Jesusfariseos

Domínica de Pasión

Publicado el 6 de abril de 2025

Actualizado el 22 de marzo de 2026

Archivado en: Cuaresma

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Se da a esta Domínica en nombre de Domínica de Pasión, porque en ella nos invita la Iglesia a que consideremos de un modo especial los sufrimientos de Jesucristo. El mismo hecho de haber escogido para lugar de la estación la Basílica de San Pedro, uno de los más augustos santuarios de la ciudad de Roma, nos indica claramente la importancia que a tal día atribuye la Liturgia. Estando él consagrado a la memoria de los padecimientos sufridos por Jesucristo, ha procurado la Iglesia que todos sus ritos, las lecciones del Oficio divino, los cantos de la santa, Misa, nos moviesen a dolor, a la penitencia y a la oración. La misma supresión del Gloria Patri que rezamos en el Introito de todos los domingos de Cuaresma, nos muestra los sentimientos de tristeza que embargan a la mística Esposa de Jesucristo.

Propio es también de este tiempo el velar las imágenes de los Santos, y la del mismo Crucifijo. Dieron motivo a esto último las palabras que en este día leemos en el santo Evangelio: Mas Jesús se escondió y huyó del templo. En el Introito implora el Mesías el juicio de Dios en prueba de su santidad y como protesta de la sentencia que han de pronunciar contra El los hombres. Declara también su confianza en el socorro de su Padre, el cual, después de las angustias, ignominias y dolores de su Pasión, le admitirá triunfante en la gloria.

Recordando la Iglesia que uno de los fines de la Cuaresma consiste en la completa y espiritual reforma de sus hijos, pide a Dios en la Colecta que se digne atenderles propicio, dirigiendo su cuerpo y guardando que todo mal su alma. En la Epístola nos enseña a qué precio nos rescató Jesucristo de la muerte y del pecado.

Todos habíamos, por el pecado original, perdido el derecho a la herencia de Dios y a la promesa de Señor, que acompaña a la gracia; pero, por la muerte expiatoria de Jesús, nos hicimos de nuevo hijos de Dios y capaces de su divina herencia. Cristo es como el testador a quien heredamos. Muriendo y reconciliándonos, nos deja una infinita herencia: la gracia y la gloria. En el Gradual y en el Tracto se nos muestra cuanto haya costado nuestra redención al divino Salvador, cuya santidad, inocencia y virtud nos predica el santo Evangelio, lo mismo que la malicia y el odio de sus enemigos. Ambas circunstancias aumentan el valor del sacrificio. Uniéndonos y participando del inocente Cordero que por nosotros se inmola, conseguiremos vernos libres del pecado y ser objeto de las complacencias de Padre celestial. Esto pide la Iglesia en las Oraciones, especialmente en la Secreta y en la Poscomunión. En la Antífona que se canta a la Comunión, se nos recuerda, con las palabras del mismo Jesucristo, la institución del augusto sacrificio que acaba de celebrarse, y del que la Iglesia quiere frecuentemente participemos en memoria de la Pasión del Salvador, como El mismo nos lo manifestó al quedarse con nosotros en Eucaristía.

INTROITO Salmo 42, 1-2. 3

Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa contra un pueblo infiel; del hombre inicuo y falaz, líbrame; porque tú eres mi Dios y mi fortaleza.

V/. Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán y conducirán a tu santo monte a tu tabernáculo.

COLECTA

Te rogamos, oh Dios omnipotente!, mires propicio a tu familia, para que con ti gracia sea dirigida en el cuerpo, y con tu protección guardada en el alma. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

EPÍSTOLA Hebreos 9,11-15

Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo! Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna: en Cristo Jesús, Señor nuestro.

GRADUAL Salmo 142, 9-10; 17,48-49

Líbrame, Señor, de mis enemigos; enséñame a hacer voluntad. V/. ¡Señor, tú me libras de enemigos enfurecidos, tú me levantas sobre mis adversarios, tú me salvas del hombre violento.

