Discurso de Pío XII por la coronación de Nuestra Señora de Fátima


En ceremonia solemne realizada el 1 de Mayo de 1946, y conmemorando el tricentenario de la coronación de la Inmaculada Virgen María como Reina y Patrona de Portugal, el Papa Pío XII por medio del Cardenal Legado Benedetto Antonio Masella y en presencia de 80.000 almas coronó canónicamente la imagen de Nuestra Señora de Fátima. En esta ocasión, vía radial, el Papa Pacelli pronunció en portugués el siguiente discurso, que por primera vez presentamos traducido al Castellano.

RADIOMENSAJE DEL PAPA PÍO XII A LOS FIELES PORTUGUESES EN OCASIÓN DE LA CELEBRACIÓN SOLEMNE DE LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

Venerables Hermanos y amados Hijos,

¡«Bendito sea el Señor, Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (II Cor. I, 3, 4): y con el Señor sea bendita Aquella que Él constituyó Madre de misericórdia, Reina y Abogada nuestra amorosísima, Medianera de sus gracias, Dispensadora de sus tesoros!

Cuando, cuatro años ha, en pleno rumorejar de la más funesta guerra que vio la historia, subimos con vosotros en espíritu por primera vez a este monte santo, para agradecer con vosotros a la Virgen Señora de Fátima los beneficios inmensos con que recientemente os ha agraciado, al común Magníficat juntábamos el grito de filial confianza, para que la Inmaculada Reina y Patrona de Portugal completase lo que tan maravillosamente había comenzado.

Vuestra presencia hoy en este Santuario, en multitud tan inmensa que nadie la puede contar, está atestando que la Virgen Señora, la Inmaculada Reina, cuyo Corazón materno y compasivo hizo el prodigio de Fátima, oyó sobreabundantemente nuestras súplicas.

El amor ardiente y reconocido os trajo: y vosotros quisisteis darle una expresión sensible condensándolo y simbolizándolo en aquella corona preciosa, fruto de tantas generosidades y tantos sacrificios, con que, por mano de Nuestro Cardenal Legado, acabamos de coronar la Imagen taumaturga.

Símbolo expresivo, que, si a los ojos de la celestial Reina atestigua vuestro filial amor y gratitud, primero os recuerda a vosoreos el amor inmenso, expresado en incontables beneficios que la Virgen Madre ha esparcido sobre su «Terra de S. María». ¡Ocho siglos de beneficios! Los cinco primeros bajo las signa de Santa María de Alcobaça, de Santa María de la Victoria, de Santa María de Belén, en las luchas épicas contra la Medialuna por la constitución de la nacionalidad, en todas las heroicas aventuras de los descubrimientos de nuevas islas y nuevos continentes, por donde vuestros mayores fueron plantando con las Quinas la Cruz de Cristo.

Estos tres últimos siglos bajo la especial protección de la Inmaculada, a quien el Monarca restaurador con toda la Naciónbreunida en Cortes aclamó Patrona de sus Reinos y Señoríos, consagrándole la corona, con especial tributo de vasallaje y con juramento de defender, hasta dar la vida, el privilegio de su Concepción Inmaculada: «esperando con gran confianza en la infinita misericordia de Nuestro Señor, que por medio de esta Señora, Patrona y Protectora de nuestros Reinos y Señoríos, de quien por honra nuestra nos confesamos y reconocemos vasallos y tributarios, nos ampare y defienda de nuestros enemigos, con grandes aumentos de estos Reinos, para la gloria de Cristo nuestro Dios y exaltación de nuestra Santa Fe Católica Romana, conversión de los Gentiles y reducción de los Herejes» (Auto de aclamación de Nuestra Señora de la Concepción como Patrona de Portugal por las Cortes de Lisboa, 1 de Mayo de 1646).

Y la Virgen fidelísima no confundió la esperanza que en Ella se depositaba. Basta reflejar, en estas tres últimas décadas, por las crisis atravesadas y por los beneficios recibidos equivalentes a siglos; basta abrir los ojos y ver esta Cova da Iria transformada en fuente manantial de gracias soberanas, de prodigios físicos y mucho más de milagros morales que a torrentes aquí se derraman sobre todo Portugal, y allá, pasando las fronteras, se van propagando por toda la Iglesia y por todo el mundo.

¿Cómo no agradacer? O antes, ¿cómo agradacer condignamente? Hace trescientos años el Monarca de la restauración, en señal del amor y reconocimiento suyo y de su pueblo, depuso la corona real a los pies de la Inmaculada, proclamada Reina y Patrona. Hoy vosotros todos, todo el pueblo de la Tierra de Santa María, con los Pastores de sus almas, con su Gobierno, a las preces ardientes, a los sacrifícios generosos, a las solemnidades eucarísticas, a los mil homenajes que os dictó el amor filial y reconocido, juntasteis aquella preciosa corona y con ella ceñisteis la frente de Nuestra Señora de Fátima, aquí en este oásis bendito, impregnado de sobrenatural, donde más sensible se experimenta su prodigioso patrocinio, donde todos sentís más cerca su Corazón Inmaculado el latir de inmensa ternura y solicitud materna por vosotros y por el mundo.

¡Corona preciosa, símbolo expresivo de amor y gratitud!

