Consagración a San José de 30 días


los 7 domingos a San José Consagración a San José

MÉTODO PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ

Marzo es el mes de San José, santo patriarca de la Iglesia Universal. A lo largo de sus 31 días, publicaremos de manera diaria, un pequeño vídeo, que acompañará a este método de consagración a San José, para entregarse a su casto y puro corazón, como esclavo de confianza, escrito por el padre Padre Antonio Casimiro Magnat. Si así lo prefiere, puede acceder a una copia digitalizada del original publicado en 1866,  por medio de Google Books.

Pongamos, almas cristianas, nuestra confianza en San José, y que este sentimiento sea cada vez más vivo en nuestro corazón. ¿Cómo podremos dudar del poder y de la bondad del que ha sido tan honrado por Dios y declarado jefe de la gran familia cristiana, del que se llama con tan justo título protector de la Iglesia, terror del infierno, abogado de la buena muerte, y de quien hemos recibido tantas señales de protección?

CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

Consagración a San José de 30 días

ACTO DE CONTRICIÓN

¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.

Día 1

DÍA 1 — 1 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

1. ¿Quién fue San José?
San José fue un grande y fiel siervo de Dios en la antigua ley, que mereció por su justicia ser elevado a la dignidad sublime de esposo castísimo de la Virgen Santísima, y padre nutricio del Santo Niño Jesús. José era justo, dice el Evangelio, y esta cualidad atribuida a José por el Espíritu Santo, es el elogio más eminente que hacerse puede de aquel patriarca tan excelso, porque la palabra justo, dice San Juan Crisóstomo, manifiesta un hombre perfecto en todas las virtudes; esta es la misma opinión de Santo Tomás de Aquino y de todos los teólogos.

2. ¿De qué familia fue oriundo San José?
Descendía por línea recta de la ilustre estirpe de Judá, que dio a Israel el santo rey David y que contaba entre sus abuelos a los venerables patriarcas del Antiguo Testamento.

La Escritura dice que era de la casa de David llamándole también hijo de este gran rey; José era, pues, de estirpe real, y hubiera sido rey, si el Cielo, irritado por los crímenes de su pueblo, no le hubiese castigado con la más dura esclavitud; pero si por su origen era noble, lo era más aún por sus espirituales y relevantes cualidades. «Si José descendía de David según la carne,» dice San Bernardo, «es también evidente que se mostraba digno hijo de este santo rey, por su fe, santidad y devoción ardiente».

DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

Es seguro que después de la devoción que tenemos al Salvador y a su divina Madre, no hay en la Iglesia otra más excelente y saludable que la que todo cristiano debe tener a San José. Y, en efecto, ved, almas cristianas, cuántas razones apoyan esta verdad.

Primeramente, Dios quiere que honremos a San José, a quien Él ha honrado tanto, y cuyo culto ha hecho inseparable de Él, de la divina infancia y de la Santísima Virgen. La Iglesia nos invita también a unirnos a los habitantes de los Cielos y a los coros de todos los cristianos, para rendirle un homenaje digno de sus prerrogativas. En fin, nuestros más queridos intereses nos colocan en la grata obligación de suplicarle con mucho fervor y con gran confianza.

Ahora bien, en este honor, este culto, estas oraciones, es en lo que consiste la devoción a tan gran Santo. Esta devoción tiene, pues, por principales motivos, la voluntad de Dios, el ejemplo de la Iglesia y nuestros verdaderos intereses.

Acabamos de decir que Dios quiere que veneremos a San José, porque le ha venerado Él mismo altamente.

En efecto, ¡cuánto no le ha distinguido Dios mismo de los demás hombres por las gracias de que le ha provisto, y por el ministerio augusto que le ha confiado! ¿Cuál de los Patriarcas y de los Profetas ha sido tan favorecido por Dios? ¿Cuál es el Ángel, por elevado que sea en la Gloria, que no hubiese estimado la dicha inapreciable de desempeñar las funciones que ha desempeñado, la felicidad inefable de representar en la tierra al mismo Dios respecto de su adorable Hijo y de la Santisima Vírgen? ¿Cuál es el Santo, después de María, que se halla colocado en el Cielo más cerca de Jesucristo, divino Sol que es toda la gloría y esplendor de los Santos.

Sí, San José ha sido en la tierra el Santo más querido de Dios y el más elevado en dignidad. Y ved lo que los mayores Santos se complacen en decir de él. San Francisco de Sales le llama: «esposo del amor, el gran patriarca, el hombre escogido por Dios con preferencia sobre todos los demás, para prestar al Hijo de Dios los servicios más tiernos y más amorosos».

San Bernardo le nombra: «vicario de Dios Padre y de su Santo Espíritu cerca del Verbo hecho hombre». El piadoso y sabio Ruperto le da los títulos de «conservador del conservador del mundo, de soberano del soberano universal». Otros Santos Doctores le llaman: «el depositario de los secretos divinos, dispensador del pan celestial y tesorero de la casa de Dios».

Dios ha honrado grandemente a San José, y quiere que a imitación suya, le honremos con un culto verdadero y digno de sus grandes prerrogativas. Obró Dios con él lo mismo que Faraón con el patriarca José; y un gran número de Doctores han considerado a este como un modelo del Santo que debía llevar el mismo nombre. «¿Dónde se encontraría, dice Faraón al antiguo José, alguno más sabio que vos, ni siquiera parecido a vos? Sólo vos tendréis autoridad sobre mi casa, y yo no me distinguiré de vos más que por el trono y la calidad de rey».

Aquel gran rey tomó en seguida su anillo y le puso en la mano de José, le hizo revestir una túnica de lino y le puso al cuello un collar de oro; y haciéndole subir sobre uno de sus carros, hizo pregonar por un heraldo que todos se prosternaran ante el que nombraba para mandar en todo el Egipto.

¡Esta es una imagen de la manera con que Dios obró con José, le ha glorificado, y le ha establecido sobre toda su casa, es decir, sobre la humanidad entera, porque Jesús, nuevo Adán, y María, la nueva Eva, personificaban a todos los hombres, le ha dado igualmente poder para comunicarnos las gracias que necesitamos, por manera que nos dice, como Faraón a sus súbditos «acudid a José: pedid a José; y de su mano bienhechora recibiréis los socorros que necesitéis».

Debemos, pues, almas cristianas, honrar a San José, porque Dios mismo le ha honrado; pero también lo debemos, porque nuestra devoción hacia él, se liga de la manera más estrecha con la devoción al niño Jesús y a la Santísima Virgen, por manera que no se puede sobresalir en ésta sin tener aquella en alto grado. Acordémonos de lo que enseña sobre este particular Santa Teresa:

«Por mi parte, ignoro cómo se puede contemplar a la Reina de los Ángeles prodigando día y noche sus cuidados al niño Jesús, sin dar gracias al mismo tiempo a su casto esposo por los socorros que él prodigaba con tanta solicitud a la Madre y al Hijo. Y, además, ¿cómo podremos contemplar al Verbo Divino en el misterio de su adorable infancia, sin rendir culto al que es su protector, su custodio y su padre por adopción?».

Sí, es imposible concebir que pueda tenerse una verdadera devoción al niño Jesús y a la Santísima Virgen, sin tener una gran devoción a San José. Si amamos verdaderamente al niño Dios, si veneramos a su Madre la Virgen santísima, amaremos infaliblemente a San José, que ha sido el Jefe de la Santa Familia, que ha sido honrado por María y por el mismo Jesús.

El segundo motivo de nuestra devoción a San José es la intención, la voluntad de la santa Iglesia nuestra Madre. La Iglesia, en efecto, quiere que en todas partes donde resuenen las alabanzas de Jesús y de María, resuenen también las de José, y que el culto de este gran santo se extienda más y más.

Siempre ha exhortado a los fieles a recurrir a él en todas sus necesidades, persuadida que serán siempre socorridos con eficacia cuando le invoquen con piedad y confianza. Siempre ha alentado todo lo que puede acrecentar esta devoción, y abierto al efecto los tesoros de sus indulgencias. Pero principalmente en los tiempos presentes es cuando nos exhorta, por boca de Pío IX, a la devoción hacia este gran Patriarca.

Y en efecto, apenas este gran Pontífice se sienta en la silla de San Pedro, cuando quiere que el Patrocinio de San José se celebre, no como hasta entonces en algunas iglesias o determinadas comarcas, sino en el mundo entero, y declara altamente:

«que San José, el glorioso Patriarca San José, fue colmado de gracias extraordinarias… que en todas las cosas fue obediente durante su vida a los designios y a la voluntad de Dios con una prontitud y una alegría que casi no podría explicarse… y que, en fin, coronado de gloria y honores en el Cielo, ha recibido un nuevo cargo: el de aliviar por sus abundantes méritos y el apoyo de sus oraciones, la miserable naturaleza humana, y obtener en el mundo, por su poderosa intercesión, lo que el hombre por sus solos recursos no puede obtener».

Más adelante, cuando se trata de definir el dogma de la Inmaculada Concepción, y dirigiéndose a la augusta asamblea de los obispos reunidos a su alrededor, se cree en el deber de recomendarles vivamente que propagasen cada vez más la devoción a San José; y en su Bula de Proclamación, en el pasaje en que exhorta a los obispos y al universo entero a recurrir a los sufragios de los Santos, nombra a San José después de la augusta María y antes que los gloriosos Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Y últimamente, respondiendo a los que se lamentaban a su lado de los temores serios que inspira el porvenir, nuestro santo padre Pío IX les dijo:

«El mal es grande, pero el mundo se salvará. No en vano propaga Dios en la lglesia con más abundancia que nunca el espíritu de oración. Se ora mucho más, y se ora mejor; los apoyos de la Iglesia naciente, María y José, vuelven a ocupar en los corazones el puesto que nunca debieron perder. Aun se volverá a salvar el mundo».

¡He aquí, almas cristianas, cuál es la intención de la Iglesia respecto a la devoción a san José; así, ved cómo bajo la inspiración de esta Esposa de Jesucristo, se propaga en nuestros días el culto de San José! ¡Cuántas capillas, cuántos oratorios se erigen con su advocación! ¡Qué de altares erigidos a su gloria ¡Qué de hermandades, misiones, empresas colocadas bajo su Patrocinio!

Pero entre los motivos que tenemos para ser devotos de San José, hay uno muy poderoso: el de nuestro propio interés.

La Sagrada Escritura nos dice que el demonio anda sin cesar a nuestro alrededor para devorarnos. Pero aun cuando la Escritura no nos lo afirmara, la triste experiencia de todos los días está patente para convencernos. Tenemos además dentro de nosotros mismos un enemigo muy terrible, que nos sigue por todas partes sin cesar: nuestras pasiones. La vida de este mundo es un combate continuo en el que damos, ¡ay!, frecuentemente grandes caídas; luego, ¿qué necesitamos nosotros tan débiles y tan miserables, sino un protector poderoso y que esté siempre lleno de bondad por nosotros?

¡Ahora mirad si no tiene para esto un grado muy eminente el glorioso San José! ¿Y a qué abogado podríamos recurrir, cuyas oraciones fuesen más eficaces que las de José, que por la santidad de su vida tanto ha contribuido al inefable misterio de la Encarnación del Verbo? ¿Qué santo, después de María, tiene más poder con el divino Salvador que aquel que le alimentó con el trabajo de sus manos y se sacrificó por él sin reserva?

Tenemos, pues, en José un poderosísimo protector, que ademas está lleno de bondad hacia nosotros, y siempre dispuesto a socorrernos. ¿Y cómo podría ser de otra manera, cuando su corazón arde en el mismo fuego de la caridad que los de Jesús y María? ¿Cómo no ha de ser nuestro amigo más tierno, él, que ha visto de una manera tan sensible cuánto costaron nuestras almas al divino Salvador? ¿Cómo dejará de interesarse en nuestra salvación, él, que se sacrificó por procurárnosla trabajando por Jesús y con Jesús, mezclando sus sudores con la Sangre que debía producir la redención del mundo?

Pongamos, almas cristianas, nuestra confianza en San José, y que este sentimiento sea cada vez más vivo en nuestro corazón. ¿Cómo podremos dudar del poder y de la bondad del que ha sido tan honrado por Dios y declarado jefe de la gran familia cristiana, del que se llama con tan justo título protector de la Iglesia, terror del infierno, abogado de la buena muerte, y de quien hemos recibido tantas señales de protección?

Tengamos, pues, una verdadera devoción a San José, y manifestémosla durante este mes que le está consagrado, honrándole por todos los medios que estén a nuestro alcance, como también haciendo le veneren las personas que dependen de nosotros. Sí, vayamos todos los días a los pies de José a darle un testimonio especial de nuestro amor hacia él.

Además, todos los cristianos encuentran en la vida de nuestro Patriarca motivos de devoción; los nobles y ricos deben considerar al reverenciarle que San José es nieto de los patriarcas y reyes.

Los pobres, que ha vivido como ellos en la indigencia, que ha trabajado continuamente cono un simple artesano.

Las vírgenes, que conservó toda su vida la más perfecta virginidad, y que fue escogido por Dios para guarda y protector de la Reina de las vírgenes.

Las personas casadas, que fue jefe de la más augusta familia que puede existir.

Los niños, que fue el padre adoptivo de Jesús, conservador y director de su infancia.

Los sacerdotes, que tuvo la dicha de tener frecuentemente a Jesús en sus brazos.

Las personas religiosas, que santificó su retiro de Nazaret con la práctica de las virtudes más perfectas y en las conversaciones íntimas con Jesús y María; últimamente, las almas piadosas y fervientes, que ningún corazón después del Corazón de María, ha amado a Jesús con más ardor y ternura.

Desde el cetro hasta el cayado, desde los cedros hasta el hisopo, nada hay que deje de sentir la saludable influencia de su protección. Todas las condiciones, todos los estados tienen algo que esperar de su favor, en sus grandezas poderosos motivos para honrarle, y en sus virtudes mucho que imitar.

COLOQUIO

EL ALMA: ¿Queréis permitirme, ¡oh glorioso San José!, expresaros toda la dicha que experimento hoy al comenzar estos piadosos ejercicios que la piedad de los fieles os consagra durante el mes de Marzo? ¡Oh!, qué placer voy a experimentar al leer todo lo que los Santos han dicho al considerar vuestras grandezas y vuestros privilegios. Todos los días, ¡oh padre mío!, os lo prometo, quiero seguir fielmente estos piadosos ejercicios, porque habéis sido bueno para mí, y quiero en lo sucesivo amaros mucho más que antes.

Recibidme siempre con la bondad y la benevolencia que os caracterizaban en la tierra, y sobre todo, os conjuro para que nunca dejéis me separe del pie de vuestro altar sin dirigirme algunas palabras consoladoras, algunos buenos consejos sobre mis deberes; cualquier cosa, en fin, que anime mi pobre corazón y me aliente a hacer los mayores esfuerzos para agradar a Dios.

SAN JOSÉ: Recibo con placer, hijo mío, la promesa que me haces de venir a encontrarme diariamente al pie de mi altar. Espero que serás fiel a esta promesa, y puedes estar seguro de que serás generosamente recompensado. Me dices te reciba con benevolencia, y ¿por qué no, hijo mío?, puesto que estás en estado de gracia, y sobre todo, puesto que leo en tu corazón el deseo que tienes de adelantar en el camino de la virtud. Y además, hijo mío, no olvides que aun cuando no estuvieras en paz con Dios, serías recibido con bondad. Nunca rechazo a los pecadores cuando veo en ellos deseos de empezar a arrepentirse.

Y debo obrar así con ellos, primeramente, porque he sido sobre la tierra el padre adoptivo de Jesús, y Jesús ha amado mucho a los pecadores. Lo debo también porque los pecadores necesitan ayuda y socorro para salir de sus pecados, y obtener la gracia de que se les perdonen. Siempre que los pecadores vienen a buscarme, ¡oh hijo mío!, los recibo con la mayor bondad, los tiendo afectuosamente los brazos, y cuanto mayores pecadores son, más me intereso por ellos.

Y hasta es un deber para mí socorrerlos pronta y liberalmente, porque si no hubiera habido pecadores, Dios no hubiera descendido a la tierra, y yo, José, no hubiera sido padre de Jesús y esposo de María.

EL ALMA: ¡Cuánto halaga a mi corazón el lenguaje tan bueno y cariñoso que acabáis de dirigirme, ¡oh gran San José!; y cuán tiernamente le conmueve ¡Ah!, ya no me admiro de que los Santos y los doctores de la Iglesia nos digan que cuando vivíais en la tierra, teníais una bondad y una afabilidad sin igual. Jamás, jamás podrá comprender nadie el gran corazón que Dios os ha dado, y la caridad que ha puesto en él.

SAN JOSÉ: Es cierto, hijo mío, puedo afirmarlo; Dios me ha dado un gran corazón; pero así convenía, y lo necesitaba desde luego, para amar convenientemente a Jesús, puesto que Jesús era el objeto de las complacencias del Padre Eterno, puesto que además debía, por su pasión y por su muerte, abrir el Cielo a los hombres, y por consecuencia a mí también; era, pues, preciso que yo amase a este divino Niño más que ninguna otra criatura. Era preciso que después del amor de María a Jesús, el mío fuera el más ardiente.

Por otra parte, puesto que Jesús debía ser la víctima ofrecida en holocausto por la salvación del mundo, y que yo era quien debía criar, sostener y preparar esta víctima, necesariamente debía tener un gran corazón. Así que jamás, hijo mío, jamás alcanzarán a comprender los hombres el amor que les profeso y lo que me intereso por su salvación.

María, mi augusta Esposa, reveló un día que los pecadores, después del juicio, se arrepentirán de no haber conocido cuán poderosa y eficaz era mi protección para ayudarlos a volver a entrar en gracia con Dios y hacer su salvación; y María tenía razón, porque Dios me ha dado tanto poder en el Cielo, que solo el de María es superior al mío.

¡Oh! sí, yo amo a los hombres, hijo mío; los amo porque Jesús los ha amado mucho; los amo, porque el alma de cada uno de ellos ha costado la vida de Jesús, del querido Niño que tanto amé; los amo, en fin, porque son hijos de María, y por consecuencia míos, puesto que María es mi esposa. Ven, pues, hijo mío, ven a encontrarme; ven a exponerme tus necesidades, a comunicarme tus penas y a pedirme mercedes; soy todo tuyo. Sí, ven sin temor, porque yo soy José, el José de la nueva alianza, el José padre de Jesús y esposo de María.

Para conseguir tu salvación necesitas, desde luego, hijo mío, la gracia, puesto que sin ella nada puedes hacer meritorio para el Cielo. ¡Pues bien!, ven a encontrarme, y te ayudaré a obtener esta gracia, la pediré contigo a Jesús, autor de la gracia y a María por donde se reparte. Dios quiere, hijo mío, que le implores sin cesar y no te canses de suplicarle; si lo quiere así es porque reconozcas su soberanía infinita sobre ti; es porque no olvides que sin él nada eres, nada puedes, y también porque, al pedirle su gracia, conozcas el valor de ella; mas lo importante es orar bien.

Ven a mí y yo te enseñaré cómo se debe orar, porque yo lo sé, puesto que durante treinta años oré con Jesús y María. También es necesario que practiques las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad. Ven a mí y yo te hablaré de la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios; de la esperanza, que constituye la fuerza y el consuelo del hombre sobre la tierra, y de la caridad, que es la más bella de las virtudes.

Conviene, hijo mío, que seas muy devota de María: conviene te asegures su poderosa protección, porque, no lo olvides, si Jesús es el autor y la fuente de la gracia, María es el canal por donde pasan todas las gracias. Ven a encontrarme y te enseñaré a amar a María, yo José, lo sé, puesto que era mi Esposa y la he amado tiernamente.

Tienes, hijo mío, terribles enemigos sobre la tierra; tienes el demonio, envidioso de tu alma, que anda incesantemente a tu alrededor para devorarte; tienes tus pasiones, que tratan de subyugarte; tienes, ademas, el mundo, los escándalos, los malos ejemplos. Ven a mí y te ayudaré a vencer a tus enemigos; te instruiré en las astucias del demonio; soy más fuerte que él, puesto que he sustraído a su furor al Niño Jesús conduciéndole a Egipto: por esta victoria, Dios me ha dado un poder terrible contra el demonio. Y en cuanto al mundo, ¡oh ven!, yo le desenmarañaré a tus ojos, y te diré cuán engañador es y cuán enemigo de Dios.

En fin, hijo mío, tienes que morir un día y quizá antes de lo que crees; la sentencia es irrevocable; nadie puede sustraerse a ella; ahora bien, ya sabes que el árbol permanece tendido del lado que cae, la muerte lo decide todo; si es buena y santa, todo se ha salvado; pero si la muerte no es la del justo, todo se ha perdido, y perdido por toda la eternidad. Acude a mí, hijo mío; yo te haré comprender toda la importancia de una buena muerte; ya sabes que soy el patrón de la buena muerte, porque tuve la dicha de morir en los brazos de Jesús y María; ven, pues, hijo mío, y te protegeré a la hora de tu muerte.

Hijo mío, querido hijo, ven diariamente todo este mes a buscarme al pie de mi altar, y te prometo que en recompensa de tu fidelidad, te enseñaré el camino de la virtud, que te llevará a la patria celestial.

RESOLUCIÓN: Seguid fielmente y con devoción los ejercicios del mes de San José.

Día 2

DÍA SEGUNDO — 2 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

3. ¿Quiénes fueron los padres de José?
Dos Evangelistas nos presentan su genealogía; según San Mateo su padre se llamaba Jacob; San Lucas dice ser Helí; pero la opinión más común y más antigua es la que nos refiere Julio Africano, escritor del fin del siglo II de la era cristiana: dice, pues, que según algunos parientes del mismo Salvador, Helí y Jacob eran hermanos uterinos; el primero había muerto sin hijos y Jacob se enlazó con la viuda para dar la sucesión según la prescripción de la ley, y de este casamiento nació San José.

Respecto de su madre nada nos dice el Evangelio de su nombre; sin embargo, algunos autores pretenden que pertenecía a una familia denominada Cleofás, debiendo también ser de la raza de David, porque los hebreos estaban obligados por la ley a casarse en su propia familia, y eran indispensables razones gravísimas para obtener el ser dispensado.

EXCELENCIA DEL SANTO NOMBRE DE JOSÉ

Es una cosa admitida en todo el mundo que los hombres deben ser imágenes de las cosas, y expresión fiel de sus cualidades. Sin embargo, la experiencia nos prueba que los hombres pueden engañarse, y se engañan en efecto con mucha frecuencia en la imposición de los nombres, y esto a causa de la debilidad de sus luces y del poco conocimiento que tienen de los objetos. Pero Dios, que es el Padre de los siglos pasados y de los futuros, y que conoce distintamente todos los tiempos y todos los seres, puesto que los abraza todos en su eternidad, si da nombres, los da conforme a la naturaleza y al estado de los que los reciben.

Ahora bien, según el común sentir de varios Padres de la Iglesia, Dios mismo es el autor bendito del santo nombre de José, que fue inspirado por el Cielo a sus padres, porque su significación se ha cumplido en él de una manera admirable. En efecto, este nombre que en lengua hebrea significa acrecentamiento, aumento, presagiaba, dice San Bernardo, el progreso que José debía hacer en santidad, como el antiguo Patriarca del mismo nombre, fue distinguido anteriormente entre sus hermanos.

Adán recibió del Señor el poder de nombrar la esposa que se le había dado por compañera; así el Espíritu Santo se ha reservado este cuidado para el que debía ocupar su puesto, y representarle al lado de la augusta Madre de Dios.

Si el nombre del Patriarca Isaac fue revelado por un Ángel a su padre Abrahán, si el nombre de San Juan el precursor fue anunciado por un mensajero celestial a Zacarías y a Santa Isabel, podemos creer que José, escogido por Dios para ser el padre de Jesús y el casto esposo de María, ha gozado del mismo privilegio. ¡Cuánto ha amado el Señor a este santo Patriarca, puesto que no queriendo que tuviera nada de la tierra, le dio Él mismo el nombre que debía llevar entre los Ángeles y entre los hombres!

Pero lo que debe causar principalmente nuestra admiración es que el Hijo de Dios quiso honrar este augusto nombre antes de su nacimiento, durante su vida y después de su muerte. Y en efecto, antes de su nacimiento quiso que uno de los Patriarcas que figuraban su divina Persona, llevase el nombre de José. Durante su vida mortal, es el nombre bendito que pronunció primero junto con el de su divina Madre; el nombre de José es el que ha repetido con más frecuencia, y siempre con todo el respeto y el amor del hijo más cariñoso y más sumiso.

Por último, después de la muerte del divino Salvador, no quiso confiar el cuidado de bajarle de la Cruz, recibirle en sus brazos y colocarle en el sepulcro, más que a aquel hombre justo de Arimatea, que también se llamaba José.

Y la augusta María, ¡con qué veneración no debía pronunciar el nombre de José! Fiel en imitar los ejemplos de Jesús, ¡con qué ternura aquella Virgen amable no repetiría el nombre de José, de José su guardián, su esposo; de José, en fin, que le estaba unido por los lazos más estrechos y más puros! Así, si queréis, almas piadosas, agradar a María, honrad el santo nombre de José, pronunciadle siempre con respeto y repetidle frecuentemente con amor, porque según nos dice un piadoso autor, «nada hay que agrade más a esta buena Madre».

Hemos dicho más arriba que el nombre de José significa acrecentamiento; ahora bien, ved cómo, después de María, nadie ha justificado mejor su nombre que José. Y en efecto; según los Doctores, José, así como el precursor del Mesías y el profeta Jeremías, fue santificado en el seno de su madre.

La gracia infundida en su alma en su primera santificación, fue proporcionada al ministerio que debía llenar, ministerio más elevado que el de los Profetas y los Apóstoles. Al purificarle del pecado original, Dios veía en él el padre adoptivo del Verbo encarnado y el esposo de la Virgen. Las tres divinas Personas derramaron en él en aquel momento una gracia santificante conforme a las relaciones que debía tener con cada una de ellas, con el Verbo encarnado y su divina Madre.

Por un segundo privilegio que se desprendía del primero, Dios adelantó en José el uso perfecto de la razón, y desde entonces la gracia infusa empezó a obrar en él.

Además, la gracia, según el principio de los teólogos, dobla en cantidad cuando obra según toda su actividad interior; ahora bien, lo que detiene su actividad es el foco de la concupiscencia, son los pecados veniales; pero como Dios por su omnipotencia había encadenado y extinguido este foco en José, puede decirse que su alma, salvo algunos raros pecados de la humana fragilidad, tuvo la pureza de un ángel, y qué siendo perfecta la fidelidad de José a la gracia, la gracia obró en él con toda su actividad interior.

No, ¡oh glorioso San José! no, nadie, después de María, ha justificado su nombre mejor que vos. Vuestro nombre significa acrecentamiento: y ¿qué ha sido vuestra vida entera, sino un aumento, un acrecentamiento de la gracia? ¡Cuán bella fue vuestra infancia, oh Santo Patriarca, oh nuestro amadísimo padre, y cuán rica en méritos! Desde la más tierna edad conocisteis la contemplación y debisteis salir de ella abrasado como un Serafín.

A cada acto de amor que hacíais, comparecíais ante la divina Majestad con un adorno de gracia de una riqueza doble de la que poseíais el instante anterior. ¡Cuán bella debió ser vuestra adolescencia, oh bienaventurado José, y cuán preciosa debió ser cada una de sus horas ante el Señor! ¡Pero qué diremos de vuestra juventud incomparablemente más bella aún! La gracia que estaba en vos obrando con todas sus fuerzas, producía actos que encantaban el Corazón de Dios.

Cada uno de sus actos, doblando en vuestra alma la comunicación interior del Espíritu Santo, doblaba la capacidad y las llamas de vuestro corazón; así os eleváis como un cedro de santidad, y de ascensión en ascensión llegasteis, por fin, a esa altura donde Dios os santificó lo suficiente, para que no fueseis demasiado indigno de ser esposo de la Virgen sin mancilla, y padre adoptivo del Verbo encarnado.

Más adelante, cuando llegasteis a la mitad de vuestra vida y de vuestra santidad, Dios formó estos lazos que os elevaron por toda la eternidad por encima de los hombres y los Ángeles: os dio por esposa a la Virgen, haciéndoos también padre del Verbo hecho carne.

Pero cómo se deslizaron, ¡oh gran santo!, los treinta años que pasasteis en tan divina sociedad. ¡Oh!, no lo dudamos, los acrecentamientos de la gracia fueron tales en vos, que el mayor ingenio sucumbe ante esta contemplación. Vivíais con El que era la caridad infinita, con vuestro Dios, y con la que era madre de vuestro Dios y dispensadora de todas las gracias del Paraíso.

Os encontrabais en contacto inmediato con el que abrasa los Serafines en sacro fuego de celestial amor, le teníais en vuestros brazos, le estrechabais contra vuestro corazón. Vivíais con la Virgen inmaculada, con la que es la perla, el abismo y el apogeo de los milagros de Dios, que amó más a ella sola que a todos los Ángeles y Santos reunidos, y esta divina Madre, al ver vuestro amor por el Verbo encarnado, y el Verbo encarnado, al ver todo lo que hacíais por su divina Madre, os pagaban a porfía todo vuestro amor, todos vuestros cuidados, todas vuestras solicitudes, trabajos y martirios.

Ambos derramaban de sus corazones la riqueza de la divina caridad, y llenaban el vuestro a medida que la caridad le dilataba; y hasta dónde llegó esta dilatación, hasta dónde llegaron estas comunicaciones y expansiones de la caridad divina, ¡ah!, nadie es capaz de comprenderlo. Por espacio de treinta años no os ocupasteis más que de Cristo y de la Virgen; pero Cristo y la Virgen se ocuparon incesantemente de vos, de enriqueceros y santificaros. Mas, ¡oh glorioso José!, nos detenemos, porque nos perdemos en esta inmensidad de tesoros de gracias.

Así, ya lo veis, almas cristianas, el nombre de José es un nombre por excelencia, un nombre descendido de los Cielos y muy honrado por la Divinidad, un nombre, en fin, que nos recuerda en el que le lleva la más perfecta correspondencia a la gracia. Amad, pues, el nombre bendito de José, y grabadle profundamente en vuestros corazones. Que sea este santo nombre, con el de Jesús y María, el primero que pronunciéis cada día, y el último que se escape de vuestros labios antes de entregaros al reposo.

Colocad estos amables nombres al principio de cada uno de vuestros escritos como una súplica eficaz y una prenda segura de bendición. Sellad con ellos, como con un sello celestial, vuestros más preciosos compromisos. ¡Oh!, cuántas gracias harán descender del Cielo sobre vosotros estos santos nombres si los amáis; serán la esperanza de vuestra alma, os fortificarán en vuestros desalientos, os iluminarán en vuestras tinieblas, os consolarán en vuestras aflicciones y os regocijarán en la tristeza.

Sí, almas piadosas, grabad estos sagrados nombres de José, Jesús y María, en vuestro corazón y en vuestros labios con caracteres indelebles de amor, y obrad de modo que sean el sello que cierre para siempre vuestra boca en la última palabra mortal.

COLOQUIO

EL ALMA: Acabo de considerar, ¡oh glorioso Padre mío!, cuán santo e ilustre es vuestro nombre puesto que os le dio el mismo Dios. Este nombre significa aumento, acrecentamiento. ¡Oh! Qué feliz sois por haber realizado así lo que ese bello nombre significa. ¡Oh!, qué grande ha debido ser vuestra recompensa.

SAN JOSÉ: Sí, es cierto, hija mía, que mi nombre significa acrecentamiento, aumento; sí, también es muy cierto que he hecho, con el favor de Dios, todos los esfuerzos posibles para corresponder a la significación de este nombre y a los designios de Dios, respecto a mí; pero, ¿quieres saber cómo he llegado a ser tan agradable al Señor y obtener de Él tantos favores? Pues bien, hija mía, ha sido por tres medios principales, y estos medios voy a indicártelos.

EL ALMA: ¡Oh, mi glorioso Padre, cuán bueno sois! Hablad, mi tierno padre, hablad, vuestra hija os escucha.

SAN JOSÉ: El primer medio de que me valí para crecer en gracia fue corresponder lo más fielmente a la gracia que, me concedían. Como sabes, Dios, por un privilegio especial de su gran bondad para conmigo, quiso santificarme desde el seno de mi madre; ahora bien, por esta santificación mi alma llegó a ser el templo del Espíritu Santo y de la Divinidad entera; por esta santificación he podido fácilmente, al llegar a la edad de la razón, escuchar atentamente la voz de Dios y seguir fielmente lo que me mandaba o inspiraba.

Esta conducta me ha valido nuevas gracias, porque Dios recompensa siempre los esfuerzos que hacemos, por débiles que sean, para agradarle. Dios, al ver que yo era sumiso, y sobre todo, que estaba reconocido por todos los beneficios de que me colmaba, me otorgó nuevos favores y así, de gracia, me ha elevado a la sublime dignidad de padre de Jesús y esposo de María. La segunda causa de mi acrecentamiento en la gracia, ha sido mi continua morada con Jesús y mi tierno amor hacia Él.

Puesto que el Cielo me había designado para ser el padre adoptivo de Jesús quise corresponder lo mejor que me ha sido posible a la confianza que Dios había tenido en mí, y me dediqué enteramente a Jesús, anticipándome a todos sus deseos y concediéndole todo lo que mi pobreza me permitía hacer por Él. Pero, sobre todo, he tratado de conocerle y de leerle en el fondo de su Corazón; y cuanto más conocía a Aquel divino Niño, más le amaba, y cuanto más le amaba, tanto más crecía en la gracia.

¡Ah!, yo era muy pobre sobre la tierra; pero en medio de mi pobreza era el más feliz de los mortales; y en efecto, ¿cómo no lo hubiera sido con un niño Dios; un niño que era tan bueno, tan dulce, tan obediente, tan amable; un niño, en fin, que amaba tanto a los hombres, que ansiaba crecer para morir por ellos y rescatarlos? Y en cuanto a la tercera causa de mi aumento en la gracia, creo que la has adivinado: es mi amor a María. ¡Oh!, puedo decirlo, hija mía, puesto que es verdad, he amado mucho a María.

¿Y cómo dejar de amar a la que Dios me había dado por esposa, que era tan pura y tan casta, que era Madre de Jesús, y, en fin, tan buena y tan amable? También la serví bien, y todo lo que pude hacer por ella lo hice con alegría. ¡Pero si amo tanto a María, cuántas gracias obtuve en recompensa!

¡Oh! sí, me complazco en confesarlo, María me ha devuelto centuplicado y aún más, todo lo que he podido hacer por ella, y esto, ya sea por el ejemplo de todas las virtudes que me daba, ya por su abnegación y su ternura hacia mí, ya, en fin, por las gracias preciosas y abundantes que pedía para mí a Jesús, y que Jesús se complacía en concederme por agradar a su Madre.

He aquí, hija mía, los medios que he empleado para crecer de día en día en la gracia de Dios y llegar a ese grado de santidad que reconoces en mí. Ahora bien, ¿quieres tú también aumentar en gracia y agradar singularmente a Dios? ¿Quieres llegar a ser un gran Santo?¿Quieres, en fin, prepararte una corona incorruptible en el Cielo? Es fácil, imítame; obra como yo: corresponde fielmente como yo a la gracia, ama como yo, a Jesús, como yo a María.

EL ALMA: … ¡Oh! sí, deseo, mi glorioso padre, emplear los medios que tengáis a bien indicarme para crecer en la virtud. Pero ¿cómo podré yo nunca imitaros fielmente y llegar a ese punto de santidad que deseáis en mí? Porque, en fin, mi buen Padre, habéis tenido grandes privilegios que yo no he podido obtener; habéis sido santificado desde el seno de vuestra madre y habéis tenido la dicha inapreciable de habitar con Jesús y María.

Y además, tengo muchos obstáculos que superar, enemigos que vencer; tengo el demonio, el mundo, mis pasiones, los escándalos, la corrupción del siglo y los malos ejemplos, y vos no habéis tenido esos obstáculos.

SAN JOSÉ: Temes, hija mía, los obstáculos y enemigos que tienes que vencer; pero yo tuve esos obstáculos y más. Cuando yo vivía sobre la tierra, puedes estar bien convencido de que el mundo era mucho más malo que ahora, porque Jesús no había anunciado aún su doctrina, y el Espíritu Santo no había bajado para renovar la faz de la tierra.

El demonio reinaba entonces como señor absoluto y se apoderaba, no sólo de las almas, sino también de los cuerpos, porque había entonces muchos poseídos. Hablas de escándalos y malos ejemplos; pero, ¿qué son esos malos ejemplos en comparación de los que yo vi en Egipto? Y, ademas, si tienes muchos y grandes obstáculos que superar, tanto mejor para ti, porque con la gracia de Dios puedes vencerlos, y por estos triunfos merecer nuevas gracias, y aumentar así tu recompensa en el Cielo.

EL ALMA: ¿Y cómo, padre mío, puede corresponderse bien a la gracia? ¡Oh! yo os suplico que me lo indiquéis, puesto que es tan importante.

SAN JOSÉ: Para corresponder a la gracia, hija mía, conviene primero evitar el pecado con el mayor esmero, porque el pecado es el mayor enemigo de la gracia.

Conviene también escuchar con mucha atención la voz de Dios cuando habla, porque te advierto que Dios habla con mucha frecuencia al hombre de buena voluntad.

Le habla por los buenos pensamientos que le da, por los buenos ejemplos que le presenta, por los buenos consejos que recibe de personas sabias y virtuosas, por las buenas lecturas a que le inclina, por las piadosas conversaciones que le proporciona, por las oraciones que le pide frecuentemente, y en fin, por otra multitud de medios, cuyo secreto sólo posee Dios, pero que el alma cuidadosa comprende perfectamente bien.

Conviene, en fin, poner en práctica inmediatamente todo lo que Dios nos dice, en diversas circunstancias y nunca dejarlo para otro día, porque Dios quiere la buena voluntad, la docilidad, la obediencia, y dejar para otra ocasión el obedecerle cuando habla, no es obedecer.

También has alegado que nunca has vivido con Jesús; sí, es cierto, pero también puedes habitar con Él, puesto que está continuamente en los altares. Yo he alimentado a Jesús; pero tú también puedes alimentarle dando limosna a los pobres en su nombre. He tenido la dicha de llevarle en mis brazos, de estrecharle contra mi corazón, pero también tú puedes estrecharle contra tu pecho, más aún, puedes recibirle en tu alma; más que esto, puedes trasformarte en Él por la sagrada Comunión, y decir: sí, yo vivo, pero no soy yo, es Jesús quien vive en mí.

Y en cuanto a María, es cierto que no puedes habitar en su compañía, pero puedes amarla y amarla mucho. ¿Y cuántos motivos tienes para ello?, porque escucha lo que María ha hecho por los hombres: dio su propio Hijo por salvarlos, los adoptó en el Calvario por hijos; los colma todos los días de gracias y beneficios; intercede incesantemente por los pecadores, y frecuentemente detiene la mano de su Hijo dispuesta a castigarles; últimamente puede decirse que María no tiene otra ocupación en el Cielo que velar constantemente por la dicha de los hombres.

Ya ves, hija mía, que los principales medios que he tenido para acrecer en la gracia, están a tu disposición como estuvieron a la mía. Toma, pues, prontamente estos medios, y puedes estar segura que con buena voluntad crecerás en gracias y méritos, y que llegarás seguramente al grado de santidad que pido de tí.

RESOLUCIÓN: Rogar a Dios que nos haga corresponder fielmente a su gracia. Tratar de escuchar atentamente la voz de Dios y ejecutar inmediatamente lo que manda.

Día 3

DÍA TERCERO — 3 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

4. ¿Qué significa el nombre de José?
Este augusto nombre, según san Anselmo y san Juan Damasceno, quiere decir en hebreo abundancia, fecundidad, y ambos significados convienen de tal modo a san José y se han cumplido en él de una manera tan admirable, que muchos padres de la Iglesia juzgan que fue el mismo Dios quien le dio este nombre bendito, y que inspirándole a sus padres, José quiere decir abundancia, y en efecto, bajo los auspicios de este santo Patriarca debía creer el Dios niño que debía venir a visitar la tierra estéril, herida con anatemas y a esparcir en ella la abundancia de sus gracias y liberalidades.

José quiere también decir fecundidad, aumento, porque fue por el niño Dios relevado de la humillación y del olvido, y por consecuencia ante de los ángeles y los hombres apareció con un aumento de gloria y, de merecimientos.

El nombre de José encierra, pues, un compendio histórico de este santo Patriarca. Tenemos por consecuencia un poderoso motivo para que le supliquemos nos otorgue lo que su santo nombre significa.

¡Roguémosle, pues, que vea con lástima a nuestra alma pobre y estéril, y que para ella solicite el rocío celeste para que se enriquezca y se fecunde!

¡Supliquémosle que por sus cuidados el padre de familia logre una abundante cosecha y que no falten obreros para recogerla!

¡Pidámosle también que por su poderosa intercesión vea la santa Iglesia el aumento de su imperio y su dominación maternal, y que cuanto antes, por su abundancia de misericordia y por el rápido progreso de la sociedad cristiana, no haya más que un rebaño y un sólo pastor!

SAN JOSÉ, HONRADO POR LOS SANTOS

San José, por sus relaciones con Jesús y la parte que tuvo en el misterio de la Encarnación, es superior a los Ángeles y a los demás bienaventurados que se complacen en reverenciar al padre adoptivo de Jesús, al casto esposo de la Reina del cielo y de la tierra. Su incomparable grandeza fue representada por las once estrellas con el sol y la luna a sus pies, que vio el primer José en un sueño misterioso.

Según los comentadores de la Sagrada Escritura, aquellas estrellas representaban los santos que brillan en el Cielo como astros y cuya claridad, dice el Apóstol, es proporcionada al mérito. Estas once estrellas figuraban los Apóstoles del acompañamiento de Jesucristo, a bien los nueve coros de los Ángeles con los santos del antiguo y nuevo Testamento, o todos los santos, cuyo número puede sólo conocer Dios, que llama las estrellas por su nombre. Todos los bienaventurados están sometidos a José desde que Jesús el divino Sol de justicia, y María, bella como la Luna le sirvieron y honraron durante treinta años.

Los más célebres doctores honraron y celebraron a porfía las sublimes prerogativas de este gran Patriarca:

–San Agustin ha manifestado la excelencia de su unión con María.

–San Juan Crisóstomo ensalzó las virtudes admirables que le hicieron ser escogido entre los hombres para padre adoptivo del Hijo único de Dios.

–San Jerónimo ha defendido contra los heréticos su perpetua virginidad.

–San Bernardo le ha asociado a los elogios tan patéticos y tan llenos de celestial suavidad que hace de María.

–San Bernardino de Sienna ha exaltado en magníficas frases su ascensión gloriosa al Cielo en cuerpo y alma.

–Santo Tomás de Aquino ha dicho las cosas más admirables sobre la eminencia de los títulos y gracias privilegiadas que le han sido concedidas.

–Santa Brígida, cuyas revelaciones han sido aprobadas por la lglesia, nos ha dejado como procedente de María misma, un compendio magnífico de la vida de este santo Patriarca:

«José, le dice la santísima Vírgen, me consideraba como su soberana, y yo por mi parte llenaba respecto a él todos los deberes de la más humilde sierva. En medio de estos servicios y cuidados mutuos nunca vi salir de sus labios una palabra ligera de murmuración de impaciencia. Sufría la pobreza con admirable resignación; en la necesidad, se entregaba sin descanso a los más rudos trabajos; se manifestaba lleno de dulzura y mansedumbre con los que le ofendían.

 

Me servía con tanta fidelidad como cariño; era el fiel guardián de mi virginidad y el irrecusable testigo de las maravillas que Dios habia obrado en mí; estaba enteramente muerto para las afecciones de la carne y del mundo, y sólo suspiraba por el Cielo. Tenía una confianza tan firme en las promesas divinas, que muchas veces le oí exclamar: ¡Ah! si deseo vivir, sólo es por ver cumplida la voluntad divina. En efecto, todos sus designios, todos sus esfuerzos se reducían a hacer esta admirable voluntad, y por esto es tan grande la gloria de que está rodeado en el Cielo».

Pero ¿qué diremos de Santa Teresa, que tan poderosamente ha contribuido a extender la devoción a San José por todo el mundo, y que tan bellas páginas le consagró en sus inmortales escritos? Sus sentimientos por San José eran superiores a todo lo que se puede decir, así que, en lugar de describirlos, dejemos que los revele ella misma:

«Al verme paralítica de todos mis miembros tan joven aún, nos dice esta gran santa, y viendo que los médicos de la tierra me hacían más mal que bien, recurrí a los médicos del Cielo para obtener mi curación. Tomé por intercesor y abogado al glorioso San José cuyo poder adivinaba; me encomendé mucho a su caridad y no fue en vano. En esta ocasión y en otras muchas en que se trataba nada menos que de mi honor y mi salvación, su bondad sobrepujó a mis deseos y a mis esperanzas.

 

Además, no recuerdo haberle pedido nunca nada sin haberlo obtenido; y cuando me pongo a reflexionar en todos los favores que Dios me ha hecho, de todos los riesgos de que me ha libertado por su intercesión, no puedo menos de admirar su poder. Si los demás Santos pueden también socorrernos en algunas de nuestras necesidades, sé por experiencia que José nos socorre en todas. Consiste esto en que Nuestro Señor que siempre le estuvo tan sumiso en este mundo, nada puede negar a sus súplicas.

 

Todas las personas a quienes he aconsejado que se encomienden a él, han experimentado como yo su poderosa intercesión, así que le han consagrado una devoción tierna y confiada. Yo misma reconozco todos los días lo bueno que es acudir a él.

 

Desde los primeros beneficios que se dignó concederme, nada he omitido de cuanto dependía de mí para procurar que se celebrara su fiesta de una manera solemne, que era lo menos que podía hacer para manifestar mi gratitud a sus beneficios. He aprovechado todas las ocasiones para hacer a los demás que participasen de mi devoción, tanto por honrar a este gran santo, cuanto por su bien. Mis esperanzas no han sido ilusorias, porque de todos los que me han creído, no he visto uno siquiera a quien no haya valido grandes progresos en la perfección».

Todo el mundo sabe el celo con que San Francisco de Sales se aplicaba a hacer que amasen y reverenciasen a San José todas las almas que dirigía. No tenía en su breviario más que una imagen, la de San José, y hablando cierto día a sus religiosas de la Visitación del padre adoptivo del Salvador, exclamaba:

«¡Oh! ¡cuán santo es el glorioso esposo de la santísima Vírgen; no es solo Patriarca, sino el corifeo de los Patriarcas; es más que confesor y aún más que mártir, por que la fidelidad de los unos y la generosidad de los otros, se encuentran en él en grado eminente! ¡qué santo puede comparársele en virginidad, en humildad y en constancia! ¿Quién puede dudar despues de esto de la influencia que goza en el reino de los cielos? Tengamos, pues, confianza en él, y recurramos a su poderosa intercesión».

Pero véase cómo este gran santo no se descuidaba en hacer lo que recomendaba a los demás, y cómo fue uno de los discípulos más adictos a este Santo Patriarca. Todo el mundo sabe en efecto, que dedicó su bello Tratado del amor de Dios, no solo a María sino a José su fiel esposo; que los dio por patronos a la iglesia del monasterio de Annecy; que ordenó que en todas las casas de la orden se celebrará solemnemente su fiesta; y por último, que prescribió a todos que le tuvieran una tierna devoción.

¿Pero qué diremos de los sentimientos del fundador de la compañía de Jesús respecto de este santo Patriarca? El precioso libro de sus Ejercicios es una especie de monumento para atestiguar su devoción y su confianza en este gran Santo.

Sólo añadiremos un hecho referido en los anales de la Compañía de Jesús. San Ignacio tenía en su oratorio una imagen de San José; en presencia de este gran maestro de la vida interior le gustaba hacer oración y celebrar el santo sacrificio de la Misa; a los pies de este director por excelencia de las almas piadosas, depositaba por escrito sus dificultades más graves para obtener la solución. Dirigido por él es como llegó a ser tan hábil en el discernimiento de los espíritus y en la dirección de las almas.

San Vicente de Paúl puede ser citado también como un perfecto servidor de San José. Tenía un gran placer en proponerle a sus sacerdotes como un modelo perfecto del sacerdocio.

Dio por patrón a sus seminarios a este glorioso Patriarca, que después de haber tenido la dicha de educar él mismo al Hijo de Dios, ha obtenido una gracia particular para proteger a los que se preparan en la soledad al ejercicio del santo ministerio: Vicente felicitó al superior de su comunidad de Génova, que había recurrido a la intercesión del casto esposo de la Madre de Dios, para proporcionarse obreros llenos de un santo celo y capaces de cultivar y fecundar la viña del Señor, que estaba entonces cubierta de espinas y maleza. Le aconsejó dijera o hiciera durante seis meses la misa en honor de san José en la capilla que le estaba dedicada.

A estos ejemplos tan edificantes podríamos añadir un gran número de otros; podríamos hablar de la dicha y de la piedad con que San Alfonso Ligorio celebraba las alabanzas de San José; compuso una novena en honor suyo y le declaró patrón de su instituto; solemnizaba todos los años su fiesta en sus diversas casas; le invocaba frecuentemente él mismo, y nunca comenzaba ningun escrito, carta, ni aun una simple nota sin poner a la cabeza las iniciales de Jesús, María y José.

Unamos, pues, almas cristianas, nuestros respetos y nuestras alabanzas a los que la Iglesia militante y triunfante ha tributado al Santo Patriarca que Dios mismo ha elevado por encima de todos los Santos, y le ha hecho en el Cielo su primer ministro y distribuidor de sus gracias.

COLOQUIO

EL ALMA: Prosternada al pie de vuestro altar, permitidme, ¡oh mi glorioso padre!, expresaros toda la satisfacción que acabo de experimentar al ver cuánto os han amado todos los justos, y en qué términos han hablado de vos. ¡Oh!, yo quisiera también hablar tan admirablemente de vos, de vuestras grandezas y méritos, pero ya que no puedo, quiero al manos amaros y haceros amar cuanto me sea posible.

SAN JOSÉ: Recibo con placer, hija mía, las promesas que me haces de amarme y de extender mi culto cuanto puedas. Estoy seguro de tu buena voluntad, ¿pero cumplirás tu promesa? ¡Oh!, quiero creer que sí; así que me apresuro a decirte que si la cumples, con fidelidad serás recompensada superabundantemente por las gracias y favores que obtendré para ti. Mucho deseo, hija mía, que mi culto se extienda cuanto sea posible, y esto por grandes razones; pero antes de exponértelas, déjame te diga algunas palabras sobre el culto que se debe a los Santos, y sobre las ventajas que los hombres pueden sacar en recompensa.

La Iglesia al colocar los Santos sobre los altares y proponerlos a la veneración de los fieles, ha obrado muy prudentemente y de un modo enteramente conforme con las intenciones de Dios y los más caros intereses de los hombres. ¿Cuál es, en efecto, hija mía, el fin de todos los cristianos en la tierra? Tú sabes que es el de dirigirse hacia su patria, hacia el Cielo; pero el camino del Cielo ya sabes que es penoso y difícil, puesto que está sembrado de espinas y abrojos; y es preciso ganarle, merecerle, y sólo los que reprimen le obtienen.

Ahora bien, en medio de los riesgos y tropiezos que los hombres encuentran en el camino de la vida, ¿qué mejor estímulo que el ejemplo de los Santos? Puesto que los Santos han pasado en la tierra por las penas, aflicciones, sufrimientos y pruebas de todas clases, ¿cuál es el cristiano que se desaliente o que en algunos momentos de debilidad no tome nuevo ardor al ver que otros, más débiles tal vez que él, pasaron por el mismo camino y alcanzaron el fin? –¿Si lo han hecho los santos, por qué no lo haré yo mismo? –Puesto que ellos sufrieron sin quejarse, ¿por qué no he de sufrir yo con la misma resignacion? –Puesto que han vencido los mismos obstáculos que se oponen en mi camino, ¿por qué no he de superarlos yo tambien? –Puesto que ellos han llegado al Cielo, ¿por qué no he de llegar como ellos, seguro de que nunca me faltará la gracia de Dios? He aquí, hija mía, y con mucha razón, lo que el ejemplo de los Santos debe hacer pensar a cada cristiano en la tierra.

Una de las principales razones por las que los hombres deben honrar a los Santos, es porque estos son los amigos de Dios. En efecto, si los Santos están en el Cielo, es porque Dios los ha llamado a Él; si poseen una dicha incomparable y sin fin, es porque Dios se la ha dado; si gozan de una gloria sin igual, aunque diferente para cada uno de ellos, es porque Dios ha querido dársela para recompensarlos de la gloria que le han procurado sobre la tierra.

Los Santos, son, pues, evidentemente amigos de Dios, y como son amigos de Dios, son muy influyentes con él. Pero si Dios los recompensa con tanta grandeza de lo que han hecho sobre la tierra, es porque sus vidas fueron conforme a su divina ley. Ya ves, hija mía, que el honor que los hombres tributan a los Santos es muy natural, porque esta veneración sólo consiste en imitarlos e invocarlos, y la vida de los Santos ha sido conforme a la ley de Dios, por cuya razón los ha recompensado: que los hombres obren como ellos, los imiten y obtendrán la misma recompensa.

He dicho antes que mucho deseaba que mi culto se extendiese cuanto fuere posible, y voy ahora a darte la razón. Cuando yo vivía en la tierra con Jesús y María, estuve dedicado enteramente a ellos; alimenté a ambos con el sudor de mi frente; los protegí contra sus enemigos; fui el fiel custodio de los dos; y finalmente, los amé con el cariño más entrañable que pude. Ahora bien, Jesús y María, queriendo recompensarme por todos estos cuidados, me colmaron de gracias de inestimable valor, proporcionándome al mismo tiempo todas las ocasiones posibles para crecer en gracia y en méritos.

Pero el reconocimiento de Jesús y María no se limitó al tiempo en que vivía en la tierra, continúa aún, y en grado más eminente, ahora que estoy en el Cielo, y lo que es más misericordioso todavía, que Dios Padre participa también de esta gratitud en recuerdo del puesto que ocupé en representación suya respecto a Jesús como su padre adoptivo, y también el Espíritu Santo por haber sido su representante sobre la tierra como esposo de María.

Para que comprendas toda la extensión de este reconocimiento, me bastará decirte, que siempre que se ha pedido una merced al Cielo por mi intercesión, ha sido inmediatamente concedida con placer. Dios la concede como autor de la gracia, y en reconocimiento de las funciones que he desempeñado en representación suya respecto a Jesús y María.

María la concede como canal de la gracia y en recuerdo de mi amor y bondades para con ella, y también porque su mayor deseo es que yo sea amado y reverenciado en la tierra. Jesús por haber merecido la gracia por su pasión y muerte, concede también la merced que se le pide, con bondad, y en recompensa de mi abnegación por él sobre la tierra, así como por agradar a María.

Santa Teresa ha escrito, hija mía, que yo la había concedido grandes mercedes, y es muy cierto; la misma ha dicho también que siempre que ha pedido a Dios alguna cosa por mi intercesión ha sido oída favorablemente, y también es verdad. Aconseja fervorosamente a los que lean sus escritos a que me tengan una tierna devoción, asegurándoles que serán favorablemente oídos en todo lo que me pidan, y Santa Teresa tiene razón.

Ya lo ves, hija mía, si deseo que mi culto se extienda cuanto sea posible por la tierra, no es seguramente por la gloria que pueda yo reportar, puesto que este honor y esta gloria se la cedo a Dios, á quien se deben. Si tengo este deseo vehemente es solo por el interés que me inspiran los hombres, y de mi grande amor hacia ellos. ¿Quieres agradarme, hija mía, y complacerme singularmente? Sé muy devota mía, ten en mí una confianza ilimitada, y pide a Dios cuanto necesites por mi intercesión.

Me has dicho que quieres servirme: pues bien, trabaja porque me conozca el mayor número posible de gentes: diles como Santa Teresa, cuán grande es mi influencia para con Dios en premio de las sublimes funciones que he desempeñado en representación suya y del Espíritu Santo respecto de Jesús, y extiende mi culto lo lejos que puedas y por todos los medios que estén a tu alcance. ¡Oh, hija mía, cuán agradable serás, obrando así, a las tres Divinas Personas, a la santa humanidad de Jesucristo y a María la Reina de los Ángeles! ¡Oh!, cuán agradable me serás también, y cómo te recompensaré de todos tus esfuerzos por mí.

Tú sabes que soy el abogado de la buena muerte, ¡pues bien!, te prometo en recompensa protegerte durante tu vida como he protegido la vida de Jesús; te prometo también, cuando se acerque el momento de tu muerte, ir a visitarte, consolarte, ayudarte a soportar tu enfermedad con resignación, ofrecer tus sufrimientos a Dios, y echar los demonios que acudan a perderte; y te prometo además, cuando des el último suspiro, tomar tu alma, y presentarla acompañado de María a nuestro divino Hijo Jesús, quien pronunciará en tu favor una sentencia absolutoria, y te colocará para siempre en la morada de la gloria.

