Fecha de publicación: 6 de enero de 1928
Autor: Su santidad Pío XI
Breve resumen: Encíclica de Pío XI sobre la verdadera unidad religiosa. El Papa denuncia los intentos de procurar una unión de los cristianos fundada en mínimos doctrinales, reuniones interconfesionales o una federación de comunidades que mantengan doctrinas diversas e incluso contradictorias. Enseña que la unidad querida por Cristo no puede obtenerse relativizando la verdad revelada, sino volviendo a la única Iglesia fundada por Jesucristo, visible, jerárquica, perpetua, dotada de magisterio vivo y confiada al primado de Pedro. Exhorta a los católicos a no participar en congresos o iniciativas que favorezcan el indiferentismo religioso, e invita paternalmente a los disidentes a regresar a la comunión con la Sede Apostólica.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Mortalium animos ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Apostolicae Sedis, volumen XX, Roma, 1928, páginas 5-16, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede ni de otras páginas contemporáneas. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, como Piper, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales que tienen paz y comunión con la Sede Apostólica: sobre el fomento de la verdadera unidad religiosa.
Pío XI, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. El deseo moderno de fraternidad entre los pueblos
Quizá nunca como en nuestros tiempos los ánimos de los hombres fueron invadidos por un deseo tan grande de confirmar aquella unión fraterna que, por tener todos un mismo origen y una misma naturaleza, nos ata y nos une entre nosotros, y de trasladarla al bien común de la sociedad humana.
Como las naciones todavía no gozan plenamente de los dones de la paz, e incluso en algunos lugares antiguas y nuevas discordias estallan en sediciones y conflictos civiles; y como muchas controversias que pertenecen a la tranquilidad y prosperidad de los pueblos no pueden resolverse si no interviene la acción y cooperación concorde de quienes están al frente de los Estados y gobiernan y promueven sus asuntos, fácilmente se comprende, tanto más cuanto que ya nadie discrepa acerca de la unidad del género humano, por qué muchos desean que los diversos pueblos, instruidos en esta fraternidad universal, se unan cada día más estrechamente entre sí.
Pero hay quienes intentan realizar algo no muy distinto en aquellas materias que miran al orden de la Nueva Ley introducido por Cristo Señor.
Como tienen por cierto que muy rara vez se encuentran hombres privados de todo sentido religioso, parecen haber concebido la esperanza de que, sin mucha dificultad, sucederá que los pueblos, aunque sostengan opiniones diversas acerca de las cosas divinas, lleguen fraternalmente a un acuerdo en la profesión de algunas doctrinas, como sobre un fundamento común de vida espiritual.
2. Reuniones interconfesionales y falso fundamento religioso
Por esta razón, tales hombres suelen organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escasa concurrencia de oyentes.
Allí llaman a discutir indistintamente a todos: paganos de todo género, cristianos, e incluso quienes se apartaron infelizmente de Cristo o quienes rechazan con obstinación y pertinacia su naturaleza divina y su misión.
Ciertamente, tales intentos no pueden ser aprobados de ningún modo por los católicos.
Se apoyan en la falsa opinión de quienes sostienen que cualesquiera religiones son, poco más o menos, buenas y laudables, porque, aunque no del mismo modo, manifiestan y significan igualmente aquel sentimiento natural e innato por el cual somos llevados hacia Dios y reconocemos con obediencia su imperio.
Quienes sostienen esta opinión no solo yerran y se engañan, sino que, al deformar la noción de la verdadera religión, la rechazan; y, poco a poco, se desvían hacia el naturalismo y el ateísmo, como se dice.
De aquí se sigue claramente que se aparta por completo de la religión revelada por Dios quien favorece a los que sienten y emprenden tales cosas.
3. El engaño bajo apariencia de unidad cristiana
Pero algunos se dejan engañar con mayor facilidad por una apariencia fingida de rectitud cuando se trata de fomentar la unidad entre todos los cristianos.
¿No se suele repetir que es justo, e incluso conforme al deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de acusaciones mutuas y se unan finalmente por la caridad recíproca?
¿Quién se atrevería a decir que ama a Cristo si no procura, según sus fuerzas, cumplir los deseos de aquel que rogó al Padre para que sus discípulos fuesen uno?1
¿Y no quiso Cristo que sus discípulos fueran distinguidos de los demás por esta señal, es decir, que se amaran entre sí? «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos a otros».2
Ojalá, añaden, todos los cristianos fuesen uno. Entonces podrían mucho más para rechazar la peste de la impiedad, que, al extenderse y difundirse cada día más, amenaza con debilitar el Evangelio.
