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Encíclica Humanum Genus

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 15 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: León XIII, Masonería, Naturalismo, Sociedades secretas

43 Minutos de lectura
Retrato del Papa León XIII

Fecha de publicación: 20 de abril de 1884

Autor: Su santidad León XIII

Breve resumen: Sobre la masonería y otras sectas. Denuncia el naturalismo filosófico y moral, la acción de las sociedades secretas contra la Iglesia y el orden cristiano, y propone remedios doctrinales, sociales y espirituales.

Nota editorial: La presente versión española de la encíclica Humanum genus de León XIII, promulgada el 20 de abril de 1884, ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del cotejo con el texto latino original, publicado en las Acta Sanctae Sedis, volumen XVI (1883-1884), páginas 417-433, Roma, Ex Typographia Polyglotta — texto que, por su antigüedad y la fecha de fallecimiento de su autor, se encuentra en el dominio público.

Cabe señalar que el sitio oficial vatican.va no ofrece actualmente una versión en español de este documento, a diferencia de otros idiomas como inglés, francés, italiano o portugués; y que, además, incluye un aviso de copyright (© Dicasterio para la Comunicación) en la generalidad de sus páginas, incluidas las correspondientes a documentos históricos como este. Proyecto Emaús no reproduce ni deriva su texto de ninguna traducción digital protegida, sino que ofrece una traducción propia, revisada frase por frase contra el latín original, con la puntuación adaptada para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante el sistema de texto a voz integrado en este sitio, sin alterar el contenido doctrinal.

Los subtítulos y la división temática numerada han sido añadidos por Proyecto Emaús con fines de referencia y navegación, y no pertenecen al texto original de León XIII.


A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del mundo católico, unidos en gracia y comunión con la Sede Apostólica.

León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. Los dos reinos

El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo separado miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno combate sin cesar por la verdad y la virtud; el otro combate por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad.

El primero es el reino de Dios en la tierra, esto es, la verdadera Iglesia de Jesucristo; y quienes desean pertenecer a ella de corazón, de modo que alcancen la salvación, deben servir a Dios y a su Hijo unigénito con todo el entendimiento y con toda la voluntad.

El otro es el reino de Satanás, bajo cuyo dominio y potestad se hallan todos los que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, rehúsan obedecer la ley divina y eterna, y obran como si Dios no existiese o positivamente contra Dios.

San Agustín conoció y describió con agudeza estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias por sus leyes y por sus fines, y compendió con admirable brevedad la causa eficiente de una y otra en estas palabras: «Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la ciudad celestial» (1).

2. La masonería como fuerza organizada contra Dios y la Iglesia

En el curso de los siglos, estas dos ciudades han combatido entre sí con armas y métodos diversos, aunque no siempre con igual ardor y acometida. En nuestros días, los partidarios del mal parecen conspirar todos a una y luchar con mayor vehemencia, guiados o auxiliados por aquella sociedad ampliamente difundida y firmemente constituida que llaman de los masones.

Ya no disimulan sus propósitos; con suma audacia se levantan contra la majestad de Dios, maquinan pública y abiertamente la ruina de la santa Iglesia, y esto con el intento de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios alcanzados para nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador.

Llorando Nos estos males, y movido Nuestro ánimo por la caridad, Nos sentimos impelidos a clamar muchas veces ante el Señor: «He aquí que tus enemigos hacen estrépito, y los que te odian levantan la cabeza. Contra tu pueblo traman perversos designios y conspiran contra tus santos. Venid, dijeron, y destruyámoslos para que no sean nación» (2).

3. Deber del Pontífice ante el peligro

En peligro tan inminente, en medio de tan atroz y porfiada guerra contra el nombre cristiano, es Nuestro oficio indicar el peligro, señalar a los adversarios y resistir, cuanto podamos, a sus malas artes y consejos. Así procuramos que no perezcan aquellos cuya salvación Nos ha sido confiada, y que el reino de Jesucristo, que Nos hemos obligado a defender, no sólo permanezca firme y entero, sino que se dilate con nuevos aumentos por todo el orbe.

4. Amonestaciones de los Romanos Pontífices

Los Romanos Pontífices, Nuestros predecesores, velando solícitamente por la salvación del pueblo cristiano, conocieron muy pronto la presencia y los propósitos de este enemigo capital, apenas salió de las tinieblas de su oculta conjuración; y, como tocando a rebato, advirtieron con previsión a príncipes y pueblos para que no se dejaran prender en las malas artes y asechanzas preparadas para engañarlos.

El primer aviso del peligro fue dado por Clemente XII en el año 1738 (3), cuya constitución fue confirmada y renovada por Benedicto XIV (4). Pío VII siguió las mismas huellas (5), y León XII, en su constitución apostólica Quo graviora (6), reunió cuanto habían decretado los anteriores Pontífices sobre esta materia, ratificándolo y confirmándolo para siempre. En el mismo sentido hablaron Pío VIII (7), Gregorio XVI (8) y, repetidas veces, Pío IX (9).

5. Confirmación de los hechos

En efecto, una vez puesta en claro la naturaleza y el intento de la secta masónica por indicios manifiestos, por procesos instruidos, por la publicación de sus leyes, ritos y revistas, y muchas veces también por declaraciones de quienes eran cómplices, esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica, constituida contra todo derecho y conveniencia, era perniciosa no menos para la religión cristiana que para el Estado.

