Fecha de publicación: 10 de agosto de 1863
Autor: Su santidad Pío IX
Breve resumen: Sobre la persecución de la Iglesia y la difusión de doctrinas falsas, especialmente en Italia. Pío IX reafirma la necesidad de la fe católica y la unidad con la Iglesia para la salvación, explica la situación de quienes padecen ignorancia invencible y exhorta a tratar con caridad a quienes se encuentran fuera de la unidad católica. Condena también el indiferentismo, la codicia, las asociaciones clericales rebeldes y los ataques contra la autoridad de la Iglesia, mientras alienta a los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles que permanecen firmes en medio de la persecución.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Quanto conficiamur moerore, ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino conservado en la edición histórica de Pii IX Pontificis Maximi Acta, parte primera, volumen III, publicada en Roma en 1867, páginas 609-621, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido una traducción moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A Nuestros amados hijos, los cardenales de la Santa Iglesia Romana, y a Nuestros venerables hermanos, los arzobispos y obispos de Italia.
Pío IX, papa. Amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Dolor por la guerra desatada contra la Iglesia
Podéis comprender fácilmente, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, cuánto dolor Nos causa la cruel y sacrílega guerra emprendida en estos tiempos tan difíciles contra la Iglesia católica en casi todas las regiones del mundo.
Esta guerra ha sido declarada especialmente en la desdichada Italia, ante Nuestros propios ojos, por el Gobierno subalpino desde hace ya varios años, y se intensifica cada día más.
Sin embargo, en medio de Nuestras gravísimas angustias, al contemplaros recibimos un consuelo y una consolación muy grandes.
Aunque habéis sido afligidos miserablemente mediante toda clase de procedimientos injustos y violentos; aunque habéis sido arrancados de vuestras propias greyes, expulsados al destierro e incluso arrojados a la cárcel, nunca habéis dejado de defender con fortaleza la causa, los derechos y la doctrina de Dios, de su Iglesia y de esta Sede Apostólica.
Revestidos de la fuerza que viene de lo alto, habéis defendido esa causa tanto con vuestra voz como mediante escritos saludables, y habéis procurado proteger la seguridad espiritual de la grey confiada a vuestro cuidado.
Por eso os felicitamos de todo corazón, porque os alegráis intensamente de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús.
Os tributamos las alabanzas que merecéis, empleando las palabras de Nuestro santísimo Predecesor san León Magno:
«Aunque compadezco de todo corazón los trabajos que vuestra caridad ha soportado por la defensa de la fe católica, y considero como infligido a mi propia persona cuanto se ha hecho contra vosotros, comprendo, sin embargo, que existe mayor motivo de alegría que de tristeza.
Fortalecidos por el Señor Jesucristo, habéis permanecido invencibles en la doctrina evangélica y apostólica. Cuando los enemigos de la fe cristiana os arrancaron de las sedes de vuestras iglesias, preferisteis sufrir la injusticia del destierro antes que ser contaminados por alguna participación en su impiedad».1
2. Corrupción de las costumbres y odio contra la Iglesia
¡Ojalá pudiéramos anunciaros el fin de tantas calamidades de la Iglesia!
Pero la corrupción de las costumbres, nunca bastante lamentada, se agrava por todas partes.
Es promovida mediante escritos irreligiosos, criminales y obscenos; mediante espectáculos teatrales corruptores; mediante casas de prostitución establecidas casi por todas partes, y mediante otros procedimientos perversos.
Se difunden por doquier monstruosas formas de toda clase de errores. Crece una abominable acumulación de vicios y delitos.
El veneno mortal de la incredulidad y del indiferentismo se extiende por todas partes.
Se propagan el desprecio y el rechazo de la potestad eclesiástica, de las cosas sagradas y de las leyes de la Iglesia.
Los bienes eclesiásticos son saqueados injusta y violentamente.
Los ministros sagrados, los miembros de las familias religiosas y las vírgenes consagradas a Dios sufren una persecución durísima y continua.
Se manifiesta un odio verdaderamente diabólico contra Cristo, contra su Iglesia, contra su doctrina y contra esta Sede Apostólica.
Estos y otros males innumerables, cometidos por los enemigos más encarnizados de la causa católica, y que cada día Nos vemos obligados a lamentar, parecen retrasar aquel tiempo tan deseado en que podremos contemplar el triunfo pleno de nuestra santísima religión, de la justicia y de la verdad.
3. La Iglesia no puede ser vencida
Sin embargo, ese triunfo no puede dejar de llegar, aunque no Nos haya sido concedido conocer el tiempo que Dios omnipotente ha determinado para él.
