Fecha de publicación: 4 de octubre de 1903
Autor: Su santidad san Pío X
Breve resumen: Primera encíclica de san Pío X, en la que presenta el programa fundamental de su pontificado: restaurar todas las cosas en Cristo. Denuncia la apostasía de Dios, la sustitución de Dios por el hombre, el materialismo, el racionalismo y el semirracionalismo. Enseña que el retorno de la humanidad a Dios debe realizarse por Jesucristo y por medio de la Iglesia. Insiste en la santidad y formación del clero, la enseñanza religiosa, la caridad en el apostolado y la colaboración organizada de los fieles bajo la autoridad de los obispos.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica E supremi apostolatus ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino conservado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XXXVI, publicada en Roma en 1903-1904, páginas 129-139, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido una traducción moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, como Piper, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios de los lugares, que tienen paz y comunión con la Sede Apostólica.
Pío X, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Aceptación del supremo pontificado
Al dirigirnos por primera vez a vosotros desde la Cátedra del supremo apostolado, a la cual fuimos elevados por el inescrutable designio de Dios, no es necesario recordar con cuántas lágrimas y fervientes súplicas procuramos apartar de Nos la formidable carga del pontificado.
Aunque somos completamente inferiores a él en méritos, Nos parece que podemos aplicar a Nuestra propia situación las palabras con las cuales san Anselmo se lamentaba cuando, contra su deseo y a pesar de su resistencia, fue obligado a aceptar la dignidad episcopal.
Podemos presentar las mismas señales de dolor que él manifestó, para mostrar con qué disposición de ánimo y voluntad aceptamos el gravísimo deber de apacentar la grey de Cristo.
«Son testigos —escribía— mis lágrimas, mis palabras y los gemidos que brotaban de la angustia de mi corazón. Nunca recuerdo que hubieran salido de mí por dolor alguno antes del día en que pareció caer sobre mí aquella pesada carga del arzobispado de Canterbury.
No pudieron ignorarlo quienes contemplaron mi rostro aquel día. Parecía más un muerto que un hombre vivo; estaba pálido por el asombro y el dolor.
Hasta ahora me he resistido, cuanto he podido y sin faltar a la verdad, a esta elección o, mejor dicho, a esta violencia. Pero ahora, quiera o no, me veo obligado a reconocer que los juicios de Dios se oponen cada día con mayor fuerza a mis esfuerzos, de modo que ya no encuentro manera alguna de huir de ellos.
Vencido, por tanto, no tanto por la violencia de los hombres como por la de Dios, contra la cual no existe prudencia humana, comprendo que solo me queda una decisión. Después de haber orado cuanto pude, y de haber pedido que, si fuera posible, pasara de mí este cáliz sin beberlo, debo posponer mi propio sentir y mi voluntad, y entregarme enteramente al designio y a la voluntad de Dios».1
2. La enfermedad de la sociedad humana
No Nos faltaban, ciertamente, numerosas y gravísimas razones para resistir.
Además de que, por Nuestra pequeñez, no Nos considerábamos en modo alguno dignos del honor del pontificado, ¿quién no se habría turbado al ser designado sucesor de aquel que gobernó sapientísimamente la Iglesia durante casi veintiséis años?
Nuestro Predecesor brilló por tal vigor de inteligencia y por el esplendor de todas las virtudes, que suscitó la admiración incluso de sus adversarios y consagró la memoria de su nombre mediante obras gloriosísimas.
Pero, dejando de lado otras razones, Nos aterrorizaba sobre todo la aflictiva condición actual del género humano.
¿Quién puede ignorar que la sociedad humana se encuentra hoy, más que en las épocas pasadas, oprimida por una enfermedad gravísima y profundamente arraigada?
Esta enfermedad se agrava cada día, consume interiormente a la sociedad y la arrastra hacia la ruina.
Comprendéis, Venerables Hermanos, cuál es este mal: la defección y el alejamiento de Dios. Nada conduce con mayor certeza a la perdición, según las palabras del Profeta: «He aquí que perecerán quienes se alejan de Ti».2
Considerábamos, por tanto, que el deber del pontificado que iba a confiársenos Nos obligaba a procurar cuanto antes un remedio para un mal tan grande.
