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Enciclíca Quas Primas

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 18 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Autoridad politica, Pío XI, Realeza de Cristo, Secularismo

40 Minutos de lectura
Retrato del Papa Pío XI

Fecha de publicación: 11 de diciembre de 1925

Autor: Su santidad Pío XI

Breve resumen: Sobre la realeza universal de Jesucristo y la institución de la fiesta de Cristo Rey. Pío XI enseña que Cristo posee potestad legislativa, judicial y ejecutiva sobre todos los hombres, y también sobre las sociedades y los gobernantes. Presenta el reconocimiento público de su soberanía como remedio contra el laicismo, la desobediencia, la discordia y la pérdida de la paz. Finalmente, instituye la fiesta litúrgica de Cristo Rey y explica sus frutos para la Iglesia, las naciones, las familias y cada fiel.

Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Quas primas ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Apostolicae Sedis, volumen XVII, Roma, 1925, páginas 593-610, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.


A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios de los lugares que tienen paz y comunión con la Sede Apostólica, sobre la institución de la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey.

Pío XI, papa. Venerables Hermanos y amados hijos: salud y bendición apostólica.

1. La paz de Cristo en el Reino de Cristo

En la primera encíclica que dirigimos a todos los obispos después del comienzo de Nuestro pontificado, recordamos haber manifestado claramente las causas principales de las calamidades que afligían y oprimían al género humano.

Afirmamos entonces que semejante acumulación de males había invadido el mundo porque la mayoría de los hombres había apartado a Jesucristo y su santísima ley de su vida y de sus costumbres, de la familia y de la sociedad civil.

También declaramos que nunca podría aparecer una esperanza cierta de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negaran y rechazaran la soberanía de Nuestro Salvador.

Por eso, así como advertimos que la paz de Cristo debía buscarse en el Reino de Cristo, anunciamos que trabajaríamos en esta tarea cuanto Nos fuera posible.

Dijimos «en el Reino de Cristo» porque Nos parecía que no existía un medio más eficaz para restaurar y consolidar la paz que restablecer el imperio de Nuestro Señor.

2. Señales de un retorno hacia Cristo

Desde entonces, Nos infundieron una esperanza no pequeña de tiempos mejores las manifestaciones de los pueblos hacia Cristo y hacia su Iglesia, única que procura la salvación.

En algunos lugares, esas manifestaciones comenzaban a aparecer; en otros, adquirían un vigor mucho mayor.

De este modo parecía que muchos de aquellos que, despreciando la soberanía del Redentor, se habían hecho como extraños a su Reino, comenzaban felizmente a prepararse para volver a sus deberes de obediencia.

Todo cuanto sucedió o fue realizado durante el Año Santo merece ser conservado en perpetua memoria.

¿Acaso no aumentó con ello el honor y la gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey supremo?

La Exposición Misional impresionó profundamente las inteligencias y los corazones.

Mostró el trabajo continuo de la Iglesia para extender cada día más el Reino de su Esposo por todas las tierras y las islas, incluso las más alejadas a través del océano.

Puso también de manifiesto el gran número de regiones conquistadas para el nombre católico por misioneros valerosos e invencibles, mediante sudores y sangre, y la inmensidad de territorios que todavía deben someterse al dominio saludable y benigno de Nuestro Rey.

Todos aquellos que durante el Año Santo acudieron a Roma desde las distintas regiones, guiados por sus obispos o sacerdotes, ¿qué otro propósito tenían sino, después de purificar debidamente sus almas, proclamar ante los sepulcros de los Apóstoles y en Nuestra presencia que estaban y permanecerían bajo el imperio de Cristo?

Este Reino de Nuestro Salvador pareció resplandecer con una luz nueva cuando Nos decretamos los honores de los santos a seis confesores y vírgenes, después de ser reconocida la excelencia de sus virtudes.

¡Cuánta alegría y cuánto consuelo inundaron Nuestro ánimo cuando, en la majestad de la Basílica de San Pedro, después de pronunciar Nos las sentencias solemnes, una multitud inmensa de fieles exclamó en acción de gracias: «Tú eres el Rey de la gloria, Cristo»!

3. La Iglesia engendra ciudadanos para el Reino eterno

Mientras los hombres y las naciones alejados de Dios son arrastrados hacia la ruina por el fuego de las envidias y por las luchas interiores, la Iglesia de Dios continúa ofreciendo al género humano el alimento de la vida espiritual.

Engendra y forma continuamente para Cristo generaciones santísimas de hombres y mujeres.

A quienes tuvo como súbditos fidelísimos y obedientes en su Reino terrenal, Cristo no deja de llamarlos a la felicidad eterna del Reino celestial.

Durante el gran Jubileo se cumplió también el decimosexto centenario del Concilio de Nicea.

Mandamos celebrar aquel acontecimiento y Nos mismo lo conmemoramos en la Basílica Vaticana con especial alegría, porque aquel Concilio definió y propuso a la fe católica la consustancialidad del Hijo unigénito con el Padre.

