Fecha de publicación: 31 de diciembre de 1929
Autor: Su santidad Pío XI
Breve resumen: Sobre la educación cristiana de la juventud. Pío XI expone los derechos y deberes de la Iglesia, la familia y el Estado; condena el monopolio estatal, la escuela laica, el naturalismo pedagógico y los métodos contrarios a la formación sobrenatural; y define como fin de la educación la formación del verdadero y perfecto cristiano.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Divini illius magistri ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Apostolicae Sedis, volumen XXII, Roma, 1930, páginas 49-86, actualmente en el dominio público según el criterio práctico seguido para esta colección. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede ni de otras páginas contemporáneas. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales que tienen paz y comunión con la Sede Apostólica, y también a todos los fieles católicos del mundo: sobre la educación cristiana de la juventud.
Pío XI, papa. Venerables Hermanos y amados hijos: salud y bendición apostólica.
1. El Papa, representante del Divino Maestro, se dirige a la juventud
Representantes en la tierra de aquel Divino Maestro que, aunque abrazaba con su infinita caridad a toda la familia humana, aun indigna por sus pecados, tuvo sin embargo una ternura particular hacia los niños y pronunció aquellas palabras llenas de amor: «Dejad que los niños vengan a mí»,1 Nos tampoco hemos dejado pasar ocasión alguna de mostrar, cuando se presentaba, la paternal benevolencia con que Nos inclinamos hacia ellos.
Y de modo especial hemos procurado que se les dediquen cuidados diligentes y se les transmitan oportunas enseñanzas en todo cuanto pertenece a la educación cristiana de la juventud.
Por eso, como haciendo resonar la voz del mismo Divino Maestro, hemos dirigido muchas veces palabras saludables, ya de advertencia, ya de exhortación, ya de dirección, a los jóvenes, a sus maestros, a las madres y a los padres de familia, sobre aquellas materias que tocan la educación cristiana.
Lo hemos hecho con aquella solicitud que corresponde al Padre común de todos, y con aquella insistencia oportuna e importuna propia del oficio pastoral, según la sentencia del Apóstol: «Insiste a tiempo y a destiempo; reprende, suplica, increpa con toda paciencia y doctrina».2
Tal insistencia la reclaman estos tiempos nuestros, en los cuales con demasiada frecuencia se lamenta la falta de razón clara y recto juicio aun acerca de problemas de grandísima importancia.
2. Por qué trata nuevamente el problema de la educación
La misma condición de nuestra época, la controversia escolar y pedagógica que se agita de diversas maneras en muchas regiones, los deseos que no pocos de vosotros, Venerables Hermanos, y no pocos de vuestros fieles Nos han manifestado con ánimo confiado, y también Nuestra activa solicitud hacia la juventud, Nos mueven a tratar de nuevo y con mayor detenimiento esta causa.
No pretendemos investigar de raíz toda la amplitud casi infinita de su doctrina y de su práctica. Queremos, al menos, explicar brevemente los principios y razones principales en que se funda, y poner en su luz las conclusiones que de ellos se siguen y pertenecen al uso práctico.
Que la juventud y todos los que, por oficio, presiden su educación, reciban esto como don que Nos complacemos en ofrecer con especial afecto al cumplirse el quincuagésimo año desde que fuimos elevados al sacerdocio.
Jamás, como en estos tiempos nuestros, se ha discutido tanto acerca de la educación. Por eso abundan en todas partes maestros de nuevas doctrinas pedagógicas, que imaginan, proponen y discuten nuevos métodos y caminos, con los cuales afirman poder alcanzar una educación más fácil y eficaz, capaz de formar a las generaciones futuras para la felicidad terrena que tan ardientemente desean.
La causa de esto está en que los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza y destinados a gozar un día de Él, bien perfectísimo, advierten hoy, con mayor facilidad por la abundancia y progreso de los bienes terrenos, que las cosas externas no pueden traer la felicidad verdadera ni privada ni pública.
Por eso experimentan con más fuerza aquel estímulo, impreso por el mismo Creador en su naturaleza, hacia una forma más noble y cada día más perfecta de vida, que procuran alcanzar principalmente mediante la educación.
3. El error de buscar la perfección solo en la naturaleza humana
Pero algunos, insistiendo demasiado en el sentido originario de la palabra educación, se esfuerzan por extraer esa perfección de vida de la misma naturaleza humana y por realizarla con sus solas fuerzas.
En esto yerran fácilmente, porque no dirigen los ojos y el ánimo a Dios, principio y fin del universo, sino que se repliegan sobre sí mismos, aferrándose a las cosas terrenas y pasajeras.
De ahí sucederá que sufran perpetua fluctuación y turbación de ánimo, hasta que conviertan su mente y su esfuerzo hacia Dios, única meta de todas las virtudes, según aquella gran sentencia de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».3
Es, por tanto, cosa de máxima importancia no equivocarse en lo que pertenece a la educación, del mismo modo que no debe errarse acerca del supremo fin al cual se dirige necesariamente toda obra educativa.
En efecto, como toda educación mira a formar al hombre de tal modo que pueda alcanzar en esta vida mortal lo que debe ser y hacer para llegar al fin supremo que le fue señalado por el Creador, es claro que no puede existir verdadera educación que no esté enteramente ordenada al fin último.
Y en el presente orden de cosas establecido por la providencia de Dios, después que Él mismo se reveló en su Unigénito, que es el único «camino, verdad y vida», no puede darse educación plena y perfecta si no es la que se llama cristiana.
4. Excelencia de la educación cristiana
De aquí aparece manifiestamente que la educación cristiana es causa gravísima, no solo para cada hombre, sino también para la sociedad doméstica y civil, cuya fuerza y virtud proceden de la fuerza y virtud de quienes las componen.
También se ve, por los principios que hemos tocado, cuán excelente es por encima de todas las demás la obra de la educación cristiana.
Ella tiende principalmente a procurar a los adolescentes el sumo bien, que es Dios, y a producir en la sociedad humana los mayores bienes y ventajas que sea posible alcanzar en la tierra.
Y procura alcanzarlo de modo sumamente eficaz, porque quienes promueven esta obra cooperan con Dios mismo al mayor perfeccionamiento de los ciudadanos, tanto en lo privado como en lo público.
Los educadores modelan y mueven de tal manera las almas de los jóvenes que, en cierto modo, dirigen incluso el curso futuro de su vida, como testifica la Sabiduría divina: «El adolescente, según su camino, aun cuando envejezca no se apartará de él».4
Con razón escribió san Juan Crisóstomo: «¿Qué cosa hay mayor que gobernar las almas y formar las costumbres de los adolescentes?».5
Pero nada muestra con tanta claridad la amplitud, dignidad y excelencia sobrenatural de la educación cristiana como aquellas palabras amorosísimas con que Cristo Señor, como si los niños representaran su propia persona, afirmó: «Quien recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe».6
5. Los puntos esenciales que deben precisarse
Para que en esta obra de máxima gravedad se eviten los errores y, con el auxilio de la gracia divina, se abra camino a un resultado más feliz, es necesario saber con claridad qué significa la educación cristiana y en qué principios se apoya.
Debe determinarse a quién pertenece el oficio de educar; quién necesita educación; cuáles son además las circunstancias necesarias; y, finalmente, cuál es, según el orden establecido por el Dios providentísimo, la propia razón y el fin de la educación cristiana.
El oficio de educar no pertenece a individuos aislados, sino necesariamente a la sociedad.
Tres son las sociedades necesarias, distintas entre sí, pero unidas de manera congruente por voluntad de Dios, en las cuales el hombre queda inscrito desde su nacimiento: dos pertenecen al orden natural, la familia y la sociedad civil; y la tercera, la Iglesia, pertenece al orden sobrenatural.
El primer lugar lo ocupa la convivencia doméstica, constituida y ordenada por Dios mismo para cuidar la generación y educación de la prole. Por eso, por su naturaleza y por sus derechos propios, antecede a la sociedad civil.
Sin embargo, la familia es una sociedad imperfecta, porque no posee en sí todos los medios para alcanzar perfectamente su fin nobilísimo.
La sociedad civil, en cambio, al disponer de todo lo necesario para su propio fin, que es el bien común de esta vida terrena, es sociedad completa y perfecta en su orden. Por esta razón aventaja a la convivencia doméstica, que solo en la sociedad civil puede cumplir segura y rectamente su cometido.
La tercera sociedad es la Iglesia, en la cual los hombres, por el baño del bautismo, entran en la vida de la gracia divina. Es sociedad sobrenatural que abraza a todo el género humano, y es perfecta en sí misma, porque posee todos los medios para alcanzar su fin, que es la salvación eterna de los hombres. Por eso, en su orden, es suprema.
De aquí se sigue que la educación, que mira al hombre entero, ya considerado individualmente, ya como participante de la sociedad humana, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia divina, pertenece proporcionalmente a estas tres sociedades necesarias, según el fin propio de cada una y de acuerdo con el presente orden establecido por Dios.
6. El derecho educativo de la Iglesia
En primer lugar, y de modo preeminente, la educación pertenece a la Iglesia, por un doble título de orden sobrenatural que Dios le concedió exclusivamente, y que es absolutamente superior a cualquier título del orden natural.
La primera razón de este derecho se funda en la suprema autoridad y oficio de magisterio que el divino Fundador de la Iglesia le entregó con estas palabras:
«Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo».7
A este magisterio Cristo Señor le comunicó inmunidad de error, junto con el mandato de enseñar a todos su doctrina.