RESOLUCIÓN: Hacer que amen a San José el mayor número posible de personas, y en particular nuestros padres, amigos, conocidos y parientes. Extender también por todos los medios posibles el culto de este gran Santo, y principalmente por la novena que precede a su fiesta, por los piadosos ejercicios del mes de Marzo y también por la devoción de los siete domingos.

Día 4

DÍA CUARTO — 4 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

5. ¿Qué nos recuerda el santo nombre de José?
Este nombre divino presenta al alma una idea tan grata y dulce, que la conmueve tiernamente cuando la boca le pronuncia. En efecto: es el nombre augusto del siervo fiel y prudente que ha establecido el Señor en su familia para ser el sostén y el consuelo de su excelsa Madre, su Padre nutricio y su cooperador digno en la ejecución de sus misericordiosos designios sobre la tierra.

Este nombre,  es de aquel a quien la Madre de Dios, la reina del universo, llama su Señor; a quien el Verbo hecho carne llama su padre y a quien obedece.

Es el nombre de un pobre artesano que sufre sin murmurar los rigores de una condición ajena, y que en lugar del palacio de David habita en la humilde cabaña de Nazaret, sin pretensiones de ambición ni envidia.

Es el nombre de un Patriarca localizado en una vida oscura, pero tan llena de méritos y de ejemplos, que nos da a cada uno la más perfecta regla de conducta, tan segura como cristiana.

Es el nombre de un justo cuya vida sobre la tierra ha sido angelical y que tuvo la dicho de morir en presencia y en los brazos del Salvador del mundo.

Es, por último, el nombre de un Santo que se halla en el cielo en cuerpo y alma, el cual goza de gran poder cerca de la Santísima Trinidad; nombre tan venerable y tan bendito, que basta el tributarle honor para conducirnos a la posesión de un Dios. ¡Que el santo nombre de José permanezca, pues, siempre en nuestra memoria, y que por siempre esté grabado en nuestro corazón!

SAN JOSÉ, HONRADO POR MARÍA

«Hijos míos, venid y os enseñaré el temor de Dios». Representémonos, almas cristianas, a nuestra buena madre que nos dirige esta invitación, y nos dice vayamos a su lado a aprender de su conducta cómo debemos obrar para ser realmente sabios, y asegurar nuestra salvación. Contestemos a su llamamiento, y considerando hoy el honor que tributa a San José, comprenderemos que lo mejor que podemos hacer, es honrarle a ejemplo suyo, tenerle una verdadera y sólida devoción.

María ha honrado a San José por deber, por gratitud y por motivos de fe, y le manifestó ese respeto y homenaje, por manifestaciones de especial deferencia, por los servicios que le ha prestado, y por la obediencia perfecta perfecta con que cumplía su voluntad.

María ha honrado a San José porque en su calidad de esposa, según lo prescribía la ley del Señor, le debía respeto y sumisión. Le ha honrado igualmente y tenido la mayor veneración por gratitud, porque apreciaba toda su abnegación para con ella, y más aún para con el niño Jesús. ¡Oh!, no hay ni habrá nadie capaz de comprender lo que pasaba en el Corazón de esta divina madre, que amaba tan tiernamente a su adorable hijo, y consideraba lo que su santo esposo hacía por él y por ella.

¡Ah! cuán grandes debían ser sus sentimientos de gratitud sin duda no podía menos de manifestarlos, sobre todo, cuando le veía entregarse a los penosos trabajos que eran los que únicamente aseguraban la subsistencia de la Santa Familia.

Pero a estas razones naturales por las que María honraba a San José, se agregaban otras muchas del orden puramente sobrenatural, y por consecuencia más excelentes.

Y en efecto, María honraba a San José porque le miraba como el representante de Dios cerca de ella, siendo por consecuencia su señor y amo, a quien debía respeto, servicio y obediencia.

María honraba a San José porque le veía altamente honrado por Dios, que le había elevado a la dignidad de padre adoptivo de su adorado hijo y que le habia confiado la guardia de aquél que es el único objeto de su complacencia.

María honraba a San José como el intermediario por quien se la comunicaban los mandatos de Dios: en efecto, no ignoraba sus relaciones directas con los Ángeles, y hasta qué grado el Espíritu Santo estaba en él, para dirigirle en su conducta.

Por último, María honraba a San José porque era singularmente honrado por el Niño Dios, que se había hecho su hijo adoptivo, y le manifestaba con tanto afecto su cariño y perfecta obediencia. ¡Ah!, qué sentimientos se despertaban en su alma respecto a su santo esposo, cuando veía el divino Salvador anticiparse a prevenir sus deseos y darle tantas muestras de estimación y amor.

Tales son los principales motivos por que la santísima Virgen honraba a San José, motivos que la conducían a darle en todas circunstancias muestras de su respeto y sumisión. Pero ¡qué asunto, oh almas cristianas, se presenta a nuestra admiración! María, saludada llena de gracia por el ángel Gabriel que hablaba en nombre del Altísimo, se complace en abatirse ante el humilde artesano que el Cielo la había dado por esposo. ¡Qué homenaje tan glorioso para San José: la Reina del Cielo se desvive por manifestarle su estima y veneración!

El antiguo patriarca José tuvo desde su más tierna edad, una revelación de la gloria que le estaba reservada. Dios le hizo ver en su sueño al sol y la luna inclinándose con respeto ante él. Pero aquel sueño profético se verificó en el segundo José de una manera mucho más esplendente que en el primero, puesto que Jesucristo, el verdadero Sol de justicia, y María esa misteriosa Luna, brillante de resplandores, le prestaron como a su jefe, sumisión, respeto y obediencia.

Almas cristianas, contemplemos a la Virgen augusta honrando a su santo esposo, hablándole con toda la reserva y deferencia que reclamaba su cargo de padre y jefe de la Santa Familia, y prestándole además todos los servicios que podía prestarle. Sí, la que había dicho: «Yo soy la sierva del Señor», podía decir igualmente, «soy la sierva de José, que Dios me ha dado por esposo y en quien venero a él mismo». Manifiéstase efectivamente llena de atenciones para con él.

Contemplemos, pues, con la más viva emoción a María Reina de los ángeles, trabajando por José, dividiendo todo su tiempo entre sus deberes para con Dios y para con su casto esposo. Aquella cuyo servicio constituye la gloria de los espíritus celestiales, se gloría en servirá un pobre artesano; coloca en el rango de sus primeras obligaciones la de cumplir, y hasta prevenir su voluntad, elevándole así por su sumisión por encima de los mismos ángeles.

¡Oh, José, qué honrado os vemos, cuando se ha puesto a vuestras órdenes la Soberana del cielo y de la tierra, y os rinde el homenaje de la dependencia más constante y más completa!

Pero no solo fue honrado José por María, sino que fue amado con el amor más puro y ardiente. Y en efecto, nos dice San Bernardino de Siena, si María ha sido tan benévola para con las personas criminales, ¿qué ternura no tendría al casto esposo que Dios la había dado? María amaba, pues, a José como al escogido de Dios para ser testigo inviolable de su virginidad, para proteger su honor y el de su divino Hijo. Le amaba como el representante de Dios Padre y del Espíritu Santo, cuyo lugar ocupaba a su lado. Le amaba con un amor de predilección, como el Santo que tenía más puntos de semejanza con ella y con su divino Hijo.

¡Oh Dios!, cuántas virtudes debían resplandecer en San José para hacerle tan semejante a la que no tiene rival en virtud. ¡Qué grado de santidad necesitaba para hacerle el más amable de todos los hombres a aquella casta esposa que nada debía amar en el mundo tanto como al que Dios la había dado para protegerla y que a causa de la eminencia de la gracia que poseía, nada podía amar que no fuera santo!

Los bienaventurados en el Cielo se aman con un amor inefable, porque participan todos de la vida de Dios: así María y José, estos dos bienaventurados de la tierra que participaban de la vista, de las conversaciones y acciones de Jesús, se aman en un grado mucho más elevado que cualquier otro.

La elección que Dios había hecho de sus personas para emplearlos en ministerios más que angélicos, el conocimiento recíproco de su santidad, oculta al resto de los hombres; los lazos tan estrechos que los tenían unidos a Jesús, centro de sus afecciones y lazo indisoluble de sus corazones, todo esto contribuía a aumentar su amor hasta un grado tal, que no nos es posible comprender ni medir su extensión. Y al ver todo lo que José hacía y sufría por este querido Niño, su amor por aquel gran Patriarca era mayor cada día.

Las relaciones continuas, la intimidad y el trato, aumentan el amor. Véase frecuentemente a los niños educados juntos amarse más tiernamente que los que están unidos por los vínculos de la sangre. Ahora bien, ¿qué cariño debió formarse entre María y José que vivieron tanto tiempo y tan estrechamente unidos y empleados en un ministerio tan sublime?

Acabamos de considerar, almas cristianas, a María honrando a San José y amándole con el amor más puro y más tierno. ¿Dejaremos ahora de imitar el ejemplo de esta buena madre? ¡Oh!, sí, honremos, amemos a San José, y estemos seguros de que esto será lo más eficaz para desarrollar en nuestro corazón el amor a María. Si nos honramos y nos creemos en la obligación de dar nuestro corazón a la santísima Virgen, ¿no deberemos darle también a José, a quien ella ama con tanta ternura?

¡Ah!, no temamos que se disminuya nuestro afecto a María, no; puesto que María forma una sola persona con José, amemos, pues, y honremos a San José, y por este medio imitaremos a María, cumpliremos su voluntad y aseguraremos su protección.

Amemos y honremos a San José por los motivos de fe y de reconocimiento que nos obligan a ello; veamos en él nuestro intercesor para con Dios, nuestro buen padre, siempre solícito por nuestra salvación. Pongamos nuestra confianza en este gran Patriarca, por la idea de que quien fue tan honrado y amado en la tierra por María, debe ser muy poderoso en el Cielo; persuadámonos que honrar y amar grandemente a José, es el medio más directo de asegurarnos la protección de Jesús y María, y con esta protección estaremos seguros de adelantar en la práctica de la virtud, y de obtener la perseverancia final.

COLOQUIO

EL ALMA: La meditación que acabo de hacer, ¡oh glorioso San José!, sobre la honra que María os ha tributado en la tierra y sobre el amor que os tuvo, me llena de alegrías y contento. Sois tan generoso para conmigo, me recibís con tanta bondad todos los días al pie de vuestro altar, y me habéis otorgado tantas gracias, que mi corazón, lleno de la más viva gratitud, derrama lágrimas a la vista de tantos prodigios obrados en vuestro favor.

María es la criatura más perfecta que en la tierra ha salido de las manos del Creador; María fue inmaculada desde su concepción y concibió a Jesús sin dejar de ser Virgen; María es la Reina de los Ángeles y de los hombres; y María os ha amado y honrado sobre la tierra, ¡Qué gloria para vos, oh Padre mio! Bendita sea, pues, la augusta María que tanto os veneró, y bendito, y mil veces bendito sea también el Dios tres veces santo que quiso haceros tanto honor.

SAN JOSÉ: Te extasías, hija mía, considerado el amor que me tuvo, y tienes razón. María es la soberana del Universo, y ser honrado por ella es seguramente un grandísimo favor. Pero si fue un gran honor para mí haber recibido sus homenajes, y en parte su amor, ¿cuánto mayor no es para ti este honor, puesto que María te ha amado mientras vivía sobre la tierra con el amor más puro y ardiente, puesto que María ha hecho por ti lo que ninguna madre ha hecho por su hijo?

Déjame, pues, hija mía, manifestarte brevemente el amor de María a los hombres, y por consecuencia a ti, y estoy seguro ya que tienes tan buena voluntad, que tu corazón se inflamará de amor por ella y que la estarás vivamente agradecida. -Sí, hija mía, María te amó sobre la tierra con un amor soberanamente grande, y vas a convencerte por ti misma.

El medio mejor de conocer el amor que una persona tiene a sus semejantes, es ver el amor que tiene a Dios, y esto es cosa evidente, puesto que al amor de Dios y el del prójimo derivan de un sólo y único mandamiento; los dos amores no son dos virtudes, sino dos ramas de un mismo tronco, dos actos de un mismo hábito de virtud: la caridad. Estos dos amores son, si lo consideras bien, como dos anillos de una misma cadena, como dos flores que salen de la misma mata.

Cuanto más intenso es el amor que una persona tiene a Dios, mayor es también el amor que tiene al prójimo. Lee, hija mía, la vida de los Santos, considera un poco sobre su conducta, y encontrarás infaliblemente en el conjunto de los actos de cada uno la aplicación del principio que acabo de exponerte.

Ahora bien, examina un instante y ve, hija mía, si ha existido jamás persona alguna que tanto haya amado a Dios, como María. Y efectivamente, ¿cuál podrá ser esta feliz criatura? ¿Será algun santo? ¡Oh! no, seguramente todos los Santos, es verdad, han amado mucho a Dios; los ha habido, como por ejemplo, los Mártires, que dieron su vida por Él, y otros que le han amado con un cariño superior a cuanto la lengua puede expresar; pero no importa, su amor por Dios está tan distante del de María, como el Cielo de la tierra.

¿Será algún espíritu bienaventurado de la Milicia celestial? No; entre la muchedumbre que compone los nueve coros de los Ángeles, veo que los Querubines, y Serafines están continuamente abrasados de amor a Dios; pero los Querubines habrían podido bajar al Corazón de María aprender cómo se debe amar a Dios. —¿Seré yo mismo, José, elevado por la gracia de Dios a las más sublimes funciones?

Tampoco; es cierto que Dios, después de haberme colmado de gracias y méritos, me ha elevado a la más sublime dignidad, la de padre adoptivo de Jesús, y me ha dado, por consecuencia, un corazón capaz de amar como el padre de un Dios debe amar; pero Dios había dado a María un corazón de madre, y el Corazón de María ha dado a luz a Jesús por el amor, como la sangre de esta augusta Virgen le dio a luz carnalmente.

¡Oh!, yo puedo asegurarlo porque lo he visto, porque María ha sido mi esposa y he vivido con ella por espacio de treinta años: María ha amado a Dios más que todos los Ángeles, que todos los Santos y que yo mismo. Para tener una idea aproximada de este amor, sería preciso haber visto como yo los arrebatos de amor, los trasportes, los éxtasis de esta augusta Virgen; su corazón era un horno encendido, abrasado enteramente de amor divino. Y ahora, hija mía, ¿comprendes la conclusión que se desprende?

EL ALMA: ¡Oh sí, mi glorioso padre, comprendo la consecuencia que se desprende de lo que acabáis de decirme! Comprendo que puesto que de un lado el amor de Dios es la medida del amor al prójimo, y por otra parte, que María ha amado a Dios más que todas las criaturas juntas; el amor de María a los hombres mientras vivía sobre la tierra fue soberanamente grande.

SAN JOSÉ: Dices la verdad, hija mía, el amor de María a los hombres fue excesivamente grande; reúne si puedes el amor que todos los padres tienen a sus hijos, el amor de todos los hermanos, el amor que todos los esposos tienen a sus esposas, y pon en seguida estos amores en el corazón de una sola criatura, y a pesar de todo ¡nunca, no, nunca igualará al amor que María tuvo a los hombres!

Así que, hija mía, si para mí que tanto he amado a María y que tantos servicios la he prestado, ha sido una inmensa gloria haber sido amado y honrado por ella, esta gloria no ha sido menor para ti, puesto que nada has hecho por ella, y puesto que al contrario, no has hecho más que contristarla por los pecados que has cometido contra su divino Hijo.

¡Oh! hija mía, hace un momento te extasiabas en la admirable conducta de María respecto a mí, y la bendecías por el amor que me había consagrado; pues bien, bendícela ahora por el amor inmenso que te manifiesta todos los días; repara, hija mía, con una conducta completamente cristiana las penas que has podido causarla desde que estás en el mundo; agradece de lo más íntimo de tu corazón todo lo que ha hecho por ti, y está segura que su amor no te faltará, y que esta buena Madre te protegerá todos los días de tu vida, y sobre todo en la hora de la muerte.

RESOLUCIÓN: Amar muchísimo a la santísima Virgen; recitar frecuentemente el Memoráre, y no dejar pasar día alguno sin hacerla alguna súplica. Invocarla en todas nuestras necesidades.

Día 5

DÍA QUINTO — 5 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

6. ¿Donde y en qué año vino San José al mundo?
En la parte montañosa de la Galilea, que en otro tiempo habitaba la tribu de Zabulón, existe una aldea pequeña y humilde, situada sobre una colina bastante alta, conocida con el nombre de Nazaret; aquí fue donde nació San José, en el primer año del reinado de César Augusto, según varios autores, cuya opinión es bien fundada; convienen en efecto, que este Santo tenía cerca de cuarenta años cuando se casó con la divina María; además el Martirologio romano expresa que Jesús nació a los cuarenta y dos años del reinado de Augusto.

Si San José, siendo de Nazaret, patria también de la Santísima Virgen, y no de Belén, como dicen algunos escritores modernos, fue, en virtud del edicto de César Augusto, a Belén, con María su esposa, para hacerse inscribir en los registros públicos, era porque los dos esposos descendían de la raza de David, y esta ilustre familia era oriunda de Belén.

7. ¿Qué juicio formaremos del fenómeno maravilloso que apareció en el cielo el año del nacimiento de José?
Se ha dicho antes que San José nació el año del advenimiento al trono de César Augusto. Además, si hemos de creer a Plinio, Séneca y Suetonio, fue señalado este año por un fenómeno maravilloso que apareció en el cielo que estos historiadores atribuyeron a su emperador, pero que, no obstante, conviene mucho más a San José. El sol una mañana apareció coronado de estrellas, dispuestas en forma de espigas de trigo y rodeadas de un arco iris. ¿Era efecto natural o sobrenatural?

No podemos decidir respecto de tal suceso; pero lo que se puede afirmar es, en uno y otro caso, que tal fenómeno debe más bien aplicarse a San José. En efecto, si fue un suceso natural, no impide ver en él un pronóstico, porque la Providencia nada hace de extraordinario sin tener superiores designios además; además, es de presumir; que este signo anunciase más bien el nacimiento de José que la elevación de Augusto, pues era mayor la importancia de este nacimiento que la venida de aquel emperador.

¿Era al contrario un suceso sobrenatural? Su aplicación, entonces, lleva más certidumbre, porque San José fue efectivamente para el mundo moral como el arco iris, que anunciaba a los hombres que pronto iba a aplacarse la cólera del Cielo. Su alma estaba adornada de una corona de virtudes, cuyas estrellas figuraban su fulgor, la misión llevaba por fin, la conservación del que la Iglesia llama «el grano de los escogidos, la delicia de los reyes, el pan que nutre las almas para la vida eterna».

SAN JOSÉ, HONRADO POR JESÚS

Hemos considerado a San José en las dos meditaciones precedentes como honrado por los mayores santos, y por la augusta María; hoy, elevándonos más, consideraremos a este gran Patriarca honrado por el mismo Jesús; sí, almas cristianas, por Jesús, nuestro Salvador y Redentor; por Jesús, Rey de la gloria y señor de los señores; por Jesús, en fin, Dios como el Padre Eterno y eterno como él. Y como este Jesús es nuestro modelo y quiere que le imitemos, excitémonos en esta meditación a la mayor veneración hacia el glorioso San José, nuestro protector nuestro padre.

Si Jesús honra a San José, es, primero y especialmente, con el nombre de Padre que le da; en seguida con la dependencia en que se coloca respecto de él; y últimamente, con actos que son la expresión de su respeto. Decimos que Jesús dio a José el título de padre; ahora ben, ¡ved qué homenaje le rinde! Por este sólo título, le coloca por encima de los Ángeles, puesto que ninguno de ellos ha recibido un título tan excelente, y le reconoce corno representante de su Padre celestial.

Le honra, pues, de un modo sublime por éste nombre, que no ha dado a criatura alguna y todavía parece glorificarle más con el estado de sujeción a que se somete respecto de él.

El hijo de Dios al hacerse hombre, hubiera podido bastarse y no necesitar auxilio de nadie en este mundo; pero no ha sido tal su designio; quiso participar de todas nuestras miserias, pasar por todas fases de nuestra existencia, reducirse al estado de cualquier otro niño débil, impotente, incapaz de defenderse, y pidiendo por consecuencia asistencia y protección.

Considerémosle a su entrada en la vida colocándose en los brazos de San José, tomándole por apoyo, dueño y guía; confiándose a su prudencia y bondad y diciéndole: «Heme aquí, oh ni tierno Padre, confiado a vuestras manos. Si tengo frío, me calentareis; si tengo hambre, me alimentareis; si soy perseguido, me protegeréis. En todas las circunstancias me prodigareis vuestros cuidados, y yo, por mi parte, obrando como vuestro hijo, os tendré el respeto más afectuoso, y os tributaré la más perfecta obediencia».

Pensemos que aquel en cuyos labios ponemos este lenguaje es el Verbo de Dios, que eleva cuanto toca, que convierte en sobrenatural, todo lo que se halla en relación con él, y preguntémonos qué, honor rinde a José, al someterle así su santa humanidad.

¡Oh santo Patriarca, cuánto os glorifica Jesús! El que no tiene igual os da autoridad sobre él; el Omnipotente se coloca bajo vuestra protección. ¡Ah! este es el caso de preguntarse qué es más admirable, si el abatimiento a que se reduce, a la elevación que a consecuencia de ese mismo abatimiento es, patrimonio vuestro… Sí, Jesús ha honrado a José por la dependencia en que se ha colocado respecto de él, por los actos de su respeto filial, y por su obediencia.

Este divino Salvador ha honrado igualmente a San José por su obediencia. ¡Con qué docilidad y prontitud ejecutaba sus mandatos, o mejor dicho, con cuánto celo prevenía hasta sus deseos! El Evangelio lo expresa de una manera formal con esta palabra, que es para San José el más bello título de nobleza: «Le estaba sometido».

¡Qué sublime espectáculo el de Jesús cumpliendo con la mayor exactitud la voluntad de su padre adoptivo! ¡Ah! sin duda que, penetrado de confusión a la vista del apresuramiento de su Señor y su Dios en hacer lo que le prescribía, no osaba mandarle, y por el contrario, le manifestaba que se consideraría más feliz con obedecerle; pero sin duda Jesús le haría entender que era necesario, a fin de cumplir toda justicia, que quería por este medio dar él mismo al mundo el ejemplo de la sumisión y de la obediencia y glorificar a Dios Padre, sujetándose al que le representaba para con él.

Así ya lo veis, almas cristianas, Jesús ha honrado grandemente a San José por la dependencia en que se colocó respecto de él. Pero, y ¿por qué razón ha querido obrar así? ¡Ah! aquí debemos confundirnos nuevamente y admirar la conducta del divino Salvador. Y en efecto, si Jesús honra a José, es porque le considera como el representante de su Padre celestial, y porque este santo Patriarca tiene sobre él por delegación, todos, los derechos de un padre sobre su hijo.

Si Jesús honra a José, es porque reconoce en él verdaderos rasgos de semejanza con Dios su Padre, y ve en su alma una imagen de aquel que adora y ama con una sumisión un amor infinitos.

Si Jesús ama a José, es por reconocimiento a los innumerables servicios que de él recibía, y por su abnegación por sus intereses y los de su santísima Madre.

Si Jesús honra a José, es también porque quiso dar a los hombres el ejemplo del respeto que deben a los que tienen autoridad sobre ellos, y además porque quería presentarle a nuestra veneración y establecer la devoción de que es objeto. Escuchemos, pues, almas cristianas, escuchemos a Jesús nuestro divino Maestro diciéndonos y señalándonos a José su padre adoptivo: «yo le he honrado, honradle también vosotros que sois mis discípulos; os he dado el ejemplo a fin de que pensando en lo que yo he hecho, hagáis también lo mismo».

Pero no tan sólo ha honrado Jesús a San José, sino que también le ha amado con amor, soberanamente grande.

¡Oh! sí amaba mucho a José; le amaba como un hijo el más cariñoso debe amar al más amable de los padres; le amaba como su padrino, puesto que José fue quien le dio en el acto de la circuncisión el nombre de Jesús; le amaba como su salvador, puesto que le había salvado la vida con riesgo de la suya, y había provisto con mil fatigas y mil privaciones a todas sus necesidades; le amaba como a un Ángel custodio, que siempre había velado por él con afectuosa solicitud; le amaba como a su maestro y director puesto que José le dirigía en todo; le amaba por sus admirables virtudes, su angélica pureza, su humildad, profunda y por su caridad ardiente y desinteresada, que le había llevado a exponer su propia vida por conservar la suya.

Últimamente le amaba a causa de los grandes servicios que había prestado a María, asistiéndola en todos sus viajes, atendiendo a todas sus necesidades, y protegiendo su virginidad a la sombra de su casta unión con ella. Así es, que el divino Salvador encontraba en su Corazón todos los motivos de amar a José más que a los demás santos.

Pero el amor de Jesús no era estéril. Todos los testimonios de benevolencia y de ternura que ha concedido a sus mejores amigos, favorecieron a José en alto grado. Vemos que la Magdalena estaba muy contenta por haberle besado una vez los pies en casa de Simón; pero ¡cuántas veces nuestro santo Patriarca gozó del mismo favor cuando ayudaba a María a envolver el divino Niño! Llaman a San Juan el discípulo muy amado, por haber descansado la cabeza durante la cena sobre el Corazón de Jesús; ¡pero cuántas veces el divino Salvador gustó en sus primeros años un sueño delicioso sobre el seno tan puro de José!

¡Cuántas otras este bienaventurado padre en su ancianidad reposó sobre el corazón de este divino Niño! San Esteban mira a José de Arimatea como un hombre sumamente dichoso por haber tenido entre sus manos el cuerpo de Jesucristo cuando le bajaron de la cruz. San Paulino deseaba tener los labios bastante puros, para poder besar los pies del adorable Jesús. Pero en cuanto a vos, ¡oh glorioso San José!, vuestra dicha ha sido más pura; tuvisteis en vuestras manos este amable Salvador, no desfigurado por mil llagas crueles y cubierto con las sombras de la muerte, sino al contrario, lleno de encantos como el más bello de los hijos de los hombres.

El Hijo de Dios, queriendo dar a sus discípulos un gran ejemplo de humildad, se humilló hasta lavarlos los pies… y José durante treinta años, recibió los servicios más afectuosos de Jesús, que se anticipaba a satisfacer sus deseos, le consolaba en sus trabajos y le seguía en todas sus empresas. Envidiamos la dicha de los Apóstoles que vivieron durante tres años íntimamente unidos al Salvador, y Jesús moró casi toda su vida con José y María, concentrando en ellos todo su amor y todos sus cuidados.

Marta, María y Lázaro se llamaban amigos del divino Maestro, porque se dignó comer un día con ellos, y José vio durante treinta años sentado junto a él en su mesa al Hijo único de Dios, alimentándose con el fruto de su trabajo. Reconocemos que el Salvador no puede dar a los suyos mayores pruebas de amor, que cuando va Él mismo a consolarlos y asistirlos en su última hora, y José tuvo la dicha de expirar en los brazos de su amadísimo Hijo, que le cerró los ojos y que le prestó los últimos servicios con divina ternura.

Así que, ya lo veis, almas cristianas, Jesús ha honrado y amado a San José de un modo inexplicable para el lenguaje humano. ¿Podremos después de semejante ejemplo permanecer indiferentes, o no ver en José más que un Santo ordinario? ¡Oh!, no ciertamente. Debemos estar convencidos por el contrario, de que este santo Patriarca es, después de la divina María, el mayor de todos los Santos, y puesto que Jesús y María han querido honrarle en grado eminente, debemos también rendirle todos los homenajes de que somos capaces.

Honremos, pues, almas cristianas, honremos a San José con un culto particular, y no solo debemos honrarle, sino también hagámosle honrar por el mayor número de cristianos que podamos; hablemos frecuentemente de este gran Santo; repitamos con frecuencia su nombre; propaguemos cuanto podamos los piadosos ejercicios del mes de Mazo, de este mes que le está especialmente consagrado

¡Oh! ¡Con cuánto placer verán Jesús y María el celo con que nos interesamos por la gloria de José, y qué de preciosas gracias nos concederán en recompensa! ¡Oh! ¡Cuántas gracias también nos obtendrá el bienaventurado José para adelantar en la virtud y llegar felizmente a la patria celestial!

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Veo, hija mía, los sentimientos que acaba de producir en ti la consideración que acabas de hacer sobre el honor que Jesús me tributó en la tierra. Veo tu asombro, tu admiración, y me congratulo por ello. Digo que me congratulo, porque cuando las grandes verdades de la fe conmueven fuertemente un corazón, es una prueba de que no está aún estragado ni adormecido, y que cederá fácilmente a las inspiraciones de la gracia.

EL ALMA: Y cómo, ¡oh mi glorioso Padre!, no había de admirarme a la vista de semejantes prodigios Jesús que es Hijo de Dios y Dios él mismo, quiere someterse a vos que fuisteis creado por sus manos. ¡Jesús, a quien es debido todo honor y toda gloria, quiere respetaros y honraros él mismo Dios que es tan celoso de su gloria, y que ha declarado que a nadie la cedería, quiere daros una parte, y una parte muy principal!; ¿no es esto más que suficiente para confundir las ideas humanas? ¡Oh sí, mi buen padre!, estoy admirada, y no sé qué admirar más, si la gran bondad de Jesús para con vos, o su grande humildad.

SAN JOSÉ: Es cierto, hija mía, Jesús por el gran honor que quiso rendirme sobre la tierra, ha dado desde luego una prueba de su gran bondad para conmigo, y además un ejemplo de la más profunda humildad, porque en fin, yo no era en la tierra más que un simple mortal como tú, y una criatura salida de las manos de Dios, y él era el Dios fuerte, el admirable, el omnipotente, el creador del cielo y de la tierra. Pero no creas, hija mía, que yo soy el único a quien Jesús ha hecho tantos honores; tú también has sido honrada por Jesús en alto grado.

Yo cuando estaba aún en la tierra, y recibía tantas distinciones de Jesús, hacía los mayores esfuerzos para corresponderle dignamente. Si correspondí cual debía, no puedo decirlo; pero de todos modos estoy ahora en el cielo, estoy de nuevo con Jesús y María, gozo en fin de una dicha sin igual, y que nunca tendrá fin.

Pero tú, hija mía, estás aún en la tierra, en el lugar de destierro, no has llegado aún al fin para que has sido creada, que es el Cielo; preciso es que combatas, preciso que correspondas a todo lo que Jesús ha hecho por ti. Déjame, pues, hija mía, como lo hice ayer con respecto a María, manifestarte hoy el honor sublime que has recibido de Jesús, a fin de que, convencida del honor de que has sido objeto, te esfuerces cuanto puedas para ser agradecida y devolverá Jesús lo que le debes.

EL ALMA: ¡Oh sí, glorioso padre mío, habladme de lo que Jesús ha hecho por nosotros y hacédmelo comprender bien; pero sobre todo grabadlo fuertemente en mí… a fin de que nunca lo olvide!

SAN JOSÉ: Tú sabes, hija mía, que Jesús bajó del Cielo a la tierra para rescatar a los hombres del pecado y del Infierno, y abrirles las puertas del Cielo que habían perdido para siempre; pero ¿por qué Jesús quiso obrar así con los hombres? ¿Acaso la tierra deseaba su venida? ¡Oh! no, puesto que todos los hombres se entregaban a la idolatría, y que sólo existía el pueblo judío que, por el conocimiento de sus libros, sabía que el Mesías debía llegar; y aun este pueblo cuántas veces se entregó a la idolatría ¿Sabía Jesús que sería bien recibido?

¡Oh! no, puesto que los suyos no quisieron reconocerle, y apenas estuvo en la tierra cuando trataron de matarlo y sólo debió su salvación a la fuga. ¿Acaso porque debía llevar una vida agradable, y alegre como hombre? ¡Oh! mucho menos, puesto que su Padre le propuso la alegría para salvar el mundo, y Él mismo escogió el sufrimiento; quiso nacer de padres pobres, como lo éramos María y yo, y trabajó conmigo para ganar su pan con el sudor de su frente. ¿Acaso porque los hombres le agradecieran su amor por ellos?

¡Oh! mucho menos, porque mira cuántas ingratitudes experimenta, puesto que si hay aún en la tierra muchos Santos y muchas almas piadosas, ¡cuántos pecadores, cuántos hay también que le desconocen! ¡Cuántos que blasfeman sus santo nombre, y que desdeñan o desprecian sus beneficios!

Así, pues, hija mía, si Jesús dejó el seno de su Padre donde se contemplaba y se amaba, si bajó del Cielo a la tierra para padecer y morir, si ha abierto a los hombres el Cielo que les estaba cerrado para siempre, fue por efecto de su gran bondad para con los hombres.

Hija mía, Jesús ha hecho cuatro cosas grandes por ti. Ha dejado el seno de su padre para bajar a la tierra, subió por ti el Calvario, instituyó el sacramento de la Eucaristía, y resucitó. Examina ahora cuán grande es el amor de Jesús para contigo, y cuán grande el honor que te ha hecho.

Por su Encarnación Jesús se convierte en hermano tuyo, y hermano mayor; Él mismo te da este nombre, id, dice a Magdalena cuando se la apareció después de su resurrección, id a buscar a mis hermanos, y decidles que yo subo hacia mi Padre que es también su Padre, hacia mi Dios, que es también su Dios, y para que no creas que esta palabra de hermanos se dirigía solamente a sus Apóstoles, lee al Apóstol San Pablo y verás que con esta palabra de hermanos no sólo habla de sus discípulos y de todos los justos que son hermanos por la gracia y el espíritu de adopción, sino también de todos los hombres por haber tomado su naturaleza y ser hijo de Adán como ellos.

Por su muerte Jesús es tu libertador. Condenada en efecto por el pecado de Adán, necesitabas un rescate y este rescate le ofreció a su Padre sacrificándose por ti. Necesitabas un intercesor para con Dios Padre, y Él ejerce este oficio, por ti.

Por el Sacramento de la Eucaristía puedes confundirte con Jesús, convertirte en él. Yo, hija mía, tuve la dicha de llevar a Jesús en mis brazos, de estrecharle contra mi corazón, pero tú eres más feliz, puedes recibirle dentro de ti y confundirte con él. Finalmente, por su resurrección, Jesús te ha dado el derecho de resucitar también un día, y con las mismas condiciones, es decir, con un cuerpo glorioso, y ¿sabes lo que te valdrá esa resurrección?

Lee las Santas Escrituras y verás que Jesús te recompensa con una dicha infinita si le eres fiel, que Jesús proclamará tu nombre en el Cielo en presencia de su Padre y de sus Ángeles, si tú le proclamas sobre la tierra; que Jesús, en fin, si sigues sus huellas, te sentará a su mesa y te dará participación en su trono, como él ha dividido el trono de su Padre (Apoc. 3 y 4).

¡Ah! hace muy poco, hija mía, te admirabas del honor que Jesús me había hecho en la tierra; considera ahora el que te ha hecho Jesús llamándote hermana suya, muriendo por ti y llamándote a participar de su trono. ¡Oh! sí, admira lo que Jesús ha hecho por mí, pero bendice también a Jesús por lo que ha hecho por ti, y dile con el apóstol San Pablo: Pero ¿qué es el hombre, Señor, para que os acordéis de él, o el hijo del hombre para que os dignéis visitarle? Le habéis hecho en cierto modo superior a los Ángeles, le habéis coronado de gloria y honor, y le habéis establecido sobre todas las obras de vuestra mano (Heb. 11, 16, 17).

RESOLUCIÓN: Meditar frecuentemente sobre el amor de Jesús a los hombres, y pedirle, por la intercesión de San José, que nos conceda la gracia de corresponder lo más dignamente posible a todos sus beneficios.

Día 6

DÍA SEXTO — 6 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

8-¿Qué fue para el mundo el nacimiento de San José?
Según el mundo, el nacimiento de San José fue pobre y sin importancia alguna. Verdad es que era de regia estirpe, mas su raza había perdido toda su influencia y prestigio, saliendo de ella el cetro de David. José debió el ser a padres pobres que si bien eran desconocidos de los hombres, estaban llenos de virtudes, temerosos de Dios y guardando sus preceptos: ejemplo admirable para todos aquellos que han sido víctimas da los caprichos de la fortuna.

Un tiempo se elevaron como los cedros del Líbano, y ahora caídos merecen apenas el aprecio de las gentes: ¡Felices cuando se encuentra en ellos sumisión a la Providencia, único bien que les regía y puede consolarles en su infortunio! ¡Felices aún si, siguiendo los pasos de los padres de José, no sólo tienen la sumisión, sino que añaden repitiendo como el santo Job: «Señor, todo me lo habéis dado, todo me lo habéis quitado, bendito sea vuestro santo nombre». Esta resignación es una de las más excelentes virtudes, porque ella nos santifica y nos conduce a la gloria.

9- ¿Qué fue, a los ojos de Dios, el nacimiento de San José?
Si el nacimiento de José, según el mundo, fue oscuro, muy alto y esclarecido fue delante de Dios. Destinado a una misión sublime, san José recibió del cielo los mayores privilegios, y toda la Trinidad Santa le honró con sus más preciosos dones. El Padre Eterno consideró con amor a este hombre que sobre la tierra debía ser la imagen de su autoridad, y a quien iba pronto a someter a su Hijo único, este Hijo en quien Él tenía todas sus complacencias.

El Verbo Divino contempló con ternura a este feliz mortal, que reconociendo el poseer un Dios tierno, le tendría una afección tan ilimitada y previsora, exponiendo él mismo su vida para librarle del furor de sus enemigos. El Espíritu Santo se complació en ver al casto protector de su Esposa muy amada, de esta augusta María, tan tímida, tan joven, a la cual era menester unir por prudencia un alma pura como la suya, y un corazón constante en medio de los peligros. Nunca nacimiento, excepto el de Jesús y María, fue más grande, ni más santo a los ojos de Dios, que el del augusto y divino José.

SAN JOSÉ, COLMADO DE GRACIAS Y MÉRITOS.

Que San José estuvo lleno de gracias y de méritos, es una verdad tan incontestable como consoladora para todos nosotros. Nadie puede dudar de eso, pero no importa; examinemos hoy las razones en que se apoya esta verdad, ya para convencernos más, ya para aumentar más en nosotros si es posible, la confianza que debemos tener en este gran Santo.

Para juzgar de las gracias que Dios comunica a sus servidores, hay que atender a los dos grandes principios siguientes que son: primero, las relaciones que estos santos tienen con Jesucristo, y segundo, la excelencia de su dignidad y de su vocación. Ahora bien; bajo cualquiera de estos aspectos que consideremos al augusto San José, encontraremos que a excepción de María, ningún Santo debió ser tan colmado de gracias y méritos.

Sea cualquiera su especie, dice Santo Tomás, cuanto más se acerca una cosa a su principio, tanto más participa de este principio (Santo Tomás, parte III, cuestión 27). Ahora bien, ningún Santo después de María, nos dicen Suarez y otros teólogos, está más cerca de Cristo, fuente de la gracia, y de la Virgen, canal universal de la gracia. Y, en efecto, los espíritus celestes no son respecto a María más que simples súbditos, puesto que esta augusta Virgen es la Madre de Cristo de Cristo, la Reina de los Ángeles, la Soberana del Cielo y de la tierra.

En cuanto a los bienaventurados que están en el Cielo, no son tampoco más que simples súbditos e hijos adoptivos. Pero José está incomparablemente más elevado que estos espíritus celestes y estos bienaventurados, puesto que contrajo con la Virgen el lazo más íntimo que un hombre mortal puede contraer con la Madre inmaculada de Cristo: el lazo conyugal. La inteligencia humana no concibe, para un hombre mortal, para una simple criatura, un lazo más elevado, más íntimo y más superior a este lazo; no encontramos otro más que el contraído por las tres personas divinas con la Virgen.

Pero por lo mismo que San José está más cerca del canal universal de la gracia, está más inmediato al principio y origen de la gracia, es decir a Cristo. Y en efecto, San Juan Bautista es uno de los santos que ha tenido mayor relación con Jesucristo, puesto que fue santificado desde el vientre de su madre, por la presencia de este divino Salvador a quien bautizó a orillas del Jordán; pero José ha sido mucho más íntimo aún; porque Jesús sólo se humilló una vez delante de San Juan, mientras que estuvo sometido a José toda su vida. San Juan prepara el camino al Salvador, pero José coopera en cierto modo al misterio de la Encarnación.

En su persona recibieron los Patriarcas y Profetas a este divino Mesías que les estaba prometido, por sus ojos le vieron, con sus brazos le abrazaron. Los Apóstoles tuvieron también estrechísimas relaciones con Jesucristo, puesto que vivieron con Él durante muchos años, pero José las tuvo infinitamente mayores; hecho padre de Cristo, y esposo de la Virgen por la misma Santísima Trinidad, José ejerce en nombre de esta Trinidad, los cargos y empleos más íntimos.

Durante treinta años alberga a Cristo y su madre, guarda a Cristo y a su madre; es el jefe de la santa familia, la dirige y la sustenta con el sudor de su frente. Durante treinta años es el inseparable de Cristo y de su madre. Permanece treinta años junto al origen y canal de la gracia, es decir, de Cristo y de la Virgen, y su alma, la más pura que Dios ha creado después de la de Cristo y la Virgen, bebe en ellos hasta saciarse.

Tiene en sus brazos a Aquel que es el principio y manantial de la gracia, estrecha contra su corazón a aquel a quien los serafines adoran desde lejos. En sus accesos de cariño, introduce en lo más recóndito de su corazón a aquel de cuyo corazón se esparce el divino amor sobre el paraíso de la Iglesia, sobre los hombres y los ángeles.

Si José fue de todos los Santos el que estuvo más cerca del canal universal de la gracia, que es María, y de la fuente de la gracia, que es Jesús, ¿qué lengua humana podrá expresar, quien podrá hacernos comprender las gracias con que fue colmado este santo Patriarca?

Si María, como habla San Bernardino de Siena, es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, figurémonos con cuánta profusión habrá enriquecido a su esposo, que amaba tanto y de quien era tan amada.

Si los dos discípulos que fueron a Emaús se sintieron abrasados de amor divino en los cortos momentos que acompañaron al Salvador y le oyeron hablar, ¡qué vivas llamas de caridad no debieron encenderse en el corazón de José, por haber conversado tantos años con Jesucristo, por haber oído las palabras de vida eterna que salían de su boca, y haber observado los maravillosos ejemplos de humildad, paciencia y obediencia que daba, al manifestarse tan solícito a ayudarle en todas sus necesidades!

Existe la diferencia, nos dice un piadoso autor, entre San José y los demás Santos, relativamente a las gracias con que fueron favorecidos; que estos últimos recibieron frecuentemente privilegios que atañían más principalmente a la perfección de aquellos que les estaban confiados, que a su propia santidad, mientras que todos los dones que recibió San José, aumentaban en él las virtudes y la santidad, porque cuanto más santo era, más digno era también de ser esposo de María y padre de Jesús.

Luego debemos confesarlo, San José por haber estado más cerca de Jesús y de María y a causa de su misma unión con ellos, debió ser colmado de gracias; y además, debiera ser así porque si María fue saludada por el Ángel llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía salir el Autor de la gracia, era conveniente que San José fuera también colmado de gracias.

Si consideramos ahora, almas cristianas, a San José bajo el punto de vista de su ministerio, encontraremos que jamás criatura alguna ha ejercido ministerio tan sublime, y que por este motivo debió ser colmado de gracias y méritos. En efecto, como padre de Jesús estaba investido con toda la autoridad del Padre Eterno, y por consiguiente podía mandar a Aquel que ha hecho todas las cosas de la nada, al que ha visto todas las naciones sujetas a su imperio, en fin, al que lleva el terror de su nombre hasta el Infierno.

Como esposo de María tenía sobre esta augusta Virgen toda la autoridad del Espíritu Santo, y mandar a la Reina del cielo y de la tierra, a la que era hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo; a la que era predilecta de la Santísima Trinidad, y en fin, a la que es la honra del Cielo, esperanza de la Tierra y terror de los Infiernos. Ahora bien, preguntamos: ¿ahora cuál es el santo; el Ángel o el Serafín, que haya ejercido nunca un ministerio tan sublime y tan glorioso? Luego si, como lo hemos dicho, la excelencia del ministerio de un Santo es la medida de las gracias que Dios le ha dado, comprended, si podéis, con las que San José debió verse colmado.

Ya lo veis, almas cristianas, jamás santo alguno, después de María, se ha visto colmado de tantas gracias y méritos como José. Oh, sí, glorioso San José, fuisteis colmado de gracias; sí, fuisteis como vuestra esposa lleno de gracia, y como ella bendito entre todos los Ángeles y bienaventurados.

Bendito sea, pues, vuestro sagrado cuerpo, trono viviente del Verbo Encarnado, tabernáculo ambulante de la divinidad habitando entre nosotros, y altar animado de la hostia destinada al rescate del universo. Benditas sean todas las partes de vuestro cuerpo virginal, consagradas al servicio de Jesús y de María. Bendito sea vuestro regazo purísimo, que recibió a Jesús en su nacimiento, y donde tantas veces reposó con placer. Bendita sea vuestra augusta cabeza, llena de la eterna sabiduría. Benditos sean vuestros ojos, que vieron los primeros al Deseado de las naciones.

Benditos sean también los labios que besaron al que no se acercan los espíritus puros, sino temblando y cubiertos con sus alas.Bendita sea la lengua que habló tan frecuentemente con Jesús. Benditos sean los oídos acostumbrados a la verdad eterna y fueron dignos de oír de la boca del Ángel las primeras armonías del nombre de Jesús. Benito sea vuestro cuello, que el divino Niño estrechaba con tanta frecuencia con sus pequeñas manos. Benditos sean los brazos que sostuvieron a Aquél en el cual se contienen todos los tesoros de la sabiduría de Dios.

Benditas sean las manos que tocaron a la santa humanidad del Salvador, de la que emanaban continuamente virtudes saludables a los cuerpos y saludables a las almas. Benditas sean las rodillas, que sostuvieron la Palabra increada que sostiene y conserva todas las ideas, y a quien los Serafines se considerarían por muy honrados con servirle de escabel en el Cielo. Benditos sean vuestros pies sagrados, que por amor a Jesús han hecho tantos viajes penosos y fatigosos.

Pero, sobre todo, bendito sea vuestro corazón, oh José, corazón purísimo, corazón altísimo, en el cual y por el cual fue exaltado el Todopoderoso, corazón abrasado con el fuego de amor divino, corazón identificado con el Corazón de Jesús y María. En fin, bendita sea para siempre vuestra santa alma, ¡oh José!, la más bella que el Creador ha producido después de la de su Hijo y de la bienaventurada Virgen, alma verdaderamente feliz, dotada de un entendimiento clarísimo, de una voluntad muy inclinada al bien, pero sobre todo feliz por haber sido el cielo de la gracia, palacio de las virtudes y trono de la virginidad.

COLOQUIO

EL ALMA: Acabo de considerar, ¡oh glorioso san José!, cuánto os ha colmado Dios de gracias y méritos y comprendo perfectamente ahora por qué todos los Santos y Doctores de la Iglesia han hablado tan altamente de vos, por qué os han venerado tanto, y porque os han colocado en el cielo, en el puesto inmediato a la augusta María, y muy por encima de todos los Espíritus de la milicia celestial. Supuesto que por una parte habéis sido colmado de gracias y méritos, y por otra Dios recompensa a sus Santos según su mérito. ¡Oh! cuán sublime debe ser vuestra gloria en el cielo, y cuán grande vuestro poder con Dios.

SAN JOSÉ: Es verdad, hija mía; Dios recompensa a sus Santos según su mérito, y también es cierto que mi poder en el Cielo es muy grande; pero lejos de mí el pensamiento de atribuirme la más pequeña gloria. Toda la gloria de mi poder pertenece a Dios, de quien procede; a Él sólo se debe el homenaje, y en efecto, a Él es a quien yo se lo rindo contento. He recibido grandes beneficios del Señor; mi poder es grande en el Cielo, pero Dios ha obrado en mí todas estas cosas; a Él sólo se debe la gloria; que sea, pues, bendito y glorificado por siempre. Tú también has recibido grandes gracias de Dios, pues bien, glorifícale y muéstrale tu reconocimiento.

EL ALMA: ¡Oh! Sin duda mi buen padre, yo he recibido inmensos beneficios del Señor, ¿pero os he apreciado siempre bien ni siquiera agradecido? ¡Oh! he aquí lo que estoy muy lejos de creer. Tened, pues, a bien, ¡oh mi glorioso padre!, vos que tan fielmente habéis correspondido a todas las gracias y a los designios de Dios para con vos, tened a bien, os lo suplico, el darme a conocer el conjunto de los beneficios que he recibido de Dios, a fin de que yo se lo agradezca en lo más íntimo de mi corazón y que a ejemplo de María y al vuestro, le rinda todo el homenaje que se le debe.

SAN JOSÉ: La multitud de beneficios que Dios te ha concedido, es tan grande, hija mía, que sobrepuja a todo cuando puede idear el pensamiento y expresar el lenguaje humano, y sería mucho más fácil contar las arenas del mar que enumerarlos. Pero pueden, sin embargo, reducirse a tres grupos que son: beneficios naturales, beneficios de la gracia y beneficios de la gloria. Los beneficios naturales son, hija mía, la creación por la cual Dios te ha dado el ser, en el grado eminente en que le tienes. Considera, en efecto atentamente y mirar a las diversas criaturas, animadas e inanimadas, desprovistas de razón.

Dios hubiera podido colocarte entre el número de estas criaturas, porque todas son obras de sus manos, pero no ha querido; quiso al contrario darte la razón, este don sublime que separa al hombre del bruto. Sí, hija mía, como hombre eres la más notable y la más perfecta de las criaturas corporales; si estás dotada de entendimiento y voluntad; si eres la imagen de Dios, y la obra maestra de sus manos, a Dios se lo debes, es a la infinita bondad de Dios a quien se lo debes. Y considera las consecuencias que se desprenden de la razón, que Dios te ha dado con preferencia a otros seres.

En efecto, ¿no es cierto que el mundo tiene algo muy bello? Si levantas la cabeza, tu mirada se extiende por la inmensidad de los cielos, y los cielos refieren la gloria de Dios; si la bajas, encuentras la tierra que se cubre todos los años con los más bellos adornos, que produce flores y frutos de todas clases y que encierra en su seno los metales más preciosos y más útiles,

Ahora bien, ¿para qué ha creado Dios todas estas cosas? ¿Ha sido para Él? No, puesto que no lo necesitaba. ¿Para los Ángeles? Tampoco, puesto que todas estas cosas son materiales, y ellos son espíritus puros. ¿Dios ha creado estas cosas para sí mismas? No seguramente, porque todos estos seres están desprovistos de razón y nacen, viven y mueren sin tener conciencia de su estado. Ya lo ves, hija mía; si Dios ha creado el cielo y la tierra y todo lo que encierra, fue para el hombre, fue para ti.

Y he aquí por qué el santo rey David convencido de esta verdad, exclamó en su tiempo: «Sí, Señor, por un favor especialísimo, habéis coronado al hombre de gloria y de honor; le habéis establecido sobre todas las obras de vuestras manos; habéis hecho todas es tas cosas para él, sujetándolas a su imperio».

Paso ahora, hija mía, a los beneficios de la gracia. Comprenden estos beneficios la Encarnación del Hijo de Dios, su nacimiento, todos los misterios de su vida y muerte y las santas Escrituras. Comprenden también los buenos libros, la predicación del Evangelio, el bautismo, la santa Eucaristía y los demás sacramentos,

Comprenden la gracia santificante, las virtudes, infusas, los dones del Espíritu Santo, las gracias actuales, los buenos, pensamientos, las santas afecciones, los consuelos interiores, la vocación para el estado religioso, y otras mil que sería demasiado prolijo enumerar.

Y otros muchos beneficios que son desconocidos de los hombres, porque el hombre, hija mía, como lo hace observar el Apóstol San Pablo (I Cor. 15), «ha sido enriquecido con todo lo necesario para su salvación por mediación de Jesucristo, y hasta tal punto que no le falta gracia alguna, teniendo además los dones del Espíritu Santo». Así que el hombre puede exclamar con el mismo Apóstol (Efesios 1, 3): «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por consideración a éste nos ha llenado de todas las bendiciones celestiales».

Y en cuanto a los beneficios de la gloria, hija mía, que son mucho mayores, contienen el estado de beatitud y cuanto pasa en el Cielo; comprenden, por consiguiente, la vista clara y evidente de Dios en el Cielo, y por esta vista el goce de la esencia divina, de la infinita belleza, de la infinita bondad, y de todas las infinitas perfecciones de esta incomprensible naturaleza.

Comprenden también el amor ardiente que el hombre tendrá a Dios en el Cielo, con la seguridad de no perder más este amor, que constituirá su mayor dicha; los torrentes de alegría y de delicias de que se verá inundado; la vista de la santa humanidad de Jesucristo, la de la Reina del cielo y de la multitud innumerable de Ángeles que forman la corte celestial. Comprenden, en fin, lo que Dios ha preparado a sus elegidos en el Cielo.

Últimamente, hija mía, el hombre ha sido colmado de tantos beneficios, que sería imposible enumerarlos.

Que el hombre se vuelva donde quiera, que mire a cualquier parte que quiera, y que todo lo que quiera: abajo, arriba, a derecha e izquierda; su cuerpo, su alma, sus riquezas, su ciencia y su virtud; el cielo, la tierra y todos los bienes que encierran, y se verá obligado a reconocer que todas estas cosas sólo fueron hechas para él, y que son otros tantos favores y testimonios del amor de Dios para con él; por manera, que puede decirse con verdad, que el hombre es un compuesto de los beneficios de Dios y el fin donde todo viene a concluir: la naturaleza para servirle, la gracia para salvarle, y por último, la gloria para hacerle eternamente feliz.

RESOLUCIÓN: Dar frecuentemente gracias a Dios por todos los beneficios que hemos recibido de Él; no enorgullecernos nunca con las ventajas que podamos tener, sino por el contrario, atribuirlas a Dios sólo.

Día 7

DÍA SÉPTIMO — 7 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

10- ¿Es cierto que San José fue santificado en el vientre de su madre?
La Iglesia nunca ha decidido respecto a esta cuestión, pero si nos referimos al dictamen de muchos teólogos distinguidos como Gerson, Canisio, Salmerón y otros santos teólogos diremos que San José fue santificado de la mancha original del vientre de su madre.

Además, todo nos guía a creer que esta opinión es verosímil porque si San Juan Bautista obtuvo esta gracia como conveniente a su cualidad del precursor del Mesías, no lo era menos para el que debía tener cargos más importantes y más privilegiados con el Divino Salvador y su santa y augusta Madre; no lo era menos para el que había merecido ser el esposo de la más pura de las vírgenes y el padre custodio y nutricio del Hombre Dios.

Es muy creíble, pues, que salió del vientre de su madre enteramente libre de la mancha del pecado, adornado de la vestidura santa de la inocencia y enriquecido de las más raras virtudes.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO JUSTO POR EXCELENCIA.

Los hombres, nos dice Fénelon, no saben por lo general explicar las grandes cosas sino con muchas palabras; apenas prueban con extensas locuciones lo que se esfuerzan en alaban. Pero cuando le place al Espíritu divino honrar a alguno con una alabanza, la hace corta, sencilla, majestuosa: tan digno de Él es hablar poco y decir mucho. Y así ha sucedido con nuestro glorioso Patriarca.

En efecto, queriendo el Espíritu Santo pintarnos todo cuanto Dios ha derramado de gracias en el corazón de San José, todo lo que se puede imaginar de grande, en los misterios de que fue testigo y coadjutor, todo lo que hay demás admirable en el curso de su vida: sólo ha necesitado este divino Espíritu decirnos simplemente que José, esposo de María, era justo.

En estas dos palabras efectivamente nos revela toda la santidad de San José, puesto que, según la explicación de San Jerónimo y de San Pedro Crisólogo, la palabra justo quiere decir hombre perfecto, que posee todas las virtudes en un grado eminente.

San Alberto el Grande nos enseña también que todas las cualidades de San José se encierran en estas dos palabras: vir justus, hombre justo. El Espíritu Santo, dice le llama vir, hombre, para manifestar la fuerza, la confianza, la magnanimidad, la perseverancia y las demás virtudes que hacen al alma grande y perfecta en sí misma. Justus, justo, quiere decir fiel a Dios y al prójimo (Super “Missus est”, CXXVI).

Oh sí, almas cristianas, San José ha sido justo, y justo por excelencia; examinad en efecto atentamente, y veréis que no encontrareis ninguna virtud en su vida que no tenga algo de raro, que no se encuentra en los demás Santos y que sólo pertenece a él:

Y desde luego representaos la santidad de todos los antiguos Patriarcas, cuya larga serie forma la escala misteriosa de Jacob que concluye en la persona del Hijo de Dios; ved cuál fue la fe de Abrahán, la obediencia de Isaac, el valor de David, la sabiduría de Salomón y después que hayáis concebido la idea más excelente que podáis, acordaos de que San José está en la cúspide de la escala a la cabeza de tantos reyes, profetas, patriarcas, santos; que es más fiel que Abrahán, más obediente que Isaac, más generoso que David, más sabio que Salomón, y en una palabra, tanto más elevado en gracia cuanto está más próximo a Jesús, y que reposa en su seno.