Estas y otras cosas semejantes proclaman y exageran quienes son llamados pancristianos.
Y están tan lejos de ser pocos y raros que, por el contrario, han crecido hasta formar casi órdenes enteros y se han unido en sociedades ampliamente difundidas, que por lo común son dirigidas por hombres no católicos, aunque unos y otros sostengan doctrinas distintas en materia de fe.
Mientras tanto, esta empresa se promueve con tanta actividad que consigue en muchas partes la adhesión de los ciudadanos y cautiva incluso los ánimos de no pocos católicos con la esperanza de realizar una unión que parece concordar con los deseos de la santa Madre Iglesia, a la cual nada le es más antiguo que llamar y reconducir a su seno a los hijos descarriados.
Pero bajo el halago y dulzura de estas palabras se esconde un error gravísimo, por el cual se destruyen hasta los fundamentos de la fe católica.
4. Deber apostólico de advertir al rebaño
La conciencia de Nuestro oficio apostólico Nos advierte que no permitamos que el rebaño del Señor sea rodeado por falacias perniciosas.
Por eso, Venerables Hermanos, llamamos vuestra diligencia para prevenir tal mal.
Confiamos en que, por medio de los escritos y palabras de cada uno de vosotros, podrán llegar más fácilmente al pueblo y ser comprendidos por él los principios y razones que ahora vamos a exponer.
De ellos aprenderán los católicos qué deben pensar y qué deben hacer cuando se trate de iniciativas que buscan que todos los que se llaman cristianos se reúnan, de cualquier modo, en un solo cuerpo.
5. La verdadera religión se funda en la revelación divina
Fuimos creados por Dios, Creador de todas las cosas, para que lo conociéramos y le sirviéramos.
Por tanto, nuestro Autor tiene pleno derecho a que le sirvamos.
Dios pudo ciertamente establecer para el gobierno del hombre solamente una ley natural, que, al crearlo, grabó en su alma, y regular después por la providencia ordinaria los desarrollos de esa misma ley.
Pero prefirió dar preceptos que obedeciéramos; y, en el transcurso de los siglos, desde los comienzos del género humano hasta el advenimiento y predicación de Cristo Jesús, Él mismo enseñó al hombre los deberes que, como criatura racional, debía a su Creador.
«Dios, que en otro tiempo habló muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, últimamente, en estos días, nos habló por el Hijo».3
De aquí resulta claro que no puede existir verdadera religión fuera de aquella que se apoya en la palabra de Dios revelada.
Esta revelación, comenzada desde el principio y continuada bajo la Antigua Ley, fue perfeccionada por el mismo Cristo Jesús bajo la Nueva.
Ahora bien, si Dios ha hablado, y que realmente habló queda probado por la fe de la historia, todos comprenden que corresponde al hombre creer absolutamente a Dios que revela y obedecer completamente a Dios que manda.
Para que obráramos rectamente en ambas cosas, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo unigénito de Dios constituyó en la tierra su Iglesia.
6. La Iglesia fundada por Cristo es visible y jerárquica
Pensamos que quienes se profesan cristianos no pueden dejar de creer que alguna Iglesia, y una sola, fue fundada por Cristo.
Pero si se pregunta además cómo debe ser esa Iglesia según la voluntad de su Autor, no todos están de acuerdo.
Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo deba ser visible y manifiesta, al menos en el sentido de que deba aparecer como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina bajo un mismo magisterio y gobierno.
Al contrario, entienden por Iglesia visible una federación compuesta de diversas comunidades cristianas, aunque cada una adhiera a doctrinas diferentes e incluso contrarias entre sí.
Pero Cristo Señor instituyó su Iglesia como sociedad perfecta, exterior por su naturaleza y perceptible por los sentidos.