Entendíamos como dirigido a Nos el mandato divino: «Mira que hoy te he constituido sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y destruir, para arruinar y derribar, para edificar y plantar».3
Pero, conscientes de Nuestra debilidad, temíamos emprender una obra que, al mismo tiempo, no admitía demora y se presentaba llena de dificultades.
3. Restaurar todas las cosas en Cristo
Sin embargo, puesto que la voluntad divina se dignó elevar Nuestra pequeñez a tan alta potestad, cobramos ánimo en Aquel que Nos fortalece.
Confiando en el poder de Dios y poniendo manos a la obra, declaramos que Nuestro único propósito en el gobierno del pontificado será restaurar todas las cosas en Cristo,4 para que Cristo sea todo y esté en todos.5
Habrá quienes, midiendo las cosas divinas con criterios humanos, intenten descubrir intenciones ocultas en Nuestro ánimo y desviar Nuestro propósito hacia intereses terrenos o luchas de partidos.
Para cortar de raíz semejantes esperanzas, afirmamos solemnemente que no queremos ser, y con la ayuda de Dios nunca seremos, otra cosa ante la sociedad humana que ministros de Dios, de cuya autoridad somos depositarios.
Los intereses de Dios serán Nuestros intereses. A ellos hemos decidido consagrar todas Nuestras fuerzas y la misma vida.
Por eso, si alguien Nos pide un lema que manifieste Nuestra voluntad, siempre responderemos únicamente con este:
Restaurar todas las cosas en Cristo.
Al emprender y promover esta obra gloriosa, Nos anima profundamente la certeza de que todos vosotros, Venerables Hermanos, seréis colaboradores esforzados en su realización.
4. La rebelión del hombre contra Dios
Si dudáramos de vuestra colaboración, tendríamos que consideraros, injustamente, ignorantes o negligentes ante la guerra sacrílega que actualmente se promueve y alimenta contra Dios en casi todas partes.
Verdaderamente, «se amotinaron las naciones y los pueblos tramaron proyectos vanos»6 contra su Creador.
La expresión común de los enemigos de Dios parece ser esta: «Apártate de nosotros».7
Por eso, en la mayoría de los hombres se ha extinguido completamente la reverencia hacia el Dios eterno.
En la vida pública y privada no se tiene en cuenta su soberana voluntad. Más aún, se emplean todas las fuerzas y todos los artificios para borrar completamente el recuerdo y el conocimiento de Dios.
Quien considere estas cosas tiene razones para temer que esta perversidad de los espíritus sea como una anticipación y el comienzo de los males reservados para los últimos tiempos.
Puede temerse también que el «hijo de perdición», del cual habla el Apóstol,8 se encuentre ya en este mundo.
Con tanta audacia y furor se ataca por todas partes a la religión, se combaten las verdades de la fe revelada y se pretende arrancar y destruir toda relación entre el hombre y Dios.
Por otra parte, el hombre, con infinita temeridad, se ha colocado en el lugar de Dios, elevándose sobre todo cuanto se llama Dios. Esta es, según el mismo Apóstol, la señal propia del Anticristo.
Aunque el hombre no puede extinguir completamente en sí mismo el conocimiento de Dios, desprecia su majestad y convierte este mundo visible en una especie de templo en el cual pretende ser adorado.
«Se sienta en el templo de Dios, presentándose como si fuera Dios».9
5. La victoria pertenece a Dios
Ningún hombre de juicio sano puede dudar del resultado de esta lucha de los mortales contra Dios.
El hombre puede abusar de su libertad y violar el derecho y la majestad del Creador del universo. Sin embargo, la victoria pertenece siempre a Dios.
Más aún, la derrota se aproxima precisamente cuando el hombre, creyéndose vencedor, se levanta con mayor audacia.
Dios mismo Nos lo advierte en las Sagradas Escrituras.