Dios gobierna y ordena todas las cosas mediante su admirable Providencia y las dirige hacia nuestro verdadero bien.
Aunque el Padre celestial permite que su santa Iglesia militante sea afligida y atormentada por diversas tribulaciones y calamidades durante esta triste peregrinación mortal, ella fue fundada por Cristo Nuestro Señor sobre una roca inmóvil y firmísima.
Por eso nunca podrá ser derribada ni quebrantada por fuerza o ataque alguno.
Más aún, «las persecuciones no la disminuyen, sino que la hacen crecer. El campo del Señor se reviste siempre de una cosecha más abundante, porque los granos que caen uno a uno nacen multiplicados».2
4. Signos del triunfo de la Iglesia
Amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, contemplamos que esto sucede también en estos tiempos tan dolorosos por un singular beneficio de Dios.
Aunque la inmaculada Esposa de Cristo se encuentra actualmente muy afligida por la acción de hombres impíos, triunfa, sin embargo, sobre sus enemigos.
Resplandece admirablemente por vuestra singular fe, amor, veneración y constancia hacia Nos, hacia esta Cátedra de Pedro y hacia la defensa de la unidad católica.
Resplandece también por la fidelidad de los demás obispos de todo el mundo católico; por tantas obras piadosas de religión y caridad cristiana que, con el auxilio de Dios, se multiplican cada día; por la luz de la santísima fe, que ilumina cada vez más numerosas regiones; por el extraordinario amor de los católicos hacia la Iglesia, hacia Nos y hacia esta Santa Sede; y por la ilustre e inmortal gloria del martirio.
Sabéis cómo, especialmente en las regiones de Tonkín y Cochinchina, obispos, sacerdotes y fieles laicos, e incluso mujeres indefensas, jóvenes y muchachas de tierna edad, imitando los ejemplos de los antiguos mártires, desprecian con ánimo invicto y virtud heroica los tormentos más crueles.
Se alegran intensamente al entregar su vida por Cristo.
Todo esto debe proporcionarnos a Nos y a vosotros un verdadero consuelo en medio de las enormes amarguras que nos oprimen.
5. Confirmación de las condenas anteriores
El deber de Nuestro ministerio apostólico exige que defendamos con todo cuidado y empeño la causa de la Iglesia, confiada a Nos por el mismo Cristo Nuestro Señor.
También exige que reprobemos a todos aquellos que no dudan en combatir y pisotear a la Iglesia, sus sagrados derechos, sus ministros y esta Sede Apostólica.
Por tanto, mediante estas letras confirmamos, declaramos y condenamos nuevamente todas y cada una de las cosas que, con profundo dolor de Nuestro ánimo, Nos vimos obligados a lamentar, declarar y condenar en diversas alocuciones consistoriales y en otras letras Nuestras.3
6. Un grave error acerca de la salvación
Debemos recordar y reprender aquí, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, un error gravísimo en el cual viven miserablemente algunos católicos.
Estos creen que pueden alcanzar la vida eterna quienes viven en el error y se encuentran separados de la verdadera fe y de la unidad católica.
Esta opinión se opone completamente a la doctrina católica.
7. La ignorancia invencible y la gracia de Dios
Nos y vosotros sabemos que quienes padecen ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, pero observan cuidadosamente la ley natural y sus preceptos, grabados por Dios en el corazón de todos; quienes están dispuestos a obedecer a Dios y llevan una vida honesta y recta, pueden alcanzar la vida eterna por la acción eficaz de la luz y de la gracia divinas.
Dios contempla, examina y conoce perfectamente las inteligencias, las almas, los pensamientos y las disposiciones de todos.
En su suprema bondad y clemencia, no permite que sea castigado con penas eternas quien no tiene culpa voluntaria.
8. Fuera de la Iglesia no hay salvación
Pero es también muy conocido el dogma católico según el cual nadie puede salvarse fuera de la Iglesia católica.
Quienes se oponen obstinadamente a la autoridad y a las definiciones de la Iglesia; quienes permanecen pertinazmente separados de su unidad y del sucesor de Pedro, el Romano Pontífice, a quien el Salvador confió el cuidado de su viña,4 no pueden obtener la salvación eterna.
Son clarísimas las palabras de Cristo Nuestro Señor:
«Si no escucha a la Iglesia, sea para ti como un pagano y un publicano».5
«Quien os escucha, a mí me escucha; y quien os desprecia, a mí me desprecia. Quien me desprecia, desprecia a Aquel que me envió».
