El valor salvífico del sufrimiento en la doctrina católica tradicional

El valor salvífico del sufrimiento en la doctrina católica tradicional

Publicado el 29 de mayo de 2025

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La tradición católica, antes del Concilio Vaticano II, asignó un profundo valor salvífico al sufrimiento humano cuando éste es unido a Cristo. Los santos y teólogos enseñaron que el dolor, aceptado con fe, puede convertirse en camino de salvación. Esta doctrina, tan dejada de lado en nuestros días y muchas veces sustituida por la mundana «calidad de vida», se basó en cuatro aspectos principales: el sufrimiento como medio de unión con Cristo, como expiación por los pecados propios y ajenos, como acto meritorio y como camino de purificación interior.

Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia vieron el sufrimiento de los fieles como una participación en la Pasión de Cristo. San Agustín utiliza la metáfora divina del médico y la medicina para explicar esto: Dios, como médico, utiliza el sufrimiento para curar al alma enferma de pecado, causándole un dolor temporal que conduce a la salud eterna

En palabras de San Agustín,

“La medicina actúa al contrario: te procura un dolor temporal para que alcances la salud duradera. Sírvete de ella y no la rechaces”

El cristiano, al cargar su cruz, se une a Cristo médico y paciente, descubriendo que sus penas, lejos de ser castigo vano, son remedio que Dios permite para sanar y salvar. La Sagrada Escritura inspiró esta visión:

“Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, porque así completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia”

(Col 1,24)

Los teólogos explicaron que no es que a la Pasión de Cristo le faltara algo en sí misma, sino que Cristo asocia a su Iglesia en la aplicación de los frutos de su cruz. Así, padecer por amor a Cristo une íntimamente con Él al creyente:

“El sufrir hace extensivo a uno mismo el sufrimiento de Cristo con su eficacia redentora (se hace uno partícipe del sufrimiento de Cristo)”

La teología escolástica profundizó en este misterio de comunión con Cristo. Santo Tomás de Aquino enseñó que por la gracia, el cristiano está incorporado a Cristo como miembro de su Cuerpo; por consiguiente, los padecimientos soportados en caridad tienen valor salvífico porque “se unen a la caridad de Cristo sufriente”. Santo Tomás afirma que Cristo redimió al género humano mediante su sufrimiento voluntario, dando sentido y eficacia a nuestros propios sufrimientos ofrecidos en Él.

“El que ama a Jesús crucificado no teme al sufrimiento, más bien lo desea. Porque sabe que en la cruz está la salvación, el amor y la gloria.”
San Luis María de Ligorio

De hecho, según un estudio tomista, “la finalidad del sufrimiento es reparar la injusticia cometida por el pecado… y ganar méritos para el cielo. Por eso, Jesucristo redimió al género humano mediante su sufrimiento voluntario”. Así, cada cruz llevada con amor nos configura con Cristo Crucificado. Los místicos expresaron de forma especialmente vívida esta unión con Cristo en el dolor. San Juan de la Cruz, buscando la perfecta unión con Dios, adoptó como lema “padecer y ser despreciado por Vos (Dios)”.

Entendía que el alma llega a la más alta “espesura” de conocimiento divino participando de la Cruz de Cristo. En sus Dichos de luz y amor, escribe: “El más puro padecer trae y acarrea más puro entender”, señalando que la profunda comprensión de Dios nace de los sufrimientos llevados por Él. Igualmente Santa Teresa de Jesús repetía: “¡Sufrir o morir!”, deseando no vivir una vida cómoda y sin cruz, sino aprovechar cada tribulación para amar más a Cristo. Para Santa Teresa de Jesús, el amor verdadero a Dios se prueba en la disposición a sufrir por Él: “El amor de Dios se adquiere resolviéndonos a trabajar y a sufrir por Él

“Dios prueba a sus amigos por medio del sufrimiento. Es en la prueba donde el alma se purifica como el oro en el crisol.”