Por eso la Iglesia fue constituida por su divino Autor como «columna y fundamento de la verdad», para enseñar a todos los hombres la fe divina, conservar íntegro e inviolado el depósito que le fue confiado, y dirigir y formar a los hombres, sus sociedades y sus actos hacia la honestidad de las costumbres y la integridad de la vida, según la norma de la doctrina revelada.8
La segunda razón de este derecho procede de aquel oficio sobrenatural de madre, por el cual la Iglesia, purísima Esposa de Cristo, da a los hombres la vida de la gracia divina y la alimenta y acrecienta por sus sacramentos y preceptos.
Con razón dice san Agustín: «No tendrá a Dios por Padre quien no quiera tener a la Iglesia por Madre».9
Ahora bien, en todas aquellas cosas en que se ejerce su oficio educativo, es decir, en la fe y en la formación de las costumbres, Dios mismo hizo a la Iglesia partícipe del magisterio divino y, por beneficio suyo, incapaz de errar.
Por eso es maestra suprema y segurísima de los mortales, y posee en sí un derecho inviolable a la libertad de enseñar.10
7. La Iglesia es independiente en su misión educadora
De aquí se sigue necesariamente que la Iglesia, tanto en el origen de su misión educativa como en su ejercicio, no está sometida a ninguna potestad terrena, ya en lo que pertenece a su propio oficio, ya en lo que es necesario o conveniente para cumplirlo.
En cuanto a las demás disciplinas e instituciones humanas, que por sí mismas pertenecen al derecho común de todos, de los ciudadanos individualmente y de la sociedad misma, la Iglesia posee la facultad, no sometida a ningún poder, de usarlas y, sobre todo, de juzgar acerca de ellas, en la medida en que conduzcan o se opongan a la educación cristiana.
Esto puede hacerlo la Iglesia porque, como sociedad perfecta, tiene derecho propio a escoger y procurarse los medios y ayudas que contribuyen a su fin; y también porque toda doctrina e institución, como todo acto humano, depende necesariamente del fin último.
Por consiguiente, no puede sustraerse a los preceptos de la ley divina, de la cual la Iglesia es custodia, intérprete y maestra absolutamente inmune de error.
Lo declaró claramente Nuestro Predecesor San Pío X: «Todo cuanto haga el hombre cristiano, aun en el orden de las cosas terrenas, no le es lícito descuidar los bienes que están sobre la naturaleza; antes bien, debe dirigir todas las cosas al sumo bien como a su último fin, según los preceptos de la sabiduría cristiana; y todos sus actos, en cuanto son buenos o malos en el género moral, es decir, en cuanto concuerdan o discrepan del derecho natural y divino, están sometidos al juicio y jurisdicción de la Iglesia».11
Es digno de notarse cuán claramente entendió y declaró este gravísimo punto de doctrina católica un laico admirable por su escritura y por su modo recto y sutil de contemplar la verdad.
La Iglesia no afirma que le pertenezca solo una parte de la doctrina moral, sino toda. Nunca se atrevió a enseñar que quienes se apartaron de su seno materno no puedan conocer verdad alguna sobre la recta vida. Al contrario, reprobó una y otra vez esta sentencia cuando algunos la presentaron bajo apariencia de verdad.
Pero sí profesa, como profesó en el pasado y profesará en el futuro, que ella sola, por haber sido fundada por Jesucristo y haber recibido del Padre al Espíritu Santo enviado en su nombre, posee directa y perpetuamente toda verdad moral, en la cual están contenidas las verdades particulares sobre esta materia, tanto las que los hombres pueden alcanzar con la sola razón natural como las que constituyen la doctrina revelada o de ella se deducen.12
8. La Iglesia promueve las letras, las ciencias y las artes
Por tanto, la Iglesia promueve las letras, las ciencias y las artes en cuanto son necesarias o útiles para la educación cristiana y para toda su obra de salvación de las almas.
Lo hace fundando y sosteniendo también escuelas e institutos propios, donde se enseñe cualquier disciplina y se abra acceso a cualquier grado de erudición.13
Tampoco debe pensarse que sea ajena a su magisterio materno la llamada educación física, pues también ella puede favorecer o perjudicar a la educación cristiana.
Esta acción de la Iglesia en todo género de cultura espiritual presta grandísimo auxilio a las familias y a las naciones, las cuales, apartado Cristo, caminan a la ruina, como rectamente dice san Hilario: «¿Qué hay tan peligroso para el mundo como no haber recibido a Cristo?».14
Y no produce daño alguno al orden civil de estas cosas.
La Iglesia, como madre prudentísima, no se opone a que las escuelas e institutos destinados a la formación de los laicos, en cada nación, se conformen a las legítimas prescripciones de los gobernantes.
Está dispuesta además a entrar en concordia con ellos de cualquier modo posible, y, si surgen dificultades, a resolverlas por consejo común.
Tiene además la Iglesia un derecho que no puede abdicar y un deber que no puede abandonar: vigilar por toda la educación que se imparte a sus hijos, es decir, a los fieles, en instituciones públicas o privadas.
Esta vigilancia se extiende no solo a la doctrina religiosa allí enseñada, sino también a cualquier otra disciplina u organización, en cuanto tenga relación con la religión y las costumbres.15
Al ejercer este derecho, la Iglesia no invade indebidamente lo ajeno; antes bien, por maternal y excelente providencia, procura que sus hijos permanezcan libres del grave peligro de absorber cualquier veneno que infecte la integridad de la doctrina y la santidad de las costumbres.
Esta vigilancia de la Iglesia, lejos de producir verdadero daño, contribuye eficazmente al orden y prosperidad de las familias y del Estado, porque aparta de los adolescentes aquella peste que más fácilmente invade la edad inexperta y mudable y más pronto penetra en la misma manera de vivir.
Siempre que falta una recta formación religiosa y moral, como advierte sabiamente León XIII, toda cultura de las almas será malsana; los jóvenes, no acostumbrados al temor de Dios, no podrán soportar disciplina honesta alguna de vida, y, al no atreverse a negar nada a sus pasiones, serán fácilmente arrastrados a perturbar las ciudades.16
9. La misión universal de la Iglesia educadora
El oficio educativo que reside en la Iglesia se extiende a todos los pueblos, sin límites de lugar ni de tiempo, por mandato de Cristo: «enseñad a todas las naciones».17
Ninguna potestad en la tierra puede legítimamente combatirlo o impedirlo.
Y alcanza ante todo a todos los fieles cristianos, de quienes la Iglesia, como madre amantísima, tiene gran cuidado y solicitud.
Por eso, en su provecho, a lo largo de los siglos levantó y promovió inmenso número de escuelas e institutos para enseñar toda clase de disciplinas.
Como dijimos en ocasión reciente, en aquella remota Edad Media, cuando abundaban los monasterios, conventos, templos, colegiatas y cabildos catedralicios o inferiores, junto a cada uno de ellos no faltaba una casa de estudio y de formación para alumnos.
A esto deben añadirse todas las universidades, fundadas en todas partes bajo los auspicios de la Sede Apostólica y de la Iglesia y puestas bajo su protección.
Este espectáculo, que hoy vemos con mayor claridad, porque lo tenemos ante los ojos y es, según los tiempos, más magnífico, no faltó en ninguna época.
Quienes recuerdan y comparan los acontecimientos de la historia no dejan de admirar cuánto hizo la Iglesia en este campo, y de qué modo cumplió el oficio divino que se le confió de formar a la sociedad humana según la vida cristiana, obteniendo frutos y resultados tan numerosos y felices.
Si nadie puede dejar de admirar que la Iglesia haya reunido siempre en torno a sí centenares, millares y hasta millones de alumnos para educarlos según su oficio, no menor admiración merece lo que ella realizó no solo en la educación de los adolescentes, sino también en su verdadera y propia instrucción y doctrina.
Si tantos tesoros de cultura civil, de humanidad y de letras pudieron conservarse, debe atribuirse a la actitud y propósito de la Iglesia, la cual, aun en las épocas más remotas y bárbaras, hizo que brillara tanta luz sobre las letras, la filosofía, el arte y, de modo especial, la arquitectura.18
Todo esto pudo y realizó la Iglesia porque la misión educativa que le fue confiada abarca también a los infieles, pues a todos los hombres se les ha señalado el fin de entrar en el Reino de Dios y alcanzar la salvación eterna.
Así como en nuestros tiempos los misioneros católicos diseminan millares de escuelas por regiones todavía privadas de la fe, desde las orillas del Ganges hasta el Río Amarillo y las grandes islas del Océano, desde el continente africano hasta la Patagonia inferior y la helada Alaska, así en los siglos anteriores la Iglesia, por sus heraldos del Evangelio, formó para la vida cristiana y para la civilización a los diversos pueblos de los que actualmente constan las naciones cristianas del mundo civilizado.
Queda, por tanto, firmemente establecido que, tanto por derecho como por los hechos, la misión educativa pertenece de modo principal a la Iglesia, y que nadie, si tiene el ánimo libre de prejuicios, puede imaginar causa justa alguna para combatir o impedir esta obra de la Iglesia, de cuyos beneficios goza hoy la sociedad humana.
10. Armonía de los derechos de la Iglesia, de la familia y del Estado
Esto es tanto más cierto cuanto que con este derecho principal de la Iglesia no solo no discrepan, sino que concuerdan plenamente los derechos de la familia y del Estado, y aun los derechos de cada ciudadano a la justa libertad en la ciencia, en el método y disciplina de investigación, y en toda cultura profana del espíritu.
La razón y origen de esta concordia está en que el orden sobrenatural, en el cual se apoyan los derechos de la Iglesia, tan lejos está de destruir o debilitar el orden natural, al que pertenecen los otros derechos mencionados, que más bien lo eleva y perfecciona.
Ambos órdenes se ayudan y se completan mutuamente, según la naturaleza y dignidad propias de cada uno, porque ambos proceden de Dios, quien no puede contradecirse: «Las obras de Dios son perfectas, y todos sus caminos son justicia».19
Esto se verá con mayor claridad si consideramos más de cerca y por separado la misión educativa que corresponde a la familia y al Estado.
