Fecha de publicación: 15 de octubre de 1890
Autor: Su santidad León XIII
Breve resumen: Sobre la masonería en Italia. León XIII denuncia la acción organizada de las sectas contra la Iglesia, el Pontificado, la educación, la familia y el carácter cristiano de la sociedad italiana. Advierte sobre el laicismo, el monopolio estatal de la enseñanza, la prensa impía y el socialismo, e invita a los católicos a resistir mediante la fe, la obediencia a la Iglesia, la prensa católica, la formación cristiana y la oración.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Dall’alto dell’Apostolico Seggio ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto italiano original publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XXIII, Roma, 1890-1891, páginas 193-206, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los obispos, al clero y al pueblo de Italia.
León XIII, papa. Venerables Hermanos y amados hijos: salud y bendición apostólica.
1. El peligro que amenaza la fe de Italia
Desde lo alto del trono apostólico, donde la divina Providencia Nos ha colocado para velar por la salvación de todos los pueblos, Nuestra mirada se dirige con frecuencia hacia Italia.
En su seno quiso Dios, por un acto de singular predilección, establecer la sede de su Vicario.
Sin embargo, de ella recibimos actualmente múltiples y profundísimas amarguras.
No Nos entristecen las ofensas personales, ni las privaciones y sacrificios impuestos por la situación presente.
Tampoco las injurias y burlas que una prensa insolente puede lanzar cada día libremente contra Nos.
Si se tratara solamente de Nuestra persona, y si no contempláramos la ruina hacia la cual avanza Italia, amenazada en su fe, soportaríamos las ofensas en silencio.
Repetiríamos gustosamente lo que uno de Nuestros más ilustres Predecesores decía de sí mismo:
«Si el cautiverio de mi tierra no aumentara de día en día, callaría alegremente ante mi desprecio y mi escarnio».1
Pero no se trata solamente de la independencia y dignidad de la Santa Sede.
Se trata de la religión misma y de la salvación de toda una nación.
Y se trata de una nación que, desde los primeros tiempos, abrió su seno a la fe católica y la conservó celosamente en todas las épocas.
Parece increíble, pero es verdad: hemos llegado al extremo de temer que esta Italia Nuestra pierda la fe.
En repetidas ocasiones hemos dado la alarma para que se advirtiera el peligro.
Pero no creemos haber cumplido suficientemente con Nuestro deber.
Ante los ataques continuos y cada vez más violentos, sentimos con mayor fuerza la voz del deber que Nos impulsa a hablar nuevamente a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y al pueblo italiano.
El enemigo no concede tregua.
Por ello no conviene que permanezcamos silenciosos o inactivos, ni Nos ni vosotros.
Por misericordia divina fuimos constituidos custodios y defensores de la religión de los pueblos confiados a Nuestros cuidados, pastores y centinelas vigilantes del rebaño de Cristo.
Por él debemos estar preparados, cuando sea necesario, para sacrificarlo todo, incluso la vida.
No diremos cosas nuevas, porque los hechos sucedidos no pueden cambiarse y ya hemos tenido que hablar de ellos en otras ocasiones.
Ahora queremos resumirlos y reunirlos como en un solo cuadro, para extraer de ellos las consecuencias que deben servir de enseñanza común.
2. El plan de las sectas masónicas
Se trata de hechos indiscutibles, ocurridos a plena luz del día.
No son acontecimientos aislados, sino hechos relacionados entre sí de tal manera que, considerados en conjunto, revelan con plena evidencia un sistema del cual constituyen la ejecución y el desarrollo.
El sistema no es nuevo.
Lo nuevo es la audacia, el ensañamiento y la rapidez con que se está llevando a la práctica.
Es el plan de las sectas, que se desarrolla actualmente en Italia, especialmente en todo cuanto afecta a la Iglesia y a la religión católica.
Su finalidad última y conocida es reducirla a la nada, si ello fuera posible.
Resulta ya superfluo volver a juzgar a las sectas llamadas masónicas.
El juicio está pronunciado.
Sus fines, medios, doctrinas y actividades son conocidos con certeza indiscutible.
Poseídas por el espíritu de Satanás, de quien son instrumentos, arden, como su inspirador, en un odio mortal e implacable contra Jesucristo y su obra.
Hacen todo cuanto pueden para destruirla o, por lo menos, obstaculizarla.