Al introducir en el Símbolo de la fe las palabras «y su Reino no tendrá fin», afirmó también la dignidad real de Cristo.

4. Propósito de instituir una fiesta de Cristo Rey

Puesto que este Año Santo ofreció tantas ocasiones para ilustrar el Reino de Cristo, creemos realizar una obra especialmente conforme con Nuestro ministerio apostólico si, accediendo a las súplicas que numerosos cardenales, obispos y fieles Nos han presentado, individual o colectivamente, concluimos este año introduciendo en la liturgia eclesiástica una fiesta particular de Nuestro Señor Jesucristo Rey.

Este asunto Nos llena de tal alegría que deseamos hablaros acerca de él, Venerables Hermanos.

Después corresponderá a vosotros adaptar a la comprensión y al sentir del pueblo cuanto digamos acerca del culto a Cristo Rey, para que la celebración anual produzca abundantes frutos ahora y en el futuro.

5. Cristo es Rey en sentido verdadero y propio

Desde hace mucho tiempo es costumbre llamar Rey a Cristo en sentido figurado, a causa del grado supremo de excelencia por el cual supera y sobresale entre todas las cosas creadas.

Así decimos que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por la agudeza de su entendimiento y la amplitud de su ciencia, sino porque Él es la Verdad y porque los hombres deben recibir de Él la verdad y aceptarla obedientemente.

Decimos también que reina en las voluntades, porque en Él la voluntad humana responde perfectamente a la santidad de la voluntad divina y se somete enteramente a ella.

Además, mediante su inspiración y su impulso, somete nuestra voluntad libre, encendiéndonos en el deseo de las obras más nobles.

Finalmente, Cristo es reconocido como Rey de los corazones por su caridad, que supera todo conocimiento,1 y por la mansedumbre y benignidad con que atrae las almas.

Nunca ha sucedido ni sucederá que un hombre sea amado por toda la humanidad tanto como Jesucristo.

Pero, entrando más profundamente en la cuestión, todos deben reconocer que el nombre y la potestad de Rey pertenecen a Cristo hombre en sentido propio.

Solo en cuanto hombre puede decirse que recibió del Padre potestad, honor y Reino;2 porque el Verbo de Dios, que posee la misma sustancia del Padre, tiene necesariamente todas las cosas en común con Él y, por consiguiente, el imperio supremo y absoluto sobre todas las criaturas.

6. La realeza de Cristo anunciada en el Antiguo Testamento

¿Acaso no leemos por todas partes en las Sagradas Escrituras que Cristo es Rey?

Es llamado el dominador que surgirá de Jacob;3 aquel a quien el Padre constituyó Rey sobre Sion, su monte santo, y a quien entregará las naciones como herencia y los confines de la tierra como posesión.4

El canto nupcial que, bajo la figura de un rey riquísimo y poderosísimo, celebraba al verdadero Rey de Israel que debía venir, contiene estas palabras:

«Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; cetro de rectitud es el cetro de tu Reino».5

Omitiendo otros testimonios semejantes, en otro lugar se anuncia que su Reino, no limitado por frontera alguna, será enriquecido con los dones de la justicia y de la paz:

«En sus días florecerá la justicia y una paz abundante. Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra».6

A estos testimonios se añaden los oráculos todavía más abundantes de los profetas, especialmente el conocido pasaje de Isaías:

«Un niño nos ha nacido y un hijo nos ha sido dado; el principado descansa sobre sus hombros, y será llamado Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre del siglo futuro, Príncipe de la paz.

Su imperio se multiplicará y la paz no tendrá fin. Se sentará sobre el trono de David y sobre su Reino, para establecerlo y fortalecerlo mediante el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre».7

Los demás profetas no anuncian algo diferente.

Jeremías predice un retoño justo surgido del linaje de David: un hijo de David que «reinará como Rey, será sabio y ejercerá el derecho y la justicia en la tierra».8

Daniel anuncia un Reino establecido por el Dios del cielo, que «jamás será destruido» y «permanecerá eternamente».9

Poco después añade:

«Contemplaba en la visión nocturna, y he aquí que venía sobre las nubes del cielo uno semejante a un hijo de hombre. Llegó hasta el Anciano de días y fue presentado ante Él.

Le fueron entregados el poder, el honor y el Reino, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán. Su poder es eterno y no le será quitado; su Reino no será destruido».10

Los evangelistas reconocieron el cumplimiento de la profecía de Zacarías acerca del Rey manso, justo y salvador, que entraría en Jerusalén montado sobre una asna y sobre su pollino, mientras las multitudes lo aclamaban.11

7. La realeza de Cristo en el Nuevo Testamento

La doctrina sobre Cristo Rey, apenas esbozada en los libros del Antiguo Testamento, no desaparece en las páginas del Nuevo, sino que queda confirmada de manera magnífica y espléndida.

El Arcángel anunció a la Virgen que daría a luz un Hijo a quien «el Señor Dios entregará el trono de David, su padre; reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin».12

Cristo mismo dio testimonio de su soberanía.

