Diez lecciones sobre el martirio, de Paul Allard

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El P. José María Iraburu ha hecho una versión muy abreviada del amplio estudio de Paul Allard sobre el martirio en que se recogen diez conferencias que el autor pronunció en el Instituto Católico de París en febrero y abril de 1905, y al que el recensor ha añadido unaintroducción y una conclusión.

El P. Iraburu admite que tanto ayer como hoy realidad, existe un claro rechazo al martirio. Esto quiere decir que no existe el común convencimiento de que es necesario oponerse, de forma efectiva, al mundo y a sus propuestas para mantenerse, precisamente como dice el beato Juan Pablo II, fiel a Jesucristo. Y, a tal respecto, enumera como causas del citado rechazo: el horror a la cruz, la seducción de un mundo lleno de riqueza, el pelagianismo, el semipelagianismo, y el liberalismo. No extrañe, por lo tanto, que diga que “Los cristianos verdaderos saben que con bastante frecuencia -hoy, como en otros siglos- van a verse ante esta sencilla alternativa: o dan testimonio de Cristo con sus palabras y sus obras, como mártires suyos ante los hombres, o desfallecen en la prueba y, renegando del Salvador, vienen a ser lapsi, caídos, vencidos, cristianos infieles”.

Lección primera: “Apostolado y martirio”.

Nos recuerda Allard “el significado primero de la palabra mártir es el de testigos oculares de la vida, de la muerte y de la resurrección de Cristo, encargados de afirmar ante el mundo estos hechos con su palabra. Desde el primer día este testimonio se dio en el sufrimiento y, como hemos visto, en la alegría de padecer por Cristo. Enseguida, después de estas primeras pruebas, vino el sacrificio de la misma vida, como testimonio supremo de la palabra. Ya Jesucristo lo había predicho a los Apóstoles: ‘Seréis entregados a los tribunales, y azotados con varas en las sinagogas, y compareceréis ante los gobernadores y reyes por mi causa, y así seréis mis testigos en medio de ellos’ (Mc 13,9; +Mt 10,17-18; Lc 21,12-13).”

Así, llevando el cristianismo a Asia Menor, Grecia, Italia, Galia, España, norte de África, Germania, Bretaña o lugares como las Penínsulas Balcánicas o Fenicia, se produce una clara relación entre (p. 6) “predicación del Evangelio y martirio” pues era más que común, digamos que normal, que manifestar una creencia distinta a la de los lugares donde era llevada la Palabra de Dios, supusiera la casi asegurada muerte y la misma bajo la expresión del martirio.

Lección segunda: “Difusión del cristianismo fuera del Imperio”.

“La rápida difusión del cristianismo en medios tan diferentes, y aún hostiles a veces entre sí, adaptándose tanto a las inteligencias más cultivadas como a las más toscas, conquistando al mismo tiempo a los griegos de la brillante Jonia o a los indígenas de la brumosa Bretaña, no habiendo para él ‘ni griego ni bárbaro’ [Col 3,11] es un hecho histórico para cuya explicación no bastan las leyes ordinarias, sobre todo si se tiene en cuenta que este desarrollo se logró en medio de obstáculos y persecuciones, y que, como dice Tertuliano, cada nuevo creyente era un candidato al martirio. Y esta historia prodigiosa, por otra parte, no seríacompleta si limitáramos nuestra atención al cuadro único del Imperio Romano.”

El cristianismo, pues, traspasó las férreas barreras del poder romano: “En toda esta vitalidad de la Iglesia de aquellos años hay algo de extraordinario. Se engaña totalmente quien imagina que, en aquellos turbulentos siglos, en que la persecución, aunque no continuamente declarada, era una espada siempre pendiente sobre la Iglesia, ésta permanecía como soterrada, atenta sobre todo a esquivar los golpes que le amenazaban. A veces los paganos calificaban al pueblo cristiano de tenebrosa et lucifuga natio (Minucio Félix, Octavio 8), pero sólo era así en su imaginación. En realidad la Iglesia vivía a la luz del sol, y nunca se configuró como sociedad secreta, como bien lo muestran los datos que acabamos de recordar.”

Lección tercera: “La legislación persecutoria”.

