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Encíclica Providentissimus Deus

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 18 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Doctrina social, Educación católica, León XIII, Racionalismo

39 Minutos de lectura
Retrato del Papa León XIII

Fecha de publicación: 18 de noviembre de 1893

Autor: Su santidad León XIII

Breve resumen: Encíclica fundamental de León XIII sobre el estudio de la Sagrada Escritura. El Papa enseña la dignidad de los Libros Sagrados, inspirados por el Espíritu Santo y confiados a la Iglesia; exhorta al clero y a los profesores a estudiar, meditar y explicar la Biblia con piedad y ciencia; recuerda el testimonio de los Padres y Doctores; defiende el sentido católico de la interpretación bíblica contra el racionalismo y la crítica impía; afirma la inspiración, la verdad y la inerrancia de la Escritura; y establece normas para armonizar los estudios bíblicos con la fe, la teología, la Tradición, el magisterio de la Iglesia y las ciencias humanas legítimas.

Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Providentissimus Deus ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XXVI, Roma, 1893-1894, páginas 269-292, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede ni de otras páginas contemporáneas. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, como Piper, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.


A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos de todo el orbe católico, que tienen gracia y comunión con la Sede Apostólica: sobre los estudios de la Sagrada Escritura.

León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. La revelación divina y la dignidad de la Sagrada Escritura

El Dios providentísimo, que en admirable designio de caridad elevó al principio al género humano a la participación de la naturaleza divina y que, después de sacarlo de la culpa y ruina común, lo restituyó a su dignidad primera, le concedió por ello un auxilio singular: manifestarle por vía sobrenatural los secretos de su divinidad, de su sabiduría y de su misericordia.

Aunque en la divina revelación se contienen también verdades que no son inaccesibles a la razón humana, fueron reveladas para que todos pudieran conocerlas fácilmente, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. Sin embargo, no por esto debe decirse que la revelación sea absolutamente necesaria, sino porque Dios, en su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural.1

Esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal, está contenida tanto en las tradiciones no escritas como en los libros escritos.

Estos libros se llaman sagrados y canónicos porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y, como tales, fueron entregados a la Iglesia.2

Esta misma fe la tuvo y profesó perpetuamente la Iglesia acerca de los libros de ambos Testamentos. Desde los tiempos más antiguos existen gravísimos testimonios que proclaman que Dios, quien habló primero por los profetas, después por su propia boca y finalmente por los Apóstoles, compuso también las Escrituras canónicas.

Ellas son oráculos y palabras de Dios: una carta escrita por nuestro Padre celestial y transmitida por los autores sagrados al género humano que peregrina lejos de la patria.

Si tal y tan grande es la excelencia y dignidad de las Escrituras, de modo que Dios mismo las compuso y en ellas se tratan los admirables misterios, consejos y obras de Dios, se sigue que también aquella parte de la sagrada teología que se ocupa de defender y explicar estos libros divinos debe ser de máxima excelencia y utilidad.

2. Necesidad de impulsar los estudios bíblicos

Nos, que por la ayuda de Dios, y no sin fruto, hemos procurado mediante frecuentes cartas y exhortaciones promover otros estudios que parecían aptos para aumentar la gloria de Dios y ayudar a la salvación de las almas, desde hace tiempo deseábamos estimular esta noble ciencia de la Sagrada Escritura y darle una dirección conforme a las necesidades de nuestro tiempo.

La solicitud del oficio apostólico Nos mueve y casi Nos obliga, no solo a desear que esta fuente magnífica de la revelación católica esté abierta con seguridad y abundancia al rebaño de Jesucristo, sino también a no permitir que sea de algún modo contaminada o corrompida, ya por quienes impíamente y a la vista de todos atacan las Escrituras, ya por quienes son arrastrados a novedades engañosas e imprudentes.

No ignoramos, Venerables Hermanos, que no son pocos los católicos, hombres de talento y erudición, que se entregan con ardor a defender las Sagradas Escrituras y a hacerlas más conocidas y entendidas.

Pero, al darles el elogio que merecen, no podemos dejar de exhortar con insistencia a otros, de cuya pericia, piedad y ciencia esperamos buenos frutos, para que se dediquen también a este trabajo tan digno de alabanza.

Queremos y deseamos vivamente que aumente el número de los obreros aprobados y perseverantes en la causa de las Sagradas Escrituras.

Deseamos especialmente que aquellos a quienes la gracia divina llamó al orden sagrado, según lo pide su estado, muestren cada día mayor diligencia y esmero en leerlas, meditarlas y explicarlas.

3. Utilidad doctrinal y moral de la Escritura

Entre las razones por las cuales la Sagrada Escritura debe ser tan recomendada, además de su propia excelencia y del honor que debemos a la palabra de Dios, la principal es la innumerable abundancia de bienes que de ella procede.

