí como un otro yo; parece entonces que tengo dos almas, una de las cuales, privada del uso de sus órganos corporales y manteniéndose como a distancia, contempla lo que hace la otra. Los dos espíritus combaten sobre el mismo campo de batalla, que es el cuerpo.
El alma está como dividida; abierta, por un lado, a las impresiones diabólicas; abandonada, por otro, a sus propios movimientos y a los de Dios. En el mismo instante siento una gran paz bajo el beneplácito de Dios y no consiento nada en esta repulsión, que me impulsa, por otro lado, a separarme de Él, con gran extrañeza de los que me ven.
Estoy al mismo tiempo lleno de alegría y empapado de una tristeza que se exhala en quejas o gritos, según el capricho de los demonios. Siento en mí el estado de condenación y le temo; esta alma, extranjera, que me parece la mía, es traspasada por la desesperación como por flechas, mientras que la otra, llena de confianza, desprecia esas impresiones y maldice con toda su libertad al que las despierta.
Reconozco que esos gritos que salen de mi boca parten igualmente de esas dos almas, y me es imposible precisar si es la alegría o el furor quien los produce. Ese temblor que me invade cuando se acerca a mí la Eucaristía, viene, me parece, del horror que me inspira esta proximidad y de un respeto lleno de ternura, sin que pueda decir cuál de estos dos sentimientos predomina. Si quiero, solicitado por una de esas dos almas, hacer la señal de la cruz sobre mi boca, la otra alma me retira el brazo con fuerza y me hace coger el dedo con los dientes y morderlo con una suerte de rabia.
Durante estas tempestades, mi consuelo es la oración; a ella recurro mientras mi cuerpo rueda por el suelo y los ministros de la Iglesia me hablan como a un demonio y pronuncian maldiciones sobre mí. No puedo expresaros cuan feliz me siento de ser un demonio de esta suerte, no por una rebelión contra Dios, sino por un castigo que me descubre el estado adonde me redujo el pecado; y mientras me aplico las maldiciones que se pronuncian, mi alma puede abismarse en su nada.
Cuando los otros posesos me ven en este estado, hay que ver cómo triunfan, diciendo: «Médico, cúrate a ti mismo; sube ahora al púlpito: será hermoso oírte predicar después que has rodado así por tierra».
Mi estado es tal, que me quedan muy pocas acciones en las que sea libre. Si quiero hablar, mi lengua se rebela; durante la misa me veo constreñido a pararme de repente; en la mesa no puedo acercarme el bocado a mi boca. Si me confieso, se me olvidan mis pecados; y siento que dentro de mí está el demonio como en su casa, entrando y saliendo cuando y como le place. Si me despierto, allí está esperándome; si hago oración, agita mi pensamiento a su capricho.
Cuando mi corazón se abre a Dios, lo llena él de furor; si quiero velar, me duermo; y se gloría por boca de los otros posesos de que es mi dueño, lo que yo no puedo negar en efecto”.
En los períodos de calma, nada hay que manifieste la presencia del demonio en el cuerpo del poseso. Diríase que se fue. Sin embargo, su presencia se manifiesta muchas veces por una extraña enfermedad crónica que rebasa por su excentricidad las categorías patológicas registradas por la ciencia médica y resiste a todos los remedios terapéuticos.
De todas formas, la posesión no es siempre continua, y el demonio que la produce puede salir durante algún tiempo, para volver después y continuar sus odiosas vejaciones. No estando ligado por ningún otro lazo que su propio querer, se comprende que el demonio pueda entrar y salir a su gusto mientras dure la licencia divina necesaria para la posesión.
Lo esencial a la posesión, según el cardenal De la Bérulle:
“consiste precisamente en un derecho que tiene el maligno espíritu de residir en un cuerpo y de actuarle de alguna manera, ya sea que la residencia y alteración sea continua o interrumpida, ya sea violenta o moderada, ya lleve consigo solamente la privación de algún acto y uso debido naturalmente a la naturaleza o que lleve adjunto un tormento sensible”.
