Como si fuera un ladrón…

Como si fuera un ladrón…

Publicado el 2 de abril de 2026

Actualizado el 2 de abril de 2026

Archivado en: Semana Santa

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Meditaciones de Cuaresma y Semana Santa
Uno de los aspectos más sublimes de la Pasión de Nuestro Señor reside en el contraste absoluto entre Su actitud —henchida de lógica, fortaleza y divina elevación— y la incongruente bajeza de Sus adversarios, cuya conducta destila cobardía e infamia. Este antagonismo se manifiesta, paso a paso, en cada estación del Sacrificio. Ya en el preludio de la Pasión, bajo aquella tempestad de odio que fraguó Su muerte, se percibe con nitidez este choque entre la Luz y las tinieblas

A lo largo de la vida pública de Nuestro Señor, se despliega ante nosotros una dualidad estremecedora. Por una parte, Su actitud —cada vez más diáfana, majestuosa y coherente— se halla refrendada por los milagros más inauditos, los cuales confirman la santidad de una doctrina ofrecida a todos sin excepción. Por la otra, advertimos el odio abyecto que contra Él se iba gestando: un odio carente de motivo legítimo, o al menos, de razón que se atrevieran a confesar.

Incapaces de reconocer sus verdaderos móviles incluso ante sí mismos, Sus enemigos se refugiaron en el pretexto o en el silencio cómplice. Ante la imposibilidad de rebatir Sus argumentos, urdieron el plan de arrebatarle la vida. Era, en definitiva, el enfrentamiento absoluto: por un lado, el Cielo; por el otro, el abismo del infierno.

El ilustre exégeta Fillion divide la vida pública de Nuestro Señor en tres periodos definidos. En el primer año, el Maestro elige a Sus discípulos y comienza Su formación; en el segundo, los confirma en su altísima vocación, extiende Su radio de acción y es rodeado de gloria ante el pueblo; en el tercer año, pone a prueba la fidelidad de los Suyos y es, finalmente, entregado a la sentencia de muerte.

Durante este trienio, la impiedad no permaneció ociosa, sino que observaba con vigilante malicia cada uno de Sus actos. Gradualmente, aquellos hombres comprendieron que Sus palabras no solo portaban la verdad, sino que Él era la Verdad misma. Advirtieron que Sus obras no eran meramente virtuosas, sino que Él era la Santidad personificada. Finalmente, al vislumbrar la evidencia de que se hallaban ante el Hijo de Dios, la soberbia les resultó insoportable y decidieron darle muerte.

A medida que el entusiasmo del pueblo crecía en torno a Su figura, la envidia de Sus enemigos se trocaba en una ponzoña más activa. Para socavar Su prestigio, los escribas y fariseos sembraron la calumnia y acudieron, como refiere el Santo Evangelio, a desafiarle con sutiles añagazas. No obstante, todos aquellos sofismas se estrellaron ante Sus refutaciones triunfantes. Lejos de rendirse a la evidencia, el odio de aquellos hombres se recrudeció; pues no buscaban la luz en el argumento, sino el lazo de una contradicción que les sirviera de munición para Su infamia. Tal conducta revela una maldad intrínseca: el odio al Bien en su expresión más acerba y repugnante. Ante Aquel que se definió como el Camino, la Verdad y la Vida, ellos eligieron el extravío, la mentira y la muerte.

Nuestro Señor Jesucristo padeció indeciblemente ante tal ceguera. Siendo Él la Verdad misma, cada falacia hería Su santidad con un dolor místico. Siendo el Camino, Su Corazón se desgarraba al contemplar la apostasía de los suyos, que se desviaba de su altísima vocación a la que en primer lugar habían sido llamados, para dar muerte a Quien tanto tiempo dijeron esperar. Y siendo la Vida, se anegó en tristeza al ver a aquellas almas rechazar la salvación por el abismo de la perdición. Mientras Él les ofrecía la eternidad, ellos ya urdían Su sacrificio.

Sería una consideración harto deficiente del dolor de Nuestro Señor en Su Pasión reducirlo a un mero lamento humano que dijese: “Me hieren con crueldad, causándome gran tormento; estas llagas lastiman mi espíritu pues soy inocente”. Si bien tal afirmación es verdadera y motivo suficiente para el llanto en cualquier criatura, en el Verbo Encarnado hallamos un abismo mucho más profundo.

