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El diamante

Publicado el 25 de octubre de 2021

Actualizado el 15 de abril de 2025

Archivado en: Píldoras de Fe

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Un sabio ermitaño hindú llegó a las afueras de una aldea y acampó bajo un árbol para pasar la noche. De pronto llegó presuroso un habitante y le dijo:

– La piedra!… Dame la piedra preciosa…
– ¿Cuál piedra? preguntó el sabio.
– La otra noche se me apareció un ángel en sueños, repuso el aldeano. Me aseguró que sí venía aquí al anochecer hallaría a un santo que me daría una piedra preciosa para hacerme rico.

El santo hombre rebuscó en su bolsa y extrajo una piedra.
– “Probablemente se refería a esta, dijo. La encontré en un sendero del bosque hace unos días. Puedes quedarte con ella”, y se la entregó.

El labriego la miró con asombro, era un inmenso diamante de muchos quilates, debía valer una fortuna… Se marchó aprisa sin siquiera dar las gracias. En su cama no podía conciliar el sueño. Al amanecer regresó al viejo árbol, despertó al sabio y le dijo:

– “Dame la riqueza que te permite desprenderte con tanta facilidad de este diamante”…

A lo que el sabio respondió:
– Ahora veo que eran ciertas las palabras del ángel, pues esa piedra te está llevando a la verdadera riqueza!!!

Cuantas veces pensamos que la felicidad consiste en la acumulación de bienes materiales y que mientras mas tenga uno, mas “rico” es. Hoy se hace necesario replantear el concepto de riqueza. Pues una simple constatación de la realidad nos demuestra que mientras mas bienes acumula una persona, menos libre es, y termina muchas veces convirtiéndose en “guardián” y hasta esclavo de sus pertenencias.

En el evangelio de San Lucas, Nuestro Señor Jesucristo nos narra la historia de un hombre muy rico que se jactaba de la abundancia de sus bienes y planificaba como derrocharlos. Lamentablemente la muerte lo sorprendió y la sentencia categórica resuena hasta hoy:

“¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma y, lo que has acumulado, ¿para quién será? Así le pasa al hombre que amontona riquezas para sí mismo. Pero es pobre delante de Dios”.
(Lucas 12, 20-21).

Sí volvemos a nuestro cuento popular hindú descubriremos que no fue la posesión del diamante lo que interpretó el aldeano como riqueza, sino la capacidad de desprenderse de él. Empezó a descubrir que la verdadera riqueza está en el dar y no en el recibir. San Pablo lo entendió perfectamente cuando nos reveló el secreto de su vida:

“Y yo de buena gana gastaré todo lo que tengo, y aún a mí mismo me entregaré por amor a ustedes aunque no me correspondan en el amor”.
(2 Cor. 12,15).

Tomado de:
“Tesoros Nuevos y Viejos”.
Padre Carlos E. García LLerena, cjm.

Colofón
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