Fecha de publicación: 15 de agosto de 1832
Autor: Su santidad Gregorio XVI
Breve resumen: Sobre los graves males que afligían a la Iglesia y a la sociedad. Gregorio XVI defiende la unidad y la autoridad de la Iglesia, la disciplina eclesiástica, el celibato clerical, la santidad del matrimonio y la obediencia legítima. Condena el indiferentismo religioso, la libertad de conciencia desligada de la verdad, la libertad irrestricta de publicación, las doctrinas sediciosas y la separación entre la Iglesia y el Estado.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Mirari vos ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino conservado en la edición histórica de Acta Gregorii Papae XVI, volumen I, publicada en Roma en 1901, páginas 169-174, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido una traducción moderna del portal de la Santa Sede. Debido a que el original latino contiene períodos sintácticos muy extensos, se han ajustado la puntuación y la división de algunas oraciones para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A todos los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del mundo católico, sobre las perturbaciones de la Iglesia y de la sociedad civil.
Gregorio XVI, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Razones del retraso de esta encíclica
Juzgamos que os causará admiración, Venerables Hermanos, que todavía no os hayamos dirigido una carta desde que fue confiado a Nuestra pequeñez el cuidado de la Iglesia universal. Así lo pedían tanto la costumbre establecida desde los primeros tiempos como el afecto que os profesamos.
Deseábamos vivamente abriros sin demora Nuestro corazón y, en comunión de espíritu, dirigiros aquella palabra con la cual, en la persona del bienaventurado Pedro, recibimos el mandato de confirmar a nuestros hermanos.1
Pero bien sabéis en medio de qué tempestad de males y aflicciones fuimos lanzados, desde los primeros momentos de Nuestro pontificado, a las profundidades de un mar agitado. Si la diestra de Dios no hubiese manifestado su poder, habríais tenido que lamentar que hubiésemos quedado sumergidos por la detestable conspiración de hombres impíos.
Nuestro ánimo rehúye renovar el dolor mediante la triste enumeración de tantos peligros. Preferimos bendecir al Padre de todo consuelo, quien dispersó a los rebeldes, Nos libró del peligro presente y, después de calmar una tormenta tan violenta, Nos permitió respirar sin temor.
Nos propusimos inmediatamente comunicaros Nuestras decisiones para sanar las heridas de Israel. Sin embargo, la enorme carga de preocupaciones que debimos soportar para restablecer el orden público retrasó entonces el cumplimiento de este deseo.
A ello se añadió una nueva causa de silencio. Hombres sediciosos, llevados por su insolencia, intentaron levantar otra vez la bandera de la rebelión.
Su obstinación no había sido contenida por una larga impunidad ni por la gran indulgencia de Nuestra benevolencia. Antes bien, su furor desenfrenado parecía alimentarse con ella. Por eso, aunque con profundo dolor, tuvimos finalmente que contenerlos con la vara de la autoridad que Dios Nos ha concedido.2
Como fácilmente podéis comprender, desde entonces Nuestras ocupaciones cotidianas se hicieron todavía más arduas.
Ahora hemos tomado posesión del pontificado en la Basílica Lateranense, según la costumbre de Nuestros mayores. Este acto había sido también retrasado por las mismas circunstancias.
Apartada ya toda demora, acudimos a vosotros, Venerables Hermanos. Os entregamos esta carta como testimonio de Nuestro afecto, en este día lleno de alegría, cuando celebramos solemnemente el triunfo de la Santísima Virgen elevada al cielo.
Ella fue Nuestra protectora y auxiliadora en las mayores calamidades. Que Nos asista también ahora, mientras os escribimos. Que, mediante su inspiración celestial, dirija Nuestra mente hacia aquellos consejos que sean más saludables para la grey cristiana.
2. La hora de las tinieblas
Nos dirigimos a vosotros con dolor y con el ánimo abatido por la tristeza. Sabemos que, por vuestro celo por la religión, os encontráis profundamente preocupados ante la extrema dureza de estos tiempos.