Siendo Dios, Él se amaba a Sí mismo con un amor de absoluta perfección. Por consiguiente, el dolor supremo de Su Pasión no fue el de la carne desgarrada, sino el causado por la negación de la Verdad y la violación de los principios morales perpetrada por quienes urdieron Su muerte. Para Su santidad, el asalto contra la Justicia era una herida más aguda que el clavo o la lanza; un dolor que trascendía lo sensible para herir lo eterno.

El Suyo fue un dolor divino y humano a la vez: un error denunciado por Su inteligencia infinita y un mal aborrecido por Su voluntad soberana. Este es, ante todo, el núcleo del sufrimiento de Nuestro Señor. Tras él, surge el padecimiento físico —ciertamente santo y redentor—, pero jamás debemos relegar al olvido el aspecto primordial: el sacrificio moral de la Verdad ante la iniquidad del mundo.

Tanquam ad latronem – como si fuera un ladrón

Tanquam ad latronem – Video

Aquí está el texto de la hermosa música Tanquam ad Latronem (como si yo fuera un ladrón), compuesta por Tomás Luis de Victoria (1548-1611) sobre Nuestro Señor hecho prisionero en Getsemaní.

Como si fuera un ladrón, vienes a aprisionarme con espadas y varas.
Enseñaba todos los días en el templo y no levantabas la mano para detenerme.
Y ahora me llevas azotado a ser crucificado.
Y cuando se acercaron para agarrar a Jesús, dijo:
Enseñaba todos los días en el templo …

La estrofa inicial del cántico evoca aquel instante desgarrador en que Nuestro Señor transita de Su condición de hombre libre a la de prisionero. Al ser aprehendido, lanzó este reproche cargado de divina lógica: “Cada día enseñaba entre vosotros…”.

Estas palabras encierran una denuncia profunda: Mientras predicaba en el Templo, el pueblo me rodeaba y podía testificar la Verdad que brotaba de Mis labios. En aquel tiempo, desarmé vuestras objeciones y permanecisteis en un silencio derrotado. No osasteis atacarme entonces por falta de valor ante Mis seguidores; temíais la defensa de la muchedumbre. Mas ahora, amparados en la sombra y valiéndoos de la traición de ese discípulo infame, me halláis en la soledad. En este momento, ¡oh, cobardes!, os presentáis ante Mí con espadas y maderos como si fuese un malhechor. Bien sabéis que no lo soy y que este ultraje es indigno.

Tal es la flagrante contradicción que el Señor puso de manifiesto: una reprensión varonil y severa contra la injusticia. Pero, simultáneamente, fue un llamamiento de ternura infinita para su conversión; pues Él, pudiendo evitarlo, eligió voluntariamente no huir, entregando Su vida por todos, incluso por aquellos mismos que en ese instante le ponían cadenas.

En la actualidad, aquellos católicos que custodian los principios perennes y las tradiciones de la Iglesia se hallan, con frecuencia, sumergidos en una prueba análoga a la que padeció Nuestro Señor. El militante contrarrevolucionario, en su lid contra los enemigos de la Fe —ya se vistan de progresismo o de errores colectivistas—, asiste al mismo espectáculo de impotencia intelectual: el adversario, desarmado de razones, se refugia cobarde en acciones ocultas, en el silencio hostil o en la siembra sistemática de la calumnia, emulando la perfidia de aquellos.

Esta persecución busca el «asesinato psicológico»: el intento de borrar al fiel del escenario público para no tener que confrontar la Verdad y el estilo de vida que su sola presencia denuncia. Es una estrategia de asfixia que busca evitar el combate de los principios.

No obstante, si se nos permite ser contados en las filas de esta Contrarrevolución, debemos revestirnos de una santa altivez. Recibir el mismo trato que el Divino Maestro es un honor inmerecido; es participar de Su propia herencia. Cada estigma de descrédito y cada sombra de persecución no son sino perlas preciosas que la Providencia añade a nuestra corona celestial. Ser tratados como Él fue tratado no es una derrota, sino el signo inequívoco de nuestra fidelidad.

 

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.