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Cómo comprender el tiempo que nos ha tocado vivir

Publicado el 21 de enero de 2024

Actualizado el 17 de mayo de 2025

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La historia humana en su conjunto, desde su principio hasta el fin, no parece tener sentido cuando es mirada desde el punto de vista del hombre, sin embargo tiene un sentido desde el punto de vista de Dios, es decir, desde lo divino.

Dios ordena de un modo eficaz las cosas de la historia, para que aquellos que han sido escogidos para la gloria eterna, obtengan infaliblemente este fin. Por lo tanto la razón de ser de toda la historia, es hacer posible la eterna salvación de los predestinados.

El fin del demonio es apartar a la creatura racional de la obediencia a Dios. El dominio que Satanás ha conquistado sobre los hombres, se expresa por el título que nuestro Señor le da: Príncipe de este mundo.

El arte del demonio es dominar; con ayuda de sus esbirros, los medios temporales, para por allí perder el interior del hombre. De aquí que trate de dominar los medios del placer, de la riqueza y del poder, para tener agarrado al hombre. Son estas las tres tentaciones del desierto y la triple concupiscencia de las que habla San Juan.

Para comprender el tiempo que vivimos, desde la perspectiva de una humanidad que hace tiempo ha olvidado lo esencial, no hay más remedio que volver a ello, volver a lo que el hombre no debería nunca haber olvidado.

Y tal vez sea bueno comenzar recordando lo que debería ser obvio: Dios existe, como existe el cielo y los ángeles, pero también el infierno y los demonios.

Dios es Amor y quiere compartirlo. Por eso crea, y crea seres de naturaleza espiritual, que llamamos ángeles, y seres de naturaleza material en sus tres reinos: mineral, vegetal y animal. Y en el centro de todo ello crea un ser que participa de ambas naturalezas: un cuerpo material y un alma espiritual, y ese ser es el hombre.

Y como Dios quiere que sus criaturas le amen y el amor sólo puede darse libremente, no puede crear autómatas; debe crear seres libres, y libres son tanto los ángeles como los hombres. Pero esa libertad, para ser tal, comporta riesgos, puesto que la criatura libre puede decidir no amar a su Creador y apartarse de Él. Y Dios acepta ese riesgo, respetando escrupulosamente la libertad de sus criaturas.

El hombre, al contrario que el ángel, está sujeto al devenir, al cambio. No aparece de repente en toda su plenitud, sino que su desarrollo es un lento proceso de aprendizaje, sujeto a errores y rectificaciones. Su inteligencia es dialéctica: para comprender las cosas necesita un costoso proceso de razonamiento, y en la medida en que su comprensión es en cada momento imperfecta, puede mantener opiniones o actitudes que con el tiempo varíen e incluso se contradigan, en función de la mayor o menor perfección de su comprensión en cada momento, y considerando además que el desarrollo de su comprensión no siempre se mueve en sentido ascendente.

El ángel, por el contrario, no está sujeto al cambio, al desarrollo, al devenir. En el momento en que es creado, está ya en su plenitud. Su inteligencia es intuitiva y su comprensión es instantánea, si podemos decirlo así. No necesita un proceso complejo para entender, sino que todo aparece claramente en su inteligencia de una sola vez.

Esa diferencia entre la inteligencia humana y la angélica tiene importantes repercusiones: cuando el hombre toma una decisión, tal decisión no es irrevocable, puesto que su conocimiento en el momento de tomarla es imperfecto y, en la medida en que sea capaz de perfeccionarlo, puede ser que esa decisión le parezca posteriormente equivocada y la rectifique. Es decir, precisamente por razón de la imperfección de su conocimiento y del proceso dialéctico del mismo, el hombre puede rectificar, volver sobre sus pasos, cambiar.

En el ángel, en cambio, la decisión es irrevocable y se toma una sola vez y por siempre, puesto que su inteligencia intuitiva le ha permitido tener todo el conocimiento sobre las consecuencias de tal decisión.

La caída de los ángeles es anterior a la creación del hombre. El primer libro de la Biblia, el Génesis, presenta ya al ángel caído tentando a Eva en forma de serpiente. Ezequiel, Isaías, el Apocalipsis y los escritos de los Padres de la Iglesia nos permiten imaginar la prueba a la que Dios somete a la libertad angélica.

