Fecha de publicación: 29 de junio de 1881
Autor: Su santidad León XIII
Breve resumen: Sobre el origen y la naturaleza de la autoridad política. León XIII enseña que la sociedad civil y el poder necesario para gobernarla proceden de Dios, aunque los pueblos pueden elegir a quienes ejercen la autoridad y adoptar diversas formas legítimas de gobierno. Expone los deberes de gobernantes y ciudadanos, los límites de la obediencia cuando una orden contradice la ley divina o natural, y la contribución histórica de la Iglesia a la estabilidad, la justicia y la paz social. Condena las teorías revolucionarias que hacen depender toda autoridad del arbitrio de la multitud y advierte contra el comunismo, el socialismo, el nihilismo y las sociedades secretas.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Diuturnum illud ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XIV, Roma, 1881, páginas 3-14, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos de todo el mundo católico, que tienen gracia y comunión con la Sede Apostólica.
León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. La crisis de la autoridad política
La prolongada y terrible guerra emprendida contra la autoridad divina de la Iglesia ha producido la consecuencia hacia la cual se dirigía naturalmente: poner en peligro a toda la sociedad humana y, de modo particular, al poder civil, del cual depende en gran medida la seguridad pública.
Esto se manifiesta especialmente en nuestro tiempo.
Las pasiones populares rechazan hoy con mayor audacia que antes cualquier fuerza de gobierno.
La licencia se encuentra tan extendida, y son tan frecuentes las sediciones y los desórdenes, que muchas veces no solo se niega la obediencia a quienes administran los asuntos públicos, sino que ni siquiera parece quedarles una protección suficientemente segura para su propia vida.
Durante mucho tiempo se ha trabajado para hacer que los gobernantes fueran despreciados y odiados por las multitudes.
Cuando las llamas de la envidia, encendidas desde hacía tiempo, comenzaron a manifestarse, en un intervalo relativamente breve se atentó repetidas veces contra la vida de poderosos príncipes, mediante conspiraciones ocultas o ataques abiertos.
Hace poco toda Europa se estremeció ante el infame asesinato de un emperador poderosísimo.
Aunque los ánimos permanecen todavía consternados por la enormidad del crimen, hombres perversos no temen lanzar públicamente amenazas y terrores contra los demás príncipes de Europa.
2. La religión cristiana, fundamento del orden social
Estos peligros públicos, visibles para todos, Nos causan una profunda preocupación.
Vemos amenazadas casi a cada momento la seguridad de los gobernantes, la tranquilidad de los Estados y la salvación de los pueblos.
Sin embargo, la fuerza divina de la religión cristiana proporcionó a la sociedad civil fundamentos excelentes de estabilidad y orden desde el momento en que penetró en las costumbres y en las instituciones de las naciones.
Uno de sus frutos más importantes es el equilibrio justo y prudente de derechos y deberes entre gobernantes y gobernados.
Los preceptos y ejemplos de Cristo Nuestro Señor poseen una fuerza admirable para mantener en el cumplimiento de su deber tanto a quienes obedecen como a quienes mandan.
Conservan entre unos y otros aquella unión y armonía de voluntades que responde plenamente a la naturaleza, y de la cual nace el curso tranquilo de los asuntos públicos, libre de perturbaciones.
La gracia de Dios Nos ha colocado al frente de la Iglesia católica, custodia e intérprete de la doctrina de Cristo.
Por ello consideramos deber de Nuestra autoridad recordar públicamente, Venerables Hermanos, lo que la verdad católica exige de cada persona en esta materia.
De este modo aparecerán también el camino y los medios necesarios para proteger el bien público en una situación tan peligrosa.
3. La sociedad necesita una autoridad
Aunque el hombre, movido por la arrogancia y la rebeldía, intenta con frecuencia sacudir el freno de la autoridad, nunca ha conseguido vivir sin obedecer a nadie.
La misma necesidad exige que en toda agrupación y comunidad humana existan personas que gobiernen.