San Juan Eudes

Estas expresiones demuestran que los santos veían el dolor abrazado por amor como un medio privilegiado de intimidad con Jesús, quien sufrió por nosotros. En la espiritualidad monástica tradicional, se inculcaba la unión con Cristo crucificado mediante la ascesis y la penitencia. Los monjes ofrecían ayunos, vigilias y mortificaciones físicas voluntarias para compartir de algún modo los sufrimientos de Cristo y así asemejarse más a Él. Máximas como “Quien de veras ama a Dios, ama la cruz” guiaban la vida conventual. Esa espiritualidad entendía que Cristo sufre en sus miembros y que cada religioso, soportando con fe sus dolores o negaciones, podía decir con San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo” (Gal 2,19). En resumen, el sufrimiento aceptado en gracia es, para la tradición católica, un lugar de encuentro con Jesucristo: nos hace “miembros vivos de su Cuerpo” por la semejanza con Él en la cruz, en espera de compartir también su gloria (Rom 8,17).

“No hay cruz sin Jesús, ni Jesús sin cruz. El verdadero discípulo de Cristo abraza la cruz con amor, no la rehuye.”
San Luis María Grignion de Montfort

El sufrimiento como expiación de los pecados (propios y ajenos)

Otro pilar de la doctrina tradicional es considerar el sufrimiento, especialmente cuando se acepta como penitencia, con un valor expiatorio o satisfactorio por el pecado. Esta idea aparece ya en la Patrística: muchos Padres enseñaron que la penitencia del cristiano (ayunos, lágrimas, privaciones) sirve para satisfacer la justicia divina ofendida por nuestros pecados, uniéndonos al único sacrificio expiatorio de Cristo. San Agustín llegó a exclamar que “¡Gran pena es vivir sin pena!”, indicando que una vida sin sufrimiento (o sin penitencia) es una desgracia, pues “sin sufrimiento, sin cruz, no hay méritos, no hay virtud sólida, no hay salvación”. En otras palabras, desde que Cristo nos redimió padeciendo en la Cruz, no puede haber salvación sin la cruz: In cruce salus (en la cruz está la salvación). Por eso, vivir sin ninguna “pena” (sufrimiento) sería señal de no participar en la cruz de Cristo y de carecer de méritos para la vida eterna

“Pide a Dios no que te libre del sufrimiento, sino que te conceda la gracia de llevarlo por su amor, como Cristo lo llevó por ti.”
San Ignacio de Loyola

La doctrina quedó sistematizada en el Concilio de Trento (1545–1563). En su enseñanza sobre el Sacramento de la Penitencia, Trento afirmó que, gracias a los méritos infinitos de Cristo, Dios ha querido asociarnos a su obra reparadora, dando valor satisfactivo a nuestros actos penitenciales. El Concilio enseña explícitamente que: “es tan grande la largueza de la munificencia divina, que podemos satisfacer ante Dios Padre por medio de Jesucristo, no sólo con las penas espontáneamente tomadas por nosotros para vengar el pecado o con las impuestas por el sacerdote según la medida de la culpa, sino también –lo que es máxima prueba de su amor– con los azotes temporales que Dios nos inflige y que nosotros pacientemente sufrimos”.

“No hay camino más seguro para llegar a Dios que el de la tribulación. La cruz es el regalo que Dios hace a los que más ama.”
San Bernardo de Claraval

Esta declaración magisterial es crucial. Significa que el cristiano, unido a Cristo, puede ofrecer a Dios sus sufrimientos: ya sean voluntarios (penitencias elegidas, obras de mortificación) o involuntarios (tribulaciones enviadas o permitidas por la Providencia). Todas esas penas temporales, soportadas con paciencia y amor, pueden ser aplicadas como satisfacción por los pecados. En el caso de los pecados propios, la teología tridentina recalca la necesidad de hacer penitencia incluso después de recibir el perdón sacramental. Aunque la culpa eterna es perdonada en la confesión, permanecen “penas temporales” que deben expiarse ya sea en esta vida o en el purgatorio. Por eso la Iglesia mandaba obras de penitencia tras la absolución (rezar, ayunar, dar limosna) para cooperar con Cristo en purificar las consecuencias del pecado.

“Quien no lleva su cruz detrás de Jesús, no es digno de ser su discípulo. La cruz es el distintivo de sus elegidos.”
San Luis María Grignion de Montfort

Esas obras expiatorias se veían no como castigos externos sin sentido, sino como remedios medicinales dados por Dios: “las obras de satisfacción son también medicinales, y son tantos remedios prescritos al penitente para sanar las afecciones depravadas del alma”.. Sufrir con espíritu de penitencia sana el apego desordenado al pecado y repara la justicia lesionada.