Los ángeles entonces conocen la “futura” creación del hombre, la encarnación del Verbo y el hecho de que están llamados a servir a esa criatura imperfecta y a someterse a la más grande de entre ellas. Una parte de los ángeles (un tercio, según la Tradición) no acepta servir a una criatura inferior y pronuncia el non serviam (no serviré). Es un acto de rebelión por soberbia que, en virtud de esa irrevocabilidad de las decisiones angélicas, los aparta radical y definitivamente de Dios.

Podemos decir que no es Dios quien condena a los ángeles caídos, sino que son ellos mismos, en ejercicio de su propia libertad, los que rompen su vínculo con su Creador, y “determinan”, por decirlo así, su propio “espacio” del que Dios está ausente y que llamamos infierno. No es Dios quien crea el infierno, sino la propia rebelión la que determina un ámbito propio sin Dios.

Del mismo modo, no es Dios quien condena al hombre, sino éste mismo, en el libre ejercicio de su libertad, quien decide apartarse de Dios y mantiene esa decisión hasta el momento decisivo de su muerte.

Ese alejamiento irrevocable provoca en el ángel caído, que llamamos demonio, un odio irreductible hacia el hombre, de modo que, a partir de ese momento, la finalidad única y primordial del demonio será destruir la creación humana, arrebatando a Dios las almas de los hombres y destruyendo su mundo.

La libertad del hombre es también puesta a prueba: el demonio le ofrece ser como Dios, conocer el bien y el mal, y el hombre cae. Por la naturaleza del hombre sujeta al devenir, como hemos visto, su decisión no le condena de modo definitivo e irrevocable, pero daña gravemente su naturaleza, que queda sujeta al dolor y a la muerte en lo físico y a una inclinación al mal en lo espiritual. Pero sin embargo, el daño no es tal que no permita que el hombre siga siendo responsable de sus actos. El hombre sigue siendo libre, puede conocer el bien y el mal, puede elegir entre ellos y, por consiguiente, es plenamente responsable de sus actos y de sus consecuencias. Es el mal uso de la libertad – humana o angélica – lo que crea el mal.

Es en ese momento de la caída cuando Dios pronuncia la gran profecía que anuncia la victoria final de la mujer sobre Satanás, cuando le dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la suya; ella te herirá en la cabeza y tú la herirás en el calcañar” (Gen 3, 15-19). Por eso María, la Nueva Eva, es siempre representada aplastando la cabeza de la serpiente.

A partir del momento de la caída, la historia del hombre se convierte en una lucha permanente entre las dos potencias que tiran de él en sentidos opuestos. El cielo y el infierno luchan por el hombre y en el hombre mismo, y esa lucha continuará y se hará cada vez más terrible hasta su desenlace final.

Pero la naturaleza humana dañada, si bien no aleja al hombre de Dios irrevocablemente, sí lo hace en la medida en que esa huella de mal en él, que llamamos pecado original, le imposibilita acceder a Dios como en su estado original previo a la caída. Por ello, tras su muerte, el hombre justo caído permanece en un estado intermedio, que llamamos limbo, que no es la presencia de Dios (cielo) ni su ausencia (infierno).

Pero como Dios, al crear al hombre, lo hace para que éste pueda disfrutar eternamente de Su presencia y de Su amor en un estado de beatitud perfecta y eterna, ha previsto la forma de restaurar la naturaleza humana en su estado original, y esa forma es la encarnación del Verbo divino.

La segunda persona de la Santísima Trinidad asume la naturaleza humana para purificarla mediante su sacrificio en la cruz, de forma que, a partir de ese momento, el hombre es “capaz de Dios” si mantiene esa nueva pureza obedeciendo la ley de Dios y no vuelve a contaminarla con su desobediencia.

Pero como el hombre es voluble, Dios ha previsto también la forma de recobrar la pureza perdida mediante los sacramentos: el bautismo borra el pecado original y restaura la pureza del alma, pureza que puede perderse por los pecados personales; la confesión o penitencia borra esos pecados personales y devuelve el alma a su estado original; la Eucaristía alimenta espiritualmente al alma para fortalecerla en su lucha y aproximarla a Dios.


Esta larga introducción ha sido precisa para recordar los conceptos básicos sin los cuales, no es posible comprender la historia de la humanidad en su sentido correcto. Sin ella no es posible comprender el tiempo presente. Es necesario asimilar que todo el proceso histórico de la humanidad, si quiere entenderse de manera correcta, tiene que interpretarse dentro de este contexto: Así como todos los eventos históricos correspondientes a los días del Antiguo Testamento apuntan a la primera venida de Cristo, todos los eventos históricos posteriores a su resurrección y ascensión al Cielo, apuntan hacia su segunda venida.