Por eso prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad, bajo las más graves penas que la Iglesia acostumbra imponer a delincuentes de singular gravedad.

Llenos de ira por esto sus secuaces, juzgaron que podían evadir o debilitar, ya con desprecio, ya con calumnias, la fuerza de aquellas censuras; y acusaron a los Sumos Pontífices que las decretaron de haber procedido injustamente o de haberse excedido en el modo. Así procuraron eludir el peso y la autoridad de las constituciones apostólicas de Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y Pío IX.

No faltaron, sin embargo, dentro de la misma sociedad, quienes confesasen, aun a pesar suyo, que lo hecho por los Romanos Pontífices, conforme a la doctrina y disciplina de la Iglesia, era según derecho. En esto varios príncipes y jefes de gobierno estuvieron muy de acuerdo con los Papas, ya denunciando la sociedad masónica ante la Sede Apostólica, ya condenándola por sí mismos mediante leyes, como sucedió en Holanda, Austria, Suiza, España, Baviera, Saboya y otras partes de Italia.

6. Progreso de la secta y propósito de esta encíclica

Pero lo que sobre todo importa es que los sucesos han confirmado la previsión de Nuestros antecesores. Sus cuidados próvidos y paternales no alcanzaron siempre ni en todas partes el resultado deseado, ya por el fingimiento y astucia de quienes trabajaban en esta iniquidad, ya por la ligereza de otros que, por su propio interés, debieron vigilar con mayor diligencia.

Así, en espacio de siglo y medio, la secta de los masones alcanzó aumentos mucho mayores de cuanto podía esperarse; y, entrando con audacia y dolo en todas las clases sociales, llegó a tener tanto poder que parecía haberse hecho casi dueña de los Estados. De tan rápido y terrible progreso se ha seguido para la Iglesia, para la potestad de los príncipes y para la salud pública la ruina prevista desde mucho antes por Nuestros antecesores.

Por estas causas, apenas subimos al gobierno de la Iglesia, vimos y sentimos cuán conveniente era resistir, en cuanto estuviese a Nuestro alcance, a tan grave mal, interponiendo para ello Nuestra autoridad. En varias ocasiones hemos tratado ya algunos puntos principales de doctrina en los que se manifestaba especialmente la influencia perversa de las opiniones masónicas.

Así, en Nuestra carta encíclica Quod Apostolici Muneris, procuramos refutar las monstruosas doctrinas de socialistas y comunistas; después, en Arcanum, defendimos y explicamos la verdadera y genuina noción de la vida doméstica, cuya fuente y origen está en el matrimonio; y luego, en Diuturnum Illud, expusimos la forma de gobierno político ajustada a los principios de la sabiduría cristiana. Ahora, a ejemplo de Nuestros predecesores, hemos resuelto tratar expresamente de la sociedad masónica, de toda su doctrina, de sus fines y de su modo de pensar y obrar, para que se conozca con mayor claridad su naturaleza maliciosa y pueda evitarse el contagio de peste tan funesta.

7. Organización secreta y disciplina interna

Hay varias sectas que, aunque diferentes en nombre, ritos, forma y origen, están unidas entre sí por cierta comunidad de propósitos y afinidad de opiniones principales, y concuerdan de hecho con la secta masónica, especie de centro de donde todas salen y adonde vuelven. Aunque aparenten no querer ocultarse en las tinieblas, celebren sus juntas a la vista de todos y publiquen sus periódicos, bien miradas conservan todavía la naturaleza y los usos de sociedades secretas.

Hay en ellas muchas cosas a modo de arcanos, que se manda ocultar con exquisita diligencia no sólo a los extraños, sino también a muchos de sus mismos adeptos: los planes íntimos y verdaderos, los jefes supremos, las reuniones más reducidas y secretas, sus deliberaciones y los medios por los cuales han de ejecutarse.

A esto se dirige la múltiple diversidad de derechos, obligaciones y cargos entre los socios, la distinción de órdenes y grados y la severidad de la disciplina. Los iniciados deben prometer, y aun suelen obligarse con juramento solemne, a no descubrir jamás ni de modo alguno a sus compañeros, ni sus signos, ni sus doctrinas.

Con estas fingidas apariencias y con un arte constante de simulación, los masones procuran ocultarse, como en otro tiempo los maniqueos, y no tener otros testigos que los suyos. Celebran reuniones ocultas, aun simulando sociedades eruditas de literatos y sabios; hablan de su entusiasmo por la civilización y de su amor hacia los humildes; dicen que su único deseo es mejorar la condición de los pueblos y comunicar al mayor número posible las ventajas de la sociedad civil.

Aunque tales propósitos fuesen verdaderos, no lo son todo. Además, los afiliados deben dar palabra y seguridad de ciega y absoluta obediencia a sus jefes y maestros, y estar preparados para obedecerles a la menor señal e indicación; y, si no lo hacen, para sufrir los más duros castigos y aun la muerte.

De hecho, cuando se ha juzgado que algunos traicionaron el secreto o desobedecieron las órdenes, no es raro que se les haya dado muerte con tal audacia y destreza que el asesino burla a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de la justicia.

