Es importante comprender que todas las ceremonias impregnadas de notas ocultistas tienen un propósito fundamental: glorificar al demonio, el padre de todas estas sociedades secretas. No debe sorprender a nadie que sea precisamente él quien inspire a sus seguidores a ofender a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a Su Santa Iglesia.
Desde tiempos inmemoriales, el enemigo ha buscado pervertir la verdad divina y corromper el alma humana, utilizando la «libertad» para disfrazar sus intenciones. (En este contexto, el lector ha de interpretar la palabra libertad como ellos la interpretan: el verse libres de Dios y de sus mandamientos. Para ellos, la única ley es el «yo quiero»). En las sectas secretas, esto se manifiesta de manera evidente en los rituales de iniciación, donde el iniciado debe profanar símbolos sagrados, como el Crucifijo, mediante actos de desprecio, tales como escupir o pisotear el emblema de nuestra salvación.
No obstante, el demonio no se conforma con recibir adoración en la clandestinidad. Su desmedida arrogancia, lo lleva a exigir un culto público, en un intento desesperado por equipararse al Creador.
En su rebelión contra Dios, expresó su «Non Serviam»(No serviré/No obedeceré), un grito de negación a servir, y desde entonces busca constantemente elevarse a una posición de semejanza con el Altísimo. Así, cuando recibe adoración pública de sus seguidores, él y sus secuaces se sienten fortalecidos y envalentonados por sus aparentes victorias temporales. Los hijos de la bestia, inflamados por el orgullo de su amo, no dudan en lanzar públicas y descaradas ofensas contra el Único Dios Verdadero, hasta llegar al punto en que entre ellos se pregona con arrogancia: «¿Quién como ella? ¿Quién podrá luchar contra ella?».
El demonio encuentra deleite en todo lo que es antinatural, porque su propia existencia es, en sí misma, una negación del orden y de la belleza creados por Dios. Así, las obras de la oscuridad no se limitan a los círculos secretos, sino que se inficionan en el mundo público y en la cultura popular, a menudo bajo el disfraz de entretenimiento o progreso. Cuando nos encontramos, a veces de manera involuntaria, frente a este tipo de «espectáculos» —como los que presenciamos en ceremonias globales como las inauguraciones de los Juegos Olímpicos, por ejemplo— se está preparando el terreno para el satanismo, aunque muchos lo perciban como algo inofensivo o meramente «artístico».
A esto se le suma el asesinato de inocentes a través del aborto, una de las ofensas más grandes contra la vida, que no es otra cosa que el sacrificio moderno a las tinieblas. No podemos olvidar tampoco las atrocidades cometidas durante la Revolución Francesa (empleada como tema de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos), cuyos refinamientos de crueldad revelan la verdadera naturaleza de los que actúan bajo la influencia de las fuerzas del mal. Todos estos son pecados contra la naturaleza, y por afinidad con lo demoníaco, atraen inevitablemente la presencia del Diablo, amo y señor de aquellos que lo siguen, quien les inspira estas aberraciones.
En nuestros días, el satanismo se está abriendo paso por todas partes, permeando múltiples aspectos de la vida cotidiana. Lo encontramos en la música, con letras que exaltan la violencia, la sensualidad, el desorden moral o el nihilismo; en la literatura, que en muchos casos no es más que una exaltación del mal disfrazado de arte; en el cine, que glorifica el caos, lo sensual, la violencia y todo lo antinatural; en las modas, que promueven la indecencia y la ruptura con la dignidad humana. Incluso en los bailes y las coreografías, se observan movimientos que evocan, conscientemente o no, elementos rituales que no honran la vida ni la creación, sino que celebran la obscenidad y la destrucción. Y lo más alarmante, quizá, es que esta infiltración se ha extendido incluso a los más inocentes espacios, como las caricaturas y los cuentos infantiles, donde la figura del mal aparece disfrazada de algo aceptable o divertido, adentrándose en la mente de los niños desde temprana edad.
Lo demoníaco, aunque a menudo se disfraza de bien, está pues presente en todos los aspectos de la cultura contemporánea. La lucha por normalizar aquello que es contrario a la ley natural y divina, ha creado un espacio propicio para que las fuerzas del mal operen con cada vez mayor libertad y eficiencia. Este es el contexto en el que se libra hoy la batalla final: una batalla en la que el demonio y los suyos buscan apoderarse de nuestras almas y de las almas de nuestros hijos.