La expiación vicaria por los demás también está presente en la tradición. ¿Puede un cristiano ofrecer sus sufrimientos por la salvación ajena? La respuesta es sí, en virtud de la comunión de los santos.

Santo Tomás de Aquino y otros escolásticos enseñaron que, aunque estrictamente solo Cristo pudo merecer la redención de todos, Dios acepta que los santos intercedan y satisfagan de modo subordinado unos por otros, porque todos estamos unidos en la caridad de Cristo.

“Dios no nos paga en esta vida sino con cruces, y cuantas más nos da, más muestra su amor.”
Santa Teresa de Jesús

Santo Tomás sostiene que la satisfacción de uno puede aprovechar a otro “en cuanto ambos están unidos en la caridad, en el cuerpo de la Iglesia”. Así se explica la práctica de ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio: los fieles pueden, con sus oraciones y penitencias, aliviar y acortar los sufrimientos purificadores de las almas difuntas, aplicando en su favor los méritos de Cristo y los santos. Igualmente, los santos ofrecían sus dolores por la conversión de los pecadores. Un ejemplo conmovedor es el de Santa Teresita del Niño Jesús (siglo XIX, Doctora de la Iglesia): ella ofreció sus últimos sufrimientos de la tuberculosis por la salvación de las almas, viviendo el carisma de ser “víctima de holocausto” por los pecadores.

Esta dimensión de solidaridad redentora se resume en la invitación que la Virgen de Fátima (1917) hace a los pastorcitos:

“Ofreceos por los pecadores y decid muchas veces, especialmente al hacer algún sacrificio: ‘¡Oh Jesús, es por Tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados!’”.

Si bien este ejemplo es del siglo XX, refleja una comprensión ya existente: el cristiano participa de la caridad reparadora de Cristo, pudiendo ofrecer sus penas por otros. En la vida cristiana ordinaria previa al Vaticano II, esta noción de expiación era enseñada al pueblo con la teología de “ofrecer los sufrimientos”. Frases como “ofrece tus penas a Dios” o “une tu dolor al de Cristo en la cruz” eran comunes en la predicación y en los catecismos. Se inculcaba que ninguna lágrima o contrariedad ofrecida a Dios se perdía, sino que podía servir para perdón de los pecados (propios o del prójimo).

“No se llega al cielo en carroza: se llega a fuerza de lágrimas, sangre y amor crucificado.”
Santa Catalina de Siena

Muchas devociones populares llevaban implícito este sentido expiatorio: por ejemplo, el Vía Crucis (Camino de la Cruz) animaba a los fieles a acompañar a Jesús cargando la cruz de cada día en desagravio por los pecados del mundo. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, especialmente tras las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque (siglo XVII), insistía en la idea de reparar con sacrificios y oraciones las ofensas hechas al Corazón de Jesús. Los Papas del siglo XIX, al fomentar la consagración al Sagrado Corazón, subrayaban el tema de la reparación: León XIII en Annum Sacrum (1899) consagró el mundo al Sagrado Corazón motivando a los fieles a “compensar con amor y penitencia las injurias que sufre Jesús de los ingratos”. En síntesis, antes de 1960 la Iglesia proponía con fuerza que el sufrimiento, vivido en espíritu de penitencia, tiene un poder expiatorio cuando se une al sacrificio de Cristo, y que incluso nuestras pequeñas cruces cotidianas ofrecidas con fe contribuyen misteriosamente a la obra redentora (Col 1,24).

Sufrimiento como acto de mérito y virtud cristiana

La doctrina católica tradicional sostuvo que el sufrimiento, aceptado de buen grado por amor de Dios, no solo expía culpas, sino que además se convierte en un acto meritorio que acrecienta la santidad y la recompensa eterna del creyente. Esto se funda en la enseñanza sobre el mérito en estado de gracia: toda buena obra realizada por la gracia de Cristo merece un aumento de gloria celestial. Soportar con paciencia los males de esta vida es, sin duda, una obra buena inspirada por la caridad, y por tanto tiene mérito sobrenatural.