8. Frutos de la secta y juicio sobre sus principios

Fingir y querer esconderse; sujetar a los hombres como esclavos con fortísimo lazo y sin causa suficientemente conocida; valerse para cualquier maldad de hombres sometidos al capricho de otro; armar manos homicidas procurándoles impunidad: todo esto es una monstruosidad que la misma naturaleza rechaza. Por tanto, la razón y la verdad manifiestan evidentemente que la sociedad de que hablamos pugna contra la justicia y la probidad natural.

Más claro se hace esto por otros argumentos. Por grande que sea la astucia de los hombres para ocultarse, y por grande que sea su costumbre de mentir, es imposible que en los efectos no aparezca de algún modo la naturaleza de la causa. «No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos» (10). Y los frutos de la secta masónica son dañosos y amarguísimos.

De los indicios ya mencionados resulta claro su último y principal intento: destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y levantar a su modo otro nuevo, cuyas bases y leyes sean tomadas del puro naturalismo.

Cuanto hemos dicho y diremos debe entenderse de la secta masónica en sí misma y en cuanto abraza a otras asociaciones unidas y confederadas con ella, pero no de cada uno de sus secuaces. Puede haber, y no pocos, que, aunque no estén libres de culpa por haberse comprometido con semejantes sociedades, no participen personalmente en sus crímenes ni conozcan sus últimas intenciones.

Del mismo modo, algunas asociaciones unidas a la masonería tal vez no aprueben ciertas conclusiones extremas que sería lógico abrazar como consecuencia de principios comunes, si no les causara horror su torpe fealdad. Otras, por circunstancias de tiempo y lugar, no se atreven a tanto como quisieran o como suelen hacer otras. Pero no por ello deben tenerse por ajenas a la confederación masónica, pues ésta ha de juzgarse no tanto por los hechos realizados cuanto por el conjunto de principios que profesa.

9. El naturalismo como doctrina

Es principio capital de quienes siguen el naturalismo, como su mismo nombre lo declara, que la naturaleza y la razón humana deben ser en todo maestras y soberanas absolutas. Sentado esto, descuidan los deberes para con Dios o los pervierten con opiniones vagas y erróneas. Niegan, en efecto, toda revelación divina; no admiten dogma religioso ni verdad alguna que la razón humana no pueda comprender, ni maestro a quien se deba creer por razón de la autoridad de su oficio.

Y como es oficio propio de la Iglesia católica, y sólo a ella pertenece, guardar íntegramente y defender en su pureza incorrupta el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad de su magisterio y los demás auxilios sobrenaturales para la salvación, de aquí nace que contra ella se dirija principalmente toda la saña y todo el ahínco de estos enemigos.

10. Acción contra la Iglesia y el Estado

Véase ahora el proceder de la secta masónica en lo tocante a la religión, especialmente donde tiene mayor libertad para obrar, y júzguese si no es verdad que todo su empeño está en llevar a la práctica las teorías de los naturalistas.

Desde hace mucho trabaja tenazmente para anular en la sociedad toda influencia del magisterio y autoridad de la Iglesia. Por esto proclaman y defienden en todas partes que la Iglesia y el Estado deben estar por completo separados; así excluyen de las leyes y de la administración pública el saludable influjo de la religión católica, de donde se sigue que los Estados se constituyan sin tener en cuenta las enseñanzas y preceptos de la Iglesia.

Ni les basta prescindir de tan buena guía como la Iglesia, sino que además la agravian con persecuciones y ofensas. Se combaten impunemente, de palabra, por escrito y en la enseñanza, los fundamentos mismos de la religión católica; se conculcan los derechos de la Iglesia; no se respetan las prerrogativas con que Dios la dotó; se reduce casi a nada su libertad de acción mediante leyes que, aunque no parezcan muy violentas, están en realidad hechas y acomodadas para atarle las manos.

Vemos, además, al clero oprimido con leyes excepcionales y graves, para que cada día disminuya en número y carezca de lo necesario; los restos de los bienes de la Iglesia sujetos a toda clase de trabas y gravámenes, puestos enteramente al arbitrio y juicio del Estado; las órdenes religiosas suprimidas y dispersas.

11. Ataque a la Sede Apostólica e indiferentismo religioso

Donde sobre todo se extrema la rabia de los enemigos es contra la Sede Apostólica y el Romano Pontífice.

Primero se le arrebató, con pretextos especiosos, el principado temporal, baluarte de su independencia y de sus derechos; luego fue reducido a una situación inicua e intolerable por las dificultades que se le oponen por todas partes; y, finalmente, se ha llegado al punto de que los fautores de las sectas proclamen abiertamente lo que durante largo tiempo maquinaron en secreto: que debe suprimirse la sagrada potestad del Pontífice y destruirse por entero el Pontificado, instituido por derecho divino.

Aunque faltaran otros testimonios, bastaría el de muchos sectarios bien informados, que en diversas ocasiones y también recientemente declararon que el propósito de los masones es perseguir a la Iglesia con enemistad implacable, y no descansar hasta destruir cuanto los Sumos Pontífices han establecido en materia de religión o por causa de ella.

Si no se obliga a los adeptos a abjurar expresamente la fe católica, esto no se opone a los intentos masónicos; antes bien, les sirve.

