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Encíclica Editae Saepe

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 17 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Acción católica, Educación católica, Modernismo, Pío X

48 Minutos de lectura
Retrato del Papa san Pío X

Fecha de publicación: 26 de mayo de 1910

Autor: Su santidad san Pío X

Breve resumen: Publicada con motivo del tercer centenario de la canonización de san Carlos Borromeo, esta encíclica presenta al santo arzobispo de Milán como modelo de pastor y verdadero reformador católico. San Pío X contrapone la reforma fundada en Cristo, la fe, la obediencia y la santidad a las falsas reformas del protestantismo y del modernismo. Destaca la formación doctrinal del clero, la catequesis, la predicación íntegra, la vida sacramental, la comunión frecuente, la Acción Católica, la caridad social y la firme defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia.

Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Editae saepe ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Apostolicae Sedis, volumen II, Roma, 1910, páginas 357-380, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido una traducción moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.

A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios de los lugares que tienen paz y comunión con la Sede Apostólica.

Pío X, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. La memoria y el ejemplo de los santos

Las sentencias pronunciadas frecuentemente por boca de Dios y consignadas en las Sagradas Escrituras, según las cuales la memoria del justo será eternamente alabada y él continuará hablando aun después de muerto,1 han sido confirmadas de manera eminente por la acción y la voz secular de la Iglesia.

Ella es madre y educadora de la santidad. Conserva siempre el vigor de su juventud y es movida continuamente por el soplo divino, a causa del Espíritu que habita en nosotros.2 Así como engendra, alimenta y estrecha entre sus brazos a la nobilísima descendencia de los justos, también, movida por amor maternal, cuida con particular solicitud de conservar su memoria y renovar su honor.

Esta evocación la colma de una dulzura celestial y aparta su mirada de las miserias de esta peregrinación mortal. Contempla en aquellos bienaventurados habitantes del cielo su alegría y su corona; reconoce en ellos la imagen eminente de su Esposo celestial, y confirma nuevamente ante sus hijos las antiguas palabras: «Todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios, de aquellos que han sido llamados santos según su designio».3

Las obras ilustres de los santos no solo son agradables para el recuerdo, sino luminosas para la imitación. El armonioso coro de los santos constituye un poderoso estímulo para la virtud y repite la exhortación de san Pablo: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo».4

Por esta razón, Venerables Hermanos, apenas asumimos el supremo pontificado declaramos Nuestro propósito de trabajar constantemente para que todas las cosas fueran restauradas en Cristo.5 En Nuestra primera encíclica procuramos que todos contemplaran junto con Nos a Jesús, «Apóstol y Pontífice de nuestra confesión» y «autor y consumador de la fe».6

Pero, como nuestra debilidad puede quedar fácilmente intimidada ante la grandeza de un modelo tan sublime, la providencia de Dios Nos propuso otro modelo. Es el más cercano a Cristo que puede existir en la naturaleza humana y, al mismo tiempo, el más acomodado a nuestra pequeñez: la Santísima Virgen, augusta Madre de Dios.7

Aprovechando otras ocasiones para recordar a los santos del cielo, presentamos a la admiración común a estos fieles servidores y administradores de la casa del Señor. Cada uno, según su condición, fue amigo y familiar suyo. «Por la fe conquistaron reinos, ejercieron la justicia y alcanzaron las promesas».8

Movidos por su ejemplo, ya no debemos ser niños fluctuantes, llevados por cualquier viento de doctrina, por la malicia de los hombres y por la astucia que induce al error. Por el contrario, practicando la verdad en la caridad, debemos crecer en todo hacia Aquel que es la Cabeza, Cristo.9

2. San Carlos Borromeo, modelo para los pastores y los fieles

Ya hemos mostrado cómo este elevado designio de la divina Providencia se cumplió de manera particular en tres grandes pastores y doctores, separados entre sí por los siglos, pero nacidos en épocas igualmente dolorosas para la Iglesia: san Gregorio Magno, san Juan Crisóstomo y san Anselmo de Aosta.

Durante estos años celebramos sus aniversarios seculares. En las encíclicas publicadas el 12 de marzo de 1904 y el 21 de abril de 1909 desarrollamos ampliamente aquellos principios doctrinales y aquellas normas de vida cristiana que, tomados de sus ejemplos y enseñanzas, Nos parecieron especialmente oportunos para nuestros tiempos.10

Hemos afirmado que el ejemplo luminoso de los soldados de Cristo posee mayor fuerza para convencer y santificar las almas que las profundas disertaciones. Por eso aprovechamos con alegría esta ocasión para presentar saludables enseñanzas tomadas de la vida de otro santo pastor, suscitado por Dios en tiempos más recientes y en medio de pruebas semejantes a las nuestras.

Nos referimos a san Carlos Borromeo, cardenal de la Santa Iglesia Romana y arzobispo de Milán, a quien Nuestro Predecesor Paulo V, de santa memoria, elevó a los altares menos de treinta años después de su muerte.

El Señor, decía Paulo V, realizó en él grandes maravillas. Sacándolo del corazón mismo de la Iglesia Romana, lo colocó sobre la roca apostólica como sacerdote fiel y siervo bueno, modelo de los pastores y de la grey. Con el resplandor de sus santas obras iluminó a toda la Iglesia.

Ante sacerdotes y pueblo apareció inocente como Abel, puro como Henoc, laborioso como Jacob, manso como Moisés y celoso como Elías. En medio de la abundancia mostró la austeridad de Jerónimo, la humildad de Martín, el celo pastoral de Gregorio, la libertad de Ambrosio y la caridad de Paulino.

Fue un hombre a quien se pudo ver y tocar. Pisoteó las cosas terrenas y vivió según el espíritu. Aunque el mundo procuraba atraerlo, permaneció crucificado para el mundo. Buscó sin descanso las cosas celestiales, no solo porque desempeñaba un ministerio angélico, sino porque, aun viviendo en la tierra, procuraba pensar y obrar como los ángeles.11

Tres siglos después de su canonización, Nos alegramos justamente al celebrar de nuevo los honores concedidos a Carlos. El recuerdo de su gloria, y todavía más su ejemplo y sus enseñanzas, humillan al enemigo y confunden a quienes se glorían en la apariencia de sus errores.12

San Carlos es modelo del clero y del pueblo en nuestros días. Fue defensor infatigable de la verdadera reforma católica contra aquellos innovadores cuyo propósito no era restaurar, sino deformar y destruir la fe y las costumbres.