Así lo atestigua infaliblemente el Espíritu Santo: «Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté dispuesto para toda obra buena».3

Que este fue el propósito de Dios al dar las Escrituras a los hombres lo muestra el ejemplo de Cristo Señor y de sus Apóstoles.

Él, que obtuvo autoridad por los milagros, mereció la fe por su autoridad y atrajo hacia sí a las multitudes por esa fe, acostumbró, en el ejercicio de su misión divina, apelar a las Escrituras.

De ellas se sirvió para probar que era enviado por Dios y que era Dios mismo. De ellas tomó enseñanzas para sus discípulos y confirmación de su doctrina.

Las defendió contra las calumnias de los objetores; las citó contra saduceos y fariseos; y con ellas rechazó al mismo Satanás cuando se atrevió a tentarlo.

Al final de su vida, sus palabras salieron de la Escritura; y después de su resurrección la explicó a sus discípulos, hasta que subió a la gloria del Padre.

Fieles a sus mandatos, los Apóstoles, aunque el Señor les concedía obrar señales y prodigios por sus manos, usaron con grandísimo fruto los libros sagrados para persuadir en todas partes a las naciones de la sabiduría cristiana, vencer la obstinación de los judíos y sofocar los brotes de herejía.

Esto se ve con claridad en sus discursos, especialmente en los de san Pedro, que muchas veces son casi una serie de testimonios del Antiguo Testamento para confirmar la nueva economía.

Lo mismo se advierte en los evangelios de Mateo y Juan, en las epístolas católicas y, de modo eminentísimo, en las palabras de aquel que se gloría de haber aprendido la ley a los pies de Gamaliel, para que, armado después con armas espirituales, pudiera decir con confianza: «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas para Dios».4

Por tanto, todos, y especialmente los jóvenes soldados del ejército eclesiástico, entiendan cuánto deben estimar los libros sagrados, y con qué deseo y reverencia deben acercarse a este gran arsenal de armas celestiales.

4. La Escritura en la predicación sagrada

Quienes tienen el deber de tratar la doctrina católica ante sabios o ignorantes no hallarán en ninguna parte materia más amplia ni exhortación más abundante.

Allí encontrarán lo que deben enseñar sobre Dios, bien supremo y ser perfectísimo, y sobre las obras que manifiestan su gloria y su amor.

En ninguna parte se encuentra algo más pleno y expresivo acerca del Salvador del mundo que en todo el conjunto de la Biblia.

Como dice san Jerónimo: ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.5

En sus páginas aparece su imagen viva y palpitante, difundiendo por todas partes consuelo en las tribulaciones, estímulo para la virtud y atracción hacia el amor de Dios.

Respecto de la Iglesia, de sus instituciones, de su naturaleza, de su oficio y de sus dones, la Sagrada Escritura ofrece tantos testimonios y argumentos tan prontos y convincentes que san Jerónimo pudo decir con verdad que el hombre bien apoyado en los testimonios de la Escritura es baluarte de la Iglesia.6

Y si se trata de moral y disciplina, el hombre apostólico encontrará en los libros sagrados auxilios abundantes y excelentes: preceptos santísimos, exhortaciones suaves y fuertes, ejemplos espléndidos de toda virtud, y finalmente la promesa del premio eterno y la amenaza del castigo eterno, pronunciadas con gravedad solemne en nombre de Dios y con las mismas palabras de Dios.

Esta fuerza propia y singular de la Sagrada Escritura, que procede de la inspiración del Espíritu Santo, da autoridad al orador sagrado, lo llena de libertad apostólica y comunica a su elocuencia fuerza y poder.

Quienes infunden en sus trabajos el espíritu y la fuerza de la palabra de Dios hablan «no solo con palabras, sino también con poder, con Espíritu Santo y con mucha plenitud».7

Son, por tanto, necios e imprudentes los predicadores que, al tratar de religión y anunciar las cosas divinas, no emplean sino palabras de ciencia y prudencia humana, confiando en sus propios razonamientos más que en los de Dios.

Sus discursos, aunque brillantes y elegantes, serán necesariamente fríos y débiles, porque carecen del fuego de la palabra de Dios. Quedan lejos de aquella virtud poderosa que posee la palabra divina, «viva y eficaz, más penetrante que espada de dos filos, que llega hasta la división del alma y del espíritu».8

Todos los que tienen derecho a hablar reconocen que existe en la Sagrada Escritura una elocuencia admirablemente variada, rica y digna de los temas más altos.

San Agustín lo entendió profundamente y lo expuso con abundancia. Lo confirma también la experiencia de los mejores predicadores de todos los tiempos, quienes reconocieron con gratitud que debían su prestigio, en gran parte, al uso asiduo de la Biblia y a la devota meditación de sus páginas.

5. La lectura sagrada exige piedad, oración y vida inocente

Los santos Padres conocieron por experiencia todo esto, y nunca cesaron de ensalzar la Sagrada Escritura y sus frutos.

