Fecha de publicación: 9 de noviembre de 1846
Autor: Su santidad Pío IX
Breve resumen: Sobre la fe y la religión ante los errores de la época. Pío IX defiende la armonía entre la fe y la razón, la realidad de la revelación divina y la autoridad de la Iglesia para interpretar auténticamente la palabra de Dios. Condena el racionalismo, el indiferentismo religioso, las sociedades secretas, la difusión indiscriminada de versiones bíblicas contrarias a las normas de la Iglesia, el comunismo y la libertad desenfrenada de pensamiento, palabra y publicación. Exhorta también a los obispos a custodiar la fe, formar dignamente al clero y proteger a los fieles.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Qui pluribus ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino conservado en la edición histórica de Pii IX Pontificis Maximi Acta, parte primera, publicada en Roma en 1854, páginas 4-18, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido una traducción moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
Carta encíclica dirigida a todos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos.
Pío IX, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Elevación al supremo pontificado
Durante muchos años, Venerables Hermanos, Nos esforzamos junto con vosotros por cumplir, según Nuestras fuerzas, el ministerio episcopal, lleno de trabajos y preocupaciones. Procurábamos alimentar la parte de la grey del Señor confiada a Nuestro cuidado en los montes de Israel, junto a sus corrientes y en sus fértiles pastos.
Pero, después de la muerte de Nuestro ilustre Predecesor Gregorio XVI, cuya memoria, cuyas acciones gloriosas y cuyos méritos, inscritos con letras de oro en los anales de la Iglesia, serán siempre admirados por la posteridad, fuimos elevados al supremo pontificado por un secreto designio de la divina Providencia.
Esto sucedió contra toda Nuestra previsión y pensamiento, y no sin una grandísima turbación y temor de Nuestro ánimo.
En efecto, si la carga del ministerio apostólico fue considerada siempre, con razón, sumamente grave y peligrosa, debe ser temida de manera especial en estos tiempos tan difíciles para la sociedad cristiana.
Conscientes de Nuestra debilidad y considerando los gravísimos deberes del supremo apostolado, especialmente en medio de tan grandes cambios, Nos habríamos entregado enteramente a la tristeza y a las lágrimas si no hubiéramos puesto toda Nuestra esperanza en Dios, Nuestro Salvador.
Él nunca abandona a quienes esperan en Él. Para manifestar la fuerza de su poder, se sirve con frecuencia de instrumentos débiles para gobernar a su Iglesia. Así todos conocen cada vez con mayor claridad que es Dios mismo quien gobierna y protege a la Iglesia mediante su admirable Providencia.
Nos sostiene también poderosamente el consuelo de teneros como compañeros y colaboradores en la salvación de las almas, Venerables Hermanos.
Llamados a compartir Nuestra solicitud, procuráis cumplir vuestro ministerio con todo cuidado y empeño, y combatir el buen combate.
2. Llamamiento a la vigilancia episcopal
Desde el momento en que fuimos colocados, aunque indignos, en esta sublime Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, recibimos, en la persona del bienaventurado Pedro, el gravísimo oficio confiado por el eterno Príncipe de los pastores.
Este oficio consiste en alimentar y gobernar no solo a los corderos, es decir, a todo el pueblo cristiano, sino también a las ovejas, esto es, a los obispos.
Por eso nada deseamos más vivamente que dirigirnos a todos vosotros con el más profundo afecto de caridad.
Apenas tomamos posesión del supremo pontificado en Nuestra Basílica de Letrán, según la costumbre establecida por Nuestros Predecesores, os enviamos sin demora estas letras.
Deseamos estimular vuestra eminente piedad para que, con mayor entusiasmo, vigilancia y esfuerzo, permanezcáis en vela durante la noche sobre la grey confiada a vuestro cuidado.
Combatid con fortaleza y constancia episcopal contra el detestable enemigo del género humano. Como buenos soldados de Cristo Jesús, levantad con firmeza una muralla para proteger la casa de Israel.