Que la conmemoración del tercer centenario de su canonización sea para todos los católicos consuelo y enseñanza, y también un noble estímulo para colaborar generosamente en la obra tan querida por Nos de restaurar todas las cosas en Cristo.

3. La Iglesia en medio de las pruebas

Sabéis bien, Venerables Hermanos, que la Iglesia, aun rodeada de tribulaciones, nunca queda privada de los consuelos de Dios.

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, a fin de presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada».13

Cuando el vicio se desborda, la persecución se hace más pesada y el error se vuelve tan astuto que parece amenazarla con la ruina, arrancando a muchos hijos de su seno y precipitándolos en el torbellino del pecado y la impiedad, entonces la Iglesia recibe de lo alto un auxilio todavía mayor.

Lo quieran o no los malvados, Dios hace que incluso el error contribuya al triunfo de la verdad, cuya guardiana y defensora es la Iglesia. Hace que la corrupción sirva para el triunfo de la santidad, de la cual ella es madre y educadora. De la persecución obtiene una liberación todavía más admirable de sus enemigos.

Por eso, cuando los hombres mundanos creen contemplar a la Iglesia sacudida y casi sumergida por la tormenta, ella sale de la prueba más hermosa, fuerte y pura, resplandeciente con el brillo de virtudes insignes.

Así da testimonio la bondad divina de la naturaleza divina de la Iglesia. La hace vencedora en la dolorosa lucha contra los errores y pecados que procuran introducirse entre sus miembros.

Mediante esta victoria se cumplen las palabras de Cristo: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».14 En su vida cotidiana se realiza la promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo».15

En ella se manifiesta también la fuerza misteriosa del otro Paráclito, prometido por Cristo, quien derrama continuamente sus dones sobre la Iglesia, la defiende y la consuela en todas sus aflicciones. Es el Espíritu que permanece para siempre con ella, el Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce.16

De esta fuente brotan la vida y el vigor de la Iglesia. Como enseña el Concilio Vaticano, ese poder divino la distingue de cualquier sociedad humana mediante notas manifiestas que la levantan como estandarte entre las naciones.17

Solo un milagro del poder divino puede hacer que, en medio del torrente de corrupción y de las frecuentes deficiencias de sus miembros, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, permanezca indefectible en la santidad de su doctrina, de sus leyes y de su fin.

De esas mismas causas obtiene frutos saludables. La fe y la justicia de muchos de sus hijos producen una cosecha abundante de salvación.

Otra señal de su vida divina consiste en que, entre tantas opiniones perversas, tantos rebeldes y tantas formas cambiantes del error, ella permanece inmutable y constante, como columna y fundamento de la verdad. Profesa la misma doctrina, participa de los mismos sacramentos y conserva su constitución divina, su gobierno y su moral.

Y esto resulta todavía más admirable porque no se limita a resistir al mal, sino que vence el mal mediante el bien. Bendice continuamente a amigos y enemigos, mientras trabaja y desea ardientemente la restauración cristiana de la sociedad y de cada persona. Esta es su misión propia en el mundo, y hasta sus enemigos reciben sus beneficios.

4. Los falsos reformadores del siglo XVI

Esta admirable acción de la divina Providencia en la obra restauradora de la Iglesia se manifestó con particular claridad en el siglo que vio surgir a san Carlos Borromeo como consuelo de los buenos.

Dominaban entonces las pasiones, y la verdad se encontraba casi completamente falseada y oscurecida. Se libraba una lucha continua contra los errores, mientras la sociedad humana, precipitándose de mal en peor, parecía correr hacia el abismo.

En medio de estos males aparecieron hombres soberbios y rebeldes, «enemigos de la cruz de Cristo, cuyo dios es el vientre y que solo piensan en las cosas de la tierra».18

No se dedicaron a corregir las costumbres, sino a negar los dogmas. Multiplicaron las perturbaciones, aflojaron para sí y para los demás el freno de la licencia, despreciaron la guía autorizada de la Iglesia y, adulando las pasiones de príncipes y pueblos corrompidos, atacaron casi tiránicamente la doctrina, la constitución y la disciplina.

Imitando a aquellos injustos contra quienes fue pronunciado el «¡Ay de quienes llaman bien al mal y mal al bien!»,19 llamaron reforma a aquel tumulto de rebelión y perversión de la fe y las costumbres, y se dieron a sí mismos el nombre de reformadores.

En realidad fueron corruptores. Debilitando mediante guerras y discordias las fuerzas de Europa, prepararon las rebeliones y la apostasía de los tiempos modernos.

En el ataque moderno se han reunido y renovado tres clases de combate que anteriormente aparecieron separadas y de las cuales la Iglesia salió siempre victoriosa: las persecuciones sangrientas de los primeros siglos, la peste interna de las herejías y, finalmente, bajo el nombre de libertad evangélica, una corrupción de las costumbres y una perversión de la disciplina que quizá no habían alcanzado semejante grado ni siquiera en la Edad Media.

Pero Dios opuso a aquella multitud de seductores verdaderos reformadores y hombres santos. Ellos contuvieron la corriente impetuosa, apagaron el incendio y repararon los daños ya causados.

Su obra constante y múltiple en favor de la reforma de la disciplina proporcionó a la Iglesia un consuelo tanto mayor cuanto más grave era la tribulación. Así se confirmó la palabra: «Dios es fiel y, junto con la tentación, proporcionará también la salida».20

En aquellas circunstancias, la laboriosidad y la santidad extraordinarias de Carlos Borromeo acrecentaron providencialmente el consuelo de la Iglesia.

5. El verdadero reformador y el Concilio de Trento

Dios quiso que su ministerio poseyera una fuerza particular, no solo para contener la audacia de los facciosos, sino para enseñar e inflamar a los hijos de la Iglesia.

Reprimió las locuras de aquellos y refutó sus acusaciones vanas mediante la poderosa elocuencia de su vida y de sus obras. En los fieles levantó la esperanza y reavivó el fervor.