Sin un principio o una cabeza que la dirija, la sociedad se disolvería y quedaría impedida de alcanzar el fin para el cual nació y fue constituida.
Como no fue posible eliminar completamente el poder político de las sociedades, se emplearon, sin embargo, toda clase de medios para debilitar su fuerza y disminuir su dignidad.
Esto ocurrió principalmente en el siglo XVI, cuando una perniciosa novedad de opiniones extravió a muchas personas.
Desde entonces, las multitudes no se limitaron a reclamar una libertad mayor de la que correspondía, sino que pretendieron también inventar a su arbitrio el origen y la constitución de la sociedad civil.
Muchos autores modernos, siguiendo las huellas de quienes en el siglo anterior se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder procede del pueblo.
Sostienen, por consiguiente, que quienes ejercen la autoridad en el Estado no la poseen como propia, sino como un mandato recibido del pueblo.
Añaden que esa autoridad puede ser revocada por la misma voluntad popular que la concedió.
Los católicos, por el contrario, reconocen que el derecho de gobernar procede de Dios, como de un principio natural y necesario.
4. La elección de los gobernantes y las formas de gobierno
Debe advertirse que, en determinadas circunstancias, quienes han de gobernar una nación pueden ser elegidos por la voluntad y el juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga a ello.
Mediante esa elección se designa al gobernante, pero no se crean ni se confieren los derechos propios de la autoridad.
No se entrega el poder como una simple delegación revocable, sino que se determina quién debe ejercerlo.
Tampoco tratamos aquí acerca de las diversas formas de gobierno.
Nada impide que la Iglesia apruebe el gobierno de una sola persona o el de varias, con tal de que sea justo y se dirija al bien común.
Por tanto, respetada siempre la justicia, no se prohíbe a los pueblos adoptar la forma de gobierno que corresponda mejor a su carácter, a las instituciones recibidas o a las costumbres de sus antepasados.
5. La autoridad procede de Dios
Respecto del poder político, la Iglesia enseña rectamente que procede de Dios.
Así lo encuentra claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana.
No puede imaginarse, además, una doctrina más conforme con la razón ni más favorable para el bien de los gobernantes y de los pueblos.
Los libros del Antiguo Testamento afirman en muchos lugares que la fuente verdadera de la autoridad humana se encuentra en Dios:
«Por mí reinan los reyes; por mí mandan los príncipes y los poderosos administran justicia».1
En otro lugar se dice:
«Escuchad, vosotros que gobernáis las naciones, porque el poder os ha sido dado por Dios y la soberanía por el Altísimo».2
El libro del Eclesiástico expresa la misma verdad:
«Dios estableció un gobernante sobre cada nación».3
Los hombres fueron olvidando gradualmente estas enseñanzas recibidas de Dios debido a la superstición pagana.
Esta, así como corrompió numerosas nociones verdaderas, deformó también la naturaleza y la belleza auténticas de la autoridad.
Cuando resplandeció el Evangelio cristiano, la vanidad cedió ante la verdad, y volvió a manifestarse con claridad el principio noble y divino del cual procede toda autoridad.
6. Testimonio de Cristo, los Apóstoles y los Padres
Cuando el gobernador romano se jactó ante Cristo Nuestro Señor de poseer el poder de absolverlo o condenarlo, Jesús respondió:
«No tendrías ningún poder contra mí si no te hubiera sido dado de lo alto».4
San Agustín, comentando este pasaje, dice:
«Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por medio del Apóstol: no existe autoridad sino por Dios».5
La voz incorrupta de los Apóstoles repitió fielmente la doctrina y los preceptos de Jesucristo.
San Pablo escribió a los romanos, sometidos entonces al poder de príncipes paganos:
«No existe autoridad sino por Dios».
De esta afirmación concluye que «el gobernante es ministro de Dios».6
Los Padres de la Iglesia procuraron profesar y difundir cuidadosamente esta misma doctrina.
