Cuando el hombre aparta de su vida a Dios, pretende llenar el vacío que este deja con cualquier cosa. Así, hoy en día somos testigos de una civilización que:
Odiaba creer en Dios Padre, y ahora cree en la «madre tierra».
Consideraba a las oraciones y a los milagros como supercherías, y que ahora deposita su fe en velas, cuarzos y rituales.
Detestaba las sanas inspiraciones del Espíritu Santo, y ahora es «influenciada» por youtubers.
Odiaba ir a confesión, y ahora cuenta y presume su desvergüenza públicamente en las «redes sociales».
Odiaba la práctica de la oración, y ahora se entrega a largas sesiones de yoga , «mindfulness» y «meditación trascendental».
Se avergonzaba de tener en sus hogares imágenes y altares dedicados a la Virgen y a los santos, y hoy en su lugar tienen a buda, al ojo de fátima y al gato chino de la suerte.
Odiaba el ayuno en la Cuaresma, y ahora se somete a rigurosas dietas para verse más «sexy».
Odiaba ir al Santísimo para ayudarse a permanecer en gracia, y ahora visitan las pirámides para llenarse de las «buenas vibras».
Odiaba el tumulto para asistir una vez al año a la procesión de algún santo patrono, y hoy se apelotonan durante horas parea acudir a las modernas «procesiones»: Partidos de fútbol y conciertos de «música»…varías veces al año.
Tenía por mucho el dar limosna para alimentar a los pobres, y no repara en comprar bolsos, zapatos y diversas prendas de vestir para alimentar su arrogancia.
Odia el maltrato animal, pero que llama «paternidad responsable» al asesinato de sus propios hijos.
Se avergonzaba de llevar los símbolos de su fe, tales como crucifijos, estampas de santos o detentes, y ahora se coloca tatuajes «mágicos» por todo el cuerpo.
Ha dejado de lado su Fe en Cristo y, ahora pone toda su esperanza en los más funestos personajes mundanos.
Odiaban creer en la doctrina Católica, y ahora creen en cualquier cosa.
En su afán de apartarse de Dios, el hombre moderno ha buscado llenar el vacío espiritual con lo efímero, lo superficial y lo vano. Sin embargo, estos sustitutos nunca logran satisfacer el anhelo profundo de trascendencia inscrito en el corazón humano. La fe auténtica no es una imposición ni una limitación, sino una fuente de libertad, alegría y propósito.
Al cambiar la oración por rituales vacíos, la confesión por confesiones públicas llenas de vanagloria, o las prácticas de piedad por modas espirituales pasajeras, la sociedad pierde no solo su identidad, sino también su paz interior. Solo Dios puede llenar el abismo del alma, porque fue creada para Él, como nos recuerda San Agustín: ‘Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.’
Cuando cambiamos la humildad por la arrogancia, la caridad por el egoísmo, o la devoción a lo eterno por obsesiones pasajeras, nos privamos de aquello que realmente nutre el alma: el amor de Dios. ¿De qué sirve tener el mundo entero si perdemos nuestra alma?
Dios nos llama constantemente a volver a Él, no para recriminarnos, sino para abrazarnos con su infinita misericordia. Él es el Padre que espera pacientemente al hijo pródigo. Nos invita a redescubrir la belleza de los sacramentos, la paz que brota de la oración y la alegría de servir a los demás por amor a Él.
No dejemos que el espíritu anti cristiano que hoy lo impregna todo, nos robe el tesoro más grande: la fe en Cristo. Es hora de volver a los brazos de Aquel que nunca nos abandona y que nos promete vida en abundancia. Solo en Él encontraremos aquello que el mundo, por más que lo intente, nunca podrá ofrecer: plenitud y salvación.