Con frecuencia sucede ser muchos los demonios que poseen a una misma persona. El santo Evangelio dice expresamente que María Magdalena fue liberada por Cristo de siete demonios (Mc 16,9); y eran «legión» los que se apoderaron del endemoniado de Gerasa, que entraron después en la piara de los dos mil cerdos (Mc 5,9-13). Estos ejemplos evangélicos se han multiplicado después a todo lo largo de la historia.
Señales de la posesión diabólica.
El Ritual Romano, en su capítulo De exorcizandis obsessis a dæmonio, después de recomendar prudencia y discreción antes de emitir un dictamen, indica algunas señales que permiten diagnosticar con garantías de acierto la existencia de una auténtica posesión: hablar “con muchas palabras” una lengua extraña y desconocida del paciente o entender perfectamente a quien la habla; descubrir cosas ocultas o distantes; mostrar fuerzas muy-superiores a su edad y condición, y otras semejantes, que, cuando se reúnen muchas, proporcionan mayores indicios.
Expliquemos un poco estas señales:
a) Hablar lenguas no sabidas. Hay que ser muy cauto en la apreciación de esta señal. La psicología experimental ha registrado casos sorprendentes de sujetos patológicos que de pronto empiezan a hablar en un idioma que en la actualidad ignoran por completo, pero que aprendieron y olvidaron en otra época de su vida o del que han oído hablar o leer a otro que lo sabe. Tal ocurrió con la criada de un pastor protestante que recitaba pasajes en griego o en hebreo que había oído leer a su señor. Para que esta señal sea una prueba decisiva es preciso que se compruebe bien la realidad de semejante fenómeno, la falta absoluta de antecedentes propios o ajenos con relación a tal idioma y la presencia de otras señales inequívocas de posesión, tales como el espíritu de blasfemia, el horror instintivo e inconsciente a las cosas santas, etc.
b) Revelación de cosas ocultas o distantes sin causa natural que pueda explicarlas. Hay que andar también con pies de plomo para constatar con certeza esta señal. Se han dado fenómenos sorprendentes de telepatía y cumberlandismo cuya explicación es puramente natural. Por otra parte, los futuros contingentes y los secretos de los corazones escapan al conocimiento angélico, aunque pueden tener de ellos un conocimiento conjetural.
Hay que tener también en cuenta la posibilidad de una adivinación puramente fortuita y casual. De donde para que esta señal revista caracteres de verdadera certeza tiene que ser muy amplia y variada y estar acompañada de otras señales inequívocas de posesión. Ella sola no bastaría para la certeza absoluta. El Ritual Romano habla con exquisita prudencia cuando exige la reunión de varias causas para engendrar verdadera certeza.
Telepatía: Coincidencia de pensamientos o sensaciones entre personas generalmente distantes entre sí, sin el concurso de los sentidos, y que induce a pensar en la existencia de una comunicación de índole desconocida. Transmisión de contenidos psíquicos entre personas, sin intervención de agentes físicos conocidos.
Cumberlandismo: la interpretación de los movimientos inconscientes de un individuo, con el objeto de conocer sus verdaderos pensamientos y sentimientos. Fue desarrollado por el hipnotista y prestidigitador inglés Cumberland.
c) El uso de fuerzas notablemente superiores a las naturales del sujeto se presta también al equívoco. Hay estados patológicos de particular frenesí que duplican y aun triplican las fuerzas normales de un sujeto. Sin embargo, hay hechos manifiestamente preternaturales, tales como volar a gran altura y distancia como si se tuvieran alas, mantenerse largo rato en el aire sin punto de apoyo, andar con los pies sobre el techo o la bóveda con la cabeza hacia abajo, levantar con facilidad pesadas cargas que varios hombres no podrían mover, etc.
Si alguna de estas cosas se presenta unida a otras señales claras de posesión (sobre todo el horror instintivo a lo santo y el espíritu de blasfemia), se podría pensar sin imprudencia en una acción diabólica.