Primero, porque por este camino engañan fácilmente a los sencillos e incautos y atraen a muchos más; y después, porque, recibiendo a personas de cualquier religión, enseñan de hecho el gran error de estos tiempos: que la religión debe considerarse asunto indiferente, y que todos los cultos son iguales.

Tal modo de proceder es muy apto para arruinar toda religión, y especialmente la católica, que, por ser la única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin gravísima injusticia.

12. Negación de los principios fundamentales

Pero los naturalistas van más lejos. Lanzados audazmente por las sendas del error en las cosas de mayor importancia, caen despeñados en lo profundo, sea por la debilidad humana, sea por justo juicio de Dios, que castiga su soberbia. Así, pierden certeza y firmeza aun las verdades que se conocen por la luz natural de la razón, como la existencia de Dios, la espiritualidad y la inmortalidad del alma humana.

La secta de los masones cae en estos mismos escollos del error. Aunque en general confiesen que Dios existe, ellos mismos dan testimonio de que esta verdad no está impresa en la mente de cada uno con firme asentimiento y estable juicio. Tampoco disimulan que esta cuestión acerca de Dios es entre ellos causa y fuente abundantísima de discordia; y es notorio que sobre ella hubo recientemente no leve contienda.

De hecho la secta concede a los suyos libertad para defender que Dios existe o que no existe; y con la misma facilidad se admite a quienes obstinadamente niegan a Dios, como a quienes afirman que existe pero piensan de Él perversamente, al modo de los panteístas. Esto no es sino destruir la verdadera noción de la naturaleza divina, conservando de ella una apariencia absurda.

Destruido o debilitado este principal fundamento, necesariamente vacilan otras verdades conocidas por la luz natural: que todo existe por la libre voluntad de Dios creador; que su providencia rige el mundo; que las almas no mueren; y que a esta vida terrestre seguirá otra eterna.

13. Moral y educación laica

Destruidos estos principios, que son como la base del orden natural y de suma importancia para la vida racional y práctica, fácilmente se ve qué será de las costumbres públicas y privadas. Nada decimos de las virtudes sobrenaturales, que nadie puede alcanzar ni ejercitar sin especial gracia y don de Dios, y de las cuales no puede quedar vestigio en quienes desprecian como desconocidas la redención del género humano, la gracia divina, los sacramentos y la felicidad que debe alcanzarse en el cielo.

Hablamos de las obligaciones que nacen de la probidad natural. Dios, creador del mundo y próvido gobernador; la ley eterna que manda conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo; el fin último del hombre, mucho más alto que todas las cosas humanas y más allá de esta morada terrestre: éstos son los principios y fuentes de toda honestidad y justicia. Suprimidos éstos, como suelen hacerlo naturalistas y masones, falta inmediatamente todo fundamento para conocer y defender lo justo y lo injusto.

La única educación que agrada a los masones, y con la que, según ellos, debe instruirse a la juventud, es la que llaman laica, independiente y libre; es decir, una educación que excluya toda idea religiosa. Cuán escasa sea, cuán falta de firmeza y cuán expuesta al soplo de las pasiones, lo manifiestan los tristes frutos que ya se ven. Allí donde, suprimida la educación cristiana, comenzó a reinar más libremente esta enseñanza, prontamente desaparecieron las buenas costumbres, tomaron cuerpo opiniones monstruosas y creció sobremanera la audacia en los crímenes.

Además, como la naturaleza humana quedó herida por la mancha del primer pecado, y por lo tanto más inclinada al vicio que a la virtud, para obrar bien es absolutamente necesario sujetar los movimientos desordenados del ánimo y hacer que los apetitos obedezcan a la razón. Pero los naturalistas y masones, que no dan fe a las verdades reveladas por Dios, niegan que pecara nuestro primer padre y juzgan que el libre albedrío no quedó debilitado ni inclinado al mal (11).

De aquí vemos ofrecerse públicamente tantos estímulos a las pasiones: periódicos y revistas sin moderación ni vergüenza; obras dramáticas licenciosas; asuntos para las artes tomados de los principios de ese llamado realismo; ingeniosas invenciones para una vida blanda y regalada; en suma, toda clase de halagos sensuales con los que la virtud adormecida cierre los ojos.

Obran perversamente, pero con consecuencia, quienes quitan toda esperanza de los bienes celestiales y ponen vilmente en las cosas perecederas toda felicidad. Y, como nadie suele obedecer con tanta docilidad a hombres astutos como aquel cuyo ánimo está debilitado por la tiranía de las pasiones, hubo en la secta masónica quien propuso públicamente que, con persuasión y artificio, se procurase saciar a la multitud con licencia ilimitada de vicios, seguros de que así la tendrían sujeta a su arbitrio para cualquier atrevimiento futuro.

14. Matrimonio, familia y juventud

Por lo que toca a la vida doméstica, casi toda la doctrina de los naturalistas se resume así: el matrimonio es un mero contrato que puede rescindirse justamente por voluntad de los contratantes; la autoridad civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial; en la educación de los hijos no debe enseñarse nada como cierto y determinado en materia de religión, y al llegar a la adolescencia cada uno debe escoger lo que prefiera.