Del Antiguo Testamento pasemos al Nuevo, y considerad las más brillantes virtudes de los Santos; pues bien, lose aun los sobrepuja a todos, nos dice San Bernardino de Siena: en efecto, él es quien ha dado la forma y el modelo de la predicación a los doctores, nos dice San Hilario;

él es quien sufrió las primeras persecuciones excitadas contra los mártires; ¡él es el primero que fue santificado en el Nuevo Testamento, santificado desde el seno de su madre!, puesto que san Juan Bautista vino después de él. También es el primero que fue confirmado en gracias, puesto que precedió a los Apóstoles; él es quien ha sobrepujado en pureza a las Vírgenes; él quien abrió los desiertos del Egipto a los anacoretas. En fin, él es quien ha entrado en el mundo tan resplandeciente de inocencia como la aurora, y ha partido como un sol subiendo al Cielo en cuerpo y alma para acompañar el triunfo de Jesucristo y adelantar el de María.

¿Debemos hablar ahora de las luces de la sabiduría de José? Pues bien, nos bastará decir que este gran Patriarca ha dirigido no el cuerpo místico de la Iglesia, como San Pedro, sino al jefe mismo de esta Iglesia, no los Cielos, sino al Dios del Cielo y de la tierra. José tuvo, en efecto, con el Espíritu Santo, la dirección del Verbo Encarnado; el Espíritu Santo tenía la dirección interior y José la exterior. Por consecuencia, su dirección debía ser conforme a la del Espíritu Santo: debía, pues, ser una dirección rara, perfecta y extraordinaria.

Pero si la sabiduría de José tuvo tan noble empleo en la dirección del Verbo encarnado, la paciencia en los trabajos que ha sufrido, no ha sido menos gloriosa, porque todos los pasos que daba, todos los cuidados que se tomaba, todos los sudores que vería, todos los trabajos que soportaba y todas las penas que tomaba, miraban puramente a la vida de Jesús, de la que dependía la salvación de todos los hombres. De suerte que si se encuentran Santos que han sufrido más que Él, no se encuentra seguramente quien haya sufrido por un objeto tan digno.

Los Anacoretas han hecho indudablemente grandísimas abstinencias para conservar la vida de su alma; pero San José se ha quitado el pan de la boca para dárselo a Jesús y a María. Los Mártires han sufrido grandes tormentos por el nombre de Jesús, pero San José ha expuesto su vida por salvar la de Jesús. Dar la vida a alguno, es el primero de todos los bienes, y salvarla el segundo: ahora bien, ¿quién ha dado la vida a Jesús?

María; pero ¿quién la ha salvado? José. ¡Ah! Hay desgraciadamente una infinidad de homicidas que son culpables de la muerte de Jesús y no hay que descender a los infiernos para buscarlos, no. En efecto, preguntad a San Pablo quién ha perseguido a Jesús, a San Pedro quién le ha renegado, a la Magdalena quién le ha ofendido, y por último, a todos los Santos que están en el Cielo quién hizo morir a Jesús, y todos responderán: nosotros; sí, nosotros por nuestros pecados; porque todos hemos empapado nuestras manos en la Sangre del Cordero.

Mas si se pregunta quién ha salvado la vida de Jesús; ¡oh entonces!, ¡silencio Patriarcas! ¡Silencio Profetas!… Apóstoles, Confesores y Mártires, guardad también silencio, dejad hablar a San José, porqué sólo a él pertenece tan señalada honra, porque es el único salvador de su Salvador.

¡Qué admirablemente os conviene la cualidad de justo, oh bienaventurado José, puesto que la habéis recibido del mismo Espíritu Santo, que no puede engañarse ni engañarnos! Sí, habéis sido justo porque la gracia y la santidad se han encontrado y unido en vos antes de vuestro nacimiento. Habéis sido justo para con Dios, al dedicar vuestro espíritu, vuestro corazón y todas vuestras fuerzas al cumplimiento de su santa voluntad. Habéis sido justo para con el prójimo, amando a todas las criaturas en Dios, y a Dios en todas las criaturas. Habéis sido justo para con vos mismo, no deseando otras ventajas que las que interesaban a vuestra mayor perfección.

Habéis sido justo por excelencia, porque Dios os ha dado una santidad proporcionada a la eminencia de vuestra dignidad, queriendo que pudieseis representar convenientemente al Padre Eterno en todos los cuidados que debíais dar a su Hijo, y al Espíritu Santo en la alianza que os une con la inmaculada Virgen. ¡Pero cuánto más digno os habéis hecho aún de un cargo tan glorioso, añadiendo sin cesar a la primitiva santidad con que Dios os había favorecido, el ejercicio de todas las virtudes que veías practicar ante vuestros ojos por Jesús y María! ¡Ah! Os suplicamos, ¡oh José tres veces justo!, nos enseñéis a cumplir la justicia en todos sus puntos.

Oh protector nuestro, ¡oh! padre nuestro, haced que nuestros homenajes contribuyan a vuestra gloria y a nuestro bien espiritual; hace que desde hoy nos dispongamos, en fin, a recibir de Dios este don precioso de la santidad y de la justicia, sin la cual no podemos ser agradables ni a sus ojos ni a los vuestros.

COLOQUIO

EL ALMA: Puesto que habéis sido Justo por excelencia ¡oh glorioso san José!, y que la justicia es la perfección; puesto que además Dios quiere y exige que sea perfecta, ¡oh! Yo os lo ruego encarecidamente, instruidme sobre un punto tan importante; decidme, en qué consiste la perfección y lo que hay que hacer para conseguirla.

SAN JOSÉ: La perfección consiste, hija mía, en un verdadero desprecio de sí mismo, en la entera mortificación de su propia voluntad y en una perfecta conformidad con la voluntad de Dios. El que carece de estas tres virtudes está fuera de la perfección: ¡Dichoso, pues, aquel que vive en perfecta conformidad con la voluntad de Dios! Sólo hace lo que Dios quiere y no quiere más que lo que Dios hace. Prefiere las obligaciones más humildes de su estado a las acciones más gloriosas que no le están encomendadas, porque sabe que la perfección no consiste en hacer grandes cosas y en gran número, sino en hacerlas bien.

No les dado a todos hacer cosas difíciles y extraordinarias; pero orar, hacer el examen de conciencia, oír misa, recitar el oficio divino cuando esté obligado a ello, cumplir las obligaciones de su estado y otras cosas exigidas por la obediencia, he aquí lo que se hace diariamente y con tal que lo cumplas con toda la perfección posible, puedes estar segura de que llegarás a ser una santa

EL ALMA: ¿Y qué hay que hacer, ¡oh glorioso Padre mío!, para cumplir perfectamente estas acciones?

SAN JOSÉ: Dos cosas; hija mía: la primera, no obrar más que con el fin de agradar a Dios porque la perfección no consiste en la obra exterior, sino, en la intención. La segunda que se haga con prontitud, atención y exactitud. El primer medio de hacer bien una cosa es hacerla con una fe viva en la presencia de Dios; la segunda, es poner toda tu atención como si fuera la única cosa de que debieras ocuparte.

Así, cuando se ora, sólo deba pensarse en orar bien; cuando se ejerce alguna profesión exigida por el estado o la obediencia, no se debe pensar en el pasado, ni en el porvenir. El tercer medio de hacer bien una acción, es hacerla como si fuera la última de la vida. Cuando se trataba de trabajar, decía en su tiempo San Basilio a sus discípulos, figuraos que no vivires hasta la noche, y cuando llegue la noche, pensad en que no llegareis a mañana.

EL ALMA: Concibo, Padre mío, que la vida de perfecciones la única que puede conducir al hombre con seguridad al puerto de salvación; ¡pero es tan difícil!

SAN JOSÉ: Ningún santo, hija mía, ha llegado a la santidad sin haberla deseado ardientemente. Las aves necesitan alas para elevarse por los aires, y las almas de los Santos necesitan deseos para adquirir la perfección. Así que el santo rey David exclamaba: «¡Quién me diera alas como a la paloma, para volar y encontrar mi reposo en el seno de Dios!». Los deseos piadosos son las alas bienaventuradas que trasportan las almas de los Santos lejos del mundo, al pináculo de la perfección en el seno de Dios.

EL ALMA: Pero, Padre mío, ¿cómo los santos deseos hacen volar el alma a Dios?

SAN JOSÉ: Porque dan fuerza y valor para vencer todos los obstáculos que la retienen encorvada hacia la tierra. Para ser perfecta, es necesario desprenderse de las criaturas, vencer sus pasiones, amar la cruz; ahora bien, estas virtudes exigen una gran fuerza de voluntad que suaviza el trabajo y el sufrimiento.

Mira, hija mía, cómo el que desea ser rico y obtener un puesto distinguido se somete voluntariamente a todas las fatigas, a las vigilias y a los viajes para conseguir su objeto; la mismo el que desea ser santo, es necesario que la violencia de los deseos le sostenga en los combates que tiene que sostener; de otra manera flaqueará eternamente, y no adelantará en el camino de la salvación.

Y, fíjate bien, hija mía, en que Dios no ordena cosas imposibles cuando exige de los hombres sacrificios, les da fuerzas para cumplirlos, pero quiere que se le pidan auxilios y que estos sean deseados. Para llegar a ser santo no basta con un deseo; se necesita un deseo ardiente, un hambre insaciable de santidad; el que experimenta esta hambre feliz, no anda, corre por el camino de la virtud, como la llama corre con rapidez por un sitio lleno de cañas secas.

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente a Dios la gracia de llegar a ser todo lo más perfecto posible. Implorar los auxilios de San José y la Santísima Virgen María.

Día 8

DÍA OCTAVO — 8 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

10- ¿Cuál fue la juventud de San José?
Aunque la Sagrada Escritura nada nos dice de la juventud de San José, nos es fácil, sin embargo, formarnos una idea de la vida de este santo Patriarca durante sus más bellos años. Basta para esto considerar las expresiones de que se sirve el Espíritu Santo respecto de San José, y la misión que le ha sido confiada desde el Cielo.

Y en efecto, el título por excelencia que la Escritura de San José es el de Justo; y si, como observa San Basilio, la justicia es la reunión de todas las virtudes, se debe concluir que la juventud de San José fue la de un Santo.

Fue escogido de entre mil para servir de cooperador al gran misterio del amor de Dios, por ser el custodio del sagrado depósito de un Dios encarnado, y guarda de la santa virginidad de María, ¿cómo se puede dudar un solo momento de su fe viva, de su gran piedad, de su ardiente caridad durante su juventud?

Según refiere el venerable Beda, San José había hecho voto de castidad perpetua. Nos confirma en esa opinión al parecer de San Jerónimo, que afirma que el Santo Patriarca no fue nunca casado antes que fuera el esposo de la Virgen María.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO ÁNGEL CUSTODIO DE JESÚS.

Es una piadosa creencia de la Iglesia que cada hombre tiene un Ángel custodio que Dios le ha dado para velar por él, protegerle contra sus enemigos invisibles, inspirarle buenos sentimientos, y por último, dirigirle por el sendero de la salvación; y esta piadosa creencia descansa sobre hechos tan numerosos y sobre todo tan verdaderos, que no nos es permitido ponerlos en duda, puesto que además están consignados en las Santas Escrituras.

En efecto, vemos en estos Sagrados libros que Jesucristo dirigiéndose un día a sus discípulos y recomendándoles no escandalizasen a los niños: «Cuidad, les dijo, de no escandalizar a uno de esos pequeñuelos, porque yo os declaro que sus Ángeles ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos». Además vemos que con mucha frecuencia los ángeles han acudido al socorro de varios personajes de la antigua y de la nueva ley: así Agar fue socorrida por un ángel en el desierto, en el momento en que su hijo iba a perecer de sed, Lot, sobrino de Abrahán, fue protegido por Ángeles contra sus enemigos.

Daniel fue también protegido por Ángeles en el foso de los leones. Elías fue socorrido por un Ángel. Por último, San Pedro en su prisión fue desatado de sus cadenas por un ángel, y libertado por él de los que querían sacrificarle.

Así que, almas cristianas, podemos creer que cada uno de nosotros tiene un Ángel custodio que vela continuamente por nosotros, que nos protege, que presenta nuestras oraciones a Dios, y que en fin, nos presta todo género de servicios conducentes a nuestra salvación.

Pero si cada hombre en particular tiene un Ángel custodio, Jesucristo, que ha querido hacerse hombre y que ha tomado realmente un cuerpo y un alma como nosotros, ¿tenía también un Ángel custodio?

Tal es la cuestión que han abordado un gran número de santos doctores de la Iglesia, y todos han opinado que habiendo tenido Jesucristo durante su vida mortal un gran número de Ángeles a su servicio, como lo vemos en el que anunció su nacimiento a los pastores de Belén, y por los que después de su tentación en el desierto se acercaron a Él para servirle, no tuvo Ángel custodio particular, y que este cargo de Ángel custodió fue confiado a san José.

Así que, al proponeros a San José, almas cristianas, como Ángel custodio de Jesús, seguramente que no es una piadosa exageración, sino una opinión, una creencia confirmada por un gran número de Santos y grandes doctores de la Iglesia.

Examinad ahora, y ved si considerado de esta manera, nuestro glorioso San José no ha sido elevado a una dignidad muy sublime. Y ved también cuán grande es la confianza que Dios Padre y Jesús pusieron en José.

Y efectivamente, no puede dudarse que Dios no tuviera un cuidado especialísimo de su Hijo único, y que no velase por Él por una orden de la Providencia infinitamente elevada por encima de lo ordinario; y sin embargo; este Padre tan atento a las necesidades de su Hijo, cree haber provisto suficientemente a su conservación al confiarle a San José. Descansa en sus cuidados, y el que comisiona Ángeles para la guarda de los hombres, quiere que un hombre sea, digámoslo así, el ángel tutelar del Verbo Encarnado.

Jesucristo pone también en él una confianza ilimitada; y en efecto, el Hijo de Dios no necesitaba de luces extrañas, porque era Él la sabiduría increada, y el Ángel del gran consejo. Si las inteligencias celestiales le acompañaron durante su vida, fue para servirle. Pero renuncia enteramente a los privilegios de su sabiduría en favor de José; quiere que José sea su tutor y su ángel visible; quiere que cuide de su vida y de su dirección.

¡Cuán dichosos nos contemplamos, oh José, por veros elevado a tan sublime dignidad! ¡Oh, sí! Nuestros corazones palpitan de alegría al ver que el Cielo os colma de tanto honor. ¡Y qué honor, Dios omnipotente! Las jerarquías celestiales fueron creadas principalmente para el Cielo, y vos José, las remplazáis en la tierra. Solo con María llenáis de una manera sobrenatural todas las funciones de esos ejércitos de la Jerusalén celestial.

Vos, oh José, sois el Serafín, el Querubín y el Trono de la nueva alianza, y en los arrebatos continuos de vuestro amor, de vuestra visión afortunada y de vuestra prodigiosa santidad, os habéis elevado por encima de todos los espíritus celestiales para deteneros sólo en el Corazón de vuestro divino Hijo. ¡Oh José!, gracias inmortales al Dios tres veces santo, que os ha hecho tan grande en el Cielo y la tierra.

Y ahora, almas cristianas, considerad y ved si Dios podía tener mayor confianza en la de someterle su Hijo, y si esta dignidad de José puede expresarla dignamente el humano lenguaje, ¡Oh! sí, por este cargo de Ángel custodio de Jesús, José es la admiración de toda la milicia celestial. Las Dominaciones están encantadas al contemplar un superior a todas las cosas terrenales, en el que fue investido de tan poca autoridad a los ojos de los hombres.

Las Virtudes celebran la fuerza de alma inquebrantable de José. Las potestades bendicen a Dios por haber reunido tanta autoridad y moderación, fuerza y dulzura, poder y obediencia en el mismo corazón. Los Principados no se cansan de admirar las prerrogativas con que es honrado junto a Dios el que es tan despreciado en el mundo. Los Arcángeles se prosternan ante el virginal esposo de María; Gabriel no penetra bajo el techo bendito de la casa de Nazaret, sin envidiar la dicha del que Dios ha unido tan íntimamente a la Reina de las jerarquías angélicas.

Los Ángeles se admiran a la vista de los servicios que José tiene la dicha de prestar a Jesús y a María: «Reconocen en él, dice San Hilario, el Apóstol encargado de la misión de trasportar a Jesucristo, el ángel de la nueva alianza, comisionado para alimentar a su Creador, para sostener a su Dios, para vestir su Providencia, para llevar en sus brazos al que lleva al mundo en su poderosa diestra, por último, para ser el salvador de su propio Salvador».

¡Ah! Unámonos, pues, a las jerarquías celestiales que el Hijo ha establecido en la casa de su Padre, y a las que ha encargado de formar la Corte del que ha querido hacerse obediente, y ofrezcamos con ellas a este glorioso Príncipe del cielo nuestras súplicas y homenaje.

COLOQUIO

EL ALMA: Como acabo de convencerme, vos habéis sido el Ángel custodio de Jesús, y supuesto que también habéis tenido tantas relaciones con los Ángeles, ¿a quién mejor que vos, ¡oh gran San José!, pudiera dirigirme yo, para saber lo que debo conocer respecto de estos espíritus bienaventurados? Tened la bondad, oh glorioso padre mío, de hablarme hoy de los Ángeles, y principalmente, del Ángel de la guarda.

SAN JOSÉ: Con gran satisfacción, hija mía, quiero satisfacer tus deseos. Digo con satisfacción, porque en general los hombres no piensan desgraciadamente bastante en los Santos Ángeles, que sin embargo les prestan grandes servicios. No obres así, hija querida. Piensa con mucha frecuencia en los Ángeles y sobre todo, en tu Ángel custodio, y te felicitarás por ello.

Los Ángeles, mi querida hija, son espíritus puros que Dios creó principalmente para formar su corte en el Cielo y ejecutar sus órdenes.

Y en efecto, las Sagradas Escrituras prueban la frecuente aparición de los Ángeles en la tierra; así que los Ángeles se aparecieron a Abrahán repetidas veces; a Agar cuando su hijo se moría de sed en el desierto; a Moisés y a los Israelitas; a Elías en el desierto, al profeta Isaías, y a Azarías y sus compañeros; a María, mi augusta esposa, cuando la anunció que sería la Madre de Dios; a Zacarías padre de Juan Bautista; y a mí, José, cuando fue preciso huir a Egipto, cuando debía volver, y en otras muchas circunstancias.

No puede, pues, ponerse razonablemente en duda la existencia de los Ángeles; además, el mismo Jesús explica claramente acerca de este punto cuando recomendó a sus discípulos que no escandalizaran a los niños: «Cuidad, les dijo, de no escandalizar jamás a uno de esos niños, porque, en verdad os digo, que sus Ángeles en el Cielo ven siempre la faz de mi Padre».

Los Ángeles están distribuidos en tres grandes jerarquías y cada una de estas jerarquías se divide a su vez en tres Órdenes o Coros. La primera jerarquía es la de los Serafines, Querubines y Tronos.

La segunda comprende las Dominaciones, las Virtudes y Potestades; la tercera, está formada de los Principados, Arcángeles y Ángeles, Su naturaleza es enteramente espiritual, y despejada de toda materia, así se les llama con mucha frecuencia espíritus; mas sin embargo, este nombre de espíritu conviene mejor a los demonios, que son de la misma naturaleza que los Ángeles; porque hay que hacerte comprender, que hay dos especies de ángeles, unos buenos y otros malos.

Todos fueron creados puros y santos; pero no todos permanecieron en este estado: unos desmerecieron a los ojos de Dios, y fueron precipitados en las tinieblas; los otros permanecieron fieles, y en recompensa Dios los confirmó en la gracia. Y en cuanto al número de los ángeles, es innumerable, así, he aquí por qué son llamados algunas veces EJÉRCITO DE LOS CIELOS, MILICIA CELESTIAL, EJÉRCITO DEL SEÑOR.

EL ALMA: ¿Y cuáles, padre mío, la misión de los Ángeles?

SAN JOSÉ: La misión de los Ángeles puede considerarse bajo dos puntos de vista: primero con relación a Dios, y después con relación a los hombres.

Con relación a Dios, la misión de los Ángeles es dar mayor brillantez a la majestad del Rey de los reyes asistiendo a su trono y cantando sus alabanzas, como se lo declaró a Tobías el Ángel que lo había acompañado a casa de su tío Raguel. Son los ministros de las voluntades divinas como lo prueba la muerte del cruel Herodes; herido este por un Ángel del Señor porque no había rendido a Dios el debido homenaje: el tirano murió roído por los gusanos. Son los servidores de Jesucristo, puesto que vinieron a servirle; cuando después de su tentación tuvo hambre en el desierto.

Los Ángeles son asimismo los ejecutores de las venganzas de Dios contra los prevaricadores que quiere castigar en esta vida y contra todos los pecadores el día del Juicio universal porque en ese día acompañarán a Jesucristo para juzgar del mundo, y serán los que llamarán a los hombres a ese juicio formidable, y después del Juicio serán también ellos los que separarán a los buenos de los malos.

Por lo que hace relación a los hombres, los Ángeles, hija mía, son enviados como dice San Pablo; para ayudar a los hombres a salvarse; los defienden contra los demonios; ofrecen a Dios sus oraciones y sus buenas obras, llevan las almas de los justos a gozar en la morada de la dicha eterna; protegen a los temerosos de Dios, y manifiestan vivo interés por los hombres. Pero si protegen a los justos y los ayudan, también se ensañan terriblemente contra los prevaricadores—He aquí hija mía, lo que tienes que saber acerca de los Ángeles en general; ahora hablaré de los Ángeles custodios.

EL ALMA: ¡Oh sí, Padre mío!, habladme de los Ángeles custodios; decidme sobre todo, cómo debe honrárseles, a fin de que yo honre al mío lo mejor posible.

SAN JOSÉ: Los Ángeles custodios, hija mía; son espíritus a quienes Dios ha confiado la guarda de los hombres. Acompañan a los hombres en todo, y por doquiera que dirigen sus pasos, les inspiran buenos pensamientos, buenos sentimientos, y les son de la mayor utilidad para su salvación, cuando saben escucharlos. Pero desgraciadamente hay muy pocas personas en el mundo que sigan los buenos consejos de sus Ángeles custodios.

Destinados por Dios a la guarda de los hombres, no puedes figurarte, hija mía, el celo con que desempeñan sus funciones; están enteramente dedicados a la salvación de los hombres; quisieran prestarles todos los servicios posibles; ahora bien considera cuán grande debe ser la pena que experimentan al ver que los hombres no los escuchan y que hasta los suyos no piensan jamás en ellos. ¡Oh! No seas así, hija mía, piensa al contrario con frecuencia en el Ángel de tu guarda, escucha y sigue las buenas inspiraciones que te sugiera, hónrale sobre todo convenientemente y agradécele todo lo que ha hecho y hace por ti diariamente.

EL ALMA: Gracias, ¡oh glorioso Padre mío!, por el consejo que acabáis de darme de venerar a mi Ángel custodio, amarle mucho y serle fiel. ¡Ah!, lo confieso avergonzada; hasta ahora, rara vez he pensado en él, y aun mucho menos he escuchado y seguido sus buenas inspiraciones, pero os lo prometo, ¡oh Padre mío!, quiero reparar mis pasadas faltas. En lo sucesivo quiero amar mucho a mi Ángel bueno, no contristarle y venerarle como debo.

RESOLUCIÓN: Venerar como es debido a nuestro Ángel custodio y serle fiel. Pensar frecuentemente en él, y recurrir a su poderosa protección en todas nuestras necesidades.

Día 9

DÍA NOVENO — 9 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

10- ¿Cuál fue la profesión de San José?
El Evangelio nos enseña que San José fue artesano, más no nos dice su género de trabajo; debemos buscar por consiguiente buscar el auxilio de la tradición para dirigirnos en nuestras indagaciones. Algunos autores graves, como el venerable Beda y san Anselmo piensan que san José trabajaba en hierro.

“Que hubiese conocido el arte de fraguar, dice San Ambrosio, esto no cabe duda”. Luego podemos presumir que todos los trabajadores de este género de oficio, que fueron necesarios para su casa, salieron de sus manos, y que el los fundió en alguna fragua de las cercanías.

Aunque esto parece probable, no era, sin embargo el verdadero oficio del santo Patriarca. San Justino, que fue muy cercano de las primitivas tradiciones, refiere que San José fabricaba yugos y arados; la opinión generalmente recibida es la de atribuir a San José el oficio de carpintero. Hizo muebles de la casa, el pobre tablado donde María tomaba algunas horas de descanso y más tarde la cuna que debió servir al divino Infante.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO PADRE ADOPTIVO DE JESÚS.

Consideremos, almas cristianas, con toda la extensión de que somos capaces, cuáles han sido los grandes designios de la sabiduría divina respecto a San José, y los favores que se le comunicaron por consecuencia de su alianza con María, la augusta Madre del Salvador.

En efecto, desde el instante en que el Verbo se ofreció a su Padre Eterno en holocausto para la redención del mundo, se decidió en los consejos de la augusta Trinidad, que Dios Hijo se haría hombre y vendría a habitar entre nosotros, para ser la víctima propiciatoria de nuestra reconciliación, y el mediador entre el cielo y la tierra, y desde entonces quedó también ordenado todo lo que se refería a este gran designio de misericordia.

El Verbo divino debía, pues revestir nuestra naturaleza con todas sus miserias pasando por las diferentes edades de la vida: hacerse niño, reducirse a recibir en su debilidad todos los auxilios que necesitaba. Era, pues, necesario que la Providencia le escogiera un protector, un guardián, últimamente, un padre que dividiera, respecto a él, los cuidados de su santísima Madre. Ahora bien, José es el designado para esta misión admirable.

Puesto que estaba decretado que el Hijo vendría a la tierra, el Padre Eterno debía, pues, proveer a todas las necesidades de su Hijo, porque es él quien reparte con mano pródiga sus beneficios sobre todo lo que tiene vida, en los aires, en los abismos del mar y en toda la extensión de la tierra. Podía servirse del ministerio de los Ángeles para esta función, como lo hace con muchos de sus servidores; pero sólo a José recomienda la vida de su Hijo.

El Profeta para enseñar la Providencia de Dios, sobre la naturaleza, dice que los ojos de las criaturas están fijos en Él; pero en favor de San José cambia Dios esta orden de la Providencia, y mientras que todas las criaturas vuelven sus ojos hacia la bondad de Dios, de la que esperan su sustento, Dios se dirige Él mismo a José; a él es a quien pide Dios el pan, él es quien alimenta a su Señor.

Admiramos la sabiduría de Dios, que vierte en la última de las plantas diariamente su gota de rocío; y cuando contemplamos los campos cubiertos de ricas mieses y fecundados por las aguas que salen del seno de la tierra, no tenemos palabras bastantes para bendecir a este buen padre de familia que alimenta tan deliciosamente a sus hijos. ¿Por qué no admiraríamos también a San José, que sustentó al que ha criado los Ángeles y los hombres? ¿Es menos admirable alimentar al Hijo de Dios que a los hijos de los hombres, y gobernar al Creador que gobernar las criaturas?

¡Providencia amorosa, parece que os complacéis en dejaros vencer y en hacer por ellos más que por Vos misma! La dignidad de José como padre adoptivo de Jesús es, pues, muy sublime y muy grande. ¡Pues bien!, almas cristianas, a la dignidad de José, por sublime que sea, cada uno de nosotros puede aspirará ella.

Sí, y aquí es donde hay que admirar la misericordia de Dios para con nosotros, cada uno de nosotros puede, y muy fácilmente, llegar a ser como José el padre adoptivo de Jesús, y con este título adquirir, como José, una multitud de méritos para el Cielo.

En efecto, mientras que Jesucristo vivía sobre la tierra en la morada de José, vivía en ella como Dios y como hombre; pero su cuerpo era entonces mortal y sometido a todas las flaquezas humanas. Este mismo Jesucristo vive aún como Dios y como hombre sobre la tierra, pero con un cuerpo glorioso, oculto tras los velos eucarísticos.

No podemos, pues, hacer ahora por este cuerpo glorioso, lo que José hizo por este mismo cuerpo mortal; pero por un efecto del inagotable amor de Jesús a los hombres, ha querido que pudiéramos hacer aún por Él lo que José había hecho anteriormente, y para esto nos ha dejado sus amigos, sus representantes en una palabra, nos ha dejado los pobres; y a fin de que nadie pudiese engañarse, se ha explicado de la manera más clara, más formal, más explícita; nos ha declarado formalmente que todo el bien que hiciéramos a los pobres, le consideraría como si le fuese hecho a Él mismo.

Así que, almas cristianas, tenemos por garantía la palabra de Jesús: si amamos a los pobres, amaremos a Jesús. Si vestimos los pobres, vestiremos a Jesús. Si damos albergue a los pobres, albergaremos a Jesús. Si saciamos el hambre de los pobres, saciaremos el hambre de Jesús; en fin, todo lo que hagamos por los pobres, Jesús lo mirará cono hecho con Él mismo. ¡Ah, los pobres, los pobres, he aquí los amigos de Dios, he aquí los representantes de Jesús sobre la tierra!… ¡La limosna, la limosna dada a un pobre en nombre de Jesús, he aquí el camino del Cielo…

Así que, almas cristianas, amar a los pobres y socorrerlos, es amar a Jesús y socorrerle a Él mismo; es llenar las funciones de padre adoptivo de Jesús, es amontonar tesoros en el Cielo. La caridad para con los pobres es el gran misterio de la caridad cristiana; misterio que parece una especie de nueva Eucaristía, con la que alimentamos a Dios en los pobres, como nos alimenta él mismo bajo las especies sacramentales.

Un santo Padre nos dice mucho más: «la limosna hecha a un pobre en nombre de Jesucristo, es más meritoria en cierto modo que si se hiciera al Salvador en persona, porque al mérito de socorrer a Jesucristo, añade el de reconocerle en el pobre».

Prosternados a vuestros pies os reverenciamos, ¡oh bienaventurado José!, como padre adoptivo de Nuestro Señor y Dios, como jefe de esa Santa Familia, que es el objeto de las complacencias y de las delicias del Padre Eterno. ¡Qué gloria para vos haber sido el padre adoptivo y el guía del Hijo único de Dios!

Pero que dicha la nuestra al pensar que sois también nuestro padre y que somos vuestros hijos, puesto, que somos hermanos de Jesucristo, que ha querido llamarse vuestro Hijo y que en esta calidad tenemos derecho a la ternura de vuestro corazón paternal. Recibidnos pues, favorablemente, tomadnos bajo vuestra protección, y sed nuestro refugio y nuestro asilo en todas nuestras penas y en todas nuestras necesidades, durante la vida y en nuestra última hora.

COLOQUIO

EL ALMA: Acabo de leer, ¡oh glorioso San José!, que Dios considera como hecho a Él todo el bien que hagamos a los pobres en su nombre. ¡Oh cuánto me ha conmovido esto! Ya conocía esta muestra de la voluntad de Dios, puesto que está en las santas Escrituras, pero la meditación que acabo de hacer al pie de vuestro altar, ¡oh, glorioso Padre mío!, acaba de demostrármela con más claridad, y de grabarla más profundamente en mi alma. ¡Cuán grande es la bondad de Dios para con el hombre!

SAN JOSÉ: ¡Oh! sí, hija mía, tienes mucha razón en decir que la bondad de Dios para con los hombres es infinita, y el profeta David tenía mucha razón, en invitará todas las criaturas a bendecir y alabar al Señor, porque su misericordia es infinita. Tú me dices que estás vivamente conmovida por esta nueva prueba de la bondad de Dios, que considera como hecho con él mismo, todo lo que los hombres hagan por los pobres; te creo, hija mía, pero ¡cuánto más te admirará esta prueba de la bondad de Dios, si la consideras con relación al Sacramento de la Eucaristía!

EL ALMA: Pues bien, Padre mío, tened a bien manifestarme esa relación. ¡Oh! yo os lo suplico, manifestadme todo lo que hay de admirable en esos dos misterios.

SAN JOSÉ: Con mucho gusto, hija mía, me apresuro a satisfacer tus deseos; préstame pues, toda tu atención. El fin del hombre sobre la tierra es alcanzar el Cielo; pero para obtenerle hay que ganarle, que merecerle, y el hombre por sí nada podía antes de la venida, y aun ahora mismo nada puede sin el auxilio de la gracia.

Pues bien, hija mía, considera ahora cuál es la conducta de Dios en está circunstancia; Dios le da su gracia, y mucho más; se entrega a sí mismo como alimento al hombre; el hombre era débil, pero ahora se vuelve poderoso y fuerte, puesto que puede todo por el que le fortifica; pero trátase ahora de que el hombre adquiera méritos y de adquirir cuantos les sean posibles. Pues bien; Dios provee dándole los pobres, que son tan numerosos, y diciéndole:

«Todo lo que hagas por los pobres en mi nombre, lo miraré como si me lo hicieras a Mí mismo».

Así que, ya lo ves, hija mía: Por la gracia, por la comunión, Dios hace al hombre fuerte y poderoso para el cielo; por los pobres, que son tan numerosos, le proporciona a cada instante la facilidad y la ocasión de hacer bien y por la sustitución que Jesucristo hace poniéndose en el lugar de los pobres, da un estimable valor a los méritos del hombre.

Reflexiona un poco, y mira si Dios podía hacer por el hombre cosa más grande y manifestarle mejor el amor que le tenía y el deseo de recompensarle un día en el cielo. Luego, hija mía, da limosna al pobre, y por limosna debe entenderse todo el bien que puede hacérsele no sólo en metálico, sino en otra forma cualquiera; el amor a los pobres, la limosna, la caridad, he aquí el camino del Cielo. Sin la caridad nada eres, ni nada puedes para el Cielo; pero con la caridad eres todo, y lo puedes todo para llegar a la Patria celestial.

Acabo de decirte, hija mía, que por la caridad todo lo podía el hombre, y es verdad. En efecto, cuanto más caritativo es el hombre, más se acerca y se asemeja a Dios, puesto que Dios es todo amor. La caridad es un fuego divino traído por Jesucristo a la tierra; es el lazo de perfección, el bien supremo y el fruto principal, fruto del Espíritu Santo. La caridad, es el mandamiento por excelencia de Jesucristo, puesto que en ella se encuentran reunidos la ley y los profetas. La caridad disculpa todos los pecados, obtiene todo de Dios, disipa el temor a Dios, y su nombre es el de Dios.

Sabes, querida hija mía, que Jesús vendrá el último día a juzgar a todos los hombres. Esto supuesto, ¿sabes en que basará la sentencia de los buenos y de los malos? Sobre la caridad. Y ahora, hija mía, debes comprender toda la importancia de la caridad. ¿Quieres que Dios te perdone tus pecados? Practica la caridad. ¿Quieres parecerte lo más posible a Dios? Practica la caridad. ¿Quieres llegar a ser un gran Santo, quieres cumplir fielmente la Ley? Practica la caridad. ¿Quieres, en fin, llegar seguramente al Cielo? Practica la caridad.

RESOLUCIÓN: Practicar la caridad con todo el mundo, y sobre todo con los pobres; amarlos y socorrerlos en todas sus necesidades, en cuanto nos sea posible.

Día 10

DÍA DÉCIMO — 10 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

13- ¿Cómo San José fue uno de los pretendientes de la mano de María?
Cuando la joven María llego a la edad de 14 años, los sacerdotes a cuya vista fue educada en el templo mismo darla un esposo; más se hallaron en un gran embarazo: por una parte habiéndose hecho admirable la joven María por sus aventajadas cualidades y excelsas virtudes, era indispensable que la elección fuera digna de ella, y que tuviera lugar, además, en su propia familia, porque la Ley así lo prescribía: María había hecho voto de virginidad, y era necesario conciliar el debido respeto a las promesas hechas a Dios, con la prescripción mosaica que exigía el casamiento a todas las doncellas de Israel.

Después de un maduro examen, los sacerdotes, para conciliarlo todo, resolvieron dar a María por esposo alguno de sus parientes que pudiera ser el más fiel custodio de su inmaculado virginal candor. Para mejor hacer la elección, decidieron a que todos aquellos a quienes la Ley daba derecho de obtener la mano de la divina Doncella, fuesen convocados al templo.

José, como descendiente de la casa de David y como pariente de María, fue comprendido entre los pretendientes. La orden de los sacerdotes fue ejecutada, y José, sea por obediencia, sea que su humildad le persuadiese que era imposible que la elección recayese en él, fue al templo; pero los pretendientes, atraídos por la reputación de la joven María, fueron tan numerosos que la elección fue para los sacerdotes si no imposible, al menos difícil.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO ESPOSO DE MARÍA.

Habiendo resuelto Dios el Hijo, desde toda eternidad, nacer milagrosamente de la más pura de las vírgenes, determinó dar un esposo a la Madre, y en esto nos dice San Ignacio mártir, tuvo miras dignas de su sabiduría y de su amor.

En efecto, por este medio pudo ocultar el misterio de su Encarnación hasta el momento en que debiera revelarlo al mundo; salvar al mismo tiempo el honor de su augusta Madre, de cuya virtud se hubiera podido dudar y darla un compañero fiel que pudiera ayudarla en sus necesidades y consolarla en sus aflicciones, y también para tener Él mismo un director y un sostén fiel en su niñez. Últimamente, quiso honrar a San José sometiéndose a su dirección y elevándole a la sublime dignidad de esposo de su Madre.

María es un paraíso de delicias, adornado con los más bellos lirios, en la que debe crecer el árbol de la vida, y de donde correrán los torrentes de la gracia; ahora bien; como en el primer Paraíso terrenal Dios había puesto a Adán para guardarle, convenía también que este nuevo jardín tuviera un guarda que velase por sus frutos y defendiera la entrada. Y fue José, fue ese hombre escogido entre mil para ser el protector y defensor de la virginidad de María.

En el Antiguo testamento, cuando hubo que colocar el Arca de la Alianza en un lugar seguro, se escogió la casa de Aarón, que mereció esta gracia por su gran piedad, y el Arca de la Nueva Alianza, es decir María, de quien la antigua no era más que una figura grosera, fue confiada a José; a él le encarga Dios conducirla, consolarla y velar por ella como como su ángel visible.

En el matrimonio que María contrajo con José, no impuso otra condición que la de que su esposo fuera en todo y por todo semejante a ella en la inocencia de costumbres y en la pureza del alma. Ahora bien, como el Espíritu Santo velaba esta unión, «nadie puede dudar, dice San Bernardino de Siena, que María no haya sido satisfecha en su demanda, y que José no fuera enriquecido con cualidades, dones y virtudes, semejantes en todo a los de su esposa María.

Que los evangelistas guardan silencio sobre José; que se abstengan de exaltar como pudieran hacerlo, la dignidad de este santo Patriarca, importa poco; nos le representan cono esposo de María: virum Maríæ, esto nos basta. En estas dos palabras, encontramos todas las virtudes, todas las grandes prerrogativas del glorioso San José.

En efecto, si San José era esposo de María, San Bernardo nos asegura, que fue de todos los mortales el que más se parecía a esta augusta Virgen:

«José, dice, fue hecho a imagen y semejanza de María, su esposa»

Luego fue también el que más se acercó a esta sublime criatura, la cual se encumbró hasta lo más encumbrado de los cielos, llena de alegría en el seno del Padre Eterno a su Hijo único, ese Hijo que engendró en la eternidad de los tiempos y en el que cifraba todas sus complacencias. –José era esposo de María; por lo tanto, era un mismo corazón y una misma alma, dice San Leonardo de Puerto Mauricio; con ese corazón y esa alma que llevó dentro de sus sagradas entrañas el corazón y el alma del Hijo de Dios.

—Siendo José esposo de María, fue el jefe de la primera soberana del mundo, porque el hombre, dicen las Escrituras, es el jefe de la mujer; por lo tanto, fue el señor de esta gran Reina, que las dominaciones, los principados, los querubines y los serafines, se glorían de servir.—José era el esposo de María. ¡Ah! es bastante, exclama San Bernardino: «diciendo esto, decís bastante; decís que era semejante a la Virgen su esposa: Factas in similitúdinem Vírginis sponsæ suæ». Si María fue la resplandeciente aurora que anunció el Sol de justicia, José fue el horizonte iluminado por sus brillantes resplandores.

Así, ya lo veis, almas cristianas, si como justo llegó José a sobrepujar en santidad a los más grandes santos, se elevó como esposo de María, por encima de los ángeles, y ha podido ver a sus pies, excepto a María, todas las demás santidades creadas.

Feliz, pues, una y mil veces, feliz este gran Santo, que Dios exaltó por encima de los reyes de la tierra y los príncipes de la celestial milicia. En efecto, si consideramos con alguna atención, veremos que José es Ángel en la inocencia de su vida, Arcángel en la eminencia de su ministerio y Principado en los triunfos que alcanzó sobre el cruel Herodes y sobre los demonios.

Si continuamos reflexionando, reconoceremos que José es: Potencia, por la producción de diversas maravillas; Virtud, por su participación abundante de las divinas perfecciones; Dominación, por el ejercicio de su autoridad sobre Jesús y María; Trono, por su humilde servidumbre; Querubín, por el conocimiento que tuvo de los más sublimes misterios, y Serafín por su ardientísima caridad.

De modo, que si consideramos a San José bajo el punto de vista de las dignidades de los nueve coros de los Ángeles, nos hallamos con que las reúne todas, pero si le consideramos como esposo de María, ¡oh!, entonces nos faltan expresiones para calificar esta dignidad, porque nada en el Cielo ni en la tierra puede compararse con la dignidad de María como Madre de Dios. Después de Dios, la dignidad más elevada es la de la augusta María como Madre del Redentor, pero después de la de María, está la de José como esposo de María.

Que la consideración de las grandezas inefables del glorioso San José redoble nuestra confianza en él, porque su poder es proporcionado a su dignidad. Si María es Reina en los cielos, San José es Rey; si María es omnipotente, San José es también omnipotente; si María es Madre de las Misericordias, San José es el padre; tengamos, pues, en José una ilimitada confianza sin límites, y estemos seguros que no nos engañaremos.

COLOQUIO

EL ALMA: Puesto que habéis sido escogido por Dios, ¡oh glorioso San José! para ser esposo de María, y puesto, que habéis habitado con ella durante cerca de treinta años, nadie puede conocer mejor que vos a esta augusta Virgen. Os ruego encarecidamente, oh mi buen Padre, que me habléis hoy de María; encended su amor en mí por vuestras santas palabras, a fin de que lleno del más vivo reconocimiento pueda manifestarla el cariño que la debo.

SAN JOSÉ: ¡Oh! sí, hija mía, yo tuve la dicha de conocer bien a María. Nadie ha podido estudiarla mejor que yo y sondear el Corazón de esta augusta Virgen; sí, he sido testigo del profundísimo afecto de María a Jesús y el mayor aun de Jesús a María, junto con el de Jesús y María por los hombres.

Contemplo también ahora el amor de Jesús a María y el homenaje que la rinde en el Cielo unido a la gloria y al poder con que la rodea; gloria y poder tales que la de todos los Ángeles y Santos no pueden comparársele. ¿Quieres que te hable de María? Pues bien, hija mía, te diré sin vacilar, ama a María, ama a tu Madre; y cuando te digo tu Madre, no creas que exagero al usar esta expresión. María es realmente tu Madre, no según la carne, sino según el espíritu; ella es el espíritu, ella es la Madre espiritual de todas las almas.

EL ALMA: ¿Y cuándo, ¡oh Padre mío!, María llegó a ser nuestra Madre?

SAN JOSÉ: María llegó a ser la madre de todas las almas, en dos épocas: primero, cuando mereció concebir al Hijo de Dios en sus virginales entrañas; porque como dicen muy bien San Alberto el Grande y San Bernardino de Siena, inmediatamente que María dio el consentimiento que el Verbo esperaba para hacerse su hijo, deseó ardientemente la salvación de los hombres y los llevó indirectamente en su seno como la más tierna de las madres.

La segunda época en que esta augusta Virgen se hizo Madre de todas las almas, fue aquella en que con el Corazón traspasado con el más cruel dolor de cuantos han existido, se unió al sacrificio de Jesús y ofreció este Hijo muy amado al Padre eterno por la salvación de los hombres culpables. En aquellos momentos fue cuando el Salvador fijando sus tiernos ojos en María y en San Juan, dijo a su Madre: «He ahí vuestro hijo», y al discípulo: «He ahí vuestra Madre».

EL ALMA: ¡Oh padre mío, cuán cara costó nuestra adopción a nuestra tierna Madre! ¡Cuánto deben amarla los hombres y con cuánta confianza deben invocarla!

SAN JOSÉ: Sí, hija mía, deben amar mucho a María y confiarse en ella; porque María los ama y se ocupa de sus más caros intereses, con más solicitud que la mejor de las madres. Así que la que la venera con sincera devoción, encontrará la gracia en esta vida y la dicha en la otra.

San Antonio ha dicho que es de absoluta necesidad que los que se confían a María se salven, y San Bernardino añade que los que obtienen la protección de María, son mirados por los bienaventurados, como sus conciudadanos en la patria celestial y que aquel que lleva la señal de los servidores de María, está ya inscrito en el libro de la vida. No es posible que los servidores de María se condenen, porque no la falta poder, ni voluntad para ayudarlos.

EL ALMA: Así que padre bondadoso, ¿puede decirse que aquel que tiene una sincera devoción a María es realmente un predestinado?

SAN JOSÉ: Sí, seguramente, pero ten presente, hija mía, no basta para ser agradable a María, recitar las oraciones en honor suyo, hacerse inscribir en sus hermandades, llevar sus libros; eso no constituye por sí solo al verdadero devoto de María.

Además, hija mía, es necesario huir del pecado que causó la muerte de su divino Hijo, porque no se honra a la Madre ultrajando al Hijo; conviene además imitar las virtudes de que dio al hombre tan buenos ejemplos: María es humilde y quiere que los que la sirven lo sean también; María es piadosa y pura, y rechaza de sí al impúdico y al impío; es buena y caritativa y no puede sufrir al envidioso y al vengativo. ¿Cómo con tales diferencias se atreverá nadie a decirse hijo de María?

Un pecador lo decía cierto día: «manifestad que sois mi madre», y una voz interior le respondió: «manifestad que sois mi hijo». Valor, pues, hija mía, pon manos a la obra y nada temas. Ruega a María, ama a María y alcanzarás el laurel de la victoria.

EL ALMA: Puedo, pues, oh mi glorioso padre, exclamar con San Anselmo: «¡Oh feliz confianza! ¡Oh refugio seguro! La Madre de Dios es también madre mía; ¡con cuánta certidumbre debo pues esperar, puesto que mi salvación depende de la voluntad de Jesús, mi padre, y de la protección de mi madre María!».

SAN JOSÉ: Y no serás defraudada en tus esperanzas, hija mía; todos los Santos se han agarrado a esta tabla de salvación, en medio de los escollos de la vida. «Si amo a María, decía San Juan Berchmans, estoy seguro de la perseverancia y obtendré de Dios cuanto desee». Y el piadoso joven se entretenía con este pensamiento, repitiendo frecuentemente: Os amo María, mi buena madre. Ama, pues, a María, como la han amado todos los grandes Santos.

Ámala como San Felipe Neri, que la llamaba sus delicias; como San Buenaventura que la llamaba su corazón y su alma; como San Bernardo, que quería tanto a esta tierna Madre, que la nombraba encanto de los cielos; como San Bernardino de Siena, que no dejaba pasar un solo día sin visitar devotamente una de sus imágenes; como san Luis de Gonzaga, que la llamaba su madre querida; en fin, ámala como la han amado tantos Santos que buscan todos los medios de agradarle.

RESOLUCIÓN: Rogar frecuentemente a San José que nos inspire un grande amor a María. Rezar todos los días una oración a la Santísima Virgen, y sobre todo el Memoráre.

Día 11

DÍA UNDÉCIMO — 11 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

12- ¿Cómo fue designado visiblemente José a los sacerdotes, para ser esposo de María?
Hallándose los sacerdotes embarazados para la elección, a consecuencia de los numerosos pretendientes, recurrieron la oración, y el Cielo les respondió con una inspiración: esta decía, que todos los jóvenes debían tener en sus manos varas secas, y aquel cuya vara floreciese sería elegido. La orden fue ejecutada, y puestos todos en oración, la vara de José floreció en sus manos, y una blanca paloma vino a colocarse en su cabeza.

Convencidos por este milagro de los designios de Dios sobre San José, los sacerdotes enviaron a buscar a la joven María, que sólo consintió en ese enlace por obediencia: la noticia del milagro debió causar en ella una grande alegría, porque pensó que ya que el Cielo le enviaba tan visiblemente a San José por esposo, el Cielo sabría inspirar respeto a su voto de virginidad, y hacerle solamente un custodio y un apoyo para ella.

Los sacerdotes procedieron en seguida a la ceremonia, que se hizo conforme la Ley exigía y según la costumbre de la nación. José puso un anillo en el dedo de la joven Virgen, como prenda de fidelidad conyugal que le prometía, recibiendo una recíproca promesa en la aceptación que ella hizo.

13- ¿Qué juicio formaremos del anillo que San José dio a María, con motivo de su casamiento?
La Iglesia nada ha decidido respecto de esta preciosa reliquia. Diremos tan solo que ciertos autores, cuya autoridad debemos respetar, dicen que San José puso en el dedo de María un anillo formado de una piedra de amatista, símbolo de la fidelidad virginal; que este anillo existe aún, y se conserva cuidadosamente en Perusa de Italia, en la Basílica de San Lorenzo.

Siendo tal su antigüedad, que impide discernir de qué materia sea. Benedicto XIV, exponiendo en uno de sus escritos el orígen de la fiesta de los desposorios de San José con María, habla tambien de este anillo, que se conserva en Perusa como el que fue entregado a María por San José en el momento que la tomó por esposa, y sin decidir nada acerca de esta tradicion, levanta con fuerza su voz contra la crítica amarga de un protestante que condena orgullosamente la devoción del pueblo a esta reliquia.

El Papa Urbano VIII compara este anillo a un doble arco iris que rodea a Perusa haciendo de ella un fuerte baluarte para defenderla de los peligros y del furor del infierno.

14- ¿Qué más se dice de este anillo nupcial?
El anillo dado por San José a la augusta María, prenda preciosa de la alianza más afortunada, fue traído en el siglo X a Italia por un judío de Jerusalen, que le dio con otras alhajas a la condesa Judit, esposa de un poderoso señor llamado Hugo de Tuscia. El judío entregó el anillo de María con las otras alhajas a Ainerio de Clusio, intendente de la condesa: mas éste no entregó esta reliquia a Judit, guardándola como un objeto precioso, pero sin honrarla con la reverencia debida.

Diez años despues, su hijo único le fue arrebatado por una enfermedad repentina; y cuando le iban a bajar al sepulcro, despertándose como de un profundo letargo, en medio de la multitud admirada, se levanta, descubre la falta cometida por su padre, revelando la existencia del tesoro, y al concluir su relato, se envuelve en el lienzo mortuorio, y se duerme el sueño de la muerte. El desgraciado Ainerio, fuera de sí mismo, confiesa su crímen, entrega el sagrado depósito, que con este suceso se granjeó la veneracion de los fieles.

Algunos años despues, se dice que una princesa de sangre real llamada Gualdrada, tuvo la temeridad de probarse el anillo bendito de la santísima Virgen, y al retirarle de su dedo se le secó éste, siendo inútiles todos los remedios para curarle; algun tiempo despues, el anillo nupcial de San José pasó a poder de los habitantes de Perusa, a cuya ciudad fue, en fin, otorgado solemnemente por el Papa Urbano VIII, en el año de 1486, despues de largos y terribles debates que para ello mediaron.

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO PADRE DE JESÚS.

Puesto que San José fue verdaderamente esposo de María, de la que nació Jesucristo, se deduce que este gran Santo debió ser mirado como padre del Salvador. Y en efecto, María misma se complace en darle este bello título cuando halló al Salvador en el templo. «Hijo mío, dijo a Jesús, ¿por qué habéis hecho esto con nosotros?

Vuestro padre y yo os buscábamos traspasados de dolor». Pero si José es padre de Jesús, ¿quién podrá explicarnos lo grande y sublime de la dignidad de este santo Patriarca, considerado así? Examinemos con los ojos de la fe esta dignidad, y veremos que nada hay en el mundo que pueda comparársela, y que por consecuencia la grandeza de José como padre de Jesús es superior a todas las grandezas [1].

Cuando los judíos se apercibieron de qué Jesús comenzaba a hacer milagros, decían entre sí con desprecio: «¿No es este el hijo de José el menestral? Non ne est hic fabri fílius?». Sí, sin duda, exclama San Pedro Crisólogo, «es el hijo de un artesano: ¿pero queréis saber de qué artesano? Voy a enseñároslo, continúa este gran santo; este que veis, es hijo de ese gran artesano que ha fabricado el mundo, no con el martillo, sino con una orden de su voluntad, non férreo sed præcépto.

Es el hijo de ese artesano que ha combinado los elementos, no por un efecto de ingenio, sino por un simple mandato, non ingénio sed jusióne. Este es el hijo de ese artesano que encendió la antorcha del día en la bóveda celeste, no con un fuego terrestre, sino por un calor superior, non terréno igne sed supérno.

Es, en fin, el hijo de ese artesano que con una sola palabra hizo salir el universo de la nada, cuncta fecit est níhilo. Sí, cierto, tenéis razón, responde un ilustre doctor a San Pedro Crisólogo, el ilustre San Leonardo de Puerto Mauricio; los judíos debieron conocer que Jesús era hijo del gran arquitecto del universo; pero tolerad también para honra y gloria de San José que se diga que Jesús es también hijo de ese pobre carpintero que trabaja en su taller manejando la sierra y el cepillo, y que como tal Jesús es su oficial, y el compañero de sus trabajos.

Así que, si Jesús es hijo del gran arquitecto del universo, es también hijo de José el carpintero, de José, uno de los más pobres de Nazaret. Si Jesús estaba presente cuando su Padre celestial se disponía a crear el mundo, también estaba presente en el taller cuando aquel trabajaba. Si Jesús estaba presente cuando su Padre extendía la bóveda de los cielos, cuando su padre José cortaba la madera y la trabajaba, también estaba presente.

Si Jesús estaba presente cuando Dios Padre ponía límites al mar, costaba también presente cuando José, su padre, serraba la madera y la cepillaba. Si Jesús estaba presente cuando su Padre celestial suspendía las nubes en el aire, si estaba, en fin, con Él arreglado y ordenándolo todo, también estaba presente cuando José, su padre adoptivo, unía las piezas de madera, las arreglaba con él y confundía sus fatigas con las suyas.

Ahora bien, almas piadosas, ¡qué sublime dignidad y qué grandeza la que nos hace aparecer a José como émulo del mismo Dios! ¡Un pobre obrero en madera, émulo de Dios, émulo del arquitecto del mundo!… ¿Pues qué más queréis para proclamar a José soberanamente grande como padre de Jesús?

Hay tres cosas, dice Santo Tomás, que Dios no puede hacer más grandes, que son: primero, la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo a causa de su unión hipostática con el Verbo; segundo, la gloria de los elegidos a causa de su objeto principal, que es la esencia infinita de Dios; y tercero, la Madre incomparable de Dios. Pues bien, podemos, nos dice el bienaventurado San Leonardo de Puerto Mauricio, añadir una cuarta, y es que Días no puede hacer un padre más grande que el padre de un Hijo que es Dios: majórum quam patrem Dei non potest facére Deus. Confesamos, pues, con alegría, que la grandeza de José es superior a todas las grandezas de este mundo.

Cierto es que José ninguna parte tuvo en la producción de Jesús, pero no importa; no es menos cierto que fue su padre por la autoridad que el Cielo le había dado y por la solicitud y la ternura que tuvo para con él. Y en efecto, ved almas cristianas, si hay alguna de las funciones del mejor de los padres que no haya sido ejercida gloriosamente por José. ¿Quién fue el que recogió al santo Niño en cuanto nació, y le acostó en el pesebre? José. ¿Por quién fue circuncidado y llamado Jesús? Por José. ¿Quién le llevó en sus brazos al templo para ser rescatado? José.

José fue también quien le sustrajo al furor de Herodes, y quien al volver de Egipto le evitó probablemente la persecución de Arquelao, refugiándose en Nazaret.

Finalmente, José fue quien le proporcionó durante treinta años, con el trabajo de sus manos y el sudor de su frente, el alimento, vestidos y albergue. ¡Cuántas veces servirían los brazos de José de cuna a aquel divino Niño! ¡Cuántas caricias le prodigaría! ¡Cuántas veces le dio de comer con su propia mano, le vistió, le enseñó a hablar y le ejercitó en el trabajo, y cuando llegó a hacerse hombre le reposó sobre su corazón!…

Luego, si José se condujo como padre tan cariñoso, tan solícito para Jesús, ¿cómo debemos pensar que Jesús debió portarse con José? ¡Oh! Seguramente que debió ser para él el mejor de los hijos, manifestándole un respeto, una sumisión, una obediencia perfecta en todas las cosas!