Desde su juventud reunió de manera admirable todas las cualidades del verdadero reformador, que en otros suelen aparecer separadas: fortaleza, prudencia, doctrina, autoridad, capacidad y prontitud.

Puso todas esas cualidades al servicio de la verdad católica frente a las invasiones del error. Esa es precisamente la misión propia de la Iglesia. Reanimó la fe adormecida o casi extinguida en muchos, la fortaleció mediante leyes e instituciones prudentes, restauró la disciplina abatida y recondujo enérgicamente las costumbres del clero y del pueblo a una forma de vida cristiana.

Cumpliendo todos los deberes del reformador, desempeñó también las funciones del siervo bueno y fiel y, más tarde, las del gran sacerdote que agradó a Dios en sus días y fue hallado justo.

Por eso merece ser propuesto como ejemplo a todas las clases de personas: al clero y a los laicos, a los ricos y a los pobres. Su excelencia se resume en la alabanza propia del obispo y del prelado: conforme a las palabras del apóstol san Pedro, se hizo de corazón modelo de la grey.21

Es también admirable que Carlos, antes de cumplir veintitrés años, elevado ya a las mayores dignidades y ocupado en asuntos muy importantes y difíciles de la Iglesia, avanzara cada día en el ejercicio más perfecto de las virtudes mediante la contemplación de las realidades divinas.

En el retiro sagrado preparó su vida posterior y resplandeció como espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres.

Entonces el Señor comenzó a mostrar en Carlos sus maravillas, según las palabras de Paulo V. Le concedió sabiduría, justicia y un celo ardiente por promover la gloria de Dios y la causa católica.

Le inspiró, sobre todo, una gran solicitud por la restauración de la fe y de la Iglesia universal, obra debatida en el augusto Concilio de Trento. El mismo Pontífice y toda la posteridad le atribuyen un mérito singular en la feliz conclusión de aquel Concilio.

Antes de convertirse en su ejecutor fidelísimo, había sido uno de sus promotores más eficaces. Sin sus muchas vigilias, dificultades y trabajos, la obra conciliar difícilmente habría llegado a su término.

Todo ello fue una preparación y una especie de noviciado, durante el cual formó el corazón mediante la piedad, la inteligencia mediante el estudio y el cuerpo mediante el trabajo.

Permaneciendo siempre modesto y humilde, se dispuso a ser como arcilla en las manos de Dios y de su Vicario en la tierra.

Los innovadores de aquel tiempo despreciaron precisamente este camino de preparación. La misma insensatez lleva a los innovadores modernos a rechazarlo.

No comprenden que las obras admirables de Dios maduran en la oscuridad y el silencio de un alma entregada a la obediencia y a la contemplación. Como la esperanza de la cosecha está contenida en la semilla, así esta preparación es el germen de los progresos futuros.

La santidad y la actividad preparadas de este modo produjeron, a su debido tiempo, frutos verdaderamente admirables.

Cuando Carlos, buen trabajador, abandonó las comodidades y el esplendor de la ciudad para dirigirse al campo de Milán que debía cultivar, cumplió cada día con mayor perfección sus deberes.

Aunque la perversidad de los tiempos había cubierto aquel campo de espinas y malezas, lo restituyó a su antigua belleza. La Iglesia de Milán llegó a convertirse en modelo de disciplina eclesiástica.22

Realizó estas obras extraordinarias de reforma aplicando las normas promulgadas poco antes por el Concilio de Trento.

6. La verdadera renovación en Cristo

La Iglesia sabe muy bien que «el pensamiento y la inclinación del corazón humano están dirigidos al mal».23 Por eso combate constantemente contra el vicio y el error, «para que sea destruido el cuerpo del pecado y no sirvamos ya al pecado».24

Dueña de sí misma y guiada por la gracia derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, sigue en este combate la norma del Doctor de las gentes:

«Renovaos en el espíritu de vuestra mente»25 y «no os conforméis con este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que conozcáis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta».26

El verdadero hijo de la Iglesia y verdadero reformador nunca cree haber alcanzado ya la meta. Como el Apóstol, reconoce que solamente avanza hacia ella:

«Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el premio de la vocación celestial de Dios en Cristo Jesús».27

Unidos a Cristo en la Iglesia, crecemos «en todo hacia Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe su crecimiento para edificarse en la caridad».28

Por eso la Madre Iglesia cumple diariamente el misterio de la voluntad divina: «restaurar todas las cosas en Cristo en la plenitud de los tiempos».29

Los reformadores combatidos por san Carlos ni siquiera pensaban en esta renovación. Pretendían reformar la fe y la disciplina según sus propios caprichos.

No comprenden mejor este principio aquellos contra quienes hoy debemos combatir. Hablan continuamente de cultura y civilización, mientras socavan la doctrina, las leyes y las instituciones de la Iglesia.

En realidad, poco les importan la cultura y la civilización. Mediante palabras resonantes procuran ocultar la perversidad de sus proyectos.

Todos vosotros conocéis, Venerables Hermanos, sus propósitos, artificios y métodos. Por Nuestra parte, hemos denunciado y condenado sus maquinaciones.

Proponen una apostasía universal todavía peor que la que amenazó los tiempos de san Carlos. Es peor porque se introduce furtivamente en las mismas venas de la Iglesia, se oculta allí y conduce con astucia los principios erróneos hasta sus últimas consecuencias.

Ambas herejías tienen por autor al enemigo que «sembró la cizaña en medio del trigo».30 Ambas rebeliones siguen caminos ocultos y tenebrosos, progresan de forma semejante y terminan en la misma ruina.

La primera apostasía se dirigía hacia donde parecía sonreírle la fortuna. Levantaba a los príncipes contra los pueblos o a los pueblos contra los príncipes, para conducir finalmente a unos y otros a la destrucción.

La apostasía moderna despierta el odio entre pobres y ricos. Cada clase, descontenta de su condición, cae gradualmente en una situación miserable y recibe el castigo de quienes, absorbidos por las cosas mundanas y temporales, olvidan el Reino de Dios y su justicia.

El conflicto actual es todavía más grave. Aunque los innovadores antiguos conservaron generalmente algunos fragmentos del tesoro de la revelación, los modernos parecen no descansar hasta destruirlo por completo.