San Agustín declara:
«No atribuyamos sino al Dios verdadero la potestad de conceder el reino y el poder».7
San Juan Crisóstomo enseña:
«Que existan principados, que unos manden y otros estén sujetos, y que las cosas no se desarrollen por el azar y sin orden, afirmo que es obra de la sabiduría divina».8
San Gregorio Magno testimonia igualmente que la potestad fue concedida desde el cielo a los emperadores y a los reyes.9
7. La razón natural confirma esta doctrina
Los santos doctores procuraron también explicar estos principios mediante la luz natural de la razón, para que fueran reconocidos como rectos y verdaderos incluso por quienes aceptan únicamente la razón como guía.
La naturaleza, o mejor dicho, Dios, Autor de la naturaleza, manda a los hombres vivir en sociedad civil.
Lo demuestran claramente la facultad del lenguaje, vínculo principal de la convivencia; las numerosas inclinaciones sociales innatas, y muchas necesidades importantes que los hombres aislados no pueden satisfacer, pero que alcanzan cuando viven unidos y asociados con otros.
No puede existir ni siquiera concebirse una sociedad en la cual no haya alguien que modere las voluntades individuales, haga de muchos una unidad y las dirija ordenadamente hacia el bien común.
Dios quiso, por tanto, que en la sociedad civil hubiera personas que gobernaran a la multitud.
Quienes administran el Estado deben poseer también la facultad de obligar a los ciudadanos a obedecer, de tal manera que desobedecerlos injustamente constituya una falta moral.
Pero ningún hombre posee por sí mismo la potestad de sujetar mediante semejante obligación la voluntad libre de los demás.
Esta potestad pertenece únicamente a Dios, Creador y Legislador de todas las cosas.
Quienes la ejercen deben hacerlo como una autoridad que Dios les comunica.
«Uno solo es el Legislador y Juez, que puede salvar y condenar».10
Lo mismo se observa en las demás formas de autoridad.
Es universalmente reconocido que la potestad de los sacerdotes procede de Dios, hasta el punto de que en todos los pueblos son considerados y llamados ministros de Dios.
De manera semejante, la potestad de los padres de familia conserva una imagen expresa de la autoridad de Dios, «de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra».11
Así, las diferentes especies de autoridad presentan entre sí una admirable semejanza, porque toda potestad y todo poder legítimo proceden de un único Creador y Señor del universo, que es Dios.
8. El error del contrato social como origen de todo poder
Quienes hacen nacer la sociedad civil del libre consentimiento de los hombres buscan también en ese consentimiento el origen de la autoridad.
Afirman que cada persona cedió una parte de su propio derecho y se sometió voluntariamente a aquel en quien quedó reunida la suma de los derechos individuales.
Pero cometen un grave error al no reconocer una verdad evidente.
El género humano no está formado por individuos destinados a vivir aislados y errantes.
Los hombres nacen para integrarse en una comunidad natural, independientemente de su decisión personal.
Además, el pacto que proclaman es manifiestamente imaginario y ficticio.
No puede comunicar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la estabilidad que exigen la defensa del Estado y el bien común de los ciudadanos.
El poder civil solo poseerá toda esa dignidad y firmeza cuando se reconozca que procede de Dios, fuente augusta y santísima.
9. La dignidad del gobernante y la obediencia de los ciudadanos
No puede encontrarse una doctrina más verdadera ni más útil.
Si la autoridad de los gobernantes es una participación de la potestad divina, adquiere inmediatamente una dignidad superior a la puramente humana.
No se trata de aquella dignidad impía y absurda que algunos emperadores paganos pretendieron al exigir honores divinos.
Se trata de una dignidad verdadera y sólida, recibida como don y beneficio de Dios.
Por ello los ciudadanos deben someterse y obedecer a los gobernantes como representantes de Dios.
No deben hacerlo únicamente por temor al castigo, sino por respeto a la dignidad de la autoridad; no por adulación, sino por deber de conciencia.