Esta guerra se combate actualmente en Italia más que en cualquier otro lugar.
Allí la religión católica ha echado raíces más profundas.
Y se combate sobre todo en Roma, centro de la unidad católica y sede del Pastor y Maestro universal de la Iglesia.
3. Ataques contra el Pontificado, el clero y los bienes de la Iglesia
Conviene recordar desde el comienzo las diferentes etapas de esta guerra.
Se comenzó derribando, bajo un pretexto político, el principado civil de los Papas.
Pero su caída debía servir, según las intenciones secretas de los verdaderos dirigentes, después abiertamente declaradas, para destruir o mantener sometida la suprema potestad espiritual de los Romanos Pontífices.
Para que no quedara duda alguna acerca del verdadero objetivo, siguió inmediatamente la supresión de las órdenes religiosas.
Con ella disminuyó considerablemente el número de obreros evangélicos dedicados al ministerio sagrado, a la asistencia religiosa y a la propagación de la fe entre los pueblos no cristianos.
Más tarde se extendió también a los clérigos la obligación del servicio militar.
De ello se siguieron necesariamente graves y numerosos obstáculos para el reclutamiento y la formación adecuada del clero secular.
Se pusieron las manos sobre el patrimonio eclesiástico.
Una parte fue confiscada completamente y otra fue sometida a cargas enormes.
Se pretendía empobrecer al clero y a la Iglesia y privarla de los medios que necesita en la tierra para vivir y promover instituciones y obras al servicio de su apostolado divino.
Los mismos miembros de las sectas lo declararon abiertamente:
«Para disminuir la influencia del clero y de las asociaciones clericales, debe utilizarse un solo medio eficaz: despojarlos de todos sus bienes y reducirlos a una pobreza completa».
4. Secularización del Estado, de la familia y de la enseñanza
Por otra parte, toda la acción del Estado se dirige a borrar de la nación la huella religiosa y cristiana.
Se excluye sistemáticamente de las leyes y de toda la vida oficial cualquier inspiración o idea religiosa, cuando no se la combate directamente.
Las manifestaciones públicas de fe y piedad católicas son prohibidas o dificultadas de mil maneras bajo pretextos inconsistentes.
Se ha quitado a la familia su fundamento y su constitución religiosa mediante la proclamación de lo que llaman matrimonio civil.
Se pretende además que la enseñanza sea completamente laica, desde los primeros elementos hasta los estudios superiores de las universidades.
Así, en cuanto depende del Estado, las nuevas generaciones son casi obligadas a crecer sin idea alguna de religión y privadas de las primeras y más esenciales nociones acerca de sus deberes hacia Dios.
Esto equivale a poner el hacha en la raíz.
No podría imaginarse un medio más universal y eficaz para sustraer de la influencia de la Iglesia y de la fe a la sociedad, a la familia y a los individuos.
«Destruir por todos los medios al clericalismo, es decir, al catolicismo, en sus fundamentos y en sus mismas fuentes de vida, que son la escuela y la familia».
Esta es una declaración auténtica de escritores masónicos.
Se dirá que esto no sucede únicamente en Italia, sino que es un sistema de gobierno al cual se adaptan generalmente los Estados.
Respondemos que esta observación no destruye, sino que confirma, cuanto afirmamos acerca de las intenciones y de la acción de la masonería en Italia.
Ese sistema se adopta y se lleva a la práctica dondequiera que la masonería ejerce su acción impía y funesta.
Como esa influencia se encuentra ampliamente difundida, también el sistema anticristiano se aplica en muchos lugares.
Pero su aplicación se hace más rápida y general, y llega a extremos mayores, en aquellos países cuyos gobiernos se encuentran más sometidos a la acción de la secta y favorecen mejor sus intereses.
Desgraciadamente, la nueva Italia se encuentra actualmente entre esos países.
No es desde hoy cuando padece la influencia impía y maléfica de las sectas.
Pero desde hace algún tiempo estas han llegado a ser completamente dominantes y poderosas, y tiranizan a la nación según su voluntad.
5. El poder público como instrumento de las sectas
En Italia, la dirección de los asuntos públicos en materia religiosa se encuentra enteramente de acuerdo con las aspiraciones de las sectas.
Para realizarlas, encuentran en los depositarios del poder público partidarios declarados e instrumentos dóciles.