Así que, oíd almas cristianas, lo que este pensamiento hace decir a San Bernardo: «¡Oh techos! ¡Oh paredes! exclama este gran Santo, ¡oh bienaventurado recinto que habéis abrigado esta augusta familia y habéis sido testigo de sus trabajos, de sus diversiones y de sus conversaciones! ¡Ah! decidnos cuántas veces losé para reanimarse en sus fatigas, repetía el dulce nombre de su Jesús, y con qué solicitud acudía éste a él como si le hubiera llamado.

¡Ah! decidnos también con qué modestia y gracia Jesús ayudaba a José, Jesús trabajaba con José, puesto que esta modestia y esta gracia eran tan grandes, que según la tradición, los habitantes de Nazaret, acudían frecuentemente en tropel para ver trabajar a aquel interesante Niño.

Así que, almas cristianas, si José fue para Jesús el mejor de los padres, Jesús fue para José el mejor de los hijos; ahora bien, como este hijo era Dios, juzgad si podéis, cuál sería la grandeza y sublimidad de San José cómo padre de Jesús. ¡Comprended, pues, almas cristianas, si podéis, el honor que Dios Padre hace a este santo Patriarca, dividiendo con él un título que le distingue de las otras dos personas de la santísima Trinidad! ¡Privilegio tan sorprendente que llena de admiración las inteligencias celestiales, y tan sublime, que solo le supera la maternidad divina!

[1] Haremos notar aquí que cuando en el curso de esta obra ponemos la dignidad de San José por encima de todas las dignidades divinas y humanas, exceptuamos siempre la dignidad de la Madre de Dios. En el cielo como en la tierra, la más santa, la más augusta de todas las criaturas, es María. Pero después de María, colocamos inmediatamente al glorioso San José

COLOQUIO:

EL ALMA: Consta en los santos Evangelios, ¡oh glorioso San José!, que Jesucristo ha recomendado la oración; y la oración frecuente, y que Él mismo ha dado el ejemplo, puesto que estaba siempre en oración. Puesto que habéis sido el padre de Jesús, le habéis visto orar con frecuencia, habéis orado todos los días con Él, y Jesús debió hablaros con frecuencia de la oración, nadie mejor que vos y María debe saber lo que es la oración y cómo se debe orar. Instruidme, oh glorioso Padre mío, sobre este asunto, a fin de que en adelante ore mejor y mis súplicas sean más agradables a Dios.

SAN JOSÉ: La oración, hija mía, es la elevación del alma a Dios para rendirle sus homenajes y exponerle todas tus necesidades. Ahora bien, como las necesidades del hombre se renuevan a cada momento es necesario que el hombre recurra a cada instante a Aquel que quiere y puede socorrerle. La oración es una llave de oro que abre el cielo, un áncora de salvación para los que están en peligro de naufragar, un tesoro de riquezas para el pobre, un remedio eficaz para el enfermo, un arma poderosa contra los enemigos del hombre que le atacan incesantemente por todas partes para arrastrarle al abismo.

EL ALMA: ¿Entonces la oración es de absoluta necesidad?

SAN JOSÉ: La oración, hija mía, es de absoluta necesidad y de necesidad de precepto. Jesucristo ha dicho: Hay que orar siempre y nunca cansarse (Lucas, XVIII, 5). Y nota bien, hija mía, las palabras de Jesucristo; no dice: es conveniente, está en el orden; sino que dice: conviene, es necesario, oportet, Y esta necesidad de la oración no se ha contentado con inculcarla Jesucristo, sino que la ha recomendado con sus ejemplos.

Porque, como puedes, convencerte por los santos Evangelios, se apartaba con frecuencia de los que le seguían, buscaba los parajes más desiertos para orar, hasta pasaba frecuentemente las noches en oración; no porque necesitara implorar los auxilios del cielo, sino porque el hombre tiene siempre una necesidad urgente de recurrir a la oración, y quería hacerle comprender mejor con su ejemplo la indispensable necesidad.

Sí, querida, hija, es menos necesario el pan para la vida del cuerpo, que la oración para la vida eterna. Sin la oración es imposible resistir a las tentaciones, imposible no recaer en el pecado, imposible volver a levantarse si se ha tenido la desgracia de caer en él, imposible por consecuencia alcanzar el Cielo.

Y, en efecto, ¿qué es el hombre que no ore? Es un soldado desarmado en medio de innumerables enemigos encarnizados contra él; es un piloto embarcado en una mar borrascosa con un barco sin remos, velas ni timón; es una ciudad cercada por todas partes y cuyas murallas están indefensas. ¡Desgraciada de ti, hija mía, si no oras! Tu pérdida es segura. Pero no sólo la oración es de precepto divino, sino que se la exige al hombre su propia miseria: es verdad que el bautismo ha borrado el pecado original, pero este pecado ha dejado tristes consecuencias, y sin la oración no puede superar ni sus malos pensamientos ni a sus enemigos interiores que le atacan incesantemente.

Los Santos Padres se reunieron un día para examinar cuál era el ejercicio más necesario a un cristiano para salvarse, y decidieron que era la oración perseverante; aconsejaron repetir frecuentemente esta súplica: «Señor, ayudadme; apresuraos a socorrerme». Efectivamente; el alma que está bien penetrada de su miseria y que desea ardientemente los auxilios de Dios, está muy cerca de salvarse.

RESOLUCIÓN: Orar con mucha frecuencia, y sobre todo, en todas las necesidades espirituales y corporales. Orar siempre por la intercesión de la Santísima Virgen y de San José.

Día 12

DÍA DUODÉCIMO — 12 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

15- ¿Se puede decir que fue un verdadero matrimonio el de San José y María?
Aunque San José y la augusta María hicieron votos de perpetua virginidad, no es menos cierto que hubo entre ellos un verdadero matrimonio. En efecto, se dice en las Santas Escrituras, que José era el esposo de María, de quien nació Jesucristo; luego es evidente que por estas palabras ha querido revelarnos el Espíritu Santo, y en efecto nos revela, que hubo un perfecto casamiento entre José y María. Todos los teólogos, dice Francisco Suárez, expresan que esta verdad es de fe y la Iglesia la enseña como tal, lo mismo que todos los doctores [1].

Luego debemos creer y podemos decir con toda certidumbre, que la unión de José y María ha sido un verdadero matrimonio, y por consiguiente que estos dos esposos se pertenecían mutuamente el uno al otro. Sin embargo, digamos que este matrimonio ha sido virginal en la promesa, virginal en el amor, virginal en la paternidad.

[1] La doctrina de la Iglesia respecto la certeza de este matrimonio verdadero es tan terminante y formal, que ha querido instituir una fiesta para perpetuar la conmemoración. Establecida desde luego en la iglesia de Chartres en Francia, al principio del siglo décimo quinto, esta fiesta fue después autorizada por algunas órdenes religiosas y particularmente en la de los franciscanos y dominicos, y poco después en los Estados de la Iglesia y en algunas otras provincias.

Los dominicos fueron los que añadieron un oficio nuevo y obtuvieron permiso del Papa Pablo III que se celebrase con mucha solemnidad y fijándola el 23 de Enero, en cuyo día celebra aún casi toda la Iglesia [salvo en España, donde se celebra el 26 de Noviembre].

GRANDEZA DE SAN JOSÉ COMO JEFE DE LA SANTA FAMILIA.

Hemos considerado las grandezas de San José como padre de Jesús y como esposo de María. Estas reflexiones han debido convencernos, sin duda, de la gran santidad de José y de la gran confianza que debemos tener en él. Pero no nos detengamos aquí, al contrario, vayamos más lejos y, consideremos hoy a San José bajo el punto de vista de otra de sus excelsas dignidades, es decir, como jefe de la Santa Familia que no fue enteramente divina ni enteramente humana, pero que participaba de ambas, por cuya razón se la llamó, con justo título, Trinidad de la tierra.

Escogida particularmente por Dios una de las naciones que habitaba la tierra para que fuera su pueblo predilecto, quiso tener entre este pueblo una familia, donde se cumpliera la grande obra que su sabiduría había resuelto en la eternidad, que el poder de su brazo debía ejecutar en la plenitud de los tiempos, y en la que debía manifestarse igualmente. ¿Pero quién formará esta familia privilegiada del Altísimo?… ¡Pues bien! Será José, serán Jesús y María las dos obras admirables de la omnipotencia divina: y será José el escogido para ser el jefe.

Sí, almas cristianas, José es, en efecto, a quien se dirigen los embajadores del Cielo; a él es a quien comunican los Ángeles las órdenes de Dios; a él es a quien el Señor se comunica en sueños, para advertirle salve a su hijo de la crueldad de Herodes; a él es a quien se declara el nombre que se debe dar a este divino Niño; en una palabra, Dios le trata siempre como el jefe de la Santa Familia. Ya veis, almas cristianas, cómo José es verdaderamente jefe de la Santa Familia, y cómo estuvo predestinado de toda la eternidad, y cómo, por consecuencia, manda en Jesús y María.

Ahora bien, examinad atentamente, y ved si hay alguna cosa en la tierra que pueda compararse con esta sublime dignidad de José.

Es verdad que el mundo mide el poder por los súbditos; pero no debemos imitarle, por el contrario, nosotros debemos medirle por la dignidad de los súbditos; ahora bien, bajo este título, para nosotros los cristianos y a los ojos de la fe, no hay diadema en el mundo, cualquiera que sea el título, número y calidad de los súbditos, cuyo brillo no quede oscurecido ante la sublime soberanía de José.

Esta familia es pequeña, en cuanto al número; pero es sublime es, incomparablemente grande, por las personas que la componen, puesto que son las dos maravillas de la omnipotencia de Dios. Los reyes mandan a muchos millones de hombres, y José no manda más que a una madre y su hijo; pero esta Madre es María, y este hijo es Jesús.

Jesús y María, he aquí las dos personas a quienes manda José. Manda a Jesús, porque Jesús es verdaderamente el hijo de María su esposa, y también porque Jesús es su propio hijo, no por naturaleza, sino por ternura, adopción y por amor. José manda también a María, porque María es su esposa y que como tal, es su jefe según las Escrituras, y también porque Dios ha querido desde el principio del mundo que la mujer estuviera sometida al hombre.

Pero si, como llevamos dicho, Jesús es el Rey de los reyes y María la Reina del cielo y de la tierra; si Jesús y María son, en una palabra, las dos maravillas de la omnipotencia divina, ¡comprended si podéis, almas cristianas, a qué gloria, a qué dignidad fue elevado San José como jefe de la Santa Familia!

Hemos dicho que la Santa Familia de la que José fue constituido jefe sobre la tierra, era una Trinidad que no era ni enteramente divina, ni enteramente humana, pero que participaba de ambas; y ved en efecto cómo estas tres augustas personas Jesús, María y José, nos representan admirablemente las perfecciones divinas y el amor indisoluble de las tres personas adorables de la Trinidad celestial y eterna.

Contemplemos en la Trinidad increada, unidad de esencia en tres personas Padre, Hijo y Espíritu Santo y en esta unión, una admirable identidad de pensamientos, existen entre ellas; y esto es lo que nos ha puesto en la grata obligación de trazar algunos rasgos de Jesús y María, al hablar de José que no podemos separar de ellos sin quitarle las más bellas flores de su corona.

Que esta consideración que acabamos de hacer, despierte fuertemente en nosotros, almas cristianas, la confianza que debemos tener en San José y los sentimientos de fe y de amor que debemos tener hacia la augusta Trinidad de la tierra. Rendid humildemente vuestros frecuentes homenajes a la adorable Trinidad en el cielo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; pero honrad también a la Trinidad santa que ha habitado entre nosotros en la tierra, a Jesús, María y José.

Erigid en vuestro corazón una cuna a Jesús, a cuyo alrededor invitéis a María y a José; o mejor aún hacedle un templo con tres altares, o bien un monte de pureza, sobre el cual levantéis tres tabernáculos; el primero dedicado a Jesús; el segundo, a María, y el tercero, a José.

Y si queréis que establezcan en ellos su morada, adornad estos tabernáculos según el consejo del devoto San Bernardo, adornadlos de mortificación, de justicia y de piedad, de mortificación respecto de vosotros mismos, usando sobriamente de los bienes y placeres de la vida presente, de justicia para con el prójimo, dando a cada uno lo que se le debe, según su condición, y de piedad para con Dios, haciendo fervorosamente cuanto interesa a su gloria.

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre el grande honor que Dios ha querido hacerme al designarme como jefe de la Santa Familia. Has visto que en el interior de nuestra habitación reinaba todo el orden, el trabajo, el recogimiento y la oración. ¡Oh! sí puedo decirte, porque fue cierto, que mi casa de Nazaret fue y será siempre el modelo de todas las familias cristianas.

Pero, ¿sabes por qué éramos tan felices Jesús, María y yo, en medio de nuestra pobreza, nuestro destierro y nuestros trabajos? Pues bien; porque en todo y por todo nos resignábamos los tres a la santa voluntad de Dios; Jesús se resignaba con la voluntad de su Padre, y lo probó más adelante cuando dijo: «Padre mío, apartad de mí este cáliz; pero sobre todo, hágase vuestra voluntad y no la mía».

Jesús obedecía también a María y a mí; y se resignaba, él que era la verdad y la sabiduría increada, a someterse a nosotros dos, que éramos sus criaturas. María me obedecía; aunque muy superior a mí en méritos y en gracias, se resignaba a considerarme como a su jefe y señor. En cuanto a mí, hija mía, aunque jefe de la familia, sólo hacia la voluntad de Jesús y de María; y cuando llegó la hora de mi muerte, me resigné a dejar a Jesús y a María.

¡Oh, hija mía! La voluntad de Dios, en esto consiste la perfección del hombre. Cuanto más unido se está a la voluntad de Dios, mayor es el amor que se le tiene. Las mortificaciones, las meditaciones, las comuniones, las obras de caridad para con el prójimo agradan a Dios, pero es cuando se hacen en vista de su voluntad: si estas obras, por santas que sean, son obras del amor propio, las aborrece y castiga.

Dios exige, hija mía, la sumisión de la voluntad humana a la suya; prefiere la obediencia al sacrificio, y su voluntad es la regla de las acciones del hombre y de todas las virtudes; ella lo santifica todo, hasta las acciones más indiferentes, con tal que se hagan por agradarle «La voluntad de Dios, dice el Apóstol, he aquí vuestra santificación».

EL ALMA: ¡Oh! bienaventurado padre mío, qué gran medio de salvación acabáis de indicarme; haciéndome conocer que la voluntad es el lazo de perfección.

SAN JOSÉ: Todos los santos, hija mía, no han tenido otro anhelo que el de hacer la voluntad de Dios, porque comprendían que en esto consiste la perfección. La dicha de los Ángeles en el Cielo consiste en ejecutar prontamente las órdenes de su Creador. Jesucristo enseña a los hombres a imitarle cuando les dice que pidan «se haga la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo».

El Señor llama a David hombre según su corazón, porque estaba siempre pronto a cumplir la voluntad divina, como lo decía frecuentemente: «Mi corazón está pronto, ¡oh Dios mío! Enseñadme a hacer vuestra voluntad, porque sois mi Dios».

EL ALMA: Padre mío, se toma sincera y fácilmente la resolución de someterse a la voluntad divina; pero hay ocasiones en la vida en las que esta virtud es difícil de practicar.

SAN JOSÉ: Sé, hija mía, que la mayor parte de los hombres se conforman de buen grado con la voluntad de Dios en la prosperidad; mas en cuanto el viento de la adversidad sopla sobre ellos, se rebelan y murmuran. Es una locura, porque sufren doblemente y sin ningún mérito, puesto que, ya se sometan o no, la voluntad de Dios se cumplirá siempre. «Que ese enfermo dé alaridos atormentado por sus dolores; que ese pobre, sumido en la miseria, se queje de Dios, que rabie, que blasfeme, ¿puede conseguir otra cosa que redoblar sus sufrimientos? ¡Oh!

¡Cuán grande es la locura de los que no quieren someterse a la voluntad de Dios! ¡De cuántos consuelos se privan y cuántos méritos pierden por su culpa!… Nadie ama a los hombres más que Dios; debes persuadirte que sólo obra por su bien, y que con frecuencia los acontecimientos que les parecen grandes desgracias, son favores especiales que Dio misericordioso les hace.

EL ALMA: ¡Ay glorioso Padre mío!, yo me digo con frecuencia estas verdades, pero me falta la paciencia; sólo he tenido pesares desde que estoy en el mundo, y por más medios que pongo, nada me sale bien.

SAN JOSÉ: Lo crees así, hija mía, porque quizás piensas demasiado, en tus intereses temporales y haces poco caso de los eternos; ahora bien, tu buen padre que te ama más que tú te amas a ti misma, te da lo que necesitas para llegará la bienaventuranza final. ¿Y dónde hallarás un amigo que cuide más de tus intereses que él? Ya se le compare al buen pastor que va a buscar la oveja extraviada; y a una madre que no puede olvidará su hijo; o a una gallina que ampara sus polluelos bajo las alas. ¿Y por qué no te entregas, hija mía, con entera confianza a la voluntad de este Padre misericordioso, de este poderoso protector?

Gozarías entonces de una paz perpetua. El Apóstol San Pablo dice que todo contribuye al bienestar de los que aman a Dios, y tiene razón, porque los males más crueles de la vida, se vuelven en beneficio de los que los aceptan con sumisión, y el hombre se ve muchas veces obligado a confesar que lo mismo que le parecía el colmo de la desgracia, ha sido para él una fuente de prosperidad aún en este mundo.

RESOLUCIÓN: Resignarse en todas las cosas a la santa voluntad de Dios y no querer más que lo que Dios quiere. Elevar frecuentemente el corazón A Dios y decirle como el Profeta: «Mi corazón está pronto, Dios mío: Enseñadme a cumplir vuestra voluntad, porque sois mi Dios».

Día 13

DÍA DÉCIMOTERCERO — 13 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

16- ¿Cómo fue virginal en la promesa este casamiento?
Puesto que, según nos ha revelado el Espíritu Santo y nos enseña la Iglesia, el casamiento de San José y de María ha sido muy verdadero, se sigue que estos dos Santos esposos se han pertenecido verdaderamente el uno al otro, por consecuencia.

María pertenece a José y José a la divina María ¿Pero cómo se han entregado el uno al otro? «Aquí es donde, exclama San Agustín, debemos admirar el triunfo de la pureza, en la certidumbre de este matrimonio. José y María se entregaron mutuamente, es cierto, más se dieron su virginidad, y se concedieron un mutuo derecho de guardársela el uno al otro; luego María tuvo el derecho de guardar la virginidad de José, y José el de guardar la de María: ni el uno ni el otro puede disponer de ella, y toda la virginidad de este casamiento consiste en guardar su santa virginidad:

he aquí las promesas que les unieron, he aquí el tratado que les enlazó: son dos virginidades que se enlazan para conservarse mutuamente el uno y el otro por una correspondencia de deseos púdicos». Tal es el nudo de este matrimonio, dice San Agustín, que es tanto más firme cuanto las promesas que en ella se hacen, deben ser más inviolables, porque son más santas.

DE LA CONFIANZA QUE DEBEMOS TENER A SAN JOSÉ.

Hemos visto, almas cristianas, en una de las meditaciones precedentes, que el crédito de los santos en el Cielo no era igual para todos; que había entre ellos una gran diferencia, y que esta diferencia procedía de sus diferentes grados de santidad y méritos.

Cuanto mayor es la santidad de los bienaventurados, más los ama Dios; y cuanto más los ama, mejor atiende a sus súplicas, a su intercesión.

Ahora bien, dirigid una rápida mirada sobre los innumerables bienaventurados de que se compone la corte celestial, y ved si hay uno sólo, después de María, que sea más favorecido por Dios y más poderoso para con él que el glorioso San José. En efecto, él es el escogido de Dios desde la eternidad para jefe de la Santa Familia; él es a quien la gracia ha unido inseparablemente a la adorable persona del Hijo único de Dios y a su santísima Madre.

Imposible es reflexionar sobre las relaciones que tuvo José con el Salvador y su santa. Madre, sin quedar convencido de su poder. En efecto, ¿cómo Jesús podría olvidar tantos pasos, tantos desvelos e inquietudes, tantos suspiros, tantas lágrimas, tantos trabajos, tantas fatigas como costó a José? ¿Cómo no se ha de acordar María de que Dios la destinó a José por esposo para que fuera su fiel custodio y para salvar su honor ante los hombres? ¿Echaría en olvido todo lo que hizo para consolarla, para acompañarla, para proporcionarla, la subsistencia?

No podemos creerlo; pero si estamos convencidos de que Jesús y María no olvidan lo que José hizo por ellos, debemos estar persuadidos de que cuantas veces este grande y glorioso Patriarca se interese por nosotros, con el Verbo encarnado y su santísima Madre será escuchado.

Sí, ¡oh gran San José!, vos sois el primero entre todos los favorecidos de Dios, poseéis su Corazón, tenéis libre acceso hasta él, habéis sido su director y guía fiel, y ahora sois su mejor y más querido amigo.

El Hijo de Dios, nos dice Santa Teresa, jamás negó cosa alguna a San José mientras vivió bajo su dependencia. Mucho menos se lo negará ahora, que reina a la derecha de su Padre! ¿Es creíble que le ame menos en el cielo que le amaba en la tierra? No, seguramente; si lo escogió durante los días de su vida mortal como su más querido favorito, para estar siempre junto a su persona, a fin de recibir todos los servicios que necesitaba y para darle en todo muestras del amor más tierno y más correspondido, ¿es posible que no continúe este mismo favor, ahora que reina entre los esplendores de los santos?

¿Y qué ha hecho este santo Patriarca para no merecer ya la gracia de ser el primer ministro de Dios en el cielo como lo fue en la tierra? ¡Oh! creamos, por el contrario, y creámoslo firmemente, que Jesús le concede los mismos privilegios al tenerle más cerca de su divinidad que a los demás bienaventurados, sin negarle nada de lo que desea.

Es muy cierto que San José goza de un gran crédito para con Dios. ¿Cuál es, en efecto, el príncipe sabio y generoso que no se manifiesta más sensible a las peticiones de su padre que a las súplicas de todos los servidores que componen su corte y su reino?

San Antonio da otras razones más. El poder de una persona, nos dice este gran doctor, procede de la naturaleza, de la gracia y del mérito.

La naturaleza hace a un padre poderoso en el corazón de su hijo; el mérito hace influyente a un servidor para con su amo, cuando aquel le ha prestado grandes servicios. Ahora bien; ¿qué criatura tiene relaciones más estrechas con Jesús y María, que José que es padre del uno y casto esposo de la otra? ¿Quién podrá ser más agradable a Dios que este gran santo, cuya angelical pureza no ha sido manchada jamás por el hálito de las pasiones y que durante treinta años ejerció todas las obras de misericordia sobre su adorable persona con un celo tan ardiente, con tan profunda humildad y con una fidelidad tan inviolable?

Y si está escrito, dice San Bernardo, que el Señor hace la voluntad de los que le temen, ¿cómo se negaría a hacer la de San José que tanto tiempo le alimentó con el sudor de su frente? «Debemos estar muy persuadidos; nos dice San Alfonso Ligorio, que Dios, en consideración a los méritos de San José, nunca le negará una gracia que le pida en favor de los que le veneran».

¡Ah!, si según el testimonio de Jesucristo mismo todo lo alcanza el que le tiene alguna fe, no debemos creer sin temor de engañaros, que san José es omnipotente en el cielo, él que ha tenido más fe que Abraham y los apóstoles, y más caridad que los serafines y querubines.

Algunos santos, dice el doctor Angélico, han recibido de Dios el poder de asistirnos en las necesidades particulares, pero el crédito de san José es ilimitado, se extiende a todas nuestras necesidades, y todos los que le invocan con confianza están seguros de ser prontamente oídos.

Es cierto que los demás santos gozan de un gran crédito en el cielo, pero ellos interceden suplicando como servidores y no mandando como señores. Pero José, que ha visto a Jesús sometido a su autoridad, obtiene todo lo que quiere del su hijo, y, como dice el sabio Gerson, ordena más que manda, non impétrat sed impérat. Jesús, dice San Bernardino de Siena, quiere continuar dando en el Cielo a San José pruebas de su obediencia filial, atendiendo a todos sus deseos: Dum pater erat natum velut impérium reputátur.

He descubierto, dice la venerable María de Ágreda, que el Altísimo ha concedido a San José por su gran santidad, diferentes privilegios en favor de los que le invocaban con fervor. El primero es obtener la virtud de la caridad, vencer las tentaciones de la carne y de los sentidos. El segundo, para recibir poderosos auxilios a fin de recupera la gracia con Dios cuando se ha tenido la desgracia de ofenderle. El tercero, para adquirir por su mediación una verdadera devoción a María y disponerse para recibir sus gracias.

El cuarto, para merecer una santa muerte y una asistencia especial contra el demonio en esta última hora. El quinto, para gozar de la salud corporal y tener consuelo en las Dios concede todos los favores a los que se los piden como se debe, en nombre de San José, esposo de la Reina del Cielo. Suplico encarecidamente a todos los fieles, continúa María de Ágreda, que tengan una grande adhesión a este gran santo y crean, sin dudar, que obtendrán los maravillosos efectos de su protección, si se hacen dignos de ella por su confianza y por su piedad.

Venid, pues, almas cristianas, venid a imitación de los santos y a pesar de todas vuestras miserias y de todas vuestras imperfecciones, venid, dirigíos a San José con confianza y pedid a Dios por su mediación todas las gracias de que necesitéis: gracia de conversión, gracia de renovación espiritual, gracia de una buena muerte. Cuando oprimidos por el hambre, se dirigieron al rey de Egipto para tener trigo, aquel príncipe les enviaba a José, a quien había hecho el árbitro de todas las riquezas de su reino.

También es a José, su primer ministro, a quien nos dirige el Salvador, para obtener con más seguridad, por su mediación las gracias que necesitamos. Ite ad Joseph. Acerquémonos a él con la esperanza de conseguirlo que le pidamos; es el favorecido del Rey del cielo, al que debemos complacer si queremos ser bien acogidos por La Divina Majestad.

Sí, al padre es a quien debemos tener propicio para poder conseguir algún favor del Hijo; es el mayordomo de la casa, que debe presentar nuestras súplicas y hacerlas agradables al Señor; este es el mejor y más caritativo abogado que podríamos emplear después de su esposa, para defender nuestra causa ante Jesucristo, a fin de reconciliaros con Él y volver a su gracia hasta dar el último suspiro.

¡Oh bienaventurado San José, nuestro protector y nuestro padre! Usad de vuestro ilimitado poder en favor de los hombres vuestros siervos, vuestros hermanos y vuestros hijos. Alcanzadnos un puesto en el Corazón de Jesús; admitidnos entre sus favoritos; ayudadnos en el asunto tan importante de nuestra salvación, a fin de que merezcamos habitar un día con vos en los tabernáculos del Señor y durante toda la eternidad.

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre los motivos que pueden invitar a los cristianos a que tengan una grande confianza en mí, y veo con mucho gusto los sentimientos que ha excitado en ti esta lectura. Sí, hija mía, puedo decirlo, no hay ninguno que acudiendo a mí, haya sido desatendido. Yo amo a los hombres, ya te lo tengo dicho, y es mi mayor deseo el favorecerlos, y todo el que acuda a mí, puede contar con que será benignamente acogido y experimentará los beneficios de mi protección.

Claramente conozco que deseas tener en mí en adelante mayores confianzas y me place. Pero hija mía, procura que esta confianza no te engañe, pues aun cuando yo puedo hacer mucho por ti, sin embargo, de mí todo no depende. Es preciso, entiéndelo bien, que tú estés, siempre en vigilancia.

Has alcanzado el perdón de tus pecados; has obtenido la gracia de Dios, y logrado que la paz sea contigo: no obstante, persuádete que el demonio, celoso por recobrar su presa, te pondrá asechanzas en las cuales infaliblemente sucumbirás, si no pones los mayores cuidados en mirar por ti. ¡Oh! qué desgracia para ti si volvieras a caer de nuevo bajo la esclavitud del demonio.

EL ALMA: ¡Ah! Padre mío, me aterra la consideración de esta desgracia; mas de qué modo podré yo vivir en esta tan continua vigilancia; esto me es imposible. Pero yo prometo, si pecare, de nuevo, apresurarme a acudirá la confesión para remediar esta desventura.

SAN JOSÉ: Y he aquí, hija mía, el primer ardid del tentador. Sí, él principiará para disimularte el vicio con apariencias seductoras que calmen los escrúpulos de tu conciencia, y te mostrará un remedio que a primera vista te parecerá cómodo, mas para hacer una buena confesión que te ponga en estado de gracia para con Dios, son necesarias disposiciones que Él sólo puede darte: ¿y crees tú que el mejor medio de obtenerla será el ofenderle con propósito deliberado? De ningún modo. A muchas almas ha precipitado el demonio en el Infierno, lisonjeándolas con la facilidad de la conversión; no aumentes tú el número de estas desgraciadas; resiste con energía, pelea valerosamente, y no dudes que obtendrás la victoria.

EL ALMA: Pero si la pasión es muy fuerte, yo no podré resistir hasta el fin, Padre mío, y entonces sucumbiré.

SAN JOSÉ: Ese es el segundo lazo del demonio, que quiere persuadirte, hija mía, de que te es imposible resistirá la tentación, desprecia sus sugestiones, y sabe que Dios es fiel, como dice el apóstol, y no permitirá que seas tentada más de lo que permitan tus fuerzas. (Corint. X, 13).

Y si ahora te muestras débil contra la tentación, ¿serás acaso más fuerte cuando el pecado se apodere de tu alma? ¿Esperarías a que el fuego tomase todo su incremento para apagarlo? Sin duda alguna que en el instante empezarías a obrar y a pedir el auxilio de los demás. Pues del mismo modo, hija mía, llama a Dios en tu ayuda, no te detengas un momento. Ruega y combate, y así estarás más segura de sus asistencia que después de haberte abandonado cobardemente.

EL ALMA: Pero también es cierto, Padre mío, que Dios acoge al pecador; porque no en vano se llama el Dios de las misericordias.

SAN JOSÉ: Ahí tienes, hija mía, el tercer lazo que el demonio tiende a todos los pecadores, y que ha aumentado considerablemente el número de ellos. Más pecadores envía al Infierno el pensamiento de la misericordia de Dios que su justicia, porque confiando con temeridad en esta divina misericordia, continúan pecando, y se pierden para siempre. Indudablemente, Dios es misericordioso, pero a sólo con aquellos que habiéndole ofendido se arrepienten y tiemblan con la sola idea de recaer en su pecado. La misericordia se extiende de edad en edad para aquellos que le temen, dice María en su admirable cántico, y así es en efecto; pero también hace brillar la severidad de su justicia en aquellos que abusan de su misericordia para ofenderle con más libertad.

EL ALMA: Pero, ¡oh Padre mío!, tantas veces me ha perdonado ya Dios, que estoy segura de encontrar siempre en él la misma indulgencia.

SAN JOSÉ: Ese es precisamente el cuarto lazo que te arma el tentador: «yo he pecado y no me resulta mal alguno». Es verdad que Dios es paciente, porque se reserva la eternidad para castigar; pero has de considerar que esta condal que usa contigo, tendrá su término; y si confías en esta misma hondad para ofenderle más libremente, esta disposición de tu alma será una monstruosa ingratitud.

EL ALMA: Pero todavía soy joven, Padre mío; ya vendrá tiempo en que pueda enteramente dedicarme a Dios.

SAN JOSÉ: Aquí tienes el quinto lazo. ¿No sabes, hija mía, que Dios no tiene cuenta con el número de años, sino más bien con los pecados de que cada uno se hace culpable? Es verdad que eres joven; pero, ¿cuántos ancianos habrá que no hayan cometido ni una cuarta parte de los pecados que manchan tu conciencia?

¡Ah, hija mía! Dios es justo, y cuando el pecador llega a cometer cierto número de pecados graves, entonces le hiere de muerte, o bien le castiga más terriblemente retirando de él todas sus gracias. Para no verte en semejante situación, ármate de todo tu valor, hija mía, y sobre todo implora el auxilio de María, que es la fortaleza de los débiles y el refugio de todos los pecadores.

EL ALMA: Rendidamente os doy gracias, ¡oh mi glorioso Padre!, por los saludables consejos que acabáis de darme. ¡Oh, sí! Yo os prometo que tendré suma vigilancia sobre mí misma, para no caer de nuevo en los lazos del demonio: pero venid también vos en mi ayuda, y suplicad a María que me defienda de todo peligro y me encadene con dulces lazos, a fin de que yo no me separe de los caminos del Señor, y sea ella quien me fortalezca contra los ataques del demonio.

RESOLUCIÓN: Tener una gran confianza en San José y recurrirá él en todas nuestras necesidades, a fin de que se interese por nosotros cerca de Dios. No olvidar jamás que el demonio ronda incesantemente alrededor de nosotros para hacernos caer en sus lazos.

Día 14

DÍA DÉCIMOCUARTO — 13 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

16- ¿Cómo fue virginal en el amor el matrimonio de San José?
Es una verdad conocida que cuanto más puro es el amor y más espiritual y desprendido de la materia, es tanto más fuerte y más vehemente; porque el fuego de la concupiscencia encendido en nuestros cuerpos, no puede igualar jamás a los ardores de los espíritus unidos por el amor de la pureza. Y por tanto, ¿hay alguien que pueda decir cuál fue el amor conyugal de José y María? Porque en ninguna parte ha sido este amor espiritual tan perfecto como en este santo matrimonio.

En esta unión, el amor es santo, espiritual y celeste puesto que sus llamas y todos sus deseos tienden a conservar la virginidad. Se aman entre sí, y en su grande amor aman su mutua virginidad. José ama a María sobre todo lo que decirse puede, pero lejos de nos otros el pensar que el objeto de su amor eran los dones de la naturaleza con que María se hallaba adornada; o, en otros términos, la belleza mortal que la hermoseaba; no, lo que José amó en María era la belleza oculta e interior, cuya virginidad forma el principal adorno.

Era, pues, la pureza de María, el objeto del amor de José, y cuanto más amaba a esta pureza, más quería conservarla, primero en su santa esposa y después en sí mismo, por una perfecta conformidad del corazón. Y así, tan verdad ha sido el decir que las promesas de José han sido puras, como que su amor a María fue divino y enteramente virginal.

TERNURA DE SAN JOSÉ PARA CON JESÚS.

Cuando Dios elevó a Salomón sobre el trono le dio un corazón elevadísimo, porque necesitaba un gran corazón para gobernar un gran reino. Así el Señor al escoger a José para ser el padre adoptivo del Salvador debía proveerle de un gran corazón, o mejor dicho, darle una amplitud tal que pudiese amar como padre y padre del hijo único del Dios.

Y esto es, según el parecer de un santo doctor, lo que el Padre Eterno ha hecho al elevar a San José, no solo a su dignidad, sino también a su afecto de padre; ya sea que formó en él un corazón enteramente nuevo, ya que volvió más tierno el que este gran Santo había recibido ya; es por lo menos seguro que lo llenó del amor más puro y más grande que un padre pueda tener, y si no lo hubiera hecho así, hubiera trastornado el orden que ha establecido Él mismo.

La naturaleza al hacer a un hombre padre, le abrasa con un amor tan ardiente, que mil cuidados, mil fatigas, y sobre todo, mil ingratitudes no pueden entibiarle. ¿No debemos decir también que Dios, queriendo que un hombre sea padre, le inspire un amor tanto más ardiente y más activo cuando las obras de Dios son más excelentes que las de las criaturas, y que la gracia obra con más eficacia que la naturaleza?

Si añadimos que Dios; por su propia elección, ha destinado a un hombre sólo a ser padre de la manera que hemos dicho, sino el padre de un hijo el más perfecto que jamás ha podido imaginarse, debemos deducir de aquí que será propio de la sabiduría y bondad de Dios, encender en el corazón de este padre dichoso hogueras de amor proporcionadas a las perfecciones de este hijo adorable, que debía amar mil veces más que a él mismo.

Si el Padre Eterno, nos dice San Agustín, derrama a torrentes en el gran corazón de José la pura y santa fecundidad de su adorable paternidad; las virginales e íntimas comunicaciones de la sociedad incomprensible de las tres divinas personas la virginidad de San José hecha fecunda en cierto modo por el mayor de los prodigios a fin de que por su inefable pureza sea la guarda de la pureza misma, y que sea esta la esposa del esposo de María y padre de Jesús.

La gracia, nos dice un piadoso autor, hizo a José todo corazón para no amar más que a Jesús, todo espíritu para no pensar más que en Jesús, todo ojos para proveer todas sus necesidades, todo manos para proveer a ellas, todo pies para seguirle y conducirle por todas partes, todo alas para volar a ejecutar todas sus voluntades; en fin, todo en todas las cosas para Aquel que era su todo.

Y sobre todo, lo que hay que notar en el amor de José por Jesús es que no puede tener ni exceso ni abuso, porque la naturaleza y la gracia se encuentran confundidas en él. Además, no está sujeto a esa funesta división de afectos que es inevitable en este mundo parque no tiene más que un solo objeto y todas sus pasiones son santas: en efecto, si teme, es por la persona de Jesús; si desea, es para sus necesidades; si sufre, es el dolor de verle sufrir.

Todas las peticiones que le hace son oraciones y súplicas; y todos los deberes paternales que le rinde son otros tantos sacrificios y actos de adoración que hace a este hijo, que aun cuando está oculto bajo la forma de un servidor, es sin embargo igual a su Eterno Padre, y que a pesar de ser enteramente igual a él no por eso deja de someterse y obedecer a José. José, dice un autor antiguo, penetraba más cada día en el Corazón de Jesús por sus servicios continuos y por los cuidados que le prodigaba.

Por otra parte, los encantos inexplicables del niño Dios encantaban todos los afectos de José, ¿con qué santos ardores no le abrasaría? Cuando José tenía entre sus brazos al amor de los Ángeles y de los hombres, y aplicaba su corazón contra el suyo, sus ojos sobre sus ojos, y su boca sobre la boca de su hijo, ¿cuánto amor no recibiría?

Cuando Jesús descubría en José algunos nuevos rasgos de sus perfecciones infinitas o que manifestaba complacerle sus caricias, cuando José cumplía sus deberes para con Jesús, ya dándole de comer, ya cuando le llevaba por la mano, ya cuando oía dar bendiciones al niño y al que creían era su Padre; ¿no era como el aceite arrojado sobre el fuego del amor que existía ya en el corazón de José para inflamarle más?

¿Qué creéis que hubiera respondido, si el Salvador le hubiera dirigido la pregunta que dirigió más tarde a San Pedro: “José, ¿me amáis?”? Le hubiera repetido mil veces estrechándole contra sus pecho: ¡Sí!, mi Dios y mi hijo infinitamente cariñoso, sí; os amo más que a las niñas de mis ojos, más que a mí mismo.

Ordinariamente se dan dos cualidades al amor de un padre: la ternura y la fuerza. Es preciso que sea un amor generoso, y en esto se diferencia del de las madres, que tiene mucha más ternura que fuerza. Es preciso que sea un amor tierno y ardiente, que se interese por todo lo que concierne a los hijos y que sienta vivamente todas sus necesidades.

Ahora bien, San José ha reunido estas cualidades en un grado soberano de perfección, y ha experimentado los sentimientos que estos dos amores pueden producir en un corazón: así que tengo por verdadero lo que dice el doctor y piadoso Graciano, que si se comparaba todo el amor que los padres tiernos tienen por sus hijos con el amor de José y Jesús, cuya ternura le arrebataba.

Si el discípulo muy amado, por haber una sola vez reposado sobre el Corazón de Jesús, tenía por él un afecto tal, que no podía hablar de otra cosa que, de la caridad; ¿quién podrá nombrar el amor de San José, que no sólo tuvo la dicha de reposar en el seno de Jesús, sino que tuvo a este divino Salvador durante su instancia un millón de veces entre sus brazos, que le hace reposar sobre su corazón y le ha cubierto de caricias?

El amor de San José, no puede ser más vigilante y laborioso. Si trabaja es para alimentarle; si ejerce su profesión en una pobre tienda, es para dar a su querido Hijo todas las comodidades que puede proporcionarle; si deja su patria para ir al destierro, es para salvarle la vida.

Así es que José reunía en su corazón ese amor fuerte y generoso para Jesús con ese otro amor tierno y lleno de compasión; y estos dos amores inflamando mutuamente su ternura, lo hacían desear, emplear mil vidas que tuviera por su Salvador, y recíprocamente las fatigas y penalidades, que soportaba contribuían a aumentar esta ternura, porque amamos más tiernamente las cosas que nos han costado más.

Ahora, bien: ¡qué de penalidades, viajes, persecuciones para criar este niño, para ponerle a cubierto de las persecuciones de sus enemigos, para educar este sagrado depósito que el cielo le ha confiado!: «¡Oh! Hijo mío, podía decirle; ¡cuán precioso eres para mí, puesto que tan caro me cuestas! Si no me perteneces por haberte dado la vida, no dejas de serlo para mí por otro título, puesto, que sacrifico la mía por salvar la tuya. He empleado en tu conservación y guarda lo que no empleé en tu nacimiento».

¡Oh! yo quisiera, escribía el gran San Francisco de Sales a Santa Juana de Chantal, poder conversar algún tiempo con vos, sobre las grandezas del santo amado de nuestro corazón, porque es el alimentador del amor de nuestro corazón y del corazón de nuestro amor. ¡Oh gran Dios, cuán bueno es este Santo! ¡Cuán justo es, puesto que nuestro Señor de colmó de tal manera con sus beneficios, que le dio la Madre y el Hijo, haciéndole objeto de envidia para el Cielo y para los Ángeles.

Porque, ¿qué cosa puede encontrarse en los Ángeles que pueda compararse a la Reina de los Ángeles, y a Dios que sea más grande que Dios? Roguemos a este gran Santo, que tan frecuentemente acarició y sirvió a Nuestro Señor, que acreciente en nosotros el amor que tenemos a nuestro Salvador, y que nos obtenga por su intercesión mi bendiciones que nos hagan gozar de una profunda paz interior.

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Oh, qué feliz habéis sido, glorioso San José, por haber puesto vuestra confianza en ese Dios a quien tanto amáis! Pero yo que tan poco le amo, frecuentemente soy vencido por mis enemigos, porque en vez de poner mi esperanza sólo en el Señor, confío en mis propias fuerzas. Dé aquí proviene que pudiendo ser como vos fuerte en medio del peligro, la menor cosa me abate, me pierde enteramente y ya nada puedo hacer que sea agradable a Dios.

SAN JOSÉ: El amor, hija mía, según dice la Sagrada Escritura, es fuerte como la muerte; y así como la muerte aparta de todos los bienes de la tierra, del mismo modo el amor de Dios cuándo llega a reinar en un corazón, le deja completamente libre de los lazos que le sujetan a este mundo: he aquí el motivo de que muchos santos hayan renunciado a todo lo que poseían: honores, empleos, riquezas, para retirarse a los desiertos o al claustro y poder pensar únicamente en Dios.

Así como no hay poder en el mundo que resista a la muerte cuando ha llegado la hora, tampoco hay obstáculos ni impedimentos que no supere y quebrante el amor divino luego que llegar a echar raíces en un corazón.

Cuando el alma se siente abrasada de este divino amor, se despoja de sí misma, de todas las criaturas, de todos los bienes terrestres, y sólo quiere hacer la voluntad y disfrutar los dulces placeres del objeto de su amor: la pobreza, la mortificación, las austeridades constituyen entonces todas sus delicias porque conoce que de este modo tiene alguna semejanza con el divino Jesús

EL ALMA: ¿Cuánto desearía yo, oh mi buen padre, siguiendo vuestro ejemplo, amar, solamente a Dios, y hacer con gusto lo que este Señor pide de mí! ¡Pero qué dejos estoy de ello! En vez de buscar las mortificaciones, me cuesta mucho aceptar las cruces que Dios me envía: tan débil soy, que no puedo resolverme al menor sacrificio.

SAN JOSÉ: Es verdad, hija mía, que eres débil; pero trabaja con fe, y Dios te ayudará, porque Él quiere tu concurso y no te dejará sola. Bien sabes que la ley divina es llamada yugo, y que, este se lleva siempre entre dos. Dios hará mucho por su parte, pero es necesario que tu cooperes también. Para llegar a ser santo, no basta desearlo, sino que, es preciso trabajar para conseguirlo: no te asusten las dificultades de la empresa; acométela con brío, y poco a poco llegarás a obtener buen resultado. Si el amor propio está profundamente arraigado en tu corazón y es muy difícil arrancarlo de una vez, ve cortando al menos sus ramas y sus vástagos.

Trabaja con valor porque nada se consigue sin vencer alguna dificultad. «Muchas almas no llegan a conseguir la santidad, como dice San Bernardo, porque no se arman del valor necesario para este objeto». La voluntad firme, hija mía, triunfa de todos los obstáculos. Y si el demonio intenta examinarte con la idea de una vida mortificada hasta el extremo y que ademaste privará hasta de los placeres más inocentes, respóndele con San Pablo: «Todo le puedo en Aquel que me conforta». Yo no tengo fuerzas para sufrir; pero el Dios Todopoderoso que me convida con su amor, me ayudará a cumplir lo que exige de mí.

EL ALMA: ¡Oh gran Santo! Si hasta aquí me he dejado vencer por mis pasiones, es porque no he amado a Dios. Para remediar este mal, os suplico que me enseñéis el medio más corto y seguro de obtener ese amor divino, sin el cual jamás haré progresos en la santidad.

SAN JOSÉ: Hija mía, Jesucristo dice que se dará a quien pida. Ora, pues, con gran confianza, pide a Dios su santo amor, y aparta al mismo tiempo de tu corazón todo lo que pudiera servir de impedimento a la comunicación de la gracia, como las conversaciones, las lecturas inútiles y las ocupaciones, ociosas. La oración es el horno en que enciende y fermenta el fuego del amor divino, principalmente cuando el alma lo aplica a la contemplación de Jesús crucificado.

¿Puédese en efecto contemplar los dolores que sufrió a causa de su amor hacia nosotros; ver su Sangre destilando gota a gota de todos sus miembros heridos y desgarrados por los azotes; considerarle expirando en la Cruz sin que el corazón se desprenda de todos los lazos sensuales y terrestres para unirse solamente a Él?

En la pasión de Jesucristo hallaron todos los santos aquella ardiente caridad que les hizo abandonar riquezas, honores y placeres para ser en un todo conformes a este divino modelo, y como sus corazones, ¡oh hija mía!, estaban vacíos de todas las cosas de la tierra; el amor de Dios los llenó completamente, y ya en tal estado; los más penosos sacrificios, endulzados por este amor las hacían encontrar el paraíso en la tierra, constituyendo todas sus delicias.

EL ALMA: ¡Oh mi querido Padre! Vuestras saludables lecciones conmueven profundamente mi corazón, en especial viéndolas confirmadas por vuestro ejemplo. Fortificado con el amor de Jesús, sufriré con resignación y hasta con alegría la pobreza, los desprecios, la persecución, el destierro, en adelante sólo quiero imitaros.

Pero ya os necesito, ¡oh glorioso Padre mío! Venid; pues, en mi ayuda, interceded por mí para con María. Vos, que tanto amasteis a esta augusta Virgen, suplicadla me alcance la gloria de amar solamente a Dios y de unirme a Él para que llegue a vencer mis pasiones y emprenda una nueva vida que sea agradable a Dios y fecunda en todas las virtudes.

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente a Dios se digne concedernos su amor. Meditar con igual frecuencia en el amor que Dios nos ha tenido, y principalmente en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Día 15

DÍA DÉCIMOQUINTO — 15 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

17- ¿Cómo fue virginal en la paternidad el amor de San José?
La Iglesia nos enseña, que es artículo de fe, que ha habido un verdadero matrimonio entre José y María. Es también un artículo de nuestras creencias, que María ha sido la madre de Nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, hecho hombre, y que Dios es su Padre. Además, nos dice un piadoso autor: «¿Por qué ha querido el hijo de Dios encarnar en las purísimas entrañas de la augusta María? Pues ha sido, y este es el parecer de todos los santos Padres, a causa de la virginidad de aquella santa criatura.

Es, pues, la virginidad de María la que ha sacado a Jesucristo del cielo para presentarle en la tierra; Jesucristo es, la flor sagrada que encerró la virginidad, el fruto feliz que la virginidad produjo». Y San Fulgencio nos lo dice formalmente: «Sí, Jesús es el fruto, el adorno, el precio, Jesús es la recompensa de la santa virginidad». Luego debemos concluir con Bossuet, «que así como todos debemos creer que es la virginidad de María la que la hace fecunda, no debemos temer el afirmar, que José tuvo parte en este gran milagro».

En efecto, si esta pureza angélica es el bien de la divina María, es el depósito mejor, es el bien del justo José, su casto esposo, porque María pertenece a José por su matrimonio y por los castos cuidados con que la ha conservado; así, pues, teniendo José tanta parte en la virginidad de María, así también la tiene en el fruto que llevó la misma por cuya causa Jesús es hijo de José, no verdaderamente según la carne, sino según el espíritu, por la alianza virginal que tuvo con la madre: por lo cual diremos con razón que el matrimonio de José fue virginal respecto de la paternidad.

FELICIDAD DE SAN JOSÉ EN NAZARET.

Hemos considerado en otra meditación al glorioso San José como jefe de la santa familia, y hemos visto que por esta cualidad Dios le había elevado a un grado preeminente y muy superior a lo que el labio puede expresar. Pero, aun hay otro punto de vista que nuestra fe y nuestra piedad nos obligan a considerar, y este es la felicidad, las delicias inefables que San José debió gustar en Nazaret durante los treinta años que vivió en él acompañado de Jesús y María.

Trasportémonos, pues, almas cristianas, a la santa casa de Nazaret para considerar la dicha inmensa que José debió experimentar en ella; pero antes de penetrar en esta santa casa, saludémosla con cariño, puesto que ha encerrado todo lo que hay de más grande en el cielo y en la tierra. Sí, saludémosla, porque no hay palacio alguno que haya en cerrado dentro de sí una familia tan augusta, ni haya visto verificarse en su interior cosas tan grandes y sublimes.

Y en efecto, allí se trazaba en el silencio y la oración el plan de un mundo nuevo; plan creado en la justicia y la sinceridad de la verdad. Allí fue donde comenzaba a ejecutarse en el tiempo los proyectos eternos de la misericordia de Dios para con los hombres. Allí fue también donde comenzaron a formarse los primeros modelos del culto espiritual e interior que iban a restablecerse. Allí fue donde Jesucristo, muy niño aún, hacía ya el oficio de mediador y Pontífice, como en un santuario que ofrecía a Dios en holocausto oración y penitencia, que trataba de nuestra salvación con su Padre y adelantaba la obra de nuestra reconciliación.

En fin, allí fue donde José y María admiraban las maravillas de Dios, veían crecer el objeto de sus esperanzas y de su amor.

Te saludamos, pues, querida y santa casa de Nazaret, patrimonio sagrado del amable José, piadoso retiro de los verdaderos adoradores de Jesús; sí, te saludamos con respeto. ¡Oh! ¡Cuán grande eres desde que abrigas a Aquel que apenas puede contener la vasta extensión de los cielos! ¡Cuán gloriosa eres desde que posees a Aquel que hace la felicidad de los bienaventurados!… ¡Oh, cuán resplandeciente eres desde que llevas en tu seno la bella aurora y el sol naciente de la gracia…

Mejor me sería un día pasado en tu santuario, que mil años bajo los pabellones de los grandes y potentados de la tierra. Tú sola, oh santa casa de Nazaret, posees más bellezas que los tabernáculos de Jacob y las tiendas de Israel… Tú eres como un compendio de la ciudad de Dios, de la que se dicen cosas gloriosas y admirables… Tú perteneces al verdadero Obededom, a José el verdadero servidor del Hombre-Dios; así que estás colmada de bendiciones, puesto que recibes en tu recinto el arca del nuevo Testamento y de alianza entre Dios y los hombres.

Acabamos de saludarte, oh santa habitación de Nazaret; pero antes de penetrar en tu interior, ¡oh! permítenos te instemos a alabar a San José, tu señor y tu dueño. Sí, alaba a ese santo Patriarca, puesto que por consideración suya has llegado a ser la santa capilla de Dios conversando con los hombres; el templo dedicado a la segunda persona de la Santísima Trinidad, el oratorio ordinario del niño Jesús y de sus padres, el jardín delicioso donde Jesús, abeja mística, se alimenta entre las flores de las virtudes de José y de María.

Sí, tú eres, oh santa casa, la tierra bendita donde se vio germinar la flor de los campos y el lirio de los valles; sí, tú eres la fuente sellada donde el Salvador vertió secretamente las aguas de su gracia en los corazones de María y de José. Si tú eres el Paraíso terrenal donde José conserva el árbol de inmortalidad; es a José a quien se lo debes…

Alaba, pues, a ese gran Santo, a ese glorioso Patriarca; sí, alábale, porque por su consideración has llegado a ser el santo lugar donde la paz, la dulzura y la devoción triunfan noche y día; la casa de Dios y la puerta del Cielo, el tabernáculo de los justos y el asilo de los afligidos.

Y ahora, almas cristianas, penetremos con respeto en esa morada y veamos cuál es la inmensa felicidad que José saborea en ella como jefe de la santa familia.

José fue el jefe de la santa familia y con este título, puesto que es pobre, tiene que ganar su pan con el sudor de su frente, el pan de Jesús y de María. Pero ved qué dicha para él obrar para un fin semejante y cuán dulce es para él trabajar con Jesús bajo la mirada de María; contemplad cómo evita la precipitación y la lentitud, y cómo imprime a todas sus obras el sello de la perfección…

Pero considerad sobre todo, qué paz y calma!… ¿Sabéis por qué, almas cristianas? Pues bien, es porque no se siente el peso del trabajo cuando se hace en unión con Dios y en presencia de María, o si se siente alguna fatiga llega a ser dulce y agradable… Queremos también nosotros hacernos como José un gran tesoro en el cielo; estemos primero en estado de gracia como él, ofrezcamos en seguida nuestro trabajo a Dios con espíritu de penitencia y oración, y por último, unamos nuestro trabajo al de Jesucristo. Así es como trabajando para la tierra, trabajaremos al mismo tiempo para el Cielo.

José fue el jefe de la santa familia; ahora bien ved bien qué satisfacción para él ver el orden y la armonía que reinan en el interior de su casa; en efecto, allí el recogimiento es habitual y el silencio observado religiosamente; el día se divide entre el trabajo de las manos y los piadosos ejercicios de la religión; allí se encuentra la pobreza religiosa que excluye toda superfluidad.

Allí también brilla la castidad, porque sólo existen vírgenes en aquel cielo terrestre; la obediencia reina como soberana, porque Jesús está sometido a sus padres, y María a su casto esposo; allí es donde el Cielo estableció su domicilio en común con la caridad que tan estrechamente une los corazones… ¡Santas comunidades religiosas, he aquí vuestro modelo si queréis practicar los consejos evangélicos: pues bien, contemplad lo que pasa en la casa de Nazaret e imitadla en todas las cosas; que sea José vuestro patrono y vuestro guía!… Y, vosotras también, familias cristianas, tomad a San José por vuestro protector.

¡Oh! ¡Feliz la casa en la que San José es el primer jefe! Jesús será en ella conocido y amado, María imitada, y Dios servido con respeto y amor. Esta casa estará edificada sobre roca, viva; que sople el huracán, que caiga la lluvia, que se desborden los ríos, no será destruida, porque está asentada sobre un buen cimiento. Podrá experimentar las borrascas de las tribulaciones, pero la fe la traerá siempre la calma y la resignación hasta que el cielo esté más sereno.

José fue jefe de la santa familia, y como tal le incumbe mandar y tomar la dirección de los asuntos; ahora bien, considerad qué honor para él mandar en Jesús a quien todo el Cielo obedece y en María la más santa y la más pura de las criaturas. Pero es mucho más glorioso para él la obediencia de Jesús, y en efecto verse servido en todo por un Dios, ¡qué honor y qué gloria!…

José fue jefe de la santa familia, y como tal recita él mismo las oraciones que se hacen en común; ¡ahora, ved, almas cristianas, si se ha ofrecido alguna vez espectáculo más sublime y más bello que el de la Trinidad de la tierra en oración ante las miradas del Altísimo!… Considerad, en efecto, a José de rodillas al lado del Salvador y de su santa Madre; vedle uniendo sus votos a los suyos, orando en el más profundo recogimiento y con un fervor más que angélico. Insensible a cuanto pasa en el mundo, este glorioso Santo ofrece a Dios el sacrificio de sus labios, pero más aún el de su corazón.

José fue jefe de la santa familia; pues bien, ved cómo ayuda a María en sus quehaceres, cómo la reemplaza frecuentemente al lado de Jesús, lleva éste en sus brazos, le hace mil caricias. ¡Oh! ¡Cuán grande nos parece José en medio de sus cuidados, y cuán feliz debe ser!

Pero contemplad, sobre todo, si hay un espectáculo más encantador para los corazones cristianos, que ver a Jesús entre los brazos de José, de este pobre carpintero en quien el Padre Eterno vertió torrentes de gracias y en quien unió las alegrías de la paternidad con los honores de la virginidad. ¿No diríais, almas cristianas, al considerar este pequeño Rey, cogido al cuello de José, que se hace de los brazos de este justo una carroza triunfal, columnas de plata de sus manos, una estación de oro de su pecho: el palacio de la divina caridad?