En innumerables pasajes de sus escritos la llaman tesoro inagotable de doctrina celestial, fuente abundante de salvación, pastos fecundos y jardines hermosos donde el rebaño del Señor es admirablemente recreado y deleitado.

Oigamos a san Jerónimo en su carta a Nepociano: «Lee con frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que la lectura sagrada esté siempre en tus manos. Aprende aquello que debes enseñar».9

San Gregorio Magno, quien describió admirablemente el oficio pastoral, escribe en el mismo sentido: «Quienes se entregan al ministerio de la predicación no deben apartarse jamás del estudio de la palabra escrita de Dios».

San Agustín advierte que en vano predica exteriormente la palabra de Dios quien no la escucha interiormente.

Y san Gregorio enseña que los oradores sagrados deben buscar primero en la Sagrada Escritura el conocimiento de sí mismos y después llevarlo a los demás, para que, al reprender a otros, no se olviden de sí.

Admoniciones semejantes habían sido dadas mucho antes por la voz apostólica, que aprendió su lección de Cristo mismo, quien comenzó primero a hacer y luego a enseñar.

No solo a Timoteo, sino a todo el orden del clero, se dirige aquel mandato: «Cuida de ti mismo y de la doctrina; persevera en estas cosas. Obrando así te salvarás a ti mismo y a quienes te escuchan».10

Para nuestra salvación y perfección, y para la de los demás, tenemos en las Sagradas Escrituras el mejor auxilio, como enseña continuamente el libro de los Salmos.

Pero solo lo hallarán quienes lleven a esta lectura divina no solo docilidad y atención, sino también piedad y vida inocente.

La Sagrada Escritura no es como los demás libros. Dictada por el Espíritu Santo, contiene cosas de suma importancia, que en muchos lugares son dificilísimas y oscuras.

Para entenderlas y explicarlas se requiere siempre la venida del mismo Espíritu Santo, es decir, su luz y su gracia. Estas deben pedirse con humilde oración y conservarse con santidad de vida.

6. La solicitud de la Iglesia por el tesoro bíblico

En esto resplandece claramente la vigilancia de la Iglesia.

Con leyes y disposiciones admirables siempre procuró que el tesoro celestial de los Libros Sagrados, concedido tan liberalmente por el Espíritu Santo a los hombres, no permaneciera descuidado.

Ordenó que una parte considerable de ellos fuera leída y meditada piadosamente por todos sus ministros en el oficio cotidiano de la sagrada salmodia.

Mandó que fueran expuestos e interpretados por hombres idóneos en las iglesias catedrales, en los monasterios y en otros conventos donde los estudios pudieran cultivarse convenientemente.

Y prescribió con firmeza que los fieles fueran alimentados con las palabras saludables del Evangelio, al menos en los domingos y fiestas solemnes.

A la sabiduría y solicitud de la Iglesia se debe que el cultivo de la Sagrada Escritura se haya conservado de siglo en siglo con notable continuidad y con frutos abundantísimos.

7. Los Padres y Doctores en la historia de la exégesis

Para confirmar Nuestra enseñanza y exhortación conviene recordar cómo, desde los comienzos del cristianismo, todos los que brillaron por santidad de vida y ciencia sagrada se dedicaron con profundo y constante empeño a la Sagrada Escritura.

Si consideramos a los discípulos inmediatos de los Apóstoles, como san Clemente Romano, san Ignacio de Antioquía y san Policarpo, o a los apologistas, como san Justino y san Ireneo, vemos que en sus cartas y libros, ya para defender la fe católica, ya para recomendarla, toman fuerza, fe y unción de la palabra de Dios.

Cuando surgieron en diversas sedes las escuelas catequéticas y teológicas, entre las cuales fueron célebres las de Alejandría y Antioquía, en ellas casi no se enseñaba otra cosa que la lectura, interpretación y defensa de la palabra divina escrita.

De ellas salieron numerosos Padres y escritores, cuyos trabajos e insignes escritos merecieron justamente que los tres siglos siguientes fueran llamados edad de oro de la exégesis bíblica.

En Oriente sobresale especialmente Orígenes, admirable por penetración de ingenio y perseverancia en el trabajo. De sus numerosas obras y de su gran Hexapla tomaron casi todos los que vinieron después.

Pueden nombrarse también otros que ensancharon el campo de esta ciencia: Alejandría se glorió de san Clemente y san Cirilo; Palestina, de Eusebio y de otro san Cirilo; Capadocia, de san Basilio Magno y de los dos Gregorios, Nacianceno y Niseno; Antioquía, de san Juan Crisóstomo, en quien la ciencia de la Escritura rivalizó con el esplendor de la elocuencia.

En Occidente no faltaron nombres igualmente grandes: Tertuliano, san Cipriano, san Hilario, san Ambrosio, san León Magno y san Gregorio Magno; y, entre todos, san Agustín y san Jerónimo.