Las leyes contrarias a la Iglesia y las medidas destinadas a ofenderla son primero propuestas, decretadas y resueltas en las reuniones de las sectas.
Basta que algo presente siquiera una apariencia remota de poder causar daño o deshonor a la Iglesia para que sea favorecido y promovido inmediatamente.
Entre los hechos más recientes recordamos la aprobación del nuevo código penal.
A pesar de todas las razones en contrario, se insistió especialmente en introducir artículos contra el clero.
Estos constituyen para él una legislación de excepción y llegan a considerar criminales determinados actos que son deberes sagrados de su ministerio.
La ley sobre las obras de beneficencia sustrajo completamente a la acción e intervención de la Iglesia todo el patrimonio de la caridad acumulado por la piedad y religión de los antepasados bajo su amparo y protección.
Esa ley había sido promovida desde varios años antes en las reuniones de la secta.
Debía infligir una nueva ofensa a la Iglesia, disminuir su influencia social y suprimir de una sola vez gran cantidad de legados destinados al culto.
A esto se añadió una empresa eminentemente sectaria: la erección de un monumento al tristemente célebre apóstata de Nola.2
La obra fue promovida, deseada y realizada con la ayuda y el favor de gobernantes pertenecientes a la masonería.
Por boca de los intérpretes más autorizados del pensamiento de la secta, la masonería no se avergonzó de confesar su objetivo y declarar su significado.
El objetivo consistía en ofender al Papado.
El significado era sustituir la fe católica por la libertad más absoluta de examen, crítica, pensamiento y conciencia.
Y se sabe bien lo que significa semejante lenguaje en boca de los miembros de las sectas.
Finalmente, pusieron el sello las declaraciones más explícitas realizadas públicamente por quien se encontraba al frente del gobierno.
Esas declaraciones afirmaban:
«La lucha verdadera y real, que el gobierno tiene el mérito de haber comprendido, es la lucha entre la fe y la Iglesia, por una parte, y el libre examen y la razón, por otra.
Que la Iglesia intente reaccionar, encadenar nuevamente la razón y la libertad de pensamiento, y vencer.
El gobierno, en esta lucha, se declara abiertamente a favor de la razón contra la fe.
Se atribuye como misión propia conseguir que el Estado italiano sea la expresión manifiesta de esa razón y libertad».
Triste misión, que recientemente escuchamos reafirmar con audacia en otra ocasión semejante.
A la luz de estos hechos y declaraciones resulta más evidente que nunca cuál es la idea directriz que preside la orientación de los asuntos públicos italianos en materia religiosa: realizar el programa masónico.
Puede verse cuánto de ese programa se ha ejecutado ya.
Se sabe cuánto queda todavía por realizar.
Y puede preverse con certeza que, mientras los destinos de Italia permanezcan en manos de gobernantes pertenecientes o sometidos a las sectas, el programa será llevado, con mayor o menor rapidez según las circunstancias, hasta su desarrollo completo.
6. Programa de secularización total
La acción de las sectas se dirige ahora a conseguir los siguientes objetivos, de acuerdo con los deseos y resoluciones adoptados en sus asambleas más autorizadas.
Todos ellos están inspirados por un odio mortal contra la Iglesia.
Primero, abolir en las escuelas toda enseñanza religiosa.
Fundar instituciones en las cuales incluso la juventud femenina sea sustraída de cualquier influencia clerical.
Según este programa, el Estado, que debe ser absolutamente ateo, tendría el derecho y el deber inalienables de formar el corazón y el espíritu de los ciudadanos.
Ninguna escuela podría quedar fuera de su inspiración y vigilancia.
Segundo, aplicar rigurosamente todas las leyes vigentes destinadas a asegurar la independencia absoluta de la sociedad civil frente a las influencias clericales.
Observar con rigor las leyes que suprimen las corporaciones religiosas y emplear todos los medios para hacerlas eficaces.
Disponer de todo el patrimonio eclesiástico, partiendo del principio de que su propiedad pertenece al Estado y su administración a los poderes civiles.
Tercero, excluir todo elemento católico o clerical de las administraciones públicas, de las obras de beneficencia, de los hospitales, de las escuelas y de los consejos en los que se preparan los destinos de la patria.
Excluirlo también de las academias, círculos, asociaciones, comités y familias.
Excluirlo de todo, en todas partes y para siempre.
En cambio, la influencia masónica debería hacerse sentir en todas las circunstancias de la vida social, hasta convertirse en dueña y árbitra de todo.