Una vez derribados los fundamentos de la religión, se destruyen necesariamente también los frenos de la sociedad civil.

Este es el triste espectáculo de nuestros días y el peligro que amenaza el porvenir. No es un peligro para la Iglesia, pues la promesa divina no permite dudar de su permanencia. Amenaza a las familias y a las naciones, especialmente a aquellas que fomentan activamente, o toleran con indiferencia, esta atmósfera malsana de irreligión.

Esta guerra impía e insensata es promovida, y algunas veces favorecida, por quienes deberían ser los primeros en acudir en Nuestra ayuda.

Los errores adoptan muchas formas y los atractivos del vicio se revisten de diversas apariencias. De este modo atrapan incluso a muchos de los nuestros, seduciéndolos con la novedad, con una falsa apariencia de ciencia o con la ilusión de que la Iglesia terminará aceptando las máximas del siglo.

Comprendéis, Venerables Hermanos, que debemos resistir con energía y rechazar los ataques del enemigo mediante las mismas armas que empleó san Carlos.

7. Defensa de la fe y combate contra el modernismo

Puesto que atacan el fundamento mismo de la fe, ya negándola abiertamente, ya debilitándola con fingimiento, ya tergiversando la doctrina revelada, debemos recordar ante todo aquello que san Carlos enseñaba frecuentemente:

«El primero y principal cuidado de los pastores debe dirigirse a conservar íntegra e inviolada la fe católica, la fe que la Santa Iglesia Romana profesa y enseña, sin la cual es imposible agradar a Dios».31

También decía: «En esta materia nunca puede emplearse una diligencia mayor que la exigida con certeza por nuestro ministerio».32

Es necesario, por tanto, oponer la sana doctrina al fermento de la perversidad herética que, si no es reprimido, corrompe toda la masa.33

Debemos combatir aquellas opiniones perversas difundidas engañosamente bajo falsas apariencias y que, consideradas en su conjunto, constituyen el modernismo.

Recordemos con san Carlos «cuán grande debe ser el celo y cuán superior a cualquier otra la diligencia del obispo en la lucha contra el crimen de la herejía».34

No es necesario repetir aquí sus demás palabras, que reproducen las penas establecidas por los Romanos Pontífices contra los prelados negligentes o remisos en purificar sus diócesis del mal de la herejía.

Pero conviene meditar las conclusiones que él deduce de aquellas disposiciones pontificias:

«Ante todo, el obispo debe velar constantemente y permanecer siempre vigilante para impedir que la contagiosa enfermedad de la herejía penetre en su grey, y para alejar de ella hasta la menor sospecha.

Si llegara a introducirse, lo que Dios no permita, debe emplear inmediatamente todos los medios posibles para expulsarla. Quienes estén infectados o sean sospechosos deberán ser tratados conforme a los cánones y disposiciones pontificias».35

Solo es posible librarse o permanecer inmune de esta enfermedad cuando el clero se encuentra debidamente instruido, pues «la fe procede de la predicación, y la predicación, de la palabra de Cristo».36

La necesidad de insistir en la verdad es todavía mayor en nuestros días. Vemos cómo el veneno penetra por todas las venas de la sociedad, incluso desde lugares donde menos podría esperarse.

Por eso conservan plena actualidad las razones expuestas por san Carlos:

«Si quienes conviven con los herejes no se encuentran firmemente establecidos en los fundamentos de la fe, existe gran peligro de que se dejen arrastrar fácilmente por ellos hacia algún engaño de impiedad y doctrina corrompida».37

La facilidad de las comunicaciones ha favorecido el crecimiento del error como el de todas las demás cosas. Por la licencia desenfrenada de las pasiones vivimos en medio de una sociedad pervertida, «donde no hay verdad ni conocimiento de Dios»,38 en «una tierra desolada porque nadie reflexiona en su corazón».39

Por eso, empleando nuevamente las palabras de san Carlos, «hemos aplicado hasta ahora gran diligencia para que todos y cada uno de los fieles cristianos sean bien instruidos en los rudimentos de la fe cristiana».40

También Nos hemos escrito una encíclica especial sobre esta materia de importancia vital.41

No queremos repetir el lamento de Borromeo, quien, movido por un celo insaciable, deploraba haber conseguido hasta entonces muy poco en un asunto de tanta importancia.

Por el contrario, movidos como él por la grandeza de la obra y del peligro, queremos inflamar nuevamente el celo de todos, para que, tomando a Carlos como modelo, cada uno contribuya a esta restauración cristiana según su condición y sus posibilidades.

8. Catequesis y escuelas católicas

Los padres de familia y los empleadores deben recordar con cuánto fervor enseñaba el santo obispo que no solo debían permitir, sino imponer como deber, que sus hijos, familiares, criados y trabajadores aprendieran la doctrina cristiana.

Los clérigos deben recordar que han de ayudar al párroco en esta enseñanza. Los párrocos procurarán que las escuelas de doctrina cristiana se multipliquen conforme al número y a las necesidades de los fieles.

Cuidarán también de que esas escuelas sean confiadas a maestros de conducta intachable, asistidos por hombres y mujeres de probada honestidad, como dispuso el santo arzobispo de Milán.42

La necesidad de esta educación cristiana ha aumentado evidentemente por la transformación de los tiempos y de las costumbres.

La hacen todavía más urgente aquellas escuelas públicas privadas de toda religión, donde las cosas más santas son convertidas en objeto de burla y desprecio, y donde los labios de los maestros y los oídos de los discípulos se encuentran igualmente abiertos a la impiedad.

Nos referimos a aquellas escuelas que, con gravísima injuria, se llaman neutras o laicas, pero que en realidad no son sino fortalezas del poder de las tinieblas.

Ya habéis denunciado valerosamente este nuevo yugo de una libertad engañosa, especialmente en aquellos países donde los derechos de la religión y de la familia fueron pisoteados sin vergüenza, mientras se sofocaba la voz de la naturaleza, que exige respeto hacia la fe y la inocencia de la juventud.

