Contricion

Contrición y penitencia: condición de la misericordia

Publicado el 21 de septiembre de 2025

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Santo Tomás y la tradición enseñan que la misericordia divina no destruye la justicia; sino que más bien, la perfecciona. Cuando el pecador se convierte, la Justicia Divina ya no tiene razón de aplicar el castigo extremo porque la finalidad (la salvación del alma) se alcanza por la contrición y la satisfacción interior; solamente así, la misericordia puede entonces obrar plenamente sin violar la rectitud divina.

El arrepentimiento y la penitencia (no como son vistos hoy en día; simples gestos devocionales desprovistos de compromiso serio y real, si es que este acaso existe) son actos de justicia hacia Dios, que ha sido ofendido. Como enseñan los Padres de la Iglesia, mientras el pecado permanece sin arrepentimiento, la ira divina pesa justamente sobre el culpable, y ninguna apelación sentimental puede atenuar esa realidad. El castigo, ya sea éste, temporal o eterno, es el desenlace natural para con una voluntad obstinada en el mal.

Ahora bien, la misma historia muestra que Dios, en cuanto ve un corazón quebrantado, inclinado con contrición verdadera, suspende su castigo y concede entonces así su misericordia. Pero es necesario entender, que esta misericordia no es gratuita, sino que se obtiene como respuesta del arrepentimiento y de la penitencia. No anula la justicia con cuestiones sentimentaloides, sino que la satisface por su rigor, porque el pecador, al someterse a la penitencia, reconoce su culpa y acepta el padecer alguna dificultad o aspereza temporal como remedio. San Juan Crisóstomo lo expone con Nínive:

«El ayuno de los ninivitas no cambió la naturaleza de Dios, sino que transformó la disposición de los hombres. Ellos pasaron de la iniquidad a la justicia, y así, al cambiar ellos, también cambió el juicio pronunciado contra ellos. No es que Dios se arrepienta, sino que los hombres se arrepienten, y por eso cesa justamente la sentencia.»

Nínive, tomado de sus Homilías sobre la penitencia (Homilía IV, PG 49, 310)

Por tanto, la doctrina católica enseña dos verdades inseparables: sin conversión, el castigo es inevitable; con arrepentimiento sincero, Dios perdona de manera sobreabundante. La misericordia no es de ninguna manera condescendencia con el pecador, sino el fruto de una justicia reconocida y satisfecha por la penitencia y, en última instancia, por la Sangre de Cristo, que el pecador acoge para su salvación. Así, todo cristiano tiene a su disposición, los remedios que han de asistirle en su vuelta a la vida en gracia, y estos son:

La contrición (perfecta cuando nace por amor a Dios, imperfecta por miedo al castigo) es la raíz; sin ella no hay conversión real.

El propósito de enmienda: La intención de no volver al mismo pecado, misma que distingue a la auténtica penitencia de la mera emoción pasajera.

Los recursos sacramentales: (Confesión, Eucaristía, penitencia impuesta) y las prácticas ascéticas (ayuno, oración, limosna) son canales por los que la gracia obra y transforma la voluntad.

La penitencia pública: muestra, como ya veremos, que la conversión puede tener efecto colectivo y provocar la clemencia de Dios sobre pueblos enteros.

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás trata la penitencia con mucha profundidad en la Suma Teológica, sobre todo en la IIIª Parte, Cuestiones 84–90, y también en la Suma contra Gentiles y sus Comentarios.

1. Naturaleza de la penitencia

La penitencia es una virtud y un sacramento. Como virtud: es el hábito interior por el que el hombre se duele de sus pecados pasados como ofensas a Dios, y tiene el propósito de cambiarlos. (STh III, q.85, a.1). Como sacramento: es el medio instituido por Cristo para perdonar los pecados después del bautismo, a través de la confesión, contrición y satisfacción. (STh III, q.84, a.1).