«Quien no crea será condenado».6
«Quien no cree ya ha sido juzgado».7
«Quien no está conmigo está contra mí, y quien no recoge conmigo, dispersa».8
Por eso el apóstol san Pablo afirma que tales hombres se encuentran pervertidos y condenados por su propio juicio.9
Y el Príncipe de los Apóstoles los llama «falsos maestros, que introducirán sectas de perdición y negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí una pronta ruina».10
9. Caridad hacia quienes están fuera de la unidad católica
Lejos esté de los hijos de la Iglesia católica comportarse alguna vez como enemigos de quienes no están unidos con nosotros mediante los mismos vínculos de fe y caridad.
Por el contrario, deben procurar siempre ayudarlos mediante toda clase de servicios de caridad cristiana, ya sean pobres, enfermos o se encuentren afligidos por cualquier otra calamidad.
Sobre todo, deben esforzarse por arrancarlos de las tinieblas de los errores en que viven miserablemente, y conducirlos hacia la verdad católica y hacia la amantísima Madre Iglesia.
Ella nunca deja de extender amorosamente hacia ellos sus manos maternales y de llamarlos a su seno.
Así, fundados y firmes en la fe, la esperanza y la caridad, y dando fruto en toda obra buena, podrán alcanzar la salvación eterna.
10. Egoísmo, codicia y riquezas
No podemos pasar ahora en silencio, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, otro error y mal sumamente perjudicial que, en nuestra desdichada época, arrastra y perturba miserablemente las inteligencias y los corazones de los hombres.
Nos referimos al desenfrenado y perjudicial amor de sí mismo por el cual muchas personas, sin considerar en absoluto a su prójimo, buscan únicamente sus propias ventajas y comodidades.
Nos referimos también a aquella insaciable ambición de dominar y poseer.
Despreciando completamente las reglas de la honestidad y de la justicia, muchos no dejan de acumular con avidez riquezas por cualquier medio.
Preocupados únicamente por los bienes terrenos y olvidados de Dios, de la religión y de su propia alma, colocan equivocadamente toda su felicidad en adquirir riquezas y reunir tesoros.
Recuerden estos hombres y mediten seriamente aquellas gravísimas palabras de Cristo Nuestro Señor:
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?».11
Consideren también cuidadosamente cuanto enseña el apóstol san Pablo:
«Quienes quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo del diablo y en muchos deseos inútiles y perjudiciales, que sumergen a los hombres en la ruina y la perdición.
Porque la raíz de todos los males es la codicia. Algunos, entregándose a ella, se apartaron de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores».12
11. El trabajo y la adquisición honrada de los bienes
Ciertamente, los hombres deben procurar mediante su trabajo los recursos necesarios para la vida, según la condición propia y diversa de cada uno.
Pueden hacerlo cultivando las letras y las ciencias; ejerciendo artes liberales u oficios manuales; desempeñando cargos públicos o privados, o dedicándose al comercio.
Pero es absolutamente necesario que todo se haga con honestidad, justicia, integridad y caridad.
Deben tener siempre a Dios ante sus ojos y observar con la mayor diligencia sus mandamientos y preceptos.
12. Eclesiásticos rebeldes en Italia
No podemos ocultar el amarguísimo dolor que Nos causa saber que en Italia existen algunos hombres de ambos cleros que han olvidado hasta tal punto su santa vocación que no se avergüenzan de difundir doctrinas falsas incluso mediante escritos perniciosos.
Incitan a los pueblos contra Nos y contra esta Sede Apostólica.
Atacan la soberanía temporal de Nos y de la misma Sede, y favorecen desvergonzadamente, con toda clase de acciones y esfuerzos, a los más perversos enemigos de la Iglesia católica y de esta Sede.
Estos eclesiásticos se han separado de sus obispos, de Nos y de esta Santa Sede.
Confiando en el favor y el auxilio del Gobierno subalpino y de sus magistrados, han llegado a tal grado de temeridad que, despreciando por completo las censuras y penas eclesiásticas, no han temido constituir ciertas asociaciones completamente reprobables.
Se las llama comúnmente Sociedad clerical-liberal, Sociedad de socorro mutuo, Emancipadora del clero italiano y otras asociaciones animadas por el mismo espíritu perverso.
Aunque sus propios obispos les han prohibido justamente ejercer el ministerio sagrado, no temen desempeñarlo ilícitamente y como intrusos en diversos templos.
Por esta razón, reprobamos y condenamos tanto las mencionadas sociedades detestables como la conducta perversa de esos eclesiásticos.
