Fecha de publicación: 4 de agosto de 1879
Autor: Su santidad León XIII
Breve resumen: Encíclica programática de León XIII sobre la restauración de la filosofía cristiana según la mente de Santo Tomás de Aquino. El Papa enseña la armonía entre la fe y la razón, el papel de la filosofía como defensa de la fe y auxiliar de la teología, la necesidad de una doctrina sólida frente a los errores modernos y la excelencia de la tradición patrística y escolástica. Exhorta a los obispos a restaurar y difundir la sabiduría tomista en los estudios eclesiásticos, sin rechazar los avances legítimos de las ciencias, pero sometiendo la filosofía a la verdad revelada y a la autoridad de la Iglesia.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Aeterni Patris ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XII, Roma, 1879, páginas 97-115, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede ni de otras páginas contemporáneas. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos de todo el orbe católico, que tienen gracia y comunión con la Sede Apostólica.
León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Cristo dejó a la Iglesia como maestra suprema de los pueblos
El Hijo unigénito del Padre eterno apareció en la tierra para traer al género humano la salvación y la luz de la sabiduría divina.
Concedió al mundo un beneficio verdaderamente grande y admirable cuando, estando para subir de nuevo a los cielos, mandó a los Apóstoles que fueran y enseñaran a todas las naciones,1 y dejó a la Iglesia fundada por Él como maestra común y suprema de los pueblos.
Los hombres, a quienes la verdad había liberado, debían ser conservados por la verdad. Los frutos de las doctrinas celestiales, por las cuales se adquirió la salvación para el hombre, no habrían permanecido largo tiempo si Cristo Señor no hubiera constituido un magisterio perpetuo para instruir las inteligencias en la fe.
La Iglesia, fortalecida por las promesas de su divino Autor e imitando su caridad, cumplió de tal modo sus mandatos que siempre miró a esto y esto quiso principalmente: enseñar la religión y combatir perpetuamente los errores.
A esto tienden los vigilantes trabajos de cada obispo; a esto las leyes y decretos publicados por los concilios; y sobre todo la solicitud cotidiana de los Romanos Pontífices, a quienes, como sucesores del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, en el primado, pertenece el derecho y el deber de enseñar y confirmar a sus hermanos en la fe.
2. La filosofía puede corromper o servir a la fe
Como advierte el Apóstol, las mentes de los fieles de Cristo suelen ser engañadas por la filosofía y vana falacia,2 y así se corrompe entre los hombres la sinceridad de la fe.
Por eso los pastores supremos de la Iglesia estimaron siempre que pertenecía a su oficio promover con todas sus fuerzas la ciencia digna de ese nombre, y al mismo tiempo proveer con especial vigilancia para que en todas partes las disciplinas humanas se enseñaran conforme a la norma de la fe católica.
Esto se aplica de manera especial a la filosofía, de la cual depende en gran parte la recta orientación de las demás ciencias.
Ya os advertimos brevemente sobre esto, Venerables Hermanos, entre otras cosas, cuando por primera vez os dirigimos Nuestras letras encíclicas.
Pero ahora, por la gravedad del asunto y por la condición de los tiempos, Nos vemos obligados a tratar nuevamente con vosotros sobre el modo de emprender los estudios filosóficos, de manera que respondan adecuadamente al bien de la fe y convengan también a la dignidad de las ciencias humanas.
3. Los errores de la inteligencia pasan a la vida pública y privada
Si alguien considera atentamente la aspereza de nuestros tiempos y abraza con el pensamiento las causas de las cosas que se hacen pública y privadamente, descubrirá ciertamente que una causa fecunda de los males que nos oprimen y de los que tememos se encuentra en esto: que opiniones perversas acerca de las cosas divinas y humanas, salidas desde hace tiempo de las escuelas de los filósofos, se han infiltrado en todos los órdenes de la sociedad y han sido recibidas por el común asentimiento de muchos.
Como está inscrito en la naturaleza del hombre seguir en su obrar la guía de la razón, si la inteligencia yerra en algo, fácilmente se desliza también la voluntad.
Así sucede que la perversidad de las opiniones, que tiene su sede en la inteligencia, influye en las acciones humanas y las corrompe.
Por el contrario, si la mente de los hombres está sana y se apoya firmemente en principios sólidos y verdaderos, de ello nacen muchísimos beneficios para el bien público y privado.
No atribuimos a la filosofía humana tanta fuerza y autoridad que la juzguemos capaz de rechazar o arrancar todos los errores.
Así como, cuando fue constituida por primera vez la religión cristiana, el mundo fue restituido a su dignidad primera por la admirable luz de la fe, difundida «no con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino con demostración de espíritu y de poder»,3 así también ahora debe esperarse principalmente de la virtud omnipotente y del auxilio de Dios que las mentes de los mortales, removidas las tinieblas del error, vuelvan al buen sentido.
Pero no deben despreciarse ni relegarse los auxilios naturales que, por beneficio de la sabiduría divina, que dispone todas las cosas fuerte y suavemente, están al alcance del género humano.
Entre esos auxilios consta que ocupa un lugar principal el recto uso de la filosofía.
Dios no insertó en vano la luz de la razón en la mente humana. Y tan lejos está la luz sobreañadida de la fe de extinguir o disminuir la fuerza de la inteligencia, que más bien la perfecciona y, aumentando sus fuerzas, la hace capaz de cosas mayores.
4. La razón como auxilio de la fe y de la salvación
Por tanto, la misma razón de la divina Providencia exige que, al llamar de nuevo a los pueblos a la fe y a la salvación, se busque también apoyo en la ciencia humana.
La historia antigua atestigua que este esfuerzo, prudente y aprobado, fue costumbre de los más ilustres Padres de la Iglesia.
Ellos no acostumbraron dar a la razón un papel pequeño ni débil. San Agustín lo resumió brevemente al atribuir a esta ciencia aquello por lo cual la fe, tan saludable, nace, se nutre, se defiende y se fortalece.4
En primer lugar, la filosofía, si es usada rectamente por los sabios, puede de algún modo allanar y fortalecer el camino hacia la verdadera fe, y preparar convenientemente las almas de sus discípulos para recibir la revelación.