Para que el horror a lo santo (agua bendita, reliquias, etc.), sea señal manifiesta de posesión es absolutamente necesario que sea verdaderamente instintivo e inconsciente en el que lo sufre, o sea, que reaccione ante él sin saber que se le somete a tal tratamiento y que no experimente reacción alguna cuando se le aplica cualquier otro objeto no sagrado. De lo contrario, cabe perfectamente la impostura y el engaño.
Causas de la posesión diabólica
De ordinario, la posesión no se verifica más que en los pecadores, y precisamente en castigo de sus pecados; pero caben excepciones. En estos casos, la posesión desempeña un papel de prueba purificadora. La posesión está siempre regulada por la permisión divina. Sí los malignos espíritus pudieran a su talante realizarla sin estorbos, todo el género humano sería víctima de ellos. Pero Dios les contiene, y no pueden desplegar sus violencias sino en la medida y ocasiones en que su providencia se lo permite.
Es difícil en la práctica señalar el punto de partida y la razón final de una determinada posesión. En muchos casos es un secreto que Dios se reserva, profunda y misteriosa mezcla de misericordia y de justicia. Señalemos, no obstante, las principales causas a que suele obedecer:
1ª) La petición de la propia víctima. Por extraño que parezca, se han dado múltiples casos de esta increíble petición con finalidades muy diversas, como el pretexto de padecer por Cristo; o la petición se dirige al mismo demonio, con el que se establece una especie de pacto a cambio de alguna ventaja temporal.
2ª) Castigo del pecado. Es la causa más frecuente y ordinaria de la posesión. Dios no suele permitir este gran mal sino en castigo del pecado y para inspirar un gran horror hacia él.
3ª) La providencia de Dios para purificar a un alma santa. Aunque no sea muy frecuente, se han dado casos en las vidas de los santos. El más notable y conocido es el del P. Surin.
Cuando Dios abandona de esta manera el cuerpo de uno de sus siervos a la crueldad de Satanás, es para santificar más y mejor el alma que le ama y quiere servirle con todas sus fuerzas. Esta prueba terrible es de eficacia maravillosa para inspirar horror a los demonios, temor de los juicios de Dios, humildad y espíritu de oración. Dios sostiene con su gracia a estos fieles servidores que se ven acometidos con tanta saña por el enemigo infernal.
Esta posesión resulta también útil al prójimo. El espectáculo de una criatura que sufre las más atroces violencias da a conocer, por una parte, el odio, la rabia, la furia del demonio contra el hombre, y por otra, la protección misericordiosa de Dios, que, como se vio en la persona de Job, no deja ir al demonio más lejos de lo que pueden soportar las fuerzas de sus siervos.
Otra lección no menos importante se desprende todavía de las posesiones en general. Los horribles furores del demonio sobre los cuerpos de los posesos son un preludio de la condenación, y advierten a todos cuan dignas de compasión son las almas esclavas de sus pecados y colocadas, por así decirlo, en el vestíbulo del infierno.
Como advierte San Agustín,
“los hombres carnales temen más los males presentes que los futuros, y por esto les hiere Dios en el tiempo, para hacerles comprender lo que serán los espantosos suplicios de la eternidad”.
Las posesiones, finalmente, sirven para hacer brillar la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, el poder de la Iglesia y el crédito de los santos. Al nombre de Jesucristo, ante los exorcismos de sus sacerdotes y las conminaciones de los grandes siervos de Dios, los demonios tiemblan, suplican, responden y abandonan los cuerpos que atormentan. Dios no permite nunca el mal sino para sacar mayores bienes.
Remedios contra la posesión diabólica
Todo cuanto tienda a debilitar la acción del demonio sobre el alma, purificándola y fortaleciéndola, podrá utilizarse como remedio general y remoto contra la posesión diabólica. Pero de una manera más próxima y específica el Ritual Romano señala los principales remedios, a los que fácilmente pueden reducirse todos los demás que señalan los autores especializados en la materia. He aquí los remedios principales:
1º) La Confesión sacramental. Siendo la causa más ordinaria de la posesión el castigo del pecado, es preciso, ante todo, suprimir esta causa por una confesión humilde y sincera. Sobre todo si es general de toda la vida tendrá particular eficacia, por la humillación y profunda renovación del alma que supone.
