Y….. ¿Se terminó la era de la razón?


Santo Tomás de Aquino nos dice que la regla para la acción correcta reside en los siguientes pasos: Ver – Juzgar – Actuar

A través de los sentidos conocemos el mundo, nos llegan sus mensajes y estímulos. La luz de la razón nos encamina hacia lo bueno y santo porque es iluminada por la fe. Y la voluntad ordena lo necesario para llevar a obras lo determinado. Así funciona, en principio, un alma justa y buena.

Sabemos que la razón por si misma no alcanza, no es suficiente para comprenderlo todo. La fe viene en su auxilio y la ilumina y transporta. Por lo tanto, el discernimiento es imprescindible.

Discernir significa distinguir, diferenciar, apreciar, calificar. Si no somos capaces de este acto mínimo, ¿podemos esperar que nuestra conducta sea justa y buena? Imposible. Es necesario evaluar y optar. Elegir lo excelente y virtuoso y rechazar lo perverso y ruin. En materias de santidad, el relativismo es el mal mismo.

El alma del católico es un alma toda hecha de miradas desde lo alto y discriminación virtuosa: bueno-malo; virtud-pecado; bello-feo, etc. Es la aplicación práctica del principio de no contradicción que nos dice que no es posible que una cosa sea y no sea a un mismo tiempo y bajo el mismo punto de vista. Negarlo es corromperse y morir en vida.

He aquí el secreto de la santidad. Se trata de constituir un eje de vida. Ese eje debe ser conocer el mal y amar el bien. Se trata de optar y elegir bien. La incoherencia es pecado.

Satanás, siempre odiando lo bueno, bello y virtuoso, ha creado miles de trampas en este camino. Por ejemplo, dos extremos que niegan el uso de la razón: el sentimentalismo romanticista y el hiperracionalismo cientificista.

El sentimentalismo deja el timón de mando, da el gobierno de nuestras vidas a los sentimientos y a la ensoñación. Entonces somos como veletas, como plumas al viento de los sentidos, de lo subjetivo y cambiante, somos caprichosos e inconstantes y muy vulnerables a la tentación y al mal. No podemos hacer nada duradero ni serio. Los sentimientos son como hogueras o volcanes que se prenden y apagan por capricho. ¿Puede el amor verdadero, por ejemplo, fundarse en sentimientos puros y caprichosos?

El hiperracionalismo es otro extremo. No cae en las escabrosas bajezas del sentimentalismo, pero pone en su lado contrario una frialdad y escepticismo enceguecedores. Ciego a todo, extrema la razón hasta hacerla irracional y paralítica. Como ángel de la muerte, quita la vida y ternura a todo, elimina la alegría de vivir. Ambos extremos, como siempre, niegan la verdad de fondo.

El problema actual

Los excesos y extravagancias de Hollywood en el mundo post-guerra, con su afirmación implícita de alcanzar la felicidad en la tierra y la reivindicación de la bobera y superficialidad, de un optimismo insensato y pecaminoso imprimió fuertemente un sello al modernismo agonizante y daba a luz al postmodernismo.

El prototipo humano ponía la alegría de vivir en la opulencia, la belleza, el hedonismo, la frivolidad: hombres superficiales que huían del dolor, la fealdad, el sacrificio, el heroísmo, la pobreza y la enfermedad como si fuesen pestes mortíferas. Sus fuerzas se concentraban en la belleza, la fuerza, la salud física, la tecnología, la «divina» ciencia, en ahogar su amargura entre risas y champagne.

Los horrores de la Segunda Guerra le hicieron huir de toda fortaleza doctrinaria, toda lucha por ideales ya que temía el holocausto nuclear. Era un ser amorfo y a-ideológico. Inservible.

Como contraposición la revolución de la Sorbonne y el movimiento hippie y su bastardo, el New Age, crearon otro tipo humano, todo relativista, sentimental, desprovisto de fuerza y energía, de alegría, de santidad. Es místico incluso del dinero, con un misticismo que pasa por experiencias sensibles de la emotividad religiosa. Es un hombre cansado de vivir y gris, que tiene que buscar ‘vida’ en la excitación del juego con la muerte o en las drogas más fuertes.