3. Guerra contra la Iglesia y la sociedad
Ninguno de vosotros ignora, Venerables Hermanos, que en esta época deplorable se ha desencadenado una guerra durísima y sumamente temible contra toda la sociedad católica.
La promueven hombres unidos entre sí mediante una alianza criminal. No soportan la sana doctrina y apartan sus oídos de la verdad. Extraen de las tinieblas toda clase de monstruos de opiniones, los engrandecen con todas sus fuerzas y procuran publicarlos y difundirlos entre el pueblo.
Nos estremecemos y somos consumidos por un dolor amarguísimo cuando consideramos todos aquellos monstruos de errores, y las diversas artes, asechanzas y maquinaciones empleadas para causar daño.
Estos enemigos de la verdad y de la luz, expertos artífices del engaño, intentan apagar en todos los corazones el amor a la piedad, a la justicia y a la honestidad.
Procuran corromper las costumbres, trastornar todos los derechos divinos y humanos, sacudir y debilitar la religión católica y la sociedad civil, y, si fuera posible, destruirlas completamente.
Conocéis, Venerables Hermanos, a estos encarnizados enemigos del nombre cristiano. Arrastrados miserablemente por el ímpetu ciego de una impiedad delirante, han llegado a tal temeridad que, abriendo su boca para blasfemar contra Dios,1 no se avergüenzan de enseñar pública y abiertamente doctrinas hasta ahora inauditas.
Afirman que los santísimos misterios de nuestra religión son ficciones e invenciones humanas. Sostienen que la doctrina de la Iglesia católica se opone al bien y a los intereses de la sociedad, e incluso se atreven a negar al mismo Cristo y a Dios.
Para engañar más fácilmente a los pueblos, seducir especialmente a los incautos y a los ignorantes, y arrastrarlos consigo hacia el error, fingen que solo ellos conocen los caminos de la prosperidad.
No dudan en atribuirse el nombre de filósofos, como si la filosofía, dedicada enteramente a investigar la verdad de la naturaleza, debiera rechazar aquello que Dios, supremo y clementísimo Autor de toda la naturaleza, se dignó manifestar a los hombres por singular beneficio y misericordia, para que alcanzaran la verdadera felicidad y la salvación.
4. Armonía entre la fe y la razón
Mediante un modo de argumentar completamente absurdo y engañoso, no dejan de invocar y exaltar la fuerza y la excelencia de la razón humana contra la santísima fe de Cristo.
Se atreven a proclamar que la fe se opone a la razón humana.
Nada más insensato, más impío ni más contrario a la misma razón puede imaginarse o concebirse.
Aunque la fe está por encima de la razón, nunca puede existir entre ambas una verdadera contradicción ni desacuerdo.
Las dos proceden de una misma fuente, Dios, Verdad inmutable y eterna. Se prestan ayuda mutuamente.
La recta razón demuestra, protege y defiende la verdad de la fe. La fe, a su vez, libra a la razón de todos los errores y la ilumina, fortalece y perfecciona admirablemente mediante el conocimiento de las realidades divinas.
Con no menor engaño, Venerables Hermanos, los enemigos de la revelación divina ensalzan con grandes alabanzas el progreso humano.
Mediante una audacia temeraria y sacrílega, quisieran introducirlo en la religión católica, como si la religión no fuera obra de Dios, sino de los hombres, o una invención filosófica susceptible de perfeccionarse por medios humanos.
A estos hombres, que deliran tan miserablemente, se aplica perfectamente el reproche que Tertuliano dirigía a los filósofos de su tiempo, quienes habían producido un cristianismo estoico, platónico y dialéctico.2
Nuestra santísima religión no fue inventada por la razón humana, sino revelada misericordiosamente por Dios a los hombres.
Por eso resulta fácil comprender que la religión recibe toda su fuerza de la autoridad del mismo Dios que habla. Nunca puede ser deducida ni perfeccionada por la razón humana.
Para no engañarse ni errar en un asunto de tan grande importancia, la razón humana debe investigar diligentemente el hecho de la revelación divina.