No juzgaríais también al verle, que se ha puesto como un ramillete de flores sobre su pecho, o impreso en su corazón y en sus brazos para hacernos comprender que José es enteramente suyo, puesto que lleva sus armas y sus libreas… ¿No diríais que es el Rey pacífico sentado sobre su trono de marfil, donde recibe los honores que le rinden las facultades del alma, los sentidos y todos los miembros del cuerpo virginal de su querido nutricio?… Sí, ¡ved cuán bello es el espectáculo de Jesús niño, llevado en los brazos de José!

¡Oh! ¡Cuán agradable debe ser ese yugo y ligera la carga a quien le lleva!… ¡Oh! ¡Cuán fácil es reconocer en este estado a ese divino Niño por la rica presea del principado de su ayo! Sus pequeños brazos rodeados alicuell6 de José, son un collar de esmeraldas de un valor inestimable. Una sola de sus miradas, le dice cosas inefables; un beso de su boca divina, produce más alegría en su corazón que la que todos los bienes de la tierra puedan dar al hombre durante la duración de los siglos.

Sus caricias tienen más fuerza para inflamar su amor que el aceite virtud para alimentar el fuego. ¡Ah! Si algunas almas, gozando de la presencia del Salvador o de la Virgen, solamente por una visión sobrenatural, se han encontrado, sin embargo, tan abrasadas de amor y tan embriagadas de delicias celestiales, que exclamaron:

«Basta, Señor, basta»; ¿qué debemos pensar de José, que veía realmente ambos, que estaba día y noche con Jesús y que le acariciaba a todas horas?… ¿Qué debe pensarse de las emociones, de los esfuerzos, de los arrebatos y de las ternuras de su corazón cuando bebía hasta saciarse en la divina fuente del amor, y gustaba a placer de las grandes alegrías que el Salvador debía derramar por todo el mundo?

Es verdad, que su corazón hubiera estallado en mil pedazos por la violencia de la dilación, su alma se hubiera liquidado a fuerza de dulzura, mejor que la de la esposa del cántico, de los cánticos, a la voz de su muy amado; hubiera, en fin, muerto de alegría y de amor, si Dios por un milagro no le hubiera conservado la vida.

No, ¡oh bienaventurado José! Jamás el hombre podrá figurarse la dulzura de vuestros pensamientos, los abatimientos de vuestro espíritu, cuando Jesús os llamaba su buen padre y vos le llamabais vuestro querido hijo; cuáles fueron también los sentimientos de vuestro corazón durante las noches enteras que pasasteis al lado de su cuna, ya meciéndole para dormirle, ya reposando vuestra cabeza sobre su humanidad santa, mientras que el corazón de su divinidad velaba; cuán celestiales fueron los ardores en que ardía vuestro corazón, cuando llegabais a pasear, servir o llevar en vuestros brazos a Jesús, vuestro Isaac, vuestro Benjamín, vuestro todo… Jamás la boca del hombre podrá expresar vuestros enajenamientos cuando contemplabais la hermosura y majestad del rostro de Jesús, lo amable de su genio, el fervor de su devoción y la afabilidad de su conversación; cuál fue vuestra modestia cuando dabais el sustento a Aquel que no tiene más que abrir la mano para llenar a todos los seres de las bendiciones necesarias a la vida, o cuando para reparar vuestras fuerzas tomabais el refrigerio que María, la reina de los ángeles os había preparado y que Jesús había bendecido con su divina mano… cuáles fueron vuestras reflexiones, cuando enseñabais a andar a Aquel que había descendido del cielo sobre la tierra por visitar a los hombres…

Nunca en fin, podremos comprender cuál fue vuestra atención cuando Jesús departía con vos sobre el reino de su Padre celestial, del objeto de su venida a este mundo y de la Iglesia que debía fundar… cuáles fueron, en fin, vuestras alegrías y ternezas, cada vez que al salir de la habitación al pasar por delante de vos, os saludaba con respeto.

Así que, ya lo veis, almas cristianas, José en la compañía de Jesús y de María recibió en su bienaventurado retiro de Nazaret, una especie de satisfacción adelantada de las delicias celestiales. ¿Queremos también nosotros recibir este gusto anticipado de las alegrías del Paraíso?; amemos a Jesús con todo nuestro corazón, como José le amó. Acerquémonos dignamente a la santa mesa y podemos estar seguros que encontraremos en la Sagrada Comunión y a los pies del santo Tabernáculo, la única felicidad que puede llenar nuestro corazón y hacernos esperar en paz las alegrías inmortales de la verdadera Patria.

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre la dicha que disfruté en mi casa de Nazaret, en compañía de Jesús y de María. Ahora bien; ¿quieres saber la causa de aquella felicidad? ¡Pues bien!, voy a satisfacer tus deseos: es la continua presencia de Dios. María y yo teníamos incesantemente los ojos fijos en Jesús, y ni las ocupaciones de la vida nos impedían amarle, ni el amor nos impedía trabajar.

La continua presencia de Dios, he aquí hija mía, la base de la vida espiritual; y en efecto, la presencia de Dios aleja el pecado del alma, la conduce a la práctica de la virtud y la une a Dios por el amor santo y desde luego el ejercitarse a estar en presencia de Dios, es cosa eficaz para evitar el pecado, ¿Cuál es el niño que se atrevería a desobedecerá su padre a sus ojos?, ¿El soldado que osaría resistir a una orden formal ante su soberano, o un soldado que se atrevería faltará la disciplina militar a los ojos de sus jefes? Ninguno habrá ciertamente, y cuando se desobedece es porque uno se lisonjea de la impunidad.

¡Ah! Si el cristiano pensara que siempre está en presencia de un Padre, de un Rey y del Juez que puede recompensarle o castigarle, entonces se guardaría mucho de no hacer nada que pudiese ofenderle.

El segundo efecto de este ejercicio de estar en la presencia de Dios es la práctica de la virtud, ¿Con qué valor no se siente poseído aquel soldado que combate en la presencia de su príncipe? ¿Con qué solicitud no trabajan los obreros ante un maestro generoso que los quiere recompensar? Pues con mucha más razón se llenará de fervor un cristiano, que diga dentro de sí: Dios está aquí que me ve, y que no dejará de ningún modo de recompensarme.

Este pensamiento lleno de consuelo suavizará sus fatigas y le esforzará para superar todos los obstáculos; pues aquí no se trata, no de una recompensa efímera, sino de una eternidad venturosa, porque el hombre solamente es negligente cuando olvida esta verdad tan importante.

El tercer efecto del expresado ejercicio es el aumentar la caridad según esta máxima infalible: el amor crece en presencia del objeto amado. En efecto, si esto sucede entre los hombres, a pesar de los defectos que lleva una familiaridad íntima, ¿cuánto más contribuirá la presencia de Dios para inflamar el amor que excita la meditación, que da un perfecto conocimiento y juntamente descubrirá cada vez más sus efectos adorables?

Debiéndose tener entendido que la oración de la mañana no basta para mantener este fuego sagrado, pues es sabido que el agua hirviendo al sacarse del fuego se enfría y sucederá lo mismo a aquel hombre que no procura de renovar de tiempo en tiempo el pensamiento que Dios le ve y solicita su amor.

EL ALMA: Sí, ¡oh gran santo!, comprendo todas las ventajas de este santo ejercicio y lo deseo vivamente; ¿pero cómo puedo aplicarme a él con las ocupaciones de mi profesión, las exigencias de la vida y las relaciones que estoy obligado a tener con mis semejantes?

SAN JOSÉ: Si lo deseas sinceramente, hija mía, los deberes de tu estado no serán un obstáculo.

Cuando Santa Catalina de Siena manifestó A sus padres el deseo de ser religiosa, estos emplearon todos los medios imaginables para hacerla perder su vocación.

Empezaron por reducirla todos sus ejercicios de piedad y la abrumaron con tantos trabajos, que la era imposible encontrar un momento para estar sola y tranquila; pero la Santa no se apuró, se hizo en el fondo del corazón un oratorio donde Dios estaba siempre presente y en medio de las ocupaciones más variadas, su recogimiento era continuo y hacia todas sus acciones en vida de placer a Dios. Imítala, hija mía, busca a Dios dentro de ti, y santificará tus acciones y esto será el medio más seguro para llegar a la perfección.

RESOLUCIÓN: Ejercitarse cada día a ponerse en presencia de Dios. Pedir a San José que nos ayude en este santo ejercicio.

Día 16

DÍA DÉCIMOSEXTO — 16 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

19- ¿Qué consecuencia legítima se podrá deducir del verdadero matrimonio entre José y María?
Si la unión entre José y María ha sido un verdadero matrimonio, podemos deducir dos consecuencias muy gloriosas para el santo Patriarca. La primera es que Sn José, desde su nacimiento, ha debido hallarse colmado de gracias y de méritos: y en efecto, si María ha sido saludada llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía nacer el autor de ella, ¿no es evidente que San José ha debido estar colmado de gracia?

La segunda es, que San José ha debido ser y fue siempre virgen; si María en efecto, no obstante su maternidad, no ha cesado jamás de ser virgen; si además su virginidad atrajo a Jesucristo a sus castísimas entrañas: si el Salvador ha amado a San Juan con un amor de predilección y le confió su santa madre, porque era virgen, ¿no debemos concluir también y creer, en contra de lo que ciertos Autores dicen, que San José siempre fue virgen? Sí, podemos decirlo, porque el Cielo le ha escogido para ser el custodio de la virginidad de María y el padre adoptivo de Jesús.

SAN JOSÉ, MODELO DE LAS ALMAS INTERIORES.

Consiste esencialmente la vida interior en el recogimiento del espíritu, en la vigilancia sobre todos los movimientos del corazón y en una constante unión del alma con Dios; es la feliz disposición de un alma que, apartada de los objetos exteriores y sensibles, se ocupa constantemente de los grandes objetos de familiarmente con Jesús y María y de hallarse en la fuente de las gracias ¿Cuáles fueron los maravillosos efectos de la presencia visible de Dios sobre el corazón de José?

Más feliz en esto de lo que nunca lo fue santo alguno; sus sentidos y los objetos exteriores que los hieren, sólo servían para aumentar su recogimiento e inspirarle un nuevo fervor. Si viaja, es con Jesús, cuyos pasos todos dirige; si toma un alimento frugal, es en presencia de Jesús, que come él mismo a la mesa de José y le alimenta interiormente con su Divinidad; si ejerce su profesión, es en compañía de Jesús, dividiendo su trabajo con Jesús y hasta recibiendo los servicios de Jesús: si habla, es con Jesús y su santa Madre; si escucha son los acentos de la voz de Jesús, que le da el dulce nombre de Padre.

San José fue elevado al más alto grado de fe, puesto que tuvo un conocimiento casi experimental de los más profundos secretos de Dios, conversando familiarmente con Jesús y su santísima Madre. La vista continua de sus divinos objetos, le mantenía en un profundo recogimiento, le separaba de todas las cosas terrenales y servía de fundamento y de materia a esta sublime contemplación y a ese dulce éxtasis en que siempre estaba de vos, que os destierra de su corazón y que les priva de las inefables riquezas de vuestro reino interior.

Conducido por vuestra diestra, ¡oh Dios mío!, penetró en el corazón del más querido y del más familiar de vuestros amigos ¡Qué calma de todas las pasiones! ¡Qué silencio de todas las potencias del alma! ¡Qué luces se esparcen por todo su espíritu! ¡Qué torrentes de delicias inunda su corazón!

Su vida es una continua oración; se eleva insensiblemente a la contemplación de vuestros más sublimes misterios. Siempre unido a vos por el pensamiento y el vivo sentimiento de vuestro amor, os ve, os conoce, os adora, y todo lo demás desaparece a sus ojos.

Santa Teresa, aquella alma tan ilustrada en las vías de Dios, aquella alma formada por San José en la vida interior, nos dice que la humanidad de Jesucristo es la puerta que nos introduce en el santuario de la divinidad. Si es así, ¿quién penetró jamás tan adentro como José en ese Océano de luz y de amor, él que no ha cesado de admirar, de contemplar y de amará ese Verbo encarnado; que le ha visto con sus ojos, tocado con sus manos, alimentado con el fruto de sus sudores?

¡Oh! Cuánto ha aprovechado la ventaja que tuvo de conversar tanto tiempo la fe, y pone toda su atención en adelantar en las vías de la perfección. Tal fue la vida de San José y las disposiciones habituales de su alma. Tuvo en el más alto grado el don de la contemplación, dice San Bernardino de Siena:

«Parece que Dios ha confiado especialmente a los cuidados de San José todas las almas recogidas en recompensa de la vida oculta y completamente reconcentrada dentro de sí, que llevó en la casa de Nazaret. Vosotras, almas cristianas, que os inclináis a la vida interior, abandonaos a la dirección de este gran Santo, y podéis estar seguras de que él os conducirá al término de la carrera en que habéis entrado».

Este santo Patriarca ha tenido más participación que los demás santos en el inefable misterio de la Encarnación, ha recibido una comunicación más abundante de las dulzuras y de las riquezas ocultas en este adorable misterio, y el poder de introducir en él las almas interiores.

¡Dios omnipotente, abridnos el interior admirable de José, introducid a vuestros hijos en esta escuela de silencio, recogimiento, oración y amor, a fin de que disgustados de lo que es exterior, se aparten para siempre de este desgraciado encanto de las cosas de este mundo, que los aleja arrobado su espíritu de tal manera, que no atendía a las cosas exteriores más que en tanto lo necesitaba para atender a los cuidados de su santa familia! Sus luces y conocimientos aumentaban cada vez más a la vista de las maravillas de que era testigo.

Todo lo que veía, todo lo que oía elevaba su fe y alimentaba su piedad con un alimento más exquisito que el de los patriarcas y profetas, apóstoles y demás santos. Penetraba en el interior de su santísima Esposa y en el del Divino Niño. Tenía entre sus manos el tesoro más precioso que el cielo pueda confiará un hombre. Su empleo le colocaba en un rango superior al ministerio de los ángeles, y el poder que tenía sobre el hijo único de Dios le daba una ventaja la más gloriosa y más dulce que una criatura puede desear.

Esta abundancia de luces de que estaba lleno su espíritu, producía en su corazón un amor ardiente que le consumía; el amor igualaba al conocimiento. Estaba instruido: José bebía en la fuente misma de la misericordia, de la caridad y de la pureza. Era vehemente: todo contribuía a redoblar su ardor; la presencia de Jesús y de María, sus miradas, sus palabras, añadían a cada instante nuevas llamas. ¿Y quién podrá decir lo que obraba en el alma de José el santo Niño, cuando le llevaba en sus brazos, le besaba con tanto respeto como ternura y le hacía reposar sobre su seno?

¡Quién será capaz de penetrar en las profundidades de aquellas dos almas, confundiéndose en un mismo foco las llamas de su caridad! Las aguas de dos ríos que llegan a unirse y a correr por un mismo cauce hasta el momento en que van a perderse en el mismo Océano, sólo nos darían una imagen imperfecta de la unión del alma de Jesús con la de su amadísimo Padre.

El amor de José era íntimo, gozaba de la más perfecta familiaridad que se puede tener con Jesús y María y tenía con ellos comunicaciones y confianzas que nadie ha tenido ni tendrá jamás. Por esto es el padre de la vida interior y el protector especial de las almas que tienen el valor de desprenderse, de todo para ocuparse sólo de Dios.

Todos estos favores no servían más que para hacerle más humilde y para que tuviera menor idea de los altos sentimientos que poseía. Descubriendo perfectamente las gracias con que Dios le había colmado, y no pudiendo ignorar el alto grado a que se veía elevado, tomaba las palabras de su casta esposa para glorificar a aquel que le había sacado de su bajeza, y repetía con la más viva gratitud: «El Omnipotente ha obrado en mí grandes cosas».

Así es como este santo Patriarca experimentaba la necesidad de humillarse a la vista del anonadamiento del Hijo de Dios. Y como es imposible encontrar sobre la tierra un hombre que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar también que el amor extremo que tuvo a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles.

¡Qué raro es ver a un hombre investido de cargos tan sublimes, estar a cubierto de las sorpresas del orgullo, casi inevitables, conservando siempre sentimientos muy bajos de sí mismo, y buscando en cuanto puede la práctica de las acciones más humillantes!

Y porque es imposible encontrar un Santo sobre la tierra que haya recibido honores más sólidos y más grandes que San José, hay que confesar que el amor extremo que tuvo toda su vida a la humildad, le ha hecho digno de la admiración de los hombres y de los Ángeles.

Porque ser humilde sin mérito, es necesidad, dice San Bernardo; ser humilde con algún mérito, es una verdad; pero ser humilde con las prerrogativas y la gloria de San José, es un prodigio que le eleva por encima de su propia elevación. Así como la humildad de la Santísima Virgen la ha elevado a la dignidad de Madre de Dios, puede decirse también con San Bernardo, que esta misma virtud ha elevado a José a la dignidad del esposo de María. En efecto, convenía unir la más humilde de las mujeres con el más humilde de los hombres.

No nos es dado llegar al grado sublime de perfección a que fue elevado San José; pero debemos tratar de imitarle, tanto cuanto nos lo permita nuestra debilidad en ese culto interior y perfecto, en todas sus disposiciones para con Jesús y María; debemos imitar su tierna piedad, su fervor, su recogimiento, el espíritu de fe de que estaba animado, su espíritu de oración.

Un joven pastor, sencillo e ignorante pasaba su vida en apacentar sus rebaños, y encontraba en esta humilde ocupación mil medios en adelantar en la perfección. A pesar de que no hizo nada de extraordinario, y de que no tuvo ocasión de conversar con personas distinguidas por su saber y su virtud, estaba lleno de toda clase de gracias y dones interiores tan relevantes, que causaban la admiración de los que le conocían. Este joven pastor tenía una devoción particular a San José a quien llamaba su protector, su maestro y su director, decía que San José era el maestro de las almas que gustan de la vida humilde y reservada, como había sido la suya.

Almas piadosas, esforzaos, a ejemplo de San José, en santificaros, llenando todos los deberes de vuestro estado con una pureza de intención tan grande como la suya, no buscando más que sólo a Dios. Para obtener esta gracia tan preciosa, dirigíos a San José: él os reserva la herencia infinitamente preciosa de la vida interior; tiene, según la expresión de un piadoso autor, la intendencia general de las almas cuya virtud está oculta en este mundo… ld a la escuela de José: instruidas por ese gran Maestro, haréis muy pronto rápidos progresos en esa ciencia que es la verdadera ciencia de los santos.

Él os servirá de guía, os introducirá en esa tierra prometida, donde corren arroyos de delicias espirituales; aprenderéis de él que los medios de llegar a conseguirlo son: el silencio, el recogimiento, la oración, la pureza del corazón, la guarda de los sentidos, y sobre todo, la mortificación de las pasiones y del amor propio.

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Qué dichoso habéis sido, gran Santo, en haber libertado vuestro corazón del amor de las criaturas, y haberle ocupado sólo con el amor divino que habéis poseído en este mundo en un grado tan eminente!

SAN JOSÉ: El primer medio para adquirir el amor de Dios es olvidar el de las criaturas; porque ¿cómo el amor divino había de encontrar sitio en un corazón ocupado por las afecciones terrenales? Así, hija mía, si quieres llegar a la santidad, es necesario primeramente vaciar tu corazón de los objetos que le ocupan, a fin de consagrarle únicamente a Dios. Será menester sin duda alguna que le hagas alguna violencia; pero tú sabes demasiado bien que nada se adquiere sin algún trabajo, y el tesoro del amor divino merece algunos sacrificios.

Considera que en la tierra no eres sino un viajero, pues que no es esta tu morada permanente. ¿Por qué se ha de tomar cariño a lo que se ha de abandonar en seguida? El que viaja no se cuida de la posada en que descansa, y se consideraría como inconsecuente o mejor como un loco al que olvidase sus negocios y el cuidado de su casa para embellecer la posada en que sólo debe permanecer algunos días.

¡Cuánto más locos y más insensatos son los que se adhieren a esta tierra de barro, a las criaturas que perecen y descuidan el único objeto para que Dios los ha criado! Tales consideraciones te ayudarán y te darán valor para separarte de todo lo que sea un obstáculo para el amor divino.

EL ALMA: ¡Qué dichosos son, santo Doctor, los que se apartan de todo para amar a Dios únicamente, pero es tan difícil! ¡Yo no podré conseguirlo nunca!

SAN JOSÉ: ¿Y no cuentas para nada el socorro de la gracia de Dios? Sin ella los santos no hubieran podido dominar sus inclinaciones. Muchos de ellos habían nacido con corazones demasiado sensibles y sólo con el divino socorro han podido dejarlo todo a fin de no vivir sino para Dios. Mira San Benito; en la flor de su edad abandona la opulencia y las dulzuras de la casa paterna para ir a encerrarse en una cueva y ocuparse sólo de sus esperanzas eternas. Mira San Francisco de Borja; abandona las dignidades mundanas y las riquezas para abrazar la pobreza voluntaria y seguir a Jesucristo, vistiendo el hábito religioso.

San Antonio Abad vende su rica herencia, la reparte entre los pobres y se retira a un espantoso desierto para que nada le distraiga en su pensamiento celestial. No acabaría si fuera a enumerarte todos los que han tomado la cruz por único tesoro.

San Felipe Neri decía: «El que ama los bienes de la tierra no será santo». Y Jesús dijo: «Donde está vuestro tesoro estará vuestro corazón. Pues bien; el tesoro del hombre es el objeto que él ama más. Dichosos, mil veces dichosos aquellos cuyo único tesoro está en… el Cielo, y que han colocado en Dios todas sus esperanzas: porque dice San Pablo que «el hombre no ha comprendido los bienes inmensos que Dios ha reservado a los que le aman». Pero para gozar de las dulzuras de este santo amor en el Cielo, es necesario empezará amar en la tierra; y si quieres gozar en la dicha del Cielo, te lo repito, hija mía, retira tu corazón de las criaturas, y entrégate todo a Dios,

EL ALMA: ¿Y de qué medios me valdré para volverme a Dios? ¡Mi corazón está tan frio para las cosas celestes!

SAN JOSÉ: Una práctica excelente para inspirar al corazón el amor de Dios y para conservarle, es el uso frecuente de las oraciones pequeñas, llamadas jaculatorias: son muy cortas, y por consecuencia, están exentas de distracciones, o por mejor decir, son aspiraciones de nuestro corazón a Dios, y no es posible dejen de atraernos su misericordia y su amor.

EL ALMA: ¿Quisieras, padre mío, enseñarme algunas jaculatorias para que yo pueda hacer uso de ellas?

SAN JOSÉ: Son tan variadas como tus necesidades, y tu corazón te las inspirará en el momento oportuno. Te encuentras en el fervor del amor divino, entonces puedes repetir: «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, amor mío! ¡Dios mío, yo no quiero más que a Vos! ¡Jesús, sed mi único tesoro! ¡Qué puedo desear en el cielo y en la tierra, más que a Vos, Dios mío de mi corazón!…. ¡Corazón de Jesús, consumid mi corazón con vuestro amor…» y otras muchas.

Si tienes sequedad de espíritu, abatimiento, repite a menudo las palabras del Profeta: «¡Señor, no separéis de mí vuestro rostro!… ¡Dios mío, volved vuestras miradas hacia mí y me daréis la vida!…. ¡Mi alma parece una tierra abrasada y sin agua, Dios mío!… ¡Dios mío, tened piedad de mí, según vuestra gran misericordia!…». Desde el fondo del abismo a Vos elevo mis suspiros, Señor…».

Y esta del mismo Salvador: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me habéis abandonado?… Dirígete también con mucha frecuencia a María: es la madre del amor hermoso: repítele las siguientes palabras que han resonado en todo el mundo católico y que le son tan agradables: «¡Oh, María, concebida sin pecado, ruega por todos los que recurrimos a ti en nuestra aflicción!». En fin, si eres fiel a esta práctica, el Espíritu Santo te iluminará cuando llegue la ocasión. Las mejores, son las que Dios mismo nos inspira y que nacen del corazón.

La oración es la respiración del alma, y lo mismo que tú aspires el aire y exhales el que tengas en tu interior, el alma, también por la súplica aspira a la gracia de Dios, y por sus actos de ofrecimiento y de amor se entrega enteramente a Él.

RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente cada día oración jaculatoria. Pedir a Dios su amor.

Día 17

DÍA DÉCIMOSÉPTIMO — 17 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

20-¿San José puede ser verdaderamente llamado el padre de Jesucristo?
Aunque la concepción milagrosa de Jesucristo fue por obra del Espíritu Santo, no obstante, diremos que José era verdaderamente el padre del Salvador, y esto por muchas razones.

La primera, porque el Padre Eterno había cedido en la tierra todos sus derechos a José sobre su Hijo único; siendo por tanto José quien le impuso el nombre de Jesús, quien le circuncidó, quien le presentó en el Templo y le condujo todos los años a Jerusalén.

La segunda, porque le preservó del furor de Herodes conduciéndole a Egipto; le llevó a Nazaret para evitar la crueldad de Arquelao, que durante tres días le buscó después de haberle perdido; José es quien le alimenta, quien le cuida, quien le alberga, quien le ama con todo su corazón de verdadero padre.

La tercera es que José era verdaderamente esposo de María: María debe pertenecerle en toda propiedad, y por consiguiente, también el niño que dio a luz, en virtud del derecho que lo que está plantado o nace sobre el terreno de otro, pertenece a su dueño. Ved aquí el razonamiento de San Francisco de Sales:

«Si una paloma, dice con sublime sencillez este gran Santo, llevando en su pico un dátil, le deja caer en un jardín en el que nace una palma, ¿no se dirá que esta palma pertenece al dueño del jardín? Luego Jesús, divina palma cuyos frutos deliciosos alimentan al mundo entero, pertenece a José, porque sembrado por el Espíritu Santo, ha germinado en el seno de María, jardín cerrado del que José era dueño».

SAN JOSÉ, PATRONO DE LAS COMUNIDADES RELIGIOSAS.

San José tuvo la felicidad de pasar treinta años de su vida en la más íntima unión con Aquel en quien están encerrados todos los tesoros de la sagrada sabiduría. Los rasgos de este divino Niño se imprimían profundamente cada día en su alma ya tan pura y tan bien preparada, y el Corazón de Jesús aquel perfecto ejemplo de todas las virtudes, comunicaba sin cesar al de José sus sentimientos, sus disposiciones y sus divinos ardores.

Aunque la Escritura dice muy poco de las acciones de San José, ofrece poca dificultad a una alma contemplativa conocer, a causa de ese mismo silencio, que la vida de aquel gran Patriarca fue santificada por el ejercicio de las más sublimes virtudes. Pero nosotros nos limitaremos a meditar las virtudes fundamentales en que reposa la vida religiosa: la castidad, la pobreza y la obediencia.

Modelo de religiosos y religiosas, su casa fue el monasterio más santo que haya existido jamás, y él mismo siendo una especie de superior de las vírgenes de que su familia se hallaba compuesta, vivió en la práctica de la castidad, de la pobreza y de la obediencia más exacta, y en un retiro, una súplica y un silencio continuos. Y desde luego, ¡qué hermosa y admirable fue su castidad! ¡Perdonadme, Señor, si me atrevo a decir que los espíritus vírgenes que componen vuestra corte celestial no poseyeron jamás una pureza tan noble, tan gloriosa, tan útil, tan admirable como la de aquel hombre virgen sobre el cual os reposabais con delicia!

En las inteligencias celestes la castidad es solamente una cualidad natural, pero en José es el efecto de una gracia privilegiada; es necesaria y sin mérito en los ángeles, pero voluntaria, sin ejemplo y digna de una recompensa entera en el santo Esposo de María; los espíritus la conservan en una subsistencia impasible y José la hace triunfar en una carne frágil y sujeta a la corrupción; ella no posee más que el espíritu de los ángeles mientras que es la bella y blanca virtud del alma y del cuerpo purísimo de José. La virginidad de este santo Patriarca era, pues necesaria para el cumplimiento del misterio de la Encarnación tal cual había sido concebido en el Cielo.

El Hijo de Dios puede decir: «Sólo hay dos vírgenes en el mundo a quienes soy deudor de mi vida: a mi madre en la que tomé un nacimiento purísimo y enteramente divino, y a José que permaneció virgen para no impedir este milagro de gracia».

María puede decir a su vez: «No hay más que un Dios y un hombre a quienes debo el honor de mi maternidad divina: a mi Hijo que me escogió por madre y a mi casto esposo que es el guardián de mi virginidad, sin la cual nunca hubiera sido madre de Dios».

Unos labios mortales no sabrían expresar cuáles debieron ser la santidad y la inocencia del que fue escogido entre todos los hombres para ser el esposo y guarda de la más pura y santa de las criaturas, y cuánto más se embelleció su corazón por su unión con esta Virgen inmaculada.

José es quien, de concierto con su augusta esposa, han levantado el estandarte de la virginidad perpetua, bajo el cual ha venido a filiarse tropas innumerables de almas privilegiadas que, teniendo su corazón más grande que el mundo, han llevado sobre la tierra una vida angélica. Así que tiene una gracia particular para socorrernos contra las tentaciones de la carne, y su nombre invocado con confianza lleva consigo, como el de María, la idea, la impresión, el amor de la pureza y de la inocencia enteramente divina del Salvador Niño y de la integridad de la Reina de las vírgenes.

María encontró en José un celoso defensor del glorioso privilegio de su virginidad contra el hálito emponzoñado de las herejías que se esforzaban por mancharla: «Promptíssimus defénsor. contra derogántes virginitáti meae», dice María misma a Santa Brígida.

Almas piadosas, bajo la protección de José tendréis la dicha de conservar una virtud que constituye el más bello ornamento de la vida religiosa. A las vírgenes es a quienes Dios promete el céntuplo en esta vida y la gloria eterna en la otra. ¡Feliz el alma a quien da Dios esta santa vocación! Que las personas a las que no se ha concedido esta dicha, se acerquen en cuanto sea posible a la virginidad guardando fielmente la castidad conveniente a su estado.

Si recordamos que uno de los principales efectos de la santa humanidad de Jesucristo es purificar, santificar, divinizar en cierto modo, no solamente nuestras almas sino también nuestros cuerpos; que es en particular el principal efecto propio de la adorable Eucaristía; pensamos que el que tantas veces ha tocado con sus manos el Verbo hecho carne, mientras que le besaba más estrechamente por su fe y por su amor, como no haya sido santificado, espiritualizado, trasformado por decirlo así, por su divina palabra.

Nunca podremos admirar bastante la eminente pureza del corazón de José, esa incorruptibilidad de su alma, esa virginidad interior, ese perfecto desprendimiento de un espíritu enteramente purificado, esa sublime virtud que une al hombre íntimamente con Dios, que le familiariza con él, que le asemeja a él en cuanto puede asemejarse la humana naturaleza, que no deja en el alma más que inclinaciones virtuosas, impresiones divinas, pensamientos celestiales; esta delicadeza del corazón que no sufre el menor átomo que pueda ofender lo más mínimo los ojos de Dios.

San José amó y practicó la pobreza evangélica que debía servir de modelo a los religiosos. Fue pobre de espíritu y de corazón, sufrió las incomodidades de su pobreza sin quejarse; reducido a ganar su vida y la de su santa familia, se consideraba muy feliz con dividir con María la pobreza de Jesús que, poseyendo todas las riquezas, se hizo pobre por amor a nosotros; a su ejemplo, quiso vivir y morir pobre.

La obediencia de San José no es menos digna de nuestra admiración. Toda la santidad de este gran servidor de Dios tuvo por base la obediencia, y su vida fue, por decirlo así, una práctica continua de esta virtud. Obedece, sin murmurar al decreto de un emperador idólatra, que le obliga a dirigirse a Belén; acompaña a María al templo, cuando por cumplir con la ley, va a purificarse como una mujer ordinaria y a consagrar su Hijo al Señor. Obedece sin demora una orden del Cielo más rigorosa y más severa.

Después de su vuelta de Jerusalén, moraba tranquilamente en Nazaret con María. En el Paraíso no hay más delicias que en aquella santa casa; Jesús era el lazo que unía aquellos corazones y su amor común; vivían felices en su presencia como si estuvieran ya en el Cielo; pero he aquí una prueba que les manifiesta bien que están aún en la tierra. En medio de la noche, mientras las tres augustas personas que componían la santa familia dormían, un ángel del Señor aparece en sueños a José y le dice que salve por una fuga precipitada la vida del santo Niño. Obedece al instante sin murmurar y sin demora.

Así José es, después de María, el más admirable modelo que pueden proponerse imitar las personas consagradas a Dios en la religión. En efecto, es seguro que ningún fundador de orden ha dejado en lo que concierne a los votos religiosos de imitar ejemplos tan perfectos como nuestro Santo, puesto que ha sido un maestro excelente de castidad, de pobreza y de obediencia. En la pobre casa de Nazaret se veía el modelo más perfecto de la vida activa y contemplativa.

Muchas casas regulares, como lo demuestran hechos auténticos, han experimentado la eficacia de la protección de San José, sea para reclutarse cuando faltaban individuos, ya para sostenerse en épocas de escasez. Las comunidades religiosas serán siempre queridas de un santo, feliz con ver retratar fielmente la vida que Jesús llevo durante treinta años en Nazaret, en la oscuridad y bajo el yugo de la obediencia.

¡Glorioso San José, modelo de desprendimiento y de obediencia religiosa! ¡Oh! Vos que estáis coronado de lirios de la más pura virginidad; incomparable José, hemos aprendido ya de la divina Sabiduría, que nadie por sus propias fuerzas puede seguiros en esa gloriosa carrera; pero sabemos al mismo tiempo que este don precioso no puede negarse a aquellos por quien os dignáis pedir. Obtenednos, pues, una tan perfecta pureza de corazón, de espíritu y de cuerpo, para que participemos de la beatitud de aquellos de quienes se ha dicho: «Bienaventurados los que tienen puro el corazón, porque ellos verán a Dios».

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Todas las almas que aman a Dios, deben amar la soledad, hija mía, a fin de comunicarse más fácilmente con él, Dios no habla en medio del ruido de los negocios mundanos, porque no sería oído. Por consecuencia, los que no aman la soledad no pueden oír la voz de Dios.

EL ALMA: Padre mío, ¿qué entendéis por la voz de Dios?

SAN JOSÉ: La voz de Dios son las inspiraciones santas, los pensamientos e invitaciones con que nos consuela, guía, alegra y abrasa el corazón en el amor divino.

EL ALMA: ¿Pues qué no habla Dios a todos los que le buscan?

SAN JOSÉ: Sí, hija mía; Dios habla a todos los que le buscan; ¿pero puede decirse que buscan a Dios aquellos cuyo espíritu y corazón están siempre ocupados con los placeres o con los negocios, y que viven continuamente en medio de la agitación del mundo? Dios no estaba en la agitación cuando pasó delante de Elías en el monte Horeb (III Reyes, XIX, 11), sino en un céfiro tan suave que casi no se le percibía. Por tanto, lejos del ruido y del mundo es donde se le encuentra. En otro tiempo dijo a Oseas: «Conduciré el hombre a la soledad y hablaré al corazón». Cuando quiere atraer un alma así, la conduce lejos de las intrigas del mundo y del trato de los hombres; allí le dice palabras de fuego que la dilatan y trasforman, y entonces el alma se encuentran dispuesta a hacer todo lo que el Señor le exige.

EL ALMA: Según eso, ¿es una gran ventaja hacer los ejercicios en la soledad, pues que hacen adelantar al alma en la perfección del amor divino?

SAN JOSÉ: Sí, hija mía: esas ventajas son grandes, inmensas; y para comprenderlas acuérdate que la meditación de las verdades eternas, es indispensable a quien quiere trabajar con eficacia en su salvación. En efecto, si consideras el tiempo que Dios te concede para ganar el cielo, la obligación que tienes de amar a Dios sobre todas las cosas, la muerte, el juicio, la eternidad de las penas del infierno y las delicias eternas del Paraíso, no podrás permanecer indiferente a tan gran negocio, el único importante para ti.

Todas las verdades no se ven con los ojos de la carne, sino con los ojos del alma. Sólo Dios puede hacerlas gustar por la unción de su gracia y por su palabra interior; pero, ¿cómo podrás oírle en medio de tus parientes, de tus negocios, de los negocios domésticos, que absorben todas tus facultades? Por esto es por lo que los santos han dejado su patria y familia, y han ido a encerrarse en alguna gruta del desierto, o en la celda de algún convento. San Bernardo decía que había conocido mejor a Dios entre las hayas y las encinas de los bosques, que en todos los libros científicos que había estudiado.

El venerable padre Vicente Carafa decía que si hubiese podido desear alguna cosa en la tierra, hubiera sido una cueva, un poco de pan y un libro espiritual, para vivir lejos de los hombres y tratar sólo con Dios. Y con efecto, se conservan tan fácilmente la virtud en la soledad, como se pierde en las conversaciones del mundo, porque el objeto de ellas ordinariamente son los bienes temporales y cosas extrañas completamente a la eternidad.

EL ALMA: Entonces, padre mío, para encontrar la santidad, ¿será necesario retirarse a un desierto? Sin embargo, la mayor parte de los hombres se hallan en el mundo sin poder retirarse; ¿deberán renunciar a su salvación?

SAN JOSÉ: Hija mía, para encontrar la soledad no es necesario retirarse a un desierto: puedes hallarla en tu casa, en todas partes donde te llame tu deber. Recógete en tú misma; ponte de cuando en cuando en presencia de Dios ofreciéndole tus acciones, tus alegrías, tus penas, y encomiéndate a Él.

Evita las conversaciones y las visitas inútiles, y practica con fidelidad y amor los deberes del estado en que la Providencia te ha colocado. El que valiéndose del pretexto de unirse a Dios descuidase sus deberes y pasase los días en una muelle ociosidad, se hará culpable a sus ojos. Separa tu corazón y tu espíritu de las cosas terrenas y te hallarás en la soledad aunque estés en medio del mundo.

EL ALMA: Lo concibo bien, Padre mío. Pero la soledad en el mundo es mucho más difícil de conseguir que la de los religiosos; estos no son distraídos en sus santos pensamientos, y un alma obligada a vivir retirada en el mundo, no puede conseguirlo sin hacerse violencias continuas.

SAN JOSÉ: También la palma eterna de la victoria está prometida a los que más se violentan. Pero no te desanimes por eso; la gracia endulzará esos combates, y cada día te serán menos penosos. Además, si tus obligaciones te lo permiten, retírate todos los años para pasar algunos días en la soledad a fin de limpiar tu alma y purificarla de las manchas que puedas haberla echado en tu trato con el mundo; para renovar tu resolución y adquirir la fuerza necesaria para resistir las tentaciones que rodean al hombre por todas partes. Con estas precauciones participarás de las ventajas de las personas que por su estado disfrutan las dulzuras de la soledad, y trabajarás con suma eficacia en su salvación.

RESOLUCIÓN: Apartarse a menudo del ruido del mundo y escuchar la voz de Dios. Hacer cada mes un día de ejercicios.

Día 18

DÍA DÉCIMOCTAVO — 18 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

21-Habladnos de la turbación de José en el embarazo de María.
María, después de una ausencia de tres meses, pasados en casa de su prima santa Isabel, volvió a Nazaret con su esposo José, dejando a la naturaleza el cuidado de hacer conocer lo que la había sucedido en sí misma, y al Cielo el cuidado de justificarla. Reunidos aún bajo el mismo techo, los dos santos esposos vivían como antes de la partida de María, en la más profunda paz y en una alegría sin igual, cuando una circunstancia vino si no a afligir, al menos a probar el corazón de José.

María en efecto, había llegado hacia poco, cuando su esposo se apercibió sin que pudiera tener género alguno de duda, que estaba en cinta, y se turbó. Resolvió desde luego, nos dice la Escritura, separarse de ella, e iba a poner en práctica su resolución, cuando un ángel se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas el permanecer con María tu esposa, porque lo que en ella existe es obra del Espíritu Santo. Parirá un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, el que remediará a su pueblo y borrará los pecados del mundo».

SAN JOSÉ, NUESTRO MODELO EN LA FE.

Si como hemos demostrado en una meditación anterior, San José ha sido justo por excelencia, y si como dice el Apóstol, el justo vive de la fe, podemos pues creer legítimamente que la fe de San José ha estado en relación con su justicia, su santidad, y por consecuencia este gran Patriarca vivió la vida de la fe y fue por excelencia el hombre de la fe.

Sí, almas cristianas, San José vivió de la fe; obró, amó y pensó por la fe; se nutrió por la fe su inteligencia con las grandes verdades de la religión excitando en su alma los nobles sentimientos que las corresponden; por la fe en fin, cumplió las santas acciones por las que fue agradable a los ojos del Señor.

Consideremos hoy a este gran servidor de Dios bajo el punto de vista de la fe de que estaba animado, veamos cuáles fueron en él los caracteres de esta virtud que debemos poner en primer lugar, puesto que sin ella, como dice el Apóstol, es imposible agradar a Dios.

La fe de San José fue, pues, universal: en efecto, creyó todo lo que Dios ha revelado por sus profetas y esperado la venida del Redentor para la época que ellos habían prefijado; creyó en la Encarnación del Hijo de Dios, en el establecimiento de su reinado en el mundo y en los medios de santificación que debía proporcionar a los hombres.

La fe de José fue sencilla y dócil. En efecto, Dios no le manifiesta con un aparato imponente las verdades de que le hace depositario, no le habla en medio de los truenos y relámpagos, como al pueblo judío; ni del centro de una zarza encendida, como a Moisés, sino sólo por el ministerio de un Ángel, y aun este mensajero no se pone en relación con él cuando está despierto, como a Abrahán, Gedeón, Zacarías y otros; se le presenta al contrario, en medio del sueño y en sueños le instruye en el más grande, más admirable de los misterios, para decirle que María su esposa es la madre de Dios que dará a luz al Altísimo, que viene a salvar los hombres y podrá darle el nombre de Jesús.

Ahora bien, José en esta revelación como en las demás con que fue favorecido, cree simplemente en lo que Dios le da a conocer; no ruega al Señor como el hijo de Gedeón, que le patentice con milagros que no es juguete de ilusión, no; su corazón perfectamente dócil está bajo la influencia de la gracia, se adhiere enteramente a todo lo que le reveló el Ángel de parte de Dios.

El Ángel le habla y no necesita más, cree inmediatamente; cree que María es pura como el Cielo, que es el Espíritu Santo quien ha obrado en ella y que el hijo que nacerá de María será el Manuel que libertará al pueblo de sus pecados. José, es pues, después de María el primer creyente del misterio de la Encarnación, el primer confesor de la fe en Jesucristo, y el primer adorador de la divinidad del Verbo.

Y ved cuán grande y profunda es esta fe de José; parte de la tierra y se eleva a lo más encumbrado de los cielos, y aun hasta cierto punto tiene un grado más que la fe de María, porque María había visto realmente al Ángel Gabriel, puesto que en cierto modo había tratado y discutido con él la obra de la Encarnación divina; porque además las palabras y el anuncio del ángel se habían realizado y verificado en ella, y por consecuencia no podía dejar de creer; mientras que José no vio ni oyó al Ángel más que en sueños y lo que le dio como prueba de la inocencia de María no podía menos de confirmar sus dudas, porque este es el trastorno de todas las leyes naturales; es Dios mismo fecundando a la criatura.

La fe de José fue firme e inquebrantable; no tan sólo creyó que era el Espíritu Santo mismo quien había fecundado a María, sino también en la divinidad de Jesús, aunque una multitud de motivos contrarios se presentasen a su mente para destruir su creencia.

En efecto, ¿cómo podía creer que fuera el Eterno aquel niño que vio nacer en un establo, cuyos vagidos oyó y cuyas lágrimas vio correr? ¿Cómo podía creer que fuera el Todopoderoso quien se presenta a él con todos los signos de la debilidad? ¿Cómo podía creer que aquel es el árbitro de los acontecimientos y que dirige a su antojo las inteligencias y los corazones, cuando se ve obligado él mismo á trasportarle a un país extranjero, para sustraerle al tirano que quiere darle muerte? ¿Cómo podía creer que el Santo entre los Santos apareciera con las señales exteriores del pecado, que el Mesías prometido a la tierra, esperado por tantas naciones desde el origen del mundo, no sea más que un pobre trabajador, que trabajaba con él y ganaba como él el pan de cada día a costa del sudor de su frente?  Y sin embargo, San José le cree. Su fe no vacila por estas contradicciones aparentes que debían acudir a su mente.

No comprende cómo la grandeza soberana puede aliarse con semejante anonadamiento, pero no duda un sólo instante que Jesús no sea esta soberana grandeza; adora en él al Verbo divino, la sabiduría eterna, revestida con la naturaleza humana para salvar a los hombres. La fe de San José ha sido firme e inquebrantable, aunque muy probada. Añadamos que ha sido una fe práctica que le llevaba a obrar en todas circunstancias en armonía con lo que creía.

José creyó, y por consecuencia, se aplicó continuamente a alimentar su alma con las verdades reveladas; hizo de ellas la más dulce ocupación de su espíritu, grabándolas profundamente en su corazón; ha manifestado su convicción por sus sentimientos y por sus obras; siempre ha deseado y hecho el bien que ha podido y la fe le mostraba. Por la fe, comprende a qué grado de perfección le llama Dios, y para responderá su vocación sacrifica su propia voluntad, supera las repugnancias de la naturaleza, abraza una vida penosa y laboriosa, practica en un grado eminente las más excelentes virtudes.

Por la fe adora a Dios en Jesús, y honra a la Madre de Dios en la santísima Virgen. Por la fe obra como el más tierno de los padres, respecto al divino Niño, y como el mejor de los esposos con su santísima Madre.

Por la fe ejecuta puntualmente todo lo que se le marca: parte sin demora al Egipto y mora en él todo el tiempo que Dios quiere; sale de él para regresar a su patria, se entrega a los más duros trabajos, se prodiga a prestar sus cuidados al Niño Dios y a la Virgen Madre.

Así que, ¡cuántos méritos ha adquirido por esta virtud, llevada a tan alto grado de perfección!… ¡Ah! glorifiquemos, pues, a este gran servidor de Dios, que siempre ha tenido una gran fe tan universal, tan sencilla, tan ilustrada, tan firme, tan constante, y sobre todo tan fecunda en buenas obras. Pero acordémonos de que el verdadero medio de glorificarle por la fe que admiramos en él, es hacer cuanto nos es posible porque la nuestra tenga los mismos caracteres.

Y ahora, almas cristianas, examinémonos a la vista del modelo que acabamos de contemplar, y veamos si en algo nos parecemos a él. Estamos obligados a ello nosotros cristianos, que hacemos profesión de creer en Jesucristo y en todo lo que nos ha enseñado.

Sí, debemos tener una fe sencilla, entera, firme, sincera e inquebrantable; una fe, en fin, viva y práctica. ¿Tiene estos caracteres nuestra fe? ¿Nos adherimos simplemente e las enseñanzas de la Iglesia? ¿Nos aplicamos a no mirarlo todo más que por el prisma de lo sobrenatural? ¿Vemos en los pobres los amigos de Jesucristo? ¿Vemos a Dios lo mismo en las cosas grandes que en las pequeñas, en lo que nos parece oscuro, como en lo que comprendemos, en lo que nos contraría, como en lo que es conforme a nuestras inclinaciones?

En fin, ¿nuestra fe es práctica? ¿Qué efecto obra en nuestro espíritu y en nuestro corazón? ¿Nos aplicamos a ocupar nuestra inteligencia en santos pensamientos y en sostener en nosotros religiosos sentimientos? ¿Nuestras acciones manifiestan lo que hacemos profesión de creer, y no somos esclavos de los respetos humanos? ¡Ay! ¿No tememos que se nos eche en cara que pensamos de una manera y obramos de otra? Apresurémonos, pues, a cambiar de conducta y a dar a nuestra fe las cualidades que hemos admirado en San José.

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Oh! ¡Qué feliz seria, mi buen Padre, si pudiera recibir de vos algunas lecciones sobre la fe!

SAN JOSÉ: Hija mía, la fe es una virtud y un don de Dios comunicado al hombre por el bautismo y que le hace creer en todas las verdades que Dios ha revelado a su Iglesia, y que ésta le enseña: la fe es el fundamento de la esperanza y de la caridad. El que está persuadido de la existencia de Dios y de que es perfecto, espera en su bondad: le ama y como sabe que el pecado desagrada soberanamente a Dios, cuenta con su gracia y emplea todos sus esfuerzos para corregirse.

EL ALMA: ¿Cómo se prueban las verdades que la fe nos propone?

SAN JOSÉ: Las pruebas de las verdades que la fe propone, son: la santidad de su doctrina, la conversión del mundo entero, la estabilidad siempre uniforme de los dogmas, el testimonio de las profecías, el de los milagros, la constancia de los mártires. La incredulidad reconoce por causa, o la ignorancia voluntaria que rehúsa instruirse en las verdades de la religión, o la mala vida; porque dice San Juan: «los hombres se han negado a ver la luz, porque sus hechos eran malos».

El que ama el pecado quisiera aniquilar el pensamiento de Dios que debe castigarle, la de la muerte que debe separarle de todo lo que desea, del juicio que debe sufrir y de los fuegos eternos que serán el castigo de sus crímenes.

Trata de aturdirse para gustar en paz las alegrías de la voluptuosidad. Son además los malos libros y sistemas contra la fe… ¡Oh ingratitud de los hombres! Dios los ha creado para hacerlos enteramente felices; los ha colmado de luces y de gracias a fin de que pudiesen adquirir la vida eterna; los ha rescatado muriendo por ellos con un amor infinito, y estos hombres ingratos se esfuerzan en no ver para abandonarse a sus brutales pasiones. ¿Puede haber una ceguedad más deplorable?

EL ALMA: Gran santo, ¿qué nos decís de la fe de María, nuestro modelo después de Jesucristo?

SAN JOSÉ: La bienaventurada Virgen María es la madre de los creyentes, merece bien este título puesto que ella repara por su fe el mal que causó Eva por su incredulidad. Al dar su consentimiento para la Encarnación del Verbo, trajo la salvación a la tierra y abrió el Cielo, cerrado hacia tanto tiempo, Por su fe mereció María ser la luz da los fieles y la Reina de la fe ortodoxa; al mérito de su fe atribuye la Iglesia la extinción de las herejías, y San Ildefonso invita al hombre a reproducir en sí el sello de la fe que brilla en María.

EL ALMA: Pero ¿cómo imitar la fe de María?

SAN JOSÉ: La fe es un don de Dios que se le considera como una luz que ha derramado en nuestras almas; pero es también una virtud cuando se la practica y cuando conformamos nuestra vida a sus máximas. Cree verdaderamente el que practica lo que cree.

EL ALMA: ¡0h gran santo, cuán viva y constante fue la fe que brilló en vos! Ella os hizo caminar a grandes pasos en la senda de la perfección.

SAN JOSÉ: El que cree, hija mía, en Jesucristo y le ama sinceramente, piensa siempre en las máximas eternas y arregla a ellas su vida. Comprende, con el sabio, que toda la grandeza humana no es más que humo; que todo es vanidad fuera de amar a Dios y servirle; que el hombre no es más que lo que es ante Dios, y nada más; que para nada sirve ganar el universo, si se llega a perder el alma; que, sólo Dios puede contentar el corazón del hombre, y que hay que abandonarlo todo para alcanzar la eternidad bienaventurada. Otros cristianos creen, pero tienen una fa lánguida; creen los misterios y las verdades reveladas, mas no creen las que contrarían sus pasiones.

Jesucristo ha dicho: «bienaventurados los pobres, los que lloran, los que llevan su cruz, los que sufren persecución por la justicia». Ahora bien: ¿creen en el Evangelio los que dicen: dichosos los que poseen grandes tesoros que son honrados entre los hombres? ¿Creen los que se niegan a perdonar una injuria a pesar del ejemplo del Salvador y sus preceptos formales? Evidentemente no. Si los que niegan las verdades especulativas de la fe son heréticos, los que no arreglan su vida a las verdades de la fe son heréticos de hecho, según las siguientes palabras de Jesucristo:

«Amad a los que os aborrecen, orad por los que os persiguen, porque si no amáis más que a los que os aman, o si no hacéis bien más que a aquellos de quienes esperáis la recompensa, ¿qué mérito tendréis? ¿Los paganos y los publicanos no obran lo mismo?».

Sé, pues, cristiana, hija mía, por tus obras, que tu fe sea viva y ardiente, que anime todas sus acciones y serás una verdadera discípula de Jesucristo.

EL ALMA: Tenéis razón, oh mi buen Padre: una vida de fe es absolutamente necesaria para la salvación; ¿pero cómo he de vencer el respeto humano y las demás tentaciones del infierno?

SAN JOSÉ: Por la fe, hija mía. Como cederás ante el respeto humano, al pensar en estas palabras del Salvador: «Aquel que se avergüence de mi ante los hombres, yo me avergonzaré de él ante mi Padre celestial». Aunque el demonio es fuerte y sus tentaciones terribles, sin embargo, con la fe puedes salir victoriosa, como dice San Pedro:

«El demonio, vuestro enemigo da vueltas a vuestro alrededor como un león hambriento buscando a quien podrá devorar: resistidle, pues, cifrando vuestra fortaleza en la fe» (I Epístola V, 8 y 9). Como el escudo defiende al guerrero de las flechas enemigas, la fe defiende de todas las tentaciones del infierno. Ruega, pues, continuamente al Señor, con los apóstoles, aumente tu fe: «Dómine adóuge nobis fidem».

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente la fe de Dios. Creer firmemente y sin reserva todo lo que nos enseña la Santa Iglesia nuestra madre.

Día 19

DÍA DÉCIMONOVENO — 19 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

22- ¿A qué motivos se atribuirá la turbación de José su resolución de abandonar a María?
Si José se turba por la preñez de María, si resuelve separarse de ella secretamente, lejos de nosotros debe estar la idea de creer que José sospechase culpabilidad en su Esposa. Y ¿cómo podría creerla culpable, él, que conocía tan bien la belleza de su alma, su perfecta, pureza y las altas virtudes con que el Cielo la había adornado; él, que no podía dejar de admirar su rara modestia y su incomparable prudencia?

La determinación de José debe, pues, ser atribuida a otro motivo más digno de este santo Patriarca; luego este motivo no es otro sino su profunda humildad. Asegurado de la preñez de su Esposa, y no teniendo ninguna duda de su santidad, José se persuadió de que era la Virgen que Isaías había anunciado, y que el niño que llevaba era el Hijo de Dios mismo.

SAN JOSÉ, MODELO EN LA ESPERANZA.

De todos los sentimientos que se encierran en el corazón del hombre, la esperanza en Dios es la que parece agradar más a este soberano Señor, porque es el homenaje que se dirige más directamente a su bondad. Así que forma parte esencial del culto que le debemos y ella ha sido la virtud de todos los verdaderos adoradores.

Vemos efectivamente en las Santas Escrituras que Abrahán esperó contra toda esperanza al subir sobre la montaña para inmolar en ella a su hijo Isaac, puesto que Dios le había prometido que sería padre de una raza más numerosa que las estrellas del Cielo.

Vemos también al santo rey David poner en Dios toda su esperanza y tener una confianza plena y entera en su bondad. El santo hombre Job nos da también un bellísimo ejemplo de su esperanza en Dios, puesto que después de las pérdidas más crueles y en medio de sus innumerables dolores, exclama que aun cuando le matara esperaría aún en Él.

Matatías inspira el mismo sentimiento a sus hijos cuando los exhorta a que pongan su confianza en el Señor para triunfar de sus enemigos… La casta Susana viéndose atacada en su inocencia, levanta, llorando, sus ojos al Cielo, porque, nos dice la Santa Escritura, tenía confianza en el Señor.

Pero si todos los justos han glorificado la bondad divina por su esperanza, San José lo ha hecho de una manera mucho más excelente, puesto que fue eminentemente justo. Consideremos pues hoy bajo este punto de vista a nuestro glorioso Patriarca y reflexionemos en el objeto, en los motivos y en las cualidades de su esperanza.

Y desde luego San José no ha esperado las ventajas de la tierra comprendiendo demasiado bien la vanidad de todo lo que pasa. Lo que él ha deseado y esperado con confianza, es la protección de Dios, su bendición y su gracia, son los bienes eternos, es la corona que nunca se empaña. San José esperó la redención prometida a nuestros primeros padres; siempre abrigaba en su alma la esperanza de que el gran día de la venida del Salvador iluminaria al mundo en el tiempo señalado por los profetas.

Y cuando vio este día deseado, su esperanza se acrecentó más y más; tuvo confianza en que muy luego la Iglesia, la nueva Jerusalén vería acudir a todos los pueblos a su recinto, que el reinado de Jesucristo iba a establecerse por todas partes sobre la tierra, y a perpetuarse hasta la consumación de los siglos. El ángel al revelarle el misterio de la Encarnación le había dicho: «Daréis a este niño el nombre de Jesús, porque él es quien salvará a su pueblo librándole de sus pecados». Y José está seguro de que esta emancipación se hará y que también la primer falta será rescatada por Jesús y la inocencia volverá a los hombres.