Pues bien, siendo así, podemos afirmar que la historia humana se divide en dos partes: desde el inicio hasta la primera venida de Cristo y desde Su Resurrección hasta la segunda venida. La encarnación de Cristo es, por tanto, el centro de la historia (no en sentido matemático), y el tiempo que media desde Su Resurrección hasta Su segunda venida, puede calificarse en sentido amplio (si usted tiene mucho miedo al Apocalipsis) como “últimos tiempos”, tiempos en los cuales nos ha tocado vivir. Quiera verlo o no. Quiera aceptarlo o no. Esto es lo que nos ha tocado vivir.

Ahora bien, puesto que llevamos ya más de 2000 años en esos “últimos tiempos” (o 1989 si los contamos desde la muerte y resurrección, y no desde el nacimiento), ¿no es posible concretar un poco más ese concepto? ¿Cuanto ha de durar la historia?

Entendido todo desde la perspectiva planteada, podemos entonces decir, que la historia de la humanidad, ha de durar el tiempo necesario, establecido por  Dios, en el que se ha de reunir al número de sus predestinados:

Y cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados por la causa de la Palabra de Dios y por el testimonio que mantuvieron; y clamaron a gran voz, diciendo: “¿Hasta cuándo, oh Señor, Santo y Veraz, tardas en juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?”  Y les fue dada una túnica blanca a cada uno; y se les dijo que descansasen todavía por poco tiempo hasta que se completase el número de sus consiervos y de sus hermanos que habían de ser matados como ellos.

(Apocalipsis VI, 9-11)

Tanto los evangelios escatológicos de Mateo y Lucas como el Apocalipsis, nos permiten caracterizar la fase final de esos últimos tiempos: por una parte, nos indican que será un tiempo en el que el mal se habrá extendido por el mundo como nunca antes en la historia. Será un mundo pervertido y pervertidor. Satanás consciente de que le queda poco tiempo antes de esa segunda venida de Cristo, ha redoblado su ataque contra el hombre y, muy especialmente, contra la Iglesia y la familia.

Será, por tanto, un tiempo en el que se darán manifestaciones del mal como nunca se dieron antes, en el que los hombres perderán la fe y seguirán en gran número los caminos del Maligno, y en el que la Iglesia será perseguida. Las Escrituras llaman a ese tiempo la Gran Apostasía.

Por otra parte, y simultáneamente, es también el tiempo que prepara la victoria de la mujer, de la Nueva Eva, sobre la serpiente, anunciada desde el momento de la caída, como hemos visto.

Dios ha previsto que sea una mujer, la más humilde, la Madre del Salvador, la que aplaste la cabeza del más soberbio, de Satanás, y ese tiempo prepara este desenlace. No sin razón, desde 1830 en la Rue du Bac, la Virgen se ha aparecido innumerables veces en todo el mundo para dar a la humanidad mensajes de preparación para los tiempos que se avecinan, formando el ejército de los humildes que debe derrotar al poderoso enemigo con las armas de la oración y el sacrificio.

Si bien las apariciones han sido numerosas, conocemos bien las principales: La Salette, Lourdes y Fátima. En todas ellas los mensajes siguen el mismo patrón: nos anuncian la inmediata proximidad de los últimos tiempos (la última fase de esa segunda mitad de la historia), los peligros terribles que la humanidad deberá afrontar en ellos y, en consecuencia, la absoluta necesidad de la conversión personal para poder afrontarlos.

Se diría, pues, que en nuestros días se dan las dos características con que los Evangelios y el Apocalipsis anuncian esos “últimos tiempos”: una pérdida masiva de la fe (ya casi no hay naciones sobre la tierra que profesen la fe católica y la inmensa mayoría de los habitantes de naciones otrora católicas, han apostatado abiertamente de la fe, tornándose hacia sectas, protestantismo o al ateísmo), manifestaciones del mal nunca vistas en la historia (el aborto y la eutanasia como derechos, la revolución sexual, la elección discrecional del sexo, el transhumanismo,  la corrupción máxima en todos los ámbitos y a todos los niveles…), persecución al catolicismo en particular (cruenta en muchos lugares e incruenta – todavía – en otros), y, por otra parte, una actividad intensísima por parte de la Nueva Eva para preparar el pequeño ejército de los humildes para la batalla final.

Podemos entonces pensar que los signos de los tiempos nos están indicando que, con toda probabilidad, nos encontramos ante esa fase final de la segunda mitad de la historia.