Con ello se prepararía el camino para la abolición del Papado.
Italia quedaría, según ellos, libre de su enemigo implacable y mortal.
Roma, que fue en el pasado el centro de la teocracia universal, se convertiría en el futuro en el centro de la secularización universal.
Desde ella debería proclamarse ante el mundo entero la gran carta de la libertad humana.
Estas son declaraciones, aspiraciones y resoluciones auténticas de masones o de sus asambleas.
7. Deberes de los pastores y de los fieles
Sin exageración alguna, esta es la situación presente y el porvenir que se prepara para la religión en Italia.
Ocultar su gravedad sería un error funesto.
Reconocerla tal como es, afrontarla con prudencia y fortaleza evangélicas y deducir los deberes que impone a todos los católicos, y especialmente a quienes debemos vigilarlos y conducirlos a la salvación como pastores, significa entrar en los designios de la Providencia y realizar una obra de sabiduría y celo pastoral.
Por lo que a Nos se refiere, el oficio apostólico Nos impone protestar nuevamente y en voz alta contra todo cuanto se ha hecho, se hace o se intenta hacer en Italia en perjuicio de la religión.
Como defensores y protectores de los derechos sagrados de la Iglesia y del Pontificado, rechazamos abiertamente y denunciamos ante todo el mundo católico las continuas ofensas que reciben, especialmente en Roma.
Esas ofensas hacen más difícil para Nos el gobierno de la catolicidad y agravan la condición indigna en que Nos encontramos.
Tenemos la firme determinación de no omitir nada de cuanto pueda contribuir a conservar viva y vigorosa la fe en medio del pueblo italiano y a protegerla contra los ataques enemigos.
Por ello apelamos también, Venerables Hermanos, a vuestro celo y amor por las almas.
Comprended la gravedad del peligro que corren, buscad los remedios y poned todo en práctica para apartarlo.
No debe descuidarse ningún medio que se encuentre en nuestras manos.
Todos los recursos de la palabra, todas las iniciativas de la acción y todo el inmenso tesoro de auxilios y gracias que la Iglesia pone en nuestras manos deben emplearse.
Deben servir para formar un clero instruido y lleno del espíritu de Jesucristo; educar cristianamente a la juventud; extirpar las doctrinas perversas; defender las verdades católicas; y conservar el carácter y el espíritu cristianos en las familias.
Respecto del pueblo católico, es necesario ante todo instruirlo sobre la verdadera situación religiosa de Italia.
Debe conocer la naturaleza esencialmente religiosa que posee en Italia la lucha contra el Pontífice y el verdadero objetivo que se persigue constantemente.
Así verá con la evidencia de los hechos de cuántas maneras es atacada su religión y comprenderá el peligro que corre de ser despojado del tesoro inestimable de la fe.
Una vez formada esta convicción, y sabiendo por otra parte que sin fe es imposible agradar a Dios y salvarse, comprenderá que se trata de asegurar el interés más grande, por no decir el único, que cada persona tiene el deber de proteger en la tierra antes que cualquier otro y a costa de cualquier sacrificio, bajo pena de su eterna desdicha.
Comprenderá también que, en un tiempo de lucha violenta y manifiesta, sería una cobardía abandonar el campo y esconderse.
8. Profesión pública de la fe y obediencia a la Iglesia
El deber de los católicos consiste en permanecer en su puesto y mostrarse abiertamente como verdaderos católicos mediante sus creencias y mediante obras conformes con su fe.
Deben hacerlo por honor de la fe y para gloria del supremo Jefe cuyas insignias siguen.
Deben hacerlo también para no padecer la desgracia suprema de ser rechazados en el último día y no ser reconocidos como suyos por el Juez soberano, quien declaró que quien no está con Él está contra Él.
Sin ostentación y sin timidez, den prueba del verdadero valor que nace de la conciencia de cumplir un deber sagrado ante Dios y ante los hombres.
A esta profesión franca de la fe, los católicos deben unir una docilidad perfecta y un amor filial hacia la Iglesia.
Deben mostrar sincero respeto a los obispos y absoluta devoción y obediencia al Romano Pontífice.
En resumen, reconocerán la necesidad de apartarse de todo cuanto sea obra de las sectas o reciba de ellas favor e impulso, porque estará ciertamente contaminado por el espíritu anticristiano que las anima.