He aquí cuál fue el objeto de la esperanza de San José; consideremos ahora cuáles eran los motivos de esta virtud. José esperó, porque tenía una gran fe en la veracidad de Dios. Conocía efectivamente las promesas divinas y sabía que el Señor cumple todo lo que promete; su fe le decía de antemano que el Cielo y la tierra faltarían, pero las palabras de Aquel que es la verdad por esencia no faltarían. Esperaba porque creía en la bondad y en el poder de Dios.

¡Ah! Entró muy adentro en el corazón de su buen Maestro él que fue el más fiel de sus servidores y vio que el sentimiento que le dominaba es la bondad, la misericordia; por lo que se entregó a la más dulce confianza, San José tenia por motivo de su esperanza la protección de María, las súplicas de esta augusta Virgen que ha sido llamada con justicia una poderosísima intercesora y a quien Dios nada puede negar.

Sin embargo, el mayor motivo de la esperanza de San José tenía por objeto el mismo Jesús. ¿Y cómo dejaría de tener una confianza ilimitada, cuando tenía en sus brazos el Mediador del Cielo y de la tierra? ¿Cómo hubiera podido dudar de los auxilios de Dios quien al rogarle le presentaba su adorable Hijo en estado de víctima suplicante? Los israelitas estaban llenos de confianza cuando tenían con ellos el arca del Señor: ¿cuánto mayor debía tenerla José que llevaba en sus brazos al mismo Señor?

Tales son en San José los principales motivos de la virtud y de la esperanza; pero consideremos además cuáles eran las cualidades.

La esperanza de San José fue constante y entera, firme, prudente y eficaz. A cada instante de su vida pudo decir a Dios: «Señor he esperado en vos desde mi primera juventud, espero ahora, y en la hora de mi muerte me dormiré en la esperanza». Sí, ha esperado en todo tiempo, lo mismo que en todas las circunstancias de su vida. Recordemos su viaje de Nazaret a Belén, y sobre todo la huida a Egipto.

No se turba, no se entrega a la inquietud, no concibe tristeza alguna, ni ninguna aprensión, aun cuando tenía tantos motivos aparentes: sabe que está en manos de Dios y confía en su paternal bondad. Notemos sobre todo, que jamás se apoderó de él el desaliento. Comprendía que este desfallecimiento del alma ultraja a Dios de la manera más sensible, en su tierno corazón, porque equivale a una declaración de que no se cree ya en su bondad y en los cuidados de su providencia.

Y notad, almas cristianas, que su fe no dejó de ser muy probada, y en efecto juzgad por su viaje a Belén, cuántas dificultades se presentarían a su espíritu para un viaje semejante; y sin hablar de las que procedían del estado de la Santísima Virgen, ¿no tenía las de lo largo del camino? ¿No necesitaba reunir provisiones suficientes, asegurarse asilos para la noche, y precaverse contra los rigores de la estación? Ahora bien, todo esto era punto menos que imposible a José, que no tenía más recursos que su trabajo diario. El viaje que emprende, iba a ser para él y para María una larga serie de sufrimientos, pero no se desalienta, espera en el Señor.

Vedle además recorriendo las calles de Belén, para encontrar un abrigo para él y para su esposa, y experimentar las más crueles repulsas. ¡Qué posición para este santo Patriarca, verse así rechazado con una esposa tan joven aun, tan delicada y en un estado difícil! Pero José no se queja, espera en el Señor. Y su viaje a Egipto ¡qué nueva prueba tan cruel! El ángel le había dicho que el Hijo de María salvaría á los hombres, y he aquí que el pobre carpintero, sin tener nada para su propia defensa, se ve obligado a huir para salvar al Niño.

Pero tampoco se desalienta José, pone su confianza en el Señor, obedece prontamente las órdenes que se le han dado persuadido de que si se le manda ir a Egipto, consiste en que es necesario para salvar la vida del Niño, así que lejos de desmayar la confianza de José, al contrario se vigoriza por la prueba. Y sin embargo, no creemos que la confianza de San José fue tal que nada hiciera por su parte para asegurar el logro de los designios de Dios.

No había en él inquietud, mas no había tampoco incuria. José, al confiarse en Dios obraba antes por su parte con todas sus fuerzas. Su esperanza fue conforme con las reglas de la prudencia, y no se asemeja en modo alguno con la presunción que cuenta que la Providencia hará todo por su parte sin que nosotros hagamos por la nuestra lo que nos sea posible. Consideremos, por último, los efectos de esta virtud en San José.

Por lo mismo que tiene una confianza tan perfecta, nada encuentra demasiado difícil en lo que Dios exige de él: rinde homenaje a la bondad divina y se asegura su protección; se fortifica contra la adversidad que le ataca apoyándose en Dios. Goza anticipadamente, hasta cierto grado, de las cosas que espera, y es feliz con lo que aún no tiene como si lo poseyera ya; se establece por su confianza una gran tranquilidad, no menos satisfactoria para su corazón que agradable a Dios, cuya providencia glorifica.

Esforcémonos, pues, almas cristianas, por ser, bajo el punto de la esperanza, dignos imitadores del glorioso san José; echemos de nuestro corazón toda ingratitud y nunca nos dejemos llevar del desaliento. ¿No es Dios nuestro padre Todopoderoso, y siempre lleno de bondad para nosotros? ¿Su providencia, novela por nosotros? Y además, ¿no estamos seguros de poder obtenerlo todo por Jesús nuestro medidor y por la intercesión de María nuestra buena Madre?

Oremos y trabajemos ardientemente en nuestra salvación, y en seguida excitemos en nosotros una gran confianza, que al mismo tiempo que nos llevará a hacer generosamente todos nuestros esfuerzos, nos dará la paz interior por la persuasión de que Dios bendecirá nuestros esfuerzos. ¡Oh, qué ventajosa nos seria semejante confianza! ¡Qué valor para el bien excitaría en nuestras almas! Por consecuencia, ¡cuántos méritos no adquiriríamos y qué homenaje no rendiríamos a la Providencia! Así Dios nos recompensaría con la paz del corazón en esta vida, y en la otra por un aumento de felicidad infinita, que es la única que puede llenar nuestros deseos.

COLOQUIO

EL ALMA: Bienaventurado San José, después de haberme instruido en la fe, ¿tendríais a bien hablarme de la esperanza?

SAN JOSÉ: La esperanza es un don de Dios, por la que esperamos con firme confianza, fundada en los méritos de Jesucristo, la eterna felicidad y los medios necesarios para conseguirla, es decir, la gracia de Dios que ayudará al hombre a vencer sus viciosas inclinaciones y a cumplir sus deberes. En cuanto a los motivos de tu esperanza, son la omnipotencia de Dios que puede salvarte, y su misericordia que así lo quiere.

EL ALMA: ¡Ay, venerable Padre mío! he ofendido tanto a Dios con mi vida, que no me atrevo a ir a Él con confianza, que sólo pueden tener sus hijos muy queridos y sus fieles servidores; él sólo debe mirarme con horror.

SAN JOSÉ: ¿Olvidas, hija mía, que la misericordia de Dios es infinita? «La misericordia rodea a aquel que espera en el Señor», dice David, y el Eclesiastés dice casi en los mismos términos: «Ninguno de los que esperaron en el Señor, fue confundido».

Cree en las divinas Escrituras y desecha esos pensamientos de desaliento que el demonio sugiere para perderte. ¿Puedes desesperar de tu salvación después de todo lo que Jesucristo ha hecho por salvarte? ¿No vino a buscar lo que estaba perdido? ¿No es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo? ¡Ay, hija mía! Te ha rescatado por atroces dolores y el suplicio cruel e infame de la Cruz: ¿qué puede negarte después de haberte dado semejantes pruebas de amor?

EL ALMA: Padre bondadoso, lo conozco; Dios es infinitamente misericordioso, no puede negar un perdón que se le pida en nombre y por los méritos de su adorable Hijo; pero una serie continuada de años pasados en el pecado, me han dado hábitos que no puedo vencer. Ahora bien; Dios, en su justicia, no puede perdonar los pecados al que no se enmienda.

SAN JOSÉ: Es verdad; pero cualquiera que sea la fuerza de tus hábitos puedes triunfar con el auxilio de la gracia, y Dios se ha comprometido a dártela. Jesucristo ha dicho: «En verdad, en verdad os digo; todo lo que pidáis a mi Padre en mi nombre, os será otorgado». Pídele de todo corazón la fuerza necesaria para vencer tus pasiones, y lo conseguirás; pero no te dejes arrastrar nunca por la desconfianza: esto sería pecar contra la esperanza.

EL ALMA: ¿Y de cuántas maneras se peca contra la esperanza?

SAN JOSÉ: De dos maneras: por desesperación, considerando el número y enormidad de las faltas, se duda de la misericordia de Dios, y se duda de su salvación, diciendo: «He pecado mucho y Dios no puede perdonarme». ¿Y quién eres tú para limitar así la bondad de Dios? Tú has cometido muchos pecados, hasta crímenes. ¡Ah!, detéstalos en buen hora; llorarlos es lo mejor que puedes hacer; pero no desesperes de tu salvación.

Mira el Corazón de Jesús abierto al arrepentimiento; óyele cómo ruega a su Padre celestial por sus verdugos. ¡Ah! Créelo, desea más vivamente tu salvación que tú mismo, y no puede hacérsele mayor injuria que dudar de su misericordia y de su amor. Judas, el infame Judas, le ha ultrajado de un modo más sensible desesperando de su perdón que entregándole a sus enemigos. Peca también por desesperación el que desconfía como tú a la vista de sus malas inclinaciones, y debilidades.

¡Ah! Si estuvieras solo podrías desesperar, porque el demonio te acecha incesantemente, como un león furioso para devorarte; pero Dios está contigo y es bastante poderoso para auxiliarte Ruégale, pues, hija mía, y pon manos a la obra; un hábito se vence por otro distinto, y la palma de la gloria no se alcanza más que por esfuerzos perseverantes; porque la conversión no es obra de un día; ora, vela sobre ti constantemente y cuenta con el socorro de Dios, que no te faltará.

EL ALMA: Seguiré vuestros consejos, ¡oh Padre mío! Pondré toda mi confianza en Dios, y cualesquiera que sean las faltas que pueda cometer, esperaré siempre en su misericordia.

SAN JOSÉ: Evita, hija mía, dar en el escollo opuesto, que es la presunción, segundo modo de pecar contra la esperanza. Debe contarse ilimitadamente con la misericordia de Dios y con el poder de su gracia: pero debes por tu parte trabajar asiduamente en evitar el mal y en practicar el bien.

Aquel que se apoyara en la misericordia de Dios para pecar más libremente, heriría más gravemente su justicia y su bondad. ¿Con que si Dios estuviera siempre armado de los rayos de su justicia, velarías más por tú? Y porque te se manifiesta con el semblante de un Padre tierno y compasivo, ¿no temes ultrajarle, herir su Corazón?

¡Este pensamiento horroriza! Se peca también por presunción cuando al contar con sus propias fuerzas, se expone voluntariamente a la ocasión del pecado. Finalmente, pecan también por presunción los que quieren conducirse por sí mismos por el sendero de la salvación.

No hay seguridad más que en la obediencia a los superiores espirituales, y los presuntuosos están expuestos a grandes caídas. No cuentes sólo contigo, hija mía; pon toda tu esperanza en Dios y en su santa Madre, que quiere ser la tuya: la Iglesia la llama esperanza, y el que pone la confianza en ella no será confundido.

RESOLUCIÓN: Hacer frecuentemente en el día actos de esperanza. No desconfiar nunca de la bondad de Dios.

Día 20

DÍA VIGÉSIMO — 20 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

23-¿En qué está basada la opinión que atribuye a la humildad de San José su resolución de abandonar a María?
La conducta de San José en esta circunstancia y la profunda caridad que, debemos suponer, existía en él, son razones más que suficientes para probar que la opinión que atribuye a la humildad de José la determinación de abandonar a María, es la única verdadera. Como José tenía un carácter excesivamente prudente, no se atrevió en semejante caso a preguntar nada a María, al menos para salir de su duda; no lo hace, pues, no la dirige la más mínima observación, ni mucho menos la hace verter lágrimas.

Además, abandonar a María en esta circunstancia no hubiera sido un acto de un corazón grande, generoso y profundamente caritativo, porque, o había duda en San José, o certeza de la culpabilidad de María. Si había duda, José debió decidirse a abandonarla. Si tenía certeza, entonces debía su caridad, sino obligarle a quedarse con María, al menos inclinar su corazón al perdón, y no exponer de nuevo a su esposa. Esta es la opinión de un gran número de santos. San Basilio dice:

«Que José juzgándose indigno de ser esposo de una mujer tan perfecta y tan privilegiada, creyó debía abandonar su estancia». San Jerónimo usa poco más o menos del mismo lenguaje. Santa Brígida asegura, que tal fue el verdadero motivo de la determinación de San José. En fin, Santo Tomás es de la misma opinión: «Si San José, dice, quiso separarse de su esposa, no fue porque creyese criminal, sino por respeto a su santidad, juzgándose indigno de permanecer en su compañía».

SAN JOSÉ, MODELO DE CARIDAD.

Jesucristo, antes de confiar a San Pedro una gran misión, le preguntó por tres veces: «¿Me amas?», y sólo cuando el apóstol le respondió por tercera vez: «Sí, os amo», fue cuando puso a su cargo la Iglesia. Con esto nos quiso enseñar el divino Maestro, que sólo son dignos de grandes cosas los que abrigan en su corazón un grande amor, y que Dios no confía lo que tiene de más querido, sino a las almas abrasadas por el fuego de la caridad.

De esta sola consideración debemos deducir que San José poseía un perfecto amor a Dios, porque después de María, nadie ha sido llamado a mayores cosas, nadie ha recibido misión más importante, nadie ha tenido bajo su guarda personas tan queridas de Dios.

Considerémosle hoy, almas cristianas, como un modelo de amor divino. Reflexionemos que solamente amó a Dios y a Jesucristo su adorable Hijo, que los amó con todo su corazón, con toda su alma y que por eso estuvo siempre dotado de una caridad perfecta.

Estudiemos la caridad de San José en sus principios, a fin de iluminarnos para amar a Dios como él le amó. San José brilló en amor de Dios porque estuvo provisto de grandes gracias, a las que siempre permaneció fiel; porque lleno de buena voluntad, procuró ser dócil a las solicitudes del espíritu del amor que tenía en su corazón; porque se consagró con todo el ardor de su alma, al cumplimiento del más grande de los preceptos, que dice: «Amarás al Señor tu Dios».

San José brilló en amor de Dios, porque su corazón tan bien dispuesto tuvo la unión más estrecha con el de María. ¡Ah! ¿Cómo no había de estar abrasado en el amor divino, si estuvo durante treinta años comunicando con María, la Madre del puro amor, la Virgen, que por sí sola amó más a Dios que le han amado los santos y los ángeles juntos? Sin embargo, la primer fuente del amor divino de San José, fueron sus relaciones con el Niño-Dios

¡Ah! Cuando se recuerda que fue su padre y su protector en el mundo; cuando se recuerda que contempló tantas veces aquellas manos divinas, que por amor debían operar tantos prodigios, aquella boca divina sonriéndole amorosa, de la cual tenían que salir toda la enseñanza de la ley de amor, aquellos divinos ojos que reflejaban un alma todo amor; cuando se considera a José teniendo en sus brazos al divino Niño, besándole con una ternura a que sólo igualaba su respeto; cuando se le contempla con su corazón colocado tan cerca del de Jesús, entonces se comprende bien que después de María nadie haya amado tanto a Dios.

¡Oh! ¡José, qué feliz sois en haber sido favorecido con tantas gracias, y más aún en haber sabido corresponder a ellas! ¡Qué feliz sois en haber tenido tales relaciones con Jesús y con María! ¡Vuestra humilde morada de Nazaret era el hogar de la caridad! Imagen de la Jerusalén celestial, sólo se oían en ella cánticos de puro amor.

Pero no nos limitemos a considerar el objeto y las fuentes del amor divino de San José; reflexionemos sobre sus principales cualidades. El amor de Dios, de que San José estuvo abrasado, era un amor generoso, que le llevaba a cumplir con desinterés y alegría los más numerosos y mayores sacrificios; era un amor invencible, que no podía ser detenido ni sobrepujado por ningún otro; era un amor noble qué no conservaba afición alguna a los placeres, los honores ni los bienes de este mundo.

El corazón de José amaba a las criaturas, no por ellas, sino por Dios; las quería, pero sólo en cuanto podían unirle más estrechamente a este soberano bien. Bajo la influencia de este sentimiento, José pensaba únicamente en el Dios que amaba; su espíritu, de acuerdo con su corazón, jamás se separaba del único objeto que debe ocupar nuestro pensamiento. Su amor a Dios era el único que inspiraba todas sus acciones. Si oraba, si hablaba, si trabajaba, era por amor y para acrecentar su amor. Así, como David decía: «He hablado porque he creído», San José podía decir: «He pensado, y he obrado, porque he amado a Dios».

José era, pues, un Serafín terrestre que se consumía en presencia de Dios. No solamente el pecado no pudo jamás apagar en su alma el fuego de la caridad, sino que jamás experimentó disminución alguna. José amó siempre a Dios todo lo que pudo, y se dedicó constantemente a amarle más. Su amor no hizo otra cosa que aumentar, porque encontraba alimento en los consuelos espirituales, en las contradicciones y en las pruebas: alcanzó su perfección en la hora suprema en que el Serafín terrestre abandonaba este mundo para ir a colocarse en el otro en el primer puesto entre los serafines.

Después de haber considerado el amor de que se hallaba animado el corazón de José, reconcentrémonos, almas cristianas, y veamos en qué estado nos hallamos respectó a este asunto. ¿Amamos verdaderamente a Jesucristo? ¿Es efectivamente el primero y único objeto de nuestras afecciones? ¿Le invocamos a menudo de todo corazón, o las palabras «Señor, yo os amo», son una nueva fórmula sin realidad, que repetimos por costumbre, sin que exprese el estado de nuestra alma? ¡Ay! Tal vez nuestra: conciencia nos responda que nuestro corazón, en lugar de elevarse a nuestro Criador, recuerda con frecuencia las afecciones de la tierra.

¡Ah! Si es así, apresurémonos a romper muestras cadenas. Dios nos presenta la gracia; esforcémonos por corresponder a ella, a fin de que no haya en nuestros corazones más que un puro amor que sea como el de José, noble, generoso y meritorio a los ojos de Dios.

Sí, tal es el amor que debemos tener. ¿Y por qué no hemos de aspirar a poseerle? ¿No podemos irle a buscar a los mismos manantiales que San José, al Corazón Inmaculado de María, y mejor al Sagrado Corazón de Jesús? ¿No podemos con la meditación contemplar al Niño-Dios, obrando los misterios de su amor? ¿No hablamos con nuestro dulce Salvador cuando elevamos nuestras oraciones? ¿Y sobre todo, no experimentamos toda la influencia de su Alma amorosa cuando le recibimos por la sagrada comunión?

¡Ah! ¿No es el más admirable de los misterios que nuestro corazón se una con tanta frecuencia al Corazón de Jesús, y que no tenga mayor participación en las llamas de su amor? Pues veamos si la causa existe en nosotros.

¡Hagamos todo lo que nos sea posible para que nuestras comuniones sean fervientes: cuánto provecho sacaremos entonces de ellas! ¡Aumentaremos mucho nuestro amor, y por consecuencia serán más rápidos y mayores nuestros progresos en el camino de la perfección!

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Oh mi glorioso Padre! Vos que a ejemplo de María tanto habéis amado al prójimo, enseñadme qué es lo que debo hacer, para marchar sobre vuestras huellas y practicar perfectamente la caridad.

SAN JOSÉ: Conviene, mi querida hija, practicar la caridad con todo el mundo, en palabras, pensamientos y acciones.

En cuanto a los pensamientos, hija mía, destierra de tu corazón toda mala sospecha contra tu prójimo; es un pecado sospechar de los demás sin razón, y un pecado grave creer en sus sospechas y comunicarlas a los demás. El Salvador ha dicho: «Seréis juzgados como hayáis juzgado a los otros» (Mateo VII, 21). He añadido sospechar sin razón, porque si hubiera motivo para creer el mal no habría pecado.

Sin embargo, procura hija mía, echar de tu corazón toda sospecha injuriosa contra tu prójimo: «La caridad no piensa mal», dice el apóstol. La caridad ordena que nos alegremos del bien de otro, desechando la envidia que nos inclina a sentirlo.

San Gregorio observa, sin embargo, que el hombre puede regocijarse con la caída de su enemigo, si esta caída es un bien para la salvación de su alma; puede sucederte también que sin envidiar la prosperidad de otro, sentir que se sirva de ella para ofender a Dios y oprimir a los demás.

Mucho es haber desechado la envidia de sus pensamientos a fin de sustituirla con los sentimientos de amor al prójimo; equivale a haber cortado el mal de raíz, y quien ha conseguido hacer que reiné la caridad en su corazón, no peca contra esta hermosa virtud.

Pero no se corrigen en un día los malos hábitos; hay que tratar de arraigar en su espíritu y sus pensamientos la caridad para con el prójimo, y al mismo tiempo procurar no ofenderle de palabra. Para esto, hija mía, comienza por abstenerte cuidadosamente de toda maledicencia, porque el maldiciente es aborrecido de Dios y de los hombres.

EL ALMA: Gracias a Dios no tengo la culpable conducta de hablar mal del prójimo.

SAN JOSÉ: Se murmura también cuando se niegan las buenas acciones del prójimo, ya directa o indirectamente, por cierta incredulidad, una sonrisa burlona, etc.

Algunos maldicientes, para contrastar su maldad, empiezan por alabar a la víctima antes de clavarla el puñal: «es un hombre de talento, dicen, pero es vano y orgulloso, quiere que todo el mundo piense como él»; «esta mujer es generosa, pero vengativa»; «esta otra es dulce y buena, pero carece de energía», etc.

Cuando oigas murmurar, hija mía, guárdate bien de manifestar satisfacción; si tienes autoridad, impón silencio, si son tus iguales, toma la defensa de la persona acusada, si puedes; si no, muda de conversación o retírate; si estás con personas superiores a ti y el respeto o el bien parecer te cierran la boca, manifiesta en tu aire indiferente y reservado que te desagrada la conversación.

EL ALMA: Ahora, mi buen Padre, dignaos enseñarme cómo debo practicar la caridad respecto del prójimo en acciones.

SAN JOSÉ: Muchas gentes, hija mía, afectan en sus palabras una gran caridad, pero no sufrirían la más leve privación para socorrer u obligar al prójimo; sus obras desmienten sus palabras. Los santos, al contrario, están siempre prontos a volar al socorro de aquellos que los necesitan, porque saben que Dios no deja la caridad sin recompensa. La Escritura dice que la limosna liberta al hombre de la muerte, le purifica de sus pecados y obtiene la misericordia de Dios y la salvación eterna. Por limosna se entiende, no solo el dinero que se distribuye a los pobres, sino todos los servicios que se prestan al prójimo.

San Teodoro ayudaba a todas sus hermanos en sus trabajos. Santa María Magdalena de Pazzi, se encargaba sola de los trabajos extraordinarios que había que hacer en la comunidad. Ayudaba además a sus compañeras en sus trabajos más penosos. Imítala, pues, hija mía; sé complaciente y cuando estés fatigada, mira a tu Salvador cargado con su Cruz; entonces tu trabajo te parecerá ligero, Dios te ayudará como has ayudado a los demás.

Porque el Salvador ha dicho: «Se os medirá con la misma medida con que hayáis medido a los demás» (Mateo VII, 2). El mejor acto de caridad es procurar a su prójimo los bienes espirituales. Tanto cuanto el espíritu es superior al cuerpo, otro tanto más meritoria es la caridad que se ejerce con el alma del prójimo, que lo que se hace a su cuerpo.

RESOLUCIÓN: Procurar cuidadosamente no sospechar del prójimo sin razones graves. Nunca hablar mal de él, y acordarse que el prójimo es nuestro hermano y el hermano de Jesucristo.

Día 21

DÍA VIGÉSIMOPRIMERO — 21 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

24- ¿Cuál es la opinión respecto de esto de San Francisco de Sales?
La opinión de este santo, es también que José no sospecho de María, sino que mirándola como la esposa del Espíritu Santo, se creyó indigno de vivir con ella, y resolvió separarse, pero oigamos las textuales expresiones de este gran santo: «La humildad de José, dice, fue causa de que quisiera separarse de María cuando la vio encinta»; porque, dice San Bernardo, en sí mismo hizo este razonamiento: «¿Qué es esto?

Estoy seguro que María es virgen, porque juntos hemos hecho el voto de guardar nuestra pureza y virginidad, a lo que jamás querrá faltar: pero yo veo que está en cinta y que es madre: ¿cómo, pues, se podrá hacer que la maternidad se amalgame con la virginidad, y que la virginidad no impida la maternidad?

¡Oh Dios!, exclama: María, ¿será acaso la gloriosa Virgen de quien los profetas asegura concebirá y será Madre del Mesías? ¡Oh! Si es así lejos de mí el pensamiento de permanecer a su lado, yo que soy tan indigno más vale que la abandone secretamente y que no continúe en su compañía». «Sentimiento de humildad admirable, dice San Francisco de Sales, y que fue causa que san Pedro, trasportado de semejante opinión de humildad, exclamara en la barca en que se encontró con Jesús: “Señor, apartaos de mí, porque soy un hombre pecador”».

SAN JOSÉ, MODELO DE PACIENCIA.

La virtud de la paciencia consiste en la posesión de sí mismo por motivos sobrenaturales y en sufrir con calma y resignación y con una completa confianza en Dios, los numerosos trabajos de esta vida: ved ahora, almas cristianas, el modo que tuvo José de practicar esta virtud en grado eminente. José ha experimentado inefables consuelos, pero también ha tenido que sufrir numerosos trabajos. Verá su familia decaída de su antiguo esplendor, y él en la triste necesidad de pasar una vida enteramente dedicada al trabajo y llena de abnegación.

¡Y cuántas contradicciones experimentaría este hijo de David ejerciendo la humilde profesión de carpintero y colocándose bajo la dependencia de los que iban a proporcionarse trabajo! ¿Pero cuáles no habrán sido sus sufrimientos desde la Encarnación del Hijo de Dios? ¡Ah!, en verdad que ha experimentado por completo que en todo aquello que interviene Jesús va acompañado de su cruz y de su corona de espinas, y en comprobación de esto veremos que desde el momento en que le fue confiada la guarda del divino Niño, todo fue para José una cadena no interrumpida de contratiempos.

Aunque José y María eran pobres en Nazaret, poseían no obstante una casa, pero en el momento en que Jesús hace su entrada en el mundo apenas se encuentra albergue para ellos y se ven precisados a refugiarse en un establo abandonado. Vivían juntos en su modesta habitación, pero con una existencia tranquila; haciéndose superiores a la pobreza con ánimo firme y por un trabajo constante, cuando he aquí que la venida de Jesucristo es para ellos como un origen de calamidades; a partir de este punto, la vida de José es un cúmulo de penas, de dificultades, de contradicciones.

Ha tenido, pues, que sufrir mucho bajo todos conceptos; pero cualesquiera que hayan sido las pruebas que ha experimentado, jamás pueden turbar la paz de su alma; en medio de sus dolores no sabe otra cosa que adorar y bendecir la mano de Dios, de la que recibe igualmente los bienes y los males.

Admiremos, pues, a nuestro glorioso patrono practicando con tal perfección la virtud de la paciencia; felicitémosle de haberse, mostrado tan grande en la adversidad y procuremos descubrir el origen de aquella grandeza de alma que hemos reconocido en él.

José ha sido paciente porque apreciaba las cosas bajo su justo aspecto y jamás se dejaba guiar por ninguno de esos sentimientos exagerados que son con tanta frecuencia la causa de nuestra falta de resignación; ha sido paciente porque era humilde de corazón y para nada tenía en cuenta el amor propio que en el fondo constituye por sí solo la verdadera causa de todas nuestras impaciencias.

José ha sido paciente porque era fiel a la gracia, que siempre es proporcionada a la magnitud de nuestras pruebas, y porque vivía en la fe. Convencido de que nada nos sucede sin particular disposición de Dios, el cual sólo quiere lo que es para nosotros causa de nuestra salvación, sólo veía en las numerosas ocasiones que tuvo que sufrir, los efectos de la bondad divina y los misteriosos caminos de la Providencia.

Consideraba además la paciencia de Dios que hace salir el sol sobre los buenos y los malos, y ponía todo su empeño en imitarla. Además la fe le hacía entrever aquella patria celestial en la que el soberano Maestro recompensa con tanta liberalidad a las almas pacientes y resignadas, en la que todo trabajo sufrido por su amor nos vale un caudal eterno de gloria, en la que el más pequeño sacrificio es recompensado con una felicidad incomparable, José ha sido también paciente a causa de sus relaciones con María y principalmente con Jesús.

Pues qué, ¿no veía a su augusta esposa sufrir con él, del mismo modo que él y aun todavía más? ¿No la consideraba con la mayor atención en aquellos momentos en que cumplida en parte la profecía del anciano Simeón, atravesaba su corazón de madre una espada de dolor? Además siempre la encontró en un todo resignada con su voluntad divina y repitiendo incesantemente con los afectos de su corazón aquellas palabras: «Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí sus adorables designios». ¡Ah! su corazón que tan dócil era a la influencia de María, ¿dejaría de participar de aquellos sentimientos de paciencia y resignación?

Pero el verdadero origen de la paciencia de San José provenía a no dudarlo de sus relaciones con Jesús. Era verdaderamente imposible que su alma no tuviera una completa resignación para sufrirlo todo al contemplar con sus propios ojos el estado a que se había reducido el divino Maestro, al ver al mismo Dios constituirse víctima por nosotros, tomando sobre sí nuestras enfermedades, escogiendo una senda llena de dolores, resignándose a todo género de contradicciones y manifestando en todos sus actos que sólo buscaba la privación y el trabajo.

Por las predicciones de los profetas sabía José una parte de lo que debía sufrir Jesucristo en la Pasión. Abríase a sus ojos el velo de un porvenir que debía pasar en la tierra, y que le permitía contemplar al Verbo divino consumando en el Calvario su sangriento sacrificio.

¡Ah! ¿Qué afectos agitarían su corazón al pensar que Jesús había venido al mundo para experimentar toda suerte de contradicciones; que debía, para expiar nuestras culpas, ser perseguido, despreciado, ultrajado, tratado como un hombre de la hez del pueblo, puesto en la clase de los malhechores, que se le podría con todo rigor llamar varón de dolores que sabe lo que es sufrir?

¿Qué sentimientos inundarían su alma cuando al contemplar al niño Jesús en medio de las gracias de la primera edad, recordase aquellos pasajes de los Profetas: «Le hemos visto, pero no le conocimos; le reputamos como un leproso herido de la mano de Dios; nada ha quedado sano de todo su cuerpo; ha sido cubierto de heridas a causa de nuestros pecados»?

Dominado por estos pensamientos el glorioso San José, su más ardiente deseo debía ser el de sufrir mucho en este mundo para ser más conforme al divino Maestro que por nuestro amor iba a experimentar tantos sufrimientos.

Considerado, pues, bajo el punto de vista de la fe, san José ha sido un modelo de paciencia, y por lo tanto, ha sacado los más preciosos frutos de ella: en el ejercicio de esta virtud ha encontrado la paz del alma, un aumento de fuerza y una fortaleza que le han hecho superior a todas las pruebas, un manantial de numerosos méritos. Por medio de esta virtud se ha manifestado como verdades ro amigo de Dios, que reconoce en estas pruebas a los que son sinceramente suyos, y que no puede dejarse vencer en generosidad.

Como criaturas pobres y miserables que somos, dice San Francisco de Sales, «apenas podemos hacer en esta vida otro bien que sufrir alguna adversidad». Cuando nos veamos, por lo tanto, rodeados de aflicciones y trabajos, aceptémoslos voluntariamente de la dulcísima mano de nuestro Dios como si le viéramos presente, ofreciéndonos a sufrir más todavía si tal fuese su voluntad. Procuremos penetrar el espíritu de estas palabras y hagamos cada día nuevos progresos en la práctica de la paciencia.

Busquemos la gracia de esta virtud en el mismo origen que lo hizo San José, es decir, en el espíritu de fe y en el deseo de copiar en nosotros a Jesucristo. ¿Qué son las penas que experimentamos en esta vida, comparadas con lo que merecemos? ¿Siendo dignos del infierno por nuestros pecados, podremos encontrar muy pesada la cruz que nos envía la Providencia? ¿Qué son nuestros dolores, aún los más terribles, comparados con los de Jesús? ¿Y siendo nosotros los discípulos del Dios del Calvario, habrá de faltarnos la resignación y la paciencia? ¡Qué contradicción!…

¡Ah! Fijemos nuestros ojos al Crucifijo, recordemos les sufrimientos de nuestro adorable Salvador, y meditemos, que solamente los que se le parecen, entrarán en el número de los predestinados. Hagamos por nuestra parte los mayores esfuerzos para ser pacientes y resignados como San José, y pidamos a Dios la gracia por su poderosa protección que tan favorable nos ha sido siempre.

COLOQUIO

SAN JOSÉ: Acabas de meditar, hija mía, sobre la paciencia que tuve mientras viví en la tierra. Me has dicho muchas veces que querías imitarme; pues bien, practica la paciencia. «La paciencia, dice el apóstol Santiago, produce una obra perfecta». Y, en efecto, hija mía, es un sacrificio que el hombre ofrece a Dios, porque sufriendo sus penas y reveses nada pone suyo; no hace más que aceptar la cruz que tiene a bien enviarle Dios.

El hombre sufrido es más estimable y más feliz que el sabio, porque el destino del hombre sobre la tierra, ya sea justo o pecador, es sufrir: falta siempre alguna cosa a la felicidad del hombre, peregrino en la tierra; uno es probado por la pobreza, otro por la enfermedad, aquel por la envidia de sus vecinos, este otro por las contrariedades domésticas.

Ahora bien; es sabio a los ojos de Dios quien acepta los dolores de su situación sin murmurar y se crea por este medio méritos, para alcanzar el cielo. Lee la vida de San Alfonso, verás que siempre vivió en medio de las tribulaciones. Salomón sólo vivió rodeado de placeres y quizás por esto se perdió; según dice San Jerónimo.

El apóstol dice «que todos los predestinados deben ser semejantes a Jesucristo» (Romanos VIII, 29). Ahora bien; la vida de Jesús fue una vida de sufrimientos y privaciones; no conviene, pues, quejarse. «Si sufrimos con Jesucristo, añade el apóstol, seremos glorificados con Él» (Romanos VIII, 17). La impaciencia sólo sirve para acrecentar los pesares, y sucede con mucha frecuencia que al querer huir de una cruz, se encuentra otra más pesada aún. Por la paciencia, hija mía, adquirirás muchos méritos, aligerarás tu carga y gozarás de una gran paz.

La vida del cristiano debe ser una pasión continua, dice San Agustín; y San Gregorio Nacianceno dice que las almas nobles cifran sus riquezas en ser pobres, su gloria en ser despreciadas, su alegría en huir de las alegrías del mundo. Debes, hija mía, cuando te castiga, dar gracias a Dios, porque San Pablo dice: «El Señor castiga a los que ama, pega a los que recibe en el número de sus hijos» (Hebreos XII, 6). No envía cruces para perder al hombre sino para salvarle.

EL ALMA: Mi querido Padre, sucumbo bajo el peso de las cruces que me abruman; no tengo fuerzas para llevarlas.

SAN JOSÉ: Si la fuerza te falta, hija mía, pídesela a Dios; ha prometido oír a todos los que le invocan. ¡Oh! Si el Señor te priva de un pariente, de un amigo; si te ha quitado la salud, si permite que seas perseguida, humillada, resígnate y día con el buen ladrón: «Nosotros sufrimos justamente la pena que hemos merecido» (Lucas XXIII, 41). Esta humilde aceptación le valió el Cielo. Consuélate, pues, hija mía; si Dios te castiga en este mundo, es porque puede hacerte gracia en el otro.

Que la idea del Cielo te aliente en tus dolores; para ganarle todas las penas y fatigas son ligeras. A cualquier precio que compres la posesión de Dios, te saldrá barata. No se puede ganar a Jesucristo si no se sabe sufrir por Él, y las almas que comprenden el lenguaje del amor, cifran su dicha en la Cruz. ¡Ah! hija mía, si tu amor no es bastante vivo para hacerte soportar tus penas con paciencia, echa una ojeada al infierno que has merecido. A esta vista tus sufrimientos, cualesquiera que sean, te parecerán dulces.

San Juan de la Cruz decía: «Señor, sufrir y ser desgraciado por Vos». San Próspero mártir decía al tirano: «Atorméntame cuanto quieras, y sabe que para el que ama a Jesucristo nada hay más agradable que sufrir por Él». San Gordiano, amenazado con los más crueles suplicios, respondió: «Siento no poder morir más que una vez por amor a Jesucristo».

EL ALMA: Es verdad, Padre mío; pero el corazón se rebela contra el sufrimiento, y a pesar de mis resoluciones, las penas presentes absorben mi atención, y no pienso o pienso poco en la otra vida.

SAN JOSÉ: ¡Ay, hija mía! Si no se debiera sufrir en el Infierno más que penas ligeras, como deben ser eternas, deberías evitarlas sufriendo con paciencia los males que deben concluir; pero en este lugar horrible estarán reunidos todos los tormentos, y no concluirán jamás.

EL ALMA: ¡Oh bienaventurado San José! Los ejemplos de paciencia que habéis dado al mundo, y la unción de vuestras palabras, me animan a sufrir en adelante con paciencia la cruz que le plazca a Dios enviarme. ¡Pero cuánta necesidad tengo de practicar esta virtud! Acudid, pues, en mi ayuda, os lo suplico; pedid también a María que acuda en mi socorro, y ambos obtenedme de Dios la SANTA VIRTUD DE LA PACIENCIA.

Día 22

DÍA VIGÉSIMOSEGUNDO — 22 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

26- ¿Por qué José y María fueron a Belén en el momento en el que el Mesías iba a venir al mundo?
Se acercaba el momento en que el Mesías prometido iba a aparecer, cuando César Augusto, queriendo conocer el número de sus súbditos, ordenó que se hiciera un empadronamiento general en todo el imperio.

Además, Quirino, prefecto de Siria y ministro del emperador, prescribiendo que el padrón se hiciera por familias en los mismo lugares de su origen, obligó a José y María ir a Belén en el momento en el que el Divino Niño debía aparecer en el mundo, resultando de aquí dos legítimas consecuencias a saber: que Belén iba a ser, según las profecías, el lugar del nacimiento del Mesías y que su descendencia de David iba a ser constatada legítimamente.

José y María, que eran de la línea de David, oriundos de Belén, fueron a esta aldea para obedecer las disposición del edicto; pero sea la afluencia de los viajeros, sea sobre todo, porque el Cielo lo quería así, no encontraron donde albergarse; los dos santos esposos viéronse obligados a retirarse a una gruta abandonada, que servía de asilo a los pastores y ganado en los días de tempestad; allí fue, lejos de las miradas de los hombres, en el invierno, a media noche, donde nació el divino Jesús, Hijo de Dios Padre, que por su pasión y muerte debía librar al hombre de la esclavitud del demonio, y ponerle en aptitud de ganar el Cielo.

26- ¿Por quién fue circuncidado el niño Dios, nombrado y presentado en el templo?
La ley de Moisés ordenaba que todo niño varón fuera circuncidado al octavo día de su nacimiento. Fue, pues, José el ministro en esta sangrienta ceremonia, como lo afirman San Epifanio, San Efrén, San Bernardo y un gran número de otros santos. Y ademas, todo nos inclina a creer que fue así, observando que no obligaba la ley a llevar los niños al templo, y que el empadronamiento detenía a José en Belén, no permitiéndole satisfacer este piadoso deber.

Él fue quien, por obedecer a las órdenes que había recibido del Cielo, impuso un nombre al niño, llamándole Jesús, nombre de esperanza sobre todo hombre; nombre que el cielo, la tierra y los infiernos adora; nombre, en fin, que alegra a los santos, consuela a los hombres y hace temblar a los demonios. Fue José también quien en Jerusalén, donde había ido con María para obedecer a los preceptos del Levítico, rescató al niño Jesús mediante cinco siclos de plata, ofreciendo dos tórtolas en sacrificio.

RECONOCIMIENTO DE SAN JOSÉ.

El reconocimiento hacia Dios es el recuerdo afectuoso de sus beneficios, que nos inclina a darle gracias, a alabarle, a amarle, a servirle con gran celo y ganar para Él los corazones. Procuremos, almas cristianas, desarrollar esta virtud en nuestros corazones y, para excitarnos a ello consideremos el modo y la causa con que San José la ha practicado; veamos en él el objeto y los actos de reconocimiento para con Dios.

San José tuvo está virtud, porque su alma era ilustrada y su corazón recto y sencillo. Comprendía por una parte la grandeza y excelencia de los dones de Dios pero considerándose por otra, sin ningun, mérito por sí mismo, hacía de cada uno de estos dones un motivo para glorificar la bondad y la generosidad del Autor de todos ellos.

San José fue reconocido, porque su corazón era más que ningún otro conforme al de María. ¡Ah! cual debió ser el reconocimiento de esta augusta Virgen, al considerar las gracias insignes y los innumerables privilegios con que Dios la había favorecido; al comprender que el celeste mensajero pudo decirla con toda verdad: «Dios te salve, llena de gracia». Sí, esta virtud la poseyó en tan alto grado, como su pureza y humildad, y por otra parte tenemos de ello un admirable testimonio en el Magníficat, en ese cántico sublime en que glorifica la bondad de Dios que la ha colmado de sus favores.

Como San José fue un testigo constante de las acciones de María, no pudo menos de admirar y de imitar su reconocimiento, ha sobresalido por lo tanto en esta virtud y puede decir a su modo: «Mi alma glorifica al Señor, porque ha mirado la humildad de su pobre siervo y obrado en mí grandes cosas, él, que es Todopoderoso.

Todavía ha encontrado José un motivo mayor de reconocimiento en su deseo de hacerse en un todo conforme a Jesucristo.

Este santo Patriarca veía en las víctimas de la antigua ley símbolos de la única y verdadera Víctima que debía salvar al mundo; pero un gran número de estas víctimas eran eucarísticas y se crecían principalmente para dar gracias a Dios por sus beneficios: comprendía, pues, por ellas que la gran misión de Jesucristo era no solamente borrar los pecados del mundo, sino reconocer en su justa proporción los beneficios de Dios, y lo comprendía mucho más al estudiar el Corazón del Divino Salvador y al considerar el lugar que en él mismo ocupaba el reconocimiento.

¡A qué perfección no subiría, pues, esta virtud en José, a fin de asemejarse a este adorable modelo!

Tal era el reconocimiento de José considerado en sus motivos: reflexionemos ahora cuál sería en su objeto.

José era reconocido por los bienes que la Providencia le había destinado en el orden natural, y considerando los cuidados que Dios tenía respecto de él, le bendecía por la solicitud de que era objeto.

Persuadido, sin embargo, de que el mundo visible es solamente una imagen del invisible, y un medio para encaminarnos a él, José apreciaba infinitamente el menor de los bienes espirituales, aún más que todas las conveniencias de este mundo.

¡Oh! ¿Quién pudiera conocer los sentimientos de que estaba penetrada su alma, al considerar las gracias con que Dios la había prevenido, al considerar que había sido más favorecido que los Patriarcas y Profetas, al verse elevado a la dignidad de esposo de María, al contemplar al Verbo encarnado, puesto bajo su autoridad, confiado a su custodia, y obedeciéndole como el hijo más tierno y más respetuoso? Todos estos beneficios pedían y producían en su corazón, también dispuesto, un reconocimiento sin límites.

También ha encontrado San José el más poderoso motivo de acción de gracias a Dios en las prerrogativas de su augusta esposa. ¿Quién será capaz de comprender su agradecimiento para con el divino Espíritu que la había adornado con toda la santidad de que es capaz una pura criatura, haciéndola además digna de toda veneración por parte de los Ángeles y de los hombres?

Pero en lo que más ha demostrado San José su reconocimiento, es principalmente por las gracias de que él mismo ha sido objeto, por las que Dios ha concedido a los demás hombres y por las prerrogativas con que favoreció a la Santísima Virgen. Consideremos ahora los actos que este sentimiento le inspira.

Impulsado, José por esta virtud de su reconocimiento hacia Dios celebra continuamente su bondad y su grandeza, se excita a amarle cada vez más y se consagra enteramente a su servicio, A imitacion de todos los justos de la antigua ley, y especialmente, de Moisés y de David, exalta las magnificencias del Altísimo y convida a todas las criaturas a unirse a él y tributar a Dios el justo homenaje por los beneficios que nos dispensa

Aventajando empero José á todos los justos, dirígese a María, la más perfecta de las criaturas… dirígese al mismo Jesús y les invita a unirse a él en sus cánticos de acción de gracias. ¡Ah, qué magnífico cuadro ofrecería la Sagrada Familia cantando el himno del reconocimiento y renovando aquellas sublimes melodías en que el Rey profeta convida al Cielo, a la tierra y al mar a bendecir el nombre del Señor! Qué oración de acción de gracias la de José, cuando tenía en sus brazos al Niño Dios y le elevaba al Cielo diciendo:

«¡Oh Padre Eterno!, yo os ofrezco la verdadera víctima eucarística, en nombre de todas las criaturas. ¡Gracias os sean dadas por vuestros innumerables beneficios, Dios mio! ¡Continuad dispensándonoslos en nombre de Aquel por medio del cual os doy gracias por todos ellos!».

Prestemos, pues, la mayor atención a los beneficios que recibimos de Dios, y en los que tal vez hemos meditado bien poco hasta ahora. Abramos los ojos de nuestra alma para ver los cuidados de que somos objeto en cada momento, por parte de la Providencia. Ya que tan claramente conocemos nuestras necesidades, ¿por qué hemos de prestar tan poca atención a los beneficios que disfrutamos?

Consideremos que Jesucristo es el Dios de la Eucaristía, es decir, el Dios de la acción de gracias; démoslas, pues, por su medio a su Padre celestial por los muchos favores que nos ha dispensado. Pero, saliendo también fuera de nosotros mismos, démosle gracias igualmente por sus cuidados hacia nuestras familias, hacia nuestros parientes y hacia la Iglesia. Hagámoslo de igual modo por las prerrogativas con que ha glorificado a María, nuestra Madre; por las que ha concedido a San José, nuestro querido protector y patrono.

Tributémosle continuas acciones de gracias por nosotros mismos; por aquellos que nunca cumplen con este deber; por cada circunstancia de nuestra vida, y muy principalmente cada vez que tenemos la dicha de acercarnos a la sagrada mesa para recibir en nuestro corazón al Dios de la Eucaristía.

Demos también, por último, gracias a San José por la protección que nos dispensa y aún más por sus cuidados para con Jesús y María. Procuremos de todas veras excitar en nosotros esta virtud del reconocimiento, pero no olvidemos tampoco que el verdadero carácter de esta virtud es la abnegación. Imitemos, pues, la de San José, y consagrémonos sin reserva al servicio de un Dios que nos ha colmado de tantos beneficios y que todavía nos reserva otros mayores en aquella morada en que los escogidos cantan sin cesar, en unión con los Ángeles, el cántico de acción de gracias.

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Oh glorioso San José! Puesto que el pecado es el mayor de todos los males ¿seríais tan bueno que me explicaseis qué es el pecado, y me hicieseis comprender todo su horror?

SAN JOSÉ: Debe parecerte el pecado el mayor de todos los males, porque te hará perder el Paraíso, merecer el infierno, y sobre todo, porque ofende á. Dios que es tu buen Padre, tu soberano bien, y el único que merece tu amor. Reflexiona un poco en la persona a quien has ofendido al pecar:

Es a Dios Todopoderoso, al monarca universal de todo lo que respira, a Aquel en cuya presencia los Ángeles tiemblan y se prosternan: piensa también en lo que es el hombre y a cuánto se atreve al cometer semejante atentado: ¡Ay! una nada, un miserable que no puede nada, un gusano que a cada momento puede caer en las manos del Dios vengador a quien desconoce y rechaza insensatamente, ¿qué castigos no debe esperar?

EL ALMA: Ahora conozco cuán horrible es el pecado. ¿Y se conocen muchas clases de pecados?

SAN JOSÉ: Los hombres nacen todos hijos de la cólera y enemistados con Dios, como engendrados por un padre culpable: este es el que se llama pecado original. Únicamente la Santísima Virgen María ha sido preservada de él por un privilegio especial. Para los hombres, purificados del pecado original mediante el agua sagrada del bautismo, quedan muchas consecuencias funestas.

La concupiscencia les arrastra a infringir la ley de Dios, y esta desobediencia a la ley de Dios es llamada pecado actual; este se divide en pecado mortal y en pecado venial. El pecado mortal recibe este nombre porque hace perder la gracia que es la vida del alma, la hace enemiga de Dios y digna de los espantosos tormentos del Infierno.

EL ALMA: El pecado mortal es un mal horrible; ¿pero qué es lo que le constituye, padre mío?

SAN JOSÉ: Para constituir el pecado mortal son necesarias tres cosas: conocimiento perfecto de la acción que se comete, consentimiento, y materia grave. Por lo pronto, es necesario que el pecador que desagrada supremamente a Dios, que le desconoce y que incurre en su desgracia: en segundo lugar es preciso el consentimiento perfecto de la voluntad (Santo Tomás enseña que el acto depravado es mortal cuando se ha cometido con consentimiento deliberado); y en fin, es necesaria la gravedad de la materia.

De aquí se sigue que los pecados no mortales pueden ser veniales de tres modos, a saber: Porque no se tiene una plena percepción, como sucede al que le comete medio dormido, al que lo hace extremadamente distraído, o al que sufre una turbación imprevista, de modo que no obra con entera conciencia de que lo hace, o porque el consentimiento no ha sido completo y deliberado, o porque la materia es leve.

EL ALMA: Decidme, Padre mío, ¿el pecado venial causa también la muerte del alma?

SAN JOSÉ: El pecado venial no causa la muerte del alma; pero la hiere más o menos profundamente. No llega a ser un desprecio formal de las órdenes de Dios, pero siempre es un desprecio, y un mal de los mayores que pueden acontecer a cualquier criatura. Los pecados veniales son impremeditados o premeditados. Los primeros son los que se cometen por fragilidad; sin un pleno conocimiento, con un consentimiento imperfecto.

Nadie está exento de tales faltas, y los mayores santos han incurrido en ellas; únicamente la Virgen Santísima ha sido la excepción de esta regla. Con tal de que estos pecados causen arrepentimiento y procuren expiarse pronto, no causarán interrupción en el camino de la virtud. Los pecados veniales premeditados son los que se cometen con pleno conocimiento y entera voluntad: estos causan daño verdadero a las almas, las alejan de Dios, debilitan la caridad y predisponen al pecado mortal. Procura, pues, evitar con cuidado unos pecados que no pueden hacer otra cosa que causar tu desgracia en este mundo y en el otro.

Da gracias a Dios porque en lugar de precipitarte en el Infierno en el momento en que acabas de ofenderle te concede tiempo para arrepentirte. Santa María Magdalena no podía concebir que hubiese un cristiano capaz de cometer un pecado mortal con propósito deliberado. Y tú, ¿cuántos habrás cometido? Sin embargo, no desconfíes; recurre a María. San Bernardo la llama la Dispensadora del perdón. «Oh pecador, dice San Bernardino de Siena, quien cualquiera que seas, no desesperes de tu salvación, sino recurre a esta gran Reina con la seguridad de ser socorrido: la encontrarás siempre con las manos llenas de gracias y de misericordia»

RESOLUCIÓN: Pedir frecuentemente perdón a Dios de nuestros pecados. Tomar cada mañana la resolución de evitar el pecado.

Día 23

DÍA VIGÉSIMOTERCERO — 23 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

28- ¿Porque se refugió José en Egipto?
Herodes engañado por los magos y temiendo que el Niño que iban a adorar fuese un día el que le echara de su trono, dio orden de asesinar a todos los niños de menos de dos años que se hallaran en Belén y sus alrededores, creyendo que por estas medidas, el niño que había nacido y que le habían dicho que era el Mesías, seria incluido en el asesinato, y no escaparía a su venganza.

Pero el Cielo velaba por su conservación y mientras que Herodes meditaba su cruel designio, un Ángel se apareció a José en sueños, y le dijo: “Levantaos, tomad el niño y a su madre, huid a Egipto y permaneced allí hasta que se os ordene volver: porque Herodes se dispone a buscar al niño, para hacerle morir”. Y José, añade la escritura santa, se levantó al punto, huyó con el niño y su madre, y se retiró a Egipto. Luego si José huye de su querida patria, y conduce a Jesús y a María a Egipto, es por obedecer las órdenes del Cielo: es para evitar que el niño que le ha sido confiado caiga bajo los golpes del furor de Herodes.

El lugar del destierro está muy distante; hay cerca de ciento cuarenta leguas del país natal; el viaje será, por consecuencia, pesado, durará cerca de quince días; no importa, el Cielo habla, el niño está en peligro y José obedece. ¡Que fe! ¡Que obediencia!

29- ¿Qué partida de ladrones era la que José, María y Jesús encontraron en su huida a Egipto?
Los santos viajeros estaban próximos a entrar en la vasta llanura de la Siria, donde esperaban estar libres de los lazos de su cruel perseguidor, cuando contra sus costumbres, continuaron su camino entrada ya la noche, para estar más pronto en seguridad y apresurar su llegada; pero de repente se presentaron unos hombres armados para estorbarlos el paso: era una banda de malvados que desolaban el país, cuya temible fama se había esparcido por todas partes. José y María se pararon y rogaron al Señor en silencio, porque la resistencia era imposible: lo más podían confiar que los bandidos les dejasen la vida.

El jefe se separó de sus compañeros y se adelantó hacia José, para ver qué debía hacer; pero a la vista de aquel hombre desarmado, de aquel niño que dormía tranquilamente sobre el seno de su Madre, se ablandó el corazón sanguinario del bandido. Lejos de querer hacerles mal, bajó la punta de su lanza y alargó la mano a José, ofreciéndole hospitalidad para él y su familia: este jefe se llamaba Dimas. La tradición cuenta que pasado el tiempo fue cogido por los soldados y condenado a ser crucificado, colocándole en el Calvario al lado de Jesús, y le conocemos con el nombre del Buen Ladrón.

30- ¿Qué milagro obró el Cielo en esta huida en favor de la Santa Familia?
Según la Ciudad Mística de María de Ágreda, al término de la segunda jornada, José y María se hallaron con que las provisiones que habían preparado para su manutención se les habían agotado, de tal manera que continuaron su camino todo el día siguiente, sin tomar ningún alimento.

Por la tarde, cuando se pararon para descansar, estaban extenuados de hambre y cansancio. María, viendo que les faltaba todo humano recurso, y que su conservación parecía imposible, se decidió a pedir al Cielo un milagro; pero el Cielo no se hizo esperar, porque para María el suplicar es obtener. Y en efecto, apenas la augusta Señora había concluido su súplica, cuando ya estada preparada una comida servida por mano de los Ángeles. Esta comida consistía en pan y frutas, alimentos convenientes a su frugalidad.

Esta milagrosa comida, debió recordarles sin duda, un beneficio semejante concedido en el mismo sitio a uno de los antiguos profetas; pues ocurrió en el desierto de Bersabé, lo mismo cuando un Ángel sirvió al profeta Elías un pan cocido en la ceniza, que le dio la fuerza suficiente para llegar hasta la montaña de Horeb. Desde este día los Ángeles tuvieron el cuidado de alimentar a los santos esposos, y el milagro no cesó hasta su entrada en Egipto.

SAN JOSÉ, MODELO DE PRUDENCIA.

No puede ponerse en duda que Dios, al querer confiar en San José el cuidado de Jesús y María y destinarle a ser la guarda de estos tesoros inestimables, le habrá comunicado en toda su plenitud el espíritu de prudencia, como lo hizo en otro tiempo con José hijo de Jacob, aunque destinado a una misión de mucho menos importancia.

Entre todos los justos, era preciso que San José manifestase con la mayor exactitud en su conducta la de la misma Providencia; pero Dios obra siempre con número, peso y medida; todo lo coordina teniendo en cuenta el objeto que se propone, o en otros términos, únicamente obra según las reglas de la prudencia. José ha sido el digno ecónomo del Divino Padre de familias; por consiguiente, debió tener esta virtud en un grado exacto y discernir perfectamente lo que era saludable o nocivo a los intereses de su dueño para hacer uso de ello o para no ponerlo en ejecución.

Considerémosle hoy en el ejercicio de esta virtud y deduzcamos de su conducta lo que debemos hacer para merecer que se pueda también decir de nosotros que somos servidores verdaderamente fieles y prudentes.

José, por espíritu de prudencia, toma como los grandes principios de la fe, persuadido de que ha sido criado para Dios sólo; no aprecia, ni busca, ni emplea otros medios que aquellos que son más a propósito para conducirle a su divino objeto.

