El Catecismo de San José


El Catecismo de San José

El Catecismo de San José, extraído del método de consagración de 31 días escrito por el padre Padre Antonio Casimiro Magnat. Si así lo prefiere, puede acceder a una copia digitalizada del original publicado en 1866,  por medio de Google Books.

Pongamos, almas cristianas, nuestra confianza en San José, que este sentimiento sea cada vez más vivo en nuestro corazón y que nos ayude para que conozcamos mejor al que se llama con tan justo título protector de la Iglesia, terror del infierno, abogado de la buena muerte, y de quien hemos recibido tantas señales de protección.

1. ¿Quién fue San José?

San José fue un grande y fiel siervo de Dios en la antigua ley, que mereció por su justicia ser elevado a la dignidad sublime de esposo castísimo de la Virgen Santísima, y padre nutricio del Santo Niño Jesús. José era justo, dice el Evangelio, y esta cualidad atribuida a José por el Espíritu Santo, es el elogio más eminente que hacerse puede de aquel patriarca tan excelso, porque la palabra justo, dice San Juan Crisóstomo, manifiesta un hombre perfecto en todas las virtudes; esta es la misma opinión de Santo Tomás de Aquino y de todos los teólogos.

2. ¿De qué familia fue oriundo San José?

Descendía por línea recta de la ilustre estirpe de Judá, que dio a Israel el santo rey David y que contaba entre sus abuelos a los venerables patriarcas del Antiguo Testamento.

La Escritura dice que era de la casa de David llamándole también hijo de este gran rey; José era, pues, de estirpe real, y hubiera sido rey, si el Cielo, irritado por los crímenes de su pueblo, no le hubiese castigado con la más dura esclavitud; pero si por su origen era noble, lo era más aún por sus espirituales y relevantes cualidades. «Si José descendía de David según la carne,» dice San Bernardo, «es también evidente que se mostraba digno hijo de este santo rey, por su fe, santidad y devoción ardiente».

3. ¿Quiénes fueron los padres de José?

Dos Evangelistas nos presentan su genealogía; según San Mateo su padre se llamaba Jacob; San Lucas dice ser Helí; pero la opinión más común y más antigua es la que nos refiere Julio Africano, escritor del fin del siglo II de la era cristiana: dice, pues, que según algunos parientes del mismo Salvador, Helí y Jacob eran hermanos uterinos; el primero había muerto sin hijos y Jacob se enlazó con la viuda para dar la sucesión según la prescripción de la ley, y de este casamiento nació San José.

Respecto de su madre nada nos dice el Evangelio de su nombre; sin embargo, algunos autores pretenden que pertenecía a una familia denominada Cleofás, debiendo también ser de la raza de David, porque los hebreos estaban obligados por la ley a casarse en su propia familia, y eran indispensables razones gravísimas para obtener el ser dispensado.

4. ¿Qué significa el nombre de José?

Este augusto nombre, según san Anselmo y san Juan Damasceno, quiere decir en hebreo abundancia, fecundidad, y ambos significados convienen de tal modo a san José y se han cumplido en él de una manera tan admirable, que muchos padres de la Iglesia juzgan que fue el mismo Dios quien le dio este nombre bendito, y que inspirándole a sus padres, José quiere decir abundancia, y en efecto, bajo los auspicios de este santo Patriarca debía creer el Dios niño que debía venir a visitar la tierra estéril, herida con anatemas y a esparcir en ella la abundancia de sus gracias y liberalidades.

José quiere también decir fecundidad, aumento, porque fue por el niño Dios relevado de la humillación y del olvido, y por consecuencia ante de los ángeles y los hombres apareció con un aumento de gloria y, de merecimientos.

El nombre de José encierra, pues, un compendio histórico de este santo Patriarca. Tenemos por consecuencia un poderoso motivo para que le supliquemos nos otorgue lo que su santo nombre significa.

¡Roguémosle, pues, que vea con lástima a nuestra alma pobre y estéril, y que para ella solicite el rocío celeste para que se enriquezca y se fecunde!

¡Supliquémosle que por sus cuidados el padre de familia logre una abundante cosecha y que no falten obreros para recogerla!

¡Pidámosle también que por su poderosa intercesión vea la santa Iglesia el aumento de su imperio y su dominación maternal, y que cuanto antes, por su abundancia de misericordia y por el rápido progreso de la sociedad cristiana, no haya más que un rebaño y un sólo pastor!

5. ¿Qué nos recuerda el santo nombre de José?

Este nombre divino presenta al alma una idea tan grata y dulce, que la conmueve tiernamente cuando la boca le pronuncia. En efecto: es el nombre augusto del siervo fiel y prudente que ha establecido el Señor en su familia para ser el sostén y el consuelo de su excelsa Madre, su Padre nutricio y su cooperador digno en la ejecución de sus misericordiosos designios sobre la tierra.

Este nombre,  es de aquel a quien la Madre de Dios, la reina del universo, llama su Señor; a quien el Verbo hecho carne llama su padre y a quien obedece.

Es el nombre de un pobre artesano que sufre sin murmurar los rigores de una condición ajena, y que en lugar del palacio de David habita en la humilde cabaña de Nazaret, sin pretensiones de ambición ni envidia.

Es el nombre de un Patriarca localizado en una vida oscura, pero tan llena de méritos y de ejemplos, que nos da a cada uno la más perfecta regla de conducta, tan segura como cristiana.

Es el nombre de un justo cuya vida sobre la tierra ha sido angelical y que tuvo la dicho de morir en presencia y en los brazos del Salvador del mundo.

Es, por último, el nombre de un Santo que se halla en el cielo en cuerpo y alma, el cual goza de gran poder cerca de la Santísima Trinidad; nombre tan venerable y tan bendito, que basta el tributarle honor para conducirnos a la posesión de un Dios. ¡Que el santo nombre de José permanezca, pues, siempre en nuestra memoria, y que por siempre esté grabado en nuestro corazón!

6. ¿Donde y en qué año vino San José al mundo?

En la parte montañosa de la Galilea, que en otro tiempo habitaba la tribu de Zabulón, existe una aldea pequeña y humilde, situada sobre una colina bastante alta, conocida con el nombre de Nazaret; aquí fue donde nació San José, en el primer año del reinado de César Augusto, según varios autores, cuya opinión es bien fundada; convienen en efecto, que este Santo tenía cerca de cuarenta años cuando se casó con la divina María; además el Martirologio romano expresa que Jesús nació a los cuarenta y dos años del reinado de Augusto.

Si San José, siendo de Nazaret, patria también de la Santísima Virgen, y no de Belén, como dicen algunos escritores modernos, fue, en virtud del edicto de César Augusto, a Belén, con María su esposa, para hacerse inscribir en los registros públicos, era porque los dos esposos descendían de la raza de David, y esta ilustre familia era oriunda de Belén.

7. ¿Qué juicio formaremos del fenómeno maravilloso que apareció en el cielo el año del nacimiento de José?