De este modo el poder permanecerá establecido con mucha mayor firmeza en el lugar que le corresponde.
Los ciudadanos que comprenden la fuerza de este deber evitarán necesariamente la maldad y la rebeldía.
Sabrán que quienes resisten injustamente a la autoridad política se oponen a la voluntad divina, y que quienes niegan a los gobernantes el honor debido se lo niegan al mismo Dios.
San Pablo instruyó especialmente a los romanos en esta doctrina:
«Toda persona esté sometida a las autoridades superiores, porque no existe autoridad sino por Dios, y las que existen han sido establecidas por Dios.
Por tanto, quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y quienes resisten atraen sobre sí la condenación.
Es necesario estar sometidos no solo por temor al castigo, sino también por conciencia».12
La enseñanza del Príncipe de los Apóstoles concuerda con ella:
«Estad sujetos, por amor de Dios, a toda autoridad humana: al rey, como soberano, y a los gobernadores, como enviados por él para castigar a los malhechores y alabar a quienes obran bien; porque esta es la voluntad de Dios».13
10. El límite de la obediencia
Existe una sola causa justa para no obedecer: cuando se exige algo manifiestamente contrario a la ley natural o divina.
Todo aquello que viola la ley natural o la voluntad de Dios es igualmente ilícito mandarlo y realizarlo.
Si alguien se ve obligado a elegir entre desobedecer los mandatos de Dios o los de los gobernantes, debe obedecer a Jesucristo, quien ordenó:
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».14
Siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, debe responder con fortaleza:
«Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».15
Sin embargo, quienes obran de este modo no pueden ser acusados de rechazar legítimamente la obediencia.
Cuando la voluntad de los gobernantes contradice la voluntad y las leyes de Dios, aquellos exceden los límites de su potestad y pervierten la justicia.
En ese caso su mandato no puede obligar, porque donde falta la justicia no existe verdadera autoridad para ordenar aquello que es injusto.
11. Obligaciones de quienes gobiernan
Para que la justicia sea conservada en el ejercicio del poder, es sumamente importante que quienes gobiernan comprendan que la autoridad política no fue establecida para el provecho privado de una persona.
La administración del Estado debe realizarse para beneficio de quienes han sido confiados al gobernante, y no para utilidad de quienes recibieron el gobierno.
Los príncipes deben tomar como modelo a Dios, de quien recibieron la autoridad.
Representando su imagen en el gobierno, deben dirigir al pueblo con equidad y fidelidad, y unir a la severidad necesaria una caridad verdaderamente paternal.
Las Sagradas Escrituras les advierten que deberán rendir cuentas al Rey de reyes y Señor de los señores.
Si abandonan sus deberes, no podrán evitar de ningún modo la severidad de Dios:
«El Altísimo examinará vuestras obras y escrutará vuestros pensamientos.
Porque, siendo ministros de su Reino, no juzgasteis rectamente.
Se presentará ante vosotros de manera terrible y repentina, porque un juicio durísimo espera a quienes gobiernan.
Dios no hará excepción de persona ni temerá la grandeza de nadie, porque Él hizo al pequeño y al grande, y cuida igualmente de todos.
Pero a los poderosos les aguarda un examen más severo».16
Cuando estos preceptos protegen al Estado, desaparecen las causas y el deseo de las sediciones.
Quedan asegurados el honor y la vida de los gobernantes, y también la tranquilidad y el bienestar de las naciones.
Se protege igualmente la dignidad de los ciudadanos, quienes conservan en la misma obediencia el honor conforme con la excelencia humana.
Comprenden que ante el juicio de Dios no existe esclavo ni libre; que uno solo es el Señor de todos, «rico para con todos los que lo invocan».17
Obedecen a los gobernantes porque estos representan de alguna manera la imagen de Dios, a quien servir es reinar.18
12. La Iglesia enseñó siempre esta concepción del poder
La Iglesia trabajó siempre para que esta concepción cristiana de la autoridad civil no permaneciera únicamente en las inteligencias, sino que se expresara también en la vida pública y en las costumbres de los pueblos.