En su último discurso al pueblo habló de los premios y castigos eternos que Él, como Rey, impondrá a los justos y a los culpables.13

Ante el gobernador romano, que públicamente le preguntó si era Rey, afirmó claramente que lo era.14

Después de su resurrección, cuando confió a los Apóstoles la misión de enseñar y bautizar a todas las naciones, declaró solemnemente: «Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra».15

Estas palabras manifiestan la grandeza de su poder y la infinitud de su Reino.

No debe sorprender, por tanto, que san Juan lo llame «Príncipe de los reyes de la tierra»,16 ni que en la visión profética aparezca llevando escrito en su vestidura y en su muslo: «Rey de reyes y Señor de señores».17

El Padre constituyó a Cristo heredero de todas las cosas.18

Él debe reinar hasta que, al final del mundo, coloque a todos sus enemigos bajo los pies de Dios Padre.19

8. La liturgia proclama continuamente a Cristo Rey

De esta doctrina común de las Sagradas Escrituras debía seguirse necesariamente que la Iglesia católica, Reino de Cristo en la tierra destinado a extenderse entre todos los hombres y por todas las regiones, saludara y venerara a su Autor y Fundador como Rey, Señor y Rey de reyes a lo largo del ciclo anual de la sagrada liturgia.

La Iglesia utilizó estas expresiones de honor, que proclaman una misma verdad mediante una admirable variedad de palabras, tanto en la antigua salmodia como en los antiguos sacramentarios.

Las continúa empleando actualmente en las oraciones públicas ofrecidas cada día a la majestad divina y en la inmolación de la Hostia inmaculada.

En esta alabanza perpetua de Cristo Rey se descubre una admirable armonía entre nuestros ritos y los ritos orientales.

También aquí se cumple el principio: la ley de la oración establece la ley de la fe.

9. Fundamento de la soberanía de Cristo

San Cirilo de Alejandría explicó adecuadamente el fundamento sobre el cual descansan la dignidad y la potestad de Nuestro Señor:

«Posee, para decirlo en una palabra, el dominio sobre todas las criaturas, no porque lo haya arrebatado por la fuerza ni porque le haya sido concedido desde fuera, sino por su propia esencia y naturaleza».20

Su soberanía se funda en aquella unión admirable llamada hipostática.

Por ello Cristo no solo debe ser adorado como Dios por los ángeles y los hombres, sino que, también como hombre, los ángeles y los hombres deben obedecer y someterse a su autoridad.

En virtud de la sola unión hipostática, Cristo posee potestad sobre todas las criaturas.

Pero hay algo todavía más dulce y consolador: Cristo tiene derecho a gobernarnos no solamente por naturaleza, sino también por un derecho adquirido, el de la Redención.

¡Ojalá todos los hombres, tan propensos al olvido, recordaran cuánto costaron a Nuestro Salvador!

«No habéis sido rescatados con oro o plata, bienes corruptibles, sino con la Sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero inmaculado y sin mancha».21

Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, porque Cristo nos compró «a gran precio».22

Nuestros mismos cuerpos son miembros de Cristo.23

10. Potestad legislativa, judicial y ejecutiva

Para explicar brevemente la fuerza y la naturaleza de esta soberanía, apenas es necesario decir que contiene una triple potestad, sin la cual difícilmente puede concebirse un verdadero principado.

Los testimonios de las Sagradas Escrituras acerca del imperio universal de Nuestro Redentor lo demuestran ampliamente.

Debe creerse con fe católica que Jesucristo fue dado a los hombres no solamente como Redentor, en quien deben confiar, sino también como Legislador, a quien deben obedecer.24

Los Evangelios no se limitan a referir que Cristo promulgó leyes, sino que lo presentan en el acto mismo de legislar.

Quienes observen sus mandamientos demostrarán con ello su amor al divino Maestro y permanecerán en su amor.25

Jesús declaró también que el Padre le había entregado la potestad judicial, cuando los judíos lo acusaban de haber violado el descanso sabático al curar milagrosamente a un enfermo:

«El Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo juicio al Hijo».26

En esta potestad se incluye necesariamente el derecho de conceder premios y castigos a los hombres, aun durante su vida, porque esa función no puede separarse del juicio.

A Cristo debe atribuirse, además, la potestad ejecutiva.

Todos deben obedecer su mandato, y a los rebeldes se les anuncia la imposición de castigos que nadie podrá evitar.

11. Carácter espiritual del Reino de Cristo

Sin embargo, este Reino es principalmente espiritual y se refiere a las realidades espirituales.

Lo demuestran claramente las palabras de la Biblia que hemos citado y la propia conducta de Cristo Nuestro Señor.

En varias ocasiones, los judíos e incluso los mismos Apóstoles creyeron equivocadamente que el Mesías liberaría al pueblo y restauraría el reino de Israel.

Cristo rechazó y destruyó aquella esperanza vana.

Cuando la multitud admirada quiso proclamarlo Rey, huyó y se ocultó, rechazando el nombre y el honor.

Ante el gobernador romano declaró que su Reino no era de este mundo.