Le encargó continuar en el futuro la obra de reparación del género humano bajo la dirección de una sola cabeza,4 mediante el magisterio de viva voz5 y la administración de los sacramentos, fuentes de la gracia celestial.6
Por eso la comparó con un reino,7 con una casa,8 con un redil9 y con un rebaño.10
Esta Iglesia, constituida de manera tan admirable, no podía cesar ni extinguirse después de la muerte de su Fundador y de los Apóstoles, primeros encargados de propagarla, puesto que recibió el mandato de conducir a todos los hombres, sin distinción de tiempos ni lugares, a la salvación eterna:
«Id, pues, y enseñad a todas las naciones».11
¿Podría acaso faltar a la Iglesia, en el cumplimiento perpetuo de este deber, la fuerza y eficacia necesarias, cuando Cristo mismo está perpetuamente presente en ella según su solemne promesa: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo»?12
Por tanto, es necesario no solo que la Iglesia de Cristo exista hoy y siempre, sino que exista exactamente tal como existió en los tiempos apostólicos.
A menos que se quiera decir, lo cual sería absurdo, que Cristo Señor no pudo realizar su propósito o que se equivocó al afirmar que las puertas del infierno jamás prevalecerían contra ella.13
7. La falsa federación de iglesias cristianas
Aquí conviene exponer y refutar cierta opinión falsa, de la cual parece depender toda esta cuestión y de la cual proceden los múltiples esfuerzos y planes con que los no católicos intentan reunir a las iglesias cristianas, como dicen.
Los autores de este proyecto suelen citar casi innumerables veces las palabras de Cristo: «Que todos sean uno» y «habrá un solo rebaño y un solo pastor».14
Pero quieren que estas palabras signifiquen un deseo y una oración de Cristo Jesús que todavía carecen de efecto.
Sostienen que la unidad de fe y de gobierno, que es nota de la verdadera y única Iglesia de Cristo, casi nunca existió hasta ahora y no existe hoy.
Piensan que esa unidad puede ser deseada y quizá obtenida alguna vez por un acuerdo común de voluntades, pero que entretanto debe ser considerada como un ideal.
Añaden que la Iglesia, por sí misma o por naturaleza, se divide en partes, es decir, que está compuesta de muchas iglesias o comunidades particulares que permanecen separadas.
Estas comunidades, aunque tengan en común algunos puntos de doctrina, discrepan en los demás, y todas gozan de los mismos derechos.
Dicen que la Iglesia fue única solo desde los tiempos apostólicos hasta los primeros concilios ecuménicos.
Por tanto, sostienen que deben dejarse de lado y omitirse las controversias y antiguas diferencias doctrinales que hoy separan a la familia cristiana, y que con las restantes doctrinas debe elaborarse y proponerse una forma común de fe.
En la profesión de esta fe común, todos podrán reconocerse y sentirse hermanos.
Una vez reunidas las diversas iglesias o comunidades en una federación universal, podrían entonces oponerse eficaz y fructuosamente al avance de la impiedad.
Esto es, Venerables Hermanos, lo que se dice comúnmente.
Sin embargo, hay quienes reconocen y conceden que el protestantismo rechazó con demasiada ligereza ciertas doctrinas y ritos del culto externo que son aceptables y útiles, y que la Iglesia romana todavía conserva.
Pero luego añaden inmediatamente que esta misma Iglesia corrompió la religión primitiva al añadir y proponer como obligatorias ciertas doctrinas ajenas al Evangelio.
Entre estas enumeran, sobre todo, la constitución jerárquica de la Iglesia y el primado de jurisdicción atribuido al Romano Pontífice.
Entre ellos tampoco faltan quienes conceden al Romano Pontífice cierto primado de honor o incluso alguna jurisdicción y potestad, pero la hacen derivar del consentimiento de los fieles y no del derecho divino.
Otros llegan a querer que el mismo Pontífice presida, como dicen, sus reuniones pluricolores.
Aunque se encuentren muchos no católicos que proclaman con grandes palabras la comunión fraterna en Cristo Jesús, no hallaréis a ninguno a quien se le ocurra someterse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o gobierna.
Mientras tanto, afirman que tratarán gustosamente con la Iglesia romana, pero con igualdad de derechos; es decir, como iguales con igual.
Pero no hay duda de que, si pudieran tratar, lo harían con la condición de que ningún pacto les obligara a renunciar a las opiniones por las cuales todavía yerran fuera del único redil de Cristo.
8. Por qué la Iglesia no puede participar en tales asambleas
Así las cosas, es claro que la Sede Apostólica no puede de ninguna manera participar en sus reuniones.
Tampoco es lícito de ningún modo a los católicos favorecer o trabajar en tales iniciativas.