Mientras gobernaron emperadores paganos, cuya superstición les impedía elevarse hacia el ideal de autoridad que hemos descrito, la Iglesia procuró infundirlo en el espíritu de los pueblos.
Al recibir las instituciones cristianas, estos debían querer ordenar su vida de acuerdo con ellas.
Los pastores de almas, siguiendo el ejemplo de san Pablo, acostumbraron enseñar con gran cuidado y diligencia que los fieles debían estar sujetos a los príncipes y autoridades y obedecer sus mandatos legítimos.19
Les enseñaron también a orar por todos los hombres y, especialmente, «por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, porque esto es agradable ante Dios, Nuestro Salvador».20
13. El ejemplo de los primeros cristianos
Los antiguos cristianos dejaron ejemplos admirables de esta conducta.
Aunque eran perseguidos injusta y cruelmente por emperadores paganos, nunca dejaron de comportarse con obediencia y respeto.
Parecía que los perseguidores competían en crueldad y los cristianos en fidelidad.
Su moderación y su firme voluntad de obedecer eran demasiado conocidas para que las calumnias y la malicia de sus enemigos pudieran ocultarlas.
Quienes defendían públicamente a los cristianos ante los emperadores demostraban que era injusto castigarlos mediante las leyes, pues vivían ante los ojos de todos de manera ejemplar y conforme con las leyes.
Atenágoras se dirigió con confianza a Marco Aurelio Antonino y a su hijo Lucio Aurelio Cómodo:
«Permitís que nosotros, que no cometemos mal alguno y nos comportamos con mayor piedad y justicia que todos, tanto hacia Dios como hacia vuestro imperio, seamos perseguidos, despojados y expulsados».21
Tertuliano alababa abiertamente a los cristianos porque eran los amigos mejores y más seguros del Imperio:
«El cristiano no es enemigo de nadie, mucho menos del emperador.
Sabe que este fue establecido por su Dios y, por tanto, debe amarlo, respetarlo, honrarlo y desear su salvación junto con la de todo el Imperio romano».22
Tampoco dudaba en afirmar que dentro de las fronteras imperiales disminuía el número de los enemigos a medida que aumentaba el de los cristianos:
«Ahora tenéis menos enemigos debido a la multitud de cristianos, pues casi todos los ciudadanos de casi todas las ciudades son cristianos».23
La Carta a Diogneto ofrece otro testimonio ilustre.
Afirma que los cristianos de aquel tiempo no solo obedecían las leyes, sino que voluntariamente cumplían sus deberes de un modo más perfecto que el exigido por ellas:
«Los cristianos obedecen las leyes establecidas y, por la forma de su vida, superan las leyes».24
14. Fidelidad sin renunciar a la fe
La situación era distinta cuando los edictos imperiales y las amenazas de los magistrados les mandaban abandonar la fe cristiana o faltar de cualquier manera a sus deberes religiosos.
En esas circunstancias prefirieron desagradar a los hombres antes que a Dios.
Pero incluso entonces estuvieron muy lejos de promover sediciones o de despreciar la majestad imperial.
Se limitaron a confesar que eran cristianos y que no cambiarían de fe.
No pensaban en resistir violentamente.
Marchaban pacífica y alegremente hacia los instrumentos de tortura, de modo que la grandeza de los tormentos era vencida por la grandeza de su ánimo.
La fuerza de los principios cristianos se manifestó del mismo modo en el ejército.
El soldado cristiano unía el mayor valor con la más estricta disciplina militar, y añadía a la nobleza de ánimo una fidelidad inquebrantable hacia el gobernante.
Si se le mandaba algo deshonesto, como violar los derechos de Dios o dirigir las armas contra discípulos inocentes de Cristo, se negaba a cumplir la orden.
Pero prefería abandonar las armas y morir por la religión antes que resistir a la autoridad pública mediante rebeliones y desórdenes.