Como si disimulara su poder y su grandeza, «tiene compasión de los pecados de los hombres»,10 pero, después de estos aparentes retrocesos, «se despertará como un hombre poderoso vencido por el vino»,11 y «quebrantará las cabezas de sus enemigos».12
Así todos conocerán que «Dios es Rey de toda la tierra»13 y «las naciones sabrán que no son más que hombres».14
Todo esto, Venerables Hermanos, lo creemos y esperamos con fe cierta.
Pero esa confianza no Nos dispensa de trabajar, cada uno según sus posibilidades, para acelerar la obra de Dios.
No basta con suplicar continuamente: «Levántate, Señor, que el hombre no prevalezca».15
Debemos, además, proclamar y defender con las palabras y las obras, a plena luz, el dominio supremo de Dios sobre los hombres y sobre todas las criaturas.
Es necesario que su derecho a mandar y su autoridad sean reconocidos y respetados por todos.
Este deber nos es impuesto no solo por la naturaleza, sino también por el bien común del género humano.
6. No puede existir verdadera paz sin Dios
¿Quién, Venerables Hermanos, no se llena de temor y tristeza al contemplar que, mientras se exaltan justamente muchos progresos de la humanidad, la mayor parte de los hombres lucha con tanta ferocidad que parece existir una guerra de todos contra todos?
El deseo de paz está presente en todos los corazones, y nadie deja de invocarla con ardor.
Pero buscar la paz rechazando a Dios es un absurdo.
Donde Dios está ausente, desaparece también la justicia. Y, una vez eliminada la justicia, es inútil esperar la paz.
«La paz es obra de la justicia».16
Sabemos que muchos, movidos por el deseo de paz, es decir, por la tranquilidad del orden, se reúnen en asociaciones y partidos que se llaman a sí mismos partidos del orden.
¡Esperanzas y trabajos inútiles!
Solo existe un partido del orden capaz de llevar la paz a una sociedad perturbada: el partido de quienes están con Dios.
Por tanto, debemos favorecerlo y atraer hacia él al mayor número posible de personas, si verdaderamente amamos la seguridad y la paz.
7. El retorno a Dios por medio de Jesucristo
Pero el retorno de la humanidad a la majestad y al dominio de Dios nunca podrá realizarse, por más que trabajemos, sino por medio de Jesucristo.
El Apóstol advierte: «Nadie puede poner otro fundamento que el ya puesto, que es Jesucristo».17
Él es el único «a quien el Padre santificó y envió al mundo».18
Es «el resplandor de la gloria del Padre y la imagen de su sustancia»,19 verdadero Dios y verdadero hombre.
Sin Él nadie puede conocer a Dios como es necesario, pues «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo».20
De aquí se sigue que restaurar todas las cosas en Cristo y conducir nuevamente a los hombres a la obediencia de Dios son una misma obra.
Debemos, por tanto, dirigir todos Nuestros esfuerzos a someter nuevamente el género humano al dominio de Cristo. Cuando esto se consiga, la humanidad habrá regresado a Dios.
Nos referimos al Dios vivo y verdadero, uno en naturaleza y trino en personas; Creador del mundo, sapientísimo ordenador de todas las cosas y legislador justísimo, que castiga a los culpables y reserva premios para la virtud.
No hablamos del ser inerte e indiferente ante las cosas humanas que han imaginado los delirios de los materialistas.
8. La Iglesia es el camino hacia Cristo
El camino que conduce a Cristo se encuentra claramente ante nuestros ojos: es la Iglesia.
Por eso san Juan Crisóstomo enseñaba con razón: «Tu esperanza es la Iglesia; tu salvación es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia».21
Cristo la fundó precisamente para esta misión, adquiriéndola al precio de su Sangre.
Le confió su doctrina y los preceptos de sus leyes, y le concedió al mismo tiempo abundantísimos dones de la gracia divina para la santificación y salvación de los hombres.
Comprendéis, por tanto, Venerables Hermanos, cuál es el deber confiado tanto a Nos como a vosotros.
Debemos conducir nuevamente a la disciplina de la Iglesia a la sociedad humana, apartada de la sabiduría de Cristo.