¿Y qué dicen las Escrituras de ese momento?

No podemos olvidar que se trata del desenlace de la lucha que cielo e infierno mantienen por el hombre desde el inicio de la historia, por lo que necesariamente será un desenlace dramático en grado sumo. Tanto los Evangelios escatológicos como el Apocalipsis, tras darnos ese retrato característico que hemos mencionado, nos hablan de la Gran Tribulación que sigue a esa Gran Apostasía. Pero se nos advierte además, que la confusión será tal, que aquellos días deberán ser abreviados para que no se pierdan los elegidos.

Otro elemento característico de este cuadro es la aparición del Anticristo y de su acólito el Falso Profeta. Cuando las cosas estén peor, nos dicen las diversas profecías, aparecerá una figura tremendamente carismática que prometerá al mundo resolver todos los problemas. Será un gran seductor, humanista, ecologista, partidario de la fraternidad universal… Las multitudes caerán rendidas a sus pies; su seducción será difícil de resistir. Lo prometerá todo con una sola condición: fidelidad absoluta. Y el mundo aceptará voluntaria e involuntariamente.

Voluntariamente, lo harán las legiones embrutecidas, estupidizadas y aturdidas, conformadas por aquellos que creen verdaderamente que el mundo, «finalmente», avanza y progresa.   Involuntariamente, lo harán aquellos acorralados por temor al ostracismo y al boicot económico.

Aquí, debemos recordar que, en el episodio final de la Gran Tribulación, perecerá todo aquel que se haya entregado al Anticristo, de modo que este momento de la historia nos exige una resolución inequívoca y definitiva: con Cristo o contra Cristo. Este es sin embargo, un aspecto escatológico que muchos no desean comprender totalmente, pues pareciera que se prefiere interpretar estas palabras de manera conveniente y conforme a la manera de vivir de este mundo.

Creen muchos equivocadamente, la existencia de una tercera posición: La del indiferentismo, que es además la más cómoda, pues no establece lealtades y «previene» las dificultades ocasionadas por una toma de posición definida. No nos engañemos. La sentencia establecida por Cristo es exclusiva: «Quien no está conmigo, está contra mi». Es decir, es necesario estar con Él. Esta es la única posición por Él aceptada. NO SE ENGAÑE.

Para que se dé la gran tribulación (la persecución magna del pequeño remanente, el «Pusillus Grex» de Cristo), es necesario que muchos de los hombres, sean engañados (marcados en sus frentes) a tal punto, que crean trabajar (marcados en sus manos) en pro del bien haciendo el mal. Engañados de tal manera que creerían hacer un bien al mundo deshaciéndose de aquellos seguidores del Cordero, los que advierte San Pablo, serán considerados la basura del mundo. Este pequeño grupo,  estará conformado por aquellos  que se mantienen fieles a las enseñanzas  del Cordero y rechazan de manera abierta y manifiesta al imperio del anticristo.

Se servirá de una falsa estructura jerárquica religiosa, bajo la dirección de un Falso Profeta, para promover una religión universal ecologista, panteísta, fraternal… pero vacía y hueca, una religión sin Dios, que ha sido reemplazado por el hombre. Exigirá, de uno modo u otro, someterse a este imperio global, apostatando para ello de la fe verdadera. Llegará a hacerse adorar como dios y perseguirá cruelmente, cuando ya no necesite ejercer su seducción, a la Iglesia católica auténtica remanente.

Y cuando parezca que el mal ha triunfado totalmente y que no queda ya un rayo de esperanza, Cristo fulminará “con el soplo de su aliento” al Anticristo y a todos los que lo han seguido y servido.

Es necesario comprender querido lector, que el fin de los tiempos no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo corrupto y del establecimiento del reinado de Cristo sobre la tierra. En efecto, el episodio final de esa Gran Tribulación, ese “soplo” del aliento divino, será terrible: Solamente aquellos que no renegaron del cordero: los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, ni habían aceptado la marca en sus frentes ni en sus manos (el pequeño remanente) será salvado por aquel que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia, que lleva escrito en su manto y sobre su muslo este nombre: Rey de reyes y Señor de señores.

Pero ánimo. Cuando veáis que suceden todas estas cosas, levantad vuestras cabezas, pues se acerca el momento de vuestra liberación.

Fuentes

Basado en un artículo publicado originalmente en Infovaticana, mismo que hemos modificado a tal punto, que ya no es posible acreditarlo a su autor original.

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.