Esto mismo piensan los masones; no sólo lo piensan, sino que desde hace tiempo se empeñan en convertirlo en costumbre y ley. En muchos Estados, aun de nombre católico, se ha establecido que no hay unión legítima fuera del matrimonio civil; en otros, la ley permite el divorcio; en otros se trabaja para que sea permitido cuanto antes. Así se corre a cambiar la naturaleza del matrimonio en unión inestable y pasajera, que la pasión haga o deshaga a su antojo.

También tiene puesta la mira la secta de los masones en arrebatar para sí la educación de los jóvenes. Ven cuán fácilmente puede moldearse a su capricho esa edad tierna y flexible, y torcerla hacia donde quieran; y nada les parece más apto para formar para la sociedad una generación de ciudadanos según su propio modelo.

Por tanto, en la educación e instrucción de los niños no dejan parte alguna al magisterio y vigilancia de los ministros de la Iglesia; y en muchos lugares han conseguido que toda la educación de la juventud esté en manos de laicos, de modo que, al formar sus corazones, nada se les diga de los grandes y santísimos deberes que ligan al hombre con Dios.

15. Consecuencias políticas

Vienen enseguida los principios de la ciencia política. En esta materia enseñan los naturalistas que todos los hombres tienen iguales derechos y son en todo de igual condición; que todos son libres por naturaleza; que nadie tiene derecho a mandar a otro; y que pretender que los hombres obedezcan a una autoridad que no venga de ellos mismos es hacerles violencia.

Todo está, pues, en manos del pueblo libre; la autoridad existe por mandato o concesión del pueblo, de manera que, mudada la voluntad popular, sea lícito destronar a los príncipes aun por la fuerza. La fuente de todos los derechos y deberes civiles está, según ellos, en la multitud o en el gobierno de la nación constituido conforme a los nuevos principios. Añaden que el Estado debe ser ateo, y que entre las diversas religiones no hay razón para anteponer una a otra, sino que todas deben ocupar el mismo lugar.

Que todo esto agrada igualmente a los masones, y que quieren constituir las naciones según este modelo, es cosa demasiado conocida para necesitar demostración. Desde hace mucho trabajan abiertamente para lograrlo con todas sus fuerzas y recursos; y así preparan el camino a no pocos más audaces que se precipitan hacia males peores, queriendo alcanzar igualdad y comunidad de todos los bienes por la destrucción de toda distinción de clases y fortunas.

16. Errores y peligros para la sociedad

De lo que sumariamente hemos referido aparece bastante claro qué es y por dónde va la secta de los masones. Sus dogmas principales discrepan tanto y tan manifiestamente de la razón, que nada puede ser más perverso. Querer destruir la religión y la Iglesia, fundada y conservada perpetuamente por Dios mismo, y resucitar después de dieciocho siglos costumbres y doctrinas paganas, es necedad insigne y audaz impiedad.

No es menos horrible rechazar los beneficios que Jesucristo obtuvo misericordiosamente, no sólo para cada hombre en particular, sino también para la familia y para la sociedad civil, beneficios señaladísimos aun según el juicio y testimonio de los mismos enemigos del cristianismo. En tan feroz e insensato propósito casi parece reconocerse el mismo implacable odio y sed de venganza con que Satanás arde contra Jesucristo.

También el empeño de los masones por destruir los principales fundamentos de lo justo y de lo honesto, y por cooperar con quienes quisieran que fuese lícito hacer cuanto agrada, como si el hombre fuera mero animal, no tiende sino a empujar ignominiosa y vergonzosamente al género humano a su extrema ruina.

Aumentan el mal los peligros que amenazan a la sociedad doméstica y civil. Porque, como hemos mostrado en otra parte, en el matrimonio hay, según el sentir común y casi universal de los pueblos, algo sagrado y religioso; y la ley divina ha determinado que los matrimonios no puedan disolverse. Si se les priva de su carácter sagrado y se hacen disolubles, seguirán necesariamente la discordia y la confusión en la familia, la pérdida de la dignidad de la mujer y la incertidumbre de la prole en cuanto a sus bienes y su vida.

No cuidar oficialmente de la religión y, en la administración de la cosa pública, no tener cuenta alguna de Dios como si no existiera, es atrevimiento inaudito aun entre los mismos paganos. En su corazón estaba tan grabada la creencia en la divinidad y la necesidad de culto público, que hubieran considerado más fácil hallar una ciudad sin suelo que una ciudad sin Dios.

La sociedad humana, a la que por naturaleza estamos ordenados, fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de Él, como principio y fuente, brotan con fuerza y permanencia los innumerables bienes de la sociedad. Así como la naturaleza enseña a cada hombre a dar culto piadoso y santo a Dios, de quien recibe la vida y sus bienes, así también pueblos y Estados tienen el mismo deber. Por eso quienes quieren liberar a la sociedad civil de todo deber religioso obran no sólo injustamente, sino también con ignorancia y necedad.

17. Autoridad, igualdad y orden civil

Si los hombres, por voluntad de Dios, nacen ordenados a la sociedad civil, y si a ésta le es tan necesario el vínculo de la autoridad que, quitado él, se disuelve, se sigue que de Dios, autor de la sociedad, procede también la autoridad de gobernar.