2. Los actos de la penitencia

Santo Tomás identifica tres actos principales, que son a la vez condición y efecto del sacramento:

Contrición: Dolor y repudio del pecado cometido, con la voluntad de no repetirlo. Puede ser perfecta (por amor a Dios) o imperfecta/atrición (por miedo al castigo). Ambas son válidas en el sacramento, porque la gracia perfecciona la atrición. (STh III, q.85, a.2–3).

Confesión: Declaración humilde y sincera de los pecados al sacerdote. Necesaria para que el juez (el confesor) pueda aplicar la medicina adecuada. (STh III, q.84, a.7).

Satisfacción: Obras penitenciales (ayuno, oración, limosna, etc.) para reparar el daño del pecado. No quitan el valor de la Cruz, sino que hacen que el penitente participe de ella, aplicando los méritos de Cristo a su vida concreta. (STh III, q.86, a.2).

3. Relación con la justicia y la misericordia

El pecado rompe la justicia hacia Dios. Por tanto, la penitencia es una especie de justicia: da a Dios lo que le corresponde, al reconocer el mal hecho y buscar reparar. (STh III, q.85, a.3). La misericordia de Dios no anula esta justicia, sino que la perfecciona: Dios perdona porque el pecador se somete a la medicina de la penitencia, y lo hace por los méritos de Cristo.

Algunos ejemplos bíblicos

Judith y el asedio de Holofernes

En el Libro de Judit, la ciudad de Betulia se encontraba al borde de la rendición: sitiada por Holofernes, general del rey Nabucodonosor, la falta de agua y provisiones hacía imposible resistir. Los jefes del pueblo ya hablaban de entregarse. Pero entonces aparece Judit, una viuda piadosa, que antes de actuar se reviste de penitencia, oración y ayuno. Reconociendo que el sitio era consecuencia de los pecados de Israel, se humilla ante Dios y le suplica perdón. Solo después, confiada en el auxilio divino, se introduce en el campamento enemigo, seduce con prudencia a Holofernes y, mientras duerme ebrio, le corta la cabeza. El ejército asirio, viendo muerto a su caudillo, entra en pánico y huye. Aquí la victoria no fue fruto de una fuerza militar, sino del arrepentimiento, la penitencia y la fe de una mujer que supo mover la misericordia de Dios.

La penitencia del pueblo de Nínive

El episodio de Jonás y Nínive es, en efecto, uno de los más paradigmáticos en toda la Escritura acerca del poder del arrepentimiento para suspender el castigo divino.

Nínive, capital del imperio asirio, era una ciudad célebre por su grandeza, su riqueza y, al mismo tiempo, por sus iniquidades… La idolatría, la violencia y la corrupción habían llegado a un extremo insoportable a los ojos de Dios. Por eso, el Señor envía al profeta Jonás con un anuncio claro y tajante:

«Dentro de cuarenta días Nínive será destruida» (Jon 3,4).

El mensaje no iba acompañado de condiciones explícitas. No decía “si os arrepentís…”; simplemente proclamaba una sentencia: destrucción total. Y, sin embargo, el pueblo entendió en esas palabras no solo un decreto, sino también una oportunidad. El temor de Dios penetró en sus corazones, y ocurrió algo insólito: desde el rey hasta el más humilde, todos se vistieron de saco, se cubrieron de ceniza y proclamaron un ayuno absoluto que incluso incluyó al ganado.

El rey mismo dejó su trono, se humilló públicamente y proclamó:

«¡Quién sabe si Dios se volverá y se arrepentirá, y apartará el ardor de su ira, y no pereceremos!» (Jon 3,9).

Ese gesto de humildad colectiva fue decisivo. El libro dice:

«Y vio Dios lo que hicieron, cómo se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jon 3,10).

Algunos ejemplos extraído de la historia: El asedio de Viena

El 11 de septiembre de 1683, el inmenso ejército turco, comandado por el gran visir Kara Mustafá, asedia Viena, en ese momento extremada por el hambre y cercana a la rendición. Los turcos, bloqueados por mar en Lepanto en 1571, han proseguido por tierra su marcha hacia Europa. Parecen invencibles: más allá de Viena, entrevén Roma y San Pedro, el centro de la Cristiandad, que deben conquistar.

