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El nacimiento de Jesús según Santa Catalina Emmerich

Publicado el 24 de diciembre de 2024

Actualizado el 16 de abril de 2025

Archivado en: Adviento, Navidad

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He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José ya no era visible. María, con su amplio vestido suelto, estaba arrodillada en su lecho, con el rostro vuelto hacia el Oriente. Al llegar la medianoche, la vi en éxtasis, suspendida en el aire a cierta altura del suelo. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, y el resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, incluso los seres inanimados. La roca que formaba el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía.

Pronto dejé de ver la bóveda de la cueva. Una estela luminosa, que aumentaba constantemente en claridad, se extendía desde María hasta lo más alto de los cielos. En lo alto se observaba un movimiento maravilloso de glorias celestiales que descendían hacia la tierra. Aparecieron claramente seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, elevada sobre la tierra en medio del éxtasis, oraba y dirigía su mirada hacia Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, ahora un débil Niño, estaba acostado en el suelo frente a María.

Vi a nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño, completamente luminoso, cuyo brillo eclipsaba la luz circundante. Estaba recostado sobre una alfombrita delante de las rodillas de María. Me pareció muy pequeñito al principio, pero crecía ante mis ojos. Sin embargo, todo esto se desarrollaba en una irradiación de luz tan poderosa y deslumbrante que no puedo explicar cómo pude contemplarlo. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo ni tomarlo todavía en sus brazos.

Poco después, vi al Niño que se movía y lo escuché llorar. En ese momento, María pareció volver en sí, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo sostuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose por completo con el Niño bajo su amplio velo, y creo que en ese instante le dio el pecho.

Vi entonces a los ángeles, en forma humana, inclinándose delante del Niño recién nacido para adorarlo.

Cuando había transcurrido aproximadamente una hora desde el nacimiento de Jesús, María llamó a José, quien seguía orando con el rostro pegado al suelo. José se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, humildad y fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el don sagrado del Altísimo, José se levantó. Con lágrimas de pura alegría, tomó al Niño entre sus brazos y dio gracias a Dios por el don recibido del cielo.

María fajó al Niño con sólo cuatro pañales. Más tarde, vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro. No hablaban, sino que parecían absortos en una muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. “¡Ah, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!”, decía para mí misma.

Vi que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con paja limpia, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba en esa parte hacia el mediodía.

Cuando colocaron al Niño en el pesebre, María y José permanecieron a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza. José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Vi a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco que la envolvía por completo. Durante los primeros días, la vi sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo, pero nunca la vi enferma ni fatigada.

Cordero de Dios

 

Colofón
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