Santo Tomás de Aquino analiza la paciencia (parte de la virtud de la fortaleza) como central en la perfección cristiana. Él afirma que soportar los males presentes por amor a un bien mayor (Dios) es señal de gran virtud y merece premio. Según Santo Tomás, “nadie puede meritariamente sufrir por Dios sin la gracia de la caridad; pero con la caridad, incluso el más pequeño sufrimiento llevado por Dios supera a las mayores obras hechas sin caridad”. Este principio muestra que el valor meritorio del sufrimiento proviene de la caridad con que se sobrelleva. Así, un enfermo que ofrece sus dolores con amor a Dios realiza un acto meritorio de alto grado, quizás más que muchas obras externas.

El Concilio de Trento, en su decreto sobre la justificación (Sesión VI, cap. 16), declaró que las buenas obras del cristiano (incluyendo la paciencia en la tribulación) verdaderamente “merecen el aumento de gracia, la vida eterna y la obtención de la gloria” por Cristo, “si es que muere en gracia”.

Los teólogos tridentinos citaban la promesa evangélica: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5), viendo en ella el mérito ligado al sufrimiento soportado con fe.

Los Papas anteriores al siglo XX también advirtieron contra el espíritu mundano que rehuía cualquier padecimiento. El Papa León XIII identificó, entre los “males funestos” de la sociedad moderna, “el horror al sufrimiento” es decir, la aversión a toda incomodidad o dolor. En su encíclica Laetitiae Sanctae (1893), León XIII enseña que la devoción cristiana (en concreto el rezo del Rosario y la meditación de los misterios dolorosos) puede curar ese rechazo al sacrificio infundiendo virtudes de fortaleza. Describe cómo Cristo en los misterios de su Pasión “quiso sufrir los males más terribles con gran resignación”, para darnos ejemplo de cómo soportar con paciencia fatigas y sufrimientos. El Papa elogia la actitud cristiana de quien, imitando a Jesús, “no retrocede ante ninguna pena, antes las sobrelleva todas con regocijo y las considera como un favor del cielo y una ganancia”.

Obsérvese la frase: “favor del cielo y ganancia”. En la mentalidad católica tradicional, sufrir por Dios es un honor y una oportunidad de mérito, nunca una pérdida. Los santos incluso “se alegraban de haber sido tenidos por dignos de sufrir por el Nombre” (cf. Hch 5,41).

Muchos mártires y confesores expresaron gozo en sus tribulaciones por esta convicción: Santa Teresa de Jesús decía a sus monjas que “cuando el Señor ama mucho a una persona, la hace sufrir mucho”, insinuando que el sufrimiento es señal de predilección divina y camino seguro a la santidad.

En la espiritualidad monástica y ascética, la aceptación alegre del sacrificio era considerada virtud esencial. La “santa indiferencia” o “abandono a la Providencia” consistía en recibir de la mano de Dios tanto las cosas agradables como las dolorosas, confiando en que “todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28). Por tanto, cada contrariedad era ocasión de ejercicio virtuoso: de paciencia, de humildad, de obediencia, de fe.

Los manuales de espiritualidad insistían: “No hay camino más corto al cielo que el sufrimiento bien llevado”. La paciencia cristiana –una de las virtudes más alabadas por los Padres del desierto– consistía en perseverar en el bien a pesar de adversidades. Así, en la vida ordinaria, se animaba a los fieles a practicar la paciencia con los enfermos, las dificultades familiares, la pobreza, etc., convencidos de que “la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; y la virtud probada, esperanza” (Rom 5,3-4).

Cada pequeño acto de paciencia era meritorio ante Dios. Además, se consideraba el sufrimiento voluntariamente asumido (las mortificaciones) como actos meritorios que perfeccionan el alma. Por ejemplo, ofrecer pequeñas mortificaciones cotidianas –desde ayunar un poco, hasta ceder en una discusión o soportar una ofensa sin replicar– era presentado como un modo de “hacer méritos para el cielo”.

El catecismo tridentino resumía: “Si nos privamos de bienes temporales o aceptamos males por amor de Dios, atesoramos bienes eternos”. Así, el banco de la prueba y mérito para el cristiano está precisamente en el dolor: en cómo reacciona ante él. Donde el que no tiene fe ve un sinsentido o solo un mal que evitar, el creyente ve la mano amorosa de Dios moldeando el alma y ofreciendo la ocasión de crecer en virtud. Esta comprensión hacía que muchos fieles sencillos, lejos de quejarse constantemente, dijeran ante una desgracia: “Dios lo ha permitido; sea para bien de mi alma”. Sin idealizar el sufrimiento (que sigue siendo un mal físico o moral en sí mismo), la fe le otorgaba un sentido positivo, transformándolo en semilla de gloria.