En cambio, deben dedicarse con actividad, valor y constancia a las obras católicas y a las asociaciones e instituciones bendecidas por la Iglesia, alentadas y sostenidas por los obispos y por el Romano Pontífice.
9. La misión de la prensa católica
Como el principal instrumento utilizado por los enemigos es la prensa, inspirada y sostenida en gran parte por ellos, conviene que los católicos opongan la buena prensa a la prensa mala.
Debe servir para defender la verdad, proteger la religión y sostener los derechos de la Iglesia.
La prensa católica tiene la misión de poner al descubierto las intenciones perversas de las sectas, ayudar y secundar la acción de los pastores sagrados y defender y promover las obras católicas.
Por ello los fieles tienen el deber de sostenerla eficazmente.
Deben negar o retirar todo favor a la prensa perversa.
Deben además colaborar directamente, cada uno en la medida de sus posibilidades, para que la prensa católica viva y prospere.
Creemos que hasta ahora no se ha realizado bastante en Italia en esta materia.
Finalmente, los documentos que hemos dirigido a todos los católicos, especialmente la encíclica Humanum genus3 y la encíclica Sapientiae christianae,4 deben aplicarse e inculcarse particularmente a los católicos italianos.
Si para permanecer fieles a estos deberes deben sufrir o sacrificar algo, cobren ánimo pensando que el Reino de los cielos padece violencia y que solo lo conquistan quienes se hacen violencia a sí mismos.
Recuerden también que quien se ama a sí mismo y ama sus cosas más que a Jesucristo no es digno de Él.
El ejemplo de tantos campeones invencibles, que en todas las épocas sacrificaron generosamente todo por la fe, y los auxilios singulares de la gracia, que hacen suave el yugo de Jesucristo y ligera su carga, deben fortalecer poderosamente su valor y sostenerlos en el glorioso combate.
10. Consecuencias sociales y políticas de la guerra contra la Iglesia
Hasta aquí hemos considerado la situación presente de Italia únicamente desde el aspecto religioso.
Para Nos es el aspecto principal y más propio, por razón del oficio apostólico que ejercemos.
Pero conviene considerar también el aspecto social y político.
Así comprenderán los italianos que no solo el amor a la religión, sino también el amor más sincero y noble a la patria, debe moverlos a oponerse a los impíos intentos de las sectas.
Para convencerse, basta observar qué futuro prepara para Italia, en el orden social y político, una organización cuyo objetivo declarado consiste en combatir sin tregua al catolicismo y al Papado.
La experiencia del pasado resulta ya muy elocuente.
Los hechos muestran mejor que Nuestras palabras lo que Italia ha llegado a ser, durante este primer período de su nueva vida, en cuanto a moralidad pública y privada, seguridad, orden, tranquilidad interior, prosperidad y riqueza nacional.
Incluso quienes tendrían interés en ocultarlo no pueden guardar silencio, obligados por la verdad.
Nos limitaremos a decir que, dadas las circunstancias presentes, las cosas no podrían desarrollarse de otro modo.
Por mucho que la secta masónica ostente un espíritu de beneficencia y filantropía, no puede ejercer más que una influencia funesta.
Es funesta precisamente porque combate e intenta destruir la religión de Cristo, verdadera benefactora de la humanidad.
Todos conocen cuánto y de cuántas maneras influye saludablemente la religión en la sociedad.
Es indiscutible que la sana moral, pública y privada, constituye el honor y la fuerza de los Estados.
Es igualmente indiscutible que, sin religión, no existe verdadera moral pública ni privada.
De una familia sólidamente constituida sobre sus fundamentos naturales recibe la sociedad vida, crecimiento y fuerza.
Pero sin religión y sin moralidad, la convivencia doméstica no posee estabilidad.
Los vínculos familiares se debilitan y disuelven.
La prosperidad de los pueblos y de las naciones procede de Dios y de sus bendiciones.
Si un pueblo no solo se niega a reconocerla como recibida de Dios, sino que se levanta contra Él y, en la soberbia de su espíritu, le dice silenciosamente que no lo necesita, aquella prosperidad no es más que una apariencia destinada a desaparecer cuando el Señor decida confundir la orgullosa audacia de sus enemigos.
La religión penetra en lo más profundo de la conciencia de cada persona, le hace sentir la fuerza del deber y la impulsa a cumplirlo.