San Agustín fue admirable por la agudeza con que penetró el sentido de la palabra de Dios y por la fecundidad con que la usó para promover la verdad católica. San Jerónimo recibió de la Iglesia, por su conocimiento insigne de las Escrituras y por sus trabajos para promover su uso, el nombre de Doctor máximo.

Desde entonces hasta el siglo XI, aunque los estudios bíblicos no florecieron con el mismo vigor y fecundidad que antes, no dejaron de cultivarse, principalmente por obra del clero.

Hombres de ese orden escogieron lo que sus mayores habían dejado con utilidad, lo ordenaron convenientemente y lo publicaron añadiéndole trabajos propios, como hicieron san Isidoro, Beda, Alcuino y otros.

Después ilustraron los códices sagrados con glosas, penetraron su sentido con sentencias y se dedicaron a la obra de asegurar el texto, como hicieron Pedro Damián, Lanfranco, san Anselmo y otros.

En el siglo XII muchos se aplicaron con éxito al sentido alegórico de la Escritura. En este género sobresale san Bernardo, cuyos escritos pueden decirse enteramente bíblicos.

Con la edad de los escolásticos surgió un nuevo progreso en el estudio de la Biblia. Los escolásticos cuidaron la integridad de la versión latina, como lo muestran los Correctoria Biblica que dejaron.

Pero pusieron mayor diligencia e industria en la interpretación y explicación.

A ellos se debe la distinción precisa y clara de los diversos sentidos de las palabras sagradas, como antes no se había dado; la determinación del valor de cada sentido en teología; la división de los libros en partes; los sumarios de cada parte; la investigación del propósito de los autores; y la demostración de la conexión entre sentencias y cláusulas.

Todo esto contribuye grandemente a iluminar los pasajes más oscuros del volumen sagrado.

La abundancia de doctrina bíblica en los escolásticos se ve tanto en los libros de teología como en sus comentarios de la Escritura. Y también en esto Santo Tomás ocupa el primer lugar entre todos.

8. Los estudios bíblicos desde el Concilio de Vienne hasta Trento

Cuando Nuestro Predecesor Clemente V estableció cátedras de literatura oriental en el Colegio Romano y en las principales universidades de Europa, los católicos comenzaron a investigar con mayor exactitud el texto original de la Biblia y también la versión latina.

El renacimiento de las letras griegas entre nosotros y, mucho más, la feliz invención de la imprenta, dieron gran impulso a los estudios bíblicos.

En breve tiempo se multiplicaron los ejemplares de la Sagrada Escritura, especialmente de la Vulgata, y se difundieron por todo el mundo católico. Así se ve cuán venerados y amados fueron siempre los Libros Sagrados por la Iglesia.

Tampoco debemos olvidar cuántos hombres doctos, principalmente de las órdenes religiosas, trabajaron excelentemente por la Biblia entre el Concilio de Vienne y el de Trento.

Ellos, empleando recursos más recientes y aportando su propio ingenio y erudición, no solo aumentaron el rico patrimonio de los antiguos, sino que prepararon el camino para el siglo posterior, el que siguió al Concilio de Trento, cuando casi pareció volver la gran edad de los Padres.

Es sabido, y agradable de recordar, que Nuestros Predecesores, desde Pío IV hasta Clemente VIII, procuraron la publicación de las versiones Vulgata y Alejandrina.

Después, por mandato y autoridad de Sixto V y del mismo Clemente, estas versiones fueron publicadas y entregadas al uso común.

Durante ese tiempo se editaron con mucho cuidado otras antiguas versiones bíblicas y políglotas de Amberes y París, sumamente aptas para investigar el sentido verdadero.

No hay libro de ambos Testamentos que no encontrara entonces más de un intérprete. No hay cuestión relacionada con la Escritura que muchos hombres de talento no examinaran y explicaran con fruto.

Entre ellos hubo no pocos, principalmente quienes estudiaron con mayor diligencia a los Padres, que alcanzaron nombre distinguido.

Desde entonces no faltó a los nuestros diligencia semejante. Varones esclarecidos merecieron bien de los estudios bíblicos y defendieron la Sagrada Escritura contra los ataques racionalistas surgidos de la filología y otras disciplinas semejantes.

Quien examine todo esto con ánimo justo reconocerá que la Iglesia jamás descuidó ninguna de las providencias necesarias para que las fuentes saludables de la divina Escritura llegaran abundantemente a sus hijos; y que siempre conservó, protegió y acrecentó aquel auxilio que le fue dado por Dios para la salvación de los hombres.

9. Contra quienes impugnan la autoridad divina de la Escritura

A pesar de todo, Venerables Hermanos, la condición de los tiempos exige que confirmemos y defendamos con mayor cuidado la doctrina sobre la Sagrada Escritura.

Porque no solo hay quienes rechazan abiertamente la revelación y niegan a los libros sagrados todo origen divino, sino también quienes, abusando del nombre de ciencia, intentan destruir con métodos nuevos la autoridad y credibilidad de la Biblia.