Una vez comprobado con certeza que Dios ha hablado, debe prestarle aquella obediencia conforme a la razón que tan sabiamente enseña el Apóstol.3
¿Quién puede ignorar que debemos conceder plena fe a Dios cuando habla?
Nada es más conforme con la razón que asentir firmemente a todo aquello que ha sido revelado por Dios, quien no puede engañarse ni engañarnos.
5. Pruebas de la revelación divina
Existen numerosos, admirables y espléndidos argumentos mediante los cuales la razón humana debe quedar plenamente convencida de que la religión de Cristo es divina.
Todo el principio y fundamento de nuestros dogmas ha recibido de lo alto su raíz del Señor de los cielos.4
Por eso nada existe más cierto, más seguro ni más santo que nuestra fe, ni nada se apoya sobre fundamentos más firmes.
Esta fe es maestra de la vida, guía de la salvación, expulsora de todos los vicios, madre fecunda y educadora de las virtudes.
Fue confirmada por el nacimiento, la vida, la muerte, la resurrección, la sabiduría, los prodigios y las profecías de su divino Autor y consumador, Cristo Jesús.
Resplandece por todas partes con la luz de la doctrina celestial y está enriquecida con los tesoros de las riquezas del cielo.
Se hizo ilustre y gloriosa por las predicciones de tantos profetas, el esplendor de tantos milagros, la constancia de tantos mártires y la gloria de tantos santos.
Promulgando las leyes salvadoras de Cristo, y adquiriendo cada día mayor fuerza en medio de las persecuciones más crueles, recorrió todo el mundo, por tierra y por mar, desde el nacimiento hasta la puesta del sol, bajo el único estandarte de la Cruz.
Derrotó el engaño de los ídolos, disipó las tinieblas de los errores y triunfó sobre enemigos de toda clase.
Iluminó con la luz del conocimiento divino a todos los pueblos, tribus y naciones, por más bárbaros que fueran y por muy diferentes que fueran su carácter, costumbres, leyes e instituciones.
Los sometió al suavísimo yugo de Cristo, anunciando a todos la paz y la buena nueva.
Todo esto resplandece con tal claridad de sabiduría y poder divinos que cualquier inteligencia puede comprender fácilmente que la fe cristiana es obra de Dios.
La razón humana, reconociendo por estos argumentos luminosos y firmísimos que Dios es el Autor de la fe, no puede avanzar más allá.
Debe desechar toda dificultad y toda duda, y prestar plena obediencia a esa fe, teniendo por cierto que Dios ha entregado todo cuanto la fe propone a los hombres para creer y practicar.
6. La autoridad viva e infalible de la Iglesia
De aquí aparece claramente el gran error de quienes abusan de la razón y consideran las palabras de Dios como si fueran una obra humana.
Se atreven a explicarlas e interpretarlas temerariamente según su propio juicio.
Dios mismo estableció una autoridad viva para enseñar y confirmar el sentido verdadero y legítimo de su revelación celestial, y para resolver con juicio infalible todas las controversias sobre la fe y las costumbres.
Así los fieles no son llevados de un lado a otro por cualquier viento de doctrina, mediante la malicia de los hombres y la astucia que conduce al error.
Esta autoridad viva e infalible se encuentra únicamente en la Iglesia edificada por Cristo sobre Pedro, cabeza, príncipe y pastor de toda la Iglesia, cuya fe prometió que nunca desfallecería.
La Iglesia posee siempre Pontífices legítimos, que proceden sin interrupción del mismo Pedro, ocupan su Cátedra y son herederos y defensores de su doctrina, dignidad, honor y potestad.
Donde está Pedro, allí está la Iglesia.5
Pedro habla por medio del Romano Pontífice.6 Vive siempre en sus sucesores y ejerce el juicio.7 Ofrece la verdad de la fe a quienes la buscan.8
Por eso las palabras divinas deben recibirse en el mismo sentido que sostuvo y sostiene esta Cátedra romana del bienaventurado Pedro.