La Iglesia la someterá a Cristo, y Cristo a Dios.
Si, con el favor de Dios, conseguimos esta obra, veremos con alegría que la iniquidad cede ante la justicia y escucharemos «una gran voz en el cielo que dice: Ahora han llegado la salvación, el poder, el Reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo».22
9. Restauración del orden cristiano
Para alcanzar este resultado debemos emplear todas Nuestras fuerzas en eliminar por completo aquel crimen enorme y detestable, propio de nuestra época: la sustitución de Dios por el hombre.
Después será necesario devolver a su antigua dignidad las santísimas leyes y los consejos del Evangelio.
Debemos proclamar con firmeza las verdades enseñadas por la Iglesia y su doctrina acerca de la santidad del matrimonio; la educación y formación de la juventud; la posesión y el uso de los bienes; y los deberes hacia quienes gobiernan la sociedad.
Finalmente, deberá restablecerse el equilibrio entre las diversas clases de la sociedad conforme a los principios y costumbres cristianos.
Sometiéndonos a la voluntad divina, Nos proponemos perseguir estos fines durante Nuestro pontificado, y trabajaremos por ellos con todas Nuestras fuerzas.
A vosotros, Venerables Hermanos, os corresponde secundar Nuestros esfuerzos mediante vuestra santidad, ciencia, experiencia y, sobre todo, vuestro celo por la gloria de Dios.
No busquemos otra cosa sino que Cristo sea formado en todos.23
10. Formar a Cristo en los sacerdotes
Apenas es necesario indicar los medios que deben emplearse para una obra tan grande, porque se presentan por sí mismos.
Vuestra primera preocupación debe ser formar a Cristo en quienes, por razón de su ministerio, están destinados a formarlo en los demás.
Nos referimos a los sacerdotes, Venerables Hermanos.
Todos cuantos han recibido el orden sagrado deben reconocer que tienen, entre los pueblos a los cuales sirven, la misma misión que san Pablo expresó con estas palabras llenas de ternura: «Hijitos míos, por quienes sufro nuevamente dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros».24
¿Cómo podrán cumplir esta misión si ellos mismos no se han revestido primero de Cristo?
Deben revestirse de Él de tal manera que puedan decir con el Apóstol: «Vivo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí».25
Y también: «Para mí, vivir es Cristo».26
Aunque la exhortación a llegar «al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo»27 se dirige a todos los fieles, corresponde de manera especial a quien ejerce el ministerio sacerdotal.
El sacerdote es llamado otro Cristo, no solamente porque participa de su potestad, sino también porque debe imitar sus obras y llevar grabada en sí mismo la imagen de Cristo.
11. Los seminarios y la santidad del clero
Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¡cuán grande debe ser vuestra solicitud para formar al clero en toda santidad!
Todos los demás asuntos deben ceder ante este deber.
La parte principal de vuestra diligencia debe dirigirse a ordenar y gobernar rectamente los seminarios, para que florezcan al mismo tiempo por la integridad de la doctrina y la santidad de las costumbres.
Considerad el seminario como la delicia de vuestro corazón.
No omitáis ninguna de las disposiciones que el Concilio de Trento estableció prudentísimamente para su utilidad.
Cuando llegue el momento de admitir a los jóvenes candidatos a las órdenes sagradas, no olvidéis la advertencia de san Pablo a Timoteo: «No impongas precipitadamente las manos a nadie».28
Considerad atentamente que, por regla general, los fieles serán semejantes a aquellos que vosotros destinéis al sacerdocio.
No atendáis a ningún interés particular. Tened únicamente ante los ojos a Dios, a la Iglesia y al bien eterno de las almas, para no haceros «partícipes de los pecados ajenos».29
No descuidéis tampoco a los sacerdotes jóvenes que acaban de salir del seminario.
Os exhortamos desde lo más profundo del corazón a acercarlos frecuentemente a vuestro pecho, que debe arder con fuego celestial.
Encendedlos e inflamadlos, para que aspiren únicamente a Dios y a la salvación de las almas.