TRACTO. Salmo 128, 1-4

Muchas veces me combatieron desde mi juventud. V/. Dígalo ahora Israel: Muchas veces me combatieron desde mi juventud. Pero no prevalecieron sobre mí. V/. Los labradores araron mis espaldas prolongando sus surcos; pero el Señor es justo y quebrantó el yugo de los malvados.

EVANGELIO Juan 8, 46-59

En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios». Le respondieron los judíos: «¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes un demonio?». Contestó Jesús: «Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí. Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

OFERTORIO Salmo 110, 1; 118, 17. 107

Te alabaré, Señor, con todo mi corazón. Concede a tu siervo esta gracia: que viva guardando tu palabra. Dame la vida según tu promesa, Señor.

SECRETA

Te rogamos, Señor, que no sólo rompan estos dones los vínculos de nuestra maldad, sino que nos atraigan los dones de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

PREFACIO DE LA CRUZ

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció, en un árbol fuese vencido por Cristo nuestro Señor; por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Vírgenes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos, que, con sus voces admitas también las de los que decimos, con humilde confesión Santo…

COMUNIÓN 1ªCorintios 11, 24-25

Este es el cuerpo que será entregado por vosotros; éste es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre, dice el Señor; haced esto, cuantas veces lo toméis, en conmemoración mía.

POSCOMUNIÓN

Atiéndenos, Señor Dios nuestro, y defiende con perpetuos auxilios a los que has restaurado con tus misterios. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

COMENTARIO AL EVANGELIO
I DOMINGO DE PASIÓN
San Jerónimo

«El Señor me ha advertido y he llegado a entenderlo. Tú, Señor, me has manifestado sus maniobras. Yo era como un manso cordero que es llevado al matadero, ignorante de las tramas que estaban urdiendo contra mí. «¡Destruyamos el árbol con su fruto, arranquémoslo de la tierra de los vivos y no se recuerde más su nombre!». ¡Pero tú, Señor omnipotente, que juzgas con justicia y ves los sentimientos y los pensamientos, haz que yo pueda ver tu venganza contra ellos, porque a ti he confiado mi causa!» Is 11, 18-20

Es opinión común de todos los Padres de la Iglesia que deba aquí entenderse que es Cristo quien, por boca de Jeremías, pronuncia talas palabras por ser a Él a quien el Padre enseñó de qué modo convenía que hablase, le dio a conocer los designios de los judíos y Él, cual como cordero conducido al matadero, no abrió su boca y no conoció –entiéndase “pecado”, de acuerdo con aquello que dice el Apóstol: Él, que no había conocido pecado alguno, se convirtió en pecado por nosotros; y cuando tomaron aquella decisión de : “Destruyamos el árbol con su fruto (es decir, la cruz con el cuerpo del Salvador, pues el mismo es quien afirma: Yo soy el pan que cae del cielo), y erradiquémoslo -o bien, arranquémoslo- de la tierra de los vivos. Este es, pues, el crimen que urdieron en sus mentes para hacer desaparecer su nombre para siempre. Pero en cambio, a tenor del sacramento de su imperecedero cuerpo, el Hijo le habla al Padre y, alabando su justicia e invocando a Dios como escrutador de las entrañas de los corazones, solicita su juicio para darle al pueblo su merecido y dice: Veré yo la venganza que desencadenarás Tú contra ellos, es decir, contra quienes perseveran en su pecado, no contra los que se enmiendan por medio de la penitencia y acerca de los cuales suplica Él en la cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Invoca al Padre y pone de manifiesto su causa, pues no es por sus propios méritos, sino por los pecados del pueblo por los que fue crucificado, como lo testimonian aquellas palabras por él pronunciadas: He aquí que viene el príncipe de este mundo y en mí no halla tacha alguna.

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.