Podemos decir verdaderamente que esta es la hora del poder de las tinieblas, en la cual los hijos de elección son cribados como el trigo.3
Verdaderamente, «la tierra está de luto y desfallece, profanada por sus habitantes, porque quebrantaron las leyes, alteraron el derecho y rompieron la alianza eterna».4
Hablamos, Venerables Hermanos, de aquello que contempláis con vuestros propios ojos y que lamentamos juntos con lágrimas.
La maldad se alegra con arrogancia. La ciencia se vuelve insolente. La licencia se extiende sin freno.
Se desprecia la santidad de las cosas sagradas. La majestad del culto divino, tan necesaria y poderosa, es rechazada, profanada y convertida en objeto de burla por hombres perversos.
De este modo se corrompe la sana doctrina y se difunden audazmente errores de toda clase.
Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las normas más santas de la disciplina se encuentran seguras frente a la audacia de quienes hablan iniquidades.
Esta Sede Romana del bienaventurado Pedro, en la cual Cristo estableció el fundamento de la Iglesia, es combatida con extrema violencia. Los vínculos de la unidad se debilitan y se rompen cada día más.
Se ataca la autoridad divina de la Iglesia. Sus derechos son destruidos. Se la somete a criterios puramente terrenos y, mediante una gravísima injusticia, se la entrega al odio de los pueblos y se la reduce a una vergonzosa servidumbre.
Se quebranta la obediencia debida a los obispos y se pisotean sus derechos.
Las academias y las escuelas resuenan horriblemente con nuevos monstruos de opiniones. Ya no se combate la fe católica mediante caminos ocultos y subterráneos. Ahora se le declara abierta y públicamente una guerra terrible e impía.
La inteligencia de los jóvenes queda corrompida por las enseñanzas y el ejemplo de sus maestros. De aquí han surgido una inmensa ruina para la religión y una perversión espantosa de las costumbres.
Una vez rechazado el freno de la santísima religión, por la cual subsisten los reinos y se fortalecen la autoridad y el poder legítimo, vemos crecer la destrucción del orden público, la caída de los gobiernos y la subversión de toda autoridad legítima.
Esta acumulación de calamidades debe atribuirse, principalmente, a la conspiración de ciertas sociedades. En ellas se ha reunido, como en una cloaca común, cuanto hay de sacrílego, vergonzoso y blasfemo en las herejías y en las sectas más criminales.
3. Deber de los pastores ante la crisis
Estos males, Venerables Hermanos, y muchos otros quizá más graves, que sería demasiado largo enumerar ahora y que vosotros conocéis bien, Nos obligan a permanecer en un dolor profundo y prolongado.
Colocados en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, debemos sentir, más que nadie, el celo por toda la casa de Dios.
Pero sabemos que no hemos sido puestos en este lugar para limitarnos a lamentar innumerables males. Debemos esforzarnos también, con todas Nuestras fuerzas, por arrancarlos de raíz.
Por eso recurrimos al auxilio de vuestra fe y apelamos a vuestra solicitud por la salvación de la grey católica.
Vuestra virtud, vuestra religión, vuestra singular prudencia y vuestra constante diligencia fortalecen Nuestro ánimo. En medio de circunstancias tan difíciles, Nos proporcionan un consuelo muy agradable.
Es deber Nuestro levantar la voz y emplear todos los medios para impedir que el jabalí del bosque destruya la viña y que los lobos despedacen el rebaño.
Debemos conducir a las ovejas únicamente hacia aquellos pastos que les sean saludables y que no presenten siquiera la menor sospecha de ser perjudiciales.
No permita Dios, amadísimos Hermanos, que, ante tantos males y peligros, los pastores abandonen su deber; que, paralizados por el miedo, dejen a las ovejas; o que, olvidando el cuidado del rebaño, permanezcan inactivos por comodidad o negligencia.
Trabajemos, por tanto, unidos en un mismo espíritu por Nuestra causa común, que es, en realidad, la causa de Dios.
Frente a enemigos comunes, exista una sola vigilancia y un solo esfuerzo por la salvación de todo el pueblo.