Se ha dicho antes que San José nació el año del advenimiento al trono de César Augusto. Además, si hemos de creer a Plinio, Séneca y Suetonio, fue señalado este año por un fenómeno maravilloso que apareció en el cielo que estos historiadores atribuyeron a su emperador, pero que, no obstante, conviene mucho más a San José. El sol una mañana apareció coronado de estrellas, dispuestas en forma de espigas de trigo y rodeadas de un arco iris. ¿Era efecto natural o sobrenatural?

No podemos decidir respecto de tal suceso; pero lo que se puede afirmar es, en uno y otro caso, que tal fenómeno debe más bien aplicarse a San José. En efecto, si fue un suceso natural, no impide ver en él un pronóstico, porque la Providencia nada hace de extraordinario sin tener superiores designios además; además, es de presumir; que este signo anunciase más bien el nacimiento de José que la elevación de Augusto, pues era mayor la importancia de este nacimiento que la venida de aquel emperador.

¿Era al contrario un suceso sobrenatural? Su aplicación, entonces, lleva más certidumbre, porque San José fue efectivamente para el mundo moral como el arco iris, que anunciaba a los hombres que pronto iba a aplacarse la cólera del Cielo. Su alma estaba adornada de una corona de virtudes, cuyas estrellas figuraban su fulgor, la misión llevaba por fin, la conservación del que la Iglesia llama «el grano de los escogidos, la delicia de los reyes, el pan que nutre las almas para la vida eterna».

8-¿Qué fue para el mundo el nacimiento de San José?

Según el mundo, el nacimiento de San José fue pobre y sin importancia alguna. Verdad es que era de regia estirpe, mas su raza había perdido toda su influencia y prestigio, saliendo de ella el cetro de David. José debió el ser a padres pobres que si bien eran desconocidos de los hombres, estaban llenos de virtudes, temerosos de Dios y guardando sus preceptos: ejemplo admirable para todos aquellos que han sido víctimas da los caprichos de la fortuna.

Un tiempo se elevaron como los cedros del Líbano, y ahora caídos merecen apenas el aprecio de las gentes: ¡Felices cuando se encuentra en ellos sumisión a la Providencia, único bien que les regía y puede consolarles en su infortunio! ¡Felices aún si, siguiendo los pasos de los padres de José, no sólo tienen la sumisión, sino que añaden repitiendo como el santo Job: «Señor, todo me lo habéis dado, todo me lo habéis quitado, bendito sea vuestro santo nombre». Esta resignación es una de las más excelentes virtudes, porque ella nos santifica y nos conduce a la gloria.

9- ¿Qué fue, a los ojos de Dios, el nacimiento de San José?

Si el nacimiento de José, según el mundo, fue oscuro, muy alto y esclarecido fue delante de Dios. Destinado a una misión sublime, san José recibió del cielo los mayores privilegios, y toda la Trinidad Santa le honró con sus más preciosos dones. El Padre Eterno consideró con amor a este hombre que sobre la tierra debía ser la imagen de su autoridad, y a quien iba pronto a someter a su Hijo único, este Hijo en quien Él tenía todas sus complacencias.

El Verbo Divino contempló con ternura a este feliz mortal, que reconociendo el poseer un Dios tierno, le tendría una afección tan ilimitada y previsora, exponiendo él mismo su vida para librarle del furor de sus enemigos. El Espíritu Santo se complació en ver al casto protector de su Esposa muy amada, de esta augusta María, tan tímida, tan joven, a la cual era menester unir por prudencia un alma pura como la suya, y un corazón constante en medio de los peligros. Nunca nacimiento, excepto el de Jesús y María, fue más grande, ni más santo a los ojos de Dios, que el del augusto y divino José.

10- ¿Es cierto que San José fue santificado en el vientre de su madre?

La Iglesia nunca ha decidido respecto a esta cuestión, pero si nos referimos al dictamen de muchos teólogos distinguidos como Gerson, Canisio, Salmerón y otros santos teólogos diremos que San José fue santificado de la mancha original del vientre de su madre.

Además, todo nos guía a creer que esta opinión es verosímil porque si San Juan Bautista obtuvo esta gracia como conveniente a su cualidad del precursor del Mesías, no lo era menos para el que debía tener cargos más importantes y más privilegiados con el Divino Salvador y su santa y augusta Madre; no lo era menos para el que había merecido ser el esposo de la más pura de las vírgenes y el padre custodio y nutricio del Hombre Dios.

Es muy creíble, pues, que salió del vientre de su madre enteramente libre de la mancha del pecado, adornado de la vestidura santa de la inocencia y enriquecido de las más raras virtudes.

11- ¿Cuál fue la juventud de San José?

Aunque la Sagrada Escritura nada nos dice de la juventud de San José, nos es fácil, sin embargo, formarnos una idea de la vida de este santo Patriarca durante sus más bellos años. Basta para esto considerar las expresiones de que se sirve el Espíritu Santo respecto de San José, y la misión que le ha sido confiada desde el Cielo.

Y en efecto, el título por excelencia que la Escritura de San José es el de Justo; y si, como observa San Basilio, la justicia es la reunión de todas las virtudes, se debe concluir que la juventud de San José fue la de un Santo.

Fue escogido de entre mil para servir de cooperador al gran misterio del amor de Dios, por ser el custodio del sagrado depósito de un Dios encarnado, y guarda de la santa virginidad de María, ¿cómo se puede dudar un solo momento de su fe viva, de su gran piedad, de su ardiente caridad durante su juventud?

Según refiere el venerable Beda, San José había hecho voto de castidad perpetua. Nos confirma en esa opinión al parecer de San Jerónimo, que afirma que el Santo Patriarca no fue nunca casado antes que fuera el esposo de la Virgen María.

12- ¿Cuál fue la profesión de San José?

El Evangelio nos enseña que San José fue artesano, más no nos dice su género de trabajo; debemos buscar por consiguiente buscar el auxilio de la tradición para dirigirnos en nuestras indagaciones. Algunos autores graves, como el venerable Beda y san Anselmo piensan que san José trabajaba en hierro.

“Que hubiese conocido el arte de fraguar, dice San Ambrosio, esto no cabe duda”. Luego podemos presumir que todos los trabajadores de este género de oficio, que fueron necesarios para su casa, salieron de sus manos, y que el los fundió en alguna fragua de las cercanías.

Aunque esto parece probable, no era, sin embargo el verdadero oficio del santo Patriarca. San Justino, que fue muy cercano de las primitivas tradiciones, refiere que San José fabricaba yugos y arados; la opinión generalmente recibida es la de atribuir a San José el oficio de carpintero. Hizo muebles de la casa, el pobre tablado donde María tomaba algunas horas de descanso y más tarde la cuna que debió servir al divino Infante.

13- ¿Cómo San José fue uno de los pretendientes de la mano de María?