Ella es madre y maestra de todas las iglesias.9 Conservó siempre íntegra e inviolada la fe entregada por Cristo, y la enseñó a los fieles, mostrando a todos el camino de la salvación y la doctrina de la verdad incorrupta.
Esta es la Iglesia principal, de la cual nació la unidad sacerdotal.10
Es la metrópoli de la piedad, en la cual se encuentra la integridad y la perfecta solidez de la religión cristiana.11
En ella floreció siempre el primado de la Cátedra Apostólica.12
A esta Iglesia, a causa de su principal autoridad, debe necesariamente acudir toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes.13
Quien no recoge con ella, dispersa.14
Nos, colocados por el inescrutable juicio de Dios en esta Cátedra de la verdad, exhortamos vivamente en el Señor vuestra eminente piedad, Venerables Hermanos.
Amonestad sin cesar a los fieles confiados a vuestro cuidado para que permanezcan firmemente unidos a estos principios.
No permitan ser engañados ni arrastrados al error por quienes, bajo el pretexto del progreso humano, procuran destruir la fe, someterla impíamente a la razón y trastornar el sentido de las palabras de Dios.
Con ello no temen inferir una gravísima injuria al mismo Dios, quien se dignó proveer misericordiosamente al bien y a la salvación de los hombres mediante su religión celestial.
7. Ataques contra la Santa Sede y sociedades secretas
Conocéis también, Venerables Hermanos, los demás monstruos de errores y engaños mediante los cuales los hijos de este siglo combaten con encarnizamiento la religión católica, la autoridad divina de la Iglesia y sus leyes.
Intentan pisotear los derechos tanto de la potestad sagrada como de la civil.
A este fin se dirigen las criminales maquinaciones contra esta Cátedra romana del bienaventurado Pedro, sobre la cual Cristo colocó el fundamento inexpugnable de su Iglesia.
Al mismo fin se dirigen aquellas sociedades secretas que salieron de las tinieblas para destruir y devastar tanto el orden religioso como el público.
Fueron condenadas repetidamente con anatema por los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, mediante sus letras apostólicas.15
Nos confirmamos esas condenas con la plenitud de Nuestra potestad apostólica y mandamos que sean observadas con toda diligencia.
8. Las sociedades bíblicas y la interpretación privada
A ese mismo propósito sirven las astutissimas sociedades bíblicas.
Renuevan el antiguo artificio de los herejes y no dejan de distribuir y ofrecer gratuitamente, con grandes gastos y en enorme cantidad, los libros de las divinas Escrituras a toda clase de personas, incluso a las menos instruidas.
Esos libros son traducidos a las lenguas populares contra las santísimas normas de la Iglesia y, con frecuencia, interpretados mediante explicaciones perversas.
Su propósito es que todos, rechazando la Tradición divina, la doctrina de los Padres y la autoridad de la Iglesia católica, interpreten las palabras del Señor según su juicio privado, alteren su sentido y caigan de este modo en gravísimos errores.
Gregorio XVI, de feliz memoria, Nuestro Predecesor, siguiendo el ejemplo de sus propios Predecesores, reprobó esas sociedades mediante sus letras apostólicas.16
Nos queremos igualmente que sean tenidas por condenadas.
9. Indiferentismo, comunismo y otros errores
A este conjunto de males pertenece el horrendo sistema de indiferencia respecto de cualquier religión, contrario incluso a la luz natural de la razón.
Mediante él, aquellos engañadores eliminan toda diferencia entre virtud y vicio, verdad y error, honestidad y deshonra.
Fingen que los hombres pueden alcanzar la salvación eterna practicando cualquier religión, como si pudiera existir alguna unión entre la justicia y la iniquidad, alguna sociedad entre la luz y las tinieblas, o algún acuerdo entre Cristo y Belial.
A este mismo fin se dirige la vergonzosa conspiración contra el sagrado celibato de los clérigos.
Lamentablemente, es favorecida incluso por algunos eclesiásticos que, olvidando miserablemente su propia dignidad, se dejan vencer y seducir por los halagos y atractivos de los placeres.