La educación se hizo naturalista, comenzando y terminando en la tierra. Dios fue abandonado y olvidado en un armario. Los programas escolares favorecieron las nuevas enseñanzas psicológicas y fuimos educados sin pensar. Sin utilizar nuestra razón. A lo más, se nos hizo hábiles en utilizar técnicas o habilidades. Como a animales. Pero no se nos hizo pensar, razonar, comprender y proyectar. La especialización mercantilista impuso el toque final. Sabemos cada vez más de cada vez menos hasta saberlo absolutamente todo de absolutamente nada. Y son sólo conocimientos.

Se nos hizo emotivos, se inculcó expresar emociones, se nos advirtió de los peligros psicológicos de pensar. Se vive para sentir.

Y se hizo el caos. El hombre nuevo es impresionantemente moldeable y fácil de manipular. No razona, no juzga, teme el conflicto. Es un animal hedonista, egoísta, sensual y orgulloso. Un hombre gris. Hombre de masas. Y vive como un burro tras una zanahoria. Perdió la libertad.

Dos ejemplos muy claros de esta nueva mentalidad se ven en la cultura de medios de comunicación. Se obedece a dos principios: «ver es comprender» y la hiperemoción.

Ver, evidentemente, no es comprender. Pero la nueva cultura nos hace asistir a cada evento y nos hace saltar a otro con una rapidez tan vertiginosa que no acabamos por comprender nada en esta lluvia de emoción. A un mismo tiempo, todo se convierte en materia para un ‘show’ emocional , todo debe emocionarnos y puede resumirse. No importa la naturaleza de lo que se comunica. Asistimos al mundo como a un gran partido de fútbol.

Quedamos inertes ante este ataque. Saturados de información, muertos emocionalmente de tanta fatiga.

Se rechaza el análisis. Pensar es aburrido y no hay tiempo para eso. La era del ocio no tiene tiempo para analizar y discernir. Estamos obligados a aceptar lo que se nos dice y a continuar – con en reloj en la mano – nuestra vida frenética.

Dos ejemplos de prensa

¿Podemos comprobar que es cierto lo que se nos dice? ¿La información es cierta? ¿Es correcta la conclusión? No lo sabemos. Suponemos que porque son especialistas en lo suyo y nosotros en otra cosa no tenemos derecho a pensar.

El episodio de las fosas de Timisoara y del genocidio de Ruanda son dos ejemplos claros. En Timisoara, Rumania, lloramos ante las masacres colectivas. Más de 70.000 muertos en sosas comunes allá, a fines de enero de 1990. Eran las víctimas de la masacre del 17 de diciembre del año anterior. Una ola de indignación mundial recorrió entonces el planeta. Las cámaras nos mostraban camiones de basura portando hombres, ancianos, mujeres y niños. Y las fosas. Las Naciones Unidas y todos los países civilizados exigieron medidas, movilizaron energías, Los medios de comunicación sólo hablaron del tema y mostraron y documentaron registrándolo todo. Más tarde se supo la verdad. Todo fue un montaje. Bajo los sudarios se encontraban realmente cadáveres desenterrados de los cementerios de los pobres ofrecidos a la prensa. Se trató de un montaje(1). Apenas 100 muertos en Timisoara y poco más de 600 en el resto de Rumania. ¿Locura colectiva? No. Los medios son meros transmisores de información instantánea. No se procesa ni analiza.

El caso de Ruanda es más escalofriante. En 1994 Los hutus exterminaron a una gran parte de los tutsis. Ocurría los mismos días en que se celebraba el festival de Cannes. ¿Cuánto se dijo de eso? Apenas unos centímetros en prensa o segundos en televisión y radio. Muy poco. Pero después se descubrió que se trataba de un genocidio. Una de esas pocas oportunidades en un siglo de asistir en vivo y en directo a una masacre. Se dieron cifras y luego teníamos cámaras en vivo. Vimos un éxodo bíblico. Gente sufriendo hambre, enfermedades, muerte. Cenamos mirando cómo los enterraban, las familias amparadas por la cruz Roja y la ONU. Donamos dinero para auxiliarlos.