4. La doctrina de la Iglesia no admite novedades
Cumpliréis especialmente este deber si, conforme lo exige vuestro ministerio, veláis sobre vosotros mismos y sobre la doctrina.
Recordad constantemente que toda novedad causa perturbación en la Iglesia universal.5
Tened presente también la advertencia del papa san Agatón: nada debe disminuirse de aquello que ha sido definido legítimamente; nada debe cambiarse ni añadirse. Todo debe conservarse intacto tanto en las palabras como en su sentido.6
Así permanecerá firme e inmóvil la unidad, que tiene como fundamento esta Cátedra del bienaventurado Pedro.
De ella proceden para todas las iglesias los derechos de la venerable comunión. En ella encuentran todos un muro, una seguridad, un puerto protegido de las tempestades y un tesoro de innumerables bienes.7
Para contener la audacia de quienes intentan quebrantar los derechos de esta Santa Sede o romper la unión de las iglesias con ella, unión de la cual reciben firmeza y vida, inculcad en los fieles una fe profunda y una sincera veneración hacia la Cátedra de Pedro.
Proclamad con san Cipriano que se engaña quien cree permanecer en la Iglesia después de abandonar la Cátedra de Pedro, sobre la cual fue fundada la Iglesia.8
5. El Romano Pontífice, los obispos y los sacerdotes
Debéis trabajar y vigilar constantemente para que el depósito de la fe permanezca intacto en medio de la conspiración de hombres impíos que intentan arrebatarlo y destruirlo.
Todos deben recordar que corresponde al Romano Pontífice juzgar acerca de la sana doctrina con la cual han de ser instruidos los pueblos, y gobernar y administrar la Iglesia universal.
A él fue concedida por Jesucristo Nuestro Señor la plena potestad de apacentar, regir y gobernar a toda la Iglesia, como declararon expresamente los Padres del Concilio de Florencia.9
Corresponde a cada obispo permanecer unido con la mayor fidelidad a la Cátedra de Pedro, custodiar santa y religiosamente el depósito recibido, y apacentar la grey de Dios confiada a su cuidado.
Los sacerdotes deben estar sujetos a los obispos. San Jerónimo advierte que deben reconocerlos como padres de sus almas.10
Nunca deben olvidar que los antiguos cánones les prohíben realizar por iniciativa propia cualquier acto de su ministerio, o asumir la misión de enseñar y predicar, sin la aprobación del obispo.
El pueblo ha sido confiado a la fidelidad del obispo, y él deberá rendir cuentas por sus almas.11
Debe mantenerse como principio cierto e inquebrantable que todos aquellos que actúan contra este orden establecido perturban, en cuanto depende de ellos, la constitución de la Iglesia.
6. La disciplina de la Iglesia y las falsas reformas
Sería ilícito, y completamente contrario a la veneración con que deben recibirse las leyes de la Iglesia, condenar por una desenfrenada libertad de opinión la disciplina establecida por ella.
Esa disciplina regula la administración de las cosas sagradas, la conducta moral y los derechos de la Iglesia y de sus ministros.
Tampoco puede afirmarse que sea contraria a determinados principios del derecho natural, que se encuentre incompleta o defectuosa, o que esté sometida a la autoridad civil.
Como enseñaron los Padres del Concilio de Trento, consta que la Iglesia fue instruida por Jesucristo y por sus Apóstoles, y que el Espíritu Santo le enseña cada día toda la verdad.12
Por eso resulta completamente absurdo y sumamente injurioso para ella imponerle una supuesta restauración o regeneración, como si fuera necesaria para procurar su conservación y crecimiento.
Eso equivaldría a considerar que la Iglesia puede padecer defectos, oscuridad u otros males semejantes.
Mediante estos proyectos, los innovadores procuran establecer los fundamentos de una institución humana reciente.
De este modo sucedería precisamente aquello que san Cipriano detestaba: que la Iglesia, siendo una realidad divina, fuese convertida en una institución puramente humana.13
Quienes conciben tales proyectos deben considerar que, según el testimonio de san León, solo al Romano Pontífice ha sido confiada la facultad de dispensar de los cánones.