El espíritu de prudencia hace que José emplee el tiempo sabiamente; todos los instantes de su preciosa vida son para él ocasiones de adelantar en el camino de la santidad y de adquirir méritos para el Cielo: es enteramente fiel a la gracia, porque sabe que esta fidelidad determina la medida de gloria eterna con que Dios recompensa a sus elegidos. Su profundo recogimiento le hace prestar atención a lo que le dice en el fondo de su alma el Espíritu Santo cuya voz oye tanto más cuanta es mayor la docilidad con que la escucha.

Por este espíritu de prudencia, prefiere José en todas las cosas aquello que puede conducirle con más seguridad a Dios; y he aquí por qué escoge la pobreza de los bienes de la tierra, el ejercer una profesión oscura a los ojos de los hombres, el permanecer oculto e ignorado, el vivir olvidado de todos; porque comprende que de este modo tiene el alma mayor facilidad para unirse a Dios: por ese motivo sigue la inspiración celestial que le conduce a hacer voto de virginidad y se consagra en cuerpo y alma al servicio de Dios.

Por este espíritu de prudencia, se esfuerza José en adquirir la perfección, aspira a una santidad consumada, y va siempre más allá del deber, comprendiendo que el ser generoso para con Dios es el medio más seguro de atraer sobre nosotros sus gracias y tener una parte en sus liberalidades.

Pero no solamente emplea José con la mayor discreción los medios más propios para conducirle a Dios, sino que además se precave contra todo aquello que podría serle un peligro o un obstáculo relativamente al fin que se ha propuesto. Obrando siempre por espíritu de prudencia, se entrega al retiro en cuanto le es posible, huye de un mundo tan peligroso para la inocencia, separando de él su espíritu y su corazón, y permanece indiferente a sus pompas y extraño a sus alegrías, manifestando con esta conducta la verdad de aquella máxima de la Sagrada Escritura: «El que ama el peligro, perecerá en él».

Por lo tanto, José ha sobresalido en la virtud de la prudencia aún antes de ser el esposo de María, cuanto más desde que se ha unido a aquella a quien la Iglesia invoca bajo el nombre de «Virgen prudentísima»; entonces principalmente fue cuando comprendió con toda perfección por los ejemplos y las palabras de su Santísima Esposa, qué medios se emplean para unirse a Dios los que quieren sinceramente vivir solo para Él y de qué precauciones se rodean para conservar en su corazón con toda su pureza el fuego de su santo amor.

Pero veámosle ejerciendo su cargo de padre nutricio del niño Jesús. ¿Cuánto no resplandeció aquí su prudencia? No parece sino que dirigió a Dios Padre estas palabras del patriarca Judá: «Yo me encargo de este Niño: a mí es a quien deberéis pedir cuenta de él»: ¡Con qué atención vela sobre Jesús!

Cuántas precauciones toma para que no le suceda desgracia alguna! En cuánto se lo permiten las obligaciones de su estado no aparta de él sus pensamientos, y solo emplea su inteligencia en considerar lo que debe hacer para la conservación del divino Niño. Recordemos las dificultades que experimentó a causa de su pobreza y de la persecución de Herodes, y de las cuales triunfó por completo.

Traigamos sobre todo a la memoria la huida a Egipto, que tantos peligros ofrecía, y su vuelta a Israel donde se estableció en Nazaret que estaba fuera de la jurisdicción de Arquelao, y comprendamos que en la persona de nuestro glorioso patrono nos ofrece Dios un perfecto modelo de prudencia.

Así cuando el Evangelio pregunta «quién es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha confiado el cuidado de su casa», se puede responder con entera seguridad, que este siervo es José; porque él es principalmente quien ha conocido y ejecutado la voluntad del divino Maestro, preparando a todos los de su familia lo que les era necesario, y guardando fielmente el depósito confiado a su solicitud.

A nosotros ha confiado también Dios un depósito precioso: este depósito es ciertamente nuestra alma, con todas las gracias que nos son necesarias para hacerla digna de sus eternos destinos, y en segundo lugar las almas de los que están a nuestro cuidado, ¡y qué otra cosa podrá haber en la tierra de inmenso valor y que tanto nos interese!

Debemos, pues, procurar sobresalir en la prudencia, porque, ¿cuántos peligros corremos respecto de nuestra alma? ¡Qué precauciones no necesitamos para conservarnos puros, y para mantenernos en el fervor!

Es necesario por lo tanto, después de haber pedido a Dios la gracia por la intercesión de San José, aplicarlas incesantemente a la adquisición de esta virtud tan necesaria para nuestra propia salvación.

COLOQUIO

EL ALMA: Padre mío, ayer me habéis hablado del pecado y del horror que debe inspirar a todo el mundo; ¿seríais tan bueno que quisierais hablarme hoy de la necesidad de la confesión?

SAN JOSÉ: El que ha ofendido a Dios mortalmente, no puede sustraerse a la condenación sino confesando sus pecados.

EL ALMA: Yo me arrepiento de mis pecados pasados, Padre mío; estoy firmemente resuelta a corregirme de ellos y hacer una severa penitencia; pero siento una repugnancia invencible a confesarme.

SAN JOSÉ: La confesión es el único medio de recobrar la gracia de Dios y la participación en la herencia eterna. Todo lo que hagas con este objeto será útil para tu salvación. Por otra parte, si te arrepientes sinceramente de tus pecados como dices, ¿rehusarías echar mano de un recurso tan fácil que el mismo Jesucristo ha instituido para borrarlos? ¿Quién puede impedírtelo?

EL ALMA: La vergüenza, Padre mío, porque al fin mi confesor es un hombre como yo, y me repugna confesar mis faltas a uno de mis semejantes.

SAN JOSÉ: Es cierto que la confesión humilla, y por esto el divino Salvador la ha establecido, con el fin de avasallar el orgullo que es el primer mal y el origen de todos los pecados. Por eso, todos los hombres están sujetos a esta ley: nadie puede evitarla, y los que están revestidos del poder sacerdotal, lo mismo que los demás, están obligados a someterse a ella. Domina esta mala vergüenza, hija mía, la confusión se halla en el pecado; la confesión voluntaria devuelven la paz y la felicidad.

EL ALMA: ¡Oh gran Santo! Mis confesiones precedentes no han sido sinceras; he engañado a mi confesor; es una cosa que no puedo resolverme a confesarla.

SAN JOSÉ: ¡Desgraciada! ¿Querrás mejor entonces sufrir la vergüenza delante del universo entero el día del Juicio final y arder eternamente en el Infierno? El demonio ha conseguido cambiar el remedio en mal; ¿y quieres por tu endurecimiento asegurarle la victoria y pertenecer un día al número de sus infortunadas víctimas?

Recurre a María, y ella obtendrá para ti la gracia de vencer tu vergüenza; procura hacerlo sin demora, y ten presente que el tiempo de una enfermedad es el menos oportuno para emprender un negocio de tanta importancia; y por otra parte, ¿estás segura de estar enferma antes de morir? ¿Te han sido revelados la hora y el género de tu muerte? El Infierno está lleno de buenas resoluciones, y aquel que confía al porvenir la obra de su conversión, corre peligro inminente de condenarse.

EL ALMA: Pero, ¿qué juzgará mi confesor de mi disimulo? Temo mucho sus reprensiones y su desprecio.

SAN JOSÉ: ¿Y por qué había de reñirte en el momento en que le dabas una prueba tan grande de confianza? ¿Por qué te había de reprender cuando dabas un paso tan penoso para volver a la gracia de Dios?

A no dudarlo, te hará ver lo horrible de tu falta, procurará que renazcan en tu corazón los sentimientos de contrición que te harán obtener el perdón; pero aborrecerte o despreciarte, no lo creas. Además, si este paso te parece penoso, dirígete por esta vez a otro confesor, con el cual puedes hacer una confesión general, al menos desde la época que tus confesiones hayan carecido de sinceridad y contrición; este es el medio más seguro, no sólo de volver a la gracia de Dios, sino de ayudarte poderosamente para romper con tus costumbres viciosas y reanimar tu piedad.

El espíritu del hombre es tan ligero, que le son necesarios algunos estimulantes para perseverar en el servicio de Dios, y ninguno es mejor para este objeto que una confesión general bien hecha. Si te cuesta mucho trabajo declarar ciertos pecados, puedes decir a tu confesor: «Padre mío, me hace falta vuestro socorro; he cometido pecados que no me atrevo a confesar». Entonces te preguntará, y tú podrás explicar con facilidad lo que más te haga padecer.

Te lo repito otra vez, no lo demores más; créeme, una muerte súbita puede sorprenderte, como a muchos que habrás visto pasar instantáneamente de la más completa salud a los brazos de la muerte, y que han comparecido ante el tribunal de Dios sin haber podido arreglar de antemano su conciencia Evita esta desgracia, hija mía, y considera que no hay comparación posible entre una confusión de un momento y los sufrimientos eternos.

RESOLUCIÓN: Hacer cada mes nuestra confesión como si fuera la última. Nunca confesarse sin la preparación suficiente.

Día 24

DÍA VIGÉSIMOCUARTO — 24 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

31-¿Dónde fijó José su estancia en Egipto, y cuál fue su condición?
Algunos autores creen que José se estableció desde luego en Hermópolis; otros pretenden que fue en Menfis, otros en Matarea, y otros, por último, en Heliópolis. Puede ser que todos estos autores tengan razón, porque muy bien podía suceder que los hubiera estado en todas estas poblaciones más o menos tiempo sin establecer su domicilio definitivamente.

Sin embargo, la opinión más común es que José se estableció en Heliópolis, cuyo nombre, se encuentra en esta ocasión perfectamente aplicado porque significa: Ciudad del Sol, y poseía entonces en su seno el Sol de justicia. Respecto de su condición, debió ser, a no dudarlo, dura y llena de sufrimientos.

Se hallaba desterrado, en tierra extranjera, sin apoyo, sin conocimiento, víctima de la más injusta persecución. Como era pobre, observa San Basilio, debió con María su esposa entregarse a los trabajos más penosos para procurarse lo necesario para su sustento. La tradición afirma que María trabajaba con la aguja y al huso, y que con mucha frecuencia el niño Jesús pedía pan, y José y María no podían dárselo.

32-¿Qué nos recuerda la permanencia de San José en Egipto?
La estancia de San José en Egipto, recuerda naturalmente el antiguo Patriarca llamado también José, que fue vendido por sus hermanos y conducido a Egipto, San José experimentó los mismos infortunios, virtudes, beneficios del antiguo José y, desde luego, sus desgracias. El antiguo José, dice San Bernardo, vendido y conducido a Egipto por la envidia de sus hermanos, figura de lejos la venta de Jesucristo y al nuevo José, para evitar el deseo de Herodes, condujo a Cristo a Egipto.

El antiguo José, encerrado en la prisión, fue largo tiempo víctima de la más odiosa calumnia, y el nuevo José, desterrado a una tierra desconocida, vivió cerca de siete años víctima de la más injusta persecución. Copia igualmente sus virtudes. El antiguo José, dice San Bernardo, conservó la más sincera fidelidad respecto de su amo, no queriendo acceder a las solicitudes de la mujer de Potifar, y el nuevo José , reconociendo a la Santísima Virgen por su soberana, por la Madre de su Señor, fue siempre casto esposo y fiel depositario de tan santa virginidad.

El antiguo José recibió del cielo la inteligencia en los sueños misteriosos, y el nuevo José merece ser confidente y cooperador de los secretos de Dios.

Los dos, sometidos a pruebas de la Providencia, no murmuran ni contra la prisión y cansancios, ni contra el destierro y sus penas, y sin rencor a causa de las injusticias, sin disgusto por os malos tratamientos, piden por sus perseguidores y se juzgan dichosos en sufrir: el uno por la inocencia de su corazón y el otro por la inocencia de Jesús.

San José copia, en fin, los beneficios del antiguo José; y en efecto, el antiguo José, continúa San Bernardo, conservó el trigo, no para él, sino para todo el pueblo, y el nuevo José recibió en depósito, tanto para sí mimo como para el mundo entero, el pan vivo bajado del cielo, y se fue a Egipto, fue en calidad de guardián fiel para producir en los días de escasez y hambre el trigo de los elegidos y el divino maná.

Como el antiguo José fue e bienhechor de Egipto por la virtud del celeste Niño.  Fácil es, pues, ver que las relaciones entre los dos José no pueden ser más exactas, pero añadamos también que el cuadro sería más completo si nosotros, cristianos, imitásemos la conducta de los egipcios.

Y en efecto, el Faraón y todo su pueblo, reconociendo que por José se habían salvado del hambre, quiso que José fuese el primero después de él en su reino; imitemos a los Egipcios, reconozcamos que San José nos ha salvado del hambre conservándonos al Divino Niño, este Niño que es alimento de los Ángeles, el trigo de los elegidos, y el pan, en fin, que nos da la vida eterna.

SAN JOSÉ, MODELO DE PERSEVERANCIA.

No basta, oh almas cristianas, haber comenzado bien, ni menos haber sido fiel por algún tiempo, sino que es necesario mantenerse en el mismo estado y progresar en el camino de la virtud; es necesario perseverar, pero haciéndolo hasta el fin, de todo lo cual nos proporciona San José un excelente ejemplo.

Escuchemos con este motivo al amable San Francisco de Sales que fue tan devoto de San José y le consideró de una manera particular relativa a su constancia en el bien. «Su perseverancia, dice el santo, mira principalmente a cierto disgusto interior que produce en nosotros la prolongación de nuestras penas, y que es uno de los más formidables enemigos que podemos encontrar, pero esta virtud hace que el hombre desprecie a semejante enemigo, en tal manera que sale vencedor de él por su constancia y sumisión a la voluntad de Dios».

¡Oh, cuánto debía molestar a San José durante su permanencia en Egipto este disgusto de que venimos hablando! No habiéndole fijado el Ángel cuánto tiempo debía permanecer en aquel país, ignoraba por completo la época en que le ordenaría volverse, y por lo tanto no podía tener una morada estable.

¡Y cuánto no debía ser por otra parte su deseo de volver a Israel a causa de los continuos temores que le asaltaban mientras permanecía entre los Egipcios! Sin duda alguna que su pobre corazón estaría siempre atormentado por un profundo disgusto; pero a pesar de todo; el santo Patriarca permanece siempre inalterable, y se muestra siempre dulce en su porte, tranquilo y perseverante en su completa sumisión a la voluntad de Dios por quien completamente se dejaba conducir.

Dios quiere que José sea pobre, y el santo acepta de buen grado la pobreza, pero no una pobreza temporal, sino que dura toda su vida. Se resigna, pues, con la mayor humildad a continuar en ella y en la abyección o sin que de ninguno se deje vencer ni se amilane por el disgusto interior que sin duda alguna le atacaría con frecuencia; él santo, in embargo, permanecía siempre constante en la sumisión, consiguiendo al propio tiempo que esta virtud fuese continuamente creciendo y perfeccionándose al compás de todas las que adornaban su previa alma.

De este modo y a poco que se reflexione sobre los rasgos que caracterizan a San José, es muy fácil descubrir, como dice el obispo de Ginebra, que no solamente ha dado principio el bien que Dios pedía de él, sino que lo ha continuado hasta su término sin dejarse vencer jamás por el desaliento; que no ha sido; como nos sucede a nosotros con demasiada frecuencia, una caña agitada por el vendaval de la inconstancia, sino más bien aquel árbol de que habla el rey profeta, que plantado a la orilla de las aguas, adquiere de día en día más fuerza y consistencia.

San José tenía un espíritu recto y una razón ilustrada; comprendía que siendo Dios inmutable y no cambiando tampoco nuestras relaciones para con Él, jamás puede haber motivos legítimos para cesar en el servicio de tan excelente Dueño, que el hombre debe ser siempre virtuoso y aplicarse a serlo cada vez más, porque siempre tiene un Dios a quien glorificar y un alma que salvar, además de que debe esforzarse para adquirir méritos y procurar la salvación de sus hermanos en cuanto de él dependa.

José había dicho al consagrarse al Señor: «Vos sois ¡oh Dios mío!, mi herencia por toda la eternidad»; cómo, pues, hubiera imaginado siquiera el no querer servirle sino durante cierto período de esta vida, por otra parte tan corta, tan insegura.

San José ha sido el siervo de Dios más fiel y más prudente; luego, ha debido tener el don de la perseverancia. Ningún servidor, en efecto, por mucha abnegación que tenga es acreedor a los elogios si no continúa hasta el fin; ninguno es fiel si no persevera en esta virtud: luego José, a quien la Iglesia concede este título de siervo fiel, jamás ha cesado de sacrificarse todo entero a Dios, y como por otra parte poseía en alto grado la virtud de la prudencia, nunca pudo resolverse a abandonar el bien que había empezado, consintiendo así en perder los méritos de una vida anterior que tanto cuidó de santificar por medio de numerosos actos de virtud.

San José era justo y en consecuencia rendía a Dios un digno homenaje; pero este con relación al Dios inmutable debe será todas luces duradero y permanente. San José, como dice San Francisco de Sales, era también justo en el sentido de que su voluntad estaba perfectamente unida a la de Dios en todas las ocasiones de su vida, fuesen prósperas o adversas; pero como la voluntad de Dios no cambia jamás, tampoco podía la de José estar unida a ella, y por consecuencia merecer el título de justo sino iba acompañada de la perseverancia.

El reconocimiento de San José para con Dios con los beneficios que le dispensaba era perfecto, y le servía de motivo para consagrarse al servicio de su Señor; pero como el número de estos beneficios se aumentaba incesantemente, lejos de disminuirse su abnegación se hacía por el contrario más perfecta de día en día, y de aquí puede inferirse que, tanto este reconocimiento como la justicia de que estaba dotado le hacían ser perseverante.

San José participaba de las disposiciones interiores de Jesús y de María; ¡ah! ¡Sería posible que su alma se dejase dominar por el abatimiento al ver por sus propios ojos al Verbo encarnado perseverar en la humildad, en la penitencia y en los trabajos, sin querer abandonar jamás el camino de abyección, de pobreza y de dolores que había elegido! Por otra parte, ¿no eran para él un poderoso motivo de perseverancia los ejemplos de María que, semejante al sol de la mañana, no sólo no retrogradaba jamás, sino que cada vez arrojaba nuevos rayos de santidad y brillaba siempre más y más con los esplendores de Dios?

Glorifiquémosle, pues, por ello, y bendigamos a Dios que le ha dado la gracia de esta virtud. Consideremos también que este divino Señor nos ofrece asimismo esta gracia inapreciable, y que ninguna cosa es más importante para nosotros que mostrarnos fieles a ella.

No cedamos jamás a la tentación del desaliento, procuremos vencerla por la oración, y renovando con frecuencia las promesas hechas en el bautismo, combatámosla principalmente por medio de fervorosas comuniones, porque, la divina Eucaristía es quien comunica a nuestra alma toda su fuerza y nos hace constantes en la virtud.

Pidamos también por la intercesión de San José la gracia de continuar hasta su término el bien que hayamos empezado, a fin de obtener la perseverancia final, es decir, la gracia única que pone en nuestras manos nuestros títulos a la herencia celestial, según aquellas palabras de Jesucristo: «El que perseverase hasta el fin, ese será salvo».

COLOQUIO

EL ALMA: Bienaventurado Padre, estoy resuelta a recibir el santo sacramento de la Penitencia, y me haríais muy dichosa si os dignarais enseñarme lo que debo hacer para recibirle dignamente.

SAN JOSÉ: Para recibir bien este sacramento, son precisas cinco cosas, a saber: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, una buena confesión y cumplimiento de la penitencia. El examen debe ser hecho con cuidado, según sí el tiempo que haya trascurrido desde la última confesión y el número de pecados que se hayan cometido.

Para hacerlo con más exactitud y claridad, es muy útil verificarlo por los Mandamientos de la ley o de Dios y los de la Iglesia, y ver en qué se ha faltado en cada precepto. El dolor de corazón o contrición, es indispensable para recibir el perdón de los pecados que se debe pedirá Dios de todo corazón, poniendo por intercesora a María. Antes de acarearse al confesonario es bueno rezar un Ave María a Nuestra Señora de los Dolores, a fin de que ella nos conceda una parte de los que ella experimentó al pie de la cruz donde murió su divino Hijo.

Para que la contrición sea eficaz debe tener cinco cualidades, que son: verdadera, es decir, que exista realmente en el corazón; sobrenatural, o lo que es lo mismo, que no esté fundada en ningún motivo humano, como la pérdida de los bienes de la salud, etc., sino solamente por la ofensa que con el pecado se ha hecho a Dios, y entonces recibe el nombre de contrición perfecta, y es tan agradable a Dios que vuelve al pecador a la gracia, aun antes de haber recibido la absolución.

La contrición sobrenatural puede haber sido promovida por el dolor de haber merecido el infierno y haber perdido el paraíso; estos motivos son menos perfectos, porque no son tan interesados; sin embargo, si están acompañados de un principio de amor de Dios, bastan con la gracia de la absolución para obtener el perdón. La contrición debe también ser universal; es decir, que debe comprender todos los pecados mortales; soberana, quiere decir, que debe ser mayor que todos los dolores; y confiada, esperando firmemente el perdón de los pecados, por los méritos de Jesucristo.

En cuanto al propósito de la enmienda, debe ser firme, es decir, que el penitente debe tomar la resolución de no volverá pecar: debe decir, quiero absolutamente corregirme de mis faltas: universal, es decir, que desea abstenerse de cometer todo pecado, al menos mortal; eficaz, que debe evitará cualquier precio recaer en el pecado. El que se propone dejar de pecar y no evita las ocasiones, no tiene un verdadero propósito de la enmienda.

Para validez de la confesión, es bueno y útil confesar los pecados veniales, pero no es absolutamente indispensable, puesto que pueden redimirse por otros medios, tales como un acto de contrición, un acto de amor de Dios, una obra y otros por el estilo. Pero en cuanto a los pecados mortales es imprescindible confesarlos todos, al menos aquellos que se recuerden, so pena de cometer un sacrilegio, y sería necesario para volver a la gracia hacer de nuevo la confesión mal hecha, las que la siguieron, y además de todos los pecados acusarse también del sacrilegio.

Si el penitente olvidase algún pecado grave sin haber puesto nada de su parte y habiendo hecho lo mejor posible el examen de conciencia, le sería perdonado como los otros, pero sería necesario que se acusara de ello en la primera confesión.

En fin, hija mía, es preciso aceptar la penitencia que imponga el confesor, y cumplirla en el tiempo que prescribe. Si no ha marcado plazo para ella, debe hacerse lo más pronto posible, porque si se tratase de expiar algún pecado grave sería mucha falta el diferirla; y en caso de tener alguna imposibilidad para cumplirla, rogándolo al confesor y exponiendo el motivo, este puede cambiarla.

RESOLUCIÓN: En todas nuestras confesiones debemos procurar por todos los medios posibles tener una verdadera contrición de nuestros pecados, porque esta cualidad es la más importante para una confesión buena y provechosa.

Día 25

DÍA VIGÉSIMOQUINTO — 25 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

33-¿Cuál fue el dolor de José por la pérdida de Jesús en Jerusalén?
Había una ley en la antigua alianza que obligaba a todos los judíos a comparecer tres veces al año delante del Señor en su Templo para celebrar las fiestas de Pascua, la de Pentecostés, y la de los Tabernáculos llevando al mismo tiempo una ofrenda.

Pero esta ley no obligaba sino a los hombres: las mujeres estaban exceptuadas de ella atendiendo a su debilidad. Luego que Jesús llegó a los doce años, sus padres resolvieron llevarle consigo a Jerusalén con motivo de la fiesta de Pascua.

Cuando terminó el séptimo día, José y María se pusieron en camino para Nazaret, pero Jesús, en lugar de seguirlos, se quedó en Jerusalén. Hasta la tarde del primer día de viaje no le echaron de menos, le buscaron al instante entre sus parientes y amigos, pero no viéndole, se volvieron a Jerusalén, donde después de tres días de angustia y pesquisas infructuosas le hallaron en el Templo sentado en medio de los doctores a quienes escuchaba y les preguntaba.

Pintar cual fue el dolor de José en estas circunstancias es imposible, porque José tenía a Jesús un amor de padre, superior a toda expresión. Orígenes llega a decir que José y María fueron en esta ocasión tentados hasta con rigor, y que su alma sufrió más que todos los mártires juntos.

Pero lo que afligía el corazón de José y de María, según Orígenes afirma, es que en su humildad creían que Jesús los había abandonado como indignos de su presencia, de sus caricias y de su intimidad. ¡Ah! Cuantas veces, exclama un autor piadoso, conjeturar que el santo varón debió reprocharse a sí mismo el poco cuidado que había tenido del celeste depósito. ¿En qué aflicción de espíritu no debió caer? ¿En qué turbación? ¿En qué agitación?

34-¿Cuál fue la educación que José dio a Jesús?
Si José hubiese querido, hubiera podido sacar partido de la simpatía que Jesús se había adquirido entre los judíos, desde luego por sus cualidades exteriores, y además por las morales; pues que crecía en sabiduría a medida que adelantaba en edad, haciéndose más y más agradable a los hombres.

Hubiérase a la par aprovechado de la admiración que su hijo había excitado entre los doctores de la ley, y por consecuencia destinarle a un honorífico empleo en el mundo. Pero no; José era sencillo como Jesús, y le educó con sencillez.

Mientras que era joven, le hacía cumplir las obligaciones más ordinarias, más comunes, y las más conformes a su edad. No debemos admirarnos de esto; Jesús, en efecto, ha dicho de sí mismo: que había venido al mundo para servir, y no para ser servido. Por otra parte, no leemos en parte alguna que José y María hayan tenido criados; eran semejantes a los pobres, cuyos hijos son los que sirven.

Esta era la creencia de San Buenaventura y del piadoso Juan Gersón, que nos enseñan al Salvador del mundo prestándose en la casa de Nazaret a los más bajos oficios, lo que reveló a Santa Brígida la santísima Virgen.

Cuando Jesús fue mayor, José le aplicó a su profesión, haciéndole carpintero. Y es tan verdadero esto, que se citaban aún en los primeros tiempos de la Iglesia los yugos que había hecho; la tradición lo ha conservado esto en los más antiguos autores.

¿Y ahora dónde están, diremos con Bossuet, dónde están aquellos que se quejan cuando sus empleos no corresponden a su capacidad, o mejor aún, a su orgullo? Que vengan a la casa de José y de María y vean trabajar a Jesús en la profesión más humilde y más baja, según el mundo.

¿Dónde están, diremos con un piadoso autor, dónde están los padres que tanto trabajan para sacar a sus hijos del humilde estado o condición en que Dios les ha hecho nacer? Que vengan a la casa de Nazaret y que aprendan con el ejemplo de José cuán reprensible es su conducta; quieren educar a sus hijos fuera de su condición, y debieran más bien examinar antes si como cristianos, buscan a Dios en su vanidad.

SAN JOSÉ, MODELO DE ABNEGACIÓN.

Todos los verdaderos siervos de Dios han sido al mismo tiempo hombres de grande abnegación, porque se han dedicado exclusivamente a practicar lo que Dios les ha encomendado; pero también bajo este punto de vista merece nuestro glorioso Patriarca ocupar el primer puesto, porque su abnegación ha sido por excelencia, pura y santa en su principio, grande y admirada en sus efectos.

Decimos que la virtud de la abnegación de San José ha sido pura y santa en su principio, porque tuvo por causas los nobles sentimientos de su alma, su fidelidad a la gracia, el estado permanente de la virtud que veía resplandecer en María; y principalmente el de los abatimientos del Verbo hecho carne.

José ha poseído la abnegación porque tenía un corazón noble y generoso. Dotado desde su más tierna edad y en atención a su glorioso destino de las cualidades naturales más felices, se sentía como inclinado a sacrificar a Dios todo aquello de que podía disponer.

No ha conocido, pues, esos fríos cálculos del egoísmo y del amor propio que paralizan los impulsos del alma, que detienen las generosas aspiraciones del corazón, que hacen no se quiera sinceramente el bien cuyo cumplimiento parece, sin embargo, desearse; no ha conocido tampoco esas reacciones que se operan en uno mismo y que no dejan libertad para obrar, sino cuando de ello se reporta algún beneficio personal en este mundo. Siempre reinó en su corazón el noble y ardiente deseo de hacer el bien, cualesquiera que fuesen los sacrificios que hubieran de emplearse.

José ha poseído la virtud de la abnegación llevado de un sentimiento de justicia y de gratitud, porque comprendía que habiendo recibido el hombre de Dios todo cuanto posee, debe también devolverlo todo a Dios, hacer todo lo que este Señor le pide, y esto únicamente por medios sobrenaturales.

José fue hombre de grande abnegación porque era fiel a la gracia. Las almas dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo procuran en efecto con la mayor generosidad, llevar a cabo el bien que la divina Providencia les proporciona cumplir en toda ocasión, y es cosa, fuera de toda duda, que de José poseía en alto grado esta virtud de la docilidad. Ha sido, pies, nuestro ro santo eminentemente generoso, y tanto como lo exigían de él en otro sentido el ministerio de sacrificios y de abnegación para que había sido destinado.

Pero la virtud de la abnegación resplandeció en José de un modo especial porque ha sido un fiel imitador de Jesús. ¡Ah! Cuáles serían sus deseos de sacrificarse por Dios al ver por sus ojos hasta qué grado llevaba el Verbo divino su sacrificio por el hombre; cuando consideraba al Todopoderoso reducido a la misma debilidad, al Eterno haciéndose hombre mortal, a la sabiduría, surcada que se confiaba a su prudencia y paternales cuidados.

¿No era, pues, de todo punto necesario que considerase como un imperioso deber el sacrificarse con Jesús y por Jesús, y muy especialmente cuando ilustrado por las profecías, divisaba en lontananza la grande inmolación del Calvario, el sangriento sacrificio con que el divino Redentor iba a reconciliar la tierra con el Cielo?

Recordemos el amor de José para con Jesús, amor que tenía su principio en el que profesa el Padre celestial a su Verbo eterno y que por lo tanto era ilimitado como él mismo; añadamos a esto que el que ama cifra todos sus deseos en hacerse en un todo conformé con la persona amada, y de este modo podremos comprender cuánta ha debido ser la abnegación de San José.

Pero si hemos considerado esta virtud de José en sus principios, considerémosla también en sí misma y en sus efectos.

José se ha sacrificado por la gloria de Dios y la salvación de los hombres, por la protección de María y la educación del niño Jesús, por los objetos más elevados, más excelentes, por los más nobles que sea posible imaginar: mirada, pues, en sus fines, no puede menos de convenirse en que la abnegación de San José es sublime; lo es, asimismo bajo el punto de vista de su carácter de universalidad, porque la poseyó toda su vida y en toda clase de circunstancias.

Desde los primeros albores de su razón ha dicho José: «Yo soy vuestro siervo, oh Dios mío, y estoy pronto a cumplir todas vuestras voluntades». En el curso de su vida se ha mantenido en estas disposiciones, o más bien las ha ido perfeccionando constantemente, porque cada vez han ido en aumento los motivos que tenía para sacrificarse por la gloria de Dios.

¿Y de qué otra cosa nos hablan todos los acontecimientos de su vida? Recordemos solamente a Nazaret, Belén y el Egipto: ¿no le vemos siempre sacrificándose por Jesús y María, sin que en ello intervenga para nada su propia conveniencia?

Su abnegación, sin embargo, ha pasado por pruebas bastante fuertes, porque toda la vida de este santo Patriarca no ha sido, en efecto sino una serie de tribulaciones, una cadena de todo género de trabajos y como un camino lleno de toda clase de dificultades; pero este gran siervo de Dios permanece siempre el mismo sin que jamás haya penetrado en su corazón el más ligero síntoma de desaliento. Su abnegación era, pues, sincera, y manifestaba la eminente generosidad de su alma.

Digamos, por último, que estando velada para los ojos de los hombres la misión de José, nada contribuía a alentarle en su cumplimiento bajo el punto de vista natural; que ha continuado en estas disposiciones de sacrificarse todo por Dios, sostenido únicamente por las luces de la fe, y que de este modo es sublime bajo todos sus aspectos su profunda abnegación, digna de ser admirada por los Ángeles y por los hombres, y por lo tanto que ha sido para José causa de infinitos méritos a los ojos de Dios.

También nosotros, almas cristianas, debemos procurar adquirir esta virtud de la abnegación. Nosotros amamos a Jesús, nuestro Salvador y Redentor; hacemos grandes esfuerzos para marchar sobre sus huellas y seguir sus divinos ejemplos; pues imitémosle: ya que se sacrificó por nosotros, sacrifiquémonos nosotros por nuestros hermanos, hagámoslo unos por otros, pero sin olvidar que ha de ser solamente por agradará Dios, y de ningún modo para atraernos la estimación y las alabanzas de los hombres.

COLOQUIO

EL ALMA: ¡Oh glorioso San José!, quisiera recibir de vuestra bondad algunas palabras la sobre escrúpulo. Dignaos instruirme sobre este punto.

SAN JOSÉ: El escrúpulo no es otra cosa que un vano temor de pecar, que reconoce por causa aprensiones sin fundamento alguno. Estos escrúpulos son útiles a los principios de la conversión, porque un alma recién salida del pecado debe purificarse frecuentemente, y este es el efecto de los escrúpulos, los cuales la hacen humilde hasta el punto de que, desconfiando de sí misma, se entrega del todo en manos de su director.

San Francisco de Sales ha dicho: «El temor que producen los escrúpulos en aquellas personas que acaban de abandonar el pecado, es presagio de una conciencia pura». Pero los escrúpulos son, por el contrario, nocivos a todo el que aspira a la perfección y que lleva ya largo tiempo de haberse entregado a Dios. «Estas almas, dice Santa Teresa, son locas, porque con sus escrúpulos acaban por no adelantar un paso en el camino de la perfección».

EL ALMA: Pero, ¡oh gran santo! ¿En qué podrá reconocerse a un alma escrupulosa?

SAN JOSÉ: Las señales en que podemos reconocerá un alma escrupulosa son varias: Primera: estar siempre inquieta respecto de sus confesiones, sin que pueda conocer en las mismas un defecto notable. Segunda: el temor de pecar en las menores cosas, como formar interiormente un juicio temerario, o creer que ha consentido en malos pensamientos aunque no le sea posible afirmarlo.

Tercera: ser inconstante en sus dudas, teniendo por lícita una acción que otras veces cree estar prohibida. Cuarta: no conformarse con las advertencias de su confesor, etc. Por lo demás, ¡oh hija mía!, al confesor es a quien pertenece decidir si una persona es o no escrupulosa, porque como estas nunca creen serlo, están en una oscuridad que les impide ver claro en su conciencia, y deben por lo tanto dar crédito a su confesor que las juzga con calma y claridad.

EL ALMA: ¡Oh mi querido Padre! Frecuentemente tengo dudas sobre la validez de mis confesiones, y aunque ya las he hecho generales bastantes veces, creo que no estaré tranquila hasta que haga otra que abrace todas.

SAN JOSÉ: La confesión general es ciertamente útil al que no la ha hecho, porque excita sentimientos de humildad al presentar a la vista las faltas de toda la vida; inspira también un vivo dolor de los pecados y hace que se tomen firmes resoluciones para el porvenir: da a conocer al confesor el estado de nuestra alma para que así pueda indicar los remedios más convenientes; pero esta confesión, que tanto bien produce en un gran número de cristianos, puede llegar a ser un verdadero peligro para el alma atormentada por los escrúpulos, porque la repetición de sus pasadas faltas podría serle nociva e inducirle quizás a la desesperación.

Cuando llegue, pues, el caso de que hagas una confesión general, explica a tu director las razones que crees tener para ello, y sométete en un todo a su parecer, porque es el único medio de obrar con seguridad y de ser agradable a los ojos de Dios. Aun cuando te vieras próxima a la muerte, siempre estarías en la obligación de obedecer, si quieres evitar los lazos del demonio. Considera también, hija mía, con la mayor atención, que Dios quiere ser amado, y por lo tanto le disgusta mucho un temor servil; no es un tirano, sino un tierno y compasivo Padre que recibe con infinito amor a las almas que le buscan.

Cierto día dijo a Santa María de Cortona: «Tú me buscas, Margarita: también yo te busco a ti, y con muchos deseos de encontrarte». ¿Crees tal vez que este Dios de infinita bondad se irritará contigo por la más pequeña falta si por otra parte le amas de todo corazón? Ten, pues, una intención recta, y una firme resolución de no ofenderle jamás, arrójate amorosamente en sus brazos, confíale el cuidado de tu salvación, y de este modo te verás libre de todas tus inquietudes.

EL ALMA: ¡Oh Padre mío! Siguiendo vuestro ejemplo obedeceré puntualmente a mi director; dignaos, pues, alcanzarme esta hermosa virtud de la sumisión, y pedid por mí a Jesús y a María.

RESOLUCIÓN: Obedecer puntualmente a su director. Pedir a Dios por la intercesión de María y San José la virtud de sumisión.

Día 26

DÍA VIGÉSIMOSEXTO — 26 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

35-Hablemos de la muerte de San José y de las principales circunstancias que la acompañaron.
Si la muerte de los Santos es preciosa delante de Dios, ¿cómo debió ser la del santo Patriarca José? El venerable anciano murió como había vivido, es decir, en el más eminente grado de virtudes y de méritos.

Cuando llegó el momento de exhalar el último suspiro, nos dice San Bernardino de Siena, la divina Virgen se dirigió a Jesús: «Hijo mío, le dice, ved que José va a morir», y lloró la Santísima Virgen. Jesús se puso al pie de la cama de José, que tenía continuamente los ojos fijos en él.

Le faltaban las fuerzas para hablar, más exhalaba aún entrecortados suspiros. Jesús le cogió la mano y le dijo: «Padre muy amado, dejad este valle de miseria; id y llevad a vuestros padres esta feliz nueva, decidles que dentro de poco yo bajaré donde están ellos, para conducirles al celeste reino». Habiendo llegado la hora, José entregó su alma en las manos de los Ángeles invisibles, que asistieron a su último combate, Jesús le cerró los ojos y los labios, y volviéndose a María le anunció que su casto esposo había muerto.

Entonces el Hijo de Dios, recordando los cuidados de José, sus fatigas en la huida a Egipto, sus privaciones en el desierto, se entristeció, e inclinándose sobre su cuerpo inanimado, le abrazó largo tiempo, y mezcló sus lágrimas con las de la divina María. Sus funerales se hicieron según la costumbre de la nación, pero sin esplendor ninguno exterior. Según San Jerónimo y el venerable Beda, el cortejo fúnebre tomó el camino de Jerusalén y se paró en el valle de Josafat, lugar escogido para enterrar el santo cuerpo. Allí se abrió y construyó, según la costumbre, un sepulcro, donde se colocaron los castos despejos del santo Patriarca.

SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LA IGLESIA.
En la humilde casa de Nazaret, empezó el bienaventurado José a ser el jefe visible que dio principio a esta sociedad espiritual que debía honrar y glorificar a Dios en espíritu y en verdad en todas las partes del mundo. Allí Jesús representaba a todos los fieles que, por ser cristianos, son sus miembros e hijos de Dios por su gracia. La Santa Virgen figuraba la Iglesia que, siendo también virgen y madre, da a luz y lleva en su seno sus numerosos hijos.

San José era la imagen de los pastores, los cuales gobiernan la Iglesia y alimentan a los fieles con los Sacramentos y con el pan de la divina palabra. Estando ya en el Cielo, ningún auxilio tiene que dar a esta familia de la cual era jefe; pero debe creerse que todo su celo, su tierna solicitud y su ardiente caridad están siempre aplicadas a las necesidades de la Iglesia.

Por estas necesidades de la Iglesia militante es necesario suplicarle que interponga su valimiento para con Jesucristo a fin de que la Iglesia crezca en gracia y sabiduría, y pueda evitar las asechanzas de sus enemigos.

Ninguna cosa se conserva mejor que por los cuidados del que ha contribuido a formarla; y si es verdad que nuestra santa Religión, que todavía estaba en su cuna en la persona de nuestro Divino Salvador, fue confiada a la solicitud y al ardiente celo de San José, ¿no podemos creer que conforme a los diferentes estados que se encuentra, Dios quiere que nazca, se desarrolle y se mantenga y florezca además, siempre en virtud de los méritos del augusto Esposo de María, que en opinión de San Bernardino de Siena, tuvo en sus manos la llave para abrir las puertas de la nueva ley y cerrar las de Moisés?

Más ha cooperado San José por la pureza de su vida al inefable misterio de la Encarnación del Verbo, dice San Bernardo, que todos los antiguos Patriarcas con sus suspiros, lágrimas y merecimientos.

Su virginidad ha sido en cierto modo más fecunda que la fecundidad de todos los antepasados el Salvador; más feliz aún que el primer ministro de Faraón, pues no amontonó abundantes provisiones de un trigo material para alimentar a los súbditos de un monarca idólatra, sino que ha preparado y conservado para el pueblo fiel, el trigo de los escogidos, el verdadero pan de los hijos de Dios, el pan vivo y vivificante, el alimento de la inmortalidad, el germen de toda salud.

En consideración a tantos inapreciables servicios, la Iglesia ha escogido a José por su patrono y poderoso protector. Faraón para atestiguar su reconocimiento al antiguo José, no se contentó con elevarle sobre todos los señores de su corte, sino que le confió además la autoridad suprema en todo su reino. No ha sido menor la confianza de la Iglesia en el padre adoptivo del Salvador. ¡Oh José!, le dice, todos mis hijos los pongo en vuestras manos.

Nada tendrán que temer bajo la salvaguardia de aquel a quien el Señor ha confiado el tesoro de su divino Hijo: vos le serviréis de protector y de padre. Al adoptar al Salvador del mundo, habéis adoptado a todos los fieles que han llegado a ser sus queridos hermanos: a todos los amareis y serviréis como habéis amado y servido al divino Verbo.

San José ha correspondido admirablemente a la confianza de la esposa de Jesucristo, así es que bajo su augusto patrocinio, se han restablecido las nuevas iglesias, en tanto que las antiguas han tenido la felicidad de conservar la fe.

Parece, dice un piadoso autor, que así como el Hijo de Dios en su infancia quiso entrar en Egipto llevado por San José, del mismo modo la fe del Salvador no puede ser introducida en los países infieles, sino con ayuda de la poderosa intercesión de San José. Acompañado por él fue como el divino Niño echó por tierra los ídolos de Egipto; por el poderoso brazo de su querido padre adoptivo es cómo los destruye en el día, para plantar en sus ruinas el árbol de la salud. Para recompensar a San José de los trabajos y penas que ha tenido que sufrir en aquellas bárbaras comarcas, ha hecho Dios glorioso su nombre entre las naciones infieles.

El gran San Hilario al contemplar José en el viaje de Judea a Egipto llevando en sus brazos al Salvador, cree ver figurados en él el celo y fervor de los santos Apóstoles cuando llevaron a todo el Universo la palabra de su divino Maestro para instruir a los hombres y ganarlos para Jesucristo. En la persona de San José, que ardía en deseos de ver al mundo entero sometido al dulce yugo de Jesucristo, se representa San Anselmo a los predicadores del Evangelio que multiplican los hijos de la Iglesia y extienden diariamente los límites de su reino.

Desde que él, dice San Bernardo, contempló las bellas y amables cualidades del Patriarca José, la nación entera se agrupó a su alrededor. Mil veces más amable que el hijo de Jacob, el casto esposo de María ha visto consagrarse felizmente a su servicio los corazones más dóciles, así como los más salvajes.

Y en efecto, la devoción a San José no solamente se ha extendido por la Europa, sino que también se le ha visto florecer en Asia, en África, y en la América. Si recorremos la Turquía, veremos a los latinos y a los griegos católicos distinguirse por su celo en honrar a nuestro santo Patriarca; si consultamos los anales de la iglesia de la América septentrional, encontraremos que el primer iroqués admitido a las aguas del bautismo ha querido tomar el nombre bendito de José. Si seguimos hasta el Tonkín a los misioneros apostólicos, arribaremos con toda confianza a puertos colocados bajo la protección de San José.

Si penetramos, por último, hasta las más remotas comarcas de las Indias, tanto en Oriente como en Occidente, en todas partes experimentaremos el consuelo de oír invocar el nombre de José. Bajo sus auspicios se ven nacer las iglesias, llegar después a un estado floreciente y conservar la fe en toda su pureza e integridad.

La devoción a San José se acrecentó extraordinariamente con motivo de la extrema necesidad en que se encontró la Iglesia cuando vio levantarse en Occidente aquel horrible cisma que, semejante a un viento impetuoso, lo conmovía y desgarraba por todas partes.

En el célebre concilio tenido en Constanza con el objeto de poner fin a tan deplorable cisma, el piadoso canciller Juan Gersón entre varios medios a propósito para calmar aquella tempestad, propuso el de invocar especialmente a San José y propagar su culto con la esperanza de que esta devoción sería como un astro precursor de paz y de santidad, y añadió que habiendo sido este gran santo como el guardián y tutor de Jesucristo, indudablemente lo seria también del cristianismo. El concilio aprobó por unanimidad esta resolución, y el éxito acreditó después su confianza en el casto esposo de María.

Pedid todos los días, ¡oh almas fieles!, en vuestras oraciones a este gran santo, que continúe protegiendo a la Iglesia contra sus enemigos visibles e invisibles; que desbarate los proyectos de los nuevos Herodes que querrían apagar el amor de Jesucristo en todos los corazones: que vele sobre los apóstoles del Evangelio que recorren hasta los confines del mundo, llevando por todas partes la luz de la verdadera fe a fin de que derribados los vanos ídolos y vencidas las malas pasiones haya solamente un solo rebaño y un solo pastor, unun ovíle et unus pastor. Amén.

COLOQUIO

EL ALMA: He oído decir siempre, ¡oh glorioso San José!, que la pureza de intención daba un valor inmenso a nuestras acciones cuando la intención era buena. Os suplico, padre mío, que me expliquéis alguna cosa de esta virtud.

SAN JOSÉ: Todo lo que no se hace por Dios, se pierde. Hija mía, la intención, buena o mala, hace que las acciones sean agradables o desagradables a Dios. Jesucristo ha dicho: «si vuestro ojo es sencillo, todo vuestro cuerpo será luminoso; pero si vuestro ojo es malo, vuestro cuerpo permanecerá en las tinieblas» (Mat. VI, 22 y 23).

EL ALMA: ¿Qué entendéis por ojo en este caso, querido padre?

SAN JOSÉ: Los santos Padres entienden por ojo la intención, y por cuerpo, la acción; Jesucristo enseña que si una acción es sencilla y no tiene otro objeto que agradarle, la acción brillará en toda su pureza; pero que si la acción no tiene un objeto noble, será mala, aunque tenga apariencia de santa. La buena intención es el alma de todas las acciones y les da la santidad. A los ojos de los hombres, cuanto mayor es el trabajo necesario para hacer una obra, mayor es su precio; pero a los ojos de Dios, la obra no tiene precio si no está hecha exclusivamente por Él. ¿Hay nada más heroico que dar su vida por la fe? Pues San Pablo dice:

«Si no tengo caridad, de nada me serviría morir en una hoguera». Los tormentos no constituyen el mártir, sino la intención con que se sufren. Se lee en el Evangelio que un día, el Salvador iba rodeado de una gran muchedumbre del pueblo, y una mujer enferma pudo llegar hasta Él y tocar la orilla de su manto: «¿Quién me ha tocado?», preguntó Jesús. «Maestro, contestaron sus discípulos, una multitud de gente os rodea y os oprime, ¿y preguntáis quién os ha tocado?».

Pues bien, Jesucristo no quería hablar del acto material, sino de la fe y de la devoción con que aquella mujer se había aproximado a Él. Sobre este asunto, dice San Agustín: «Muchos rodean a Jesucristo, pero pocos le tocan; muchos trabajan y sudan, pero como su intención no es buena, no tocan a Jesucristo». Santa Magdalena de Pazzi decía:

«Dios pesa muestras acciones en la balanza de la pureza, y ve si nuestra intención de agradarle es más o menos pura. El que obra por vanidad, es como el que pone su dinero en su saco agujereado». Es decir, que todo lo pierde. El Señor ha dicho: «Tened cuidado al hacer una buena obra de no ser visto por los hombres, porque sino no recibiréis la recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. (Mat. VI., 11)

EL ALMA: ¿Y cómo podremos conocer si una obra está hecha únicamente por Dios?

SAN JOSÉ: La primera señal de que tus obras son por Dios, es que cualquiera que sea el resultado que obtenga, conservarás una gran tranquilidad de espíritu. La segunda es que te alegres tanto del bien que se hace a los demás como si te se hubiese hecho a ti mismo.

La tercera es, que no tengas preferencia por ninguna ocupación, pues todas son buenas cuando la voluntad de Dios es que te hagas cargo de una. La cuarta es, no desear ningún elogio ni agradecimiento por lo que hagas y estar pronta a soportar cualquier disgusto mejor que faltar a lo que Dios te pide. La pureza de intención es una alquimia celeste que trueca el plomo en oro, porque las acciones más ordinarias de la vida llegan a ser oro de caridad cuando han sido hechas por Dios. San Pablo dice: «Si coméis o bebéis, o hacéis otra cualquiera cosa, hacedlo todo por honra y gloria de Dios».

Santa Magdalena de Pazzi creía que los que obran con intención siempre pura, van derechos al Paraíso sin pasar por el Purgatorio. ¡Oh, hija mía! En el momento que despiertes, ofrece a Dios todas las acciones del día, uniéndolas a las del Salvador para que sean más agradables a Dios; y antes de comenzar cualquier cosa, por sencilla que sea, exclama: «¡Dios, yo no quiero hacer más que vuestra santa voluntad!».

Un piadoso ermitaño tenía la costumbre de levantar los ojos al Cielo y permanecer un momento inmóvil antes de obrar. Se le preguntó por qué hacía aquello, y respondió: «Aseguro el golpe».

Como el cazador que apunta bien antes de hacer fuego, así él fijaba su atención en Dios para asegurar su acción. Imitó a María, hija mía, trabajaba siempre con la vista fija en el Cielo, pero sin que su trabajo le hiciese perder su unión con Dios, ni su recogimiento le hiciese olvidar los deberes de su estado ni la caridad para con el prójimo. Para imitar este santo modelo, hija mía, recurre a ella con frecuencia y pídela su santa protección, que la Virgen jamás ha abandonado a los que ponen en ella su confianza.

RESOLUCIÓN: Hacer todas nuestras resoluciones con el objeto de agradar a Dios. Dirigirle a menudo esta pequeña oración: «¡Dios mio, os ofrezco todas mis acciones!».

Día 27

DÍA VIGÉSIMOSÉPTIMO — 27 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

36-¿De qué muerte falleció San José?
Según la tradición, San José durante los siete u ocho últimos años de su vida, fue visitado por la enfermedad y los sufrimientos: los largos y penosos viajes que había hecho, los padecimientos de corazón, los trabajos y las privaciones, habían alterado su constitución y arruinado completamente sus fuerzas.

Aseguran que esto no fue para él sino un resto de vida tan lánguida, por lo que le fue preciso, según la decisión de Jesús y de María, entregarse al descanso. Observamos que la muerte de San José nada tuvo de sobrehumano. Y sin embargo, no fue una muerte ordinaria la de nuestro santo Patriarca: los males y las enfermedades intervinieron, no para producir la disolución de su vida, sino para concluir de embellecer su corona, y completar su eterna fortuna.

Cuando llegó el tiempo de terminar su bella y santa vida, el mal debió alejarse y dejar obrar al amor. Tal es al menos la opinión de muchos autores distinguidos por su ciencia y virtudes, y tal es el sentir de San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio. Y ¿cómo hubiera podido morir José de otra manera, exhalando su último suspiro en los brazos de Jesús y de María? Había vivido de amor, y debió morir por amor.

El corazón de José era un foco ardiente de fuego, que no se consumía, y pudo llevarlo durante una larga vida, porque las llamas de este corazón se escapaban por sus servicios como por otras tantas aberturas, pero cuando estas vías se cerraron en un corazón tan activo, su corazón debió derretirse como la cera. Así podemos afirmar con toda seguridad que la muerte de San José fue como la de su santa Esposa, una muerte de amor. Esto lo reveló la Santísima Virgen a Santa Brígida.

SAN JOSÉ, REFUGIO DE LOS PECADORES.

San José ha comprendido, oh almas cristianas, mejor que ningún otro, cuánta era la compasión que tenían para con los desgraciados el adorable Corazón de Jesús y el santísimo Corazón de María; por eso nuestro santo dejándose llevar por el mismo sentimiento, implora para ellos la misericordia divina.

Pero evidentemente, entre todos los desgraciados, los más dignos de compasión son los pecadores, y principalmente los pecadores endurecidos: José intercede, pues, por ellos a Dios y suplica a Jesucristo que obre en favor de los mismos el milagro de su gracia que es el único que puede restituirles la verdadera vida.

San José los considera en enemistad con Dios, puestos bajo el poder del demonio, inclinados sobre el borde del abismo infernal y en peligro de ser precipitados en él a cada instante. Recuerda las penas, las angustias que ha experimentado en la pérdida del niño Jesús en Jerusalén, por más que sólo le perdiese exteriormente y de ningún modo por su culpa, y comprende que su estado es todavía más digno de lástima que aquel en que el Santo se encontró, puesto que han perdido a Jesús por su culpa, y de un momento a otro pueden ser definitivamente separados de Él por toda una eternidad.

José intercede por los pecadores llevado de su celo por la gloria de Jesucristo. Sabe que este divino Salvador ha venido al mundo principalmente para librar a los hombres de sus pecados, que su grande obra ha sido el hacer sobreabundar la gracia donde abundaba la iniquidad, y que es el Cordero inmolado para borrar todos los pecados del mundo. Ha considerado y hasta calculado, por decirlo así, lo que Jesús ha hecho para librar a los hombres del infierno.

Sabe en cuánto ha apreciado sus almas, por cada una de las cuales después de haberse ofrecido a sí mismo sin reserva alguna a la justicia de su Padre celestial, ha llevado una vida entera de privaciones y de sufrimientos, que debía terminar por el más doloroso o más bien por el sólo verdadero sacrificio. En consecuencia no puede menos de estar penetrado de celo por su salvación y ayudarles con su gran valimiento para que recobrando su perdida inocencia se aseguren por este medió los frutos del sacrificio del Calvario.

José intercede por los pecadores a causa de su conformidad con los sentimientos del Corazón de Jesús, porque comprende el deseo que tiene este adorable Redentor de que todos los hombres se salven. Ve los dolores en que estuvo anegada su alma divina al pensar en el inmenso número de aquellos que rehúsan la salvación que les ofrece y que tanto le ha costado, y por esto mismo hace cuánto está de su parte para que vuelvan al camino del bien, se hagan dignos del Cielo; y de este modo vengan a ser para el Corazón de Jesús un motivó del más dulce e inefable consuelo.

Tales son los principales motivos de la intercesión de San José por los pecadores. Reflexionemos ahora sobre los socorros que les proporciona.

Dios, dice Santa Teresa, ha hecho en cierto modo a San José su ministro, su plenipotenciario y su tesorero general en favor de todos los desgraciados. Por lo mismo el caritativo Patriarca se apresura a apoderarse de los inmensos tesoros de la gracia para venir en socorro de los pecadores, es decir, de aquellas personas que entre todos los desgraciados son los más dignos de compasión y tienen más necesidad de socorros.

Sí; José ruega por los pecadores; habla en su favor a Dios Padre y le conjura en nombre de los méritos de Jesucristo a que tenga piedad de sus almas y les dé las gracias necesarias para su conversión. Habla también en su favor a Dios Hijo: recuerda con este objeto a Jesús que su venida al mundo ha sido por ellos, aún más que por los justos según aquellas palabras: “Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”; ofrece en seguida a su vista el cuadro de todo lo que en su infinita clemencia hizo y sufrió para merecerles el perdón y le pide que no sean inútiles tantos trabajos y dolores; le ruega por los pecadores en nombre de su sagrado Corazón tan compasivo para con estos desgraciados, en nombre de María que es refugio de ellos y a la cual se une en su plegaria, en nombre de todo lo que ha hecho y sufrió por sí mismo en obsequio de este divino Salvador durante los treinta y tres años que estuvo con él en la tierra.

Tiene también en su favor la bondad del Espíritu Santo, y con todo su poder los defiende en la presencia de María su augusta esposa: en una palabra, nada de cuanto está de su parte, olvida para preparar y asegurarles su conversión a Dios.

Quién no comprenderá desde luego que obtiene para estos desgraciados poderosas y abundantes gracias de conversión; golpes interiores que excitan sus remordimientos, les hacen ver toda la fealdad del pecado al mismo tiempo que descubren toda la belleza de la virtud; le inspiran el deseo y dan voluntad de poseerla, elevan los sentimientos del alma pecadora hacia el Dios que está siempre dispuesto a perdonar, y la obligan a exclamar como a David: «Señor, yo he pecado», y por último, son la causa de que abrace con ardor y continúe con constancia una vida de expiación, conduciéndola de este modo por medio del arrepentimiento a una perfecta caridad, y por esta a la paz y a la felicidad.