Algunos pretenden juzgar la Escritura como si fuera un libro meramente humano, sin reconocer en ella el carácter que la Iglesia siempre sostuvo: que tiene a Dios por autor.

Otros introducen en las escuelas y en los libros opiniones que, bajo apariencia de crítica histórica, filológica o científica, terminan por debilitar la inspiración, por sembrar dudas sobre la verdad de los textos, o por conceder al juicio privado una licencia que contradice la regla católica.

Es necesario, por tanto, que quienes se dedican al estudio de la Escritura conozcan el género de ataques que se levantan contra ella y sepan responder con ciencia, prudencia y fidelidad.

No se debe temer la verdadera ciencia, pues la verdad no puede contradecir a la verdad. Pero sí debe rechazarse aquella falsa ciencia que, hinchada de soberbia, juzga según criterios puramente humanos lo que procede del Espíritu Santo.

10. La interpretación pertenece a la Iglesia

Conviene recordar aquí el decreto del Concilio de Trento, renovado por el Concilio Vaticano, según el cual, en las cosas de fe y costumbres que pertenecen a la edificación de la doctrina cristiana, debe tenerse por verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquel que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia.

A ella corresponde juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras.

Por consiguiente, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura contra ese sentido, ni tampoco contra el consentimiento unánime de los Padres.11

Con este sapientísimo decreto la Iglesia no impide ni restringe el estudio bíblico. Al contrario, lo protege del error y favorece grandemente su verdadero progreso.

En aquellos pasajes de la Escritura que todavía no han recibido interpretación cierta y definitiva, los trabajos de los exegetas pueden, por benigna providencia de Dios, preparar y madurar el juicio de la Iglesia.

En los pasajes ya definidos, el estudioso privado puede trabajar con fruto exponiéndolos con mayor claridad al pueblo, defendiéndolos con mayor destreza ante los doctos, o protegiéndolos con mayor vigor contra los ataques enemigos.

El intérprete católico debe, por tanto, tomar como norma suprema la doctrina católica propuesta con autoridad por la Iglesia.

Porque, siendo el mismo Dios autor de los Libros Sagrados y de la doctrina confiada a la Iglesia, es imposible que de aquellos libros se extraiga legítimamente una enseñanza que contradiga en algo a esta doctrina.

De aquí se sigue que toda interpretación es necia y falsa cuando hace que los escritores sagrados se contradigan entre sí o cuando se opone a la doctrina de la Iglesia.

11. El profesor de Escritura debe conocer toda la teología y los Padres

El profesor de Sagrada Escritura, entre otras cualidades, debe conocer bien todo el conjunto de la teología y estar muy familiarizado con los comentarios de los santos Padres, de los Doctores y de otros intérpretes insignes.

San Jerónimo lo inculca, y todavía más frecuentemente san Agustín, quien se queja con razón: «Si no hay disciplina, por humilde y fácil que sea, que no requiera maestro, ¿qué mayor signo de temeridad y soberbia que negarse a estudiar los libros de los misterios divinos con ayuda de quienes los han interpretado?».12

Los demás Padres dijeron lo mismo y lo confirmaron con su ejemplo.

Ellos se esforzaron por adquirir la inteligencia de las Sagradas Escrituras, no por sus propias luces y opiniones, sino por los escritos y autoridad de los antiguos, quienes, a su vez, recibieron de los Apóstoles la regla de interpretación.

Los santos Padres, a quienes después de los Apóstoles la Iglesia debe su crecimiento, y que la plantaron, regaron, edificaron, gobernaron y alimentaron, son de máxima autoridad cuando interpretan de manera unánime algún texto bíblico como perteneciente a la doctrina de la fe o de las costumbres.

Esa unanimidad demuestra claramente que tal interpretación procede de los Apóstoles como doctrina de fe católica.

También debe estimarse mucho la autoridad de los demás intérpretes católicos que, siguiendo a los Padres, trabajaron con ciencia y piedad en explicar los Libros Sagrados.

Su labor ofrece al exegeta ejemplos, advertencias, confirmaciones y argumentos, y lo ayuda a caminar con seguridad en una materia donde el ingenio humano, si se abandona a sí mismo, fácilmente se extravía.

12. Reglas para el uso de las ciencias auxiliares

Para desempeñar bien su oficio, el intérprete debe cultivar con diligencia las ciencias auxiliares que sirven al conocimiento de la Escritura.

Debe conocer las lenguas antiguas, especialmente aquellas en que los Libros Sagrados fueron escritos, y debe atender a la historia, la arqueología, la geografía y las costumbres de los pueblos antiguos.

Estos estudios ayudan mucho a comprender con mayor claridad la letra sagrada, a resolver dificultades, a defender la autenticidad e integridad de los textos y a responder a las objeciones de los adversarios.

Pero el uso de estas disciplinas debe mantenerse dentro de la regla de la fe.