La religión inspira a los príncipes sentimientos de justicia y amor hacia sus súbditos.
Hace a los súbditos fieles y sinceramente devotos de sus gobernantes.
Hace rectos y buenos a los legisladores, justos e incorruptibles a los magistrados, valerosos hasta el heroísmo a los soldados, y conscientes y diligentes a los administradores.
La religión hace reinar la concordia y el afecto entre los esposos, y el amor y la reverencia entre padres e hijos.
Inspira a los pobres el respeto por los bienes ajenos y a los ricos el uso recto de sus riquezas.
De esta fidelidad a los deberes y de este respeto por los derechos ajenos nacen el orden, la tranquilidad y la paz, que constituyen una parte tan importante de la prosperidad de un pueblo y de un Estado.
Eliminada la religión, todos estos bienes inmensamente preciosos desaparecerían de la sociedad junto con ella.
11. Los beneficios históricos de la religión para Italia
Para Italia la pérdida sería todavía más dolorosa.
Sus mayores glorias y grandezas, por las cuales ocupó durante largo tiempo el primer lugar entre las naciones más cultas, son inseparables de la religión.
La religión las produjo, las inspiró o, por lo menos, las favoreció, ayudó e hizo crecer.
En favor de sus libertades públicas hablan sus municipios.
En favor de sus glorias militares hablan numerosas empresas memorables contra los enemigos declarados del nombre cristiano.
En favor de sus ciencias hablan las universidades, fundadas, favorecidas y privilegiadas por la Iglesia, que fueron su refugio y escenario.
En favor de las artes hablan los innumerables monumentos de todo género que cubren abundantemente Italia.
En favor de las obras destinadas a los pobres, desheredados y trabajadores hablan tantas fundaciones de la caridad cristiana, tantos refugios abiertos a toda clase de indigencia y desgracia, y las asociaciones y corporaciones nacidas bajo la protección de la religión.
La virtud y la fuerza de la religión son inmortales, porque proceden de Dios.
Posee tesoros de auxilios y remedios sumamente eficaces para las necesidades de todos los tiempos y sabe adaptarlos admirablemente a cualquier época.
Lo que supo y pudo realizar en otros tiempos puede hacerlo también ahora con una fuerza siempre nueva y vigorosa.
Quitar a Italia la religión significa secar de un solo golpe la fuente más fecunda de tesoros y auxilios inestimables.
12. La religión frente al peligro socialista
Además, uno de los peligros mayores y más formidables que amenazan a la sociedad presente son las agitaciones de los socialistas, que amenazan con destruirla desde sus fundamentos.
Italia no se encuentra libre de este peligro.
Aunque otras naciones se encuentran más infestadas por este espíritu de subversión y desorden, también en sus regiones se extiende ampliamente y aumenta cada día.
Tan perversa es su naturaleza, tan poderosa su organización y tan audaces sus propósitos, que resulta necesario reunir todas las fuerzas conservadoras para detener su avance e impedir eficazmente su triunfo.
La primera y principal entre todas estas fuerzas es la que pueden proporcionar la religión y la Iglesia.
Sin ella resultarán vanas o insuficientes las leyes más severas, el rigor de los tribunales y la propia fuerza armada.
En otro tiempo, la fuerza material no fue suficiente contra las hordas bárbaras.
Pero la virtud de la religión cristiana penetró en sus almas, apagó su ferocidad, suavizó sus costumbres y las hizo dóciles a la voz de la verdad y de la ley evangélica.
Del mismo modo, frente al furor de las multitudes desenfrenadas no existirá defensa eficaz sin la virtud saludable de la religión.
Ella hace resplandecer en las inteligencias la luz de la verdad y derrama en los corazones los santos preceptos de la moral de Jesucristo.
Les hace escuchar la voz de la conciencia y del deber.
Antes de contener la mano, contiene el ánimo y apaga el ímpetu de la pasión.
Combatir la religión significa, por tanto, privar a Italia del auxiliar más poderoso para luchar contra un enemigo que cada día se hace más formidable y amenazador.
13. Daños políticos de la hostilidad contra la Santa Sede
Pero esto no es todo.
Así como en el orden social la guerra contra la religión resulta sumamente funesta y mortal para Italia, en el orden político la enemistad contra la Santa Sede y el Romano Pontífice es fuente de gravísimos daños.
Tampoco aquí se necesita una nueva demostración.