Si lo hicieran, darían autoridad a una falsa religión cristiana, completamente ajena a la única Iglesia de Cristo.
¿Podremos acaso permitir, lo cual sería totalmente inicuo, que la verdad, y una verdad revelada por Dios, sea sometida a pactos?
En este asunto se trata de proteger la verdad revelada.
Cristo Jesús envió a sus Apóstoles por todo el mundo para que penetraran en todos los pueblos con la fe evangélica.
Y para que no erraran en nada, quiso que antes fueran instruidos por el Espíritu Santo en toda verdad.15
¿Acaso esa doctrina de los Apóstoles desapareció por completo, o alguna vez fue oscurecida en la Iglesia, cuyo conductor y guardián es el mismo Dios?
Si nuestro Redentor declaró expresamente que su Evangelio era no solo para los tiempos apostólicos, sino también para los siglos futuros, ¿podría el objeto de la fe volverse con el tiempo tan oscuro e incierto que hoy fuera necesario tolerar incluso opiniones contrarias entre sí?
Si esto fuera verdad, habría que decir también que la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, la presencia perpetua del mismo Espíritu en la Iglesia y aun la predicación misma de Jesucristo perdieron, desde hace ya muchos siglos, toda utilidad y eficacia.
Afirmar esto sería blasfemo.
9. La fe revelada debe aceptarse íntegra
El Hijo unigénito de Dios mandó a sus legados enseñar a todas las naciones y obligó a todos los hombres a creer cuanto les fuese anunciado por testigos predestinados por Dios.
Confirmó además su mandato con esta sanción: «El que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere será condenado».16
Pero ambos mandatos de Cristo, el de enseñar y el de creer para la salvación eterna, no podrían siquiera entenderse si la Iglesia no propusiera íntegra y claramente la doctrina evangélica, y si al proponerla no estuviera inmune de todo peligro de error.
Se apartan también del camino quienes creen que el depósito de la verdad existe ciertamente en la tierra, pero que debe buscarse con tanto trabajo, con estudios y discusiones tan largas, que apenas bastaría la vida humana para encontrarlo y poseerlo.
Como si Dios benignísimo hubiese hablado por los profetas y por su Hijo unigénito para que solo unos pocos, y aun estos entrados en años, pudieran aprender lo revelado por Él; y no más bien para transmitir una doctrina de fe y costumbres por la cual el hombre se rigiera durante todo el curso de su vida moral.
Podría parecer que estos pancristianos, preocupados por unir las iglesias, persiguen el noble propósito de promover la caridad entre todos los cristianos.
Pero ¿cómo podría la caridad perjudicar a la fe?
Nadie ignora que el mismo Juan, Apóstol de la caridad, quien en su Evangelio parece haber revelado los secretos del Sacratísimo Corazón de Jesús y que acostumbraba inculcar siempre a sus discípulos el nuevo precepto de amaros unos a otros, prohibió absolutamente toda relación con quienes no profesaran íntegra e incorrupta la doctrina de Cristo:
«Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis: Dios te salve».17
Por tanto, como la caridad se apoya en una fe íntegra y sincera, los discípulos de Cristo deben estar unidos principalmente por el vínculo de la unidad de fe.
¿Cómo puede concebirse una federación cristiana en la cual cada miembro, aun en materia de fe, pueda retener su propia opinión y su propio juicio, aunque contradiga a los demás?
¿Y de qué manera, preguntamos, podrían pertenecer a una misma federación de fieles quienes sostienen opiniones contrarias?
Por ejemplo, unos afirman que la sagrada Tradición es fuente genuina de la revelación; otros lo niegan.
Unos consideran de derecho divino la jerarquía eclesiástica compuesta de obispos, presbíteros y ministros; otros sostienen que fue introducida poco a poco según las condiciones de los tiempos.
Unos adoran a Cristo realmente presente en la santísima Eucaristía por aquella admirable conversión del pan y del vino que se llama transubstanciación; otros dicen que el cuerpo de Cristo está presente solo por la fe, o por un signo y virtud sacramental.
Unos reconocen en la Eucaristía la naturaleza de sacramento y sacrificio; otros no admiten sino que sea memoria o conmemoración de la Cena del Señor.
