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El Valor Perdido de los Símbolos y la Lucha Contra el Mal

Publicado el 19 de febrero de 2025

Actualizado el 16 de abril de 2025

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Hubo tiempos en que la simbología tenía un papel fundamental en la vida de las personas. Seguramente, entre otros motivos, se hallaban un par de gran importancia, a saber, la elevación y fineza del símbolo, y la variedad de matices que permite. Es decir… pocas cosas se pueden decir o imaginar con mayor belleza, vuelo de espíritu y variedad de implicancias que a través de los símbolos.

En aquellas épocas antiguas en que eran tan utilizados, el refinamiento en este aspecto hacía que la contemplación de un cuadro, o de un escudo, o de los ornamentos del vestuario, nos indicaran una miríada de significados que enriquecían y ensalzaban al objeto de nuestra observación, al tiempo que provocaban en el observador una mayor elaboración mental a través del ejercicio, un gusto siempre creciente por la comprensión de lo que no se ve a simple vista, en síntesis, el desarrollo de lo que es impalpable y sin embargo, real. Así nos ennoblecíamos y elevábamos…

Con el correr de los siglos y la pragmatización del mundo, el símbolo pasó a verse más como una carga que como un placer. Se le substituyó entonces por lo más directo, lo que “se dice sin rodeos”, y se fue perdiendo, poco a poco, no sólo la profundidad y belleza que poseía la visión elaborada de las cosas, sino también la capacidad de ver más allá de lo que se presenta ante nuestras ojos.

Y esto, naturalmente, tiene muchos efectos adversos. Por ejemplo, una creciente “animalización” en lugar de la “humanización” del desarrollo de gustos, comprensiones y conductas cada vez más civilizadas; una distancia de miras cada vez menor por falta de trabajo mental; una sensibilidad cada vez más sentimental y menos inteligente; una nulidad creciente para detectar las contradicciones en nosotros mismos y nuestro entorno, etc.

El símbolo es, pues, mucho más que una mera “recarga estética” en aquello que apreciamos y comprendemos.

La frase bíblica con que comenzamos este pensamiento nos muestra la realidad expresada en un símbolo que comúnmente vemos pero no analizamos y es por lo que, en consecuencia, no actuamos de forma correspondiente. ¿De qué hablamos? María, aplastando la cabeza de la serpiente infernal.

A nuestros ojos se presenta, sin demasiado esfuerzo, la imagen de la batalla entre Dios y el demonio. Pero normalmente, por desgracia, llega hasta ahí nuestra comprensión y por consiguiente, la acción coherente respecto a tan impresionante símbolo de la realidad. Para poder desarrollarlo más, hay en la Sagrada Escritura otras imágenes que dan cuerpo, unas a otras, a la idea potentísima y poco escuchada que se quiere transmitir.

Una de ellas es relativa a la parábola de la cizaña, en la que el Señor explica, al ser consultado por sus discípulos sobre su significado:

“El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del maligno; el enemigo que siembra es el diablo; la siega es la consumación del mundo; los segadores son los ángeles, a la manera, pues, que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será en la consumación del mundo.

Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos y a todos los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

(Mat. 13, 37-43)

Otra imagen se encuentra a propósito del juicio final, donde Dios, al separar a los hombres según sus vidas y obras, pondrá a derecha e izquierda a cada uno:

“y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (…). Y dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles (..)”

(Mat. 25, 33-34 y 41-42)

Todas estas escenas nos llevan a profundizar la reflexión. Bastante evidente resulta, en toda la extensión de las Escrituras, el rechazo de Dios hacia el mal y el amor hacia el bien. Lo recién expuesto son algunas demostraciones de lo mismo. Por ello se premia extraordinariamente al bueno y se castiga fuertemente al malo, porque es contrario a la esencia de Dios el aceptar el mal o desdeñar al bien.

En otras etapas de la historia, junto con un fino discernimiento en materia de símbolos, existía, seguramente por ese mismo discernimiento y por un gran amor de Dios, un odio y un rechazo hacia el mal que llevaban a quien era coherente a intentar siempre, en todo momento, separar el trigo de la cizaña.