También pertenece a estos males el método perverso de enseñanza, especialmente en las disciplinas filosóficas.
Este método engaña y corrompe miserablemente a la juventud desprevenida, y le ofrece la hiel del dragón en la copa de Babilonia.
A ellos pertenece igualmente la infame doctrina llamada comunismo, sumamente contraria incluso al derecho natural.
Una vez admitida, destruiría completamente los derechos, los bienes, las propiedades de todos y la misma sociedad humana.
A ellos se dirigen también las tenebrosísimas asechanzas de quienes se presentan vestidos de ovejas, aunque interiormente son lobos rapaces.
Mediante una apariencia fingida y engañosa de piedad más pura, de virtud más severa y de disciplina más rigurosa, entran humildemente, cautivan con suavidad, atan poco a poco y matan en secreto.
Apartan a los hombres de toda práctica religiosa y sacrifican y despedazan a las ovejas del Señor.
Finalmente, sin mencionar otros males que conocéis perfectamente, está el contagio espantoso de tantos libros y folletos que vuelan por todas partes y enseñan a pecar.
Compuestos con habilidad, llenos de engaño y artificio, y difundidos con gastos inmensos por todas las regiones para destruir al pueblo cristiano, esparcen doctrinas pestilentes.
Corrompen especialmente las inteligencias y los corazones de los incautos, y causan gravísimos daños a la religión.
Como consecuencia de esta acumulación de errores que se extienden por todas partes, y de la licencia desenfrenada de pensar, hablar y escribir, las costumbres se han degradado.
La santísima religión de Cristo es despreciada. La majestad del culto divino es rechazada. La autoridad de esta Sede Apostólica es atacada.
La potestad de la Iglesia es combatida y reducida a una vergonzosa servidumbre. Los derechos de los obispos son pisoteados. La santidad del matrimonio es violada. El gobierno de toda autoridad queda debilitado.
Estos y muchos otros daños, tanto para la sociedad cristiana como para la civil, Nos obligan a llorar junto con vosotros, Venerables Hermanos.
10. Defensa de la fe y de la unidad católica
En medio de cambios tan grandes en la religión, en los acontecimientos y en los tiempos, y profundamente preocupados por la salvación de toda la grey del Señor confiada por Dios a Nuestro cuidado, nada dejaremos sin intentar para procurar con todas Nuestras fuerzas el bien de toda la familia cristiana.
Pero estimulamos también vivamente en el Señor vuestra ilustre piedad, virtud y prudencia, Venerables Hermanos.
Confiando en el auxilio celestial, defended sin temor, junto con Nos, la causa de Dios y de su santa Iglesia, de acuerdo con el lugar que ocupáis y la dignidad que habéis recibido.
Comprendéis que debéis combatir con valor, pues conocéis las numerosas heridas sufridas por la inmaculada Esposa de Cristo Jesús y la violencia con que es atacada por enemigos encarnizados.
Sabéis, ante todo, que corresponde a vuestro ministerio custodiar y defender la fe católica con fortaleza episcopal.
Vigilad cuidadosamente para que la grey confiada a vosotros permanezca estable e inmóvil en esta fe.
Quien no la conserve íntegra e inviolada perecerá, sin duda, eternamente.17
Aplicad, por tanto, toda vuestra solicitud pastoral a defender y conservar esta fe.
No dejéis nunca de instruir en ella a todos, confirmar a quienes vacilan, refutar a quienes contradicen y fortalecer a los débiles en la fe.
No disimuléis ni toleréis absolutamente nada que pueda manchar, aunque sea mínimamente, la pureza de esa misma fe.
Fomentad con igual firmeza en todos la unión con la Iglesia católica, fuera de la cual no hay salvación, y la obediencia a esta Cátedra de Pedro, sobre la cual descansa, como sobre un fundamento firmísimo, todo el edificio de nuestra santísima religión.
Procurad con la misma constancia que sean observadas las santísimas leyes de la Iglesia, mediante las cuales florecen especialmente la virtud, la religión y la piedad.