15. La autoridad en la civilización cristiana
Cuando los Estados comenzaron a tener príncipes cristianos, la Iglesia insistió todavía más en declarar y enseñar el carácter sagrado presente en la autoridad de los gobernantes.
Así, al pensar en el poder, los pueblos contemplaban una imagen de la majestad divina, que los movía a un mayor respeto y amor hacia quienes gobernaban.
Por esta razón, la Iglesia dispuso prudentemente que los reyes fueran consagrados mediante ceremonias sagradas, como Dios había establecido en el Antiguo Testamento.
Cuando la sociedad civil, levantándose como de entre las ruinas del Imperio romano, renació a la esperanza de una grandeza cristiana, los Romanos Pontífices consagraron de modo especial la autoridad política mediante la institución del llamado Sacro Imperio.
Esto añadió una gran nobleza al poder civil.
No puede dudarse de que aquella institución habría sido siempre sumamente útil tanto para la sociedad religiosa como para la civil, si los príncipes y los pueblos hubieran buscado constantemente el mismo fin que la Iglesia.
Los asuntos públicos permanecieron tranquilos y prósperos mientras existió una amistad concorde entre ambas potestades.
Cuando los pueblos pecaban mediante desórdenes, la Iglesia intervenía como mediadora de la tranquilidad.
Llamaba a cada persona al cumplimiento de sus deberes y contenía las pasiones más violentas, unas veces mediante la mansedumbre y otras mediante su autoridad.
Cuando los gobernantes faltaban en el ejercicio del poder, la Iglesia se presentaba ante ellos.
Les recordaba los derechos, las necesidades y las aspiraciones legítimas de los pueblos, y les aconsejaba equidad, clemencia y benignidad.
De este modo se evitaron muchas veces los peligros de revoluciones y guerras civiles.
16. Consecuencias de las doctrinas políticas modernas
Las teorías acerca del poder político inventadas por los autores modernos han causado ya grandes sufrimientos a la humanidad.
Debe temerse que produzcan en el futuro los males más extremos.
Negarse a reconocer a Dios como Autor del derecho de gobernar equivale a borrar el esplendor más hermoso de la autoridad política y a cortar sus nervios.
Quienes afirman que la autoridad depende del arbitrio de la multitud se equivocan, en primer lugar, en su juicio.
Además, colocan el poder sobre un fundamento excesivamente débil e inestable.
Las pasiones populares, estimuladas por estas opiniones, se levantarán con mayor insolencia.
Con grave daño para la sociedad, se precipitarán fácilmente hacia movimientos ciegos y rebeliones abiertas.
La llamada Reforma, cuyos promotores y jefes atacaron radicalmente con doctrinas nuevas la potestad religiosa y la civil, fue seguida por desórdenes repentinos y rebeliones sumamente audaces, especialmente en Alemania.
La guerra y las matanzas interiores se extendieron con tal intensidad que casi ningún lugar quedó libre de perturbaciones y sangre.
17. Comunismo, socialismo y nihilismo
De aquella herejía nació en el siglo pasado una filosofía falsamente llamada así.
De ella procedieron también el llamado derecho nuevo, la soberanía popular concebida sin límites y una licencia que no reconoce medida, aunque muchos la confundan con la verdadera libertad.
De estos errores se llegó a males próximos y semejantes: el comunismo, el socialismo y el nihilismo, monstruos horribles y casi sepultura de la sociedad civil.
Sin embargo, demasiadas personas procuran ampliar la influencia de esos males.
Bajo la apariencia de ayudar a las multitudes, han encendido ya incendios nada pequeños de miseria.
Los acontecimientos que aquí recordamos no son desconocidos ni se encuentran demasiado alejados de nosotros.
18. La fuerza de las leyes y de los castigos no basta
Existe un peligro todavía mayor.
Ante amenazas tan graves, los gobernantes no poseen medios suficientemente eficaces para restaurar la disciplina pública y pacificar los ánimos.