Resueltos a no omitir ningún esfuerzo para remediar un mal tan grande, causado por quienes exigen obediencia a los demás mientras niegan la suya al supremo Señor de todas las cosas, hemos recomendado la fundación de escuelas cristianas donde sea posible.

Gracias a vuestros esfuerzos, esta obra ha progresado felizmente. Pero es muy deseable que se extienda todavía más, que estas escuelas se abran por todas partes y florezcan con maestros recomendables por su doctrina y por la integridad de su vida.

9. La predicación íntegra de la palabra de Dios

El predicador, cuyo ministerio se encuentra estrechamente unido al de quien enseña los rudimentos de la religión, debe poseer también sana doctrina y buenas costumbres.

Por esta razón, al redactar las disposiciones de los sínodos provinciales y diocesanos, san Carlos cuidó de manera especial la formación de predicadores capaces de ejercer santamente y con fruto el ministerio de la palabra.

Creemos que este cuidado es todavía más necesario en nuestros tiempos, cuando la fe vacila en muchos corazones y no faltan hombres vanidosos que, siguiendo el espíritu del siglo, adulteran la palabra de Dios y privan a las almas del alimento de la vida.

Debemos vigilar con el mayor cuidado, Venerables Hermanos, para que nuestra grey no se alimente del viento ofrecido por hombres vanos y superficiales.

Debe nutrirse con el alimento vital de aquellos ministros de la palabra que pueden decir:

«Desempeñamos una embajada en nombre de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros: reconciliaos con Dios»;43 ministros y enviados que no caminan con astucia ni adulteran la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, se recomiendan ante toda conciencia humana en presencia de Dios;44 obreros que no tienen de qué avergonzarse y exponen rectamente la palabra de la verdad.45

Nos serán igualmente útiles aquellas normas santísimas y fecundas que el obispo de Milán recomendaba frecuentemente a los fieles y que pueden resumirse en estas palabras de san Pablo:

«Al recibir de nosotros la palabra de la predicación de Dios, la acogisteis no como palabra humana, sino, como verdaderamente es, como palabra de Dios, que actúa en vosotros los creyentes».46

La palabra de Dios, viva y eficaz, más penetrante que una espada de dos filos, no solo conservará y defenderá la fe, sino que impulsará eficazmente a las buenas obras.

Porque «la fe sin obras está muerta», y «no son justos ante Dios quienes oyen la ley, sino quienes la cumplen».47

10. Fe, buenas obras y verdadera reforma

También en este punto aparece la inmensa diferencia entre la reforma verdadera y la falsa.

Los defensores de la falsa reforma, imitando la inconstancia de los insensatos, se precipitan generalmente hacia los extremos.

Unas veces exaltan la fe de tal manera que descuidan las buenas obras. Otras veces divinizan la naturaleza y la excelencia de la virtud, olvidando el auxilio de la fe y de la gracia divina.

Pero las obras meramente naturales no son sino una apariencia de virtud, porque carecen de estabilidad y no son suficientes para la salvación.

La obra de semejantes reformadores no puede restaurar la disciplina. Por el contrario, destruye la fe y las costumbres.

El reformador sincero y celoso, como san Carlos, evita los extremos y no traspasa nunca los límites de la verdadera reforma.

Permanece siempre unido estrechamente con la Iglesia y con Cristo, su Cabeza. De ellos recibe no solo la fuerza de la vida interior, sino también las normas necesarias para curar a la sociedad humana.

La misión divina transmitida desde el principio a los enviados de Cristo consiste en enseñar a todas las naciones lo que deben creer y lo que deben practicar, pues Cristo mandó observar todo cuanto había prescrito.48

Él es «el camino, la verdad y la vida»,49 y vino al mundo para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia.50

El cumplimiento de estos deberes supera completamente las fuerzas de la naturaleza humana.

Solamente la Iglesia posee, junto con su magisterio, la potestad de gobernar y santificar a la sociedad. Por medio de sus ministros y servidores, cada uno según su condición y ministerio, proporciona a los hombres los medios convenientes y necesarios para la salvación.

Los verdaderos reformadores comprenden perfectamente estas cosas. No destruyen la flor con el pretexto de conservar la raíz, es decir, no separan la fe de la santidad.

Cultivan ambas y las inflaman con el fuego de la caridad, «que es el vínculo de la perfección».51

Conforme al mandato del Apóstol, custodian el depósito.52 No oscurecen ni esconden su luz ante las naciones, sino que difunden ampliamente las aguas saludables de la verdad y de la vida que brotan de aquella fuente.

Unen la doctrina con la práctica. Mediante la primera rechazan las apariencias engañosas del error; mediante la segunda aplican los mandamientos a la vida moral.

Así emplean todos los medios convenientes y necesarios para alcanzar el fin: la destrucción del pecado y «la preparación de los santos para la obra del ministerio y para la edificación del Cuerpo de Cristo».53

Esta es la finalidad de toda enseñanza, gobierno y obra de beneficencia de la Iglesia. Es el fin último de toda su disciplina y actividad.

Cuando el verdadero hijo de la Iglesia emprende la reforma de sí mismo y de los demás, fija los ojos y el corazón en las cuestiones de la fe y de las costumbres.

San Carlos fundó sobre ellas la reforma de la disciplina eclesiástica. Lo recordó frecuentemente en sus escritos:

«Siguiendo la antigua costumbre de los santos Padres y de los sagrados concilios, especialmente del Concilio ecuménico de Trento, hemos establecido numerosas disposiciones sobre estas materias en los concilios provinciales anteriores».54

Al procurar la supresión de los escándalos públicos, declaró igualmente que seguía el derecho y las sanciones de los sagrados cánones, especialmente los decretos del Concilio de Trento.55

Para asegurarse de no apartarse nunca de esta norma, acostumbraba concluir las disposiciones de los concilios provinciales con estas palabras:

«Estamos siempre dispuestos a someter cuanto hemos hecho y decretado en este concilio provincial a la autoridad y al juicio de la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las iglesias».

Cuanto más avanzaba en la perfección del ministerio activo, tanto más firmemente se arraigaba en esta resolución.

Así procedió no solo durante el pontificado de su tío, sino también bajo sus sucesores, Pío V y Gregorio XIII. Contribuyó eficazmente a su elección, colaboró incansablemente en sus grandes empresas y cumplió perfectamente cuanto esperaban de él.