Los Evangelios presentan este Reino como una realidad en la cual los hombres se preparan para entrar mediante la penitencia.

Nadie puede entrar sino por la fe y el bautismo, que, aunque se realiza mediante un rito exterior, significa y produce una regeneración interior.

Este Reino se opone únicamente al reino de Satanás y al poder de las tinieblas.

Exige de sus seguidores que, desprendidos de las riquezas y los bienes terrenos, practiquen la mansedumbre, tengan hambre y sed de justicia, se nieguen a sí mismos y carguen con su cruz.

Cristo adquirió la Iglesia con su Sangre como Redentor, y como Sacerdote se ofreció y continúa ofreciéndose perpetuamente como víctima por los pecados.

Por eso, su potestad real participa de la naturaleza de su misión redentora y sacerdotal.

12. La soberanía de Cristo alcanza también las realidades temporales

Se equivocaría gravemente quien negara a Cristo hombre la autoridad sobre cualquier realidad civil.

Él recibió del Padre un derecho absoluto sobre todas las criaturas, de tal manera que todas las cosas están sometidas a su voluntad.

Sin embargo, mientras vivió en la tierra se abstuvo por completo de ejercer este dominio temporal.

Así como entonces despreció la posesión y la administración de los bienes humanos y los dejó a sus poseedores, también hoy los deja en sus manos.

Esto se expresa bellamente en aquellas palabras litúrgicas:

«No arrebata los reinos terrenos quien concede los celestiales».27

13. Cristo reina sobre todos los hombres y las sociedades

La soberanía de Nuestro Redentor comprende a todos los hombres.

Hacemos Nuestras con gusto las palabras de Nuestro Predecesor León XIII, de inmortal memoria:

«Su imperio no se extiende solamente sobre las naciones católicas, ni únicamente sobre quienes, purificados por el santo bautismo, pertenecen jurídicamente a la Iglesia, aunque el error los aparte o el cisma los separe de la caridad.

Comprende también a cuantos no poseen la fe cristiana, de tal modo que todo el género humano se encuentra verdaderamente bajo la potestad de Jesucristo».28

En esta materia no existe diferencia entre los individuos, las familias y los Estados.

Los hombres unidos en sociedad no se encuentran menos bajo la potestad de Cristo que cada persona particular.

Él es la fuente de la salvación privada y pública:

«No hay salvación en ningún otro, ni existe bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual debamos salvarnos».29

Él es también el autor de la verdadera prosperidad y felicidad tanto para cada ciudadano como para el Estado.

«La ciudad no puede ser feliz por una causa distinta de aquella por la que es feliz el hombre, pues la ciudad no es otra cosa que una multitud concorde de hombres».30

Los gobernantes de las naciones no deben negarse, por tanto, a rendir personalmente y junto con sus pueblos el deber público de reverencia y obediencia al imperio de Cristo, si desean conservar intacta su autoridad y promover la prosperidad de la patria.

14. La autoridad se debilita cuando se aparta de Dios

Lo que escribimos al comienzo de Nuestro pontificado acerca de la disminución de la autoridad del derecho y del respeto hacia el poder sigue siendo plenamente adecuado a los tiempos presentes.

«Al ser apartados Dios y Jesucristo de las leyes y de la sociedad, y al considerarse que la autoridad ya no procede de Dios sino de los hombres, fueron destruidos los mismos fundamentos de la autoridad.

Desapareció la causa principal por la cual unos poseen el derecho de mandar y otros tienen el deber de obedecer.

De aquí se siguió necesariamente la conmoción de toda la sociedad humana, privada ya de un fundamento y una defensa sólidos».31

Cuando los hombres reconozcan la potestad real de Cristo, tanto en la vida privada como en la pública, toda la sociedad recibirá necesariamente beneficios extraordinarios: una libertad justa, la disciplina y la tranquilidad, la concordia y la paz.

La dignidad real de Nuestro Señor reviste de un carácter religioso la autoridad de los príncipes y gobernantes, y ennoblece los deberes y la obediencia de los ciudadanos.

Por eso el apóstol san Pablo, aunque mandó a las esposas y a los siervos que respetaran a Cristo en sus esposos y señores, les advirtió que no obedecieran como a simples hombres, sino porque representaban a Cristo.

No sería digno que hombres redimidos por Cristo sirvieran servilmente a otros hombres:

«Habéis sido comprados a gran precio; no os hagáis esclavos de los hombres».32

Cuando los príncipes y magistrados legítimamente elegidos comprendan que gobiernan no tanto por un derecho propio cuanto por mandato y en representación del Rey divino, todos podrán ver con qué santidad y sabiduría ejercerán su autoridad.

Al promulgar y aplicar las leyes, atenderán al bien común y a la dignidad humana de sus subordinados.

Así florecerá y permanecerá la tranquilidad del orden, eliminada toda causa de sedición.

Aunque el ciudadano vea en el príncipe y en los demás gobernantes a hombres iguales a él por naturaleza, o incluso indignos y censurables por alguna causa, no rechazará por ello su autoridad cuando reconozca en ellos la imagen y la autoridad de Cristo, Dios y hombre.