Para completar Nuestro pensamiento basta resumir brevemente las conclusiones.
Dentro de Italia, la guerra contra el Papa significa una división profunda entre la Italia oficial y la gran parte de los italianos verdaderamente católicos.
Toda división es una debilidad.
Significa privar a la nación del favor y la colaboración de su parte más sinceramente conservadora.
Significa alimentar dentro de la nación un conflicto religioso que jamás produjo bien público alguno, sino que lleva siempre en sí mismo las semillas funestas de males y castigos gravísimos.
En el exterior, el conflicto con la Santa Sede priva a Italia del prestigio y esplendor que recibiría infaliblemente de vivir en paz con el Pontificado.
Convierte en adversarios suyos a los católicos de todo el mundo.
Le impone sacrificios inmensos y puede proporcionar en cualquier ocasión a sus enemigos un arma para utilizar contra ella.
Este es el bienestar y la grandeza que preparan para Italia quienes, teniendo en sus manos sus destinos, hacen cuanto pueden para destruir, según la impía aspiración de las sectas, la religión católica y el Papado.
14. Bienes que produciría la reconciliación con la Iglesia
Supongamos, por el contrario, que se rompe toda solidaridad y complicidad con las sectas.
Supongamos que se concede a la religión y a la Iglesia, como a la mayor fuerza social, verdadera libertad y el ejercicio pleno de sus derechos.
¡Qué cambio tan feliz se produciría en los destinos de Italia!
Los daños y peligros que hemos lamentado como frutos de la guerra contra la religión y la Iglesia desaparecerían al cesar la lucha.
Además, volverían a florecer en el suelo elegido de la Italia católica las grandezas y glorias que la religión y la Iglesia alimentaron siempre fecundamente.
De su virtud divina brotaría espontáneamente la reforma de las costumbres públicas y privadas.
Se fortalecerían los vínculos de la familia.
Bajo la influencia religiosa se despertaría con mayor fuerza en todas las clases de ciudadanos el sentido del deber y la fidelidad para cumplirlo.
Las cuestiones sociales, que tanto preocupan actualmente a los espíritus, avanzarían hacia una solución mejor y más completa mediante la aplicación práctica de los preceptos de la caridad y justicia evangélicas.
Las libertades públicas, impedidas de degenerar en licencia, servirían únicamente al bien y serían verdaderamente dignas del hombre.
Las ciencias, gracias a la verdad de la cual la Iglesia es maestra, y las artes, gracias a la poderosa inspiración que la religión recibe de lo alto y sabe infundir en las almas, se elevarían pronto a una nueva excelencia.
Restablecida la paz con la Iglesia, se fortalecerían aún más la unidad religiosa y la concordia civil.
Cesaría la división entre Italia y los católicos fieles a la Iglesia.
Italia adquiriría así un poderoso elemento de orden y conservación.
Atendidas las justas peticiones del Romano Pontífice, reconocidos sus derechos soberanos y colocado nuevamente en una condición de verdadera y efectiva independencia, los católicos de otras partes del mundo dejarían de tener motivos para considerar a Italia enemiga de su Padre común.
No es por impulso ajeno ni sin comprender lo que desean, sino por sentimiento de fe y deber de conciencia, como levantan actualmente su voz unánime para reclamar la dignidad y libertad del Pastor supremo de sus almas.
Italia recibiría incluso mayor respeto y consideración entre los demás pueblos por vivir en armonía con la Sede Apostólica.
La Sede Apostólica hizo experimentar de manera especial a los italianos los beneficios de su presencia en medio de ellos.
Y mediante los tesoros de la fe, difundidos siempre desde este centro de bendición y salvación, consiguió que el nombre italiano se difundiera grande y respetado entre todas las naciones.
Italia, reconciliada con el Pontífice y fiel a su religión, podría imitar dignamente las glorias de sus antepasados.
Y todo cuanto constituye un verdadero progreso de nuestra época le proporcionaría un nuevo impulso para avanzar en su camino glorioso.
Roma, ciudad católica por excelencia, fue destinada por Dios para ser centro de la religión de Cristo y sede de su Vicario.
Esta vocación fue causa de su estabilidad y grandeza a través de tantos siglos y acontecimientos diversos.
Colocada nuevamente bajo el cetro pacífico y paternal del Romano Pontífice, volvería a ser aquello que hicieron de ella la Providencia y los siglos.