11. Reforma del clero y del pueblo

San Carlos acompañó las disposiciones pontificias con todos los medios prácticos necesarios para alcanzar el fin buscado: la verdadera reforma de la disciplina sagrada.

También en esto se mostró completamente distinto de los falsos reformadores, que ocultan su obstinada desobediencia bajo la apariencia del celo.

Comenzó el juicio por la casa de Dios.56 Restauró primero la disciplina del clero, sometiéndolo a normas determinadas.

Con este propósito fundó seminarios, instituyó la congregación de sacerdotes llamados Oblatos, reunió y orientó familias religiosas antiguas y nuevas, y convocó concilios.

Mediante estas y otras instituciones consolidó y extendió la obra de reforma.

Después emprendió enérgicamente la restauración de las costumbres del pueblo.

Consideraba dirigidas a sí mismo las palabras pronunciadas al profeta: «Mira que hoy te he constituido para arrancar y destruir, para arruinar y derribar, para edificar y plantar».57

Como buen pastor, visitó personalmente, con gran esfuerzo, las iglesias de la provincia. A semejanza del divino Maestro, pasó haciendo el bien y curando.

No omitió ningún trabajo para reprimir y extirpar los abusos que encontraba por todas partes, causados por la ignorancia o el desprecio de las leyes.

Contuvo la corrupción de las ideas y de las costumbres mediante escuelas para los niños y colegios para los jóvenes.

Promovió las congregaciones marianas, cuyos primeros frutos había conocido en Roma. Fundó hospicios para huérfanos, refugios para muchachas en peligro, viudas y mendigos, y casas para hombres y mujeres privados de recursos por la enfermedad o la vejez.

Instituyó obras destinadas a proteger a los pobres contra la opresión de los patronos, la usura y la esclavización de los niños.

Realizó todo esto rechazando completamente el método de quienes creen que la sociedad solo puede reformarse mediante la destrucción, la revolución y los clamores. Tales hombres olvidan las palabras divinas: «El Señor no estaba en el terremoto».58

12. Diferencias entre los falsos y los verdaderos reformadores

Aquí aparece otra diferencia entre los verdaderos y los falsos reformadores, diferencia que vosotros, Venerables Hermanos, habéis comprobado muchas veces.

Los falsos «buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo».59 Escuchan la engañosa invitación dirigida antiguamente al divino Maestro: «Ve y muéstrate al mundo».60

Repiten aquellas palabras ambiciosas: «Hagámonos también un nombre». Por esta temeridad, que también en nuestros días debemos lamentar, algunos sacerdotes cayeron en el combate porque, queriendo obrar valerosamente, se lanzaron de manera imprudente a la lucha.61

El verdadero reformador, por el contrario, no busca su propia gloria, sino la gloria de Aquel que lo envió.62

A imitación de Cristo, su modelo, no disputará ni gritará, ni se escuchará su voz en las plazas; no será triste ni turbulento,63 sino manso y humilde de corazón.64

Por eso agradará al Señor y producirá frutos abundantes para la salvación.

Se distinguen también de otro modo. El falso reformador «confía en el hombre y hace de la carne su brazo».65

El verdadero reformador coloca su confianza en Dios y busca en Él toda su fuerza y virtud sobrenatural, haciendo suyas las palabras del Apóstol: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece».66

13. Oración, sacramentos y comunión frecuente

Cristo comunica abundantemente estos auxilios. Entre ellos se encuentran principalmente la oración, el sacrificio y los sacramentos, que se convierten en «una fuente de agua que brota para la vida eterna».67

Como la Iglesia ha recibido estos medios para la salvación de todos, el fiel los busca en ella.

Los falsos reformadores, por el contrario, los desprecian. Trazan caminos torcidos y, absorbidos por una reforma en la cual olvidan a Dios, procuran enturbiar o secar estas fuentes cristalinas, privando de sus aguas a la grey de Cristo.

En esta materia los falsos reformadores modernos superan incluso a los antiguos. Bajo apariencia de religiosidad, desacreditan y desprecian estos medios de salvación, especialmente los dos sacramentos que purifican del pecado al alma arrepentida y la alimentan con el manjar celestial.

Todo pastor fiel debe aplicar el mayor celo para que beneficios tan grandes sean estimados debidamente. Nunca permitirá que estas dos obras del amor divino se enfríen en los corazones.

San Carlos actuó precisamente de este modo. En sus escritos leemos:

«Puesto que el fruto de los sacramentos es abundantísimo y eficaz, su valor apenas puede explicarse suficientemente. Deben, por tanto, ser tratados y recibidos con la mayor preparación, la más profunda reverencia y el debido esplendor de ceremonias exteriores».68

Son también dignas de particular atención sus exhortaciones a los párrocos y predicadores acerca de la antigua práctica de la comunión frecuente, recomendación que Nos mismo renovamos mediante el decreto Tridentina Synodus.69

El santo obispo escribió:

«Los párrocos y predicadores deben aprovechar toda ocasión para exhortar al pueblo a la práctica saludable de la comunión frecuente.

Así siguen el ejemplo de la Iglesia primitiva, las recomendaciones de los Padres más autorizados, la doctrina del Catecismo Romano y, finalmente, el deseo del Concilio de Trento, que quisiera que los fieles comulgaran en cada misa no solo espiritualmente, sino también sacramentalmente».70

Respecto de la disposición con que debe recibirse el sagrado Banquete, añadió:

«No solo debe exhortarse al pueblo a comulgar frecuentemente, sino también mostrarle cuán peligroso y mortal sería acercarse indignamente a la sagrada Mesa del alimento divino».

Nuestros tiempos de fe vacilante y caridad debilitada necesitan especialmente este fervor, para que la comunión frecuente no produzca una disminución de la reverencia debida a tan grande misterio.

Por el contrario, mediante esa frecuencia, «examínese cada uno a sí mismo, y coma así de aquel pan y beba del cáliz».71

De estas fuentes brotará un río abundante de gracia que fortalecerá y alimentará incluso los medios naturales y humanos.

El cristiano no desprecia las cosas útiles y consoladoras de esta vida, porque también ellas proceden de las manos de Dios, autor de la naturaleza y de la gracia.