11. El derecho natural de la familia a educar
Ante todo, la misión de la familia concuerda admirablemente con la misión de la Iglesia, porque ambas proceden de Dios de modo muy semejante.
En el orden natural, Dios comunica inmediatamente a la familia la fecundidad, principio de vida y, por tanto, principio de educación para la vida, junto con la autoridad, que es principio de orden.
El Doctor Angélico, con su acostumbrada claridad de pensamiento y precisión de estilo, dice: «El padre carnal participa de modo particular la razón de principio que universalmente se encuentra en Dios. El padre es principio de generación, de educación, de disciplina y de todo lo que pertenece a la perfección de la vida humana».20
La familia, por tanto, recibe inmediatamente del Creador la misión y el derecho de educar a la prole.
Este derecho no puede renunciarse, porque está unido a un gravísimo deber; precede a cualquier derecho de la sociedad civil y del Estado; y por eso no puede ser lesionado por ninguna potestad de la tierra.
El mismo Doctor Angélico declara así la santidad de este derecho: «El hijo es naturalmente algo del padre; por eso, según el derecho natural, antes de tener uso de razón, el hijo está bajo el cuidado del padre. De ahí que sería contra la justicia natural que el niño, antes de tener uso de razón, fuera sustraído del cuidado de sus padres o se dispusiera algo acerca de él contra la voluntad de sus padres».21
Y como los padres están obligados a este cuidado hasta que la prole pueda proveer por sí misma, es claro que el mismo derecho inviolable de los padres a la educación de los hijos se prolonga hasta entonces.
«La naturaleza —enseña el Angélico— no pretende solamente la generación de la prole, sino también su conducción y promoción hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud».22
Sobre esta materia, la sabiduría jurídica de la Iglesia lo expresa de modo preciso y claro en el Código de Derecho Canónico: «Los padres tienen gravísima obligación de cuidar, según sus fuerzas, la educación religiosa y moral de sus hijos, así como la física y civil, y de proveer también a su bien temporal».23
12. Contra el monopolio estatal de los hijos
En este punto es tan concorde el sentido común del género humano que lo contradicen abiertamente cuantos se atreven a afirmar que la prole pertenece antes al Estado que a la familia, y que el Estado posee un derecho absoluto de educar.
No vale la razón que alegan, a saber: que el hombre nace ciudadano y por eso pertenece desde el principio al Estado.
No consideran que el hombre, antes de ser ciudadano, debe existir, y que la vida no la recibe del Estado, sino de los padres.
Como sabiamente declaró León XIII: «Los hijos son algo del padre y como una cierta ampliación de la persona paterna; y, hablando con propiedad, no entran por sí mismos en la sociedad civil, sino por medio de la comunidad doméstica en la cual fueron engendrados».24
Por eso, añade el mismo León XIII, «la potestad paterna es de tal naturaleza que no puede ser extinguida ni absorbida por la república, porque tiene el mismo y común principio que la vida humana».25
De aquí no se sigue, sin embargo, que el derecho de educar que poseen los padres sea absoluto y despótico. Está íntimamente subordinado al fin supremo y a la ley natural y divina.
El mismo León XIII resumió los derechos y deberes de los padres diciendo que, por naturaleza, tienen derecho a formar a los hijos que engendraron, pero con el deber añadido de que la educación y disciplina del niño concuerden con el fin por el cual, por beneficio de Dios, recibieron la prole.
Por tanto, los padres deben esforzarse por rechazar toda injuria en esta materia y procurar absolutamente que permanezca en su potestad educar a sus hijos como conviene, de modo cristiano, y sobre todo apartarlos de las escuelas donde exista peligro de que beban el veneno de la impiedad.26
Debe advertirse también que el deber educativo que obliga a la familia no comprende solo la educación religiosa y moral, sino también la física y civil, principalmente en cuanto estas tienen relación con la religión y la doctrina de las costumbres.27
Este derecho indiscutible de la familia ha sido reconocido legítimamente más de una vez en ciertas naciones donde se acostumbra conservar el derecho natural en el régimen civil.
Para traer un ejemplo reciente, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América, al resolver una gravísima cuestión, declaró que el Estado no posee potestad general para imponer una forma única de educación a la juventud ni para obligarla a recibir instrucción solamente en escuelas públicas.
La razón tomada del derecho natural fue esta: «El niño no es una mera criatura del Estado; quienes lo nutren y dirigen tienen el derecho, unido a un altísimo deber, de educarlo y prepararlo para el cumplimiento de sus obligaciones».28
La historia atestigua que los gobernantes, especialmente en época reciente, violaron y violan los derechos que el Creador del género humano concedió a la familia.
Pero la misma historia atestigua invictamente que la Iglesia defendió y protege constantemente esos derechos.
13. La familia confía naturalmente sus hijos a la Iglesia
Este testimonio histórico se confirma por el hecho de que las familias confían de modo particular en las escuelas de la Iglesia.
Como escribimos poco antes al Cardenal Secretario de Estado, la familia entendió inmediatamente que así debía ser, y desde los primeros tiempos cristianos hasta nuestros días, padres incluso de religión imperfecta o nula envían y acompañan a sus hijos a los institutos educativos que fundó y dirige la Iglesia.29
El sentido paterno, que viene de Dios, se dirige confiadamente a la Iglesia, donde sabe que encontrará la tutela de los derechos familiares y aquella concordia que Dios puso en el orden de las cosas.
La Iglesia, consciente de su misión divina universal y de la obligación que tienen todos de abrazar la única religión verdadera, nunca deja de reivindicar para sí el derecho ni de recordar a los padres católicos el deber de procurar que sus hijos sean lavados por el bautismo y educados cristianamente.
Sin embargo, venera tan cuidadosamente la santidad del derecho natural de educación propio de la familia, que no quiere bautizar a los hijos de infieles ni encargarse de su educación, a no ser que existan ciertas condiciones y cautelas, hasta que esos hijos puedan deliberar por sí mismos y abrazar libremente la fe.30
Así quedan ante nuestros ojos dos hechos de grandísima importancia: la Iglesia se ofrece a las familias como maestra y educadora, y las familias acuden al magisterio de la Iglesia y le confían sus hijos por centenas y millares.
Estos dos hechos proclaman una verdad de gran peso en el orden moral y social: que la misión de educar pertenece principalmente y ante todo a la Iglesia y a la familia, por derecho natural y divino, de tal manera que no admite derogación, ataque ni sustitución.31
14. El Estado debe proteger y promover, no absorber
De esta misión educativa, que pertenece ante todo a la Iglesia y a la familia, proceden máximas utilidades para toda la sociedad; y, según el orden establecido por Dios, no puede derivarse daño alguno para los derechos verdaderos y propios del Estado en materia de educación de los ciudadanos.
Estos derechos son atribuidos por el Autor de la naturaleza a la sociedad civil, no por título de paternidad, como a la Iglesia y a la familia, sino por la autoridad que existe en ella para promover el bien común en la tierra, que es su fin propio.
De esto se sigue que la educación no pertenece a la sociedad civil del mismo modo que a la Iglesia y a la familia, sino de otro modo, proporcionado a su fin propio.
Este fin, es decir, el bien común del orden temporal, consiste en la paz y seguridad de que gozan las familias y cada ciudadano en el ejercicio de sus derechos, y al mismo tiempo en la mayor abundancia posible, en esta vida mortal, de bienes espirituales y caducos, alcanzada por la acción y cooperación de todos.
Doble es, por tanto, el oficio de la autoridad civil: proteger y promover; de ningún modo absorber a la familia y a los ciudadanos ni sustituirlos.
En lo que pertenece a la educación, es derecho, o mejor, deber del Estado proteger con sus leyes el derecho anterior de la familia, ya recordado, de educar cristianamente a la prole, y obedecer por tanto al derecho sobrenatural de la Iglesia sobre esa educación cristiana.
También corresponde al Estado proteger este derecho en la misma prole si alguna vez faltara física o moralmente la obra de los padres, por negligencia, ignorancia o indignidad.
Porque el derecho de educar que ellos poseen, como dijimos, no es absoluto ni despótico, sino dependiente de la ley natural y divina; y por eso está sujeto no solo a la autoridad y juicio de la Iglesia, sino también a la vigilancia y tutela del Estado, por razón del bien común.
La familia no es sociedad perfecta que posea en sí todo lo necesario para perfeccionarse plenamente.
En tal caso, por lo demás rarísimo, el Estado no se sustituye a la familia, sino que, siempre conforme a los derechos naturales de la prole y sobrenaturales de la Iglesia, atiende y provee a la necesidad con oportunos auxilios.
En general, corresponde al Estado el derecho y deber de proteger la educación moral y religiosa de la juventud según las normas de la recta razón y de la fe, removiendo las causas públicas que le sean contrarias.
Principalmente corresponde al Estado, según lo exige el bien común, promover de muchas maneras la educación e instrucción de la juventud.
Debe hacerlo primero y por sí mismo favoreciendo y ayudando la obra emprendida por la Iglesia y por las familias, cuya eficacia comprueban la historia y la experiencia.
También puede completar esa obra allí donde falte o no sea suficiente, fundando escuelas e institutos propios.
El Estado posee más recursos que los particulares; y, como le han sido confiados para las necesidades comunes de todos, es justo y conforme que los emplee en utilidad de aquellos de quienes los recibió.32
Además, el Estado puede prescribir y cuidar que todos los ciudadanos conozcan los derechos civiles y nacionales, y estén instruidos en ciencia, moral y ejercicios físicos en la medida que conviene y que realmente exige en nuestros tiempos el bien común.
