Cuidad sus cuerpos y anulad sus mentes


El presente es el extracto de un artículo publicado por Infovaticana el sábado próximo pasado y cuyo autor es Pedro Abelló.

Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean a la mentira, a fin de que sean condenados todos los que, lejos de creer a la verdad, se deleitaron en la injusticia.

(2 Tes 2, 11-12)

Tolkien escribió una maravillosa fábula sobre la lucha entre el bien y el mal, El Señor de los Anillos, obra sobradamente conocida. En ella el mundo es amenazado por un poder oscuro que lo va sometiendo todo, incluso algunas almas de los que deberían oponérsele, pero finalmente, tras grandes y angustiosas peripecias, los habitantes de ese mundo logran derrotar al mal que parecía invencible. Es para mí evidente que el motivo fundamental de esa victoria radica en el hecho de que esos habitantes en todo momento fueron conscientes de la identidad de su enemigo, de la magnitud de su poder y de las terribles consecuencias que tendría para ellos caer en sus manos. Es esa consciencia lo que les permitió reaccionar y llevar a cabo los mayores sacrificios hasta lograr la victoria.

¿Pero por qué esas gentes tuvieron siempre la clara conciencia de la realidad que los rodeaba? Tal vez porque en ese mundo afortunado la propaganda y la manipulación no eran cosas sencillas. No existían los medios masivos de comunicación, y el Señor Oscuro, no pudiendo valerse de esas armas terribles, no tuvo más opción que crear un ejército de criaturas monstruosas, a las que cabía hacer frente con sus mismas armas, por poderosas que fuesen.

Sin embargo hoy vivimos en un mundo muy distinto, en el que existen medios que permiten al enemigo disimular su presencia, su poder y sus intenciones, llegando incluso a convencer a sus pobres habitantes de que no hay enemigo alguno, de que son unos pobres conspiranoicos de mentes inestables quienes defienden lo contrario, y de que todo se encamina hacia el mayor bien y felicidad posibles.

Hoy vivimos en el mundo de los media, que se nutren de una larga herencia. La propaganda y la manipulación han existido siempre, pero lo que los convirtió en armas de un poder inmenso fue la invención de la imprenta en el siglo XV. Los millones de panfletos ilustrados con imágenes terroríficas, dirigidos a una población analfabeta por parte de las potencias protestantes europeas en el siglo XVI, permitieron la caída y el nacimiento de imperios, dando prueba de su poder devastador.

Desde entonces, los señores de la propaganda han aprendido mucho. Han inventado refinadas técnicas psicológicas de manipulación colectiva en los laboratorios sociales de sus universidades y han aprendido a hacer buen uso de la nueva tecnología. Han conseguido convertir a los individuos y a los colectivos en sujetos de experimentación. Han creado adicciones que no sólo pueden condicionar, sino incluso anular, la capacidad de pensar por sí mismas de las grandes poblaciones humanas: la adicción a la televisión, a las redes sociales, al cine, a la prensa, todos ellos medios al servicio de los grandes patrones del mundo, que a través de los mismos esparcen sus consignas, sus mensajes, sus modelos de pensamiento, su ideología.

Hace cincuenta años hubiera sido impensable que, en sociedades como la de Estados Unidos, un 83% de la población considerase que el aborto debe ser aceptable en casi toda circunstancia, o que el 67% considerase las relaciones homosexuales moralmente aceptables. Sin embargo hoy es así, y el motivo de esa realidad es el incesante fuego cruzado de todos esos medios sobre la población, saturando sus mentes con mensajes favorables a esas realidades.

A principios del siglo XVIII, el esclavista William Lynch (de cuyo apellido deriva el nombre de los tristemente célebres «lynchings» o «linchamientos»

se originó la palabra exhortaba a los demás esclavistas del sur de lo que más tarde serían los Estados Unidos, que tenían serios problemas en el manejo de los esclavos negros que compraban a los tratantes, y les aconsejaba lo siguiente: “cuidad sus cuerpos, para que permanezcan fuertes, pero anulad sus mentes”.

“Cuidad sus cuerpos y anulad sus mentes” podría ser perfectamente el lema que campea en los escudos de armas de los propietarios de los medios de comunicación, porque esa es exactamente su función y su cometido, perfectamente asumido como tal desde hace mucho tiempo, desde que toda la prensa mínimamente independiente terminó arruinada y vendida a los grandes grupos y la libre competencia pasó a ser un recuerdo del pasado.

“Cuidad sus cuerpos y anulad sus mentes”, de modo que no necesiten pensar por sí mismos, que encuentren más cómodo y sencillo, menos trabajoso y, sobre todo, menos comprometedor, asimilar lo que se les da ya pensado, masticado y digerido. Que no necesiten cansarse pensando, que se sienten cómodamente ante el televisor y dejen que su mente se empape de nuestros mensajes. Alimentadlos bien, pero, sobre todo, no les dejéis tiempo para pensar.

Porque si llegasen a pensar, tal vez llegarían a darse cuenta de que los estamos convirtiendo en esclavos sin mente y sin voluntad, preparados para cumplir nuestra voluntad y nuestros deseos sin ninguna resistencia, sin preguntarse siquiera si podría existir una alternativa a lo que están viviendo. Porque si llegasen a pensar, podrían llegar a darse cuenta de que somos su enemigo, de que estamos en guerra con ellos, una auténtica guerra de destrucción masiva de sus voluntades, y tal vez llegasen a reaccionar…

Y por eso somos nosotros tan desafortunados, ignorantes de que hay un enemigo, de que estamos en guerra y de que nos está venciendo de forma abrumadora, hasta hacernos perder todo cuanto caracteriza a los seres humanos como personas: su libertad.

Y podríamos preguntarnos: ¿puede Dios permitir tal cosa, la deshumanización de la humanidad que Él mismo ha creado? La respuesta nos la da la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, citada al principio:

Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean a la mentira, a fin de que sean condenados todos los que, lejos de creer a la verdad, se deleitaron en la injusticia.

(2 Tes 2, 11-12)

Proyecto Emaús