Pero al buscarlas y disfrutarlas cuidará de no convertirlas en fin y suprema felicidad de la existencia.

Las empleará recta y moderadamente cuando las subordine a la salvación de las almas, conforme a las palabras de Cristo: «Buscad el Reino de Dios»,72 y «buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura».73

14. Caridad, bien común y Acción Católica

Esta sabia valoración y este recto uso de los medios no se oponen de ninguna manera al bienestar del orden temporal de la sociedad civil.

Por el contrario, contribuyen poderosamente a él, no mediante las palabras vacías de reformadores turbulentos, sino mediante obras y esfuerzos heroicos, incluso mediante el sacrificio de los bienes, del poder y de la propia vida.

Durante los peores tiempos de la Iglesia encontramos muchos ejemplos de esta fortaleza en numerosos obispos que, imitando el celo de san Carlos, pusieron en práctica las palabras del divino Maestro: «El buen pastor da la vida por sus ovejas».74

No los mueve la vanagloria, el espíritu de partido ni el interés personal. Los impulsa a entregarse por el bien común aquella caridad que nunca desfallece.

Esta llama de amor, invisible para los ojos mundanos, ardió de tal manera en Borromeo que, después de exponer su propia vida para asistir a las víctimas de la peste, no se contentó con remediar los males presentes, sino que procuró prevenir también los peligros futuros.

Escribió:

«Así como un buen padre, que ama singularmente a sus hijos, provee no solo para el presente, sino también para el futuro, preparando cuanto necesitan para vivir, así también nosotros, movidos por el deber del amor paternal, procuramos para los fieles de nuestra provincia las precauciones necesarias y preparamos para el porvenir aquellos auxilios que la experiencia de la peste nos ha mostrado saludables».75

Estos mismos proyectos y cuidados inspirados por la caridad pueden aplicarse, Venerables Hermanos, a aquella Acción Católica que tantas veces hemos recomendado.

Los dirigentes del pueblo son llamados a este noble apostolado, que comprende todas las obras de misericordia.76

Deben estar preparados para sacrificarse enteramente, ellos mismos y cuanto poseen, por la buena causa. Deben soportar la envidia, la contradicción e incluso el odio de muchos, que responderán con ingratitud a sus beneficios.

Han de comportarse como «buenos soldados de Cristo Jesús»77 y correr con paciencia en el combate que se les propone, fijando los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe.78

Se trata, sin duda, de una lucha difícil. Aunque la victoria completa pueda tardar, esta obra sirve de manera dignísima al bienestar de la sociedad civil.

15. Fortaleza ante la persecución y deberes ciudadanos

También en esta lucha poseemos el luminoso ejemplo de san Carlos, del cual cada uno puede obtener motivos de imitación y consuelo.

Aunque su virtud eminente, su actividad extraordinaria y su caridad constante le ganaron la admiración general, estuvo sometido a aquella ley: «Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución».79

La austeridad de su vida, su defensa de la rectitud y de la honestidad, y su protección del derecho y de la justicia le atrajeron la aversión de los gobernantes, las asechanzas de los diplomáticos y, posteriormente, la desconfianza de la nobleza, de una parte del clero y del pueblo.

Finalmente, fue tan odiado por los malvados que procuraron quitarle la vida. Sin embargo, a pesar de su carácter manso y dulce, resistió todos estos ataques con fortaleza inquebrantable.

Nunca cedió en materia alguna que pudiera poner en peligro la fe y las costumbres.

No admitió ninguna pretensión, aunque procediera de un monarca poderoso que permanecía católico, cuando era contraria a la disciplina o gravosa para los fieles.

Tuvo siempre presentes las palabras de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»,80 y la declaración de los Apóstoles: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».81

De este modo prestó un servicio eminente no solo a la religión, sino también a la sociedad civil, que, pagando las consecuencias de una prudencia insensata y casi sumergida por las tempestades de sedición provocadas por ella misma, corría hacia una ruina cierta.

Los católicos de nuestros días y sus valerosos dirigentes, los obispos, merecerán la misma alabanza y gratitud si permanecen fieles a sus deberes de ciudadanos.

Deben guardar fidelidad y respeto incluso a gobernantes difíciles cuando ordenen cosas justas, y resistir firmemente sus mandatos cuando sean injustos.

Deben mantenerse igualmente alejados de la rebelión impía de quienes promueven sediciones y disturbios, y de la sumisión servil de quienes aceptan como leyes sagradas los decretos manifiestamente impíos de hombres perversos.

Estos, bajo el nombre engañoso de libertad, trastornan todas las cosas e imponen la más dura tiranía.

Esto sucede actualmente ante los ojos del mundo y a plena luz de la civilización moderna, especialmente en ciertos países donde parece haberse establecido el dominio de las potestades de las tinieblas.

Esa tiranía arrogante ha suprimido todos los derechos de los hijos de la Iglesia. Los corazones de quienes gobiernan se han cerrado a los sentimientos de generosidad, cortesía y fidelidad que sus antepasados, orgullosos del nombre cristiano, manifestaron durante tanto tiempo.

Es evidente que, cuando se odia a Dios y a la Iglesia, todo vuelve rápidamente a la antigua barbarie de una libertad desenfrenada.

Más exactamente, todo cae bajo aquel yugo cruel del cual solamente la familia de Cristo y la educación introducida por ella habían liberado a los pueblos.

San Carlos expresó este mismo pensamiento:

«Es un hecho cierto y comprobado que ningún crimen ofende tan gravemente a Dios ni provoca más su ira que el vicio de la herejía. Nada contribuye más a la ruina de las provincias y de los reinos que esta peste terrible».82

16. La nueva guerra contra la Iglesia y la esperanza de la victoria

Aunque los enemigos de la Iglesia discrepan completamente entre sí en sus opiniones y en sus obras, señal segura del error, se unen, sin embargo, en sus ataques obstinados contra la verdad y la justicia.

Como la Iglesia es guardiana y defensora de ambas, cierran sus filas para combatirla conjuntamente.

Proclaman en voz alta su imparcialidad y afirman que solo buscan la paz. Pero sus palabras suaves y sus intenciones declaradas ocultan lazos. Añaden así el insulto a la injusticia y la traición a la violencia.