Sin embargo, es completamente claro que, al promover por estos modos la educación e instrucción pública y privada, el Estado está obligado a respetar los derechos nativos de la Iglesia y de la familia a educar cristianamente, y también a obedecer a la justicia que da a cada uno lo suyo.
Por tanto, es ilícito que el Estado absorba toda la causa de la educación e instrucción, de tal manera que las familias sean obligadas, física o moralmente, a enviar sus hijos a las escuelas del mismo Estado contra los deberes de la conciencia cristiana o contra su legítima preferencia.
15. Educación cívica, nacionalismo y subordinación a la ley divina
Esto no impide, sin embargo, que por la recta administración de la cosa pública o por la defensa de la paz interior y exterior, cosas necesarias al bien común y que exigen particular pericia y preparación, el Estado instituya escuelas preparatorias para ciertos oficios suyos, especialmente para el servicio militar, con tal que se abstenga de lesionar los derechos de la Iglesia y de la familia en lo que les pertenece.
No sin razón repetimos aquí esta advertencia. En esta época nuestra, en que comienza a crecer un nacionalismo desordenado y falso, enemigo de la verdadera paz y prosperidad, suelen excederse todos los límites en la educación física de los adolescentes, y a veces también de las niñas contra la naturaleza misma de las cosas humanas, ordenándola al modo militar.
Con frecuencia se consume en ella demasiado tiempo, incluso el día del Señor, que debe dedicarse a los deberes religiosos y a la santidad de la vida doméstica.
No queremos reprobar la recta disciplina ni la justa audacia del ánimo, sino todo exceso, como el espíritu de violencia, que es cosa muy distinta de la fortaleza del alma y del nobilísimo sentido de la virtud militar para defensa de la patria y del orden público.
Reprobamos también la exagerada alabanza y estima del atletismo, de la cual, aun entre los paganos, procedió la corrupción y caída de la auténtica educación física.
También pertenece a la sociedad civil y al Estado la educación de todos los ciudadanos, de cualquier edad y condición, que puede llamarse cívica.
En su parte positiva consiste en proponer públicamente a los miembros de la sociedad cosas que, al llenar la mente de conocimientos e imágenes y al conmover los sentimientos, inviten la voluntad al bien y la conduzcan con cierta necesidad moral.
En su parte negativa consiste en prevenir e impedir aquello que le sea contrario.33
Esta educación cívica, tan amplia y múltiple que casi abraza toda la acción del Estado por el bien común, debe conformarse a las leyes de la equidad y no puede contradecir la doctrina de la Iglesia, divinamente constituida maestra de esas leyes.
16. La constitución cristiana del Estado y la educación
Todo lo que hemos dicho acerca de la acción que el Estado debe ejercer en la educación se apoya, como fundamento firmísimo e inmutable, en la doctrina católica sobre la constitución cristiana de los Estados.
Esta doctrina fue expuesta de manera excelente por Nuestro Predecesor León XIII, especialmente en las encíclicas Immortale Dei y Sapientiae christianae.
«Dios —dice él— repartió el gobierno del género humano entre dos potestades: la eclesiástica y la civil, una encargada de las cosas divinas, la otra de las humanas. Ambas son, cada una en su género, supremas; cada una tiene límites determinados que la contienen, definidos por su propia naturaleza y causa. De ahí se circunscribe como una esfera en la cual cada una ejerce su acción por derecho propio. Pero como el imperio de ambas recae sobre los mismos hombres, puede suceder que una misma cosa, aunque bajo diverso aspecto, pertenezca al derecho y juicio de ambas. Por eso el Dios providentísimo, de quien proceden ambas, debe haber ordenado recta y ordenadamente los caminos de una y otra. “Las potestades que existen han sido ordenadas por Dios”».34
La educación de la juventud pertenece precisamente a esas cosas que corresponden a la Iglesia y al Estado, aunque de diversa manera.
«Por tanto —prosigue León XIII— entre ambas potestades debe existir una ordenada conexión, que con razón se compara a la unión por la cual el alma y el cuerpo se juntan en el hombre. Cuál y cuánta sea esa conexión no puede juzgarse sino mirando a la naturaleza de ambas y teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines; pues una tiene por objeto próximo y principal cuidar los bienes mortales, y la otra procurar los bienes celestiales y eternos.
Así, todo cuanto en las cosas humanas es de algún modo sagrado, todo cuanto pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea tal por su naturaleza o se entienda tal por la causa a la cual se refiere, todo ello está bajo la potestad y arbitrio de la Iglesia. Las demás cosas, que abarcan el orden civil y político, es recto que estén sujetas a la autoridad civil, porque Jesucristo mandó dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».35
Quien rehúsa recibir estos principios y aplicarlos a la educación, necesariamente niega que Cristo fundó su Iglesia para la salvación eterna de los hombres, y afirma que la sociedad civil y el Estado no están sometidos a Dios ni a su ley natural y divina.
Esto es manifiestamente impío, contrario a la sana razón y, en materia de educación, completamente pernicioso para la recta formación de los jóvenes y desastroso para la misma sociedad civil y la verdadera prosperidad de la convivencia humana.
Por el contrario, aplicando estos principios, necesariamente se contribuye mucho a la recta formación de los ciudadanos.
La experiencia de todos los tiempos lo comprueba brillantemente. Como Tertuliano en los primeros tiempos cristianos, así san Agustín en los suyos, pudieron desafiar a todos los enemigos de la Iglesia católica, y Nos podemos usar ahora sus palabras:
«Los que dicen que la doctrina de Cristo es contraria a la república, que nos den un ejército formado por soldados como manda la doctrina de Cristo; que nos den súbditos, maridos, esposas, padres, hijos, señores, siervos, reyes, jueces, contribuyentes y recaudadores del fisco tales como la doctrina cristiana ordena; y entonces atrévanse a decir que es contraria a la república. Más bien no duden en confesar que, si se la obedece, es gran salvación para la república».36
17. La concordia entre autoridad espiritual y temporal
Tratándose de educación, conviene recordar aquí cómo expresó egregiamente esta verdad católica, comprobada por los hechos, un escritor eclesiástico de época más reciente, durante el Renacimiento: el piadoso y docto cardenal Silvio Antoniano.
Fue discípulo de san Felipe Neri, admirable educador de la juventud, y maestro y secretario latino de san Carlos Borromeo, por cuya insistencia y consejo compuso el áureo libro Sobre la educación cristiana de los hijos.
En él escribe: «Cuanto más conspira el gobierno temporal con el espiritual, cuanto más lo ayuda y promueve, tanto más contribuye a conservar la república. Porque mientras el rector de la Iglesia, con autoridad y medios espirituales, procura formar, según su propio fin, al buen cristiano, al mismo tiempo y por necesaria consecuencia forma al buen ciudadano, tal como debe ser bajo la potestad política.
Esto sucede porque en la Santa Iglesia Católica Romana, Ciudad de Dios, el buen ciudadano y el hombre honrado son una misma cosa. Por tanto, yerran gravemente quienes separan cosas tan unidas y opinan que pueden obtenerse buenos ciudadanos por leyes y caminos distintos de aquellos que sirven para formar al buen cristiano.
Y aunque la prudencia humana diga y hable cuanto quiera, no puede suceder que traiga verdadera paz y tranquilidad temporal aquello que se separa de la paz y bienaventuranza eterna y las contradice».37
Como nada tiene que temer el Estado, tampoco la ciencia ni el método de investigación tienen nada que temer del hecho de que la Iglesia posea una misión educativa plena y absoluta.
Las instituciones católicas, cualquiera sea el grado de erudición y ciencia al que pertenezcan, no necesitan defensa alguna. El favor de que gozan, las alabanzas que merecen, los monumentos de saber que producen en gran número, y sobre todo los hombres que, instruidos con plena y exquisita doctrina, dan al magistrado, a las artes, a la enseñanza de las disciplinas y a toda la vida social, celebran sobradamente su gloria.38
Estos hechos no son otra cosa que una confirmación ilustre de la doctrina católica definida por el Concilio Vaticano: «No solo la fe y la razón jamás pueden disentir entre sí, sino que se prestan mutuo auxilio: la recta razón demuestra los fundamentos de la fe y, alumbrada por su luz, cultiva la ciencia de las cosas divinas; la fe libra y protege a la razón de los errores y la instruye con múltiple conocimiento.
Por tanto, tan lejos está la Iglesia de oponerse al cultivo de las artes y disciplinas humanas, que de muchas maneras lo ayuda y promueve. No ignora ni desprecia las ventajas que de ellas proceden para la vida humana; antes bien, reconoce que, así como proceden de Dios, Señor de las ciencias, así, si se tratan rectamente, conducen a Dios con la ayuda de su gracia.
La Iglesia no prohíbe que estas disciplinas usen en su propio ámbito sus principios y método propio; pero, reconociendo esta justa libertad, cuida diligentemente que, por contradecir la doctrina divina, no reciban errores en sí mismas, o que, traspasando sus propios límites, no ocupen y perturben lo que pertenece a la fe».39
Esta norma de justa libertad para promover la ciencia es al mismo tiempo norma inviolable de la justa libertad de enseñar rectamente entendida.
Debe observarse siempre que se transmite doctrina a otros, y con mayor obligación de justicia cuando se enseña a la juventud, porque el maestro, público o privado, no posee sobre ella un derecho absoluto, sino participado; y porque todo niño o adolescente cristiano tiene un derecho santísimo a ser enseñado según la doctrina de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad.
Se le haría grave injuria si se turbara su fe abusando de la confianza natural de los jóvenes en sus maestros, de su inexperiencia natural y de su inclinación desmedida hacia una libertad absoluta y engañosa.