No se debe tomar de ellas una falsa libertad para someter los libros inspirados al juicio de teorías mudables o de hipótesis no probadas.

Las ciencias humanas son verdaderamente útiles cuando sirven a la verdad y se reconocen subordinadas a la palabra de Dios y al magisterio de la Iglesia.

Si se vuelven instrumentos de orgullo, si pretenden medir lo divino solo por categorías humanas o si elevan conjeturas a la dignidad de certeza, dejan de ayudar y comienzan a dañar.

13. La crítica textual y el cuidado del texto sagrado

No debe despreciarse el trabajo que se dirige a conocer con exactitud el texto sagrado.

La Iglesia no rechaza el examen diligente de los códices, de las versiones antiguas y de los testimonios de la tradición manuscrita.

Antes bien, este trabajo, cuando se realiza con respeto religioso y prudencia crítica, puede prestar gran servicio al estudio de la Escritura.

Sin embargo, debe evitarse la temeridad de quienes, apoyándose en conjeturas ligeras, se apresuran a corregir o modificar el texto recibido, como si la Iglesia, durante tantos siglos, no hubiera custodiado fielmente el tesoro que le fue confiado.

La investigación textual debe hacerse con ciencia, sobriedad y reverencia.

De este modo podrá distinguirse lo que pertenece a una variante legítimamente discutida de aquello que no puede ser puesto en duda sin lesión de la fe, de la tradición o de la autoridad eclesiástica.

14. El sentido literal y los sentidos espirituales

El expositor debe buscar ante todo el sentido literal, porque en él se apoya principalmente la fuerza de la argumentación bíblica.

Este sentido debe ser investigado con diligencia mediante el conocimiento de la lengua, del contexto, del propósito del escritor sagrado y de la analogía de la fe.

Pero no por eso deben despreciarse los sentidos espirituales que la Iglesia, los Padres y la liturgia han reconocido en muchas páginas de la Escritura.

Dios, autor principal de los libros sagrados, pudo disponer que los hechos, las personas y las instituciones significaran realidades más altas.

Por eso, cuando la Iglesia o el consentimiento de los Padres enseña tal sentido, debe ser recibido con reverencia.

Lo que se debe evitar es la fantasía arbitraria, que inventa sentidos sin fundamento y convierte la Escritura en materia de opiniones privadas.

El sentido espiritual es legítimo cuando se apoya en la fe, en la tradición y en la conexión interna de los misterios divinos.

15. Apariencias de contradicción y armonía de la verdad

Cuando se presentan dificultades, ya por comparación de unos pasajes con otros, ya por objeciones tomadas de la historia o de las ciencias naturales, el estudioso católico debe mantener firme este principio: la verdad no puede contradecir a la verdad.

Si Dios es autor de la Escritura y también Creador y Gobernador de todas las cosas, nada que sea verdaderamente demostrado por la ciencia puede oponerse realmente a la Escritura rectamente entendida.

Cuando aparece una oposición, debe pensarse que hay error en la interpretación de las palabras sagradas, o en el razonamiento de quienes presentan la objeción, o en ambos.

Si la dificultad no se resuelve de inmediato, no por eso debe abandonarse la defensa de la verdad.

Debe suspenderse prudentemente el juicio, recordando que muchas cuestiones antes juzgadas insolubles fueron aclaradas después con el progreso del estudio o con una comprensión más exacta de la Escritura.

La humildad del sabio cristiano consiste en reconocer los límites de su conocimiento, no en conceder temerariamente a la incredulidad lo que no ha sido demostrado.

16. La Escritura y las ciencias naturales

Se debe advertir especialmente que los escritores sagrados, o más bien el Espíritu Santo que hablaba por ellos, no quisieron enseñar a los hombres las constituciones íntimas de las cosas visibles, cuando estas no eran necesarias para la salvación.

Por eso, al describir los fenómenos de la naturaleza, muchas veces se expresan según la apariencia sensible y el modo común de hablar, como todavía lo hacen incluso los hombres doctos en la conversación ordinaria.

No debe exigirse de las palabras bíblicas una precisión técnica ajena al propósito del Espíritu Santo.

Pero tampoco es lícito afirmar precipitadamente que la Escritura contiene error.

El intérprete debe distinguir con prudencia el modo popular de hablar de la afirmación doctrinal, y recordar que la finalidad de la Escritura es enseñar aquello que conduce a la salvación.

Donde la ciencia afirma con pruebas ciertas alguna verdad, el exegeta debe procurar mostrar que nada en la palabra divina, entendida rectamente, se opone a ella.

Donde se presentan hipótesis cambiantes, conjeturas audaces o teorías todavía disputadas, no conviene adaptar apresuradamente la interpretación de la Escritura a opiniones que mañana pueden caer.

17. Inspiración, autoría divina e inerrancia de los Libros Sagrados

Es de suma importancia mantener íntegra la doctrina católica sobre la inspiración.