De aquí se comprende que actualmente se libra una nueva clase de guerra contra el cristianismo, sin duda más peligrosa que los antiguos conflictos en los cuales san Carlos alcanzó tanta gloria.

Su ejemplo y sus enseñanzas nos ayudarán poderosamente a combatir con valor por las causas fundamentales de las cuales dependen la salvación privada y pública: la fe, la religión y la santidad del derecho público.

Nos veremos impulsados al combate por una dolorosa necesidad, pero también sostenidos por una dulce confianza en que Dios omnipotente apresurará la victoria de quienes luchan en una causa tan gloriosa.

A esta esperanza se añade la fuerza y la fecundidad de la obra de san Carlos, prolongadas hasta nuestros días, tanto para humillar la soberbia de los espíritus como para fortalecer las almas en el santo propósito de restaurar todas las cosas en Cristo.

Podemos concluir ahora, Venerables Hermanos, con las mismas palabras mediante las cuales Nuestro Predecesor Paulo V terminó la bula que concedía a Carlos los supremos honores:

«Es justo que demos gloria, honor y bendición al que vive por los siglos de los siglos, quien bendijo a nuestro consiervo con toda bendición espiritual, para que fuera santo e inmaculado en su presencia.

Puesto que el Señor nos lo concedió como estrella resplandeciente en esta noche de pecados y tribulaciones, acudamos a la divina clemencia, suplicando con la palabra y con las obras.

Que Carlos, mediante sus méritos y su ejemplo, continúe ayudando a la Iglesia que amó tan intensamente. Que la asista con su patrocinio y sea reconciliación en el tiempo de la ira, por Cristo Nuestro Señor».83

Que el cumplimiento de nuestra esperanza común sea obtenido mediante esta oración.

Como prenda de esa esperanza, impartimos amorosamente desde lo más profundo de Nuestro corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, y al clero y al pueblo confiados al cuidado de cada uno.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 26 de mayo de 1910, séptimo año de Nuestro Pontificado.

Pío Papa X


NOTAS

(1) Salmo 111, 7 según la Vulgata; Proverbios 10, 7; Hebreos 11, 4.

(2) Romanos 8, 11.

(3) Romanos 8, 28.

(4) Primera carta a los Corintios 4, 16.

(5) San Pío X, encíclica E supremi apostolatus, 4 de octubre de 1903.

(6) Hebreos 3, 1; 12, 2-3.

(7) San Pío X, encíclica Ad diem illum, 2 de febrero de 1904.

(8) Hebreos 11, 33.

(9) Efesios 4, 11 y siguientes.

(10) San Pío X, encíclica E supremi apostolatus.

(11) Paulo V, bula Unigenitus, 1 de noviembre de 1610.

(12) Ibídem.

(13) Efesios 5, 25 y siguientes.

(14) Mateo 16, 18.

(15) Mateo 28, 20.

(16) Juan 14, 16 y siguientes; 14, 26 y siguientes; 16, 7 y siguientes.

(17) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo 3.

(18) Filipenses 3, 18-19.

(19) Isaías 5, 20.

(20) Primera carta a los Corintios 10, 13.

(21) Primera carta de san Pedro 5, 3.

(22) Paulo V, bula Unigenitus.

(23) Génesis 8, 21.

(24) Romanos 6, 6.

(25) Efesios 4, 23.

(26) Romanos 12, 2.

(27) Filipenses 3, 13-14.

(28) Efesios 4, 15-16.

(29) Efesios 1, 9-10.

(30) Mateo 13, 25.

(31) San Carlos Borromeo, Primer Concilio Provincial de Milán, inicio.

(32) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(33) Ibídem.

(34) Ibídem.

(35) Romanos 10, 17.

(36) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(37) Oseas 4, 1.

(38) Jeremías 12, 11.

(39) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(40) San Pío X, encíclica Acerbo nimis, 15 de abril de 1905.

(41) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(42) Segunda carta a los Corintios 5, 20.

(43) Segunda carta a los Corintios 4, 2.

(44) Segunda carta a Timoteo 2, 15.

(45) Primera carta a los Tesalonicenses 2, 13.

(46) Hebreos 6, 12.

(47) Santiago 2, 26; Romanos 2, 13.

(48) Mateo 28, 18-20.

(49) Juan 14, 6.

(50) Juan 10, 10.

(51) Colosenses 3, 14.

(52) Primera carta a Timoteo 6, 20.

(53) Efesios 4, 12.

(54) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(55) San Carlos Borromeo, Sexto Concilio Provincial de Milán, conclusión.

(56) Primera carta de san Pedro 4, 17.

(57) Jeremías 1, 10.

(58) Primer libro de los Reyes 19, 11; Tercer libro de los Reyes según la numeración de la Vulgata.

(59) Filipenses 2, 21.

(60) Juan 7, 4.

(61) Primer libro de los Macabeos 5, 57 y 67.

(62) Juan 7, 18.

(63) Isaías 42, 2 y siguientes; Mateo 12, 19.

(64) Mateo 11, 29.

(65) Jeremías 17, 5.

(66) Filipenses 4, 13.

(67) Juan 4, 14.

(68) San Carlos Borromeo, Primer Concilio Provincial de Milán, parte segunda.

(69) San Carlos Borromeo, Tercer Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(70) San Carlos Borromeo, Cuarto Concilio Provincial de Milán, parte segunda.

(71) Primera carta a los Corintios 11, 28.

(72) Lucas 12, 31.

(73) Mateo 6, 33.

(74) Juan 10, 11.

(75) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte segunda.

(76) Mateo 25, 34 y siguientes.

(77) Segunda carta a Timoteo 2, 3.

(78) Hebreos 12, 1-2.

(79) Segunda carta a Timoteo 3, 12.

(80) Mateo 22, 21.

(81) Hechos de los Apóstoles 5, 29.

(82) San Carlos Borromeo, Quinto Concilio Provincial de Milán, parte primera.

(83) Paulo V, bula Unigenitus.

Fuente histórica principal: Acta Apostolicae Sedis, volumen II, Roma, Tipografía Políglota Vaticana, 1910, pp. 357-380.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.