Fue en el año 64 cuando, a manos de Nerón, se inició, digamos, la matanza de discípulos de Cristo. Hasta el año 313 (Edicto de Milán, dado por Constantino el Grande), dice Paul Allard, que (p. 21) “los fieles cristianos vivieron en una atmósfera jurídica hostil tanto a la libertad de sus creencias como a la seguridad de sus personas y bienes”. Así, a lo largo de tal tiempo se sucedieron tiempos de gran persecución que alternaban con otros en los que, digamos, se “relajaba” la misma porque, no obstante no podemos olvidar esto, el número de cristianos iba creciendo y podemos decir que en el siglo IV, a principios del mismo, la implantación (p. 26) “del cristianismo era ya tan grande en el Impero que muchos funcionarios y magistrados lo profesaban públicamente”.

No obstante, a pocos años del citado Edicto de Milán,“El año 303 un nuevo edicto ordena que sean arrasadas las iglesias, que se quemen las Sagradas Escrituras, que cuantos cristianos haya constituidos en dignidad pierdan sus honores, que el pueblo cristiano, si persiste en su fe, sea encarcelado (Eusebio, Hist. Eccl. III, 2). Este edicto se aplicó muy eficazmente en todo el Imperio. Y aunque no mencionaba la pena de muerte, de hecho se aplicó a no pocos cristianos, que se negaban a entregar las Escrituras santas. Surgen nuevos edictos. En 303 se manda encarcelar a todos los jefes de las iglesias. Un tercer edicto, en el mismo año, dispone que sean puestos en libertad los eclesiásticos presos que consientan en sacrificar a los dioses; y que sean sujetos a tortura los que no acepten hacerlo. Estos tres edictos, casi seguidos, muestran hasta qué punto el Imperio temía a la Iglesia.Un cuarto edicto es dictado en el año 304, esta vez de alcance masivo, como el de Decio. En él se dispone que «todos, en todas las regiones, en todas las ciudades, ofrezcan públicamente sacrificios y libaciones a los ídolos» (De martyribus Palestinæ 3). Ahora, en esta persecución de Diocleciano, la guerra a los cristianos se hace total.” Pero, poco después, llegó la llamada “paz de Constantino”.

En el resto de lecciones, se analizan distintos aspectos del martirio y de los mártires.

Lección cuarta: “Causas de las persecuciones. Número de mártires”.

Entiende Paul Allard que aparte del “prejuicio popular” que se tenía contra los judíos con los que al principio eran confundidos, muchas de las prácticas cristianas no estaban de acuerdo, para nada, con las que llevaban los paganos. Además, existía mucho prejuicio de parte de los políticos propios del Imperio:

“Hacia el siglo III, ya los antiguos prejuicios populares, al menos los más groseros, estaban ampliamente desmentidos por la realidad. Pero los políticos seguían viendo en los cristianos con gran reticencia: se les veía alejados de cargos públicos, apartados de las fiestas cívicas, reacios por completo al culto nacional y a la adoración idolátrica, más aún, empeñados en apartar a otros ciudadanos de una religión cuyos principales pontífices eran el Emperador y las altas autoridades políticas. Todo esto lo entendían como misantropía, como “odio al género humano’”.

No es posible saber el número de mártires que causaron aquellas grandes persecuciones. Debieron de ser bastantes miles en los más de 200 años desde que Nerón comenzara la persecución hasta el Edicto de Milán, fueron muchos hermanos los que dieron su vida en calidad de mártires. Son conocidos, eso sí, muchos de ellos, por haber acabado siendo santos o alcanzar gran predicamento entre los discípulos de Cristo (ejemplo, por ejemplo, son el Papa Telesforo, San Justino o, p. 31, “aristócratas víctimas como Clemente, Domitila, Acilio, Galabrio…”).

Lección quinta: “Condición social de los mártires”.

El cristianismo fue ganando para su causa espiritual a personas de todas las clases sociales: “Apenas nacido, el cristianismo, en un prodigio sobrehumano de difusión, invade a todos los pueblos, culturas, lenguas, y también clases sociales”. Así, había “esclavos mártires”, “humiliores” (los más pobres de entre los libres), mártires “aristócratas”, “mártires de clase media” e incluso muchos “soldados” mártires pues a la milicia llegó con mucha fuerza la Palabra y la Ley de Dios.