La Iglesia recibió y conserva como sagrados y canónicos los libros completos de la Escritura con todas sus partes, porque fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo y tienen a Dios por autor.

No es lícito restringir la inspiración a ciertas partes, ni conceder que el autor sagrado haya errado en algo.

Todos los libros enteros que la Iglesia recibe como canónicos, con todas sus partes, fueron escritos bajo inspiración divina.

Y tan lejos está la inspiración divina de admitir error, que por sí misma excluye todo error con la misma necesidad con que Dios, verdad suprema, no puede ser autor de error.

No basta decir que el error no se atribuye a Dios sino al escritor humano. Porque, mediante la inspiración, el Espíritu Santo movió y asistió a los autores sagrados de tal modo que escribieran todo y solo lo que Él quería.

Dios es autor principal de la Escritura. Los escritores humanos obraron como verdaderos autores, con sus facultades y estilo propios, pero bajo la acción del Espíritu Santo.

Por eso debe afirmarse que cuanto el hagiógrafo afirma, en cuanto hagiógrafo, lo afirma el Espíritu Santo.

Y por consiguiente no puede contenerse error alguno en la Escritura inspirada.

Quien admitiera que en los libros sagrados hay error verdadero, destruiría o al menos debilitaría la fe en la inspiración divina, y abriría camino a que cada uno eligiera a su arbitrio qué debe creer y qué debe rechazar.

18. Prudencia contra las novedades temerarias

Por todo esto, los estudiosos católicos deben estar prevenidos contra aquellas novedades que se presentan con gran ruido, pero que muchas veces no se apoyan en pruebas sólidas.

No todo lo que se llama crítica merece ese nombre; ni todo lo que se anuncia como resultado científico está realmente demostrado.

Debe reconocerse con gratitud cualquier descubrimiento verdadero que ayude a comprender mejor la Escritura, pero debe rechazarse la presunción de quienes se creen autorizados a juzgar los Libros Sagrados desde principios contrarios a la fe.

Los católicos no han de ser inferiores a los adversarios en diligencia, erudición y amor a la verdad.

Pero deben superarlos en reverencia, humildad, rectitud de intención y obediencia al magisterio de la Iglesia.

El intérprete que trabaja fuera de la obediencia puede brillar por ingenio, pero no edificará la Iglesia.

El que une ciencia y piedad, libertad legítima y sumisión católica, prestará verdadero servicio a la palabra de Dios y a las almas.

19. Formación de los profesores y alumnos de Escritura

Conviene que los obispos procuren con empeño que en los seminarios y casas de estudio se enseñe la Sagrada Escritura con la dignidad que le corresponde.

El profesor debe ser elegido con cuidado. Debe distinguirse no solo por ciencia, sino también por fe íntegra, piedad, prudencia y adhesión sincera a la Iglesia.

Al comenzar el curso, procure formar el juicio de los jóvenes para que aprendan al mismo tiempo a defender los libros sagrados y a penetrar su sentido.

Para esto sirve aquella disciplina que suele llamarse introducción bíblica, en la cual se enseña a probar la integridad y autoridad de la Biblia, a investigar su verdadero sentido y a responder a las objeciones.

El maestro debe evitar dos peligros: por una parte, una enseñanza árida y puramente técnica, que no nutre la piedad; por otra, una exposición superficial que no prepara contra las dificultades reales.

Debe enseñar a los alumnos a amar la Escritura, a estudiarla con método, a usarla en la predicación y a defenderla contra quienes la atacan.

Los jóvenes clérigos deben entender que la Escritura será para ellos alimento de oración, norma de predicación, defensa de la fe y fuente de vida pastoral.

20. La Escritura en la vida sacerdotal

Los ministros de la Iglesia deben acercarse diariamente a la Sagrada Escritura con espíritu de reverencia.

No basta conocerla para disputar. Es necesario meditarla para vivir de ella y predicarla con fruto.

El sacerdote que no se alimenta interiormente de la palabra divina difícilmente podrá alimentar a otros.

La Escritura forma el corazón pastoral, enciende el celo apostólico, da fuerza para corregir, suavidad para consolar, luz para enseñar y firmeza para defender.

Los predicadores que quieran hablar con autoridad deben hacerlo como ministros de la palabra de Dios, no como oradores mundanos.

Por eso, en la preparación de sermones, catequesis y enseñanza doctrinal, la Biblia debe ocupar un lugar principal.

Quien la estudia con humildad no solo encuentra argumentos, sino también espíritu; no solo doctrina, sino vida.

21. Libertad legítima dentro de la obediencia católica

La Iglesia no quiere que los estudios bíblicos permanezcan inmóviles ni que los investigadores católicos rechacen todo progreso legítimo.

Al contrario, desea que se utilicen los recursos sanos de la erudición, las lenguas, la historia, la crítica sobria, los monumentos antiguos y los descubrimientos útiles.