De aquí se ve que quien está revestido de autoridad, sea quien fuere, es ministro de Dios; y, por tanto, conforme lo piden el fin y la naturaleza de la sociedad humana, es justo obedecer las órdenes justas de la autoridad legítima, como es justo obedecer a Dios que gobierna todas las cosas.

Es completamente falso, por consiguiente, que el pueblo tenga poder para negar la obediencia siempre que le agrade. Todos los hombres son ciertamente iguales si se atiende a la comunidad de origen y naturaleza, al fin último que cada uno debe alcanzar y a los derechos y deberes que de ahí nacen.

Pero, como no son iguales las capacidades de los hombres, y uno difiere de otro por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y son muchas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos, nada repugna más a la razón que pretender reducirlo todo a una misma medida y trasladar una igualdad absoluta a las instituciones de la vida civil.

Así como la perfecta constitución del cuerpo humano resulta de la unión de miembros diversos, diferentes en forma y función, pero colocados cada uno en su lugar, así en la sociedad humana hay casi infinita variedad de individuos. Si todos fueran iguales y cada uno se rigiera sólo por su arbitrio, nada sería más deforme que tal sociedad; pero si todos, con diversidad de grados, oficios y aptitudes, concurren armoniosamente al bien común, ofrecerán la imagen de una ciudad bien constituida y conforme a la naturaleza.

18. Engaño a príncipes y pueblos

De los errores turbulentos que hemos enumerado se han de temer gravísimos peligros para los Estados. Quitado el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, despreciada la autoridad de los príncipes, permitida y aprobada la sedición, y sueltas las pasiones populares sin más freno que el castigo, necesariamente seguirá el trastorno y la ruina de todas las cosas.

Precisamente esta ruina y trastorno son maquinados y proclamados por muchas asociaciones de comunistas y socialistas; y a sus empresas no es ajena la secta de los masones, antes favorece en gran manera sus designios y conviene con ellos en sus principales opiniones.

Si estos hombres no llegan inmediatamente y en todas partes a las últimas consecuencias, no se debe a su doctrina ni a su voluntad, sino a la virtud de la religión divina, que no puede ser destruida, y a la parte más sana de los hombres, que rechaza la servidumbre de las sociedades secretas y resiste vigorosamente sus intentos insensatos.

¡Ojalá todos juzgasen del árbol por sus frutos y conocieran la semilla y el origen de los males que nos oprimen y de los peligros que nos amenazan! Tenemos que habérnoslas con un enemigo astuto y doloso que, halagando los oídos de pueblos y príncipes, los ha cautivado con suavidad de palabras y adulaciones.

Al insinuarse entre los príncipes fingiendo amistad, los masones pusieron la mira en ganarlos como aliados y auxiliares poderosos para oprimir a la religión católica. Para estimularlos con mayor insistencia, acusaron calumniosamente a la Iglesia de disputar envidiosamente a los príncipes su potestad y prerrogativas reales.

Lograda por tales artificios la audacia y la seguridad, comenzaron a tener gran influencia en el gobierno de las naciones; pero están dispuestos a sacudir los fundamentos de los imperios, a perseguir, calumniar y destronar a los gobernantes siempre que éstos no parezcan gobernar según el gusto de la secta.

No de otro modo engañaron a los pueblos. Proclamando libertad y prosperidad pública, diciendo que por culpa de la Iglesia y de los soberanos la multitud no había salido de su injusta servidumbre y miseria, engañaron al pueblo y, despertando en él la sed de novedades, lo incitaron a combatir contra ambas potestades. Pero las ventajas esperadas están más en el deseo que en la realidad; más oprimida que antes, la plebe se ve privada de muchos consuelos que hubiera podido encontrar con facilidad y abundancia en una sociedad cristianamente constituida.

19. La Iglesia y la autoridad civil

La Iglesia, en cambio, como manda obedecer primero y sobre todo a Dios, soberano Señor de todas las cosas, no puede, sin injuria y falsedad, ser tenida por enemiga del poder civil ni usurpadora de los derechos de los príncipes. Antes bien, enseña que debe darse al poder civil, por conciencia y deber, cuanto de derecho se le debe. Al hacer dimanar de Dios mismo el derecho de mandar, aumenta grandemente la dignidad del poder civil y ofrece no pequeño auxilio para obtener el respeto y la benevolencia de los ciudadanos.

Amiga de la paz y sustentadora de la concordia, la Iglesia abraza a todos con maternal caridad y, ocupada únicamente en ayudar a los hombres, enseña que conviene unir justicia con clemencia, mando con equidad y leyes con moderación; que no debe violarse el derecho de nadie; que se debe servir al orden y a la tranquilidad pública, y aliviar cuanto se pueda, pública y privadamente, la necesidad de los menesterosos.

Por esto, usando palabras de San Agustín, algunos piensan, o quieren que se piense, que la doctrina de Cristo no es provechosa para el Estado, porque desean que éste se funde no sobre la solidez de las virtudes, sino sobre la impunidad de los vicios (12). Conocido bien todo esto, sería gran prueba de prudencia política y empresa conforme al bien común que príncipes y pueblos se unieran, no con los masones para destruir la Iglesia, sino con la Iglesia para quebrantar los ímpetus de los masones.