18. Todo el hombre debe ser educado cristianamente
Nunca debe olvidarse que debe ser educado cristianamente el hombre entero: espíritu y cuerpo unidos en una sola naturaleza, dotado de todas las facultades del alma y del cuerpo, tanto las que proceden de la naturaleza como las que la superan, tal como lo conocemos por la recta razón y por los oráculos divinos.
Se trata del hombre que, caído de su primera nobleza, fue redimido por Cristo y restituido a la dignidad sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no le fueron devueltos aquellos privilegios preternaturales por los cuales antes el cuerpo era inmortal y el alma estaba equilibrada e íntegra.
De ahí que permanezcan en el hombre las heridas que entraron en la naturaleza humana por la culpa de Adán: especialmente la debilidad de la voluntad y las pasiones desordenadas del alma.
«La necedad está ligada al corazón del niño, y la vara de la disciplina la apartará de él».40
Por tanto, desde la niñez deben reprimirse las inclinaciones de la voluntad si son malas, y promoverse si son buenas.
Sobre todo, la mente de los niños debe ser imbuida con doctrinas procedentes de Dios, y el alma fortalecida con los auxilios de la gracia divina.
Si estos faltan, nadie podrá dominar sus pasiones ni la disciplina y formación podrán llevarse a su perfección, porque Cristo instruyó a su Iglesia con doctrinas celestiales y sacramentos divinos para que fuera maestra eficaz de todos los hombres.
Por eso, toda disciplina infantil que, contenta con las solas fuerzas de la naturaleza, rechaza o descuida lo que Dios concede para formar rectamente la vida cristiana, es falsa y llena de error.
Todo camino y método de educar a la juventud que no tenga en cuenta, o apenas tenga en cuenta, la mancha transmitida desde los primeros padres a toda su posteridad y la gracia divina, y que por eso se apoye enteramente en las solas fuerzas de la naturaleza, se aparta por completo de la verdad.
19. Errores del naturalismo pedagógico
A esta clase pertenecen casi todas las doctrinas que en nuestros días se presentan públicamente bajo diversos nombres, y que ponen casi todo el fundamento de la educación en permitir que los niños se formen a sí mismos según su propio ingenio y arbitrio, rechazados los consejos de los mayores y maestros y pospuesta toda ley y ayuda humana y divina.
Si estas afirmaciones se limitaran a decir que los adolescentes deben aportar a su propia educación tanta más cooperación e industria cuanto más avanzan en edad y conocimiento de las cosas, y que de la educación de los niños debe apartarse toda violencia y aspereza que no tenga el carácter de justa corrección, eso sería verdadero, pero no nuevo.
La Iglesia lo enseñó siempre, y los educadores cristianos lo conservaron según la tradición recibida, imitando a Dios, que quiere que todas las criaturas, y especialmente todos los hombres, cooperen con Él según su propia naturaleza, porque la Sabiduría divina «alcanza de un extremo a otro con fortaleza y dispone todas las cosas con suavidad».41
Pero si atendemos al sentido común de las palabras y a los hechos, muchos de estos maestros no tienden sino a sustraer la educación de los niños a las leyes divinas.
Por eso vemos hoy algo nuevo y extraño: educadores y filósofos que trabajan por buscar y ordenar un código universal de educación de la juventud, como si no existieran oráculos divinos escritos en el Decálogo, preceptos sagrados del Evangelio, ni ley natural fijada y casi esculpida por Dios en las almas, promulgada por la recta razón y sancionada por Él mismo en el Decálogo.
De aquí procede también que estos nuevos educadores suelan tener y llamar despectivamente a la disciplina infantil usada por la Iglesia como carente de libertad, inerte y anticuada, porque se apoya enteramente en la autoridad divina y en las leyes sagradas.
En esto se engañan miserablemente, pues, queriendo devolver al niño a la libertad, como dicen, lo entregan en realidad a la soberbia insana y a las pasiones desordenadas.
Según sus propias teorías, esas pasiones deberían ser aprobadas como necesidades de una naturaleza humana que ellos presentan sin ley.
Pero lo más grave es que estos maestros, aunque en vano, se atribuyen por error impío y peligroso la facultad de someter a investigaciones y experimentos profanos y comunes aquellas realidades de orden sobrenatural que influyen en la educación de los niños.
Tales son, por ejemplo, la vocación divina al sacerdocio y a la vida religiosa, y en general todas las operaciones secretas de la gracia de Dios en las almas.
La gracia, aunque eleva las fuerzas de la naturaleza, las sobrepasa infinitamente y de ningún modo puede obedecer a leyes físicas, porque «el Espíritu sopla donde quiere».42
20. Sobre la falsa educación sexual
Mucho más perniciosas son aquellas opiniones y doctrinas que mandan seguir absolutamente a la naturaleza y entran en una parte muy delicada de la educación humana: la que se refiere a la integridad de las costumbres y a la castidad.
Muchísimos sostienen y promueven, necia y peligrosamente, aquel método educativo que torpemente se llama sexual.
Piensan equivocadamente que, con artes meramente naturales y dejando de lado todo auxilio religioso y piadoso, pueden preservar a los adolescentes del placer y la lujuria, iniciándolos e instruyéndolos, sin distinción de sexo, incluso públicamente, en doctrinas peligrosas y escabrosas; y, lo que es peor, exponiéndolos tempranamente a ocasiones para que su ánimo, acostumbrado a tales cosas, quede como endurecido ante los peligros de la pubertad.
Estos hombres yerran gravemente porque no reconocen la fragilidad nativa de la naturaleza humana ni aquella ley inserta en nuestros miembros que, para usar las palabras de san Pablo, combate contra la ley de la mente.43
También niegan temerariamente lo que aprendemos por experiencia cotidiana: que los jóvenes caen con más frecuencia que otros en torpezas, no tanto por falta de conocimiento cuanto por la debilidad de una voluntad expuesta a los atractivos y privada de los auxilios divinos.
En esta materia dificilísima, si, consideradas todas las cosas, resulta oportuno que algún adolescente sea advertido a tiempo por aquellos a quienes Dios confió el oficio de educar a los niños, junto con las gracias convenientes, deben emplearse las cautelas y modos que los educadores cristianos conocen bien.
Antoniano los describe adecuadamente: «Nuestra debilidad y nuestra inclinación al mal llegan a tal extremo que aun los consejos que se emplean como remedio contra el pecado pueden convertirse casi en ocasión e incentivo para pecar.
Por eso importa mucho que el padre prudente, si alguna vez habla con su hijo sobre asuntos tan resbaladizos, atienda cuidadosamente y no descienda a poner casi ante los ojos los distintos modos en que esta horrenda peste infecta con su veneno a gran parte del mundo; no sea que, mientras intenta apagar los fuegos de la concupiscencia, los despierte o encienda en los ánimos más tiernos de los niños.
Hablando en general, mientras se educa a los niños bastará ampliamente usar aquellos remedios que introduzcan la castidad en el alma y al mismo tiempo aparten de los vicios contrarios».44
21. Sobre la coeducación mal entendida
Igualmente falsa y contraria a la educación cristiana debe considerarse aquella manera de instruir a los adolescentes que comúnmente llaman coeducación.
Muchos de quienes la defienden lo hacen porque no consideran o niegan que el hombre nace herido por la culpa de los primeros padres.
Otros, casi todos, padecen tal confusión de ideas que toman por legítima convivencia humana una promiscuidad desordenada de varones y mujeres considerados iguales en todos los aspectos.
El divino ordenador de todas las cosas quiso que la convivencia perfecta de ambos sexos existiera solamente en el legítimo matrimonio; y después, en la familia y en la sociedad, distribuida con cierto orden.
No hay nada en la naturaleza misma, de la cual proceden los dos sexos distintos por la estructura del cuerpo, las inclinaciones y el carácter, de donde pueda concluirse que varones y mujeres deban ser formados de manera promiscua, y mucho menos con una misma educación en todo.
Uno y otro sexo fueron constituidos por la sabiduría de Dios para que en la familia y en la sociedad se completen mutuamente y se unan de modo adecuado, precisamente por aquella diferencia de cuerpo y alma por la que se distinguen.
Esa diferencia debe mantenerse y aun fomentarse en la educación e instrucción, mediante una conveniente distinción y separación, según las edades y condiciones.
Estos preceptos, según la prudencia cristiana, deben observarse a tiempo y oportunamente no solo en todas las escuelas, especialmente durante los años inquietos de la adolescencia, de los cuales depende casi toda la futura vida, sino también en los juegos y ejercicios gimnásticos.
En ellos debe cuidarse de modo particular la modestia cristiana de las jóvenes, a quienes desdice sumamente mostrarse y exponerse ante los ojos de todos.
Recordando, por tanto, las gravísimas palabras del Divino Maestro: «¡Ay del mundo por los escándalos!»,45 excitamos con vehemencia vuestra solicitud y vigilancia, Venerables Hermanos, contra estos perniciosísimos errores, que se extienden demasiado entre el pueblo cristiano con inmenso daño de la juventud.
22. El ambiente educativo: familia, Iglesia y escuela
Para alcanzar la educación perfecta, es necesario cuidar que todo cuanto rodea al niño mientras se forma responda adecuadamente al fin propuesto.
Lo primero que por necesidad de la naturaleza rodea al niño que debe ser formado es su propia familia, constituida por Dios para esta misión.
Por eso consideraremos con derecho como más constante y segura aquella formación que se recibe en una familia rectamente ordenada y de buenas costumbres, y tanto más eficaz y constante cuanto más los padres, ante todo, y los demás miembros de la casa, precedan a los niños con el ejemplo de la virtud.
No es Nuestro ánimo tratar aquí toda la materia de la educación doméstica, ni siquiera en sus puntos principales, pues es demasiado amplia.