Por lo demás, he aquí un hecho cuya exactitud pueden comprobar todos los que son devotos de San José. ¿Quién es aquel que habiéndole encomendado un pariente o un amigo no ha visto al instante oída su oración aún más allá de sus esperanzas? ¿Qué pecador teniendo que recurrir a él con deseos de alcanzar su conversión, no ha sentido al momento que su corazón se apartaba del vicio y se inclinaba todo entero a la virtud, o cuando menos no ha sido vivamente solicitada por alguna gracia especial? ¿Cuál es la joven que habiendo puesto su porvenir bajo su protección no ha tenido la dicha de preservarse del contagio del vicio, o no haya vuelto prontamente al camino del bien después de haber tenido la desgracia de abandonarlo en un momento de prueba?

No hay cosa, pues, más sólidamente cierta que la intercesión de San José por los pecadores, intercesión que es sumamente eficaz, y que entra perfectamente en las miras de Dios que recurramos a ella con frecuencia, bien para nosotros o bien para nuestros prójimos.

Invoquemos, pues, a San José como intercesor de los pecadores; pidámosle en primer lugar por nosotros, porque son tantas las faltas que cometemos, que somos para él un objeto de compasión: tampoco sabemos si somos dignos de amor o de odio, y por lo tanto, si estaremos en el número de los que se hallan en desgracia de Dios. Pidámosle que ofrezca por nosotros sus trabajos y fatigas en unión con la Sangre de Jesucristo, víctima por cuyo medio pedimos misericordia y esperamos obtenerla.

Penetrémonos también de los sentimientos de San José para con los pecadores: tengamos compasión de su estado, porque no hay personas tan desgraciadas como ellos. Procuremos desarrollar en nosotros un gran celo por la salvación de sus almas, que nos lleve principalmente a rogar por ellos a este gran Santo y ofrecer a Dios algún sacrificio con el fin de obtener su conversión.

Tengamos presente también que este es el mayor obsequio que podemos hacer al Corazón de Jesús. Recomendémosle también a aquellos parientes nuestros que están más descuidados en las prácticas religiosas. Paguémosles la gratitud que les debemos, obteniendo para ellos por intercesión de San José la gracia de su conversión, es decir, el mayor bien que nosotros podemos proporcionarles.

COLOQUIO

EL ALMA: Muy frecuentemente se habla en la Escritura de la misericordia de Dios, y el profeta nos dice también con mucha frecuencia que bendigamos a Dios porque su misericordia es infinita. ¿Quisiérais, padre mío, hablarme hoy de la misericordia?

SAN JOSÉ: De todos los atributos divinos, hija mía, la misericordia es el que más le glorifica y el que forma principalmente su esencia, porque la naturaleza de Dios es ser bueno, y los hombres le obligan a ser justo. Los principales atributos de la misericordia divina pueden reducirse a tres:

El primero es, que cuando el pecador se aleja de Dios, Dios le llama a sí. En cuanto el hombre ha cometido un pecado, hija mía, Dios podría quitarle la vida como ha hecho con muchos, y aún todas las criaturas, indignadas de servir al enemigo de su Criador, le piden en cierto modo permiso para vengar su gloria. ¿Pero qué hace Dios? Los encadena, los obliga como en otro tiempo David a sus tropas, con respecto a Absalón, a respetar la vida de un hijo ingrato y rebelde, prosigue colmando de beneficios al pecador, y le llama con la misma ternura que un padre que ha perdido a su hijo.

Para enternecer su corazón, no vacila en dar los primeros pasos, va a su encuentro y ni aún le rechaza el dulce nombre de hijo. ¿Qué pensarías de un juez que invitase a un criminal aprovecharse de su perdón, y qué pensarías del criminal que rehusase esta gracia?

El segundo rasgo de la misericordia divina es que cuando el pecador, sordo a la voz de Dios, procura evitarle, Dios, por el contrario, le sigue para salvarle a pesar suyo. Hija mía, Dios renueva diariamente para las almas pecadoras lo que hizo hace poco tiempo todavía por un gran personaje que vivía en la herejía. Este hereje encontró un sacerdote que llevaba el Santo viático para un enfermo. Incomodado por este encuentro huía de calle en calle.

Cosa singular: El sacerdote le seguía paso a paso, pues llevaba el camino que conducía a la casa donde era llamado. El herético, cada vez más incomodado, se esconde en la primer puerta que encuentra abierta y sube hasta el piso más elevado; precisamente esta era la habitación del enfermo. De repente se ve rodeado de las personas que acompañaban el Santo Sacramento, y se encuentra confuso e imposibilitado de huir. En este instante, es tocado interiormente de la gracia. «¡Qué, se dijo a sí mismo, yo huyo de Dios y Dios me persigue! ¡No, no quiero resistir más, Dios mío! Yo os ofrezco el homenaje de mi fe. Yo creo, abjuro desde ahora todos mis errores pasados, y en adelante os seré fiel hasta la muerte».

En fin, el tercer rasgo de la misericordia de Dios, es que cuando el pecador le persigue, se esfuerza para hacer su felicidad, arrancándole al infierno. He aquí un caso, hija mía, que te probará hasta dónde puede llegar la bondad paternal, y que te dará al mismo tiempo una idea de la misericordia de Dios para con el pecador. Un padre virtuoso había dado a su hijo una educación cristiana, procurando no olvidar el más mínimo detalle; pero el mal natural y las fogosas pasiones del desgraciado joven hicieron inútiles todos los cuidados del buen padre. De desorden en desorden, llegó a ahogar todos los sentimientos que inspira la naturaleza.

El espíritu de avaricia, de libertinaje y de independencia le inspiró el horrible proyecto de asesinar al autor de sus días, y llega hasta determinar el momento en que debía ejecutar su espantoso crimen. Informado el padre a tiempo, disimula, y aún se finge más alegre que de ordinario; queriendo hacer el último esfuerzo, propone a su hijo un paseo por el campo.

Aceptada la proposición, el bárbaro hijo se regocija por haber encontrado con tanta facilidad una ocasión de cometer el horrible atentado que medita. El padre le conduce a un sitio solitario en lo más intrincado de un bosque, y deteniéndole repentinamente le dice: «Hijo mío, yo te amo; conozco tu designio, y quiero darte la última prueba de mi ternura: estamos absolutamente solos, no tenemos testigos; y tu crimen quedará desconocido. He aquí mi pecho, y ahí tienes un puñal, hiere.

Al menos, muriendo en este sitio tan apartado, salvaré a mi hijo de las manos del verdugo». A estas palabras, el joven admirado, confuso, enternecido, cae a los pies de su buen padre, los riega con sus lágrimas, y le ofrece que en adelante sólo vivirá para hacer la felicidad del mejor de los padres. ¡Qué bondad tan admirable la de este padre para con su hijo! ¡Y sin embargo, qué distancia tan enorme a la bondad y misericordia de Dios para con el pecador!

RESOLUCIÓN: Demos gracias a Dios desde lo más íntimo de nuestro corazón por no estar en el Infierno, a pesar de haberlo merecido con tanta frecuencia.

Día 28

DÍA VIGÉSIMOCTAVO — 28 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

37-¿Qué pensaremos de la resurrección de José?
Respetando la santa voluntad de Dios, que como dueño absoluto de todas las cosas, obra como quiere, debemos presumir que Dios no distribuye por casualidad sus favores, sus gracias y privilegios, sino que al contrario merecidos debidamente.

Luego, si tenemos todos los motivos para creer que San José fue del número de los muertos que resucitaron con Jesucristo, y es lo que nos enseñan casi todos los doctores. ¿Cuáles fueron, en efecto, las razones que determinaron al Salvador en la elección de los muertos, que quiso restituir a la vida? ¿Fue determinado por su propio amor?

José debió, pues, ser escogido el primero; porque de todos sus servidores fue él a quien más amó. ¿Miró al amor que sus Santos le profesaron? José debió presentarse en primera línea, porque el más amado de los hombres debió ser el más amante, y desde luego su vida está terminante para que sirva de testimonio. ¿Escogió con preferencia a aquellos que habían tenido relaciones estrechas con su santa humanidad? El derecho de José fue en este caso incontestable en virtud de su alianza con María y de su cualidad de padre adoptivo del Niño Dios.

Es verdad que las Escrituras no nos dicen si estos resucitados murieron de nuevo o acompañaron a Jesucristo en su gloria. ¿Pero puede haber duda respecto de esto? ¿Y cómo, en efecto, podrían ver un favor en una resurrección seguida de una nueva muerte?

Si la muerte es un castigo como nos enseña la Escritura, morir dos veces es ser doblemente castigado; es cierto que las almas de los Santos salieron del limbo gloriosas e inmortales: pero, como nos dicen San Ignacio, San Hilario y San Jerónimo, un alma no puede separarse de su cuerpo sin dolor, y el dolor es incompatible con la bienaventuranza. Luego podemos concluir que San José está hoy en cuerpo y alma en el Cielo, y no temamos añadir que esta resurrección, que esta exaltación de San José, fue digna del Salvador, gloriosa para San José, y favorable a los hombres.

SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO.

Es un artículo de fe admitido en todos tiempos por la Iglesia Católica, que las almas de los fieles que mueren en estado de gracia y no han podido satisfacer en este mundo a la justicia divina, deben para purificarse de sus pecados, ir por un tiempo más o menos largo al Purgatorio, es decir, a un lugar que aunque no es la morada de los demonios, tampoco es la de los bienaventurados.

«Declaramos, dice el Concilio de Florencia, que respecto de aquellos que verdaderamente arrepentidos han muerto en estado de gracia, antes de haber satisfecho plenamente por sus pecados de comisión o de omisión, es necesario que sean purificados por las penas del Purgatorio».

La existencia del Purgatorio, es pues, oh almas cristianas, un hecho enteramente cierto y del que de ningún modo nos es permitido dudar. Pero ¿cuál es la fuerza y calidad de las penas que allí se padecen? La Iglesia calla sobre este punto y a nosotros, hijos míos, solamente nos toca respetar su silencio.

De ningún modo, pues, debemos mezclar con sus dogmas nuestras débiles conjeturas y sobre todo no exagerar una verdad tan terrible ya por sí misma. Para hacérnosla, sin embargo, más sensible, registremos los escritos de los santos Padres y veamos lo que dicen sobre este punto así como también todos los doctores de la Iglesia. En primer lugar se presenta San Agustín, quien nos asegura que los males de la vida presente no tienen comparación alguna con los males del Purgatorio.

Habiendo este Santo oído cierto día algunos jóvenes insensatos que en una conversación usaban decir, que poco importaba el Purgatorio con tal de no caer en el infierno:

«Callaos, desgraciados, les dijo, y sabed que aun cuando cayesen sobre vosotros todos los males que afligen a la humanidad doliente, todas las humillaciones y mortificaciones que padecieron los penitentes de la primitiva Iglesia, todas las maceraciones y austeridades con que afligieron sus cuerpos los solitarios de la Tebaida, todos cuantos suplicios han hecho sufrir los verdugos a los hombres más criminales y malvados, todos los tormentos que inventaron los tiranos para saciar su rabia y furor en los miembros de los mártires, y, en fin, cuantas torturas ha podido imaginar el espíritu humano para abatir y vencer la paciencia, nada puede compararse con las penas del Purgatorio.

Escuchad ahora, almas cristianas, a San Cesáreo: «Hermanos míos, nos dice este gran santo, ninguno de vosotros tenga en poco las penas del Purgatorio, porque su fuego es más cruel que todo cuanto se puede imaginar, ver o sentir en este mundo. Y estando escrito del día del juicio que será más terrible que mil días, ¿quién sabe si deberá pasar en el Purgatorio, días, meses y aun años, o si en un solo día en aquellas llamas no reunirá todos los rigores correspondientes a mil días? Aquel que ni, aun querría acercar un dedo al fuego, tiemble con tiempo y con razón, en presencia del fuego terrible del Purgatorio».

Por aquí podéis ver, almas cristianas, que la suerte de todos los que están en el Purgatorio, es padecer las penas más horribles, y que sobrepujan á todo lo que nuestra imaginación puede figurarse, y reflexionar al mismo tiempo qué tal será nuestra suerte si salimos de este mundo sin haber satisfecho enteramente a la justicia de Dios. ¿Y podremos creer un solo momento que no ha de venir José en socorro de nuestras pobres almas? ¡Oh, no! esto no puede suceder en modo alguno. Y así como la Santísima Trinidad, dice un piadoso autor, destinó al glorioso Patriarca para que anunciase a Jesucristo a los santos del Antiguo Testamento, que esperaban la venida de su libertador, también nos será permitido creer que José vendrá en auxilio de las almas del Purgatorio.

He aquí ahora, almas cristianas, como las más sólidas razones nos demuestran esta consoladora verdad; José es el mejor y el más tierno de todos los padres, y ¿cuál de ellos viendo en la cárcel a su hijo no dulcificará las privaciones de su cautividad, pudiendo hacerlo? José tiene sin duda alguna este poder porque lo ha recibido de Dios, según hemos visto, ¿y sería capaz de no emplearlo en el alivio de los suyos? ¿Y no haría verter más lágrimas estando en su mano el poderlas enjugar? ¿Podría dejar de sostener los corazones abatidos a quienes está en su mano reanimar?

Qué cosa más común que ver en todas nuestras ciudades hombres ricos y benéficos que se asocian para suavizar, para aliviar en cuanto de ellos depende, la suerte de los prisioneros y llevarles a porfía socorros y vestidos, consolándolos al propio tiempo!

¡Y José, que es el amor, la caridad misma, la bondad por excelencia, oiría sin compadecerse los gritos de aquellos prisioneros de Dios; cerraría los oídos a sus súplicas; no tendría entrañas para dolerse de sus miserias, y vería con ojos enjutos las amargas lágrimas que vierten! ¡Dejaríanle impasible e indiferente sus torturas! No, no; esto es imposible y que la piedad y la razón rechazan igualmente; esto no es posible.

Dijimos antes que en el Cielo, José ruega sin cesar por estos miembros de Cristo, que purifica el Dios que juzga a los mismos jueces y que encuentra faltas allí donde nuestra vista no las ve. Dijimos que en el Cielo intercede sin cesar en favor de estas almas queridas a Jesús y que le honraron durante su vida. Y después, para consolar estas almas y para hacerles llegar socorros y consuelos, ¿José no tiene también sus ángeles que ejecutan sus voluntades como ellos hacen la de Dios que ejecutan sus órdenes?

¡Ah! El Ángel del Señor que trasportó a Habacuc por los aires a través de los campos, para que llevara a Daniel los alimentos que necesitaba, cuando se hallaba en la fosa de los leones, este ángel no era más que una admirable figura de la tierna solicitud de José, por los sufrimientos y las necesidades de los que en un tiempo más o menos largo, están en un sitio de dolor y de castigo, de cuyo lugar la fosa de los leones era también una imagen.

Pero no sólo Dios ha concedido a San José el poder de mitigar las penas del Purgatorio, le ha dado también el de abreviarlas. Y encontramos muy natural semejante privilegio, porque no tan solo en casi todas las constituciones y en todos los Estados se concede al magistrado supremo la facultad de conmutar, es decir, de mitigar las condenas de ciertos criminales, sino que le confieren además el poder de abreviar estas penas disminuyendo su duración.

A ejemplo de este glorioso Patriarca, seamos fieles en orar por nuestros queridos difuntos que nos devolverán centuplicadas nuestras oraciones. ¡Quién podrá apreciar las ventajas de este maravilloso cambio de obras satisfactorias por una parte, ardientes y eficaces súplicas por la otra, que apresuran para los difuntos el fin de sus sufrimientos y obtienen a los vivos una multitud de gracias temporales y espirituales, alivio y consuelo en las penas de esta vida, paz interior, perseverancia final, y abundancia de méritos para la vida futura!

COLOQUIO

EL ALMA: Creo firmemente, ¡oh glorioso San José!, puesto que la Iglesia lo enseña, que existe el Purgatorio y que vos socorréis a las pobres almas que en él se encuentran. Yo creo también, padre mío, que los sufrimientos son muy grandes; ¿pero lo son, en efecto, tanto como nos dicen algunos Santos? ¿No estará algo exagerada la relación de estos sufrimientos?

SAN JOSÉ: ¡Ay! Sí, hija mía; los sufrimientos del Purgatorio son muy grandes; son tan grandes, que todo lo que se puede decir o imaginar es nada en su comparación.

Los mártires han sufrido mucho; ¿no es verdad, hija mía? Considera los suplicios con que se les ha atormentado en los calabozos, en los anfiteatros y en los cadalsos; el plomo derretido en sus venas abiertas, sus carnes destrozadas con uñas de hierro, el aceite hirviendo derramado en sus heridas, sus miembros ensangrentados por los azotes, traspasados con puntas aceradas, las ruedas dentadas, las mutilaciones más horribles; considera, después de tanto tormento, estos mismos miembros tan lacerados servir de pasto a la ferocidad de los leones o de los leopardos, o inflamados por la picadura envenenada de las serpientes, o arrojados sobre el hierro ardiente de una parrilla, o al fuego devorador de un horno encendido; pues bien, hija mía, todos estos dolores son nada comparados con los tormentos que sufren las almas en el Purgatorio, pero San Cipriano ha dicho con mucha razón:

«Es más dulce expiar los pecados por el martirio, que esperar a ser purificados en la otra vida por el cruel suplicio del fuego».

Me preguntas si hay exageración en lo que los santos han dicho del Purgatorio; ¿cómo quieres que hayan exagerado, si, como dice San Agustin, el pensamiento del hombre no puede llegar a formarse una idea?

EL ALMA: ¿Y cuánto tiempo duran las penas del Purgatorio, padre mío?

SAN JOSÉ: La duración de las penas del Purgatorio es un secreto que Dios se ha reservado: todo lo que puedo decirte con respeto a esto es que Dios, como sabes muy bien, es justo y bueno, y que un alma no permanecerá en el Purgatorio más tiempo del que hubiere merecido.

EL ALMA: Habéis dicho, padre mío, que Dios se ha reservado el secreto de la duración de las penas del Purgatorio: sin embargo, la Iglesia lo sabe, puesto que concede meses, años y centenares de años de indulgencia.

SAN JOSÉ: Eso no es exacto, hija mía; cuando la Iglesia concede un mes, un año, etc., de indulgencia, no es con intención de perdonar a un alma un mes o un año de Purgatorio en los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia imponía pecados, estas penitencias públicas para ciertos pecados, y estas penitencias consistían ordinariamente en pasar una, dos o más cuaresmas en la puerta de la Iglesia.

Pero como la fe se ha enfriado mucho y se ha variado el código de la Iglesia, esta, como buena madre, ha tomado en consideración muchas circunstancias, y hoy ha abolido las penitencias públicas; pero hace uso del tesoro de los méritos de Jesucristo para ayudar a los pecadores arrepentidos. La intención de la Iglesia no es, pues, dispensar por un tiempo determinado de las penas del Purgatorio, sino solamente conceder una indulgencia que equivale a un mes, un año etc., de penitencia pública.

EL ALMA: ¿Y cuáles, padre mío, son las ventajas de tener fe en el Purgatorio?

SAN JOSÉ: Hija mía, la fe en el Purgatorio es muy consoladora, sobre todo en la hora de la muerte, para muchas clases de almas. Por lo pronto es muy consoladora para las almas santas a quienes permite permanecer tranquilas sin tener el orgulloso pensamiento de que son perfectamente puras.

Nada es tan dulce, particularmente a los que tienen una humilde confianza en Dios: entonces se le puede decir: «Señor, he pecado mucho, lo sé; pero si es necesario permaneceré en el Purgatorio hasta el fin del mundo, y si mis culpas son grandes, espero que me las perdonaréis por los merecimientos de Nuestro Señor Jesucristo que murió por redimirnos».

Esta doctrina sirve también para reanimar a las almas que temen haber expiado poco sus grandes faltas. En fin, esta doctrina es un refugio para las almas que han pasado casi toda su vida en las tinieblas del orgullo y de la voluptuosidad, y para quienes la estrella del arrepentimiento no brilla sino entre las tinieblas de la última hora. ¡Sí, hija mía, la fe en el Purgatorio es muy consoladora!

RESOLUCIÓN: Rogar con mucha frecuencia por las almas del Purgatorio, y particularmente por aquellas que no tienen quien les preste estos sufragios.

Día 29

DÍA VIGÉSIMONOVENO — 29 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

38-¿Cómo fue digna del Salvador la exaltación de José?
Si alguno merecía resucitar con el Salvador y acompañarle en cuerpo y alma al Cielo para honrar su glorioso triunfo, era seguramente San José. Era justo que José, dice San Bernardino de Siena, después de haber vivido familiarmente en la tierra con Jesús y María, reinase como ellos eternamente en el Cielo en cuerpo y alma.

Es dulce oír el lenguaje sencillo de San Francisco de Sales, que quita la más mínima duda respecto de esto: hace hablar así San José a Jesús visitando el limbo: «Acordaos, oh Jesús, que cuando vinisteis del Cielo a la tierra, yo os recibí en mi estancia, en mi familia, y que apenas estuvisteis en el mundo yo os recibí en mis brazos.

Ahora que Vos debeis ir al Cielo, conducidme con Vos. Os he recibido en mi familia, recibidme ahora en la vuestra. Yo os he llevado en mis brazos, llevadme en los vuestros, y así como tuve cuidado de alimentaros y conduciros durante el curso de vuestra vida mortal, tened ahora cuidado de mí, y conducidme a la vida eterna». Era, pues, digno del Salvador de los hombres que su padre adoptivo recibiese este honor supremo, que sólo podía hacer su exaltación perfecta. Pero si esto era digno del Salvador, creamos que el Salvador lo cumplió. Sigamos, pues, a José con nuestras miradas, y alegrémonos de su triunfo.

SAN JOSÉ, PATRÓN DE LA BUENA MUERTE.

Es una creencia recibida entre los cristianos que los santos en el Cielo, devorados por las llamas de su ardiente caridad, tienen un celo especial en obtenernos la comunicación de las mismas gracias que ellos obtuvieron en otro tiempo de la bondad divina. Así es que se dirigen a Santa María Magdalena para obtener el espíritu de penitencia, a San Luis Gonzaga para pedirle la pureza, a Santo Tomás de Aquino la ciencia divina, a San Bernardo una tierna devoción a María, etc.

Ahora bien; entre todas las gracias y favores que San José recibió de Dios, una de las más especiales fue la dicha de morir en los brazos de Jesús y María, verse asistido y consolado por la Madre y e Hijo hasta su último suspiro.

Como no hay criatura que no deba morir un día, tampoco hay persona que no deba adherirse a aquel que tiene un inmenso poder para ayudar clientes a bien morir.

Un litigante comprometido en un negocio en que se trata para él de ganarlo o perderlo todo, busca el abogado más hábil y mejor dispuesto en su favor: a él es a quien confía el éxito de un proceso del que depende su vida o su muerte.

Pues bien, todo cristiano en el artículo de la muerte, toca a la decisión de un terrible litigio; la rabia de los demonios, el recuerdo de los pecados cometidos, la incertidumbre del estado presente, los terrores del porvenir, se reúnen a su estado presente para disputarle sus derechos a la herencia del Cielo y amenazarle con el mal supremo, que es el Infierno.

¿Podrá en aquel momento crítico dejar de buscar alguno de los santos que quiera por él y que pueda ganarle el pleito de ese formidable tribunal del que no hay apelación si se tiene la desgracia de salir condenado? ¿Pero qué santo podrá defendernos mejor que San José?

Todo el mundo cristiano le reconoce como el abogado de los agonizantes y patrón de la buena muerte. Por esto mismo, casi en todas partes se han establecido congregaciones y levantado altares bajo su invocación; por esto también en tantos lugares se han venerado su bienaventurada muerte y se celebra su fiesta.

Entre los motivos que nos obligan a reconocer con preferencia a San José por abogado de los moribundos, pueden notarse tres principales: primero, José es el padre de nuestro Juez, del que los demás santos sólo son amigos; segundo, su poder es más terrible para los demonios; tercero, su muerte es la más privilegiada y la más dulce que existió nunca.

En primer lugar, José es el padre de el que debe pronunciar nuestra sentencia. Moisés era sólo por su vocación el jefe y guía del pueblo de Israel, y sin embargo, usa para con Dios de tanta autoridad, que si intercede en favor de aquel pueblo rebelde y casi incorregible, su oración parece un mandato que ata las manos a la divina Majestad y la reduce a la impotencia de castigar a los culpables hasta que el mismo Moisés se lo permite.

¡Pero cuánta mayor fuerza no tendréis para atar las manos al soberano Juez, vos oh gran Patriarca, que fuisteis llamado a la sublime dignidad de guía, custodio, nutricio y padre de Aquel que juzgará a los vivos y a los muertos! Figurémonos que José, para auxiliar uno de sus devotos servidores presa de la muerte, se presenta al tribunal de Jesucristo y le dirige esta súplica: «¡Ah! por atención a mí, compadeceos de ese pecador moribundo; ayudadle con una gracia poderosa, concededle que haga, en sus últimos momentos, un acto de verdadera contrición.

Os pido esta gracia; ¡oh soberano Juez! por el dulce nombre de padre, con que tantas veces me habéis honrado, por estos brazos y estas manos que os recibieron, que os calentaron en vuestro nacimiento, que os trasportaron a Egipto para salvaros de los furores de Herodes, os lo pido por esos ojos cuyas lágrimas enjugué, por esa sangre que recogí en vuestra circuncisión, por los trabajos y fatigas a que me entregué para alimentaros en vuestra infancia!».

¿Podría resistir Jesús a súplicas tan apremiantes? No, seguramente; ellas serán otras tantas cadenas que sujetarán las manos y no le permitirán más que decir, como antes había dicho a María: «Dejadme, padre mío, dejadme hacer justicia al pecador». Pero José no se dará por vencido; no dejará libres las manos del Juez para condenar. Aunque seguramente Jesús no espera a que José use de autoridad; una sola de sus súplicas tiene para Él toda la fuerza de un mandato.

¡Qué dicha, pues, para un pobre moribundo encontrar un abogado tan clemente en el padre mismo de su Juez, un defensor tan poderoso en un proceso cuyo resultado infalible es la posesión o privación de una eterna felicidad!

Además, es una razón para el mundo tener en su favor un santo cuyo nombre solo hace temblar a los Infiernos. Entre las alabanzas que la Iglesia le tributa, se encuentra el título de vencedor del Infierno. Mereció este glorioso título, cuando para sustraer al divino Niño a la muerte que le preparaba el cruel Herodes, le trasladó a Egipto: puesto que Herodes era la figura y el instrumento del dragón infernal, perseguidor de Jesús y de todas las almas que rescató, José al vencer a este príncipe venció al demonio; y esta primera victoria le condujo a conseguir otra más brillante.

Orígenes nota que en la orden dada por el Ángel a San José de ir a Egipto, se encontraba comprendido el poder de echar los demonios, que habían fijado el centro de su imperio en esta tierra infiel. En efecto, en el mismo instante en que el santo Patriarca entró en él con el niño Jesús y su madre, los ídolos rodaron por el suelo, callaron los oráculos, el padre de la mentira se encontró encadenado y los espectros infernales emprendieron la fuga al primer aspecto del divino sol de justicia, aunque apenas naciente y oculto aun tras el velo de la humanidad, como lo había anunciado el profeta Isaías.

Estas victorias pertenecían sin duda al Dios niño; pero quiso para conseguirlas servirse del brazo de San José como jefe de la familia, guía del viaje, salvador del Salvador de los hombres. Así que desde entonces, aterrado el demonio comenzó a temblar al solo nombre de José.

¡Pues con cuánta más razón no ha de temerle hoy que ve brillar con tanto esplendor su mérito, su santidad, su dignidad, su poder José es uno de los primeros potentados del cielo y ocupa el rango que conviene al padre del Rey y al esposo de la Reina! Lucifer lo sabe, y he aquí por qué se acerca con temor al lecho de un moribundo que durante su vida se mostró devoto servidor de San José.

No ignora que el divino Salvador, para recompensar a este gran santo por haberle libertado del cuchillo de Herodes y una muerte temporal, le dio el privilegio especial de sustraer a la espada de los demonios y a una muerte eterna a los moribundos que se coloquen bajo su protección. ¿Pero San José dejará ocioso un privilegio tan bello? No, sin duda, y hay innumerables ejemplos de lo que sabe hacer por sus servidores.

Estos rasgos señalados de protección son los que determinan todos los días a una multitud de cristianos a recurrir a él para encontrar bajo sus alas un escudo impenetrable a las asechanzas del demonio en esos momentos críticos en que su furor se redobla a la vista de una presa que va a escapársele.

Por todo lo que acabamos de decir, se ve cuán justo y razonable es que todos los cristianos escojan a San José por su protector en el momento crítico e inevitable de la muerte.

Padre de su Juez, ¿le faltará autoridad para aplacarle e inspirarle sentimientos de clemencia? Vencedor de los demonios, ¿no sabrá echarlos del lecho de muerte con su clemencia? Favorecido con la muerte más dulce y más feliz que existió jamás, ¿no acudirá con su santísima Esposa a ayudar a bien morir a cristianos que le hayan invocado y se hayan declarado sus devotos servidores durante su vida? Si debemos todos morir, todos debemos apresurarnos a impetrar la protección de San José como patrón de la buena muerte. A esto nos exhorta la Iglesia en el himno con que celebra su feliz tránsito a mejor vida.

Hijos dóciles de esta santa madre, conformémonos satisfechos con sus intenciones. Recurramos a San José, supliquémosle nos obtenga una santa muerte, y podemos estar seguros de que nuestra oración será escuchada.

BIENAVENTURADA MUERTE DE SAN JOSÉ

Acabamos de considerar, almas cristianas, las diversas razones que deben comprometer a todos los cristianos a recurrir a San José para obtener una buena y santa muerte, y hemos visto que estas razones son de las más fuertes y concluyentes. Meditemos ahora sobre esta bienaventurada muerte; asistamos a ella en espíritu y seamos testigos de este sublime espectáculo. Trasladémonos, pues, con, el pensamiento a la santa casa de Nazaret y contemplemos a San José tendido sobre una pobre cama.

La Virgen, sosteniendo su cabeza con sus manos inmaculadas, y Jesús, el Verbo encarnado, estando a su lado contemplándole con cariño y fortificándole con su mirada. Recojámonos, almas cristianas, como todo el Cielo está recogido, alrededor de este moribundo; asistamos a la muerte cuando se operaban las últimas obras de la gracia en el alma de José; contemplemos, en fin, el sublime espectáculo que va a verificarse.

Jesús y María, al ver que a José sólo le quedan algunas horas que pasar en este destierro, quieren manifestarle su gratitud de una manera divina, llegando de esta manera al colmo de sus beneficios.

El Rey y la Reina de los serafines, para elevarle a una gloria inmensa en el Paraíso, le elevan a un indecible amor en la tierra, Jesús, el divino maestro, que como Dios es la caridad infinita y que posee la plenitud en su corazón, estrecha contra su divino pecho a su amadísimo padre a fin de sumergirle vivo aún en este divino incendio, abrasarle más y más y transformarle completamente; le habla y su voz enternece su corazón; le mira, le hiere y le trasfigura; toma las manos de José y por este contacto le santifica, imprime a todo su ser el sello vivo de la Divinidad, que quiere satisfacer a José la deuda de su agradecimiento, emplea todo su poder en enriquecerle.

Ella, que posee en su corazón más amor que tienen todos los Serafines, todos los espíritus bienaventurados y todos los santos reunidos, que es la tesorera de todas las gracias y dones del Espíritu Santo, se apresura a enriquecer el alma de José, le envía divinos ardores y le hace adelantar aun, durante el poco tiempo que le queda, un inmenso camino en el divino amor, Así que, a la vista del Verbo encarnado y de la Virgen, bajo la acción del doble fuego que parte del Corazón divino y del Corazón inmaculado, José multiplica rápidamente sus actos de caridad y de amor; habiendo obtenido todos los auxilios necesarios para obrar según toda la actividad de la gracia que está en él y todo acto en que la gracia obra con toda su energía doblando la caridad interior, resulta que José ofrece un divino espectáculo a la adorable Trinidad, al Verbo encarnado, a su divina Madre y a todos los Ángeles de Dios; elévase por momentos, de acto en acto a un amor de Dios doble del que sentía; es un sol cuyos fulgores se aumentan por instantes; es un incendio cuyas llamas se hacen inextinguibles; es una unión con Dios, con el Corazón del Verbo encarnado, cuya intimidad se dobla por momentos; es el alma llegando hasta los trasportes ardientes de la Divinidad y percibiendo a través del último velo su bondad infinita, y sintiéndose arrebatada hacia ella con un movimiento inefable, impetuoso.

Este movimiento se llevaría mil veces tras de sí el alma de José, si Jesús no la retuviera por un milagro, para darle tiempo de que aumentara aún más sus redoblados trasportes de amor, sus méritos y su gloria.

Por fin José se encuentra en el grado de gracia y por consecuencia de gloria, en que Dios le vio por toda la eternidad. El último diamante se engasta en su corona; está bastante abrasado de amor; está bastante elevado por encima del coro de los serafines, para que aparezca en el cielo en el mismo puesto en que apareció sobre la tierra; al lado de María y de Jesús. La adorabilísima Trinidad pone la última mano a la tercera obra maestra de su poder, de su sabiduría y de su amor; el último golpe maestro está dado; todo se ha concluido; el milagro que retenía a José la vida está suspendido.

Y este amor más que seráfico qué abrasa su alma, obrando con toda su intensidad, rompe repentinamente las cadenas que le sujetaban al cuerpo, y José muere de amor en los mismos brazos de su Dios.

Y ahora, almas cristianas, recojámonos aún más si es posible.

¡José acaba de morir!… y he aquí ese anciano venerable tendido y transfigurado sobre su lecho de muerte… y su frente brilla con una majestad augusta y sublime

¡José acaba de morir!… y Jesús lleno de piedad filial sobre su amadísimo padre dulces lágrimas de ternura y amor… y María confunde sus lágrimas con las de su divino Hijo.

¡José acaba de morir!… y sus miembros permanecen flexibles como si estuviera vivo… y de su cuerpo virginal se exhala un perfume más suave que el que se ha de exhalar en la continuación de los tiempos del cuerpo de los santos.

¡José acaba de morir!… y un religioso silencio reina en torno de estos despojos mortales… y los Ángeles lo contemplan con atento y admiración…

¡José acaba de morir!… consolemos a Jesús, consolemos a María; ¡oh sí!, almas cristianas, consolémosles prometiendo amar a José, venerarle todos los días y hacerle amar, extender su culto cuanto podamos.

¡José acaba de morir!… llenemos ahora un deber de caridad. ¡Ah! ¡Por favor, no abandonemos la santa casa en que se encuentra, acerquémonos, por el contrario, a él! Sí, acerquémonos con respeto, y mientras que Jesús y María dan libre curso a su dolor, prosternémonos ante el cuerpo de este santo Patriarca y venerémosle con el mayor respeto.

Veneremos desde luego esta cabeza, confidente de los secretos del Altísimo, que llevó las solicitudes del misterio del Verbo encarnado; esta cabeza donde reinó siempre el pensamiento de Dios y de su gloria, y que nunca la atravesó una sombra de una idea contraria a la ley divina; esta cabeza que, durante la infancia del Verbo encarnado, fue tan frecuentemente el apoyo de su cabeza divina, confundida entonces en una misma gloria hasta cierto punto con la diadema de su divinidad; esta cabeza que, antes del último suspiro, se vio aun honrada con este favor y consagrada con este divino contacto.

Os saludamos, pues, sagrada cabeza que llevareis un día la tercera corona en el Cielo. Acerquémonos ahora a los pies del santo Patriarca, y arrodillados besemos con respeto estos pies divinos, cuyos pasos todos fueron por Dios, por Cristo, por la Virgen y por nosotros. Vamos, en fin, a venerar sus gloriosas manos cruzadas sobre su pecho.

Ellas terminaron su trabajo y no tendrán ya otro que el de distribuir en el cielo las gracias que Jesús y María se complacerán en conceder por él. Imprimamos con fe y con amor nuestros labios sobre estas benditas manos, y mientras que las besamos, viendo anticipadamente nuestra última hora, arrojémonos en espíritu en brazos de José; si no es bastante, hundámonos, refugiémonos hasta en el centro de su corazón, como en un asilo seguro y una fortaleza inexpugnable.

Conjurémosle nos guarde en él y nos defienda durante el último combate. Digamos como Jacob al Ángel: no os dejaré, no me arrancaré de vuestros brazos hasta tanto que me hayáis dado vuestra bendición para la última hora: Non dimíttam te donec benedixéris mihi.

Como este favor es para nosotros la gracia de las gracias, el coronamiento de todas las demás y la puerta de la bienaventurada eternidad, después de haberla pedido con vivas instancias a San José, pidámosla también a Jesús y María, aprovechémonos de un momento en que estemos seguros de tener acceso a sus corazones: lloran aún al que acaba de cerrarlos ojos. Por el nombre de vuestro muy querido José, por la dulzura de su muerte, por las lágrimas que le tributasteis, oh Jesús, oh María, dignaos, en unión de José, bendecirnos en nuestra última hora.

Os pedimos esta gracia en presencia del cuerpo virginal de José, y no cesaremos de pedirla todos los días de nuestra vida. Divino Salvador, y vos divina Madre, que durante las últimas horas de José no dejasteis de contemplarle; ¡oh Salvador rico de misericordia! ¡Oh Virgen rica de clemencia, no os pedimos más que una sola de esas miradas que regocijaron a José: una sola, porque una sola nos basta!

Día 30

DÍA TRIGÉSIMO — 30 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

39-¿Cómo la exaltación fue gloriosa para José?
El triunfo del antiguo José está los ojos de los Santos la figura del esplendor celeste del nuevo José. El Salvador dijo al segundo, como para el primero: «Yo os escojo desde hoy para reinar sobre todo mi imperio; yo no tendré sobre vos, sino el trono y la cualidad de rey; quiero que todo el mundo doble la rodilla delante de vos, y que todos os reconozcan como depositario de mi poder». Al mismo tiempo fue investido de una gloria inmensa.

El Señor, dice San Gregorio Nacianceno, colocó en él, como en un sol, las luces de todos les Santos, y le dio, como refiere el piadoso Bernardino de Bustis, una de las llaves del Paraíso, reservando la otra para su madre, y queriendo que en adelante no entrasen en el Cielo sino por su poderosa mediación. Tal es la fe de la Iglesia, que nos lo ofrece como un servidor prudente y fiel, establecido en la tierra sobre la primera familia, y en el Cielo sobre todo sus bienes.

Es fuera de duda, dice San Bernardino de Siena, que Nuestro Señor no le rehusó en el Cielo la familiaridad y el respeto, con que le honró en este mundo, como un niño a su padre; sino que al contrario, fue todavía más afectuoso y más adicto. Unámonos a tanta gloria como hijos adoptivos de José; alegrémonos en su elevación, y seamos celosos por su culto.

RESURRECCIÓN DE SAN JOSÉ.

«Si el Dios salvador, dice San Bernardino de Siena, ha querido para satisfacer su piedad filial, glorificar el cuerpo juntamente con el alma de María en el instante de su gloriosa Asunción, puede, y aún debe creerse piadosamente que no ha hecho menos respecto de San José, tan grande entre todos los santos; que le resucitó glorioso aquel mismo día en que después de resucitarse a sí propio, y a tantos otros de entre el polvo de la tumba, para que de este modo, aquélla santa familia que había estado unida en la tierra por la comunidad de sufrimientos y por los vínculos de un mismo amor, reine ahora en cuerpo y alma en la gloria de los cielos.

San Francisco de Sales es también del mismo parecer que San Bernardino de Siena: «Creo, dice el santo, que nadie pueda poner en duda esta verdad, a saber, que Dios llevó a San José al Cielo en cuerpo y alma».

Muchos célebres doctores, entre ellos Francisco Suarez, se expresan con el mismo lenguaje respecto de San José, y son de parecer que no solamente concedió Nuestro Señor a José como a los demás justos la gracia de abandonar el seno de Abrahán para entrar en los Cielos el día de su Ascensión gloriosa, sino que añadió el privilegio de la resurrección, con el objeto de que entrase en cuerpo y alma, en la morada celestial.

Puede asimismo creerse, según opinan multitud de devotos de este gran Santo, que su cuerpo tampoco experimentó la corrupción del sepulcro; sino que después de su muerte se conservó inalterable por virtud divina hasta el momento de la resurrección de Jesucristo, en que volvió a tomar la vida para ser, en el orden de los tiempos, el primer ornamento de la Jerusalén celestial pues de la Santísima humanidad visible nuestro divino Salvador.

Creamos también nosotros con los verdaderos devotos de san José en esta prerrogativa tan gloriosa, y consideremos ahora las razones que ha habido para concedérsela.

Jesucristo ha preservado a José de la corrupción del sepulcro y le ha resucitado después, por un efecto de su amor filial. ¡Ah! recordemos para esto que le amó como jamás hijo alguno ha amado a su padre, y que en el momento en que la muerte debió por algún tiempo separarle de él en cuanto hombre, debió ocurrírsele el más vivo deseo de preservar de la destrucción del sepulcro a aquel cuerpo santo que fue su altar vivo en el mundo. ¿Y quién podría impedirá Jesús que realizase éste deseo, conforme además con el que tenía la santísima Virgen?

Al morir, pudo decir José con toda verdad: «¡En vuestras manos, Señor, encomiendo mi alma y mi cuerpo!» y Jesús, que por medio de sus Ángeles recibía su bendita alma, tenía al mismo tiempo en sus brazos el cuerpo de su buen padre; debió por consecuencia guardarle con el mayor cuidado, y al cumplir para él con los últimos deberes, pronunciar anticipadamente aquellas palabras: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi vivirá aun cuando estuviere muerto», debió también desear ardientemente que el orden de su providencia le permitiera cumplirlas en la persona de aquél que había sido su custodio y su protector.

También favoreció Jesucristo a nuestro santo con la prerrogativa de que venimos haciendo mérito en agradecimiento a su abnegación; porque si era verdad que José le había salvado con frecuencia de la muerte, parecía conveniente que a su vez le preservase de los errores del sepulcro.

Jesucristo ha glorificado el cuerpo de San José a causa de las relaciones de inmediato contacto en que estuvo con el suyo. ¡Cuántas veces, en efecto, estaría unido con la sagrada carne del Verbo de Dios, que es por esencia vivificante! ¡Cuántas veces tocarían a aquel divino Niño las manos de San José, y cuántas otras el cuerpo de nuestro Santo parecería no hacer sino una misma cosa con el de Jesús! ¿Y hubiera permitido este divino Redentor que se separasen en la muerte?

¡Oh venerable cabeza que estuvisteis apoyada en la de Jesús! ¡Era imposible que llegarais a convertiros en inanimado polvo! ¡Tampoco podíais dejar de ser incorruptibles, oh brazos consagrados, que fuisteis el altar de la santa víctima! ¡Ni podíais ser abandonados a los gusanos del sepulcro; oh bendito pecho, que tantas veces fuisteis el lugar en que descansó el divino Jesús!

También ha concedido Jesucristo esta prerrogativa a su padre nutricio para recompensarle por su eminente santidad; porque en el día de su resurrección debía triunfar no solamente en su persona adorable sino también en las de sus santos; muchos de estos debían tomar nuevamente la vida al mismo tiempo que él y de este modo ser sus compañeros de gloria en cuerpo y alma, y como San José era entre todos los justos el más agradable a sus divinos ojos y el más elevado en santidad, debía por lo tanto ser el primero entre estos santos tan privilegiados.

Jesucristo ha querido además glorificar el cuerpo de San José, porque su padre adoptivo tuviese aún otra semejanza con María su augusta esposa. Ha querido que participase de la prerrogativa con que debía ser favorecida, y que de este modo la santa Familia estuviese toda en cuerpo y alma en el Cielo como ya estado en la tierra.

Pero el principal motivo por que ha querido Jesucristo glorificar a San José, ha sido para recompensar dignamente al que fue el más puro de todos los hombres.

Era conveniente que el justo que con tanta gloria había llevado el estandarte del castidad fuese preservado de la corrupción del sepulcro; que aquella carne virginal que había sido en la presencia de Dios como un lirio resplandeciente fuese trasladada al Cielo sin sufrir la descomposición de la muerte. Si cuando José moribundo decía: «Yo sé que veré a mi Dios en mi carne», Jesús le hizo comprender que podía morir con la firme esperanza de que en el instante en que resucitase su Redentor, también él volvería a recibir la vida y le vería glorioso en su carne tan pura y tan santa, y gozaría de su adorada presencia.

Apreciemos, pues, y guardemos inviolablemente la castidad, esa virtud tan hermosa y tan agradable a Dios, que comunica a la carne del hombre algo de divino que la misma muerte parece respetar.

Santifiquemos cada vez más nuestro cuerpo por medio de fervorosas comuniones considerando que la adorable carne del Dios de la Eucaristía deposita en la nuestra gérmenes de vida y el principio de una resurrección gloriosa.

Ensalcemos a San José glorificado por Dios hasta en su cuerpo, y exclamemos con un piadoso autor: «¡Bienaventurado el cuerpo de San José, trono vivo del Verbo divino durante su menor edad en la tierra, tabernáculo movible de la divinidad que habitó entre los hombres, altar animado de la hostia de salud! ¡Bienaventurado aquel cuerpo virginal que ha sido destinado a brillar en primera línea entre los astros del cielo!».

Bendigamos a Dios que ha recompensado a San José con tanta munificencia y aprendamos con esto cuánta es su liberalidad para con aquellos que se consagran a su gloria.

Meditemos que también nosotros hemos de resucitar algún día; pero sin olvidar jamás que si nuestro cuerpo ha de ser entonces semejante al de San José, es necesario que guardemos también una castidad digna de nuestro estado, porque solamente aquellos que tienen un corazón puro podrán decir con gran consuelo para su alma estas palabras de esperanza: «Yo sé que resucitaré y veré a mi Dios en mi carne».

Día 31

DÍA TRIGÉSIMOPRIMERO — 31 DE MARZO

CATECISMO DE SAN JOSÉ

40- ¿Cómo fue favorable a los hombres la exaltacion de José?
Así como la gloria de José fue un homenaje a sus méritos, del mismo modo el poder con que Dios le honró es un recurso en nuestras necesidades. No podemos dudar de ningun modo, dice San Francisco de Sales, que este glorioso Santo tenga mucho crédito en el Cielo, cerca de aquel que tanto le ha favorecido y que le elevó en cuerpo y alma.

PREEMINENCIA DE SAN JOSÉ EN EL CIELO.

Si es verdad que San José recibió del Cielo una plenitud superabundante de gracias, proporcionada a los empleos que Dios le confió, a las pruebas a que le ha expuesto y a los servicios prestados, y que él por su parte cooperó fielmente a todas estas gracias, debemos deducir de aquí que este gran santo adquirió tesoros de méritos tan sublimes, que sólo Dios puede tener un conocimiento perfecto de ellos, y que por consecuencia posee en el Cielo un grado de gloria excelentísimo y singularísimo.

«Muy lejos, pues, dice el docto y piadoso Francisco Suarez, de ser temerario el sentimiento de los que aseguran que San José sobrepuja a los demás santos, creo que es sumamente piadoso y conforme con la verdad».

Sin duda, dice el célebre Gerson, hay en el Cielo santos colocados en un puesto muy elevado; por ejemplo, San Juan Bautista, los apóstoles, sin mencionar los Ángeles; sin embargo, creo que San José es superior en jerarquía a todos los bienaventurados. Si los apóstoles ocupan el primer puesto, es en el orden jerárquico de la Iglesia, pero no en el orden de la unión hipostática, donde no vemos figurar más que a María y José. Ahora bien; como el misterio de la Encarnación domina todo en el Cielo como en la tierra, la gloria de estos santos esposos es superior a la de los demás santos.

Para convencernos mejor de esta verdad, almas cristianas, recordemos los servicios que San José tuvo el honor de prestar a Dios en la tierra. Trabajó con éxito en el asunto más importante que se ha emprendido hasta ahora. Gobernó la santa Familia con tanta prudencia como fidelidad.

Fue el custodio de aquel que guarda a todos los seres creados, el ángel del gran consejo, prestándoles los buenos oficios que nuestros ángeles nos rinden; el redentor del Redentor de los hombres que rescató de las manos de los sacerdotes, en el día de su presentación en el templo; el salvador del Salvador del mundo por haberle salvado de mil peligros; el señor del Señor, el superior del Rey y de la Reina del cielo; su tutor, su nutricio, su guía, su ayuda, su amigo su defensor, su todo.

Tuvo la ventaja como lo notan los santos doctores, que sus cuidados, sus trabajos, sus solicitudes tuvieran por objeto inmediato la persona adorable del Salvador. Los que alimentan a Jesucristo en los pobres que son sus miembros enfermos, merecen una recompensa y el Espíritu Santo les promete la abundancia de los bienes temporales y eternos; pero nada hay comparable a la gloria y a la dicha de José que alimentó efectivamente al Hijo de Dios mismo y a quien el Salvador pudo decir en el rigor de la verdad más exacta:

«Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber»

. ¿Y cómo podemos dudar que el pecado de los judíos, que crucificaron a Jesucristo, no tuvo una malicia particular, como lo enseña Suárez: «Peccatum peccávit Jerúsalem», debemos creer, también que los servicios que sal José prestó al Salvador del mérito extraordinario.

Si Dios en otro tiempo prometió hombres que recibieran un profeta, la recompensa debida al profeta mismo, ¿no está obligado, por la misma ley a dar a José, que recibió un Dios en nombre de Dios, recompensas dignas de la munificencia de un Dios?

¿El derecho natural, la razón y la santidad de José no piden que Nuestro Señor haga sentar a este santo Patriarca sobre un trono más cercano al suyo, después del de su augusta Madre? El Hijo de Dios tiene todo el poder en el Cielo como en la tierra, y en este reino habría servidores interpuestos entre su padre y Él. ¿Es creíble que este bondadoso Salvador haya colocado lejos de sí a un santo que durante treinta años le llevó en sus brazos, que le amó con un amor tan tierno y tan constante?

María es la soberana de los cielos, dice la santa Iglesia, “Regina Coeli”, y en el imperio de esta augusta Reina no puede haber nadie colocado en superior categoría a su casto esposo.

Estaban demasiado unidos en la tierra para que estén separados en la eternidad. Los ángeles y los bienaventurados llaman a María su reina y su soberana; sólo San José tiene el derecho de llamarla su esposa y su angélica compañera. Si en virtud de la adopción divina debemos esperar ver a Dios y gozar de una gloria semejante a la suya; qué recompensa más magnífica estará reservada al que fue escogido para ser padre del Hijo único de Dios.

¡Ah! ¿Decidnos, oh bienaventurado José, los honores que Jesús, vuestro hijo adoptivo os rindió en presencia de los ángeles y bienaventurados, haciéndoos sentar en el cielo en el trono de gloria que os había erigido él mismo con su mano portentosa? ¿Qué consuelo tan inefable llenaría vuestro corazón cuando visteis salir de su divina boca estas palabras dirigidas a su padre:

«Padre mío, ¿qué recompensa daremos a este hombre, que pueda igualar a los buenos oficios que recibí de él? Él ha sido el fiel custodio y protector de la virginidad de mi madre; me hizo una cuna el día de mi nacimiento; me llevó a Egipto para librarme del furor deseado de Herodes; me ha educado con grandes cuidados; me ha amado y colocado en toda clase de bienes: Bonis omnibus per eum repletti sumus. ¿Qué le daremos?»?

Gran Dios, que tomáis parte en las obligaciones que el Verbo encarnado cree tener con San José; bondad soberana, que nunca os dejáis superar en generosidad por vuestras criaturas; Dios del Cielo, que habéis prometido vuestra gloria a los que dieran en vuestro nombre un vaso de agua al pobre mendigo, qué testimonio de gratitud no daríais a este santo Patriarca. Padre de bondad, le suplicaríais dispusiera de la mitad de vuestras riquezas, recompensaríais la fidelidad y la prudencia, de este fiel servidor concediéndole la mitad de vuestros bienes y la libertad de disponer de ellos en favor de los que le honran le invocan,

¡Y vos, oh Jesús! Hijo único de Dios, idea perfectísima de la perfecta gratitud, ¿qué disteis a aquel de quien recibisteis tantos honores y bienes? Fiel a vuestra promesa: «Dad y se os dará, se verterá en vuestro seno una medida, colocada, apretada y derramándose por los bordes; le daríais un palacio en el cielo por una casa en la tierra; el seno de un Dios por el seno de un hombre; la gloria eterna por los honores temporales; vuestro corazón por el suyo, y amor por amor.

«Cuando Jesús, dice Bossuet, aparezca en su gloria, descubriréis las maravillas de la vida oculta de José; sabréis lo que ha hecho durante tantos años y cuán glorioso es ocultarse con Jesús! Es indudable que no es de los que recibieron su recompensa en este mundo; por esto aparecerá entonces, porque no ha comparecido aún; brillará porque aún no ha brillado. .

¡Ojalá que pudiéramos, oh bienaventurado José! tener parte en todos estos bienes que coronan vuestros méritos y a las alegrías superabundantes en que rebosa vuestro corazón, después de haber contribuido con todas nuestras fuerzas a la gloria que Dios os ha destinado y estamos obligado à rendiros.

Ahora que estáis en el Cielo, lleno de dicha, sentado sobre un trono elevado al lado de vuestro amadísimo Jesús, que tan sumiso estuvo a vuestra voluntad en la tierra. San José, tened piedad de nosotros. Considerad que vivimos rodeados de innumerables enemigos, de demonios, de pasiones malditas que vienen a asaltarme continuamente para hacerme perder la gracia de Dios.

¡Ah! os suplico en nombre del favor que os fue concedido en la tierra de gozar continuamente de la compañía de Jesús y de María, alcanzarnos el favor de vivir el resto de nuestros días siempre unidos a Dios, resistir todos los asaltos del Infierno y morir después amando a Jesús y María a fin de que podamos un día ser admitidos a gozar de su compañía en el reino de los bienaventurados».

ACTO DE CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ, PARA CONCLUIR EL MES DE MARZO

ACTO DE CONSAGRACIÓN A SAN JOSÉ

Glorioso San José digno entre todos los santos de ser venerado, amado é invocado, a causa de la excelencia de vuestras virtudes, de la eminencia de vuestra gloria y de la omnipotencia de vuestra intercesión, en presencia de la adorable Trinidad, de Jesús vuestro hijo adoptivo, de María, vuestra casta esposa y mi tierna Madre, os tomo hoy por mi abogado para con ambos, por mi protector y padre: me propongo firmemente no olvidaros nunca, honraros todos los días de mi vida y hacer todo lo que dependa de mí para inspirar vuestra devoción a todos los que me están confiados.

¡Dignaos, os lo ruego encarecidamente, oh amadísimo Padre! concededme vuestra protección especial. No soy digno; pero sin embargo, en nombre del amor que tenéis a Jesús y María, recibidme por vuestro servidor perpetuo, en nombre, pues, de esta dulce sociedad que formaron con vos Jesús y María durante todo el tiempo de vuestra vida, protegedme mientras viva, a fin de que nunca me separe de Dios perdiendo su santa gracia.

En nombre de la asistencia que encontrasteis en Jesús y en María en la hora de vuestra muerte, protegedme especialmente en la hora de la mía, a fin de que muriendo acompañado de vos, de Jesús y de María, vaya un día a daros gracias en el Paraíso, pueda, en vuestra compañía, alabar y amar eternamente a nuestro Dios. Así sea.

LETANÍAS DE SAN JOSÉ.

Señor, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.

Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.

Señor, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.

Jesús, óyenos.
Jesús, óyenos.

Jesús, acoge nuestras súplicas.
Jesús, acoge nuestras súplicas.

Padre celestial, que sois Dios,
tened piedad de nosotros.

Hijo redentor del mundo, que sois Dios,
tened piedad de nosotros.

Espíritu Santo, que sois Dios,
tened piedad de nosotros.

Santísima Trinidad, un solo Dios,
tened piedad de nosotros.

Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José,
Ruega por nosotros (emplear esta respuesta de ahora en adelante).
San José, nutricio del Verbo encarnado,
San José, coadjutor del gran consejo,
San José, hombre según el corazón de Dios,
San José, fiel y prudente servidor,
San José, custodio de la virginidad de María,
San José, dotado de gracias superiores,
San José, purísimo en virginidad,
San José, profundísimo en humildad,
San José, altísimo en contemplación,
San José, ardientísimo en caridad,
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo,
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación,
San José, que tuvisteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores,
San José, que tuvisteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra,
San José, que visteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres,
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María,
San José, que fuisteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios,
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas,
San José, que habéis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María,
San José, que anunciasteis la venida de Cristo a los limbos,
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo,
San José, que habéis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima,
San José, padre y consolador de los afligidos,
San José, protector de los pecadores arrepentidos,
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte,

Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
acoge nuestros ruegos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
ten piedad de nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
perdónanos, Señor.

V. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
R. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACIÓN

¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le disteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumisión y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos también con piedad filial, a fin de obtener por su intercesión, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía!

(Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).

MEMORÁRE

Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que habéis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favorablemente. Así sea.

(Trescientos días de indulgencias, una vez por día, aplicables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).