Por eso no sin razón fue llamada por los antiguos unas veces preparación previa para la fe cristiana, otras veces preludio y auxilio del cristianismo, y otras veces pedagoga hacia el Evangelio.5
El Dios benignísimo, en lo que pertenece a las cosas divinas, no reveló con la luz de la fe solo aquellas verdades que la inteligencia humana no podía alcanzar por sí misma.
Manifestó también algunas que no son del todo inaccesibles a la razón, para que, al añadirse la autoridad de Dios, fueran conocidas por todos de inmediato y sin mezcla alguna de error.
De ahí resultó que ciertas verdades, ya propuestas divinamente para ser creídas, ya unidas por vínculos muy estrechos con la doctrina de la fe, fueron conocidas, demostradas y defendidas con argumentos adecuados por los mismos sabios paganos, guiados solamente por la razón natural.
«Las cosas invisibles de Dios —dice el Apóstol— se contemplan, desde la creación del mundo, entendidas por medio de las cosas hechas; también su virtud eterna y su divinidad».6
Y los gentiles, que no tienen la ley, muestran, sin embargo, la obra de la ley escrita en sus corazones.7
Conviene, por tanto, convertir estas verdades, descubiertas incluso por sabios paganos, en utilidad y servicio de la doctrina revelada, para mostrar en los hechos que también la sabiduría humana y el mismo testimonio de los adversarios favorecen a la fe cristiana.
5. El ejemplo de los Padres al servirse de la sabiduría antigua
Este modo de proceder no es de introducción reciente, sino antiguo y usado frecuentemente por los santos Padres de la Iglesia.
Más aún, esos venerables testigos y custodios de las tradiciones religiosas reconocen una cierta figura de esto en el hecho de los hebreos, quienes, al salir de Egipto, recibieron el mandato de llevar consigo los vasos de plata y oro y los vestidos preciosos de los egipcios, para que, cambiando de uso, se dedicara al culto del Dios verdadero aquella riqueza que antes había servido a ritos vergonzosos y a la superstición.
Gregorio Neocesariense alaba a Orígenes por haber tomado con singular destreza muchos argumentos de las doctrinas paganas, como armas arrebatadas a los enemigos, y haberlos vuelto en defensa de la sabiduría cristiana y en destrucción de la superstición.
Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa alaban y aprueban el mismo modo de disputar en Basilio Magno.
San Jerónimo lo recomienda grandemente en Cuadrato, discípulo de los Apóstoles, en Arístides, Justino, Ireneo y muchos otros.
San Agustín, por su parte, dice: «¿No vemos con cuánto oro y plata y vestidos salió de Egipto Cipriano, doctor suavísimo y mártir beatísimo? ¿Con cuánto salió Lactancio? ¿Con cuánto Victorino, Optato e Hilario? Y, para no hablar de los vivos, ¿con cuánto salieron innumerables griegos?».8
Si la razón natural derramó esta mies abundante de doctrina antes de ser fecundada por la virtud de Cristo, ciertamente producirá frutos mucho más abundantes después de que la gracia del Salvador restauró y aumentó las facultades nativas de la mente humana.
¿Quién no ve que, por este modo de filosofar, se abre hacia la fe un camino llano y fácil?
6. La filosofía demuestra a Dios y defiende la credibilidad de la fe
La utilidad que procede de este modo de filosofar no se limita a lo dicho.
La divina Sabiduría reprende gravemente la necedad de aquellos hombres que, por los bienes visibles, no pudieron conocer al que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al artífice.9
En primer lugar se obtiene de la razón humana este fruto grande y preclaro: que demuestra que Dios existe, porque «por la grandeza y belleza de las criaturas puede verse, de modo cognoscible, el Creador de ellas».10
Después muestra que Dios sobresale singularmente por el cúmulo de todas las perfecciones: ante todo por la sabiduría infinita, a la cual nada puede ocultarse; y por la suma justicia, que ninguna pasión torcida puede vencer.
De aquí se sigue claramente que Dios no solo es veraz, sino la misma verdad, incapaz de engañarse y de engañar.
Por lo cual la razón humana concilia con la palabra de Dios plenísima fe y autoridad.
De modo semejante, la razón declara que la doctrina evangélica brilló desde su origen con signos admirables, como argumentos ciertos de verdad cierta.
Por eso, cuantos adhieren al Evangelio con fe no lo hacen temerariamente, como si siguieran fábulas artificiosas,11 sino que someten su inteligencia y su juicio a la autoridad divina con obediencia plenamente razonable.
No es de menor precio que la razón ponga en claro que la Iglesia instituida por Cristo, como enseñó el Concilio Vaticano, por su admirable propagación, su eminente santidad, su fecundidad inagotable en todos los lugares, su unidad católica y su estabilidad invicta, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefragable de su misión divina.12
7. La filosofía presta forma científica a la sagrada teología
Puestos así fundamentos solidísimos, se requiere todavía el uso perpetuo y múltiple de la filosofía para que la sagrada teología reciba y revista la naturaleza, el carácter y la índole de verdadera ciencia.
En esta nobilísima disciplina es sumamente necesario que las muchas y diversas partes de las doctrinas celestiales se reúnan como en un solo cuerpo.
Es necesario que cada una, dispuesta convenientemente en su propio lugar y derivada de sus principios propios, se una con las demás mediante un vínculo adecuado.
Finalmente, es necesario que todas y cada una sean confirmadas por argumentos propios e invencibles.
Tampoco debe pasarse en silencio ni tenerse en poco aquel conocimiento más exacto y abundante de las cosas que se creen, y aquella inteligencia de los mismos misterios de la fe, en cuanto es posible, algo más luminosa, que san Agustín y otros Padres alabaron y procuraron alcanzar, y que el mismo Concilio Vaticano declaró fructuosísima.13
Este conocimiento e inteligencia lo alcanzan más plena y fácilmente quienes, junto con la integridad de vida y el amor de la fe, unen un ingenio cultivado por las disciplinas filosóficas.