Lección sexta: “Padecimientos morales de los mártires”.

Los mártires estaban sometidos a toda clase de perjuicios personales. No sólo la pérdida de la propia vida, sino también a la “confiscación de los bienes” o la “degradación cívica y militar”. Tampoco era extraño que hubiese cristianos que apostataran de su fe dadas las circunstancias por las que estaban pasando, y no eran pocos los que hacían ciertas concesiones al paganismo mientras mantenían una vida cristiana. Los hombres encontraban más dificultades para la conversión que las mujeres: “Las mujeres hallaban menos obstáculos en el camino de su conversión. No les era difícil conciliar su condición de cristianas y su posición social. La vida exterior de una dama cristiana noble no debía diferir necesariamente en mucho de una pagana honesta de su misma condición. Tampoco era para ellas tan difícil abstenerse de cultos idolátricos y de espectáculos indecentes. Algunas, sin embargo, presionadas por las circunstancias, hacían concesiones injustificables, llevando una vida medio cristiana y medio pagana”.

Y, sin embargo, fueron las mujeres las que sufrían pruebas muy difíciles de superar ante el momento del martirio. En realidad, esto no es de extrañar porque “tenían escasa protección jurídica ante los jueces”. Además, existía una prueba muy difícil de superar para aquellos cristianos que se veían abocados al martirio: su propia familia que, a lo mejor, no profesaba la fe cristiana y los incitaba a apostatar de la que sostenía a sus hijos, maridos o mujeres que no querían, al contrario de las proposiciones que se les hacía, abandonar a Cristo y a una fe con la que gozaban tanto. Martirio de santas Perpetua y Felicidad.

Lección séptima: “Los procesos de los mártires”.

Esta lección trata del proceso judicial que sufrieron aquellos hermanos nuestros. Así, desde el arresto, pasando por el tiempo que estaban encarcelados y la vida que llevaban en prisión, pasando por los terribles interrogatorios a los que eran sometidos, las torturas para hacerles abandonar su fe o sacrificar a los dioses paganos.

Y ante la sentencia una realidad que, seguramente, debía dejar sorprendidos a sus captores, acusadores y jueces: los mártires aceptaban con gozo aquello que estaban a punto de sufrir. Así “Perpetua y sus compañeros son consolados en la cárcel por Cristo poco antes de morir: ‘besamos al Señor y Él nos acarició la cara’. Y confiesa: ‘Te doy gracias, oh Dios, pues fui alegre en la carne y aquí soy más alegre todavía’. El público queda asombrado al ver que Carpos sonríe en el interrogatorio y durante la tortura. También
Teodosio mantiene la sonrisa. El decurión Hermes bromea al ir al suplicio (Acta S. Philippi 13). Las crónicas refieren muchas veces la actitud serena y alegre de los mártires (Passio S.Pionii 21; Passio S. Saturnini et Dativi 4)”.

Lección octava: “Los suplicios de los mártires”

“El Derecho romano desconocía la pena de cárcel. Por eso el mártir que recibía sentencia condenatoria podía ser destinado a destierro, deportación, trabajos forzados o pena de muerte” siendo esta última la que abundó sobre las demás, pues los llamados mártires no estaban dispuesto apostatar de su fe y, ante tal situación, era normal fueran sometidos a decapitación, echados a la hoguera o a las fieras. Y, sin embargo, no podemos olvidar penas como la crucifixión, la sumersión u otros suplicios como el estrangulamiento. Paul Allard dice que: “No hay invención maligna, por cruel que sea, que no fuera imaginada por magistrados y verdugos, exasperados por la paciencia de los mártires” asistidos por Dios en momentos tan difíciles.