12. Contra el racionalismo y el semirracionalismo
Nos, por Nuestra parte, vigilaremos cuidadosamente para que los miembros del clero no caigan en las asechanzas de una ciencia nueva y engañosa.
Esa falsa ciencia no tiene el aroma de Cristo y, mediante argumentos disfrazados y astutos, procura abrir el camino a los errores del racionalismo y del semirracionalismo.
El Apóstol ya había advertido a Timoteo contra estos peligros:
«Guarda el depósito, evitando las novedades profanas de palabras y las contradicciones de una ciencia falsamente llamada así. Algunos, profesándola, se apartaron de la fe».30
Esto no impide que consideremos dignos de alabanza a los sacerdotes jóvenes que cultivan estudios útiles en todos los campos del saber, para prepararse mejor a defender la verdad y refutar las calumnias de los enemigos de la fe.
Sin embargo, no podemos ocultar, y declaramos abiertamente, que Nuestra preferencia será siempre para quienes, sin descuidar las ciencias sagradas y humanas, se dedican principalmente al bien de las almas mediante los ministerios propios de un sacerdote celoso de la gloria divina.
«Sentimos una gran tristeza y un dolor continuo en Nuestro corazón»31 al comprobar que también a nuestra época se aplica el lamento de Jeremías: «Los pequeños pidieron pan, y no había quien se lo repartiera».32
No faltan en el clero quienes, conforme a sus inclinaciones, se dedican quizá a obras de utilidad más aparente que verdadera.
Pero no son igualmente numerosos quienes, imitando a Cristo, hacen propias las palabras del Profeta:
«El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos».33
13. La necesidad de la enseñanza religiosa
¿Quién no comprende, Venerables Hermanos, que, puesto que los hombres son guiados principalmente por la razón y la libertad, la enseñanza religiosa es el camino principal para restaurar en sus almas el imperio de Dios?
¡Cuántos odian a Cristo, a la Iglesia y al Evangelio más por ignorancia que por perversidad de ánimo!
De ellos puede decirse justamente: «Blasfeman de cuanto ignoran».34
Esto no sucede solamente entre el pueblo sencillo y las clases más humildes, que por esa razón son fácilmente arrastradas al error.
Se encuentra también entre las clases cultas e incluso entre personas dotadas de una instrucción considerable.
De aquí procede en muchos la pérdida de la fe.
No es verdad que el progreso de la ciencia extinga la fe. La causa verdadera es la ignorancia.
Por eso, cuanto mayor es la ignorancia, más ampliamente se extiende la defección de la fe.
Por esta razón Cristo mandó a los Apóstoles: «Id y enseñad a todas las naciones».35
14. La caridad en el apostolado
Para que el ministerio y el esfuerzo de enseñar produzcan los frutos esperados, y para que Cristo sea formado en todos, recordad profundamente, Venerables Hermanos, que nada es más eficaz que la caridad.
«El Señor no se encontraba en el terremoto».36
Es un error esperar atraer las almas hacia Dios mediante una dureza amarga.
En ocasiones se causa más daño que provecho al reprender los errores con excesiva aspereza y censurar los vicios con demasiada severidad.
El Apóstol exhortaba a Timoteo: «Reprende, suplica, exhorta», pero añadió inmediatamente: «con toda paciencia».37
Cristo Nos dejó ejemplos de esta conducta.
Leemos que decía: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré».38
Por quienes estaban fatigados y cargados entendía precisamente a quienes se encontraban oprimidos por el pecado o el error.
¡Cuánta mansedumbre había en el divino Maestro! ¡Cuánta dulzura y compasión hacia toda clase de miserias!
Isaías describió admirablemente su Corazón con estas palabras:
«Pondré sobre Él mi Espíritu. No contenderá ni gritará. No quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que todavía humea».39
Esta caridad, «paciente y benigna»,40 debe extenderse también a quienes se muestran hostiles contra nosotros o nos persiguen.
San Pablo declaraba: «Nos maldicen y bendecimos; padecemos persecución y la soportamos; somos blasfemados y respondemos con súplicas».41
Quizá parecen peores de lo que realmente son.