Se arman con la autoridad de las leyes y creen que deben contener mediante castigos severos a quienes perturban el Estado.
Obran correctamente, pero deben considerar seriamente que ninguna fuerza punitiva será tan grande que pueda conservar por sí sola las naciones.
El temor, como enseña admirablemente santo Tomás, es un fundamento débil.
Quienes se someten únicamente por miedo, cuando encuentran una ocasión en la cual esperan quedar impunes, se levantan contra sus gobernantes con tanta mayor violencia cuanto más habían reprimido su voluntad solamente por temor.
Además, un miedo excesivo conduce a muchos a la desesperación, y la desesperación impulsa audazmente a intentar cualquier cosa.25
La experiencia ha demostrado suficientemente la verdad de estas enseñanzas.
Es necesario, por tanto, establecer una causa más elevada y eficaz para la obediencia.
La severidad de las leyes no puede producir fruto si los hombres no son impulsados por el deber y movidos por un saludable temor de Dios.
La religión puede conseguir esto mejor que ninguna otra fuerza.
Penetra en las almas y mueve las voluntades, para que los ciudadanos permanezcan unidos a quienes los gobiernan no solamente mediante la obediencia, sino también por la benevolencia y la caridad.
Esta unión es la mejor protección de la estabilidad en toda sociedad humana.
19. Protección de la religión y libertad de la Iglesia
Por ello debe reconocerse que los Romanos Pontífices han prestado excelentes servicios al bien común al procurar siempre contener el espíritu orgulloso e inquieto de los innovadores.
Advirtieron con frecuencia cuán peligrosos eran también para la sociedad civil.
Merece recordarse la afirmación de Clemente VII dirigida a Fernando, rey de Bohemia y Hungría:
«En esta causa de la fe se encuentran también incluidas tu dignidad y utilidad y las de los demás príncipes, porque la fe no puede ser quebrantada sin que la ruina de vuestros asuntos siga también con ella, como se ha visto clarísimamente en varias de esas regiones».
En el mismo sentido resplandecieron la prudencia y la fortaleza de Nuestros Predecesores, especialmente Clemente XII, Benedicto XIV y León XII.
A medida que la peste de las doctrinas perversas se extendía y aumentaba la audacia de las sectas, procuraron cerrarles el paso mediante la oposición de su autoridad.
Nos mismo hemos denunciado repetidas veces la gravedad de los peligros que amenazan y hemos señalado la mejor manera de rechazarlos.
Hemos ofrecido a los príncipes y a los demás gobernantes la protección de la religión.
Hemos exhortado también a los pueblos a aprovechar plenamente la abundancia de bienes supremos que la Iglesia les proporciona.
Ahora procuramos que los gobernantes comprendan nuevamente que se les ofrece una defensa más fuerte que cualquier otra.
Los exhortamos vivamente en el Señor a proteger la religión y a permitir que la Iglesia disfrute de aquella libertad que no puede serle arrebatada sin cometer una injusticia y causar un daño común.
20. La Iglesia protege a gobernantes y pueblos
La Iglesia de Cristo no puede ser sospechosa para los príncipes ni odiosa para los pueblos.
Aconseja a los gobernantes seguir la justicia y no apartarse nunca de su deber.
Al mismo tiempo, fortalece y sostiene su autoridad mediante numerosos recursos.
Reconoce y declara que los asuntos exclusivamente civiles se encuentran bajo la potestad y el gobierno supremo de la autoridad política.
En aquellas materias cuyo juicio pertenece, aunque por razones diferentes, tanto a la autoridad religiosa como a la civil, desea que exista concordia entre ambas.
Gracias a esta concordia se evitan conflictos funestos para las dos potestades.
Respecto de los pueblos, la Iglesia fue fundada para la salvación de todos los hombres y siempre los amó como una madre.
Guiada por la caridad, comunicó mansedumbre a las almas, humanidad a las costumbres y equidad a las leyes.
Nunca fue enemiga de la libertad honesta y siempre acostumbró detestar la dominación tiránica.