2º) La Sagrada Comunión. El Ritual Romano la recomienda con frecuencia bajo la dirección del sacerdote. Y se comprende que la presencia y el contacto de Jesucristo, vencedor del demonio, tenga particular eficacia para liberar de su esclavitud a sus desgraciadas víctimas. Sin embargo, la sagrada comunión no debe administrarse al poseso sino en los momentos de calma; y hay que procurar, además, evitar todo peligro de irreverencia o profanación, como prescribe el Ritual.
3º) La oración y el ayuno. Cierto género de demonios no pueden echarse sino a base de este medio (Mt 17,20). La oración humilde y perseverante, acompañada del ayuno y mortificación, obtienen del cielo infaliblemente la gracia de la curación. No debe omitirse nunca este remedio aunque se empleen también todos los demás.
4º) Los Sacramentales. Los objetos consagrados por las oraciones de la Iglesia tienen una virtud especial contra Satanás. Sobre todo el agua bendita tiene particular eficacia, plenamente comprobada en multitud de ocasiones.
Santa Teresa asevera: “De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no tornar. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe de ser grande la virtud del agua bendita… Considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia y regálame mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras que así la pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia que hace a lo que no es bendito” (Vida 31, 4).
5º) La Santa Cruz. El Ritual prescribe a los exorcistas tener en las manos o ante sus ojos el Santo Crucifijo. Se ha comprobado que su sola vista basta para poner en fuga a los demonios. El signo de la Cruz trazado con la mano ha estado siempre en uso entre los cristianos como soberano escudo contra Satanás. Y la Iglesia, que lo utiliza para la mayor parte de las bendiciones que confiere, lo multiplica particularmente en los exorcismos. Los Santos suelen liberar a los posesos con el solo signo de la Cruz trazado sobre ellos.
6º) Las Reliquias de los Santos. El Ritual recomienda su uso a los exorcistas. El contacto de estos restos benditos y santificados les produce a los demonios la sensación de carbones encendidos que les queman. Las partículas de la Verdadera Cruz son, entre todas las reliquias, las más preciosas y veneradas entre los cristianos y las, que más horror inspiran a los ángeles caídos, porque les recuerdan la grande y definitiva derrota que les infligió en ella el Salvador del mundo.
7º) Los Santos Nombres de Jesús y de María. El nombre de Jesús tiene una eficacia soberana para ahuyentar a los demonios. Lo prometió el Salvador en el Evangelio. “En mi nombre echarán los demonios” (Mc 16, 17); lo usaron los apóstoles: “En nombre de Jesucristo, te mando salir de ésta. Y en el mismo instante salió” (Act 16,18), y se ha empleado siempre en la Santa Iglesia. Los Santos han acostumbrado ejercitar su imperio sobre el demonio a base de esta invocación santísima acompañada del signo de la Cruz.
El nombre de María es también odioso y terrible a los demonios. Los ejemplos de su saludable eficacia son innumerables y justifican plenamente el sentimiento general de la piedad cristiana, que ve en la invocación del nombre de María un remedio soberano contra los asaltos de la serpiente infernal. Pero, aparte de estos medios que cada cristiano puede emplear por su cuenta contra las violencias de los demonios, la Iglesia tiene instituidos otros medios oficiales, cuyo empleo solemne reserva a sus legítimos ministros. Tales son los exorcismos.
Los exorcismos
La Santa Iglesia, en virtud de la potestad de lanzar los demonios recibida de Jesucristo, instituyó el orden de los exorcistas, que constituye la tercera de las cuatro órdenes menores.
En el momento de conferirla, el obispo entrega al ordenando el libro de los exorcismos al mismo tiempo que pronuncia estas palabras:“Toma y encomiéndalo a la memoria; y recibe la potestad de imponer las manos sobre los energúmenos, ya sean bautizados, ya catecúmenos”.