La convivencia con otros, los prejuicios, los consejos y ejemplos ajenos y, finalmente, un falso respeto humano los han llevado al partido de los impíos.
Sin embargo, su voluntad no está tan corrompida como ellos mismos desean aparentar.
¿Por qué no esperar que la llama de la caridad cristiana disipe las tinieblas de sus almas y les comunique la luz y la paz de Dios?
Tal vez el fruto de nuestro trabajo tarde en llegar, pero la caridad nunca se cansa de esperar, pues recuerda que Dios no ofrece la recompensa por los resultados del trabajo, sino por la buena voluntad.
15. La colaboración de todos los fieles
No pretendemos, Venerables Hermanos, que vosotros y vuestro clero carezcáis de colaboradores en esta ardua obra de restaurar a la humanidad en Cristo.
Sabemos que Dios mandó a cada persona preocuparse por su prójimo.42
Por tanto, no solo quienes se han consagrado al ministerio sagrado, sino todos los fieles sin excepción, deben trabajar por los intereses de Dios y la salvación de las almas.
No deben actuar, sin embargo, según su propia iniciativa y criterio, sino siempre bajo la dirección y las órdenes de los obispos.
A nadie en la Iglesia, fuera de vosotros, le corresponde presidir, enseñar y gobernar, pues el Espíritu Santo os ha establecido para regir la Iglesia de Dios.43
Nuestros Predecesores aprobaron y bendijeron desde hace mucho tiempo las asociaciones constituidas por católicos de distintas clases, pero siempre dirigidas al bien de la religión.
Nos también alabamos esta excelente iniciativa y deseamos vivamente que se extienda y florezca en las ciudades y en los campos.
Pero queremos que tales asociaciones procuren, ante todo, que sus miembros vivan constantemente conforme a las costumbres cristianas.
De poco sirve discutir con sutileza muchas cuestiones o hablar elocuentemente de derechos y deberes cuando todo ello se encuentra separado de la acción.
Los tiempos exigen acción.
Pero una acción que consista enteramente en observar fiel y santamente las leyes divinas y los preceptos de la Iglesia; en profesar la religión libre y públicamente, y en practicar toda clase de obras de caridad, sin buscar intereses personales ni ventajas terrenas.
Los ejemplos luminosos de tantos soldados de Cristo tendrán mucha más fuerza para conmover y atraer las almas que las palabras y las discusiones más refinadas.
Eliminado el respeto humano y disipados los prejuicios y las dudas, muchas personas serán conducidas a Cristo.
A su vez, promoverán por todas partes su conocimiento y su amor, que son el camino hacia la felicidad verdadera y sólida.
16. Frutos religiosos y sociales de la restauración cristiana
Cuando en todas las ciudades y pueblos se observen fielmente los mandamientos de Dios; cuando se honren las cosas sagradas, se frecuenten los sacramentos y se cumplan las demás obligaciones de la vida cristiana, ya no será necesario trabajar más para que todas las cosas sean restauradas en Cristo.
Esto no servirá únicamente para alcanzar los bienes eternos.
Contribuirá también poderosamente al bienestar temporal y al bien público de las naciones.
Cuando estas condiciones se cumplan, las clases elevadas y los ricos tratarán a los más humildes con justicia y caridad.
Estos, por su parte, soportarán con tranquilidad y paciencia las dificultades de una condición penosa.
Los ciudadanos obedecerán, no a sus pasiones, sino a las leyes.
Considerarán un deber respetar y amar a los gobernantes, «cuya potestad no procede sino de Dios».44
Entonces quedará claro para todos que la Iglesia, tal como fue fundada por Cristo, debe disfrutar de libertad plena e íntegra, y no puede estar sometida a ninguna dominación ajena.
Al reclamar esta libertad, no defendemos solamente los derechos sagrados de la religión, sino también el bien común y la seguridad de los pueblos.