Lección novena: “El testimonio de los mártires”

Siguiendo a Jesucristo, los mártires dan su vida por el Hijo de Dios y perdonan a los que les producen la muerte: “Los mártires son testigos no de una opinión, sino de un hecho: el hecho cristiano. Algunos, según expresión de San Juan, lo han visto nacer, han conocido a su autor, ‘han tocado con sus manos al Verbo de la vida’ (1Jn 1,1). Otros han conocido ese hecho por una tradición viva, a través de una cadena de la que pueden ser comprobados cada uno de sus eslabones. Su testimonio debía producir honda impresión en el corazón de muchos paganos. Así, dice Tertuliano que “’muchos hombres, maravillados de nuestra valerosa constancia, han buscado las causas de tan extraña paciencia, y cuando han conocido la verdad, se han pasado a los nuestros y han caminado con nosotros’ (Ad Scapulam. 5). ‘Esta obstinación de la que nos acusáis es una enseñanza para vosotros. ¿Quién puede verla sin conmoverse y sin tratar de hallar su causa? ¿Y quién, habiéndola conocido, no se vendrá con nosotros?’ (Apolog. al final)”.

También recoge Eusebio (Hist. Eccle. VI, 5, según lo trae a su libro Paul Allard) que “A principios del siglo III, por el edicto de Septimio Severo, el prefecto de Egipto condena a muerte a la cristiana Potamiana y a su madre Marcela. Aquella joven cristiana, habiendo vencido toda clase de lazos tendidos contra su fe y su virtud, es conducida al suplicio por el soldado Basílides, que está conmovido por su valentía y que la defiende de los gestos y gritos obscenos de algunos espectadores. Llegados al lugar del suplicio, Potamiana le da las gracias por su compasión y le promete interceder por él ante Dios. Nunca olvidó el soldado lo que entonces oyó y vio. La joven fue sumergida lentamente en una caldera de betún inflamado, y murió cuando fue introducida hasta el cuello. Una noche se le apareció Potamiana, la cual le puso una corona en la cabeza y le aseguró que le había sido concedida la gracia divina. Algún tiempo después aquel soldado se declaraba cristiano, y conducido ante el prefecto, persistió en la confesión de la fe. Encarcelado, él mismo contó a los cristianos que le visitaban esta historia, y poco después fue decapitado. El martirio de una virgen transformó a un soldado en un mártir”.

Lección décima: “Honores rendidos a los mártires”.

La fidelidad de los mártires cristianos a Cristo con su muerte, nos ponen ante un espejo que no podemos rehusar como válido para nuestros días. Por eso era normal que“Una muestra principal de la devoción de los fieles a los mártires es el empeño que ponían en ser enterrados junto a sus sepulcros, como si eso les ayudara a entrar con ellos en el cielo” pues, además “El mayor honor que los cristianos rinden a sus hermanos mártires es solicitar asiduamente su intercesión poderosa junto a Dios. Y cuando aún vivían en la tierra,
los mismos mártires tuvieron clara conciencia de este poder suyo de intercesión ante el Señor, por quien ofrecían su vida”.

Por eso, una vez finalizado el tiempo de persecución, y dada la gran devoción que se tenía por los mártires “junto a las tumbas de los más célebres testigos de Cristo, o encima de ellas, van alzándose basílicas grandiosas, capaces de contener, bajo sus artesonados resplandecientes de oro, la multitud de los fieles (Prudencio, Peri Stephan. XI, 213-216; III,191-200). Cesadas las persecuciones, las iglesias establecen sus calendarios litúrgicos, reservando fiestas de aniversario para sus mártires más ilustres, y constituyéndolos patronos de ciudades y pueblos”.

Allard acaba sus lecciones con una “síntesis” en la que dice que “La fe en Cristo penetra al mismo tiempo el mundo de los civilizados y de los bárbaros, de los letrados y de los ignorantes, de los esclavos, de la aristocracia y de la burguesía, introduciéndose en las condiciones de vida más diversas. Este hecho es tanto más admirable siendo así que los convertidos, al hacerse cristianos, sabían perfectamente a lo que se comprometían, pues no ignoraban que desde su conversión quedaban expuestos a ser perseguidos como enemigos del Estado y de dioses y a ser Martirio de san Policarpo, quemado vivo en Esmirna año 15 abrumados por toda suerte de calumnias y de marginaciones». Muy grande ha de ser el atractivo de la fe cristiana para atraer tanto a tantas personas de diferentes razas, lenguas y pueblos que al hacerse cristianos ponen sus cabezas bajo una espada.»

De Eleuterio Fernández Guzmán. Infocatólica.