En la tradición cristiana (y también en la literatura clásica) el diablo no suele presentarse como violencia bruta, sino más bien como un proceso de seducción, confusión y autoengaño, y ahí es donde el «idiota útil» entra en escena: no entiende el plan, pero lo ejecuta.
Para Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, el mal no es una sustancia, sino una privación del bien debido (privatio boni – el mal no añade algo, sino que quita lo que debía estar, por ejemplo, la vista en un ciego, pues la vista es un bien debido al hombre).
El mal no es una sustancia porque no tiene ser propio. Todo lo que existe, en cuanto existe, es bueno en algún grado. Si el mal fuera una sustancia, tendría ser, y por tanto sería bueno en sí mismo, lo cual es contradictorio. Por ello, el demonio necesita instrumentos humanos. Es decir, no actúa normalmente de forma directa, sino a través de aquellas voluntades a las que logra debilitar, confundir y deformar. Es así aparece el fenómeno que hoy llamaríamos «idiota útil».
El «idiota útil», es idiota en cuanto renuncia al uso pleno de la razón, que para Tomás es el rasgo más propiamente humano, pues el hombre está obligado a actuar según razón recta (recta ratio). Por lo tanto, el hecho de no pensar cuando se debe pensar ya es pecado, porque se cae en la negligencia. Es útil, en cuanto sirve a un propósito: llevar a cabo el mal y materializarlo.
El mal, es por lo tanto en sí un defecto, un defecto que parasita el bien: aparece cuando una criatura libre, pierde el orden que debía tener según su naturaleza (en la inteligencia, la voluntad o la acción). Por ser un defecto, no puede competir con Dios, como si fueran dos fuerzas iguales.
Santo Tomás distingue varios tipos de ignorancia (Suma Teológica, I–II, q.76):
Ignorancia Invencible:
Es aquella que no puede superarse con los medios normales y que no depende de la voluntad del sujeto. Es decir, la persona no sabe o no conoce, por que no tiene modo razonable de saber o conocer, por ello, este tipo de ignorancia existe sin negligencia ni rechazo de la verdad.
Ejemplo: Un ejemplo bastante clásico, sería el de una tribu aislada del mundo, a la que todavía no se ha podido evangelizar. Sin embargo, Dios no juzga al hombre por lo que no pudo saber, sino por cómo respondió a la luz de lo que tuvo.
Ignorancia Vencible:
Para Santo Tomás, la ignorancia vencible es aquella en la que el sujeto no sabe o no conoce, pero que sin embargo podía y debía saber y conocer. No falta el conocimiento por imposibilidad real, sino por negligencia propia, descuido o comodidad moral. Es decir, existían medios y formas razonables para informarse y existía obligación de hacerlo, especialmente cuando la acción tiene consecuencias morales graves, y sin embargo, no se hizo; por ello, no se trata de la ignorancia del intelecto, sino de una falla en la voluntad que se rehúsa a conocer la verdad cuando ésta exige esfuerzo, cambio o sacrificio.
Ejemplo: Una persona vota o apoya públicamente algo moralmente grave y luego dice: «No sabía que eso estaba mal» o «Yo sólo obedecía órdenes».
Ignorancia Afectada:
Esta es según Santo Tomás, la forma más grave de ignorancia, en cuanto el sujeto busca por voluntad propia, evitar conocer la verdad. Es decir, el sujeto evita deliberadamente la verdad porque sabe —al menos de modo confuso— que conocerla le obligaría a cambiar, renunciar o asumir una culpa, o implica de por sí algún sacrificio. Así pues, este tipo de ignorancia no precede al pecado, pues ésta (la ignorancia) es buscada (y la verdad negada) para poder pecar con tranquilidad. Por lo tanto, hay conciencia previa de que «algo anda mal», y sin embargo, se argumenta la ignorancia como escudo moral.
Ejemplo: La persona intuye que algo es malo o, al menos, sospecha seriamente que lo es. Esa sospecha ya incomoda a la conciencia. Entonces la voluntad evita informarse, esquiva argumentos contrarios, rehuye a quien podría corregirlo, desacredita de antemano a quien dice la verdad. Un ejemplo muy puntual sería aquí, todo el movimiento pro-abortista, que abiertamente niega la ciencia y rechaza la verdad.
El tonto útil:
Ante todo lo visto, podemos entonces concluir, que nuestro tonto útil, tiene al menos un mínimo de conciencia; es decir, puede y es capaz de reconocer, aunque sea vagamente, el mal, pero que sin embargo, renuncia de manera voluntaria al uso pleno de la razón (rasgo que lo define como humano). El demonio, para poder materializar el mal, necesita que alguien ejecute sus acciones. Este alguien es tomado de aquellos entre los que el demonio ha logrado seducir y vulnerar, apartándole de la verdad. Así, nublada la luz de la razón, el tonto útil siente finalmente «libertad de acción» y materializa el mal.