15. El Reino de Cristo y la verdadera paz

Respecto de la concordia y de la paz, resulta evidente que, cuanto más se extienda el Reino de Cristo y abarque realmente a todo el género humano, tanto más conscientes serán los hombres de la comunión que los une.

Esta conciencia impedirá muchas luchas y suavizará y disminuirá la violencia de las restantes.

¿Por qué habríamos de desesperar de alcanzar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, si el Reino de Cristo llegara a comprender realmente a todos, como los comprende por derecho?

Él vino para reconciliar todas las cosas.

No vino para ser servido, sino para servir.

Aunque era Señor de todos, ofreció el ejemplo de la humildad y estableció su ley principal unida al mandamiento de la caridad.

Dijo, además: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».33

¡Qué felicidad podríamos disfrutar si las personas, las familias y los Estados se dejaran gobernar por Cristo!

Entonces, usando las palabras que Nuestro Predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos, «podrán sanar tantas heridas; todo derecho recobrará la esperanza de su antigua autoridad; volverán los ornamentos de la paz; caerán las espadas y las armas se escaparán de las manos, cuando todos acepten de buen grado el imperio de Cristo y lo obedezcan, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre».34

16. Eficacia educadora de las fiestas litúrgicas

Para que estos beneficios tan deseados sean recibidos con mayor abundancia y permanezcan más firmemente en la sociedad cristiana, es necesario difundir cuanto sea posible el conocimiento de la dignidad real de Nuestro Salvador.

Nada parece más útil para conseguirlo que establecer una fiesta propia y particular de Cristo Rey.

Las celebraciones anuales de los misterios sagrados poseen, para instruir al pueblo en las verdades de la fe y elevarlo hacia las alegrías de la vida interior, una eficacia mucho mayor que cualquier documento, aun gravísimo, del magisterio eclesiástico.

Los documentos suelen llegar a un número reducido de hombres instruidos, mientras las fiestas conmueven y enseñan a todos los fieles.

Los documentos hablan generalmente una sola vez; las fiestas hablan cada año y, por decirlo así, perpetuamente.

Los primeros afectan principalmente a la inteligencia; las segundas influyen saludablemente tanto en la inteligencia como en el corazón, es decir, en el hombre entero.

El ser humano está compuesto de alma y cuerpo.

Por eso debe ser conmovido y estimulado por las solemnidades exteriores de las fiestas, para que, mediante la variedad y belleza de los ritos sagrados, absorba más abundantemente las enseñanzas divinas.

Convertidas estas enseñanzas, por así decirlo, en su propia sangre y sustancia, podrá emplearlas para progresar en la vida espiritual.

17. Las fiestas como defensa de la fe

Los testimonios de la historia demuestran que estas celebraciones fueron introducidas sucesivamente a lo largo de los siglos cuando las necesidades o la utilidad del pueblo cristiano lo exigían.

Algunas fueron establecidas para fortalecer al pueblo ante un peligro común; otras, para defenderlo de los errores engañosos de las herejías; y otras, para moverlo a recordar con mayor devoción algún misterio de la fe o un beneficio de la bondad divina.

Desde los primeros siglos de la salvación, cuando los cristianos sufrían persecuciones cruelísimas, comenzó a celebrarse litúrgicamente la memoria de los mártires.

Como enseñaba san Agustín, las fiestas de los mártires debían ser exhortaciones al martirio.35

Los honores litúrgicos concedidos después a los confesores, vírgenes y viudas sirvieron admirablemente para estimular en los fieles la práctica de las virtudes necesarias incluso en tiempos de paz.

Las fiestas instituidas en honor de la Santísima Virgen consiguieron que el pueblo cristiano no solo venerara con mayor religiosidad a la Madre de Dios y poderosísima Protectora, sino que amara con mayor ardor a la Madre que el Redentor le dejó como testamento.

Entre los beneficios producidos por el culto público y legítimo de la Madre de Dios y de los santos debe contarse también que la Iglesia ha rechazado victoriosamente en todos los tiempos la peste de las herejías y de los errores.

Admiramos en esto el designio de la divina Providencia, que acostumbra obtener el bien incluso del mal.

Dios permitió algunas veces que disminuyeran la fe y la piedad del pueblo, o que doctrinas falsas atacaran la verdad católica.

El resultado fue que la verdad resplandeció con una nueva luz y que la piedad, despertada de su letargo, avanzó hacia obras mayores y más santas.

Un origen semejante tuvieron, y frutos semejantes produjeron, las solemnidades introducidas en tiempos más recientes en el ciclo litúrgico anual.

Cuando disminuyeron la reverencia y el culto hacia el augusto Sacramento, se instituyó la fiesta del Corpus Christi.

Su celebración, mediante ceremonias solemnes y procesiones prolongadas durante la octava, volvió a convocar a los pueblos para adorar públicamente al Señor.

La fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando los corazones, debilitados y abatidos por la tristeza y la severidad sombría de los jansenistas, se habían enfriado completamente y se alejaban del amor de Dios y de la confianza en la salvación.

18. El laicismo, peste de nuestra época

Al ordenar que Cristo Rey sea venerado por todo el mundo católico, atenderemos a las necesidades de nuestro tiempo y aplicaremos un remedio especial contra la peste que ha infectado a la sociedad humana.

Nos referimos al llamado laicismo, con sus errores y criminales intentos.

Sabéis, Venerables Hermanos, que este mal no alcanzó su madurez en un solo día, sino que permanecía oculto desde hacía mucho tiempo en el interior de las sociedades.

Comenzó negándose el imperio de Cristo sobre todas las naciones.

Se negó también el derecho de la Iglesia, nacido del mismo derecho de Cristo, a enseñar al género humano, promulgar leyes, gobernar a los pueblos y conducirlos hacia la felicidad eterna.

Después, la religión de Cristo fue equiparada gradualmente a las religiones falsas y colocada indecorosamente en el mismo nivel.

Más tarde fue sometida al poder civil y entregada casi enteramente al arbitrio de los príncipes y gobernantes.

Algunos avanzaron todavía más y pensaron que la religión divina debía ser sustituida por una religión natural y por un simple sentimiento natural del alma.

No faltaron Estados que consideraron que podían prescindir de Dios y que debían hacer consistir su religión en la impiedad y en el abandono de Dios.

En Nuestra encíclica Ubi arcano lamentamos los amarguísimos frutos que produjo con tanta frecuencia y durante tanto tiempo esta defección de Cristo por parte de los individuos y de los Estados.

Hoy volvemos a lamentarlos: las semillas de discordia sembradas por todas partes; las llamas de odio y las rivalidades entre los pueblos, que retrasan todavía la reconciliación de la paz; el desenfreno de las ambiciones, frecuentemente ocultas bajo la apariencia del bien público y del amor a la patria; las divisiones civiles y aquel amor propio ciego y desmesurado que mide todas las cosas únicamente por los intereses y ventajas personales.

De ahí proceden la destrucción de la paz familiar por el olvido y el abandono de los deberes, la debilitación de la unión y estabilidad de las familias y, finalmente, la conmoción y el peligro de ruina de toda la sociedad humana.

19. Deber de los católicos ante la apostasía pública

La celebración anual de la fiesta de Cristo Rey Nos inspira una gran esperanza de que la sociedad se apresure felizmente a regresar a Nuestro amantísimo Salvador.

Correspondería a los católicos acelerar este retorno mediante su actividad y sus obras.

Sin embargo, muchos no parecen ocupar en la vida social el puesto ni poseer la autoridad que corresponde a quienes llevan delante de sí la antorcha de la verdad.

Tal vez esta situación deba atribuirse a la lentitud o timidez de los buenos, que se abstienen de combatir o se oponen con demasiada debilidad.

De este modo, los adversarios de la Iglesia adquieren necesariamente mayor audacia y temeridad.

Pero cuando los fieles comprendan universalmente que deben militar con fortaleza y perseverancia bajo las banderas de Cristo Rey, se encenderán en el fuego del apostolado.

Se esforzarán por reconciliar con su Señor a las almas alejadas o ignorantes, y defenderán íntegramente sus derechos.

La celebración anual de la fiesta de Cristo Rey en todas las naciones servirá también para denunciar y reparar, en alguna medida, aquella defección pública producida por el laicismo con tan grave daño para la sociedad.

Cuanto más indignamente se silencie el dulcísimo nombre de Nuestro Redentor en las reuniones internacionales y en los parlamentos, tanto más alto deberá proclamarse, y con mayor amplitud deberán afirmarse los derechos de la dignidad y potestad real de Cristo.

20. Preparación histórica de la nueva solemnidad

Desde finales del siglo anterior se había preparado felizmente el camino para establecer esta fiesta.

Todos conocen la sabiduría y claridad con que el culto a Cristo Rey fue defendido mediante numerosos libros publicados en múltiples lenguas por toda la tierra.

La soberanía y el imperio de Cristo fueron reconocidos también mediante la piadosa costumbre de consagrar al Sacratísimo Corazón de Jesús innumerables familias.

No lo hicieron solamente las familias, sino también ciudades y naciones.

Por iniciativa y bajo la dirección de León XIII, todo el género humano fue consagrado solemnemente al divino Corazón al comenzar el Año Santo de 1900.

Tampoco debemos pasar en silencio la extraordinaria contribución de los frecuentes congresos eucarísticos de nuestra época a la afirmación solemne de la potestad real de Cristo sobre la sociedad humana.

En ellos, los pueblos de cada diócesis, región o nación, e incluso de todo el mundo, son convocados para venerar y adorar a Cristo Rey oculto bajo los velos eucarísticos.

Mediante discursos pronunciados en asambleas y templos, la adoración común del augusto Sacramento expuesto públicamente y magníficas procesiones, aclaman a Cristo como Rey que Dios les ha concedido.