Cuando la joven María llego a la edad de 14 años, los sacerdotes a cuya vista fue educada en el templo mismo darla un esposo; más se hallaron en un gran embarazo: por una parte habiéndose hecho admirable la joven María por sus aventajadas cualidades y excelsas virtudes, era indispensable que la elección fuera digna de ella, y que tuviera lugar, además, en su propia familia, porque la Ley así lo prescribía: María había hecho voto de virginidad, y era necesario conciliar el debido respeto a las promesas hechas a Dios, con la prescripción mosaica que exigía el casamiento a todas las doncellas de Israel.

Después de un maduro examen, los sacerdotes, para conciliarlo todo, resolvieron dar a María por esposo alguno de sus parientes que pudiera ser el más fiel custodio de su inmaculado virginal candor. Para mejor hacer la elección, decidieron a que todos aquellos a quienes la Ley daba derecho de obtener la mano de la divina Doncella, fuesen convocados al templo.

José, como descendiente de la casa de David y como pariente de María, fue comprendido entre los pretendientes. La orden de los sacerdotes fue ejecutada, y José, sea por obediencia, sea que su humildad le persuadiese que era imposible que la elección recayese en él, fue al templo; pero los pretendientes, atraídos por la reputación de la joven María, fueron tan numerosos que la elección fue para los sacerdotes si no imposible, al menos difícil.

14- ¿Cómo fue designado visiblemente José a los sacerdotes, para ser esposo de María?

Hallándose los sacerdotes embarazados para la elección, a consecuencia de los numerosos pretendientes, recurrieron la oración, y el Cielo les respondió con una inspiración: esta decía, que todos los jóvenes debían tener en sus manos varas secas, y aquel cuya vara floreciese sería elegido. La orden fue ejecutada, y puestos todos en oración, la vara de José floreció en sus manos, y una blanca paloma vino a colocarse en su cabeza.

Convencidos por este milagro de los designios de Dios sobre San José, los sacerdotes enviaron a buscar a la joven María, que sólo consintió en ese enlace por obediencia: la noticia del milagro debió causar en ella una grande alegría, porque pensó que ya que el Cielo le enviaba tan visiblemente a San José por esposo, el Cielo sabría inspirar respeto a su voto de virginidad, y hacerle solamente un custodio y un apoyo para ella.

Los sacerdotes procedieron en seguida a la ceremonia, que se hizo conforme la Ley exigía y según la costumbre de la nación. José puso un anillo en el dedo de la joven Virgen, como prenda de fidelidad conyugal que le prometía, recibiendo una recíproca promesa en la aceptación que ella hizo.

15- ¿Qué juicio formaremos del anillo que San José dio a María, con motivo de su casamiento?

La Iglesia nada ha decidido respecto de esta preciosa reliquia. Diremos tan solo que ciertos autores, cuya autoridad debemos respetar, dicen que San José puso en el dedo de María un anillo formado de una piedra de amatista, símbolo de la fidelidad virginal; que este anillo existe aún, y se conserva cuidadosamente en Perusa de Italia, en la Basílica de San Lorenzo.

Siendo tal su antigüedad, que impide discernir de qué materia sea. Benedicto XIV, exponiendo en uno de sus escritos el origen de la fiesta de los desposorios de San José con María, habla tambien de este anillo, que se conserva en Perusa como el que fue entregado a María por San José en el momento que la tomó por esposa, y sin decidir nada acerca de esta tradición, levanta con fuerza su voz contra la crítica amarga de un protestante que condena orgullosamente la devoción del pueblo a esta reliquia.

El Papa Urbano VIII compara este anillo a un doble arco iris que rodea a Perusa haciendo de ella un fuerte baluarte para defenderla de los peligros y del furor del infierno.

16- ¿Qué más se dice de este anillo nupcial?

El anillo dado por San José a la augusta María, prenda preciosa de la alianza más afortunada, fue traído en el siglo X a Italia por un judío de Jerusalen, que le dio con otras alhajas a la condesa Judit, esposa de un poderoso señor llamado Hugo de Tuscia. El judío entregó el anillo de María con las otras alhajas a Ainerio de Clusio, intendente de la condesa: mas éste no entregó esta reliquia a Judit, guardándola como un objeto precioso, pero sin honrarla con la reverencia debida.

Diez años después, su hijo único le fue arrebatado por una enfermedad repentina; y cuando le iban a bajar al sepulcro, despertándose como de un profundo letargo, en medio de la multitud admirada, se levanta, descubre la falta cometida por su padre, revelando la existencia del tesoro, y al concluir su relato, se envuelve en el lienzo mortuorio, y se duerme el sueño de la muerte. El desgraciado Ainerio, fuera de sí mismo, confiesa su crimen, entrega el sagrado depósito, que con este suceso se granjeó la veneracion de los fieles.

Algunos años después, se dice que una princesa de sangre real llamada Gualdrada, tuvo la temeridad de probarse el anillo bendito de la santísima Virgen, y al retirarle de su dedo se le secó éste, siendo inútiles todos los remedios para curarle; algún tiempo después, el anillo nupcial de San José pasó a poder de los habitantes de Perusa, a cuya ciudad fue, en fin, otorgado solemnemente por el Papa Urbano VIII, en el año de 1486, después de largos y terribles debates que para ello mediaron.

17- ¿Se puede decir que fue un verdadero matrimonio el de San José y María?

Aunque San José y la augusta María hicieron votos de perpetua virginidad, no es menos cierto que hubo entre ellos un verdadero matrimonio. En efecto, se dice en las Santas Escrituras, que José era el esposo de María, de quien nació Jesucristo; luego es evidente que por estas palabras ha querido revelarnos el Espíritu Santo, y en efecto nos revela, que hubo un perfecto casamiento entre José y María. Todos los teólogos, dice Francisco Suárez, expresan que esta verdad es de fe y la Iglesia la enseña como tal, lo mismo que todos los doctores [1].

Luego debemos creer y podemos decir con toda certidumbre, que la unión de José y María ha sido un verdadero matrimonio, y por consiguiente que estos dos esposos se pertenecían mutuamente el uno al otro. Sin embargo, digamos que este matrimonio ha sido virginal en la promesa, virginal en el amor, virginal en la paternidad.

[1] La doctrina de la Iglesia respecto la certeza de este matrimonio verdadero es tan terminante y formal, que ha querido instituir una fiesta para perpetuar la conmemoración. Establecida desde luego en la iglesia de Chartres en Francia, al principio del siglo décimo quinto, esta fiesta fue después autorizada por algunas órdenes religiosas y particularmente en la de los franciscanos y dominicos, y poco después en los Estados de la Iglesia y en algunas otras provincias.

Los dominicos fueron los que añadieron un oficio nuevo y obtuvieron permiso del Papa Pablo III que se celebrase con mucha solemnidad y fijándola el 23 de Enero, en cuyo día celebra aún casi toda la Iglesia [salvo en España, donde se celebra el 26 de Noviembre].