Vuestro mismo concurso inmenso, el fervor de vuestras preces, el tronar de vuestras aclamaciones, todo el santo entusiasmo que en vosotros vibra incohercible, y, después, el sagrado rito, que se acaba de realizar en esta hora de incomparable triunfo de la Madre Santísima, evocan a Nuestro espíritu otras multides mucho más innumerables, otras aclamaciones mucho más ardientes, otros triunfos mucho más divinos, otra hora –eternamente solemne– en el día sin ocaso de la eternidad: cuando la Virgen gloriosa, entrando triunfante en la patria celestial, fue a través de las jerarquías bienaventuradas y de los coros angélicos sublimada hasta el trono de la Trindad beatísima, que, ciñéndole la frente de una triple diadema de gloria, La presentó a la Corte celestial, sentada a la diestra del Rey inmortal de los siglos y cornoada Reina del universo.

Y el Empíreo vio que Ella era realmente digna de reciber la honra, la gloria, el imperio, porque es más llena de gracia, más santa, más hermosa, más elevada, incomparablemente más, que los mayores Santos y los Ángeles más sublimes, o separados o juntos; porque misteriosamente emparentada en el orden de la Unión hipostática con toda la Trindad beatísima, con Aquel que solo es por esencia la Majestad infinita, Rey de reyes y Señor de señores, cual Hija primogénita del Padre y Madre estremosa del Verbo y Esposa predilecta del Espíritu Santo; porque Madre del Rey divino, de Aquel a quien desde el seno materno dio el Señor Dios el trono de David y la realeza eterna en la casa de Jacob (Luc. I, 32-33) y que de sí mismo proclamó haberle sido dado todo poder en los cielos y en la tierra (Matth. XXVIII, 18): El Dios Hijo refleja sobre su celestial Madre la gloria, la majestad, el imperio de su realeza; porque asociada como Madre y Ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana Redención, le está para sempre associada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que de la Redención derivan (Cfr. LEÓN XIII Enc. Adjutrícem, 5 de Septiembre de 1895: Acta, vol. XV, pag. 303).

Jesús es Rey de los siglos eternos por naturaleza y por conquista; por Él, con Él, subordinadamente a Él, María es Reina por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Y su reino es vasto como el de su Hijo y Dios, pues que de su dominio nada se excluye.

Por eso la Iglesia la saluda Señora y Reina de los Ángeles y de los Santos, de los Patriarcas y de los Profetas, de los Apóstolos y de los Mártires, de los Confesores y de las Vírgenes; por eso la aclama Reina de Cielos y tierra, gloriosa, dignísima Reina del universo: Regína cœlórum (Breviario Romano, 2ª Antífona final a la Santísima Virgen María), gloriósa Regína mundi (Oficio parvo de la Santísima Virgen María, Antífona para el Magníficat per annum), Regína mundi digníssima (Misal Romano, Antífona de comunión en la conmemoración de la Virgen del Carmen): y nos enseña a invocarla de día y de noche entre los gemidos y lágrimas de que está fecundo este exilio: Salve Reina, Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra.

Es que su realeza es esencialmente materna, exclusivamente benéfica.

¿Y no es precisamente esa realeza que vosotros habéis experimentado? ¿No son los infinitos beneficios, los cariños innumerables com que os ha mimado el Corazón materno de la augusta Reina, que vosotros hoy aquí proclamáis y agradecéis? La más tremenda guerra que jamás asoló al mundo, por cuatro largos años anduvo rondando vuestras fronteras, pero no las pasó, gracias sobre todo a Nuestra Señora, que de este su trono de misericordia, como de sublime atalaya, colocada aquí en el centro del país, velaba por vosotros y por vuestros gobernantes, no permitió que la guerra os tocase, sino lo bastante para mejor determinaros las inauditas calamidades de que su protección os preservaba.

Vosotros la coronáis Reina de la paz y del mundo, para que lo ayude a encontrar la paz y a resurgir de sus ruinas.

Y así aquella corona, símbolo de amor y gratitud por el pasado, de fe y de vasallaje en el presente, se torna aun, para el futuro, corona de lealtad y de esperanza.

Vosotros, coronando la imagen de Nuestra Señora, firmasteis, con el testimonio de fe en su realeza, el de una sumisión a su autoridad, de una correspondencia filial y constante a su amor. Hicisteis más todavía: os enlistasteis como Cruzados para la conquista o reconquista de su Reino, que es el Reino de Dios. Quiere decir: os obligastesis a trabajar para que Ella sea amada, venerada, servida en retorno por vosotros, en la familia, en la sociedad, en el mundo.

Y que en esta hora decisiva de la historia, como el reino del mal con infernal estrategia emplea todos los medios y empeña todas las fuerzas para destruir la fe, la moral y el Reino de Dios, así los hijos de la luz e hijos de Dios tienen que empeñar todo y empeñarse todos para defenderlo, si no se quiere ver una ruina inmensamente mayor y más desastrosa que todas las ruinas materiales acumuladas por la guerra.

En esta lucha no puede haber neutros ni indecisos. Es preciso un catolicismo iluminado, convencido, desassombrado, de fe y de mandamientos, de sentimientos y de obras, en privado y en público. El lema que hace cuatro años proclamaba en Fátima la briosa juventud católica: «¡Católicos al cien por cien!».

En la esperanza de que Nuestros votos sean favorablemente acogidos por el Corazón Inmaculado de María y apresuren la hora de su triunfo y del triunfo del Reino de Dios, como prenda de las gracias celestiales, a vosotros, Venerables Hermanos y a todo vuestro Clero, al Exceelentísimo Presidente de la República, al ilustre Jefe y a los Miembros del Gobierno, a las Autoridades civiles y militares, a todos vosotros, amados Hijos e Hijas, devotos peregrinos de Nuestra Señora de Fátima, y a cuantos con vosotros están unidos en espíritu por todo Portugal continental, insular y ultramar, damos con todo amor y cariño paterno la Bendición Apostólica.

PÍO PP. XII

Fuentes

https://wwwmileschristi.blogspot.com/

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