El mismo Concilio Vaticano enseña que esta inteligencia de los dogmas sagrados debe buscarse ya por la analogía de las cosas que se conocen naturalmente, ya por el vínculo de los misterios entre sí y con el fin último del hombre.14
Por último, pertenece también a las disciplinas filosóficas custodiar religiosamente las verdades divinamente transmitidas y resistir a quienes se atrevan a impugnarlas.
Por esta razón es gran alabanza de la filosofía ser considerada defensa de la fe y como firme baluarte de la religión.
Ciertamente, como testifica Clemente de Alejandría, la doctrina del Salvador es perfecta por sí misma y de nada necesita, porque es virtud y sabiduría de Dios.
Pero la filosofía griega, al añadirse, no hizo más poderosa la verdad; sin embargo, al debilitar los argumentos sofísticos contra ella y rechazar las insidias engañosas contra la verdad, fue llamada cerca y vallado conveniente de la viña.15
Así como los enemigos del nombre católico suelen tomar sus aparatos de guerra de la razón filosófica cuando van a combatir contra la religión, así los defensores de las ciencias divinas sacan muchas cosas del tesoro de la filosofía para poder defender los dogmas revelados.
No debe juzgarse pequeño triunfo de la fe cristiana que las armas de los adversarios, preparadas para dañar mediante artificios de la razón humana, sean rechazadas poderosa y prontamente por la misma razón humana.
San Jerónimo recuerda que el mismo Apóstol de los gentiles usó esta forma de combate religioso cuando escribió a Magno: «Pablo, jefe del ejército cristiano y orador invicto, al defender la causa de Cristo, convierte con arte una inscripción casual en argumento de fe; había aprendido del verdadero David a arrancar de las manos de los enemigos la espada y a cortar con el propio hierro la cabeza del soberbísimo Goliat».16
La Iglesia misma no solo aconseja a los doctores cristianos buscar en la filosofía este auxilio, sino que también lo manda.
En efecto, el quinto Concilio de Letrán, después de establecer que toda afirmación contraria a la verdad iluminada de la fe es completamente falsa, porque lo verdadero no contradice de ningún modo a lo verdadero, manda a los doctores de filosofía que se apliquen cuidadosamente a resolver los argumentos engañosos.17
Porque, como testifica san Agustín, si se presenta una razón contra la autoridad de las divinas Escrituras, por aguda que sea, engaña con apariencia de verdad, pues verdadera no puede ser.18
8. La razón debe permanecer en el camino de la fe
Para que la filosofía pueda hallarse proporcionada a producir los preciosos frutos que hemos recordado, es absolutamente necesario que nunca se aparte de aquel camino por el que entró la venerable antigüedad de los Padres y que el Concilio Vaticano aprobó con solemne sufragio de autoridad.
Como es evidente que deben recibirse muchas verdades del orden sobrenatural que superan con mucho la agudeza de cualquier ingenio, la razón humana, consciente de su propia debilidad, no debe atreverse a aspirar a cosas superiores a ella.
No debe negar esas verdades, ni medirlas por su propia fuerza, ni interpretarlas a su gusto.
Antes bien, debe recibirlas con fe plena y humilde, y tener por suma honra que le sea permitido, a modo de sierva y compañera, familiarizarse con las doctrinas celestiales y alcanzarlas de algún modo por beneficio de Dios.
Pero en aquellos capítulos de doctrina que la inteligencia humana puede percibir naturalmente, es enteramente justo que la filosofía use su propio método, sus propios principios y sus propios argumentos.
No lo haga, sin embargo, de modo que parezca sustraerse audazmente a la autoridad divina.
Más aún, como consta que las cosas conocidas por revelación poseen verdad cierta, y que lo que se opone a la fe se opone también a la recta razón, sepa el filósofo católico que violaría al mismo tiempo los derechos de la fe y de la razón si abrazara alguna conclusión que entendiera ser contraria a la doctrina revelada.
9. La fe no disminuye la razón, sino que la eleva
Sabemos que no faltan quienes, exaltando demasiado las facultades de la naturaleza humana, sostienen que la inteligencia del hombre cae de su dignidad nativa cuando se somete a la autoridad divina.
Dicen que, abatida bajo cierto yugo de servidumbre, queda muy retardada e impedida para avanzar hacia la cumbre de la verdad y de la excelencia.
Pero estas afirmaciones están llenas de error y falacia.
Tienden finalmente a que los hombres, con suma necedad y no sin crimen de ánimo ingrato, rechacen las verdades más altas y repudien voluntariamente el beneficio divino de la fe, de la cual brotaron fuentes de todos los bienes también para la sociedad civil.
Como la mente humana está encerrada dentro de límites ciertos y bastante estrechos, se halla expuesta a muchos errores y a la ignorancia de muchas cosas.
La fe cristiana, en cambio, apoyada en la autoridad de Dios, es maestra certísima de la verdad.
Quien la sigue no queda atrapado en los lazos de los errores ni agitado por las olas de opiniones inciertas.
Por eso filosofan óptimamente quienes unen el estudio de la filosofía con la obediencia a la fe cristiana.
El resplandor de las verdades divinas, recibido en el alma, ayuda a la misma inteligencia. No le quita nada de dignidad; al contrario, le añade mucha nobleza, agudeza y firmeza.
Cuando ejercitan la agudeza del ingenio en refutar sentencias contrarias a la fe y en probar las que armonizan con ella, ejercitan la razón de manera digna y utilísima.
En lo primero, descubren las causas del error y conocen el defecto de los argumentos en que se apoya. En lo segundo, se apoderan de razones por las cuales esas verdades pueden demostrarse sólidamente y persuadirse a cualquier hombre prudente.
Quien niegue que con tal industria y ejercicio aumenten las riquezas de la mente y se desarrollen sus facultades, necesariamente sostendrá absurdamente que distinguir lo verdadero de lo falso no ayuda en nada al progreso del entendimiento.
Con razón el Concilio Vaticano recuerda los beneficios preclaros que la fe presta a la razón con estas palabras: «La fe libra y protege a la razón de los errores, y la instruye con múltiple conocimiento».19
Por tanto, si el hombre fuera sabio, no culparía a la fe como enemiga de la razón y de las verdades naturales, sino que daría gracias dignas a Dios y se alegraría vehementemente de que, entre tantas causas de ignorancia y en medio de las olas de los errores, le haya brillado la fe santísima, que como estrella amiga le muestra el puerto de la verdad sin temor alguno de errar.