18- ¿Cómo fue virginal en la promesa este casamiento?

Puesto que, según nos ha revelado el Espíritu Santo y nos enseña la Iglesia, el casamiento de San José y de María ha sido muy verdadero, se sigue que estos dos Santos esposos se han pertenecido verdaderamente el uno al otro, por consecuencia.

María pertenece a José y José a la divina María ¿Pero cómo se han entregado el uno al otro? «Aquí es donde, exclama San Agustín, debemos admirar el triunfo de la pureza, en la certidumbre de este matrimonio. José y María se entregaron mutuamente, es cierto, más se dieron su virginidad, y se concedieron un mutuo derecho de guardársela el uno al otro; luego María tuvo el derecho de guardar la virginidad de José, y José el de guardar la de María: ni el uno ni el otro puede disponer de ella, y toda la virginidad de este casamiento consiste en guardar su santa virginidad:

he aquí las promesas que les unieron, he aquí el tratado que les enlazó: son dos virginidades que se enlazan para conservarse mutuamente el uno y el otro por una correspondencia de deseos púdicos». Tal es el nudo de este matrimonio, dice San Agustín, que es tanto más firme cuanto las promesas que en ella se hacen, deben ser más inviolables, porque son más santas.

19- ¿Cómo fue virginal en el amor el matrimonio de San José?

Es una verdad conocida que cuanto más puro es el amor y más espiritual y desprendido de la materia, es tanto más fuerte y más vehemente; porque el fuego de la concupiscencia encendido en nuestros cuerpos, no puede igualar jamás a los ardores de los espíritus unidos por el amor de la pureza. Y por tanto, ¿hay alguien que pueda decir cuál fue el amor conyugal de José y María? Porque en ninguna parte ha sido este amor espiritual tan perfecto como en este santo matrimonio.

En esta unión, el amor es santo, espiritual y celeste puesto que sus llamas y todos sus deseos tienden a conservar la virginidad. Se aman entre sí, y en su grande amor aman su mutua virginidad. José ama a María sobre todo lo que decirse puede, pero lejos de nos otros el pensar que el objeto de su amor eran los dones de la naturaleza con que María se hallaba adornada; o, en otros términos, la belleza mortal que la hermoseaba; no, lo que José amó en María era la belleza oculta e interior, cuya virginidad forma el principal adorno.

Era, pues, la pureza de María, el objeto del amor de José, y cuanto más amaba a esta pureza, más quería conservarla, primero en su santa esposa y después en sí mismo, por una perfecta conformidad del corazón. Y así, tan verdad ha sido el decir que las promesas de José han sido puras, como que su amor a María fue divino y enteramente virginal.

20- ¿Cómo fue virginal en la paternidad el amor de San José?

La Iglesia nos enseña, que es artículo de fe, que ha habido un verdadero matrimonio entre José y María. Es también un artículo de nuestras creencias, que María ha sido la madre de Nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, hecho hombre, y que Dios es su Padre. Además, nos dice un piadoso autor: «¿Por qué ha querido el hijo de Dios encarnar en las purísimas entrañas de la augusta María? Pues ha sido, y este es el parecer de todos los santos Padres, a causa de la virginidad de aquella santa criatura.

Es, pues, la virginidad de María la que ha sacado a Jesucristo del cielo para presentarle en la tierra; Jesucristo es, la flor sagrada que encerró la virginidad, el fruto feliz que la virginidad produjo». Y San Fulgencio nos lo dice formalmente: «Sí, Jesús es el fruto, el adorno, el precio, Jesús es la recompensa de la santa virginidad». Luego debemos concluir con Bossuet, «que así como todos debemos creer que es la virginidad de María la que la hace fecunda, no debemos temer el afirmar, que José tuvo parte en este gran milagro».

En efecto, si esta pureza angélica es el bien de la divina María, es el depósito mejor, es el bien del justo José, su casto esposo, porque María pertenece a José por su matrimonio y por los castos cuidados con que la ha conservado; así, pues, teniendo José tanta parte en la virginidad de María, así también la tiene en el fruto que llevó la misma por cuya causa Jesús es hijo de José, no verdaderamente según la carne, sino según el espíritu, por la alianza virginal que tuvo con la madre: por lo cual diremos con razón que el matrimonio de José fue virginal respecto de la paternidad.

21- ¿Qué consecuencia legítima se podrá deducir del verdadero matrimonio entre José y María?

Si la unión entre José y María ha sido un verdadero matrimonio, podemos deducir dos consecuencias muy gloriosas para el santo Patriarca. La primera es que Sn José, desde su nacimiento, ha debido hallarse colmado de gracias y de méritos: y en efecto, si María ha sido saludada llena de gracia, y si de sus castas entrañas debía nacer el autor de ella, ¿no es evidente que San José ha debido estar colmado de gracia?

La segunda es, que San José ha debido ser y fue siempre virgen; si María en efecto, no obstante su maternidad, no ha cesado jamás de ser virgen; si además su virginidad atrajo a Jesucristo a sus castísimas entrañas: si el Salvador ha amado a San Juan con un amor de predilección y le confió su santa madre, porque era virgen, ¿no debemos concluir también y creer, en contra de lo que ciertos Autores dicen, que San José siempre fue virgen? Sí, podemos decirlo, porque el Cielo le ha escogido para ser el custodio de la virginidad de María y el padre adoptivo de Jesús.

22-¿San José puede ser verdaderamente llamado el padre de Jesucristo?

Aunque la concepción milagrosa de Jesucristo fue por obra del Espíritu Santo, no obstante, diremos que José era verdaderamente el padre del Salvador, y esto por muchas razones.

La primera, porque el Padre Eterno había cedido en la tierra todos sus derechos a José sobre su Hijo único; siendo por tanto José quien le impuso el nombre de Jesús, quien le circuncidó, quien le presentó en el Templo y le condujo todos los años a Jerusalén.

La segunda, porque le preservó del furor de Herodes conduciéndole a Egipto; le llevó a Nazaret para evitar la crueldad de Arquelao, que durante tres días le buscó después de haberle perdido; José es quien le alimenta, quien le cuida, quien le alberga, quien le ama con todo su corazón de verdadero padre.

La tercera es que José era verdaderamente esposo de María: María debe pertenecerle en toda propiedad, y por consiguiente, también el niño que dio a luz, en virtud del derecho que lo que está plantado o nace sobre el terreno de otro, pertenece a su dueño. Ved aquí el razonamiento de San Francisco de Sales:

«Si una paloma, dice con sublime sencillez este gran Santo, llevando en su pico un dátil, le deja caer en un jardín en el que nace una palma, ¿no se dirá que esta palma pertenece al dueño del jardín? Luego Jesús, divina palma cuyos frutos deliciosos alimentan al mundo entero, pertenece a José, porque sembrado por el Espíritu Santo, ha germinado en el seno de María, jardín cerrado del que José era dueño».