Desde aquel momento, el ordenado tiene la potestad de expulsar los demonios del cuerpo de los posesos. Sin embargo, como el ejercicio de esa potestad supone mucha ciencia, virtud y discreción, la Iglesia no permite ejercitarla pública y solemnemente sino a sacerdotes expresamente designados para ello por el obispo diocesano.
En privado puede usar de los exorcismos cualquier sacerdote, pero en este caso no son propiamente sacramentales, sino simples oraciones privadas, y su eficacia es, por consiguiente, mucho menor.
Otra cosa es el conjuro o abjuración, que puede ser ejercitada en privado incluso por los mismos seglares con las debidas condiciones, y tiene por finalidad rechazar como enemigo al demonio y reprimirle, en virtud del Divino Nombre, para que no perjudique espiritual o corporalmente. Nótese, sin embargo, que, como enseña Santo Tomás, jamás puede hacerse esta abjuración en tono de súplica o deprecación al demonio —lo que supondría cierta benevolencia o sumisión hacia él—, sino en tono autoritativo y de repulsa («vete, calla, sal de aquí»), que supone desprecio y desestima.
El Ritual señala el procedimiento para realizar los exorcismos solemnes y da muy sabios consejos a los exorcistas.
Es preciso ante todo comprobar muy bien la realidad de la posesión (que a tantas falsificaciones se presta); y, una vez obtenida la autorización expresa del obispo y haberse preparado diligentemente con la confesión sacramental, la oración y el ayuno, se harán los exorcismos en una iglesia o capilla (rara vez en una casa particular) en compañía de testigos graves y piadosos (pocos en número) y con fuerzas bastantes para sujetar al paciente en las crisis (a cargo de mujeres prudentes y pías si se trata de posesas).
Las interrogaciones se harán con autoridad e imperio, pocas en número, a base sobre todo de las que señala el Ritual.
Los testigos permanecerán en silencio y oración sin interrogar jamás al demonio. Se repetirán las sesiones cuantas veces sea menester hasta que el demonio salga o declare estar dispuesto a salir.
Y, una vez obtenida y comprobada plenamente la liberación, rogará a Dios el exorcista que conmine al demonio para que jamás vuelva al cuerpo que hubo de abandonar; dé gracias a Dios y exhorte al liberado a bendecir al Señor y huir cuidadosamente de todo pecado para no caer otra vez en poder del espíritu infernal.
Téngase muy presente que no siempre se obtendrá, por altos y secretos juicios de Dios, la liberación. El exorcismo no tiene la eficacia infalible de los Sacramentos, que obran ex opere operato. Puede ocurrir que no convenga a los designios de Dios sobre una determinada alma o los que la rodean conceder la gracia de la liberación. Sin embargo, los exorcismos —como enseña San Alfonso María de Ligorio— siempre producen algún efecto saludable, al menos atenuando las fuerzas del demonio sobre el cuerpo del poseso.
Citemos, para terminar con este punto, a Monseñor Cristiani:
Los autores reconocen por unanimidad que los comienzos de la posesión son generalmente muy insidiosos. El demonio sabe, desde hace mucho tiempo, que los exorcismos son de uso corriente en la Iglesia, que tienen sobre él un poder temible, que sufre por ellos física y moralmente, es decir en su orgullo. Para evitar el exorcismo se esfuerza por disimular el hecho de la posesión durante semanas y meses. En un ejemplo que citaremos más adelante, los exorcismos regulares sólo comenzaron al término de tres años.
El objetivo de Satán parece haber sido en este caso particular, y ocurre lo mismo en muchos otros, hacer pasar a la poseída por loca para que la encerraran en un instituto psiquiátrico y así privarla de toda intervención espiritual.
Esta táctica del demonio se halla ya denunciada en el siglo XVII por el padre Surin. Y el Ritual donde se resume la experiencia secular de la Iglesia dice textualmente: «Los demonios tienen la costumbre de dar contestaciones erróneas y de no manifestarse sino con gran dificultad a fin de inducir al exorcista a renunciar o hacer creer que el paciente no está poseído.»
Esta táctica del silencio y del incógnito es tanto más fácil en nuestros días cuanto muchos médicos, inclusive creyentes, no admiten ya la posibilidad de la posesión y tratan a los enfermos por procedimientos naturales de los cuales el demonio se burla soberanamente.