Además, no faltan autores antiguos y modernos que escribieron óptimamente sobre ella conforme a la doctrina católica, entre los cuales merece alabanza particular Antoniano, ya citado, que escribió su tratado Sobre la educación cristiana de los hijos con tanta pericia que san Carlos Borromeo mandó leerlo públicamente a los padres cristianos congregados en el templo.
Sin embargo, Venerables Hermanos, queremos llamar vuestra atención sobre el miserable estado al que han llegado en nuestros tiempos las cosas relativas a la educación doméstica.
Para las artes liberales y los cargos públicos, que son ciertamente de menor importancia, los hombres se preparan con largos estudios, laboriosos ejercicios y prolongado aprendizaje.
En cambio, para la educación de los hijos, que es la principal obligación del padre de familia, muchos padres se acercan temerariamente y casi sin preparación alguna, distraídos por asuntos y cuidados terrenos.
A disminuir el bien que produciría la educación familiar se añade que casi en todas partes crece cada día más la costumbre de separar a los niños de la familia desde los primeros años, por razones económicas o políticas.
Y existe una nación donde los niños son arrancados del seno de la familia para ser introducidos en grupos y escuelas completamente ajenos a Dios, no tanto para ser rectamente formados cuanto, más verdaderamente, deformados y depravados según las teorías de quienes sueñan que todo debe ser común a todos, embebiendo así impiedad y odio, y renovando de modo más real y más horrible la matanza de los Inocentes.
Rogamos y conjuramos a los pastores de almas, por la divina caridad de Jesucristo hacia los hombres, que no dejen nada por hacer, ya mediante sermones, catequesis, palabras o escritos ampliamente difundidos, para que los padres cristianos aprendan no solo en general sino en particular sus deberes acerca de la educación religiosa, moral y civil de sus hijos.
Enséñeseles también cuáles son, además del ejemplo de una vida más santa, los caminos y métodos más eficaces para alcanzar esa educación.
San Pablo no desdeñó repetir estas advertencias y exhortaciones en sus cartas, especialmente en la escrita a los Efesios, donde dice: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos».46
Esta provocación no procede solamente de que los padres se muestren demasiado severos y ásperos, sino sobre todo de que soportan mal el carácter y la viveza natural de sus hijos, ignoran los modos más adecuados de corrección, y principalmente de aquella disciplina blanda y como enervada que suele darse en las familias, de donde resulta que en el alma de los niños dominan pasiones desenfrenadas.
Los padres y educadores deben atender a esto: que usen rectamente, para bien de los hijos, la dignidad y potestad que tienen de Dios, cuyas veces verdaderamente ejercen; no para su propia comodidad, sino para formar e instruir a los hijos en el santo y suave temor de Dios, principio de toda sabiduría, único fundamento sólido de la reverencia a los superiores.
Quitado ese temor, no pueden mantenerse ni el orden constante, ni la paz serena, ni bien alguno en la familia ni en toda la sociedad humana.
A la debilidad de las fuerzas humanas, empeorada por la culpa original, Dios, en su bondad, proveyó con abundantes auxilios de su gracia y con la múltiple riqueza de medios que la Iglesia tiene para purificar las almas y elevarlas a la santidad.
La Iglesia, gran familia de Cristo, es por eso educadora, y está en máxima concordia y unión con cada familia.
Este lugar óptimo para la formación, que es la Iglesia, comprende no solo los sacramentos que contienen e infunden la gracia divina; ni solo los ritos sagrados que ayudan admirablemente a formar a los adolescentes en las virtudes; ni solo el recinto del templo, donde las ceremonias solemnes, las imágenes esculpidas, las pinturas, el órgano y el canto sirven de magnífico auxilio para imbuir las almas de piedad y buenas costumbres.
La Iglesia fomenta y sostiene además una gran variedad de escuelas, asociaciones e institutos de todo género, destinados a formar a los adolescentes en la piedad, las letras y las ciencias, con oportunos recreos y ejercicios corporales.
Esta fecundidad perpetua en promover y sostener tales obras manifiesta la providencia materna de la Iglesia, que no puede ser superada y es digna de toda admiración. También confirma aquella admirable concordia entre la Iglesia y la familia cristiana, de modo que puede afirmarse con verdad que Iglesia y familia son un solo refugio y casi santuario de la educación cristiana.
Como las nuevas generaciones debían ser instruidas en todas las artes y disciplinas por las cuales la convivencia civil progresa y florece, y como la familia sola no bastaba para ello, nacieron los centros públicos de estudios, pero primeramente, nótese bien, por la acción conjunta de la Iglesia y de la familia; y mucho después por la del Estado.
Por tanto, las sedes literarias y escuelas, si miramos su origen histórico, surgieron por su naturaleza como subsidio y complemento de la Iglesia y de la familia.
De aquí se sigue que las escuelas públicas no pueden oponerse a la familia y a la Iglesia, sino que deben concordar con ambas cuanto lo permita la realidad, de modo que estas tres —escuela, familia e Iglesia— parezcan formar un solo santuario de la educación cristiana, si no se quiere que la escuela se aparte de su fin y se convierta en peste y ruina de los adolescentes.
23. La escuela neutra o laica destruye la educación cristiana
Esto lo expresó abiertamente un laico célebre por sus escritos sobre la educación de la juventud, aunque no todo en ellos pueda recomendarse, pues respiran una doctrina corrompida sobre la libertad: «La escuela, si no es templo, es cueva»; y en otro lugar: «Cuando en la educación de los niños no conspiran juntamente las letras y las doctrinas que pertenecen a la religión y a la sociedad doméstica y civil, salen hombres miserables e ineptos».47
De aquí se sigue necesariamente que, por las escuelas llamadas neutras o laicas, se deshace y destruye todo fundamento de la educación cristiana, porque de ellas se excluye por completo la religión.
Tales escuelas, por lo demás, solo serán neutras en apariencia; en realidad serán, o llegarán a ser, enteramente contrarias a la religión.
Sería largo, y tampoco hace falta, repetir lo que Nuestros Predecesores, especialmente Pío IX y León XIII, declararon abiertamente, pues en sus tiempos irrumpió de modo especial esta gravísima peste del laicismo en las escuelas públicas.
Repetimos y confirmamos sus protestas,48 así como las prescripciones de los sagrados cánones que prohíben a los adolescentes católicos frecuentar por cualquier causa escuelas neutras o mixtas, es decir, aquellas a las que concurren sin distinción católicos y no católicos.
Solo será lícito asistir a ellas, por prudente juicio del Ordinario, en ciertas condiciones de lugar y tiempo y con cautelas especiales.49
Tampoco puede tolerarse aquella escuela, especialmente si es única y obligatoria para todos los niños, donde, aunque se dé separadamente a los católicos la enseñanza de la doctrina sagrada, no sean católicos los maestros que instruyen comúnmente en letras y artes a niños católicos y no católicos.
No basta que en una escuela se imparta la doctrina religiosa, generalmente con demasiada escasez, para que satisfaga los derechos de la Iglesia y de la familia y sea digna de ser frecuentada por alumnos católicos.
Para que una escuela cumpla esto realmente, es absolutamente necesario que toda la institución y enseñanza, toda la organización escolar, es decir, maestros, plan de estudios y libros, en cualquier disciplina, estén impregnados y fortalecidos por el espíritu cristiano bajo la dirección y vigilancia materna de la Iglesia.
La religión misma debe constituir el fundamento y la cima de todo el método educativo, no solo en las escuelas elementales, sino también en aquellas donde se enseñan disciplinas superiores.
«Es necesario —para usar las palabras de León XIII— no solo que los jóvenes sean enseñados en religión a ciertas horas, sino que toda la restante formación respire el sentido de la piedad. Si esto falta, si este hábito sagrado no penetra y fomenta los ánimos de maestros y alumnos, se obtendrán escasas ventajas de cualquier doctrina, y muchas veces se seguirán daños no pequeños».50
Nadie objete que es imposible que un Estado compuesto por hombres de distintas religiones provea a la instrucción de los niños de otro modo que por escuelas llamadas neutras o mixtas.
Al contrario, el Estado puede y debe proveer a la educación de los ciudadanos con más prudencia y facilidad si permite que la Iglesia y las familias realicen libremente su obra en esta materia, favoreciendo además equitativamente una y otra con subsidios.
Que esto pueda hacerse con gran alegría de las familias y provecho de la educación pública y de la tranquilidad, lo demuestran algunas naciones donde, aunque los ciudadanos profesan distintas religiones, el orden de las escuelas no hiere los derechos de las familias.
Allí los jóvenes católicos disponen de escuelas católicas, y se da una justa compensación de gastos por parte del Estado a las escuelas que las familias reclaman por derecho propio.
24. La defensa de la escuela católica
En otras naciones de religión mixta sucede algo muy distinto, con no pequeño perjuicio para los católicos.
Bajo la guía de los obispos y con la incansable cooperación del clero secular y regular, sostienen con su propio dinero las escuelas necesarias para educar rectamente a sus hijos.
Conscientes de la gravísima obligación que los liga, permanecen con laudable generosidad y constancia en su propósito, llevando como lema de su acción procurar absolutamente «educación católica en escuelas católicas para toda la juventud católica».
Aunque esta empresa no sea sostenida con dinero público como exigiría la ley de la justicia, no puede ser impedida ni prohibida por los magistrados, a no ser que quieran pisotear los derechos sagrados de la familia y romper los nervios de la verdadera libertad.
Donde se contradicen o dificultan de diversas maneras estos primeros elementos de libertad, los católicos jamás trabajarán bastante, aun a costa de grandes molestias, para defender intactas sus escuelas y conseguir leyes justas sobre la libre educación de los adolescentes.