No quedaría reducida a la condición de capital de un reino particular ni dividida entre dos poderes distintos y soberanos, dualismo contrario a su historia.
Sería una capital digna del mundo católico, engrandecida por toda la majestad de la religión y del sumo sacerdocio, maestra y ejemplo de moralidad y civilización para los pueblos.
15. Los católicos son los verdaderos amigos de Italia
Estas no son, Venerables Hermanos, ilusiones vanas, sino esperanzas apoyadas en el fundamento más sólido y verdadero.
Desde hace tiempo se difunde la afirmación de que los católicos y el Pontífice son enemigos de Italia y casi aliados de los partidos revolucionarios.
No es más que una injuria gratuita y una calumnia desvergonzada, difundida intencionalmente por las sectas para ocultar sus planes perversos y no encontrar obstáculos en la obra execrable de descatolizar Italia.
La verdad que se desprende claramente de cuanto hemos dicho es que los católicos son los mejores amigos de su país.
Dan prueba de un amor fuerte y verdadero no solo hacia la religión de sus antepasados, sino también hacia su patria.
Lo hacen separándose completamente de las sectas, combatiendo su espíritu y sus obras, y realizando todos los esfuerzos necesarios para que Italia no pierda la fe, sino que la conserve vigorosa.
Trabajan para que no combata a la Iglesia, sino que le sea fiel como hija.
Y para que no se enfrente al Pontificado, sino que se reconcilie con él.
Trabajad con todas vuestras fuerzas, Venerables Hermanos, para que la luz de la verdad se abra camino entre las multitudes.
Que comprendan finalmente dónde se encuentran su bien y su verdadero interés.
Que se persuadan de que solo mediante la fidelidad a la religión y la paz con la Iglesia y con el Romano Pontífice puede esperarse para Italia un futuro digno de su pasado glorioso.
Deseamos que reflexionen sobre esto, no ya los afiliados a las sectas, que deliberadamente procuran edificar sobre las ruinas de la religión católica el nuevo orden de la península.
Nos dirigimos a los demás, que sin compartir intenciones tan perversas ayudan a la obra de aquellos sosteniendo su política.
Nos dirigimos particularmente a los jóvenes, tan fáciles de extraviar por falta de experiencia y por el predominio de los sentimientos.
Deseamos que todos comprendan que el camino emprendido no puede ser sino fatal para Italia.
Y si denunciamos una vez más el peligro, no Nos mueve otra cosa que la conciencia del deber y la caridad hacia la patria.
16. Oración por Italia y Bendición Apostólica
Para iluminar las inteligencias y hacer eficaces nuestros esfuerzos es necesario invocar, sobre todo, los auxilios del cielo.
A nuestra acción común, Venerables Hermanos, debe unirse la oración.
Que sea una oración general, constante y fervorosa.
Que ejerza una dulce violencia sobre el corazón de Dios y lo haga propicio hacia esta Italia Nuestra.
Que aleje de ella toda desgracia y, especialmente, la más terrible de todas: la pérdida de la fe.
Pongamos como mediadora ante Dios a la gloriosísima Virgen María, invencible Reina del Rosario.
Ella posee tanto poder sobre las fuerzas del infierno y tantas veces hizo sentir a Italia los efectos de su amor maternal.
Acudamos también con confianza a los santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Ellos conquistaron para la fe esta tierra bendita, la santificaron con sus trabajos y la regaron con su sangre.
Como prenda de los auxilios que pedimos y testimonio de Nuestro especialísimo afecto, recibid la Bendición Apostólica que, desde lo más profundo del corazón, impartimos a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y al pueblo italiano.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de octubre de 1890, decimotercer año de Nuestro Pontificado.
León Papa XIII
NOTAS
(1) San Gregorio Magno, carta al emperador Mauricio, Registro de cartas, libro V.
(2) Alusión a Giordano Bruno, nacido en Nola. El monumento mencionado fue erigido en Roma como manifestación pública de carácter anticatólico y contrario al Papado.
(3) León XIII, encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884, sobre la masonería y las sociedades secretas.
(4) León XIII, encíclica Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890, sobre los principales deberes de los ciudadanos cristianos.
Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XXIII, Roma, Tipografía Políglota de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1890-1891, pp. 193-206. La edición histórica presenta primero el texto italiano original y, a continuación, su versión latina.