10. Los filósofos antiguos erraron donde faltó la luz de la fe
Si miráis la historia de la filosofía, Venerables Hermanos, comprenderéis que todo lo que acabamos de decir queda probado por los hechos.
Los antiguos filósofos, que carecieron del beneficio de la fe, incluso aquellos que eran tenidos por sapientísimos, erraron pésimamente en muchas cosas.
Sabéis cuántas veces, junto con algunas verdades, enseñaron cosas falsas e incongruentes; cuántas cosas inciertas y dudosas transmitieron acerca de la verdadera naturaleza de la divinidad, el primer origen de las cosas, el gobierno del mundo, el conocimiento divino de las cosas futuras, la causa y principio de los males, el fin último del hombre, la bienaventuranza eterna, las virtudes y los vicios, y otras doctrinas cuyo conocimiento verdadero y cierto es de suma necesidad para el género humano.
Por el contrario, los primeros Padres y Doctores de la Iglesia, que comprendieron bien que, según el designio de la voluntad divina, Cristo es restaurador también de la ciencia humana, pues Él es virtud de Dios y sabiduría de Dios,20 y en Él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,21 se dedicaron a examinar los libros de los antiguos sabios y a comparar sus sentencias con las doctrinas reveladas.
Con prudente selección abrazaron cuanto hallaron en ellos dicho con verdad y pensado con sabiduría; y lo demás lo corrigieron o rechazaron.
Porque Dios providentísimo, así como para defensa de la Iglesia levantó contra la crueldad de los tiranos a mártires fortísimos, pródigos de su vida, así opuso a los filósofos de falso nombre y a los herejes hombres grandísimos en sabiduría, para que defendieran el tesoro de las verdades reveladas también con el auxilio de la razón humana.
11. Apologistas, Padres y Doctores al servicio de la verdad revelada
Desde los comienzos de la Iglesia, la doctrina católica tuvo adversarios muy encarnizados, que se burlaban de los dogmas y de las instituciones cristianas.
Sostenían que había muchos dioses, que la materia del mundo carecía de principio y causa, y que el curso de las cosas estaba sujeto a cierta fuerza ciega y necesidad fatal, no gobernado por el consejo de la divina Providencia.
Contra estos maestros de doctrina insensata se enfrentaron pronto hombres sabios, a quienes llamamos apologistas.
Guiados por la fe, tomaron también argumentos de la sabiduría humana para establecer que debe adorarse a un solo Dios, excelentísimo en todo género de perfecciones; que todas las cosas fueron producidas de la nada por su virtud omnipotente; y que por su sabiduría viven y son dirigidas y movidas cada una hacia sus propios fines.
San Justino mártir ocupa entre ellos un lugar principal. Después de recorrer las más célebres academias de los griegos, como para probarlas, y después de ver que solo podía beber la verdad a boca llena de las doctrinas reveladas, las abrazó con toda la fuerza de su alma.
Defendió esas doctrinas ante los emperadores romanos con gran número de argumentos, las purificó de las calumnias y reconcilió con ellas no pocas sentencias de los filósofos griegos.
Hicieron lo mismo excelentemente en su tiempo Cuadrato, Arístides, Hermias y Atenágoras.
No menor gloria alcanzó en esta misma causa san Ireneo, mártir invicto y pontífice de la Iglesia de Lyon.
Al refutar con vigor las perversas opiniones de los orientales, difundidas por los gnósticos por todo el Imperio Romano, explicó los orígenes de cada herejía y de qué principios de los filósofos nació.22
Todos conocen las disputas de Clemente de Alejandría, que san Jerónimo recuerda con honor: «¿Qué hay en ellas de indocto? Más aún, ¿qué hay que no proceda de lo íntimo de la filosofía?».23
El mismo Clemente trató con admirable variedad muchísimas cosas útiles para establecer la historia de la filosofía, ejercitar rectamente la dialéctica, procurar la concordia entre la razón y la fe, y refutar las escuelas de los sofistas.
Después de él vino Orígenes, insigne maestro de la escuela alejandrina y eruditísimo en las doctrinas de griegos y orientales, que publicó muchos volúmenes llenos de trabajo, admirablemente útiles para explicar las divinas Escrituras e ilustrar los dogmas sagrados.
Aunque, tal como se conservan ahora, no carecen del todo de errores, contienen, sin embargo, gran riqueza de sentencias con las que las verdades naturales crecen en número y firmeza.
Tertuliano combate a los herejes con la autoridad de las Escrituras; con los filósofos cambia de armas y disputa filosóficamente. Y los refuta tan docta y agudamente que se atreve a decirles: «Ni en ciencia ni en disciplina somos iguales, como pensáis».24
También Arnobio, en sus libros contra los paganos, y Lactancio, especialmente en sus Instituciones divinas, se esfuerzan con igual elocuencia y fuerza en mover a los hombres a abrazar los dogmas y preceptos de la sabiduría católica, no mediante artificios dialécticos al modo de los académicos, sino venciéndolos en parte con sus propias armas y en parte con argumentos tomados de las disputas mutuas de los filósofos.
Los escritos que nos dejaron sobre el alma humana, los atributos divinos y otras cuestiones de enorme importancia san Atanasio y san Juan Crisóstomo, príncipe de los oradores, son, por común consentimiento, tan excelentes que apenas parece poder añadirse algo a su sutileza y plenitud.
Y para no prolongarnos demasiado, añadimos a los nombres ya mencionados a Basilio Magno y a los dos Gregorios, quienes, saliendo de Atenas, hogar de toda erudición, plenamente provistos de armas filosóficas, aplicaron al trabajo de refutar herejes y formar cristianos las riquezas de conocimiento que cada uno había reunido con estudio ardiente.
San Agustín arrebató a todos la palma.
De ingenio poderoso y lleno hasta lo sumo de ciencias sagradas y profanas, combatió con fe altísima y doctrina igualmente grande contra todos los errores de su tiempo.