Corresponde únicamente al Pontífice, y no a cualquier individuo particular, decidir acerca de las normas establecidas por los Padres.
Como escribió san Gelasio, le pertenece ponderar los decretos de los cánones y valorar las disposiciones de sus Predecesores. Así, después de una consideración diligente, podrá moderar aquello cuya relajación exija la necesidad de los tiempos para restaurar las iglesias.14
7. Defensa del celibato clerical
Deseamos que vuestra firmeza en defensa de la religión se manifieste contra la vergonzosa conspiración dirigida contra el celibato clerical.
Sabéis que este ataque aumenta y se extiende cada día.
A los filósofos más corrompidos de nuestro tiempo se han unido incluso algunos miembros del estado eclesiástico.
Olvidando su dignidad y su ministerio, y seducidos por los halagos del placer, han llegado a tal grado de licencia que, en algunos lugares, se han atrevido a presentar repetidas peticiones públicas a los gobernantes para destruir esta santísima disciplina.
Nos causa repugnancia deteneros con un largo discurso sobre intentos tan vergonzosos.
Confiando en vuestra piedad, os encargamos que empleéis todos los medios establecidos por los sagrados cánones para custodiar, reivindicar y defender íntegra esta ley de suma importancia, contra la cual se dirigen por todas partes los ataques de hombres entregados a sus pasiones.
8. Santidad e indisolubilidad del matrimonio
El honorable matrimonio de los cristianos, llamado por san Pablo «gran sacramento en Cristo y en la Iglesia», exige también Nuestra solicitud común.15
Debemos impedir que se piense o se intente introducir algo contrario a su santidad o a la indisolubilidad del vínculo matrimonial.
Nuestro Predecesor Pío VIII, de feliz memoria, ya os recomendó este asunto con gran insistencia en sus cartas. Sin embargo, continúan aumentando los proyectos hostiles contra el matrimonio.
Debe enseñarse cuidadosamente a los pueblos que el matrimonio, una vez contraído válidamente, ya no puede disolverse.
Dios ha unido a quienes contraen matrimonio en una sociedad perpetua de vida y en un vínculo que solo la muerte puede desatar.
Los fieles deben recordar que el matrimonio pertenece a las cosas sagradas y que, por tanto, está sujeto a la Iglesia.
Deben tener presentes las leyes establecidas por ella y obedecerlas santa y cuidadosamente. De su cumplimiento dependen enteramente la fuerza, la firmeza y la legítima constitución del matrimonio.
No deben admitir, bajo ningún pretexto, aquello que se oponga a las disposiciones de los sagrados cánones y a los decretos de los concilios.
Deben saber que tendrán consecuencias desgraciadas aquellos matrimonios que se celebren contra la disciplina de la Iglesia, sin haber buscado antes la ayuda de Dios, o movidos únicamente por el ardor de la pasión, sin que los esposos reflexionen sobre el sacramento ni sobre los misterios que representa.
9. El indiferentismo religioso
Examinemos ahora otra fuente muy abundante de los males que actualmente afligen a la Iglesia.
Nos referimos al indiferentismo, es decir, a aquella opinión perversa difundida por todas partes mediante los engaños de los impíos, según la cual puede alcanzarse la salvación eterna del alma profesando cualquier religión, con tal de que las costumbres se ajusten a las normas de lo recto y honesto.
En una cuestión tan clara y evidente, os será fácil apartar de los pueblos confiados a vuestro cuidado un error tan mortal.
El Apóstol enseña que existe «un solo Dios, una sola fe y un solo bautismo».16
Deben, por tanto, temer quienes imaginan que cualquier religión ofrece un camino hacia el puerto de la felicidad eterna.