Podría decirse con razón que el pueblo cristiano, movido por una inspiración divina, desea sacar de la soledad y, por así decirlo, del escondimiento de los templos a aquel Jesús que los impíos no quisieron recibir cuando vino a los suyos.

Quiere conducirlo triunfalmente por las calles de las ciudades y devolverle todos sus derechos reales.

21. Institución de la fiesta de Cristo Rey

El Año Santo, próximo ya a concluir, ofrece una oportunidad incomparable para realizar el propósito que hemos expuesto.

Dios, en su bondad, elevó las inteligencias y los corazones de los fieles hacia los bienes celestiales que superan toda comprensión.

Los enriqueció nuevamente con el don de su gracia o los confirmó en el camino recto mediante nuevos estímulos para aspirar a carismas mejores.

Tanto las numerosas peticiones que Nos fueron presentadas como los acontecimientos del gran Jubileo Nos permiten concluir que ha llegado por fin el día tan deseado por todos, en el cual proclamaremos que Cristo debe ser venerado como Rey de todo el género humano mediante una fiesta propia y particular.

Durante este año, como dijimos al comenzar, aquel Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos, fue glorificado mediante un nuevo ejército de sus soldados elevados a los honores celestiales.

También durante este año todos pudieron contemplar, mediante una exposición extraordinaria de obras y trabajos, las victorias conquistadas para Cristo por los predicadores del Evangelio en la extensión de su Reino.

Finalmente, durante este año conmemoramos solemnemente el Concilio de Nicea, que defendió la consustancialidad del Verbo encarnado con el Padre, fundamento de la soberanía de Cristo sobre todos los pueblos.

Por tanto, con Nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey.

Mandamos que sea celebrada cada año en toda la tierra el último domingo del mes de octubre, es decir, el domingo inmediatamente anterior a la solemnidad de Todos los Santos.

Ordenamos también que en ese mismo día se renueve anualmente la consagración del género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, que Nuestro Predecesor Pío X, de santa memoria, mandó repetir todos los años.

Solamente durante el presente año queremos que esta consagración se realice el día treinta y uno de este mes.

En ese día celebraremos personalmente la misa pontifical en honor de Cristo Rey y mandaremos que la consagración se realice en Nuestra presencia.

No creemos que exista una manera mejor ni más adecuada de concluir el Año Santo, ni de expresar más ampliamente a Cristo, Rey inmortal de los siglos, Nuestra gratitud y la de todo el mundo católico por los beneficios concedidos durante este tiempo sagrado a Nos, a la Iglesia universal y al nombre católico.

22. Razones litúrgicas de la celebración

No es necesario explicaros extensamente, Venerables Hermanos, por qué hemos decidido celebrar la fiesta de Cristo Rey separadamente de otras solemnidades en las cuales su dignidad real se encuentra también significada y honrada.

Basta observar que, aunque Cristo es el objeto material de todas las fiestas de Nuestro Señor, el objeto formal de cada una de ellas es distinto de la potestad y del nombre real de Cristo.

Hemos establecido la fiesta en domingo para que no solamente el clero honre al divino Rey mediante el sacrificio y el oficio litúrgico, sino también para que el pueblo, libre de sus ocupaciones ordinarias, pueda ofrecer a Cristo, con espíritu de santa alegría, un testimonio manifiesto de obediencia y sumisión.

El último domingo de octubre Nos pareció más apropiado que cualquier otro, porque con él casi se cierra el curso del año litúrgico.

Así, los misterios de la vida de Jesucristo conmemorados durante el año quedan coronados y completados por la solemnidad de Cristo Rey.

Antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se proclama y exalta la gloria de Aquel que triunfa en todos los santos y elegidos.

Será deber vuestro, Venerables Hermanos, disponer que antes de la celebración anual se pronuncien, en días determinados, sermones al pueblo en cada parroquia.

Los fieles deberán ser instruidos cuidadosamente acerca de la naturaleza, el significado y la importancia de la fiesta, para que ordenen su vida de una manera digna de quienes obedecen fiel y diligentemente al imperio del Rey divino.

23. Frutos para la libertad de la Iglesia

Al concluir estas letras, deseamos exponeros brevemente los frutos que esperamos del culto público a Cristo Rey para el bien de la Iglesia, de la sociedad civil y de cada fiel.

Los honores rendidos al principado de Nuestro Señor recordarán necesariamente a los hombres que la Iglesia fue constituida por Cristo como sociedad perfecta.

Por un derecho propio, al cual no puede renunciar, exige plena libertad e independencia frente al poder civil.

En el cumplimiento de la misión divina de enseñar, gobernar y conducir hacia la felicidad eterna a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, la Iglesia no puede depender de la voluntad ajena.

El Estado debe conceder una libertad semejante a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos.

Estas instituciones son poderosos auxiliares de los pastores de la Iglesia y trabajan intensamente para extender y consolidar el Reino de Cristo.

Mediante los votos religiosos combaten la triple concupiscencia del mundo.