Lo curioso es que al genocidio no asistimos, sino apenas a sus consecuencias. Existen muy pocas imágenes del mismo. Es decir, ocurrió un genocidio, unas 500.000 o 1.000.000 de personas asesinadas a machetazos, que no fue filmado.

Y luego supimos que esos que veíamos en cámara eran realmente los verdugos. No eran las víctimas sino los victimarios. Las tropas internacionales, los organismo humanitarios estaban protegiendo a los asesinos. Pero eso no se podía decir. Ruanda se sumergió en la noche del silencio.

Podría alegarse que se trata de falta de información y no de falta de análisis. Pero, ¿no son los propios especialistas los más indicados para discernir en su materia? Al parecer se trata de emocionarse, de vivir sentimientos intensos. Como suicidarse arrojándose al vacío pero amarrado a un cable elástico. Cuando eso me aburra, ¿qué experiencia más fuerte será capaz de conmover?

Dolor y esperanza

Pero a este panorama terrible se agrega una experiencia cotidiana más patética aún: el descenso en los niveles de inteligencia de nuestros contemporáneos. Estudios recientes comprueban cómo la capacidad de hace 60 años de análisis y de rendimiento educacional era superior al nivel actual. Es verdad que manejamos más información. Pero una computadora lo hace mejor. Sin embargo, ella no piensa. No es raro leer cómo las universidades tienen problemas con los alumnos que rinden exámenes de ingreso.

Exceptuada una minoría, ¿los jóvenes actuales son más inteligentes y preparados que los de antes? Eliminemos el factor de cantidad de conocimientos y es escalofriante pensar que ellos dirigirán la sociedad. Y por lógica irrebatible, se crearán cotas más bajas para los ciudadanos del futuro. Porque el nivelamiento se da por lo más bajo o se excluirá a la mayoría. Y las distancias se hacen infinitas.

Cerremos esto con otro aspecto, más elevado en cuanto es religioso. Santo Tomás de Aquino escribió la Summa Theolgica no para teólogos o eruditos doctores. La Suma es tan sólo una introducción a la doctrina cristiana, es decir, es apenas un manual de referencia para poder sentarse a trabajar la teología y comprender la Fe. Hoy es materia de estudios avanzados y Dios es bendito si hay un par de personas que la dominen con soltura.

La fe avanzaba de la razón y producía santos y una cultura riquísima.

Hoy dos ejemplos bastarán para comprender mejor: el pentecostalismo y el new age. Ambos hacen pasar la vivencia religiosa no por el equilibrio que citamos al principio sino por la experiencia sentimental de la Fe. Todo es excitación, emoción… «sentir». Si el sentimiento es verdadero e intenso entonces somos místicos. Y si las diferentes confesiones religiosas se encaminan hacia esos rumbos, entonces nos nivelaremos como en la educación. Y tendremos emocionalidad irracional, manipulable, abierta a tentaciones y errores que se hacen omnipotentes si no somos capaces de discernir.

Contrastado el hombre en todos sus aspectos con los ideales de perfección y santidad se ve deforme.

¿Podemos desesperarnos? No. Con el corazón elevado hacia el Señor recordamos Su misericordia. Nosotros no tenemos ya más capacidad para deformarnos. El pecado parece haber triunfado. Pero maría Santísima, madre de la Divina Gracia puede más. Puede contra el pecado y la desesperación. Ella puede pasar por alto nuestras miserias y aceptar corazones contritos y humillados. Puede hacer en nosotros lo que nosotros mismos no tenemos más capacidad de hacer.

Entonces nuestra victoria será Su victoria. María reinará efectivamente sobre los corazones y la oración del Señor se cumplirá: venga a nosotros Tu Reino, Hágase Tu voluntad en la tierra como en el Cielo…

| Fuentes
http://www.cristiandad.org/editoriales/razonamiento.htm