¿Qué tema de filosofía no investigó? ¿Qué región de ella no exploró diligentemente, ya al exponer a los fieles los más altos misterios de la fe, ya al defenderlos contra el asalto de los adversarios, ya al demoler las fábulas de académicos y maniqueos, ya al poner los fundamentos seguros de la ciencia humana, o al seguir la razón, origen y causas de los males que afligen al hombre?
¡Con cuánta sutileza razonó sobre los ángeles, el alma, la mente humana, la voluntad y el libre albedrío, la religión y la vida bienaventurada, el tiempo y la eternidad, y aun sobre la misma naturaleza de los cuerpos mudables!
Después, en Oriente, san Juan Damasceno, siguiendo las huellas de Basilio y Gregorio Nacianceno, y en Occidente Boecio y Anselmo, siguiendo las doctrinas de Agustín, aumentaron grandemente el patrimonio de la filosofía.
12. La obra de los escolásticos
Más tarde, los doctores de la Edad Media, llamados escolásticos, emprendieron una gran obra.
Recogieron diligentemente, examinaron y reunieron en un solo lugar, para uso y comodidad de la posteridad, las ricas y fecundas mieses de doctrina cristiana dispersas en los voluminosos escritos de los santos Padres.
En cuanto al origen, la orientación y la excelencia de esta ciencia escolástica, conviene hablar aquí con las palabras de uno de Nuestros Predecesores más sabios, Sixto V.
Él dijo que, por favor divino de aquel que da el espíritu de ciencia, sabiduría e inteligencia, y que a lo largo de los siglos enriquece a su Iglesia con nuevos beneficios y la fortalece con nuevos auxilios cuando lo necesita, fue fundada por nuestros padres, varones de eminente sabiduría, la teología escolástica.
Esta ciencia, especialmente por obra de dos doctores gloriosos, el angélico Santo Tomás y el seráfico San Buenaventura, maestros ilustres de esta facultad, fue ordenada, embellecida y transmitida a la posteridad con ingenio sobresaliente, diligencia incansable y a costa de largos trabajos y vigilias.
Y ciertamente el conocimiento y uso de una ciencia tan saludable, que fluye de las fuentes fecundas de las Sagradas Escrituras, de los Sumos Pontífices, de los santos Padres y de los concilios, debe ser siempre de grandísimo auxilio para la Iglesia.
Lo es para entender e interpretar recta y sanamente las Escrituras, para leer y explicar los Padres con más seguridad y provecho, y para descubrir y refutar los diversos errores y herejías.
En estos últimos días, cuando ya han llegado aquellos tiempos peligrosos descritos por el Apóstol, en que los blasfemos, soberbios y seductores van de mal en peor, errando ellos mismos y arrastrando a otros al error, existe sin duda grandísima necesidad de confirmar los dogmas de la fe católica y refutar las herejías.25
Estas palabras, aunque parecen referirse solo a la teología escolástica, deben entenderse también, claramente, de la filosofía y de sus alabanzas.
Porque las nobles dotes que hacen tan temible a la teología escolástica para los enemigos de la verdad —la pronta y estrecha conexión de causas y efectos, el orden y disposición como de un ejército formado para la batalla, las definiciones y distinciones claras, la fuerza de los argumentos y las discusiones agudas por las cuales se distingue la luz de las tinieblas y lo verdadero de lo falso, y se descubren y desnudan las falsedades de los herejes envueltas en nubes de subterfugios y falacias— solo se encuentran en el recto uso de aquella filosofía que los doctores escolásticos acostumbraron usar cuidadosa y prudentemente incluso en las disputas teológicas.
Además, como es propio y singular de los teólogos escolásticos unir la ciencia humana y la divina con vínculo estrechísimo, la teología en la que sobresalieron no habría obtenido tanto honor y alabanza en la opinión de los hombres si hubieran usado una filosofía imperfecta, mutilada o ligera.
13. Santo Tomás de Aquino, príncipe y maestro de la escolástica
Entre los doctores escolásticos sobresale con gran distancia Santo Tomás de Aquino, príncipe y maestro de todos.
Como advierte Cayetano, por haber venerado profundamente a los antiguos doctores sagrados, recibió de algún modo la inteligencia de todos.
Tomás reunió sus doctrinas como miembros dispersos de un cuerpo, las dispuso en orden admirable, las acrecentó con grandes añadiduras y de tal manera las ilustró que, con pleno derecho y merecimiento, es tenido por defensa singular y honor de la Iglesia católica.
Dotado de ingenio dócil y agudo, de memoria fácil y tenaz, de vida integérrima, amante solo de la verdad, riquísimo en ciencia divina y humana, fue comparado justamente con el sol.
Calentó la tierra con el fuego de sus virtudes y la llenó con el resplandor de su doctrina.
No hay parte alguna de la filosofía que no haya tratado con agudeza y solidez: las leyes del razonamiento, Dios y las sustancias incorpóreas, el hombre y las demás cosas sensibles, los actos humanos y sus principios.
Disputó de todo esto de tal manera que en él no faltan ni abundancia de cuestiones, ni disposición adecuada de las partes, ni método excelente, ni firmeza de principios o fuerza de argumentos, ni claridad y propiedad de expresión, ni facilidad para explicar las cosas oscuras.
A esto se añade que el Doctor Angélico investigó las conclusiones filosóficas en las razones y principios mismos de las cosas, que se extienden amplísimamente y contienen como en su seno las semillas de casi innumerables verdades, que los maestros posteriores habrían de abrir con fruto muy grande en su momento oportuno.
Al emplear este modo de filosofar también para refutar errores, consiguió que él solo venciera todos los errores de tiempos anteriores y suministrara armas invictísimas para deshacer los que siempre han de nacer en el futuro.
Además, distinguiendo muy bien la razón de la fe, como corresponde, y uniéndolas ambas amistosamente, conservó los derechos de cada una y cuidó de su dignidad.
La razón, llevada por Tomás a la cumbre humana, apenas puede elevarse más alto. Y la fe apenas puede esperar de la razón más auxilios y mayores que los que recibió por medio de Tomás.