El sufrimiento como camino de purificación interior

La tradición católica enseñó que el sufrimiento, además de unirnos a Cristo y expiar culpas, tiene un importante efecto purificador del alma. En la teología ascética y mística, el camino hacia la perfección (la santidad) pasa por etapas de purgación, en las cuales Dios permite o envía pruebas que purifican las imperfecciones, pasiones desordenadas y apegos del alma. “Purificar como el oro en el crisol” –imagen tomada de la Escritura (Sab 3,5-6; 1Pe 1,6-7)– era la metáfora habitual: así como el oro se purga con fuego para quitarle impurezas, el alma es purgada con el fuego del sufrimiento para que brille la imagen de Cristo en ella.

Los Padres del desierto ya habían observado que las privaciones voluntarias y las tentaciones soportadas en la soledad hacían al monje más puro y desapegado del mundo, más humilde y lleno de Dios. Evagrio Póntico y otros maestros decían que sin luchar contra las tentaciones y sin sufrir la “acidía” (desolación espiritual) no se alcanza la apatheia (pureza de corazón). Es decir, la purificación interior requiere atravesar cierta cuota de dolor interior (desolaciones, sequedades, etc.) Esta intuición la desarrollaron los grandes místicos españoles del siglo XVI, especialmente San Juan de la Cruz. Él delineó la famosa doctrina de la “noche oscura del alma”. Según San Juan, Dios mismo introduce al alma que desea la santidad en noches de purificación sensitiva y espiritual, que consisten en sufrimientos profundos del alma: aridez en la oración, sensación de abandono de Dios, tentaciones intensas, incluso dolores físicos o enfermedades que coinciden. Todo esto no es castigo, sino un proceso medicinal: “La noche oscura del alma” quema poco a poco el amor propio, la soberbia, la impaciencia, hasta dejar al alma en total desnudez y humildad, lista para la perfecta unión de amor con Dios.

Como él dice alegóricamente, “la lámpara de Dios está encendida en el alma, pero antes consume y seca toda la humedad de sus imperfecciones causando gran apuro; luego ya la ilumina y transforma”.

San Juan compara el alma a un leño verde metido en el fuego: al principio chisporrotea, echa humo, se ennegrece (imagen de la resistencia del alma y su dolor al verse purificada), pero luego, perseverando en el fuego, se enciende y queda incandescente, hecha una sola cosa con el fuego divino. El “puro padecer” lleva al “puro entender” de las cosas de Dios, es decir, el sufrimiento purificador desemboca en contemplación y sabiduría infusas, en gozar de Dios con pureza de corazón.

Santa Teresa de Jesús coincide en que “la oración perfecta pasa por la noche de la purificación”. En Las Moradas (Morada VI), Santa Teresa describe las pruebas espirituales (sequedades extremas, enfermedades, calumnias, persecuciones) que Dios permite en las almas antes de introducirlas en las últimas Moradas de unión divina. Ella misma sufrió periodos de aridez total en la oración y graves enfermedades; lejos de desanimarse, veía en ello la mano de Dios purificándola como preparación a gracias místicas mayores. “Sin estas pruebas –dice– no se alcanza la verdadera humildad ni desapego del yo”. De ahí su famosa expresión: “Gran bien es no hacer caso de uno mismo en nada”, es decir, olvidarse de sí, incluso en las molestias, para dejar que Dios actúe.

Santa Teresa aconsejaba a sus monjas tener “determinada determinación” de perseverar aunque viniesen tiempos duros: “Sabed sufrir un poquito por amor de Dios, sin que lo sepan todos”, enseñaba con pedagogía, animándolas a la paciencia oculta y la alegría en medio de la prueba. Este camino purgativo conduce, según Santa Teresa, a la perfecta alegría espiritual (el “gozo en medio de la cruz”).

También en la teología dogmática se consideraba el sufrimiento como purificador en orden a la vida eterna. Se explicaba la existencia del Purgatorio justamente en estos términos: las almas que mueren en gracia pero aún con imperfecciones o “deudas” temporales pendientes, deben pasar por un sufrimiento purificador antes de entrar en la visión de Dios.