Por la profesión de una vida más perfecta hacen que la santidad, señal que el divino Fundador quiso que distinguiera a la Iglesia, resplandezca continuamente y con brillo cada vez mayor ante los ojos de todos.

24. Deber público de las naciones hacia Cristo

La celebración anual de esta fiesta recordará también a los Estados que, al igual que los particulares, los magistrados y gobernantes están obligados a honrar públicamente a Cristo y obedecerle.

Los hará pensar en el juicio final, cuando Cristo castigará severamente las graves injurias recibidas al ser expulsado de la vida pública, o al ser despreciado, ignorado y abandonado.

Su dignidad real exige que toda la sociedad se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos.

Esto debe realizarse tanto en la elaboración de las leyes como en la administración de justicia y en la formación de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de las costumbres.

25. Cristo debe reinar en todo el hombre

Los fieles podrán obtener también una fuerza y una virtud admirables de la meditación de estas verdades, para formar sus almas según la auténtica vida cristiana.

Si a Cristo Nuestro Señor le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra; si los hombres, comprados con su preciosísima Sangre, están sometidos a su autoridad por un nuevo título; y si esta potestad abarca toda la naturaleza humana, se comprende claramente que no existe en nosotros facultad alguna que pueda quedar exenta de tan grande imperio.

Es necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre.

Esta debe asentir con perfecta sumisión, firmeza y constancia a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo.

Debe reinar en la voluntad, que ha de obedecer las leyes y mandamientos divinos.

Debe reinar en el corazón, para que, despreciando los afectos puramente naturales, ame a Dios sobre todas las cosas y permanezca unido únicamente a Él.

Debe reinar también en el cuerpo y en sus miembros.

Estos deben servir, como instrumentos o, según las palabras del apóstol san Pablo, como «armas de justicia para Dios»,36 a la santidad interior de las almas.

Si estas verdades son propuestas a los fieles para que las mediten y consideren profundamente, serán conducidos con mucha mayor facilidad hacia la perfección.

26. Exhortación final y Bendición Apostólica

Quiera Dios, Venerables Hermanos, que quienes se encuentran fuera del redil deseen y acepten, para su salvación, el suave yugo de Cristo.

Y que todos nosotros, a quienes la misericordia de Dios ha hecho miembros de su familia, llevemos ese yugo no con disgusto, sino con deseo, amor y santidad.

Que, ordenando nuestra vida conforme a las leyes del Reino divino, recibamos una abundantísima cosecha de buenos frutos.

Que Cristo nos reconozca como servidores buenos y fieles, y nos haga participar eternamente con Él de la felicidad y de la gloria en su Reino celestial.

Al aproximarse la fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, recibid este deseo y esta esperanza como testimonio de Nuestro amor paternal hacia vosotros.

Recibid también, como prenda de los dones divinos, la Bendición Apostólica que impartimos amorosamente a vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 11 de diciembre del Año Santo de 1925, cuarto de Nuestro Pontificado.

Pío Papa XI


NOTAS

(1) Efesios 3, 19.

(2) Daniel 7, 13-14.

(3) Números 24, 19.

(4) Salmo 2.

(5) Salmo 44 según la numeración de la Vulgata; Salmo 45 según la numeración hebrea moderna.

(6) Salmo 71 según la numeración de la Vulgata; Salmo 72 según la numeración moderna.

(7) Isaías 9, 6-7.

(8) Jeremías 23, 5.

(9) Daniel 2, 44.

(10) Daniel 7, 13-14.

(11) Zacarías 9, 9.

(12) Lucas 1, 32-33.

(13) Mateo 25, 31-40.

(14) Juan 18, 37.

(15) Mateo 28, 18.

(16) Apocalipsis 1, 5.

(17) Apocalipsis 19, 16.

(18) Hebreos 1, 1-2.

(19) Primera carta a los Corintios 15, 25.

(20) San Cirilo de Alejandría, comentario al Evangelio de san Lucas, libro X.

(21) Primera carta de san Pedro 1, 18-19.

(22) Primera carta a los Corintios 6, 20.

(23) Primera carta a los Corintios 6, 15.

(24) Concilio de Trento, sesión VI, canon 21.

(25) Juan 14, 15; 15, 10.

(26) Juan 5, 22.

(27) Himno Crudelis Herodes, oficio de la Epifanía.

(28) León XIII, encíclica Annum sacrum, 25 de mayo de 1899.

(29) Hechos de los Apóstoles 4, 12.

(30) San Agustín, carta a Macedonio, capítulo 3.

(31) Pío XI, encíclica Ubi arcano Dei consilio, 23 de diciembre de 1922.

(32) Primera carta a los Corintios 7, 23.

(33) Mateo 11, 30.

(34) León XIII, encíclica Annum sacrum, 25 de mayo de 1899.

(35) San Agustín, sermón 47 sobre los santos, según la numeración citada en la edición histórica.

(36) Romanos 6, 13.

Fuente histórica principal: Acta Apostolicae Sedis, volumen XVII, Roma, Tipografía Políglota Vaticana, 1925, pp. 593-610.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.