14. Testimonio de la Iglesia en favor de Santo Tomás
Por estas causas, hombres doctísimos de edades anteriores, dignos de suma alabanza por su ciencia teológica y filosófica, buscaron con estudio increíble las obras inmortales de Tomás, y se entregaron no tanto a cultivarlas como a alimentarse por completo de su sabiduría angélica.
Consta que casi todos los fundadores y legisladores de las órdenes religiosas mandaron a sus miembros estudiar las doctrinas de Santo Tomás y adherirse a ellas religiosamente, cuidando que a nadie le fuera lícito apartarse impunemente ni lo más mínimo de las huellas de tan gran varón.
Para no hablar de la familia dominicana, que se gloría con derecho de este máximo maestro como suyo, las constituciones de benedictinos, carmelitas, agustinos, jesuitas y muchas otras órdenes religiosas atestiguan que esta ley las obliga.
La mente recuerda con gran agrado aquellas celebérrimas academias y escuelas que florecieron en otro tiempo en Europa: París, Salamanca, Alcalá, Douai, Toulouse, Lovaina, Padua, Bolonia, Nápoles, Coímbra y otras muchas.
Nadie ignora que el nombre de estas academias creció de algún modo con la edad, y que sus sentencias, cuando se les consultaba en asuntos graves, tenían gran autoridad en todas partes.
Pues bien, es cierto que en esas grandes moradas de la sabiduría humana Santo Tomás reinó como en su propio reino, y que las inteligencias de todos, tanto maestros como oyentes, descansaron con admirable consentimiento en el magisterio y autoridad del Doctor Angélico.
Pero mucho más importante es que los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, celebraron la sabiduría de Tomás de Aquino con singulares elogios y amplísimos testimonios.
Clemente VI, Nicolás V, Benedicto XIII y otros dan testimonio de que la Iglesia universal es ilustrada por sus admirables doctrinas.
San Pío V confiesa que, gracias a su doctrina, las herejías son confundidas, vencidas y disipadas, y que cada día el mundo entero es liberado de errores pestilentes.
Otros, con Clemente XII, afirman que de sus escritos han procedido abundantísimos bienes para la Iglesia universal, y que debe tributársele el mismo honor que se da a los mayores doctores de la Iglesia, Gregorio, Ambrosio, Agustín y Jerónimo.
Otros, finalmente, no dudaron en proponer a Santo Tomás como modelo y maestro a las academias y a los grandes liceos, para que lo siguieran con paso seguro.
A esto parecen muy dignas de recordarse las palabras del beato Urbano V a la Academia de Toulouse:
«Queremos, y por las presentes os mandamos, que sigáis la doctrina del bienaventurado Tomás como verídica y católica, y que os esforcéis con todas vuestras fuerzas por propagarla».26
El ejemplo de Urbano fue renovado en la Universidad de Lovaina por Inocencio XII, y en el Colegio Dionisiano de Granada por Benedicto XIV.
A estos juicios de los Sumos Pontífices acerca de Santo Tomás se añade, como corona, el testimonio de Inocencio VI:
«Su doctrina, por encima de todas las demás, exceptuada la canónica, tiene propiedad en las palabras, modo en la expresión y verdad en las sentencias; de modo que quienes la siguen nunca se apartan del camino de la verdad, y quien la combate siempre debe ser tenido por sospechoso de error».27
También los concilios ecuménicos, en los que brilla la flor escogida de la sabiduría reunida de todo el orbe, procuraron siempre honrar singularmente a Tomás de Aquino.
En los concilios de Lyon, de Viena, de Florencia y Vaticano, puede decirse que Tomás estuvo presente en las deliberaciones y decretos de los Padres y casi las presidió, combatiendo con fuerza invencible y con feliz resultado contra los errores de griegos, herejes y racionalistas.
Pero el máximo y propio elogio de Tomás, que no comparte con ningún otro doctor católico, consiste en que los Padres del Concilio de Trento quisieron que, durante sus deliberaciones, junto con los libros de la Sagrada Escritura y los decretos de los Sumos Pontífices, se colocara sobre el altar la Suma de Tomás de Aquino, para tomar de ella consejo, razones y oráculos.
Finalmente, parece reservado a este varón incomparable obtener de los mismos adversarios del nombre católico homenajes, obediencia y admiración.
Consta que no faltaron entre los jefes de partidos heréticos quienes confesaron públicamente que, suprimida la doctrina de Tomás de Aquino, podrían luchar fácilmente contra todos los doctores católicos, vencerlos y destruir la Iglesia.
Esperanza vana, ciertamente; pero no vano testimonio.
15. Restaurar la filosofía tomista en los estudios católicos
Por todo esto, Venerables Hermanos, cada vez que consideramos la bondad, fuerza y excelentes ventajas de aquella disciplina filosófica que tanto amaron nuestros mayores, juzgamos que se actuó temerariamente al no conservar siempre y en todas partes el honor que le correspondía.
Constaba, además, que la filosofía escolástica se recomendaba por el uso prolongado, el juicio de varones muy eminentes y, lo que es máximo, el sufragio de la Iglesia.
En lugar de la antigua doctrina apareció en muchos lugares un nuevo género de filosofía, del cual no se recogieron los frutos deseables y saludables que la Iglesia y la misma sociedad civil habrían querido.
Con el empeño de los innovadores del siglo XVI, agradó filosofar sin respeto alguno a la fe, concediéndose y pidiéndose mutuamente completa libertad para excogitar cualquier cosa según el propio arbitrio e ingenio.
De ahí nació que se multiplicaran los sistemas filosóficos más allá de lo justo, y que surgieran sentencias diversas y contrarias incluso sobre las cosas principales que pertenecen al conocimiento humano.
De la multitud de conclusiones se pasó frecuentemente a la vacilación y a la duda. Y nadie ignora cuán fácilmente la mente humana resbala de la duda al error.
Como los hombres suelen seguir el camino abierto por otros, esta búsqueda de novedades parece haber cautivado también los ánimos de algunos filósofos católicos.