San Agustín expresó brevemente esta disposición constante de la Iglesia:
«Enseña a los reyes a cuidar de los pueblos y a todos los pueblos a someterse a los reyes.
Muestra que no todas las cosas se deben a todos, pero que a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia».26
21. Exhortación final, oración y Bendición Apostólica
Por estas razones, vuestra labor, Venerables Hermanos, será sumamente útil y verdaderamente saludable si unís con Nos toda la actividad y todos los recursos que Dios ha puesto en vuestras manos para apartar los peligros y daños que amenazan a la sociedad humana.
Procurad que los hombres conozcan plenamente la doctrina de la Iglesia católica acerca de la autoridad y del deber de obedecer, y que la apliquen diligentemente en su vida.
Bajo vuestra enseñanza y dirección, advertid frecuentemente a los pueblos que deben huir de las sectas prohibidas, rechazar las conspiraciones y abstenerse de toda acción sediciosa.
Que comprendan que quienes obedecen a los gobernantes por causa de Dios ofrecen un servicio conforme con la razón y practican una obediencia noble.
Pero, puesto que Dios es quien «concede la salvación a los reyes»27 y permite que los pueblos descansen «en la hermosura de la paz, en moradas seguras y en un reposo abundante»,28 es necesario rogarle y suplicarle.
Pidámosle que incline las inteligencias de todos hacia la honestidad y la verdad; que contenga las iras y restituya al mundo la paz y la tranquilidad tan largamente deseadas.
Para fortalecer nuestra esperanza de alcanzar estas gracias, acudamos como intercesores y protectores de la salvación a la Virgen María, excelsa Madre de Dios, Auxilio de los cristianos y protectora del género humano.
Acudamos también a san José, su castísimo esposo, en cuyo patrocinio confía grandemente toda la Iglesia; y a los santos Pedro y Pablo, príncipes de los Apóstoles, guardianes y defensores del nombre cristiano.
Entretanto, como prenda de los dones divinos, impartimos amorosamente en el Señor la Bendición Apostólica a todos vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados a vuestra fe.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 29 de junio de 1881, cuarto año de Nuestro Pontificado.
León Papa XIII
NOTAS
(1) Proverbios 8, 15-16.
(2) Sabiduría 6, 3-4.
(3) Eclesiástico 17, 14.
(4) Juan 19, 11.
(5) San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, tratado 116, núm. 5.
(6) Romanos 13, 1-4.
(7) San Agustín, La ciudad de Dios, libro V, capítulo 21.
(8) San Juan Crisóstomo, homilía 23 sobre la Carta a los Romanos, núm. 1.
(9) San Gregorio Magno, Cartas, libro II, carta 61 según la numeración de la edición histórica.
(10) Santiago 4, 12.
(11) Efesios 3, 15.
(12) Romanos 13, 1-5.
(13) Primera carta de san Pedro 2, 13-15.
(14) Mateo 22, 21.
(15) Hechos de los Apóstoles 5, 29.
(16) Sabiduría 6, 4-8.
(17) Romanos 10, 12.
(18) Expresión tradicional de la liturgia: «Servir a Dios es reinar».
(19) Tito 3, 1.
(20) Primera carta a Timoteo 2, 1-3.
(21) Atenágoras, Legación en favor de los cristianos, capítulo 1.
(22) Tertuliano, Apologético, capítulo 35.
(23) Tertuliano, Apologético, capítulo 37.
(24) Carta a Diogneto, capítulo 5.
(25) Santo Tomás de Aquino, Sobre el gobierno de los príncipes, libro I, capítulo 10.
(26) San Agustín, De las costumbres de la Iglesia católica, libro I, capítulo 30.
(27) Salmo 143, 11 según la numeración de la Vulgata; Salmo 144, 10 según la numeración hebrea moderna.
(28) Isaías 32, 18.
Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XIV, Roma, Tipografía Políglota de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1881, pp. 3-14.