20. Remedios doctrinales

Sea como fuere, ante un mal tan grave y tan extendido, lo que a Nos toca, Venerables Hermanos, es aplicarnos con toda el alma a buscar remedios. Y porque sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio está en la virtud de la religión divina, tanto más odiada por los masones cuanto más temida, juzgamos que lo principal es servirnos contra el enemigo común de esta virtud tan saludable.

Por tanto, todo cuanto los Romanos Pontífices, Nuestros predecesores, decretaron para impedir las tentativas y esfuerzos de la secta masónica, y todo cuanto sancionaron para alejar a los hombres de semejantes sociedades o sacarlos de ellas, lo ratificamos y confirmamos con Nuestra autoridad apostólica. Confiando mucho en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno, por su eterna salvación, que estime como deber sagrado de conciencia no apartarse ni un punto de lo que en esta materia tiene ordenado la Sede Apostólica.

21. Arrancar la máscara a la masonería

Y a vosotros, Venerables Hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor instancia que, uniendo vuestros esfuerzos a los Nuestros, procuréis con todo ahínco extirpar esta peste inmunda que va serpenteando por las venas de la sociedad. A vosotros toca defender la gloria de Dios y la salvación del prójimo; ante tales fines, no os faltarán valor ni fuerza.

Vuestra prudencia os dictará el mejor modo de vencer los obstáculos y dificultades; pero, como es propio de la autoridad de Nuestro ministerio indicar algún plan razonable, pensad que, en primer lugar, debe procurarse arrancar a los masones la máscara, para que sean conocidos tales cuales son. Enseñad al pueblo, mediante discursos y cartas pastorales, las artes de que se valen estas sociedades para halagar y atraer, la perversidad de sus opiniones y la maldad de sus obras.

Nadie que estime como debe su nombre de católico y su salvación juzgue lícito, por ningún motivo, dar su nombre a la secta masónica, como muchas veces lo prohibieron Nuestros predecesores. Que a nadie engañe su fingida honradez. A algunos puede parecerles que los masones nada piden abiertamente contrario a la religión y a las buenas costumbres; pero como toda la razón de ser y el objeto de la secta estriban en lo vicioso y criminal, no es lícito unirse a ellos ni ayudarles de ningún modo.

22. Formación religiosa y colaboración de clero y laicos

Además, conviene inducir a la multitud, mediante frecuentes sermones y exhortaciones, a que aprenda con diligencia los preceptos de la religión. Para ello recomendamos que, en escritos y sermones oportunos, se expliquen los elementos de aquellas verdades sagradas en que se contiene la filosofía cristiana. Así se sanarán los entendimientos por la instrucción y se fortalecerán contra las múltiples formas del error y los diversos atractivos del vicio, especialmente en esta libertad ilimitada de escribir y en esta insaciable curiosidad de saber.

Grande es, sin duda, la obra; pero en ella el clero será vuestro primer auxiliar y colaborador, si por vuestro cuidado sale bien pertrechado en virtud y ciencia. Esta empresa tan sana e importante reclama también el celo activo de los seglares en quienes se unan el amor de la religión y de la patria con la probidad y el saber.

Unidas las fuerzas de clero y laicos, trabajad, Venerables Hermanos, para que todos conozcan y amen a la Iglesia; porque cuanto mayor sea este conocimiento y este amor, tanto mayor será la repugnancia hacia las sociedades secretas y el empeño en rehuirlas.

23. La Orden Tercera de San Francisco

Aprovechamos esta ocasión para renovar justamente Nuestro deseo, ya repetido, de que se propague y fomente con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuya disciplina hemos mitigado hace poco con prudente lenidad. El único fin que le dio su fundador es atraer a los hombres a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia y al ejercicio de toda virtud cristiana; por eso ha de valer mucho para extinguir el contagio de estas perversas sociedades.

Que aumente cada día esta santa asociación; pues, entre otros muchos frutos, puede esperarse de ella el insigne beneficio de que los corazones vuelvan a la libertad, fraternidad e igualdad: no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el género humano y las siguió San Francisco.

Hablamos de la libertad de los hijos de Dios, por la que somos libres de la servidumbre de Satanás y de las pasiones; de la fraternidad que dimana de Dios, creador y Padre común de todos; y de la igualdad que, fundada en la justicia y la caridad, no borra las diferencias entre los hombres, sino que con la variedad de estados, deberes e inclinaciones forma aquella armonía que la naturaleza misma pide para el bien y la dignidad de la vida civil.

24. Gremios y asociaciones católicas de trabajadores

Viene, en tercer lugar, una institución sabiamente establecida por nuestros mayores, pero interrumpida con el paso del tiempo, que puede servir ahora como modelo y forma para instituciones semejantes: hablamos de los gremios y cofradías de trabajadores, con los cuales éstos, bajo el amparo de la religión, defendían juntamente sus intereses temporales y las buenas costumbres.

Si nuestros antepasados, por largo uso y experiencia, conocieron la utilidad de estas asociaciones, tal vez nuestro siglo la experimente mejor, por ser especialmente aptas para quebrantar el poder de las sectas. Los que se sustentan con el trabajo de sus manos, además de ser muy dignos de caridad y consuelo, están particularmente expuestos a las seducciones de los malvados, que todo lo invaden con fraudes y engaños.