23-Habladnos de la turbación de José en el embarazo de María.

María, después de una ausencia de tres meses, pasados en casa de su prima santa Isabel, volvió a Nazaret con su esposo José, dejando a la naturaleza el cuidado de hacer conocer lo que la había sucedido en sí misma, y al Cielo el cuidado de justificarla. Reunidos aún bajo el mismo techo, los dos santos esposos vivían como antes de la partida de María, en la más profunda paz y en una alegría sin igual, cuando una circunstancia vino si no a afligir, al menos a probar el corazón de José.

María en efecto, había llegado hacia poco, cuando su esposo se apercibió sin que pudiera tener género alguno de duda, que estaba en cinta, y se turbó. Resolvió desde luego, nos dice la Escritura, separarse de ella, e iba a poner en práctica su resolución, cuando un ángel se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas el permanecer con María tu esposa, porque lo que en ella existe es obra del Espíritu Santo. Parirá un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, el que remediará a su pueblo y borrará los pecados del mundo».

24- ¿A qué motivos se atribuirá la turbación de José su resolución de abandonar a María?

Si José se turba por la preñez de María, si resuelve separarse de ella secretamente, lejos de nosotros debe estar la idea de creer que José sospechase culpabilidad en su Esposa. Y ¿cómo podría creerla culpable, él, que conocía tan bien la belleza de su alma, su perfecta, pureza y las altas virtudes con que el Cielo la había adornado; él, que no podía dejar de admirar su rara modestia y su incomparable prudencia?

La determinación de José debe, pues, ser atribuida a otro motivo más digno de este santo Patriarca; luego este motivo no es otro sino su profunda humildad. Asegurado de la preñez de su Esposa, y no teniendo ninguna duda de su santidad, José se persuadió de que era la Virgen que Isaías había anunciado, y que el niño que llevaba era el Hijo de Dios mismo.

25-¿En qué está basada la opinión que atribuye a la humildad de San José su resolución de abandonar a María?

La conducta de San José en esta circunstancia y la profunda caridad que, debemos suponer, existía en él, son razones más que suficientes para probar que la opinión que atribuye a la humildad de José la determinación de abandonar a María, es la única verdadera. Como José tenía un carácter excesivamente prudente, no se atrevió en semejante caso a preguntar nada a María, al menos para salir de su duda; no lo hace, pues, no la dirige la más mínima observación, ni mucho menos la hace verter lágrimas.

Además, abandonar a María en esta circunstancia no hubiera sido un acto de un corazón grande, generoso y profundamente caritativo, porque, o había duda en San José, o certeza de la culpabilidad de María. Si había duda, José debió decidirse a abandonarla. Si tenía certeza, entonces debía su caridad, sino obligarle a quedarse con María, al menos inclinar su corazón al perdón, y no exponer de nuevo a su esposa. Esta es la opinión de un gran número de santos. San Basilio dice:

«Que José juzgándose indigno de ser esposo de una mujer tan perfecta y tan privilegiada, creyó debía abandonar su estancia». San Jerónimo usa poco más o menos del mismo lenguaje. Santa Brígida asegura, que tal fue el verdadero motivo de la determinación de San José. En fin, Santo Tomás es de la misma opinión: «Si San José, dice, quiso separarse de su esposa, no fue porque creyese criminal, sino por respeto a su santidad, juzgándose indigno de permanecer en su compañía».

26- ¿Cuál es la opinión respecto de esto de San Francisco de Sales?

La opinión de este santo, es también que José no sospecho de María, sino que mirándola como la esposa del Espíritu Santo, se creyó indigno de vivir con ella, y resolvió separarse, pero oigamos las textuales expresiones de este gran santo: «La humildad de José, dice, fue causa de que quisiera separarse de María cuando la vio encinta»; porque, dice San Bernardo, en sí mismo hizo este razonamiento: «¿Qué es esto?

Estoy seguro que María es virgen, porque juntos hemos hecho el voto de guardar nuestra pureza y virginidad, a lo que jamás querrá faltar: pero yo veo que está en cinta y que es madre: ¿cómo, pues, se podrá hacer que la maternidad se amalgame con la virginidad, y que la virginidad no impida la maternidad?

¡Oh Dios!, exclama: María, ¿será acaso la gloriosa Virgen de quien los profetas asegura concebirá y será Madre del Mesías? ¡Oh! Si es así lejos de mí el pensamiento de permanecer a su lado, yo que soy tan indigno más vale que la abandone secretamente y que no continúe en su compañía». «Sentimiento de humildad admirable, dice San Francisco de Sales, y que fue causa que san Pedro, trasportado de semejante opinión de humildad, exclamara en la barca en que se encontró con Jesús: “Señor, apartaos de mí, porque soy un hombre pecador”».

27- ¿Por qué José y María fueron a Belén en el momento en el que el Mesías iba a venir al mundo?

Se acercaba el momento en que el Mesías prometido iba a aparecer, cuando César Augusto, queriendo conocer el número de sus súbditos, ordenó que se hiciera un empadronamiento general en todo el imperio.

Además, Quirino, prefecto de Siria y ministro del emperador, prescribiendo que el padrón se hiciera por familias en los mismo lugares de su origen, obligó a José y María ir a Belén en el momento en el que el Divino Niño debía aparecer en el mundo, resultando de aquí dos legítimas consecuencias a saber: que Belén iba a ser, según las profecías, el lugar del nacimiento del Mesías y que su descendencia de David iba a ser constatada legítimamente.

José y María, que eran de la línea de David, oriundos de Belén, fueron a esta aldea para obedecer las disposición del edicto; pero sea la afluencia de los viajeros, sea sobre todo, porque el Cielo lo quería así, no encontraron donde albergarse; los dos santos esposos viéronse obligados a retirarse a una gruta abandonada, que servía de asilo a los pastores y ganado en los días de tempestad; allí fue, lejos de las miradas de los hombres, en el invierno, a media noche, donde nació el divino Jesús, Hijo de Dios Padre, que por su pasión y muerte debía librar al hombre de la esclavitud del demonio, y ponerle en aptitud de ganar el Cielo.

28- ¿Por quién fue circuncidado el niño Dios, nombrado y presentado en el templo?

La ley de Moisés ordenaba que todo niño varón fuera circuncidado al octavo día de su nacimiento. Fue, pues, José el ministro en esta sangrienta ceremonia, como lo afirman San Epifanio, San Efrén, San Bernardo y un gran número de otros santos. Y ademas, todo nos inclina a creer que fue así, observando que no obligaba la ley a llevar los niños al templo, y que el empadronamiento detenía a José en Belén, no permitiéndole satisfacer este piadoso deber.

Él fue quien, por obedecer a las órdenes que había recibido del Cielo, impuso un nombre al niño, llamándole Jesús, nombre de esperanza sobre todo hombre; nombre que el cielo, la tierra y los infiernos adora; nombre, en fin, que alegra a los santos, consuela a los hombres y hace temblar a los demonios. Fue José también quien en Jerusalén, donde había ido con María para obedecer a los preceptos del Levítico, rescató al niño Jesús mediante cinco siclos de plata, ofreciendo dos tórtolas en sacrificio.

