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Creación y caída de los ángeles / Ana Catalina Emmerick

Publicado el 26 de septiembre de 2018

Actualizado el 22 de abril de 2025

Archivado en: Visiones de Ana Catalina Emmerick

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Primeramente he visto levantarse delante de mi vista un espacio inmenso lleno de luz dentro de ese espacio de luz, muy arriba, como un globo resplandeciente cual una sola, y en él sentí que estaba la unidad de la Trinidad. Yo la llamo, en mí misma, la Armonía, la Concordancia. Y vi salir de allí virtud y poder, y de pronto aparecieron debajo del globo resplandeciente coros luminosos, anillos círculos trabados entre sí, de espíritus maravillosamente esplendorosos, fuertes, de admirable hermosura. Este Nuevo mundo de resplandores se levantó y quedó como un sol de luz debajo de aquel otro sol más levantado y primero.

Al principio estos coros de espíritus se movían como impulsados por la fuerza del amor que provenía del sol más elevado.

De pronto he visto una parte de todos estos coros permanecer inmóviles, mirándose a sí mismos, contemplando su propia belleza. Concibieron contento propio; miraron toda la belleza en sí mismos; se contemplaron a sí mismos; estaban en sí mismos.

Al principio estaban todos en más altas esferas, moviéndose como fuera de sí mismos. Ahora, en una parte de ellos, permanecía quieta, mirándose a sí misma. En el mismo momento he visto a toda esta parte de los espíritus luminosos precipitarse y oscurecerse, y a los demás coros de ángeles arremeter contra ellos y llenar sus claros. Los círculos quedaron entonces más reducidos. No he visto, sin embargo que estos espíritus buenos salieron del circulo de cuadro general para perseguirlos. Aquellos (los rebeldes) que quedaron silenciosos, abismados en sí mismos, se precipitaron; y los que no se habían detenido en sí mismos llenaron los vacíos de los caídos. Todo esto sucedió en un breve momento.

Cuando estos espíritus cayeron he visto aparecer debajo un globo de tinieblas cual si fuese el lugar de su nueva morada y supe que habían caído allí en forma involuntaria e impaciente. El espacio que ahora encerraba, allí abajo, era mucho más pequeño del que habían tenido arriba, de modo que me pareció que estaban estrechados y angustiados, y no libres como antes.

Desde que siendo niña hube visto esta caída, estaba yo temerosa día y noche de su acción maléfica y siempre pensé que debían ellos dañar mucho en la tierra. Están siempre en torno a ella, bien que ellos no tienen cuerpo. Ellos oscurecerían hasta la luz del sol, y los veríamos siempre como sombras vagando delante de la luz. Esto sería insoportable para nosotros.

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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