Todo cuanto hacen los fieles para promover y defender la escuela católica para sus hijos es, sin duda alguna, obra de religión, y por eso pertenece de modo principal a la Acción Católica.
Por este motivo son muy gratas a Nuestro ánimo paterno y dignas de especiales alabanzas todas las asociaciones que, de diversos modos, se dedican con especial empeño a esta obra tan necesaria.
Proclámese altamente, y sea bien advertido y reconocido por todos, que los fieles, al buscar escuela católica para sus hijos, no hacen en parte alguna obra de partido político, sino cumplen un deber religioso que exige necesariamente su conciencia.
No buscan apartar a sus hijos de la disciplina y espíritu del Estado, sino formarlos de modo más perfecto y más acomodado a la utilidad de la nación.
El católico verdadero, instruido por la doctrina católica, es precisamente por esto óptimo ciudadano, amante de la patria y obediente con sincera fidelidad a la autoridad pública bajo cualquier forma legítima de gobierno.
En una escuela que concuerda con la Iglesia y con la familia cristiana no sucederá que, con daño manifiesto de la educación, se contradiga en las diversas disciplinas lo que los alumnos aprendieron en la instrucción religiosa.
Si por solicitud del magisterio fuera necesario que los maestros llevasen a conocimiento de los alumnos libros manchados de errores para refutarlos, lo harán con tales cautelas y con tal remedio de sana doctrina que la educación cristiana de la juventud no sufra pérdida, sino más bien reciba utilidad.
En este método de formación no hay razón alguna para que el estudio de la lengua patria y de las letras clásicas perjudique la santidad de las costumbres.
El maestro cristiano tomará ejemplo de las abejas, que chupan de las flores lo más puro y dejan lo demás, como enseña san Basilio a los jóvenes en su discurso sobre la lectura de los autores clásicos.51
Esta cautela necesaria, propuesta también por el pagano Quintiliano,52 no impide que el maestro cristiano reciba y use cuanto de verdaderamente bueno y útil han aportado y aportan nuestros tiempos a las disciplinas y a sus métodos de enseñanza, según la sentencia del Apóstol: «Probadlo todo; retened lo bueno».53
Pero al recibir lo nuevo cuidará de no abandonar fácilmente lo antiguo, cuya utilidad y fuerza ha demostrado la experiencia de muchos siglos.
Esto vale especialmente para el estudio de las letras latinas, que vemos decaer cada día más por haber sido abandonados, equivocadamente, los sanos métodos de enseñanza empleados con tanto provecho por el cultivo humanístico que floreció sobre todo en las escuelas de la Iglesia.
La nobilísima costumbre transmitida por los mayores exige que los jóvenes confiados a escuelas católicas se formen plenamente en letras y ciencias según las condiciones de nuestro tiempo, pero al mismo tiempo sean sólida y profundamente instruidos en una filosofía más sana, dejando de lado la ligereza desordenada de quienes «habrían encontrado quizá lo necesario si no hubieran buscado también lo superfluo».54
Todo maestro cristiano debe tener ante los ojos aquello que León XIII resume en breve sentencia: debe trabajarse con más empeño para que no solo haya un método de enseñanza apto y sólido, sino sobre todo para que la enseñanza misma, en las letras y ciencias, sea completamente conforme a la fe católica; y especialmente en filosofía, de la cual depende en gran parte la recta razón de las demás ciencias.55
25. La importancia de los buenos maestros
La eficacia saludable de las escuelas debe atribuirse no tanto a leyes rectas como a maestros rectos.
Deben estar excelentemente preparados, dominar cada uno la disciplina que debe transmitir, y estar adornados con las cualidades de mente y corazón que exige un oficio tan grave.
Deben arder de casto y divino amor hacia los jóvenes confiados a ellos, porque aman a Jesucristo y a su Iglesia, de quienes aquellos son hijos amadísimos, y por eso tienen sinceramente en el corazón el verdadero bien de las familias y de la patria.
Por tanto, recibimos gran consuelo y damos gracias a la divina Bondad al ver que a los religiosos y religiosas que se consagran a enseñar a niños y adolescentes se añaden tantos buenos maestros de ambos sexos.
Estos, reunidos también en congregaciones y asociaciones propias para cultivar santamente su ánimo, dignas de alabanza y promoción como nobilísimo y poderoso auxilio de la Acción Católica, olvidados de su propio interés, trabajan con celo y constancia en aquella obra que san Gregorio Nacianceno llama «arte de las artes y ciencia de las ciencias»: regir y formar a los jóvenes.56
Pero también a ellos se aplica la palabra del Divino Maestro: «La mies es mucha, pero los obreros pocos».57
Roguemos, pues, al Señor de la mies que envíe muchos otros artífices de la educación cristiana; y su formación debe estar muy en el corazón de los pastores de almas y de los superiores de las órdenes religiosas.
Además, es necesario dirigir y custodiar la educación del adolescente en cualquier modo de vida en que se halle, porque es como «cera que se dobla hacia el vicio».58
Deben apartarse las malas ocasiones y proporcionarse oportunamente las buenas, tanto en los recreos como en la elección de compañeros, porque «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres».59
En nuestros tiempos hay que vigilar con tanto mayor plenitud y diligencia cuanto más crecen para la juventud inexperta las ocasiones de naufragio moral y religioso.
Esto sucede especialmente por libros impíos y obscenos, muchos de los cuales se venden y difunden criminalmente a bajo precio; por los espectáculos cinematográficos; y ahora también por las audiciones radiofónicas, que facilitan toda clase de lecturas, así como el cine facilita toda clase de espectáculos.
Estos poderosísimos medios de difusión, si se rigen según sanos principios, pueden ser muy útiles para la instrucción y educación. Pero con frecuencia, por desgracia, sirven a los atractivos del vicio y a ganancias vergonzosas.
San Agustín gemía por el ardor con que muchos cristianos de su tiempo eran arrastrados a los juegos circenses, y narró con vivas palabras la corrupción de Alipio, su discípulo y amigo, que felizmente se detuvo por un tiempo.60
¡Cuántos adolescentes, corrompidos por los espectáculos modernos y por libros torpes, deben llorar hoy los padres y maestros!
Por eso deben ser alabadas y ayudadas todas las obras dedicadas a la educación que, guiadas por espíritu cristiano y por el deseo de auxiliar las almas de los jóvenes, informan oportunamente a padres y maestros, mediante libros y periódicos, sobre las insidias que, a menudo de modo oculto, se tienden contra la moral y la religión por libros y espectáculos.
También deben ser apoyadas las iniciativas que procuran difundir libros sanos y promover espectáculos provechosos para la recta formación, e incluso, con grandes gastos, fundan teatros y cines de los que no solo no provenga peligro para la virtud cristiana, sino también considerable utilidad.
Esta custodia y vigilancia, que hemos dicho necesaria, no exige que los jóvenes sean segregados del trato con los hombres con quienes habrán de vivir y procurar su salvación.
Exige solo que sean defendidos y fortalecidos cristianamente, hoy más que nunca, contra los atractivos y errores del mundo, que, según san Juan, es todo «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida».61
Así se comportarán como Tertuliano escribió de los antiguos cristianos y como conviene que los cristianos sean en todo tiempo: «coposeedores del mundo, no del error».62
26. El fin propio de la educación cristiana
Con estas palabras de Tertuliano hemos tocado aquello que, aun siendo de máxima importancia, decidimos tratar en último lugar: en qué consiste principalmente la educación cristiana, según se desprende de su fin propio.
Si se considera atentamente este punto, se verá con claridad meridiana que la misión y oficio supremo de educar pertenecen a la Iglesia.
La educación cristiana tiende propia e inmediatamente a cooperar con la gracia divina para formar al verdadero y perfecto cristiano, es decir, para expresar y formar a Cristo mismo en los que han renacido por el bautismo, según aquella viva palabra del Apóstol: «Hijitos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros».63
El verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: «Cristo, vuestra vida»,64 y manifestarla en todas sus acciones, «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal».65
Por eso la educación cristiana abraza todo el conjunto de los actos humanos: los que proceden de los sentidos y del espíritu, del entendimiento y de las costumbres, de la vida individual y de la sociedad doméstica y civil.
No los abraza para disminuirlos en lo más mínimo, sino para elevarlos, regirlos y perfeccionarlos según los ejemplos y la doctrina de Jesucristo.
Así, el verdadero cristiano, formado por la educación cristiana, no es otra cosa que el hombre sobrenatural que siente, juzga y obra de manera constante y coherente conforme a la recta razón iluminada sobrenaturalmente por los ejemplos y la doctrina de Jesucristo; es decir, el hombre dotado de verdadera firmeza de carácter.
No es hombre de carácter sólido quien solo es coherente consigo mismo y tenaz en su propio propósito, sino aquel que sigue las razones eternas de la justicia.
Esto lo reconoció incluso un poeta pagano al ensalzar al «varón justo y tenaz en su propósito».66
Y esas razones de justicia no pueden conservarse íntegramente si no se da a Dios lo que a Dios se debe, como hace el verdadero cristiano.
27. La educación cristiana no disminuye la vida humana, la eleva
Este fin de la educación cristiana parece a los hombres profanos una idea vacía, o un propósito que no puede cumplirse sin destruir o al menos debilitar las fuerzas naturales, sin renunciar de algún modo a la actividad de esta vida.
De ahí concluyen que es ajeno a la sociedad humana y a su prosperidad terrena, y muy hostil a todo progreso en letras, ciencias, artes y cultura humana y civil.
A esta duda, propuesta ya por paganos antiguos, aunque eruditos pero ignorantes de nuestras cosas y llenos de prejuicios, y repetida en tiempos recientes con más frecuencia y pertinacia, respondió Tertuliano:
«No somos desterrados de la vida. Sabemos que debemos gratitud a Dios, Señor y Creador; no rechazamos ningún fruto de sus obras, solo moderamos su uso para no emplearlo más allá de la medida o de modo perverso.