29- ¿Porque se refugió José en Egipto?

Herodes engañado por los magos y temiendo que el Niño que iban a adorar fuese un día el que le echara de su trono, dio orden de asesinar a todos los niños de menos de dos años que se hallaran en Belén y sus alrededores, creyendo que por estas medidas, el niño que había nacido y que le habían dicho que era el Mesías, seria incluido en el asesinato, y no escaparía a su venganza.

Pero el Cielo velaba por su conservación y mientras que Herodes meditaba su cruel designio, un Ángel se apareció a José en sueños, y le dijo: “Levantaos, tomad el niño y a su madre, huid a Egipto y permaneced allí hasta que se os ordene volver: porque Herodes se dispone a buscar al niño, para hacerle morir”. Y José, añade la escritura santa, se levantó al punto, huyó con el niño y su madre, y se retiró a Egipto. Luego si José huye de su querida patria, y conduce a Jesús y a María a Egipto, es por obedecer las órdenes del Cielo: es para evitar que el niño que le ha sido confiado caiga bajo los golpes del furor de Herodes.

El lugar del destierro está muy distante; hay cerca de ciento cuarenta leguas del país natal; el viaje será, por consecuencia, pesado, durará cerca de quince días; no importa, el Cielo habla, el niño está en peligro y José obedece. ¡Que fe! ¡Que obediencia!

30- ¿Qué partida de ladrones era la que José, María y Jesús encontraron en su huida a Egipto?

Los santos viajeros estaban próximos a entrar en la vasta llanura de la Siria, donde esperaban estar libres de los lazos de su cruel perseguidor, cuando contra sus costumbres, continuaron su camino entrada ya la noche, para estar más pronto en seguridad y apresurar su llegada; pero de repente se presentaron unos hombres armados para estorbarlos el paso: era una banda de malvados que desolaban el país, cuya temible fama se había esparcido por todas partes. José y María se pararon y rogaron al Señor en silencio, porque la resistencia era imposible: lo más podían confiar que los bandidos les dejasen la vida.

El jefe se separó de sus compañeros y se adelantó hacia José, para ver qué debía hacer; pero a la vista de aquel hombre desarmado, de aquel niño que dormía tranquilamente sobre el seno de su Madre, se ablandó el corazón sanguinario del bandido. Lejos de querer hacerles mal, bajó la punta de su lanza y alargó la mano a José, ofreciéndole hospitalidad para él y su familia: este jefe se llamaba Dimas. La tradición cuenta que pasado el tiempo fue cogido por los soldados y condenado a ser crucificado, colocándole en el Calvario al lado de Jesús, y le conocemos con el nombre del Buen Ladrón.

31- ¿Qué milagro obró el Cielo en esta huida en favor de la Santa Familia?

Según la Ciudad Mística de María de Ágreda, al término de la segunda jornada, José y María se hallaron con que las provisiones que habían preparado para su manutención se les habían agotado, de tal manera que continuaron su camino todo el día siguiente, sin tomar ningún alimento.

Por la tarde, cuando se pararon para descansar, estaban extenuados de hambre y cansancio. María, viendo que les faltaba todo humano recurso, y que su conservación parecía imposible, se decidió a pedir al Cielo un milagro; pero el Cielo no se hizo esperar, porque para María el suplicar es obtener. Y en efecto, apenas la augusta Señora había concluido su súplica, cuando ya estada preparada una comida servida por mano de los Ángeles. Esta comida consistía en pan y frutas, alimentos convenientes a su frugalidad.

Esta milagrosa comida, debió recordarles sin duda, un beneficio semejante concedido en el mismo sitio a uno de los antiguos profetas; pues ocurrió en el desierto de Bersabé, lo mismo cuando un Ángel sirvió al profeta Elías un pan cocido en la ceniza, que le dio la fuerza suficiente para llegar hasta la montaña de Horeb. Desde este día los Ángeles tuvieron el cuidado de alimentar a los santos esposos, y el milagro no cesó hasta su entrada en Egipto.

32-¿Dónde fijó José su estancia en Egipto, y cuál fue su condición?

Algunos autores creen que José se estableció desde luego en Hermópolis; otros pretenden que fue en Menfis, otros en Matarea, y otros, por último, en Heliópolis. Puede ser que todos estos autores tengan razón, porque muy bien podía suceder que los hubiera estado en todas estas poblaciones más o menos tiempo sin establecer su domicilio definitivamente.

Sin embargo, la opinión más común es que José se estableció en Heliópolis, cuyo nombre, se encuentra en esta ocasión perfectamente aplicado porque significa: Ciudad del Sol, y poseía entonces en su seno el Sol de justicia. Respecto de su condición, debió ser, a no dudarlo, dura y llena de sufrimientos.

Se hallaba desterrado, en tierra extranjera, sin apoyo, sin conocimiento, víctima de la más injusta persecución. Como era pobre, observa San Basilio, debió con María su esposa entregarse a los trabajos más penosos para procurarse lo necesario para su sustento. La tradición afirma que María trabajaba con la aguja y al huso, y que con mucha frecuencia el niño Jesús pedía pan, y José y María no podían dárselo.

33-¿Qué nos recuerda la permanencia de San José en Egipto?

La estancia de San José en Egipto, recuerda naturalmente el antiguo Patriarca llamado también José, que fue vendido por sus hermanos y conducido a Egipto, San José experimentó los mismos infortunios, virtudes, beneficios del antiguo José y, desde luego, sus desgracias. El antiguo José, dice San Bernardo, vendido y conducido a Egipto por la envidia de sus hermanos, figura de lejos la venta de Jesucristo y al nuevo José, para evitar el deseo de Herodes, condujo a Cristo a Egipto.

El antiguo José, encerrado en la prisión, fue largo tiempo víctima de la más odiosa calumnia, y el nuevo José, desterrado a una tierra desconocida, vivió cerca de siete años víctima de la más injusta persecución. Copia igualmente sus virtudes. El antiguo José, dice San Bernardo, conservó la más sincera fidelidad respecto de su amo, no queriendo acceder a las solicitudes de la mujer de Potifar, y el nuevo José , reconociendo a la Santísima Virgen por su soberana, por la Madre de su Señor, fue siempre casto esposo y fiel depositario de tan santa virginidad.

El antiguo José recibió del cielo la inteligencia en los sueños misteriosos, y el nuevo José merece ser confidente y cooperador de los secretos de Dios.

Los dos, sometidos a pruebas de la Providencia, no murmuran ni contra la prisión y cansancios, ni contra el destierro y sus penas, y sin rencor a causa de las injusticias, sin disgusto por os malos tratamientos, piden por sus perseguidores y se juzgan dichosos en sufrir: el uno por la inocencia de su corazón y el otro por la inocencia de Jesús.