13. Llamamiento al arrepentimiento
Al mismo tiempo, advertimos y exhortamos una y otra vez a esos desdichados eclesiásticos para que recuperen el juicio, vuelvan a su corazón y procuren su propia salvación.
Deben considerar seriamente que «Dios no soporta de nadie un perjuicio mayor que el causado por los sacerdotes, cuando ve que aquellos a quienes estableció para corregir a los demás ofrecen ejemplos de perversidad».13
Deben meditar también que algún día tendrán que rendir una cuenta rigurosa ante el tribunal de Cristo.
Quiera Dios que estos desdichados eclesiásticos obedezcan Nuestras advertencias paternales y Nos proporcionen el mismo consuelo que recibimos de aquellos miembros de ambos cleros que, engañados y arrastrados al error, acuden arrepentidos cada día a Nos.
Ellos imploran humilde e insistentemente el perdón de su extravío y la absolución de las censuras eclesiásticas.
14. Nuevas asechanzas contra la fe
Conocéis perfectamente, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, los escritos impíos de toda clase, surgidos de las tinieblas y llenos de engaños, mentiras, calumnias y blasfemias.
Conocéis también las escuelas entregadas a maestros no católicos; los templos destinados a cultos no católicos, y las numerosas asechanzas, artes y tentativas verdaderamente diabólicas.
Mediante ellas, los enemigos de Dios y de los hombres se esfuerzan por destruir completamente la Iglesia católica en la desdichada Italia, si alguna vez pudieran conseguirlo.
Intentan corromper y pervertir cada día más a los pueblos, y especialmente a la juventud desprevenida, y arrancar de raíz de todos los corazones nuestra santísima fe y religión.
15. Exhortación a los obispos
No dudamos, por tanto, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, que, fortalecidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y conforme a vuestro admirable celo episcopal, continuaréis haciendo cuanto hasta ahora habéis realizado con grandísima honra de vuestro nombre.
Con perfecta concordia de espíritu y redoblado esfuerzo, seguid levantando una muralla en defensa de la casa de Israel.
Combatid el buen combate de la fe.
Defended de las asechanzas de los adversarios a los fieles confiados a vuestro cuidado.
Advertidlos y exhortadlos continuamente para que conserven con la mayor constancia la santísima fe, sin la cual es imposible agradar a Dios.
Esta es la fe que la Iglesia católica recibió de Cristo Nuestro Señor por medio de los Apóstoles, y que conserva y enseña.
Que permanezcan firmes e inmóviles en nuestra divina religión, la única verdadera, que prepara la salvación eterna y protege y hace prosperar de modo eminente a la misma sociedad civil.
16. Predicación y catequesis
No dejéis, por tanto, de enseñar continua y cuidadosamente a los pueblos confiados a vosotros los venerables misterios, la doctrina, los preceptos y la disciplina de nuestra augusta religión.
Hacedlo especialmente mediante los párrocos y otros eclesiásticos recomendables por la integridad de vida, la gravedad de sus costumbres y una doctrina sana y sólida.
Conocéis perfectamente que una parte muy grande de los males suele nacer de la ignorancia de las cosas divinas necesarias para la salvación.
Comprendéis, por eso, que debe aplicarse todo cuidado y esfuerzo para apartar de los pueblos semejante mal.
17. Alabanza del clero fiel
Antes de concluir esta carta, no podemos dejar de tributar las merecidas alabanzas al clero de Italia.
En su inmensa mayoría, permanece unido de corazón a Nos, a esta Cátedra de Pedro y a sus propios obispos.
No se ha apartado del camino recto.
Siguiendo los ilustres ejemplos de sus obispos y soportando con enorme paciencia las adversidades más duras, cumple excelentemente su ministerio.
Confiamos firmemente en que este clero, asistido por la gracia divina, procurará caminar de manera digna de la vocación a la cual ha sido llamado y ofrecer siempre ejemplos más espléndidos de piedad y virtud.
18. Alabanza de las vírgenes consagradas
Tributamos también las debidas alabanzas a tantas vírgenes consagradas a Dios.
Aunque fueron expulsadas violentamente de sus monasterios, despojadas de sus rentas y reducidas a la pobreza, no quebrantaron la fidelidad prometida a su Esposo.
Soportan con completa constancia su tristísima condición.
No dejan de elevar día y noche sus manos en oración, suplicando a Dios por la salvación de todos, incluso por la de sus perseguidores, y esperando pacientemente la misericordia del Señor.