Recuerden el testimonio del mismo Salvador: están contra Cristo porque no están con Él, y dispersan miserablemente porque no recogen con Él.17
Por eso, sin duda alguna, perecerán eternamente si no conservan la fe católica íntegra e inviolada.18
Escuchen a san Jerónimo. Cuando la Iglesia se encontraba dividida por un cisma en tres partidos, refiere que permaneció firme en su propósito y respondió constantemente a quienes intentaban atraerlo hacia sí: «Quien está unido a la Cátedra de Pedro es mío».19
Nadie debe engañarse alegando que también ha sido regenerado por el agua del bautismo.
San Agustín respondería oportunamente: «El sarmiento separado de la vid conserva también su forma. Pero, ¿de qué le sirve esa forma si ya no vive de la raíz?».20
10. La libertad de conciencia y la licencia de opiniones
De esta fuente corrupta del indiferentismo brota aquella sentencia absurda y errónea, o más bien aquel delirio, según el cual debe afirmarse y defenderse para cada persona la libertad de conciencia.
Prepara el camino para este error sumamente perjudicial la libertad plena y sin moderación de opiniones, que se extiende ampliamente para ruina de la Iglesia y de la sociedad civil.
Algunos sostienen con extrema desvergüenza que esta libertad puede proporcionar algún beneficio a la religión.
Pero san Agustín preguntaba: «¿Qué muerte puede ser peor para el alma que la libertad del error?».21
Cuando desaparece todo freno capaz de mantener a los hombres en los caminos de la verdad, y cuando su naturaleza inclinada al mal se precipita hacia el abismo, podemos decir que se ha abierto verdaderamente el pozo del abismo.22
De él vio san Juan elevarse un humo que oscureció el sol, y salir langostas que devastaron la tierra.
De esa libertad proceden la inconstancia de las inteligencias, la creciente corrupción de los jóvenes y el desprecio del pueblo hacia las cosas sagradas y las leyes más santas.
En una palabra, de ella procede una peste para la sociedad más mortal que cualquier otra.
La experiencia demuestra, desde la antigüedad, que las ciudades que florecieron por sus riquezas, poder y gloria perecieron por un solo mal: la libertad inmoderada de opiniones, la licencia de los discursos y el deseo de novedades.
11. La libertad irrestricta de publicación
A este mismo propósito conduce aquella pésima libertad de la imprenta, nunca suficientemente execrada y condenada, que permite publicar y difundir toda clase de escritos.
Algunos se atreven a reclamarla y promoverla con grandes clamores.
Nos estremecemos, Venerables Hermanos, al contemplar los monstruos de doctrinas, o más bien los prodigios de errores, que nos rodean.
Son difundidos por todas partes mediante una enorme cantidad de libros, folletos y escritos, pequeños en tamaño, pero muy grandes por su malicia.
De ellos vemos salir una maldición que se extiende sobre la faz de la tierra.
Hay, sin embargo, quienes llegan a sostener obstinadamente que toda esta acumulación de errores queda suficientemente compensada por algún libro que, en medio de semejante tempestad de perversidad, sea publicado para defender la religión y la verdad.
Es ilícito y contrario a todo derecho realizar deliberadamente un mal cierto y mayor, bajo la esperanza de obtener de él algún bien.
¿Acaso una persona sensata afirmaría que deben esparcirse libremente los venenos, venderse públicamente, transportarse e incluso beberse, solo porque existe algún remedio mediante el cual algunos consiguen librarse de la muerte?
12. La Iglesia frente a los libros perjudiciales
Muy distinta fue la disciplina de la Iglesia para extirpar la peste de los libros perjudiciales desde los tiempos de los Apóstoles.
Leemos que ellos hicieron quemar públicamente una gran cantidad de libros.23
Basta leer las leyes promulgadas sobre esta materia por el quinto Concilio de Letrán, y la constitución publicada después por Nuestro Predecesor León X.