Por eso deben ser ayudados con la mayor benignidad posible y atraídos a sociedades honestas, no sea que sean arrastrados a otras malas. En consecuencia, para la salvación del pueblo, deseamos vivamente que estas corporaciones sean restablecidas en todas partes, según lo permitan los tiempos, bajo los auspicios y patrocinio de los obispos.

No es pequeño Nuestro gozo al ver que en diversos lugares ya se han establecido asociaciones de esta índole y sociedades protectoras, cuyo propósito es ayudar a la honrada clase trabajadora, socorrer y custodiar a sus hijos y familias, y fomentar en ellas la piedad, el conocimiento de la religión y la integridad de las buenas costumbres.

En este punto no dejaremos de mencionar la Sociedad de San Vicente de Paúl, tan benemérita de las clases pobres y tan insigne por su ejemplaridad. Son bien conocidas su actuación y sus aspiraciones: se adelanta espontáneamente al auxilio de los menesterosos y de los que sufren, con admirable prudencia y modestia; y cuanto menos desea mostrarse, tanto más apta es para ejercer la caridad cristiana y consolar las miserias.

25. Educación de la juventud

En cuarto lugar, para obtener más fácilmente lo que deseamos, encomendamos con el mayor encarecimiento a vuestro celo y vigilancia la juventud, esperanza de la sociedad humana. Poned en su educación el principal cuidado, y nunca creáis haber hecho bastante para preservar a los jóvenes de aquellas escuelas y maestros de donde pueda temerse el aliento pestilente de las sectas.

Exhortad a los padres, a los maestros de religión y a los párrocos para que, al enseñar la doctrina cristiana, adviertan oportunamente a sus hijos y alumnos sobre la perversidad de estas sociedades, y les enseñen desde temprano a precaverse de las diversas y fraudulentas artes con que sus propagadores acostumbran enredar a los hombres.

Obrarán prudentemente quienes instruyen a los jóvenes en la religión si los inducen a proponerse y comprometerse a no ligarse nunca con sociedad alguna sin conocimiento de sus padres o sin consejo de su confesor o párroco.

26. Oración, intercesión y defensa espiritual

Bien sabemos que nuestros comunes trabajos no bastarán para arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor, si desde el cielo el dueño de la viña no favorece benignamente nuestros esfuerzos. Es necesario, por tanto, implorar con vehemente anhelo su poderoso auxilio, tal como lo exigen la extrema necesidad de las circunstancias y la grandeza del peligro.

La secta de los masones se muestra insolente y orgullosa por sus triunfos, y no parece poner ya límites a su pertinacia. Sus secuaces se ayudan mutuamente, unidos por pacto inicuo y por ocultos designios comunes, y unos a otros se animan a todo malvado atrevimiento. Tan fiero asalto pide igual defensa: que todos los buenos se unan en amplísima coalición de obras y oraciones.

Les pedimos, pues, que, estrechando filas, firmes y unidos, resistan los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; y que levanten a Dios sus manos con grandes súplicas para alcanzar que florezca y prospere la religión cristiana, que la Iglesia goce de la libertad necesaria, que los descarriados vuelvan al recto camino, y que finalmente el error ceda ante la verdad y el vicio ante la virtud.

Tengamos como intercesora y abogada a la Virgen María, Madre de Dios, para que, puesto que desde su misma Concepción purísima venció a Satanás, se muestre poderosa contra estas nefandas sectas, en las cuales se ve revivir la soberbia contumaz del demonio, junto con su indómita perfidia y simulación.

Acudamos también a San Miguel, príncipe de los ángeles buenos y vencedor del enemigo infernal; a San José, esposo de la Santísima Virgen y celestial patrono de la Iglesia católica; y a los grandes apóstoles San Pedro y San Pablo, padres y defensores invictos de la fe cristiana. Confiamos que, por su patrocinio y por la perseverante oración de todos, Dios socorrerá misericordiosa y oportunamente al género humano, rodeado de tantos peligros.

27. Conclusión y Bendición Apostólica

Como prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra benevolencia, os concedemos amorosamente en el Señor, a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y a todo el pueblo confiado a vuestra vigilancia, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 20 de abril de 1884, año séptimo de Nuestro Pontificado.

León Papa XIII


NOTAS(1) San Agustín, De civitate Dei, XIV, 28. | (2) Sal. 82, 2-4. | (3) Constitución In eminenti, 24 de abril de 1738. | (4) Constitución Providas, 18 de mayo de 1751. | (5) Constitución Ecclesiam a Iesu Christo, 13 de septiembre de 1821. | (6) Constitución apostólica Quo graviora, 13 de marzo de 1825. | (7) Encíclica Traditi Humilitati, 24 de mayo de 1829. | (8) Encíclica Mirari Vos, 15 de agosto de 1832. | (9) Encíclica Qui Pluribus, 9 de noviembre de 1846; alocución Multiplices Inter, 25 de septiembre de 1865, entre otras. | (10) Mt. 7, 18. | (11) Concilio de Trento, sesión VI, decreto sobre la justificación, cap. 1. | (12) San Agustín, Epistola 137, ad Volusianum, cap. V, n. 20.

Fuente histórica base: León XIII, Humanum genus, en Acta Sanctae Sedis, volumen XVI, 1883-1884, páginas 417-433, Roma, Ex Typographia Polyglotta.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.