Al alba del 12 de septiembre, cuando Viena estaba en oración, el padre Marcos de Aviano celebra la Santa Misa sobre la colina de Kalhemberg, ante todo el ejército cristiano. Después extiende las manos y hace descender la bendición de Dios Uno y Trino sobre el ejército, por la intercesión de la Santísima Reina de la Victoria, luego de lo cual, Don Juan de Austria toma la palabra:

“Oh gran Dios de los ejércitos, míranos postrados aquí a tus pies para pedirte perdón por nuestras culpas. Sabemos bien que hemos merecido que los infieles empuñen las armas para oprimirnos, porque las iniquidades que hoy día cometemos contra tu bondad han provocado justamente tu ira (…). Pero ahora, por amor a Ti mismo, preferimos mil veces morir antes que cometer la mínima acción que te desagrade.

Socórrenos con tu gracia, oh Señor, y no permitas que nosotros, tus siervos, rompamos el pacto que solo contigo hemos estipulado. Ten piedad de nosotros, de tu Iglesia, para oprimir a la cual ya se preparan el furor y la fuerza de los infieles. Aunque es por nuestra culpa que han invadido nuestras hermosas y cristianas regiones (…) senos, sin embargo, propicio, oh Dios bueno, y no desprecies la obra de tus manos.

Recuerda que para arrancarnos de la esclavitud de satanás, Tú has derramado toda tu preciosísima Sangre (…). No permitas, Señor, que se te eche en cara haber dejado vencer a la furia de los lobos, precisamente cuando te invocábamos en nuestra miserable angustia. ¡Ven a socorrernos, oh gran Dios de las batallas! Si tú estás a nuestro favor, los ejércitos de los infieles no podrán hacernos daño. ¡Dispersa a esta gente que ha querido la guerra!

Libera, pues, al ejército cristiano de los males que recaen sobre él; sostén el brazo de tu ira suspendido sobre nosotros y haz comprender a nuestros enemigos que no hay otro Dios fuera de Ti y que Tú tienes el poder de conceder y negar la victoria y el triunfo, cuando te agrada. Como Moisés, extiendo mis brazos para bendecir a tus soldados; sosténlos y apóyalos con tu poder, para la derrota de los enemigos tuyos y nuestros, para la gloria de tu Nombre. ¡Amén!”.

Así, las huestes cristianas habiendo hecho público acto de desagravio al Señor y habiendo reconociendo la naturaleza de la situación que les tocaba enfrentar,  se aprestan para la decisiva batalla recibiendo la bendición de Aviano mientras van desfilando uno tras otro delante de él. Después, vuelto hacia el rey Juan Sobieski, le grita con certeza absoluta: “Juan, tú vencerás”.

Y es entonces, que en aquel memorable día, que unos 5,000 húsares alados, inician el combate con una carga increíble, que rompe el asedio de los turcos a Viena, salvando Austria y Europa. Desde los muros de Viena, que ya se estaban derrumbando, minados por las explosiones de pólvora, la carga de los húsares alados dio la impresión de una legión de ángeles que venían en ayuda con las alas blancas y los estandartes de color púrpura y escarlata.

Y tiembla la batalla entre la Cruz y la “Media luna”. En el ejército cristiano, que se mueve como una avalancha a la batalla, 5,000 hombres que han salido al frente contra una fuerza infinitamente superior de 120,000 turcos, fuerzas que incluían infantería, caballería y artillería, aunque algunas fuentes elevan el número hasta 150,000.

La victoria del ejército cristiano sobre el turco fue de dimensiones incalculables e imprevistas. La que para los turcos era considerada una victoria segura, se había convertido en una estrepitosa derrota, hasta el punto que Mehmet IV envía al gran Visir Kara Mustafá una cuerda de seda verde invitándolo a ahorcarse con ella.

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.

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