Práctica de la Devoción a la Divina Providencia, extraída del Devocionario en favor de las benditas animas del purgatorio por el R.P Antonio Donnadonni.
Devoción
a la
Divina Providencia
Invocándola por medio de los sagrados corazones de Jesús y de María para alcanzar el remedio de toda especia de necesidades y para implorar su protección todos los días.
Récese un Padrenuestro y Avemaría, y luego la siguiente:
Oración
Providencia Divina, que elegiste el Sagrado Corazón de Jesús para fuente perenne de todos los bienes que concedes a los hombres, y a su Madre Santísima como dispensadora universal de ellos: a Ti recurro animado de la confianza que me inspira la bondad paternal con que me has criado, y me conservas el amor con que ese mismo Corazón se ofreció a los tormentos y a la muerte por mí, y confiando también en la bondad con que esa Madre de misericordia me ha concedido tantos beneficios, sin pretenderlos ni aun conocerlos yo; concédeme, pues, lo que te pido, si es para tu mayor gloria, honra suya y provecho de mi alma. Amén.
Díganse tres Avemarías en reverencia del tránsito de la Santísima Virgen.
Oración a María Santísima
PARA LA HORA DE LA MUERTE
¡Oh dulcísima Madre de misericordia! ¡Oh única esperanza de los pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh María! ¡Oh Reina! ¡Oh Señora! Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; recibe esas tres Avemarías que con efecto de mi corazón he rezado, en honor de tu felicísimo tránsito y por él te pido que en el trance y agonía de mi muerte, cuando ya trastornados los sentidos, turbadas las potencias, quebrantada la vista, perdida el habla, levantado el pecho, postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor de la muerte esté luchando con el terrible final del paroxismo cercado de enemigos innumerables que procurarán mi condenación y que estarán esperando que salga mi alma para acusarla de todas sus culpas ante el tremendo tribunal de Dios; allí, querida de nuestras almas; allí, amorosísima Madre; allí, vigilantísima Pastora: allí, María, ¡oh dulce nombre; allí ampárame; allí, María, defiéndeme; allí, asísteme como pastora a sus ovejas, como madre a sus hijos, como reina a sus vasallos; aquél es el punto de donde depende la salvación o la condenación; aquel es el oriente que divide el tiempo de la eternidad; aquel es el instante en que se pronuncia la final sentencia que ha de durar para siempre; pues si me faltas entonces, ¿Qué será de mi alma, cuando tantas culpas he cometido?. No me dejes en aquel riesgo; no te retires en aquel horrible trance. Acuérdate, amabilísima Señora, que si Dios te eligió para Madre suya, fue para que fueses medianera entre Dios y los hombres; por tanto, debes ampararme en aquella hora, ¡Oh María!, ¡Oh segurísimo sagrado refugio mío! Pues puede ser que entonces no tenga fuerzas ni sentido para llamarte; desde ahora, como si ya estuviera en la última agonía, te llamo; desde ahora, te invoco; desde ahora me acojo para librarme de los merecidos rigores del Sol de Justicia, Cristo, y desde ahora, como si ya agonizara, invoco tu dulcísimo nombre; y esto que ahora te digo, lo guardo para aquella hora; María, misericordia; María, piedad; María, clemencia; María, en tus manos santísimas encomiendo mi espíritu, para que por ellas pase al Tribunal de Dios, donde intercedas por esta alma pecadora; en Ti confío, en Ti espero. Ya, ya voy a expirar; misericordia. Madre de mi corazón; misericordia, María, misericordia.
Oración a Nuestra Señora
de las Angustias
¡Oh María, sin pecado concebida! Por los dolores que tu Santísimo Hijo sufrió en la Cruz por redimir nuestras culpas, vuelve a mí tus piadosos ojos y escucha mis súplicas. Confío en tu infinita bondad, Madre Santísima; me atrevo a dirigirte mis plegarias; no las desoigas, y consuela mis aflicciones en este valle de lágrimas y amarguras; te ofrezco un propósito firme de enmienda, Madre y Señora mía, porque a Ti te debo mucho y soy tan pecador que nada merezco, estoy confiado en tu inefable bondad; y ¿Cómo no reconocer tu grande misericordia y dedicarte los días que me restan de vida para amarte? Sí, Madre Santísima, no me abandones; dirige mis pasos; dame tu amparo y protección; líbrame de mis enemigos visible e invisibles, de la maledicencia y la calumnia, e ilumina mi entendimiento para alabarte y bendecirte por tantos sacrificios como te debo. Amén.