Pero esta libertad debe ser la libertad de hijos fieles, no la licencia de jueces independientes de la palabra de Dios.

Los exegetas católicos pueden investigar, comparar, discutir, aclarar y defender.

No pueden oponerse a la doctrina de la Iglesia ni interpretar la Escritura de manera que contradiga la fe recibida.

Deben tener por cierto que, si alguna conclusión parece contraria a la doctrina católica, o bien no es verdadera conclusión, o bien ha sido mal entendida la Escritura, o bien se ha errado en el razonamiento.

Esta norma no empobrece la ciencia; la preserva de convertirse en instrumento de error.

22. Esperanza en los frutos del estudio bíblico católico

Para que todos estos esfuerzos sean verdaderamente útiles a la causa de la Biblia, los estudiosos deben mantenerse firmes en los principios que hemos expuesto.

Sostengan lealmente que Dios, Creador y Rector de todas las cosas, es también Autor de las Escrituras.

Por tanto, nada puede probarse realmente por la física, por la historia, por la arqueología o por cualquier ciencia humana que contradiga verdaderamente las Escrituras.

Si se presenta una dificultad, examínese con paciencia. Si no se resuelve de inmediato, no se abandone por eso la causa de la verdad.

La verdad no puede contradecir a la verdad. Podemos estar seguros de que se ha cometido algún error en la interpretación del texto sagrado, o en la discusión polémica, o en ambos puntos.

Y si tal error no puede detectarse todavía, se debe suspender el juicio por el momento.

Quien se dedica a estos estudios debe recordar la regla de san Agustín: es mejor permanecer bajo el peso de signos desconocidos pero útiles, que interpretarlos inútilmente y, al querer sacudir el yugo, caer en el lazo del error.

Así se conservará la reverencia debida a la Escritura y al mismo tiempo se fomentará un estudio serio, profundo y verdaderamente católico.

23. Exhortación final y Bendición Apostólica

Finalmente, amonestamos con paternal amor a todos los estudiantes y ministros de la Iglesia para que se acerquen siempre a las Sagradas Escrituras con reverencia y piedad.

No puede alcanzarse su inteligencia provechosa si se conserva la soberbia de la ciencia terrena y no se enciende en el corazón el santo deseo de aquella sabiduría que viene de lo alto.

La inteligencia, una vez admitida en estos estudios sagrados, iluminada y fortalecida por ellos, adquiere admirable facilidad para descubrir y evitar las falacias de la ciencia humana, y para recoger y usar en orden a la salvación eterna todo lo que hay de precioso y útil.

Al mismo tiempo, el corazón se enciende y se esfuerza con ardiente deseo por adelantar en la virtud y en el amor divino.

Confiados en la esperanza del auxilio divino y apoyados en vuestro celo pastoral, impartimos amorosísimamente en el Señor la Bendición Apostólica, prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra singular benevolencia, a todos vosotros, y a todo el clero y pueblo confiado a cada uno.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 18 de noviembre de 1893, año decimosexto de Nuestro Pontificado.

León Papa XIII


NOTAS

(1) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo II, sobre la revelación.

(2) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo II; cf. Concilio de Trento, sesión IV.

(3) Segunda carta a Timoteo 3, 16-17.

(4) Segunda carta a los Corintios 10, 4.

(5) San Jerónimo, comentario a Isaías, prólogo.

(6) San Jerónimo, comentario a Isaías, citado por León XIII.

(7) Primera carta a los Tesalonicenses 1, 5.

(8) Hebreos 4, 12.

(9) San Jerónimo, carta a Nepociano.

(10) Primera carta a Timoteo 4, 16.

(11) Concilio de Trento, sesión IV; Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo II.

(12) San Agustín, citado por León XIII en la encíclica.

(13) San Ireneo enseña que donde están los carismas de Dios debe buscarse la verdad, y que la Escritura se interpreta con seguridad en quienes tienen la sucesión apostólica.

(14) Regla católica de interpretación: seguir la analogía de la fe y la doctrina propuesta por la Iglesia.

(15) Principio repetido por León XIII: Dios es autor tanto de la Escritura como de la doctrina confiada a la Iglesia.

(16) Regla de prudencia ante dificultades no resueltas: la verdad no puede contradecir a la verdad.

(17) San Agustín, regla sobre los pasajes difíciles de la Escritura, citada por León XIII.

(18) La encíclica afirma la inspiración de todos los libros canónicos íntegros y con todas sus partes.

(19) La inspiración divina excluye todo error, porque Dios, suma Verdad, no puede engañarse ni engañar.

(20) El estudio de las ciencias auxiliares debe realizarse con fidelidad a la fe y bajo el juicio de la Iglesia.

(21) La conclusión final exhorta a unir estudio, reverencia, piedad, humildad y deseo de la sabiduría celestial.

Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XXVI, Roma, 1893-1894, pp. 269-292.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.