Abandonando el patrimonio de la antigua sabiduría, prefirieron levantar un edificio nuevo antes que fortalecer y completar el antiguo con ayuda de lo nuevo.
Lo hicieron con consejo poco prudente y no sin detrimento de las ciencias.
Un sistema multiforme, dependiente de la autoridad y elección de cualquier maestro, posee un fundamento mudable y, por consiguiente, produce una filosofía no firme, estable y robusta como la antigua, sino vacilante y débil.
Y si alguna vez apenas puede resistir el ímpetu de sus adversarios, debe reconocer que la causa y la culpa están en ella misma.
Al decir esto no pretendemos desaprobar a los hombres doctos y capaces que ponen su industria, erudición y la riqueza de nuevos descubrimientos al servicio de la filosofía.
Comprendemos bien que esto favorece el desarrollo de las ciencias.
Pero debe cuidarse con diligencia que todo o casi todo el esfuerzo no se agote en estas investigaciones y en mera erudición.
Lo mismo debe decirse de la sagrada teología.
Conviene que sea ayudada e ilustrada con múltiple erudición, pero es del todo necesario tratarla según el grave modo de los escolásticos, para que, unidas en ella las fuerzas de la revelación y de la razón, siga siendo baluarte invencible de la fe.28
Con prudente previsión, no pocos defensores de los estudios filosóficos, al dirigir recientemente sus pensamientos a la reforma práctica de la filosofía, buscaron y buscan restaurar la doctrina preclara de Tomás de Aquino y devolverla a su antigua belleza.
Hemos sabido que muchos de vuestro orden, Venerables Hermanos, entraron con igual ánimo en este camino, con gran alegría de Nuestro corazón.
Los alabamos mucho y los exhortamos a permanecer en la obra emprendida.
A los demás os advertimos que nada deseamos más, ni estimamos más útil, que veros suministrar amplia y abundantemente a la juventud estudiosa los ríos purísimos de sabiduría que fluyen continuamente del Doctor Angélico.
16. Razones para volver a Santo Tomás
Son muchas las razones que Nos mueven a desear esto.
En primer lugar, puesto que en la tempestad que nos rodea la fe cristiana es atacada constantemente por las maquinaciones y astucias de una falsa sabiduría, todos los jóvenes, y especialmente quienes crecen como esperanza de la Iglesia, deben alimentarse con alimento fuerte y robusto de doctrina.
Así, vigorosos y armados por todas partes, se acostumbrarán a promover la causa de la religión con fuerza y juicio, «siempre preparados», según el consejo apostólico, «para dar razón de la esperanza que hay en ellos»,29 y capaces de exhortar en la sana doctrina y convencer a los contradictores.30
Muchos de quienes, con ánimo apartado de la fe, odian las instituciones católicas, proclaman que la razón es su única maestra y guía.
Pues bien, fuera del auxilio sobrenatural de Dios, nada juzgamos más apto para sanar esas mentes y reconciliarlas con la fe católica que la sólida doctrina de los Padres y escolásticos.
Ellos demuestran con tanta claridad y fuerza los firmes fundamentos de la fe, su origen divino, su verdad cierta, los argumentos que la sostienen, los beneficios que concedió al género humano y su perfecta concordia con la razón, que satisfacen plenamente a inteligencias abiertas a la persuasión, aunque sean reacias y repugnantes.
También la sociedad doméstica y civil, como todos ven, se halla expuesta a un grave peligro por esta peste de opiniones perversas.
Sin duda gozaría de una existencia mucho más tranquila y segura si en las universidades y escuelas superiores se enseñara una doctrina más sana y más conforme al magisterio de la Iglesia, como la contenida en las obras de Tomás de Aquino.
Las enseñanzas de Tomás acerca del verdadero sentido de la libertad, que en este tiempo degenera en licencia; acerca del origen divino de toda autoridad; acerca de las leyes y su fuerza; acerca del gobierno paternal y justo de los príncipes; acerca de la obediencia a las potestades superiores; y acerca de la caridad mutua entre todos, poseen fuerza máxima e invencible para destruir aquellos principios del nuevo derecho que son conocidos como peligrosos para el orden pacífico de las cosas y la seguridad pública.
Finalmente, todas las disciplinas humanas deben esperar crecimiento y prometerse gran ayuda de esta restauración de los estudios filosóficos que proponemos.
Las artes liberales acostumbraron recibir de la filosofía, como de sabia moderadora, el juicio sano y el recto método, y tomar de ella su espíritu como de fuente común de vida.
La realidad y la experiencia constante prueban que las artes liberales florecieron principalmente cuando se mantuvieron íntegros el honor y el juicio sabio de la filosofía; y que permanecieron postradas y casi olvidadas cuando la filosofía se inclinó hacia el error y quedó envuelta en necedades.
Por eso, incluso las ciencias físicas, que hoy son tan estimadas y que por tantos descubrimientos suscitan admiración singular en todas partes, no solo no sufrirán daño alguno por la restauración de la filosofía antigua, sino que recibirán de ella gran apoyo.
Para su ejercicio fructuoso y su progreso no basta la sola consideración de los hechos y contemplación de la naturaleza.
Una vez establecidos los hechos, es necesario elevarse más alto y aplicarse cuidadosamente al conocimiento de la naturaleza de las cosas corporales, e investigar las leyes a que obedecen y los principios de donde proceden su orden, su unidad en la variedad y su mutua afinidad en la diversidad.
A estas investigaciones, si se enseña con sabiduría, la filosofía escolástica aportará admirable fuerza, luz y ayuda.
17. La filosofía escolástica no se opone al progreso científico
En este punto conviene advertir que solo mediante suma injusticia puede atribuirse a esta filosofía el defecto de oponerse al progreso y crecimiento de las ciencias naturales.
Los escolásticos, siguiendo la sentencia de los santos Padres, enseñaron comúnmente en antropología que la inteligencia humana no se eleva al conocimiento de las cosas incorpóreas e inmateriales sino a partir de las cosas sensibles.
Por eso comprendieron espontáneamente que nada es más útil al filósofo que investigar diligentemente los secretos de la naturaleza y ejercitarse largo tiempo en el estudio de las cosas físicas.