No había indiferencia, costumbre o permisividad hacia el mal, porque ser indulgente o indiferente con lo contrario a nuestro Amado es no amarlo en absoluto. Por ello, el hombre perdonaba una, otra, y otra vez, setenta veces siete a quien cometía un daño, pero nunca, jamás, consentía con el mal mismo. “No odies al pecador, sino al pecado”, se repetía San Benito una y otra vez tiempo antes de internarse en la vida de soledad.

Y esos hombres seguros, amantes y valerosos, avanzaban en filas de batalla contra el mal, nunca aceptando, siempre convirtiendo y explicando, coherentes en todo con aquella imagen del linaje de la mujer, que aplasta la cabeza del mal.

Hoy en día, la cómoda y horrible relatividad, nos lleva a convivir con el mal con tanta indolencia, como indolentes somos a la hora de esforzarnos por el bien. De los ejércitos de guerreros contra el mal, conformados por sacerdotes, viudas, trabajadores, vírgenes, nobles, luchadores y niños, sólo quedan vestigios que “deben ser acallados” porque van en “contra” o son “incómodos” en nuestro diálogo y convivencia con el mal.

Y a tal punto hemos llegado, que bajo la planta de la Santísima Virgen, por tibios y desdibujados, merecemos en gran medida ser aplastados junto con el horrible ser que nos recuerda en imágenes que frecuentemente encontramos en la Iglesia, la diferencia entre ser parte, grande o pequeña, del talón purísimo o una de las escamas del sibilante cuerpo infernal.

Porque si lo pensamos, así como existe el Cuerpo Místico de la Iglesia, es coherente que exista una contrapartida infernal, formada por todos aquellos réprobos y “constructores” de odio y perdición. Evidentemente, las acciones nefastas por las que muchas veces optamos, o que no intentamos evitar por indiferencia, sólo favorecen y acrecientan el humeante y fétido cuerpo del enemigo de la mujer y su linaje.

¿Por qué, entonces, podemos admirar innumerables imágenes de Nuestra Señora que nos muestran esta realidad en el conocido símbolo mencionado y seguimos temiendo luchar contra el mal? Es verdad que la santificación personal es parte importante de este trabajo de aplastar la cabeza del demonio en su acción sobre nuestra propia persona, pero, ¿y el resto?

Los cristianos nos olvidamos de nosotros mismos por ocuparnos del prójimo, por ello nos importa ayudar al desvalido, proveer al necesitado, salvar las almas del resto siempre que nos es posible. Esta era la mentalidad de los antiguos guerreros cristianos, y esta es la coherencia que hoy desfallece aplastada por el relativismo, ese monstruo antinatural que nos exige la más absoluta aceptación del mal y la convivencia con el pecado y el error sin permitirnos levantar el estandarte de nuestra fe para defender la honra de Dios, la Santísima Virgen y la Verdad que nos salva.

Es entendible que el hombre, con la comprensión de su época, intente explicarse la conducta de sus antepasados. Si no lo hiciese no se le podría llamar “ser pensante”. Sin embargo, cuando se pierde o se relega a un último lugar toda forma recta de discernimiento, se corre el terrible riesgo de prejuzgar las conductas y los hechos en base a errores o deformaciones actuales.

Por ello, hoy nos parece monstruoso que un aguerrido cristiano se enfrentase a muerte con quien quería destruir su religión. Pero, ¿no es coherente que así fuera? El sofisma que se aplica en estos casos es el de que debemos poner la otra mejilla cuando se nos golpee. Pero el Señor, que pone la otra mejilla cuando se trata de sí Mismo, no lo hace cuando se trata de defender el templo de las profanaciones de los mercaderes. ¿No nos sirve este excelente ejemplo que Dios mismo nos da?

Pero los tentáculos del demonio, que abarcan muchos campos y penetran en cualquier lugar en que se les de cabida, nos hacen creer por exageración que si seguimos ese camino nos convertiremos en “fundamentalistas”, entendido este término como aquellos que ceñidos a una idea inflexible corta la cabeza de todo aquel que piense diferente. Nada mas alejado de lo que estamos explicando, nada más representativo del error y el nulo pensamiento.

La incapacidad de discernir, unida a una disminución de la inteligencia y una menor sutileza de espíritu nos sume en discusiones y rechazos hacia empresas que, bien comprendidas, tuvieron un sentido correcto de defensa, de justicia y de orden, y que hoy debieran ser imitadas en todos aquellos aspectos que posibilitasen un reenderezamiento de nuestra posición de católicos ante el mundo.

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.