San José copia, en fin, los beneficios del antiguo José; y en efecto, el antiguo José, continúa San Bernardo, conservó el trigo, no para él, sino para todo el pueblo, y el nuevo José recibió en depósito, tanto para sí mimo como para el mundo entero, el pan vivo bajado del cielo, y se fue a Egipto, fue en calidad de guardián fiel para producir en los días de escasez y hambre el trigo de los elegidos y el divino maná.

Como el antiguo José fue e bienhechor de Egipto por la virtud del celeste Niño.  Fácil es, pues, ver que las relaciones entre los dos José no pueden ser más exactas, pero añadamos también que el cuadro sería más completo si nosotros, cristianos, imitásemos la conducta de los egipcios.

Y en efecto, el Faraón y todo su pueblo, reconociendo que por José se habían salvado del hambre, quiso que José fuese el primero después de él en su reino; imitemos a los Egipcios, reconozcamos que San José nos ha salvado del hambre conservándonos al Divino Niño, este Niño que es alimento de los Ángeles, el trigo de los elegidos, y el pan, en fin, que nos da la vida eterna.

34-¿Cuál fue el dolor de José por la pérdida de Jesús en Jerusalén?

Había una ley en la antigua alianza que obligaba a todos los judíos a comparecer tres veces al año delante del Señor en su Templo para celebrar las fiestas de Pascua, la de Pentecostés, y la de los Tabernáculos llevando al mismo tiempo una ofrenda.

Pero esta ley no obligaba sino a los hombres: las mujeres estaban exceptuadas de ella atendiendo a su debilidad. Luego que Jesús llegó a los doce años, sus padres resolvieron llevarle consigo a Jerusalén con motivo de la fiesta de Pascua.

Cuando terminó el séptimo día, José y María se pusieron en camino para Nazaret, pero Jesús, en lugar de seguirlos, se quedó en Jerusalén. Hasta la tarde del primer día de viaje no le echaron de menos, le buscaron al instante entre sus parientes y amigos, pero no viéndole, se volvieron a Jerusalén, donde después de tres días de angustia y pesquisas infructuosas le hallaron en el Templo sentado en medio de los doctores a quienes escuchaba y les preguntaba.

Pintar cual fue el dolor de José en estas circunstancias es imposible, porque José tenía a Jesús un amor de padre, superior a toda expresión. Orígenes llega a decir que José y María fueron en esta ocasión tentados hasta con rigor, y que su alma sufrió más que todos los mártires juntos.

Pero lo que afligía el corazón de José y de María, según Orígenes afirma, es que en su humildad creían que Jesús los había abandonado como indignos de su presencia, de sus caricias y de su intimidad. ¡Ah! Cuantas veces, exclama un autor piadoso, conjeturar que el santo varón debió reprocharse a sí mismo el poco cuidado que había tenido del celeste depósito. ¿En qué aflicción de espíritu no debió caer? ¿En qué turbación? ¿En qué agitación?

35-¿Cuál fue la educación que José dio a Jesús?

Si José hubiese querido, hubiera podido sacar partido de la simpatía que Jesús se había adquirido entre los judíos, desde luego por sus cualidades exteriores, y además por las morales; pues que crecía en sabiduría a medida que adelantaba en edad, haciéndose más y más agradable a los hombres.

Hubiérase a la par aprovechado de la admiración que su hijo había excitado entre los doctores de la ley, y por consecuencia destinarle a un honorífico empleo en el mundo. Pero no; José era sencillo como Jesús, y le educó con sencillez.

Mientras que era joven, le hacía cumplir las obligaciones más ordinarias, más comunes, y las más conformes a su edad. No debemos admirarnos de esto; Jesús, en efecto, ha dicho de sí mismo: que había venido al mundo para servir, y no para ser servido. Por otra parte, no leemos en parte alguna que José y María hayan tenido criados; eran semejantes a los pobres, cuyos hijos son los que sirven.

Esta era la creencia de San Buenaventura y del piadoso Juan Gersón, que nos enseñan al Salvador del mundo prestándose en la casa de Nazaret a los más bajos oficios, lo que reveló a Santa Brígida la santísima Virgen.

Cuando Jesús fue mayor, José le aplicó a su profesión, haciéndole carpintero. Y es tan verdadero esto, que se citaban aún en los primeros tiempos de la Iglesia los yugos que había hecho; la tradición lo ha conservado esto en los más antiguos autores.

¿Y ahora dónde están, diremos con Bossuet, dónde están aquellos que se quejan cuando sus empleos no corresponden a su capacidad, o mejor aún, a su orgullo? Que vengan a la casa de José y de María y vean trabajar a Jesús en la profesión más humilde y más baja, según el mundo.

¿Dónde están, diremos con un piadoso autor, dónde están los padres que tanto trabajan para sacar a sus hijos del humilde estado o condición en que Dios les ha hecho nacer? Que vengan a la casa de Nazaret y que aprendan con el ejemplo de José cuán reprensible es su conducta; quieren educar a sus hijos fuera de su condición, y debieran más bien examinar antes si como cristianos, buscan a Dios en su vanidad.

36-Hablemos de la muerte de San José y de las principales circunstancias que la acompañaron.

Si la muerte de los Santos es preciosa delante de Dios, ¿cómo debió ser la del santo Patriarca José? El venerable anciano murió como había vivido, es decir, en el más eminente grado de virtudes y de méritos.

Cuando llegó el momento de exhalar el último suspiro, nos dice San Bernardino de Siena, la divina Virgen se dirigió a Jesús: «Hijo mío, le dice, ved que José va a morir», y lloró la Santísima Virgen. Jesús se puso al pie de la cama de José, que tenía continuamente los ojos fijos en él.

Le faltaban las fuerzas para hablar, más exhalaba aún entrecortados suspiros. Jesús le cogió la mano y le dijo: «Padre muy amado, dejad este valle de miseria; id y llevad a vuestros padres esta feliz nueva, decidles que dentro de poco yo bajaré donde están ellos, para conducirles al celeste reino». Habiendo llegado la hora, José entregó su alma en las manos de los Ángeles invisibles, que asistieron a su último combate, Jesús le cerró los ojos y los labios, y volviéndose a María le anunció que su casto esposo había muerto.

Entonces el Hijo de Dios, recordando los cuidados de José, sus fatigas en la huida a Egipto, sus privaciones en el desierto, se entristeció, e inclinándose sobre su cuerpo inanimado, le abrazó largo tiempo, y mezcló sus lágrimas con las de la divina María. Sus funerales se hicieron según la costumbre de la nación, pero sin esplendor ninguno exterior. Según San Jerónimo y el venerable Beda, el cortejo fúnebre tomó el camino de Jerusalén y se paró en el valle de Josafat, lugar escogido para enterrar el santo cuerpo. Allí se abrió y construyó, según la costumbre, un sepulcro, donde se colocaron los castos despejos del santo Patriarca.