Acto de sumisión
Dios mío, venerando profundamente los designios de tu Providencia, dejo a tu disposición mis bienes, mis esperanzas, mi honra, mi salud, mi vida, cuanto amo, cuanto necesito y cuanto soy, humildemente resignado en todo a tu voluntad santísima; sólo te pido y espero de tu infinita bondad y de tu infinito amor como Dios, mi Criador, mi Bienhechor y mi Padre, que te dignes concederme los auxilios de tu divina gracia, para que lleve con modestia la prosperidad, con paciencia las adversidades, con fortaleza, las tribulaciones, y
que, cumpliendo puntualmente en cualquier estado y condición tus preceptos en la Tierra, merezca acompañarte y bendecirte por toda la eternidad entre los bienaventurados en el Cielo. Amén.
Jesús en el
Santísimo Sacramento
¡Oh Divino Jesús, solitario por las noches en tantos tabernáculos sin quien te visite ni adore! Yo te ofrezco mi solitario corazón, y deseo que cada una de sus pulsaciones sean otros tantos actos de amor tuyo. Tú estás siempre vigilando bajo los velos sacramentales, tu amor nunca duerme y jamás te cansas de cuidar a los pecadores.
¡Oh amante Jesús, oh solitario Jesús! ¡Ojalá mi corazón fuese una lámpara, cuya luz brillara y despidiera rayos de amor para Ti solo! Vela, sacramental Centinela; vela por el dormido mundo, por las almas extraviadas y por tu pobre y solitaria hija.
«Yo conozco que los sufrimientos presentes no pueden ser comparados con la gloria venidera que nos será revelada». (San Pablo).
Paciencia por hoy, alma mía, el día de mañana será como Dios quiera; entretanto, hagamos su santa voluntad. El día de ayer pasó ya y todo lo que he sufrido pasó también; nada quedó sino el mérito ganado, si he llevado mis sufrimientos con mérito. Después de todo, los días son muy cortos. Mi Dios, yo no puedo menos que ofrecerte los afectos, los sufrimientos y las fatigas de un corto día. ¡Ojalá, mi Divino Maestro, que lo que yo tengo que padecer en él, sea por tu amor! Amén.
Oración
A LA
PRECIOSA SANGRE DE CRISTO
Santísimo Padre Eterno; yo te ofrezco la preciosísima Sangre, vida, pasión y muerte de tu Santísimo Hijo, en satisfacción de todos los pecados y penas que por ello temo y he merecido; lo mismo te ofrezco por cada uno de mis hermanos los pecadores por Él redimidos y ofrezco también las virtudes, penas y amarguras de María Santísima y de todos los Santos, por cada una de las almas del Purgatorio. Señor, por todo esto danos el perdón y la paz, y líbranos de los enemigos de tu Iglesia. Amén.
Oración
Santísimo Padre Eterno: yo te presento la Sangre preciosa de Nuestro Señor Jesucristo, su tierno y amante Corazón, su santísima vida, Pasión y muerte, los méritos de María Santísima y su purísimo Corazón, y hago intención de hacerte ofrecimiento tantas veces cuantas gotas de agua tiene el mar, arenas la tierra, hojas las plantas, estrellas, el firmamento, criaturas el universo, átomos, el sol y otras tantas cuantas te la han ofrecido las almas justas en la Tierra y los bienaventurados en el Cielo, y te ofrezco y presento estos infinitos méritos por todas las necesidades presentes, enfermos, agonizantes, caminantes, navegantes y cautivos por nuestro Santísimo Padre el Papa, por los que nos gobiernan, por todos los príncipes cristianos, por los que están en pecado mortal y en alivio y descanso de las benditas almas del Purgatorio. Amén.
ACTO DE CONSAGRACIÓN
Rendido a vuestros pies ¡Oh Jesús mío! Considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que generoso concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven ¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos, como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos para no desfallecer! Sedlo todo para
mí, Sagrado Corazón, socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón; Vos lo alentásteis, cuando con tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: «Venid a Mí… Aprended de Mí… Pedid…. Llamad.». A las puertas de vuestro Corazón vengo pues hoy, y llamo y espero. Del mío os hago ¡Oh Señor! firme, formal y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio, lo que sabéis me ha de hacer bueno en la Tierra y dichoso en la eternidad. Amén.