Sigue siendo verdad que «la piedad es útil para todas las cosas».45
Cuando ella se mantenga íntegra y floreciente, «el pueblo habitará verdaderamente en la plenitud de la paz».46
17. Oración, el Rosario y la Bendición Apostólica
Que Dios, «rico en misericordia»,47 apresure benignamente esta restauración del género humano en Jesucristo.
«No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene misericordia».48
Nosotros, Venerables Hermanos, pidámosle esta gracia por los méritos de Jesucristo, «con espíritu de humildad»,49 mediante una oración diaria e insistente.
Recurramos también a la poderosísima intercesión de la Madre de Dios.
Para obtener su protección, puesto que publicamos estas letras en el día especialmente dedicado a conmemorar el Santísimo Rosario, ordenamos y confirmamos todas las disposiciones de Nuestro Predecesor acerca de la consagración del presente mes a la augusta Virgen María, mediante la recitación pública del Rosario en todas las iglesias.
Exhortamos, además, a invocar como intercesores ante Dios al castísimo esposo de la Madre de Dios, patrono de la Iglesia católica, y a los santos príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo.
Para que todo esto se realice debidamente y todo os resulte conforme a vuestros deseos, pedimos abundantísimos auxilios de la gracia divina.
Como testimonio del amor suavísimo con que os abrazamos a vosotros y a todos los fieles que la divina Providencia ha confiado a Nuestro cuidado, impartimos amorosamente en el Señor la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 4 de octubre de 1903, primero de Nuestro Pontificado.
Pío Papa X
NOTAS
(1) San Anselmo de Canterbury, Cartas, libro III, carta 1.
(2) Salmo 72, 27 según la numeración de la Vulgata; Salmo 73, 27 según la numeración hebrea moderna.
(3) Jeremías 1, 10.
(4) Efesios 1, 10.
(5) Colosenses 3, 11.
(6) Salmo 2, 1.
(7) Job 21, 14.
(8) Segunda carta a los Tesalonicenses 2, 3.
(9) Segunda carta a los Tesalonicenses 2, 4.
(10) Sabiduría 11, 24.
(11) Salmo 77, 65 según la Vulgata; Salmo 78, 65 según la numeración moderna.
(12) Salmo 67, 22 según la Vulgata; Salmo 68, 21 según la numeración moderna.
(13) Salmo 46, 8 según la Vulgata; Salmo 47, 8 según la numeración moderna.
(14) Salmo 9, 20 según la numeración de la Vulgata.
(15) Salmo 9, 19 según la numeración de la Vulgata.
(16) Isaías 32, 17.
(17) Primera carta a los Corintios 3, 11.
(18) Juan 10, 36.
(19) Hebreos 1, 3.
(20) Mateo 11, 27.
(21) San Juan Crisóstomo, homilía Sobre Eutropio cautivo, núm. 6.
(22) Apocalipsis 12, 10.
(23) Gálatas 4, 19.
(24) Gálatas 4, 19.
(25) Gálatas 2, 20.
(26) Filipenses 1, 21.
(27) Efesios 4, 13.
(28) Primera carta a Timoteo 5, 22.
(29) Primera carta a Timoteo 5, 22.
(30) Primera carta a Timoteo 6, 20-21.
(31) Romanos 9, 2.
(32) Lamentaciones 4, 4.
(33) Lucas 4, 18-19.
(34) Carta de san Judas 10.
(35) Mateo 28, 19.
(36) Primer libro de los Reyes 19, 11; llamado Tercer libro de los Reyes en la numeración de la Vulgata.
(37) Segunda carta a Timoteo 4, 2.
(38) Mateo 11, 28.
(39) Isaías 42, 1-3.
(40) Primera carta a los Corintios 13, 4.
(41) Primera carta a los Corintios 4, 12-13.
(42) Eclesiástico 17, 12.
(43) Hechos de los Apóstoles 20, 28.
(44) Romanos 13, 1.
(45) Primera carta a Timoteo 4, 8.
(46) Isaías 32, 18.
(47) Efesios 2, 4.
(48) Romanos 9, 16.
(49) Daniel 3, 39.
Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XXXVI, Roma, Tipografía Políglota de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1903-1904, pp. 129-139.