37-¿De qué muerte falleció San José?

Según la tradición, San José durante los siete u ocho últimos años de su vida, fue visitado por la enfermedad y los sufrimientos: los largos y penosos viajes que había hecho, los padecimientos de corazón, los trabajos y las privaciones, habían alterado su constitución y arruinado completamente sus fuerzas.

Aseguran que esto no fue para él sino un resto de vida tan lánguida, por lo que le fue preciso, según la decisión de Jesús y de María, entregarse al descanso. Observamos que la muerte de San José nada tuvo de sobrehumano. Y sin embargo, no fue una muerte ordinaria la de nuestro santo Patriarca: los males y las enfermedades intervinieron, no para producir la disolución de su vida, sino para concluir de embellecer su corona, y completar su eterna fortuna.

Cuando llegó el tiempo de terminar su bella y santa vida, el mal debió alejarse y dejar obrar al amor. Tal es al menos la opinión de muchos autores distinguidos por su ciencia y virtudes, y tal es el sentir de San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio. Y ¿cómo hubiera podido morir José de otra manera, exhalando su último suspiro en los brazos de Jesús y de María? Había vivido de amor, y debió morir por amor.

El corazón de José era un foco ardiente de fuego, que no se consumía, y pudo llevarlo durante una larga vida, porque las llamas de este corazón se escapaban por sus servicios como por otras tantas aberturas, pero cuando estas vías se cerraron en un corazón tan activo, su corazón debió derretirse como la cera. Así podemos afirmar con toda seguridad que la muerte de San José fue como la de su santa Esposa, una muerte de amor. Esto lo reveló la Santísima Virgen a Santa Brígida.

38-¿Qué pensaremos de la resurrección de José?

Respetando la santa voluntad de Dios, que como dueño absoluto de todas las cosas, obra como quiere, debemos presumir que Dios no distribuye por casualidad sus favores, sus gracias y privilegios, sino que al contrario merecidos debidamente.

Luego, si tenemos todos los motivos para creer que San José fue del número de los muertos que resucitaron con Jesucristo, y es lo que nos enseñan casi todos los doctores. ¿Cuáles fueron, en efecto, las razones que determinaron al Salvador en la elección de los muertos, que quiso restituir a la vida? ¿Fue determinado por su propio amor?

José debió, pues, ser escogido el primero; porque de todos sus servidores fue él a quien más amó. ¿Miró al amor que sus Santos le profesaron? José debió presentarse en primera línea, porque el más amado de los hombres debió ser el más amante, y desde luego su vida está terminante para que sirva de testimonio. ¿Escogió con preferencia a aquellos que habían tenido relaciones estrechas con su santa humanidad? El derecho de José fue en este caso incontestable en virtud de su alianza con María y de su cualidad de padre adoptivo del Niño Dios.

Es verdad que las Escrituras no nos dicen si estos resucitados murieron de nuevo o acompañaron a Jesucristo en su gloria. ¿Pero puede haber duda respecto de esto? ¿Y cómo, en efecto, podrían ver un favor en una resurrección seguida de una nueva muerte?

Si la muerte es un castigo como nos enseña la Escritura, morir dos veces es ser doblemente castigado; es cierto que las almas de los Santos salieron del limbo gloriosas e inmortales: pero, como nos dicen San Ignacio, San Hilario y San Jerónimo, un alma no puede separarse de su cuerpo sin dolor, y el dolor es incompatible con la bienaventuranza. Luego podemos concluir que San José está hoy en cuerpo y alma en el Cielo, y no temamos añadir que esta resurrección, que esta exaltación de San José, fue digna del Salvador, gloriosa para San José, y favorable a los hombres.

39-¿Cómo fue digna del Salvador la exaltación de José?

Si alguno merecía resucitar con el Salvador y acompañarle en cuerpo y alma al Cielo para honrar su glorioso triunfo, era seguramente San José. Era justo que José, dice San Bernardino de Siena, después de haber vivido familiarmente en la tierra con Jesús y María, reinase como ellos eternamente en el Cielo en cuerpo y alma.

Es dulce oír el lenguaje sencillo de San Francisco de Sales, que quita la más mínima duda respecto de esto: hace hablar así San José a Jesús visitando el limbo: «Acordaos, oh Jesús, que cuando vinisteis del Cielo a la tierra, yo os recibí en mi estancia, en mi familia, y que apenas estuvisteis en el mundo yo os recibí en mis brazos.

Ahora que Vos debeis ir al Cielo, conducidme con Vos. Os he recibido en mi familia, recibidme ahora en la vuestra. Yo os he llevado en mis brazos, llevadme en los vuestros, y así como tuve cuidado de alimentaros y conduciros durante el curso de vuestra vida mortal, tened ahora cuidado de mí, y conducidme a la vida eterna». Era, pues, digno del Salvador de los hombres que su padre adoptivo recibiese este honor supremo, que sólo podía hacer su exaltación perfecta. Pero si esto era digno del Salvador, creamos que el Salvador lo cumplió. Sigamos, pues, a José con nuestras miradas, y alegrémonos de su triunfo.

40-¿Cómo la exaltación fue gloriosa para José?

El triunfo del antiguo José está los ojos de los Santos la figura del esplendor celeste del nuevo José. El Salvador dijo al segundo, como para el primero: «Yo os escojo desde hoy para reinar sobre todo mi imperio; yo no tendré sobre vos, sino el trono y la cualidad de rey; quiero que todo el mundo doble la rodilla delante de vos, y que todos os reconozcan como depositario de mi poder». Al mismo tiempo fue investido de una gloria inmensa.

El Señor, dice San Gregorio Nacianceno, colocó en él, como en un sol, las luces de todos les Santos, y le dio, como refiere el piadoso Bernardino de Bustis, una de las llaves del Paraíso, reservando la otra para su madre, y queriendo que en adelante no entrasen en el Cielo sino por su poderosa mediación. Tal es la fe de la Iglesia, que nos lo ofrece como un servidor prudente y fiel, establecido en la tierra sobre la primera familia, y en el Cielo sobre todo sus bienes.

Es fuera de duda, dice San Bernardino de Siena, que Nuestro Señor no le rehusó en el Cielo la familiaridad y el respeto, con que le honró en este mundo, como un niño a su padre; sino que al contrario, fue todavía más afectuoso y más adicto. Unámonos a tanta gloria como hijos adoptivos de José; alegrémonos en su elevación, y seamos celosos por su culto.

41- ¿Cómo fue favorable a los hombres la exaltacion de José?

Así como la gloria de José fue un homenaje a sus méritos, del mismo modo el poder con que Dios le honró es un recurso en nuestras necesidades. No podemos dudar de ningun modo, dice San Francisco de Sales, que este glorioso Santo tenga mucho crédito en el Cielo, cerca de aquel que tanto le ha favorecido y que le elevó en cuerpo y alma.

 

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