Unos creen que es bueno y útil invocar religiosamente a los santos que reinan con Cristo, especialmente a la Virgen María Madre de Dios, y venerar sus imágenes; otros sostienen que ese culto no debe darse porque perjudica el honor de Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres.18
10. El peligro del indiferentismo y del relativismo dogmático
No sabemos cómo, en medio de tanta diversidad de opiniones, puede abrirse camino hacia la unidad de la Iglesia, cuando esta unidad no puede nacer sino de un solo magisterio, una sola ley de creer y una sola fe cristiana.
Sí sabemos que de allí se pasa fácilmente al descuido de la religión, es decir, al indiferentismo, y al llamado modernismo.
Quienes están miserablemente infectados por esos errores sostienen que la verdad dogmática no es absoluta, sino relativa; es decir, que se acomoda a las diversas necesidades de los tiempos y lugares y a las diversas disposiciones de los hombres, puesto que no estaría contenida en una revelación inmutable, sino que debería adaptarse a la vida humana.
Además, respecto de las cosas que deben creerse, de ningún modo es lícito introducir aquella distinción entre artículos fundamentales y no fundamentales, como dicen.
Todos deben aceptar todos los dogmas revelados, porque unos serían aceptados por todos y otros quedarían al libre arbitrio de los fieles.
La virtud sobrenatural de la fe tiene por causa formal la autoridad de Dios que revela, y esta no admite semejante distinción.
Por eso, todos los verdaderos discípulos de Cristo prestan la misma fe, por ejemplo, al misterio de la Augusta Trinidad que al dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y creen la encarnación del Señor con la misma fe con que creen el magisterio infalible del Romano Pontífice, tal como fue definido por el Concilio Ecuménico Vaticano.
El hecho de que unas verdades hayan sido sancionadas y definidas solemnemente por la Iglesia en tiempos distintos, incluso recientes, no las hace menos ciertas ni menos obligatorias para la fe.
¿Acaso no las reveló Dios todas?
El magisterio de la Iglesia, establecido aquí en la tierra por designio divino para conservar perpetuamente intacto el depósito de las verdades reveladas y transmitirlo con facilidad y seguridad al conocimiento de los hombres, se ejerce ciertamente cada día por medio del Romano Pontífice y de los obispos en comunión con él.
Pero pertenece también al oficio de este magisterio definir oportunamente algunos puntos mediante ritos y decretos solemnes, siempre que sea necesario resistir más eficazmente los errores y ataques de los herejes, o imprimir con mayor claridad en la mente de los fieles ciertos capítulos de la sagrada doctrina.
Este uso extraordinario del magisterio no introduce ninguna invención ni añade nada nuevo al número de verdades que, al menos implícitamente, están contenidas en el depósito de la revelación confiado por Dios a la Iglesia.
Al contrario, declara aquellas verdades que quizá todavía podían parecer oscuras a algunos, o establece como de fe aquellas que algunos ponían antes en discusión.
11. La verdadera unidad solo puede venir del retorno a la única Iglesia
Queda, pues, claro, Venerables Hermanos, por qué esta Sede Apostólica jamás permitió a los suyos asistir a las reuniones de no católicos.
No es lícito fomentar la unión de los cristianos de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día infelizmente se apartaron.
Decimos retorno a la única verdadera Iglesia de Cristo, que es visible a todos y que, por voluntad de su Autor, debe permanecer perpetuamente tal como Él mismo la instituyó para la salvación de todos.
La Esposa mística de Cristo no fue contaminada en el curso de los siglos ni podrá jamás ser contaminada, como testifica san Cipriano: «La Esposa de Cristo no puede ser adúltera; es incorrupta y pudorosa. Conoce una sola casa; custodia con casto pudor la santidad de un solo tálamo».19
El mismo santo mártir se admiraba con razón de que pudiera alguien creer que esta unidad, nacida de la solidez divina y unida por sacramentos celestiales, pudiera ser desgarrada en la Iglesia y separada por la ruptura de voluntades discordantes.20
Puesto que el Cuerpo místico de Cristo, es decir, la Iglesia, es uno, compacto y unido,21 a semejanza del cuerpo físico, sería necio y absurdo decir que el Cuerpo místico puede estar compuesto de miembros separados y dispersos.
Por tanto, quien no está unido a ese Cuerpo no es miembro suyo ni está unido a Cristo, su Cabeza.
12. La comunión con Pedro es condición de la unidad
En la única Iglesia de Cristo nadie está ni permanece si no reconoce y acepta, con obediencia, la autoridad y potestad de Pedro y de sus legítimos sucesores.