Lo confirmaron con los hechos: Santo Tomás, el beato Alberto Magno y otros príncipes de los escolásticos no se entregaron de tal modo a la contemplación filosófica que no dedicaran también mucho trabajo al conocimiento de las cosas naturales.
Más aún, en este campo no son pocas sus afirmaciones y doctrinas que los maestros recientes aprueban y reconocen conformes con la verdad.
Además, en esta misma época, muchos e insignes doctores de las ciencias físicas testifican pública y abiertamente que no existe verdadera contradicción entre las conclusiones ciertas y aceptadas de la física moderna y los principios filosóficos de la escuela.
18. Exhortación a restaurar la sabiduría de Santo Tomás
Por tanto, mientras declaramos que debe recibirse con ánimo gustoso y agradecido todo cuanto haya sido dicho con sabiduría y todo cuanto haya sido descubierto o pensado con utilidad por quien sea, os exhortamos a todos, Venerables Hermanos, con el mayor empeño, a restaurar la áurea sabiduría de Santo Tomás y a propagarla lo más ampliamente posible.
Hacedlo para defensa y decoro de la fe católica, para bien de la sociedad y para incremento de todas las ciencias.
Decimos la sabiduría de Santo Tomás.
Si algo fue buscado por los doctores escolásticos con excesiva sutileza, o transmitido con poca consideración; si algo no concuerda suficientemente con doctrinas comprobadas de tiempos posteriores, o si algo, en fin, no es probable de cualquier modo, de ningún modo está en Nuestro ánimo proponerlo a nuestra época para ser imitado.
Pero procuren los maestros, elegidos inteligentemente por vosotros, insinuar en el ánimo de sus discípulos la doctrina de Tomás de Aquino, y poner de manifiesto su solidez y excelencia por encima de las demás.
Que las academias establecidas por vosotros, o que hayan de establecerse, ilustren y defiendan la misma doctrina y la empleen para refutar los errores que se propagan.
Pero para que no se beba lo supuesto como verdadero ni lo corrompido como puro, procurad que la sabiduría de Tomás sea tomada de sus mismas fuentes.
O al menos de aquellos riachuelos que, derivados de la fuente misma, han corrido hasta ahora íntegros y limpios según el juicio cierto y concorde de los doctos.
Pero cuidad de apartar las inteligencias de los jóvenes de aquellos otros que se dice que fluyen de allí, cuando en realidad crecieron con aguas ajenas y no saludables.
19. Oración por el espíritu de ciencia y de inteligencia
Sabemos bien que Nuestros esfuerzos serán inútiles si no los favorece aquel que en las palabras divinas es llamado Dios de las ciencias.31
Las mismas Escrituras nos advierten que todo don excelente y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces.32
Y también: «Si alguno necesita sabiduría, pídala a Dios, que da a todos abundantemente y no reprocha; y le será dada».33
Sigamos, pues, también en esto el ejemplo del Doctor Angélico.
Él nunca se entregó a la lectura o a la escritura sin haber implorado antes a Dios con sus oraciones.
Y confesó sinceramente que cuanto sabía no lo había adquirido tanto por su estudio y trabajo cuanto recibido de Dios.
Por eso, roguemos todos juntos a Dios con humilde y concorde súplica que envíe sobre los hijos de la Iglesia el espíritu de ciencia y de inteligencia, y les abra el sentido para comprender la sabiduría.
Para recibir frutos más abundantes de la bondad divina, interponed también ante Dios el eficacísimo patrocinio de la bienaventurada Virgen María, llamada Sede de la Sabiduría.
Acudid asimismo como intercesores al purísimo esposo de la Virgen, San José, y a los máximos Apóstoles Pedro y Pablo, quienes renovaron con la verdad el orbe de la tierra, corrompido por la impura peste de los errores, y lo llenaron con la luz de la sabiduría celestial.
20. Bendición Apostólica
Finalmente, sostenidos por la esperanza del auxilio divino y confiando en vuestro celo pastoral, impartimos amorosísimamente en el Señor la Bendición Apostólica a todos vosotros, Venerables Hermanos, y a todo el clero y pueblo confiado a cada uno, como prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra singular benevolencia.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 4 de agosto de 1879, segundo año de Nuestro Pontificado.
León Papa XIII
NOTAS
(1) Mateo 28, 19.
(2) Colosenses 2, 8.
(3) Primera carta a los Corintios 2, 4.
(4) San Agustín, De Trinitate, libro XIV, cap. 1.
(5) Clemente de Alejandría, Stromata, libro I; Orígenes, carta a Gregorio Taumaturgo; Clemente de Alejandría, Stromata, libro VII.
(6) Romanos 1, 20.
(7) Romanos 2, 14-15.
(8) San Agustín, De doctrina christiana, libro II, cap. 40.
(9) Sabiduría 13, 1.
(10) Sabiduría 13, 5.
(11) Segunda carta de san Pedro 1, 16.
(12) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, cap. 3.
(13) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, cap. 4.
(14) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, cap. 4.
(15) Clemente de Alejandría, Stromata, libro I, cap. 20.
(16) San Jerónimo, carta a Magno.
(17) V Concilio de Letrán, bula Apostolici regiminis.
(18) San Agustín, carta 143 a Marcelino.
(19) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, cap. 4.
(20) Primera carta a los Corintios 1, 24.
(21) Colosenses 2, 3.
(22) San Ireneo, Adversus haereses, según la referencia del texto latino.
(23) San Jerónimo, carta a Magno.
(24) Tertuliano, según la referencia del texto latino.
(25) Sixto V, constitución sobre la teología escolástica, citada por León XIII.
(26) Urbano V, carta a la Academia de Toulouse, 3 de agosto de 1368.
(27) Inocencio VI, testimonio citado por León XIII acerca de Santo Tomás.
(28) Sixto V, constitución citada por León XIII.
(29) Primera carta de san Pedro 3, 15.
(30) Tito 1, 9.
(31) Primer libro de Samuel 2, 3.
(32) Santiago 1, 17.
(33) Santiago 1, 5.
Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XII, Roma, 1879, pp. 97-115.