Lo más delicado de todo, por lo tanto, es guardar el equilibrio, el justo medio, no creer demasiado pronto en la posesión, mientras que la hipótesis de una enfermedad natural no sea descartada, y no retardar el empleo de remedios naturales, propuestos por la Iglesia, cuando el hecho de la posesión se ha tornado certidumbre.
Las primeras sospechas de la presencia del demonio reposan sobre indicios que no son decisivos, pero a los cuales hay motivo para tener en cuenta si se desea ejercer un control más atento sobre el sujeto sospechoso.
De acuerdo con Saudreau, citando a un especialista de su época, el doctor Hélot (en Neurosis y posesiones, «El diagnóstico»), los síntomas son los siguientes:
1º convulsiones en las que puede discernirse una inteligencia extraña a la del paciente, con frecuentes alternativas de estados normales y anormales;
2º movimientos extraordinarios que no pueden producirse sin adiestramiento prolongado, tales como saltos, bailes, equilibrios, reptaciones complicadas, golpes, llagas, caídas sin causa aparente, torsiones del cuello, de la nuca, etc.;
3º deformaciones, dolores intolerantes, súbitamente aplacados mediante agua bendita, el signo de la cruz, el pan bendito, etc.;
4º pérdida súbita de los sentidos y de la sensibilidad, instantáneamente devueltos por un conjuro;
5º gritos de animales, aullidos involuntarios e inconscientes, en el sentido de que el sujeto no los recuerda inmediatamente después;
6º visiones extrañas y diabólicas en una persona de otro modo normal;
7º iras y furores súbitos causados por la presencia de objetos benditos, o la vista de un sacerdote, o al pasar delante de una iglesia cuando se desea entrar en ella;
8º imposibilidad de ingerir o de conservar alimentos benditos o bebidas benditas.
Todos estos síntomas separados o juntos son solamente indicios. Deben despertar la atención. Importa, cuando se los comprueba, armarse de valor. Los exorcismos significan librar una batalla que puede ser dura y larga. No hay que retroceder ante los inconvenientes que pueda causar.
El Ritual dice con mucha razón: «Los demonios suscitan todos los obstáculos que pueden levantar para impedir que el paciente sea sometido a exorcismos.»
Con toda seguridad será necesario conferenciar con uno o más médicos, discutir la cosa con ellos asegurándose que son a la vez competentes y prudentes, es decir que no oponen a los hechos de posesión un prejuicio irrazonable con el fin de no acusar recibo. Hablando de algunos de sus colegas, el doctor Hélot decía: ¡Tienen oídos para no oír!
Es evidente que existen inconvenientes para lanzarse en exorcismos que no tuvieran su razón de ser, porque sería exponer la religión al descrédito. Pero existen inconvenientes mucho mayores en retardar indefinidamente el exorcismo cuando no hay otro medio para aliviar a pobres seres que el demonio atormenta. Y no es solamente ni principalmente el cuerpo de la víctima lo que corre peligro, sino también su alma si no se la ayuda a tiempo.
Cuando se ha llegado a la conclusión de que el exorcismo es necesario, es pues un deber proceder a él sin tardanza, preparándose por el ayuno y la plegaria, poniendo en acción todos los medios de los cuales la Iglesia dispone.
No hay que olvidar que no se trata aquí de una intervención facultativa. Del mismo modo que el Código Civil reconoce el delito de «no asistencia» a una persona en peligro, la teología reconoce una falta en quienes tienen a su cargo las almas, y no intervienen en favor de un sujeto sometido a la acción de Satán.
Es la advertencia de Saudreau, quien escribe: «Tanto que los teólogos que han tratado estas cuestiones ex profeso declaran que es pecado mortal para aquel que tiene a su cargo las almas, si no exorciza a los que están poseídos. Es evidente que sería pecado mortal también oponerse a que se lleve socorro a pobres almas que tienen que sufrir una prueba espiritual y corporal tan terrible.»
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Parte II: La Infestación
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