Convierte Nuestra Señora a un moro, y le manda que se ponga el nombre de José


Vivía en la ciudad de Nápoles en casa de un rico caballero un moro obstinado e incapaz, el cual, aunque el Padre de la Compañía de Jesús, director de la Congregación de los esclavos, había procurado en varias ocasiones que se convirtiese y dejase la secta de Mahoma, siempre había estado pertinaz.

Confirmóse más en su dureza y obstinación con los consejos de otro esclavo que entró a servir en casa de aquel caballero.

Esto tenía de bueno nuestro moro: que había cobrado una afición y amor muy grandes a una imagen hermosísima y devota de Nuestra Señora que halló en el patio o jardín de aquel palacio; y tanto cariño le tomó que todas las noches le encendía una lámpara, poniendo el aceite a su costa.

El otro esclavo, temiendo lo que después sucedió, le persuadía que dejase aquella devoción; pero nada logró del moro, que jamás quiso ni vino en ello, diciéndole que aquella Señora era muy hermosa y esperaba que le había de agradecer lo que por ella hacía.

Así fue, porque poco después, estando el moro durmiendo en la cochera de su casa, oyó que le llamaban por su nombre, y le decían:

— Abel, Abel, despierta luego, porque te quiero decir una palabra.

Despertó, y vio una luz grande, y delante de sí una matrona de gran majestad vestida de blanco, y a su lado izquierdo a un viejo venerable.

Turbóse el moro, y dijo:

— ¿Quién eres tú y cómo has podido entrar con este viejo, estando cerrada la puerta?

Respondió Nuestra Señora la Virgen Santísima:

— Yo soy María, a quien has venerado tanto tiempo en mi imagen. Este anciano que viene conmigo es San José mi Esposo, y vengo del cielo a persuadirte que te hagas cristiano y te llames José; y porque soy señora del cielo y de la tierra, he entrado a puerta cerrada.

El moro dijo:

— Señora mía, mandadme otra cualquier cosa, que yo lo haré; pero esto de ser cristiano, no.

Entonces, acercándose más, la Virgen le tocó diciéndole:

— Ea, Abel, hazte cristiano y no resistas más.

Luego comenzó el moro a dar voces y decir:

— Señora, tú has metido fuego en mi corazón; yo quiero ser cristiano y llamarme José; pero, ¿cómo lo haré, que yo no tengo memoria y no podré aprender las oraciones de los cristianos?

Díjole Nuestra Señora:

— No te dé pena eso, que yo misma quiero comenzar a enseñártelas.

Y asiéndole del brazo derecho, le hizo hacer con la mano la señal de la cruz, asegurándole que nunca se olvidaría de lo que le enseñaba. Díjole que fuese al Padre de la Congregación de los esclavos, que él le enseñaría presto las oraciones.

Hizo Nuestra Señora ademán de irse, y el moro, asiéndola del manto, le dijo:

— Señora mía, cuando yo estuviere melancólico venme a visitar y consolar.

— Así lo haré de muy buena gana, le dijo. Y luego desapareció.

Despertó el moro a su amo y refirióle lo que había sucedido. El Padre le catequizó, y con mucha facilidad enseñó lo necesario para recibir el bautismo. Con su ejemplo se convirtió el otro esclavo su compañero.

Nuestra Señora le cumplió al moro lo que le había prometido, porque antes que le bautizaran, hallándose un día muy afligido y desconsolado, levantó los ojos al cielo, diciendo:

— Señora mía, ahora es tiempo de dejarte ver para mi consuelo.

Apareciósele dos veces, y diciéndole:

— José, ten paciencia, lo llenó de gozo y alegría tan grande que, como él decía, le parecía que estaba en el paraíso.

Fue bautizado con su compañero y otros diez esclavos que se convirtieron a nuestra santa fe católica el año de 1648.

Proyecto Emaús