¿Acaso no obedecieron al Obispo de Roma, Pastor supremo de las almas, los antepasados de aquellos que hoy están separados de Roma?
Los hijos abandonaron desgraciadamente la casa paterna, pero esa casa no cayó ni pereció por ello, porque estaba sostenida perpetuamente por la ayuda de Dios.
Vuelvan, pues, al Padre común, quien, olvidando las injurias lanzadas anteriormente contra la Sede Apostólica, los recibirá con amorosísimo afecto.
Porque si, como dicen, desean unirse con Nos y los Nuestros, ¿por qué no se apresuran a entrar en la Iglesia, madre y maestra de todos los fieles de Cristo?
Escuchen a Lactancio clamar:
«Solo la Iglesia católica es la que conserva el verdadero culto. Ella es la fuente de la verdad, ella la casa de la fe, ella el templo de Dios. Si alguno no entra en ella, o si alguno sale de ella, se aleja de la esperanza de vida y salvación. Nadie debe engañarse con disputas obstinadas. Se trata de la vida y de la salvación; si no se cuida de ella con cautela y diligencia, se perderá y se extinguirá».22
13. Invitación paternal a los hijos separados
Vuelvan, por tanto, los hijos separados a la Sede Apostólica, establecida en esta ciudad que los príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo, consagraron con su sangre.
Vuelvan a esta Sede, raíz y madre de la Iglesia católica.23
Pero no vuelvan con la idea y esperanza de que la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad,24 abandonará la integridad de la fe y tolerará sus errores.
Vuelvan para que se sometan a su magisterio y régimen.
Ojalá, lo que no fue concedido a tantos de Nuestros Predecesores, Nos sea concedido felizmente: abrazar con ánimo paternal a quienes lamentamos separados de Nos por funesta disensión.
Ojalá Dios Salvador nuestro, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad,25 escuche Nuestras insistentes súplicas y se digne llamar a todos los errantes a la unidad de la Iglesia.
En este asunto gravísimo recurrimos a la bienaventurada Virgen María, Madre de la divina gracia, vencedora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, y queremos que todos recurran a ella.
Que nos alcance cuanto antes la venida de aquel día tan deseado en que todos los hombres escuchen la voz de su divino Hijo y conserven la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.26
14. Bendición Apostólica
Comprendéis, Venerables Hermanos, cuánto deseamos esto.
Queremos que lo sepan Nuestros hijos, no solo cuantos pertenecen al orbe católico, sino también cuantos se encuentran separados de Nos.
Si imploran con humilde oración las luces celestiales, no hay duda de que reconocerán la única verdadera Iglesia de Jesucristo y finalmente entrarán en ella, unidos a Nos por perfecta caridad.
En espera de este acontecimiento, como prenda de los dones divinos y testimonio de Nuestra benevolencia paterna, os impartimos amorosísimamente la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro clero y pueblo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía de Jesucristo Nuestro Señor, del año 1928, sexto de Nuestro Pontificado.
Pío Papa XI
NOTAS
(1) Juan 17, 21.
(2) Juan 13, 35.
(3) Hebreos 1, 1-2.
(4) Mateo 16, 18-19; Lucas 22, 32; Juan 21, 15-17.
(5) Marcos 16, 15.
(6) Juan 3, 5; Juan 6, 48-59; Juan 20, 22-23; cf. Mateo 18, 18.
(7) Mateo 13.
(8) Cf. Mateo 16, 18.
(9) Juan 10, 16.
(10) Juan 21, 15-17.
(11) Mateo 28, 19.
(12) Mateo 28, 20.
(13) Mateo 16, 18.
(14) Juan 17, 21; Juan 10, 16.
(15) Juan 16, 13.
(16) Marcos 16, 16.
(17) Segunda carta de san Juan 10.
(18) Primera carta a Timoteo 2, 5.
(19) San Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate, 6.
(20) San Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate, 6.
(21) Efesios 4, 16.
(22) Lactancio, Divinae institutiones, libro IV, capítulo 30.
(23) San Cipriano, carta 48 a Cornelio, 3.
(24) Primera carta a Timoteo 3, 15.
(25) Primera carta a Timoteo 2, 4.
(26) Efesios 4, 3.
Fuente histórica principal: Acta Apostolicae Sedis, volumen XX, Roma, Tipografía Políglota Vaticana, 1928, pp. 5-16.