Su finalidad era impedir que aquello que había sido inventado saludablemente para el crecimiento de la fe y la propagación de las buenas artes fuese usado para un fin contrario y causara daño a la salvación de los fieles de Cristo.24
Este asunto fue también objeto de la mayor solicitud para los Padres del Concilio de Trento. Para remediar un mal tan grave, publicaron un decreto sumamente saludable acerca de la elaboración de un índice de libros que contenían doctrina corrompida.25
Nuestro Predecesor Clemente XIII, de feliz memoria, decía en su encíclica acerca de la prohibición de libros dañinos: «Es necesario combatir con energía, tanto como lo exige la gravedad del asunto. Debe exterminarse, en cuanto sea posible, la mortal destrucción causada por tantos libros. Nunca desaparecerá la materia del error mientras los elementos criminales de la perversidad no sean consumidos por el fuego».26
La solicitud constante con que esta Santa Sede Apostólica procuró siempre condenar los libros sospechosos y perjudiciales, y apartarlos de las manos de los hombres, demuestra claramente la falsedad, temeridad y ofensa contra la Sede Apostólica de quienes rechazan la censura de los libros como demasiado grave y onerosa.
Algunos llegan incluso a declarar que esa censura contradice los principios del verdadero derecho y se atreven a negar a la Iglesia la facultad de establecerla y ejercerla.
Esta doctrina es, además, causa fecunda de gravísimos males para el pueblo cristiano.
13. Obediencia a los gobernantes legítimos
Hemos sabido también que se difunden públicamente escritos que promueven doctrinas destinadas a debilitar la fidelidad y la obediencia debidas a los gobernantes, y a encender por todas partes las antorchas de la rebelión.
Debe vigilarse con especial cuidado para que los pueblos, engañados por tales escritos, no sean apartados del camino recto.
Todos deben recordar la advertencia del Apóstol: «No existe autoridad que no proceda de Dios, y las que existen han sido ordenadas por Dios. Por tanto, quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y quienes resisten atraen sobre sí la condenación».27
Por eso, tanto el derecho divino como el humano condenan a quienes, mediante criminales proyectos de rebelión y sedición, procuran quebrantar la fidelidad de los pueblos hacia los gobernantes y derribarlos del poder.
Precisamente para no mancharse con semejante delito, los antiguos cristianos prestaron excelentes servicios a los emperadores y a la seguridad del Imperio, incluso en medio de crueles persecuciones.
Lo demostraron no solo cumpliendo con fidelidad, diligencia y prontitud cuanto se les mandaba y no era contrario a la religión, sino también mediante su constancia y el derramamiento de su sangre en las batallas.
San Agustín afirmaba: «Los soldados cristianos sirvieron a un emperador infiel. Cuando se trataba de la causa de Cristo, no reconocían sino a Aquel que está en los cielos. Distinguían al Señor eterno del señor temporal; y, sin embargo, por amor al Señor eterno, permanecían sujetos también al señor temporal».28
Esto tuvo presente san Mauricio, mártir invencible y jefe de la Legión Tebana.
Como refiere san Euquerio, respondió al emperador: «Somos soldados tuyos, emperador; pero somos también servidores de Dios, y lo confesamos libremente. Ni siquiera este peligro extremo de muerte nos ha impulsado a rebelarnos. Tenemos las armas en nuestras manos y no resistimos, porque preferimos morir antes que matar».29
La fidelidad de los antiguos cristianos hacia los gobernantes resulta todavía más luminosa si se considera, con Tertuliano, que en aquellos tiempos no les faltaban ni el número ni la fuerza, si hubieran querido actuar como enemigos declarados.
«Somos de ayer —decía— y ya llenamos todas vuestras ciudades, islas, fortalezas, municipios, asambleas, campamentos, tribus, decurias, palacios, el senado y el foro».
«¿Para qué guerra no habríamos sido aptos y dispuestos, aunque fuéramos inferiores en fuerzas, nosotros que nos dejamos matar con tanta voluntad, si nuestra doctrina no nos enseñara que es mejor sufrir la muerte que causarla?».
«Si una multitud tan grande de hombres nos hubiésemos retirado de vosotros hacia alguna región remota del mundo, la pérdida de tantos ciudadanos, cualesquiera que fuesen, habría llenado de vergüenza vuestro dominio y os habría castigado con vuestra misma soledad».