Los manuales de teología señalaban que tenemos dos opciones: o purificamos el alma aquí con los sufrimientos de la vida aceptados cristianamente, o la purificaremos después en las penas del Purgatorio. Por tanto, incluso por “conveniencia sobrenatural”, vale más abrazar las cruces presentes y santificarse con ellas ahora, que rehuirlas y arriesgarse a mayores penas después. Esta perspectiva hacía que muchos fieles dijeran ante un dolor: “Ofrezcámoslo ahora al Señor, así purificará nuestras almas y sufriremos menos en el Purgatorio”. Se veía el tiempo de esta vida como tiempo de mérito y purificación, en contraste con el más allá donde ya solo se recibe el fruto (premio o purga).

En la vida monástica, la dimensión purificadora del sufrimiento se institucionalizó mediante la ascesis reglada: la regla de San Benito, por ejemplo, habla de “perseverar en las austeridades hasta que, por parte de Dios, las amargas dificultades se vuelvan dulces por el amor de Cristo”. La mortificación corporal (ayunos, cilicios, disciplinas) tenía el fin de dominar las pasiones de la carne y expiar pecados, pero además buscaba liberar el alma de los impedimentos para la oración contemplativa. Así, los monjes consideraban sus penitencias como un fuego ascético que quemaba el orgullo, la lujuria, la gula, etc. y disponía el corazón para la caridad perfecta. Un viejo adagio ascético rezaba: “Nadie entra puro en el cielo si antes no ha pasado por la escuela del sufrimiento”. Incluso fuera de los conventos, los directores espirituales animaban a aceptar las “cruces cotidianas” (desde enfermedades hasta contrariedades pequeñas) como medio de santificación personal. El resultado visible de esta purificación, decían, era el crecimiento en las virtudes: la persona que abraza la cruz con fe se vuelve más humilde, más compasiva, más desprendida de lo terreno y más llena de Dios.

Presentación de la doctrina en la teología dogmática, la vida religiosa y la vida laical

En la teología dogmática tradicional, la cuestión del sufrimiento redentor se integraba en los tratados de soteriología (doctrina de la salvación) y de gracia. Los manuales de dogma (por ejemplo, los textos de Ludwig Ott, Adolphe Tanquerey, etc.) explicaban formalmente que los sufrimientos de Cristo tienen valor infinito de redención y que, por participación, nuestros sufrimientos en estado de gracia adquieren un valor secundario pero real.

En el tratado De Redemptione, se señalaba la diferencia entre satisfacción propiamente dicha (la de Cristo en la cruz, suficiente por sí sola para todos) y satisfacciones aplicativas (las nuestras, que Cristo asocia a la suya). Asimismo, en el tratado De Poenitentia (sobre la Penitencia), se exponía la doctrina del Concilio de Trento que ya citamos: las penitencias y tribulaciones de los fieles sirven, en Cristo, para satisfacción de los pecados.

La teología moral por su parte, al tratar de la virtud de la penitencia y de la paciencia, instruía que es deber del cristiano aceptar los sufrimientos con resignación cristiana (que no es pasividad fatalista, sino actitud activa de ofrecer el dolor a Dios). Se citaba con frecuencia a Santiago 1,2-4:

“Tened por gozo pleno, hermanos, cuando os veáis rodeados de diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia; mas la paciencia ha de tener su obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte nada”.

Este pasaje bíblico era una base para explicar por qué Dios permite el sufrimiento de los justos: para probarlos y perfeccionarlos en santidad.

En la espiritualidad monástica y religiosa, la doctrina del valor salvífico del sufrimiento se transmitía vivencialmente. Los novicios, al entrar a un monasterio o convento, recibían formación en la “teología de la cruz”. Se les enseñaba que habían de morir a sí mismos (al ego, a las comodidades) para renacer a una vida oculta con Cristo. Lemas como “¡Cruz, trabajo y constancia!” (propio de los benedictinos) o “Penitencia, oración y sacrificio” (de muchas órdenes) capturaban esta idea.

En la predicación a las comunidades religiosas, se ensalzaba a los mártires y penitentes como modelos que encontraron en el dolor su camino de unión con Dios. La liturgia católica también refuerza esta doctrina: en la Semana Santa, por ejemplo, los sermones del Viernes Santo subrayaban que la Cruz es nuestra única esperanza (¡O crux, ave spes unica!), invitando a todos a no temer la cruz.