Así, no vivimos sin foro, sin mercado, sin baños, tiendas, talleres, establos, ferias y demás comercios. Navegamos con vosotros, militamos, cultivamos la tierra y comerciamos; mezclamos nuestras artes y publicamos nuestros trabajos para vuestro uso. No sé cómo podemos parecer inútiles a vuestros negocios, viviendo con vosotros y de vosotros».67
El cristiano sincero, por tanto, tan lejos está de abandonar las tareas de esta vida y de reprimir las fuerzas naturales, que más bien las cultiva y perfecciona al unirlas con la vida sobrenatural.
Así adorna la misma vida natural y la robustece con auxilios más eficaces, no solo para las cosas espirituales y eternas, sino también para las necesidades de la vida natural.
Esto lo demuestra toda la historia de la religión cristiana y de sus instituciones, con la cual coincide plenamente la historia de la verdadera civilización y del progreso humano hasta nuestros días.
Lo muestra sobre todo la vida de los santos, engendrados por la Iglesia Madre, y solo por ella, con perpetua fecundidad.
Ellos, realizando en sí la forma perfecta y completa de la educación cristiana, ennoblecieron la sociedad humana y la enriquecieron con bienes de todo género.
Los santos fueron óptimos bienhechores del género humano y florecieron en todos los órdenes de ciudadanos y en cualquier condición de vida, dando ejemplos de santidad perfecta.
Entre ellos no faltan campesinos sencillos y rudos, hombres cultivados en las ciencias y las letras, artesanos humildes, jefes de ejército, padres de familia, reyes de pueblos, vírgenes y mujeres dedicadas al hogar, reinas y emperatrices.
¿Con qué alabanzas podríamos ensalzar a los predicadores del Evangelio que, en las misiones, con trabajo casi infinito, llevaron y llevan a los pueblos bárbaros, junto con la luz de la fe, los bienes de la civilización también para esta vida?
¿Qué decir de los fundadores de tantas y tan variadas obras para aliviar a los hombres con caridad cristiana? ¿Qué decir de los santos educadores de ambos sexos, numerosísimos, que procuraron perpetuar y propagar por medio de otros su obra de educación cristiana, con singular utilidad de las familias y de las naciones?
Estos son los beneficios que proceden de la educación cristiana, porque ella eleva y forma al hombre para la vida y virtud sobrenatural en Cristo.
Jesucristo nuestro Señor, Divino Maestro, es autor y dador de esa vida y virtud, y al mismo tiempo se ofrece como modelo a todos los hombres, de cualquier condición, especialmente a los jóvenes, sobre todo en aquella etapa de su vida en la que llevó una existencia oculta y laboriosa, obediente y adornada de todas las virtudes personales, domésticas y sociales ante Dios y ante los hombres.
28. La Iglesia, madre y educadora perfectísima
Todos esos tesoros, que apenas hemos recordado en parte y que nunca podrán estimarse bastante, pertenecen de modo tan estrecho a la Iglesia que constituyen como su misma naturaleza.
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa inmaculada de Cristo, y por eso Madre fecundísima, así como educadora suprema y perfecta.
Por eso san Agustín, a quien pronto celebraremos al cumplirse quince siglos de su dichosa muerte, arrebatado de santa caridad hacia tal Madre, dirigía estas palabras:
«Con razón, Iglesia católica, Madre verdaderísima de los cristianos, predicas que debe adorarse purísima y castísimamente al mismo Dios, cuya posesión es vida beatísima; y abrazas de tal modo el amor y caridad del prójimo, que en ti se encuentra toda medicina poderosa para los diversos males con que las almas enferman por sus pecados.
Tú ejercitas y enseñas a los niños de modo infantil, a los jóvenes con fortaleza, a los ancianos con quietud, según la edad no solo del cuerpo sino también del alma de cada uno.
Tú sometes los hijos a los padres con una libre servidumbre, y antepones los padres a los hijos con piadoso dominio.
Tú unes a los hermanos con vínculo religioso más fuerte y más estrecho que el de la sangre. Tú unes ciudadanos con ciudadanos, naciones con naciones y, en suma, a los hombres entre sí, no solo por sociedad sino también por cierta fraternidad, recordándoles sus primeros padres.
Tú enseñas a los reyes a mirar por los pueblos y amonestas a los pueblos a someterse a los reyes.
Enseñas con diligencia a quién se debe honor, a quién afecto, a quién reverencia, a quién temor, a quién consuelo, a quién advertencia, a quién exhortación, a quién disciplina, a quién reprensión, a quién castigo; mostrando cómo no se debe todo a todos, pero sí caridad a todos e injuria a nadie».68
29. Oración final por los frutos de la educación cristiana
Entretanto, Venerables Hermanos, elevemos súplices los ánimos y las manos al cielo, hacia el Pastor y Obispo de nuestras almas,69 hacia el Rey divino, Señor de los que dominan.
Roguemos que Él, por su virtud omnipotente, ordene que en todo el orbe de la tierra se recojan y aumenten cada día más los frutos espléndidos de la educación cristiana, para provecho de los individuos y de los pueblos.
Como prenda de estos dones celestiales, con paternal afecto impartimos la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro clero y pueblo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 31 de diciembre de 1929, octavo año de Nuestro Pontificado.
Pío Papa XI
NOTAS
(1) Marcos 10, 14.
(2) Segunda carta a Timoteo 4, 2.
(3) San Agustín, Confesiones, libro I, cap. 1.
(4) Proverbios 22, 6.
(5) San Juan Crisóstomo, homilía 60 sobre Mateo 18.
(6) Marcos 9, 36.
(7) Mateo 28, 18-20.
(8) Pío IX, encíclica Quum non sine, 14 de julio de 1864.
(9) San Agustín, De symbolo ad catechumenos, XIII.
(10) León XIII, encíclica Libertas, 20 de junio de 1888.
(11) San Pío X, encíclica Singulari quadam, 24 de septiembre de 1912.
(12) Alessandro Manzoni, Osservazioni sulla Morale Cattolica, cap. III.
(13) Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1375.
(14) San Hilario, comentario a Mateo, cap. 18.
(15) Código de Derecho Canónico de 1917, cánones 1381-1382.
(16) León XIII, encíclica Nobilissima Gallorum gens, 8 de febrero de 1884.
(17) Mateo 28, 19.
(18) Discurso de Pío XI a los alumnos del Colegio Tusculano de Mondragone, 14 de mayo de 1929.
(19) Deuteronomio 32, 4.
(20) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 102, a. 1.
(21) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 12.
(22) Suplemento de la Suma Teológica, III, q. 41, a. 1.
(23) Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1113.
(24) León XIII, encíclica Rerum novarum, 15 de mayo de 1891.
(25) Ibídem.
(26) León XIII, encíclica Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890.
(27) Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1113.
(28) Sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en los casos escolares de Oregón, 1 de junio de 1925.
(29) Carta al Cardenal Secretario de Estado, 30 de mayo de 1929.
(30) Código de Derecho Canónico de 1917, canon 750, § 2; Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 12.
(31) Discurso a los alumnos del Colegio Tusculano de Mondragone, 14 de mayo de 1929.
(32) Discurso a los alumnos del Colegio Tusculano de Mondragone, 14 de mayo de 1929.
(33) Luigi Taparelli, Saggio teoretico di Diritto naturale, n. 922.
(34) León XIII, encíclica Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885.
(35) Ibídem.
(36) San Agustín, carta 138.
(37) Silvio Antoniano, Dell’educazione cristiana dei figliuoli, lib. I, cap. 43.
(38) Carta al Cardenal Secretario de Estado, 30 de mayo de 1929.
(39) Concilio Vaticano I, sesión III, cap. 4.
(40) Proverbios 22, 15.
(41) Sabiduría 8, 1.
(42) Juan 3, 8.
(43) Romanos 7, 23.
(44) Silvio Antoniano, Dell’educazione cristiana dei figliuoli, lib. II, cap. 88.
(45) Mateo 18, 7.
(46) Efesios 6, 4.
(47) Niccolò Tommaseo, Pensieri sull’educazione, parte I, 3, 6.
(48) Pío IX, carta Quum non sine, 14 de julio de 1864; Syllabus, proposición 48; León XIII, alocución Summi Pontificatus, 20 de agosto de 1880; encíclicas y cartas citadas en el texto latino.
(49) Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1374.
(50) León XIII, encíclica Militantis Ecclesiae, 1 de agosto de 1897.
(51) San Basilio, discurso sobre la lectura de los autores clásicos.
(52) Quintiliano, Institutio oratoria, I, 8.
(53) Primera carta a los Tesalonicenses 5, 21.
(54) Séneca, carta 45.
(55) León XIII, encíclica Inscrutabili, 21 de abril de 1878.
(56) San Gregorio Nacianceno, oración II.
(57) Mateo 9, 37.
(58) Horacio, Arte poética, v. 163.
(59) Primera carta a los Corintios 15, 33.
(60) San Agustín, Confesiones, libro VI, cap. 8.
(61) Primera carta de san Juan 2, 16.
(62) Tertuliano, De idololatria, 14.
(63) Gálatas 4, 19.
(64) Colosenses 3, 4.
(65) Segunda carta a los Corintios 4, 11.
(66) Horacio, Odas, libro III, oda 3, v. 1.
(67) Tertuliano, Apologeticum, 42.
(68) San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, libro I, cap. 30.
(69) Cf. Primera carta de san Pedro 2, 25.
Fuente histórica principal: Acta Apostolicae Sedis, volumen XXII, Roma, 1930, pp. 49-86.