«Sin duda os habríais aterrorizado ante vuestra soledad. Habríais buscado a quién gobernar. Os habrían quedado más enemigos que ciudadanos. Ahora, en cambio, tenéis menos enemigos precisamente por la multitud de cristianos».30
Estos ejemplos admirables de obediencia constante a los gobernantes, nacidos necesariamente de los santísimos preceptos de la religión cristiana, condenan la insolencia y perversidad de quienes, movidos por un deseo desenfrenado de falsa libertad, procuran debilitar y destruir los derechos de los gobiernos.
Bajo la apariencia de libertad, terminarán imponiendo a los pueblos una verdadera esclavitud.
Hacia el mismo fin se dirigieron las doctrinas criminales y los proyectos de valdenses, begardos, seguidores de Wiclef y otros hijos semejantes de Belial, que fueron deshonra del género humano y justamente condenados muchas veces por esta Sede Apostólica.
Estos hombres engañadores concentran todos sus esfuerzos para poder felicitarse, como Lutero, de estar libres de toda autoridad. Para conseguirlo con mayor facilidad y rapidez, se atreven a cometer cualquier crimen.
14. La unión entre la Iglesia y el poder civil
Tampoco podemos esperar resultados más favorables para la religión y para los gobiernos de los proyectos de quienes desean separar la Iglesia del Estado y romper la concordia entre la autoridad civil y el sacerdocio.
Los partidarios de una libertad sin freno temen precisamente aquella concordia que siempre resultó favorable y saludable tanto para el orden religioso como para el civil.
A las demás causas amarguísimas de Nuestra preocupación y de Nuestro dolor ante el peligro común se han añadido ciertas asociaciones y reuniones organizadas.
En ellas se unen, como formando un solo ejército, personas pertenecientes incluso a falsas religiones y cultos.
Fingen piedad hacia la religión, pero en realidad están movidas por el deseo de promover por todas partes novedades y sediciones.
Predican toda clase de libertad, provocan perturbaciones en los asuntos religiosos y civiles, y atacan toda autoridad digna de respeto.
15. Exhortación a los obispos y a quienes cultivan las ciencias
Os escribimos estas cosas con el corazón lleno de dolor, pero confiando en Aquel que manda a los vientos y produce la calma.
Revestidos con el escudo de la fe, combatid con fortaleza las batallas del Señor.
A vosotros corresponde, especialmente, levantaros como una muralla contra toda arrogancia que se eleva contra el conocimiento de Dios.
Empuñad la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Que quienes tienen hambre de justicia reciban de vosotros el pan que necesitan.
Habéis sido llamados a trabajar como diligentes cultivadores en la viña del Señor.
Dedicad todos vuestros esfuerzos a arrancar del campo confiado a vosotros toda raíz de amargura.
Destruid toda semilla de vicio, para que pueda crecer en él una abundante cosecha de virtudes.
Abrazad con afecto paternal, de modo particular, a quienes se dedican a las ciencias sagradas y a las cuestiones filosóficas.
Aconsejadlos y animadlos para que no se apoyen únicamente en las fuerzas de su propia inteligencia y se aparten imprudentemente del camino de la verdad hacia el sendero de los impíos.
Recuerden que Dios es guía de la sabiduría y corrector de los sabios.31
Es imposible aprender acerca de Dios sin Dios, pues Él mismo enseña a los hombres, mediante su Verbo, a conocerlo.32
Es propio de un hombre soberbio, o más bien insensato, examinar con medidas humanas los misterios de la fe, que superan toda comprensión, y confiar únicamente en una razón que, por la condición de la naturaleza humana, es débil y limitada.
16. Deber de los príncipes cristianos
Que los gobernantes, amadísimos hijos Nuestros en Cristo, favorezcan con su ayuda y autoridad estos deseos comunes por la seguridad de la Iglesia y de la sociedad.
Deben considerar que la autoridad les fue concedida no solo para gobernar el mundo, sino, principalmente, para proteger a la Iglesia.
Observen cuidadosamente que cuanto se realiza por la salvación de la Iglesia contribuye también a la seguridad y tranquilidad de sus gobiernos.
Deben convencerse de que la causa de la fe ha de ser para ellos más importante que la causa de sus reinos.