19. Alabanza de los pueblos católicos de Italia
Nos alegramos también de honrar con merecidas alabanzas a los pueblos de Italia.
Animados por elevados sentimientos católicos, detestan las numerosas maquinaciones impías contra la Iglesia.
Se glorían de profesar hacia Nos, hacia esta Santa Sede y hacia sus propios obispos una piedad, veneración y obediencia filiales.
Aunque se encuentran impedidos por dificultades y peligros gravísimos, no dejan de manifestar diariamente y de todos los modos posibles su singular amor y devoción hacia Nos.
Tampoco dejan de aliviar las enormes necesidades de Nos y de esta Sede Apostólica mediante colectas y otras ofrendas.
20. Cristo es nuestra fortaleza
En medio de tantas amarguras y de una tempestad tan grande levantada contra la Iglesia, no perdamos nunca el ánimo, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos.
«Cristo es nuestro consejo y nuestra fortaleza. Sin Él nada podemos, pero por medio de Él podemos todas las cosas.
Él, confirmando a los predicadores del Evangelio y a los ministros de los sacramentos, dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”».14
Sabemos con certeza que las puertas del infierno nunca prevalecerán contra la Iglesia.
Ella siempre ha permanecido y permanecerá inmóvil, custodiada y defendida por Cristo Jesús Nuestro Señor, quien la edificó y es el mismo ayer, hoy y por los siglos.15
21. Oración por la libertad y el triunfo de la Iglesia
No dejemos, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, de elevar día y noche a Dios, por medio de Jesucristo, oraciones y súplicas cada vez más fervientes, con humildad de corazón.
Pidámosle que aparte esta tempestad tan violenta.
Que su santa Iglesia pueda respirar después de tantas calamidades y disfrutar en todas partes de la paz y libertad tan deseadas.
Que alcance nuevos y más espléndidos triunfos sobre sus enemigos.
Que todos los que se encuentran en el error, iluminados por la luz de la gracia divina, regresen del camino del error al sendero de la verdad y de la justicia.
Que produzcan frutos dignos de penitencia y conserven perpetuamente el amor y el temor de su santo nombre.
22. Invocación a María y a los santos
Para que Dios, rico en misericordia, atienda más fácilmente Nuestras fervientes oraciones, invoquemos el poderosísimo patrocinio de la Inmaculada y Santísima Virgen María, Madre de Dios.
Pidamos también la intercesión de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los bienaventurados del cielo.
Que, mediante sus poderosas súplicas ante Dios, alcancen para todos misericordia y gracia en el auxilio oportuno.
Que aparten poderosamente todas las calamidades y peligros que afligen a la Iglesia en todas partes, y especialmente en Italia.
23. Bendición Apostólica
Finalmente, como prenda segurísima de Nuestra singular benevolencia hacia vosotros, impartimos amorosamente, desde lo más profundo del corazón, la Bendición Apostólica.
La concedemos a vosotros, amados hijos Nuestros y Venerables Hermanos, y a la grey confiada a vuestro cuidado.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 10 de agosto del año 1863, decimoctavo de Nuestro Pontificado.
Pío Papa IX
NOTAS
(1) San León Magno, carta 154 a los obispos de Egipto, edición de los hermanos Ballerini.
(2) San León Magno, sermón sobre la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
(3) Pío IX remite a sus alocuciones consistoriales de 20 de junio y 26 de septiembre de 1859; 13 de julio, 28 de septiembre y 17 de diciembre de 1860; 18 de marzo y 30 de septiembre de 1861, y 9 de junio de 1862. Remite también a la encíclica Qui nuper, del 18 de junio de 1859; a la encíclica Nullis certe verbis, del 19 de enero de 1860, y a la carta apostólica Cum Catholica Ecclesia, del 26 de marzo de 1860.
(4) Concilio de Calcedonia, relación dirigida al papa san León Magno.
(5) Mateo 18, 17.
(6) Marcos 16, 16.
(7) Juan 3, 18.
(8) Lucas 11, 23.
(9) Tito 3, 11.
(10) Segunda carta de san Pedro 2, 1.
(11) Mateo 16, 26.
(12) Primera carta a Timoteo 6, 9-10.
(13) San Gregorio Magno, homilía 17 sobre los Evangelios.
(14) San León Magno, carta 167 a Rústico, obispo de Narbona.
(15) Hebreos 13, 8.
Fuente histórica principal: Pii IX Pontificis Maximi Acta, parte primera, volumen III: Acta exhibens quae ad Ecclesiam universam spectant, Roma, Tipografía de las Bellas Artes, 1867, pp. 609-621.