Las vísperas de santos mártires contenían antífonas como “Aunque pasaron por el fuego y el agua, Tú los sacaste a un lugar de reposo” (cf. Sal 65,12), interpretadas como paso purificador por el sufrimiento hacia la gloria. Todo ello formaba una atmósfera eclesial en la que el valor redentor del sufrimiento era parte del sentido común católico.

En la vida cristiana ordinaria, esta doctrina se hizo “pastoral” mediante un lenguaje sencillo: se hablaba de “llevar la cruz de cada día” siguiendo a Jesús (cf. Lc 9,23). Era muy común la frase “Dios te lo pagará” dirigida a quien sufría algo con paciencia, indicando la convicción de que ese sufrir tenía mérito ante Dios.

Las madres enseñaban a sus hijos a ofrecer por la mañana las dificultades del día: “ofrece a Jesús el que te cueste obedecer”, “ofrece a Jesús el dolor de tu muela”. Esta espiritualidad de la ofrenda cotidiana estaba plasmada en oraciones populares como la “Ofrenda de obras” matutina:

“¡Oh Jesús…, en unión con el Sacratísimo Corazón, te ofrezco mis oraciones, trabajos, gozos y sufrimientos de este día por todas las intenciones…!”.

Aquí se ve claramente cómo se entendía que los sufrimientos diarios, unidos a Cristo en la Eucaristía (Sacratísimo Corazón), cooperan con las intenciones salvíficas de la Iglesia (por la conversión, por las almas, etc.)

Asimismo, las asociaciones piadosas antes del Vaticano II (como la Legión de María, el Apostolado de la Oración, etc.) inculcaban a sus miembros la práctica de hacer sacrificios por la Iglesia. Por ejemplo, se recomendaba pequeñas renuncias (privarse de algo, guardar silencio ante un agravio) y decir interiormente: “Esto por amor a Ti, Jesús, y por [tal intención]”.

En las misiones populares y retiros, los predicadores recordaban la sentencia: “Quien no toma su cruz y sigue a Cristo no es digno de Él” (cf. Mt 10,38), explicando que eso se aplica a cada cristiano, no solo a almas excepcionales.

Antes del Concilio Vaticano II la Iglesia enseñó consistentemente que el sufrimiento, lejos de ser un mal sin sentido, tiene un gran valor salvífico cuando se vive en gracia y se orienta a Dios. Los santos Padres lo llamaron “medicina del alma”. Los teólogos mostraron su necesidad para satisfacción de la justicia y crecimiento en méritos; el magisterio tridentino lo elevó a doctrina segura de fe; los Papas lo propusieron como antídoto contra los vicios modernos (comodidad, hedonismo) y los místicos dieron testimonio personal de su poder transformador.

En la teología dogmática se integró en la comprensión del misterio de la Cruz y la comunión de los santos; en la espiritualidad monástica se vivió con radicalidad evangélica; y en la piedad popular se tradujo en la práctica constante de ofrecer y unir cada dolor a los de Cristo. Como afirmaba San Agustín, “Dios es médico y el sufrimiento es medicina para la salvación, no un castigo para la condenación”. Esta frase sintetiza el sentir católico tradicional: Dios, por amor, utiliza incluso nuestros dolores para curarnos, santificarnos y salvarnos, asociándonos al único Salvador, Jesucristo. Por tanto, el creyente preconciliar encontraba en la cruz no un absurdo, sino un misterio de amor: “En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo” (palabras de Santa Teresa).

Lejos de glorificar el sufrimiento por sí mismo, la Iglesia glorificaba la Caridad de Cristo que convierte el mal del sufrimiento en instrumento de redención. Esta doctrina del valor salvífico del sufrimiento ofreció consuelo y sentido a innumerables almas a lo largo de los siglos, enseñándoles a clamar con confianza en medio de la prueba: “¡Ave crux, spes unica!” – ¡Salve, oh cruz, única esperanza!

 

Fuentes:

agustinosvalladolid.es

Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae (resúmenes)

portalinvestigacion.um.es

Concilio de Trento, Ses. XIV (De sacramento Paenitentiae)

es.catholic.net

 León XIII, Laetitiae Sanctae

es.catholic.net

San Juan de la Cruz, «Dichos de luz y amor»

Santa Teresa de Jesús, Dichos y Fundaciones

prelaturacaraveli.blogspot.com

Cordero de Dios

Colofón
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