Como decía el papa san León, deben considerar una gran gloria que, por mano del Señor, a la corona de su autoridad se añada también la corona de la fe.
Colocados como padres y tutores de los pueblos, les proporcionarán una prosperidad verdadera y duradera, junto con la paz y la tranquilidad, si se esfuerzan principalmente en conservar intactas la religión y la piedad hacia Dios.
Él lleva escrito sobre su vestidura: «Rey de reyes y Señor de señores».33
17. Invocación a María, a san Pedro y a san Pablo
Para que todo esto tenga un resultado próspero y feliz, elevemos los ojos y las manos hacia la Santísima Virgen María.
Ella sola destruyó todas las herejías. Es Nuestra mayor confianza y, después de Dios, el fundamento entero de Nuestra esperanza.34
Que, mediante su protección, alcance un resultado favorable para Nuestros esfuerzos, decisiones y obras, en medio de las graves necesidades de la grey del Señor.
Pidamos también humildemente al Príncipe de los Apóstoles, san Pedro, y a su compañero en el apostolado, san Pablo, que todos permanezcáis firmes como una muralla y que nadie coloque otro fundamento distinto del que ya ha sido puesto.
Sostenidos por esta gozosa esperanza, confiamos que Jesucristo, autor y consumador de la fe, Nos consolará finalmente a todos en las tribulaciones que nos afligen.
Como prenda del auxilio celestial, os impartimos amorosamente la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, y a las ovejas confiadas a vuestro cuidado.
Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el día 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, en el año del Señor de 1832 y segundo de Nuestro Pontificado.
Gregorio Papa XVI
NOTAS
(1) Lucas 22, 32.
(2) Primera carta a los Corintios 4, 21.
(3) Lucas 22, 53.
(4) Isaías 24, 5.
(5) San Celestino I, carta 21 a los obispos de las Galias.
(6) San Agatón, carta al emperador.
(7) San Inocencio I, carta 11.
(8) San Cipriano de Cartago, Sobre la unidad de la Iglesia.
(9) Concilio de Florencia, definición sobre la potestad del Romano Pontífice.
(10) San Jerónimo, carta a Nepociano.
(11) Cánones apostólicos, canon 38.
(12) Concilio de Trento, sesión XIII, Decreto sobre la Eucaristía, proemio.
(13) San Cipriano de Cartago, carta 52 según la antigua numeración.
(14) San Gelasio I, carta a los obispos de Lucania.
(15) Efesios 5, 32. La edición histórica remite también a Hebreos 13, 4 por la expresión «honorable matrimonio».
(16) Efesios 4, 5.
(17) Lucas 11, 23.
(18) Símbolo llamado de san Atanasio.
(19) San Jerónimo, carta 15 a san Dámaso, según la numeración moderna.
(20) San Agustín, salmo contra el partido de Donato.
(21) San Agustín, carta 105, según la numeración moderna.
(22) Apocalipsis 9, 1-3.
(23) Hechos de los Apóstoles 19, 19.
(24) Quinto Concilio de Letrán, sesión X; León X, constitución Inter sollicitudines, sobre la impresión de libros.
(25) Concilio de Trento, sesiones XVIII y XXV.
(26) Clemente XIII, encíclica Christianae reipublicae salus, 25 de noviembre de 1766.
(27) Romanos 13, 1-2.
(28) San Agustín, exposición sobre el salmo 124, núm. 7.
(29) San Euquerio de Lyon, relato del martirio de san Mauricio y sus compañeros.
(30) Tertuliano, Apologético, capítulo 37.
(31) Sabiduría 7, 15.
(32) San Ireneo de Lyon, Contra las herejías.
(33) Apocalipsis 19, 16.
(34) San Bernardo de Claraval, sermón sobre la Natividad de la Santísima Virgen María.
Fuente histórica principal: Acta Gregorii Papae XVI: scilicet constitutiones, bullae, litterae apostolicae, epistolae, vol. I, Roma, Tipografía Políglota de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1901, pp. 169-174.