11. Descubrir los engaños y predicar el Evangelio
Es una gran obra de piedad descubrir los escondites de los impíos y combatir en ellos al mismo demonio, a quien sirven.18
Por eso os exhortamos encarecidamente a descubrir ante el pueblo fiel, con todo esfuerzo, las múltiples asechanzas, simulaciones, errores, engaños y maquinaciones de los enemigos.
Apartad cuidadosamente a los fieles de los libros pestilentes.
Exhortadlos sin cesar para que huyan de las sectas y sociedades de los impíos como de la presencia de una serpiente, y para que eviten cuidadosamente todo cuanto se opone a la integridad de la fe, de la religión y de las costumbres.
No dejéis nunca de predicar el Evangelio.
Que el pueblo cristiano, instruido cada día con mayor perfección en los santísimos preceptos de la ley cristiana, crezca en el conocimiento de Dios, se aparte del mal, practique el bien y camine por los caminos del Señor.
12. Mansedumbre pastoral, caridad y paz
Sabéis que desempeñáis una misión en nombre de Cristo.
Él se declaró manso y humilde de corazón. No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, y nos dejó ejemplo para que siguiéramos sus huellas.
Cuando encontréis personas que quebrantan los mandamientos del Señor y se apartan del camino de la verdad y de la justicia, no dejéis de corregirlas y reprenderlas con espíritu de dulzura y mansedumbre, mediante advertencias y consejos paternales.
Exhortad, reprended y enseñad con toda bondad, paciencia y doctrina.
Con frecuencia, para corregir a los hombres, consigue más la benevolencia que la severidad; más la exhortación que la amenaza; más la caridad que el poder.19
Procurad también con todas vuestras fuerzas, Venerables Hermanos, que los fieles practiquen la caridad, busquen la paz y cumplan diligentemente todo cuanto pertenece a la caridad y a la paz.
Extinguidas completamente todas las divisiones, enemistades, rivalidades y discordias, que todos se amen mutuamente.
Que sean perfectos en un mismo espíritu y en una misma manera de pensar, y que, unidos, sientan, digan y comprendan lo mismo en Cristo Jesús Nuestro Señor.
13. Obediencia a las autoridades legítimas
Procurad inculcar en el pueblo cristiano la obediencia y sujeción debidas a los príncipes y autoridades.
Enseñad, conforme a la advertencia del Apóstol, que no existe autoridad sino por Dios, y que quienes resisten a la autoridad resisten a la disposición de Dios y atraen sobre sí la condenación.20
Por tanto, nadie puede quebrantar sin pecado el mandato de obedecer a la autoridad, salvo cuando se ordene algo contrario a las leyes de Dios y de la Iglesia.
14. Santidad y adecuada selección del clero
Nada instruye más continuamente a los demás en la piedad y el culto de Dios que la vida y el ejemplo de quienes se han consagrado al ministerio divino.21
El pueblo suele ser, generalmente, como son los sacerdotes.
Por vuestra singular sabiduría comprendéis, Venerables Hermanos, que debéis trabajar con todo cuidado y empeño para que en el clero resplandezcan la gravedad de las costumbres, la integridad de vida, la santidad y la doctrina.
Que la disciplina eclesiástica sea observada con toda diligencia conforme a los sagrados cánones y, donde haya decaído, sea restaurada a su antiguo esplendor.
Como bien sabéis, debéis evitar cuidadosamente imponer las manos con precipitación sobre persona alguna, conforme al precepto del Apóstol.
Admitid a las órdenes sagradas y al ministerio de los santos misterios únicamente a quienes hayan sido examinados con exactitud y diligencia.
Deben estar adornados con todas las virtudes, ser recomendables por su sabiduría y poder servir de utilidad y honor a vuestras diócesis.
Apartándose de todo cuanto está prohibido a los clérigos, deben dedicarse a la lectura, la exhortación y la doctrina.
Que sean ejemplo de los fieles en la palabra, en la conducta, en la caridad, en la fe y en la castidad.22
De este modo inspirarán veneración a todos y formarán, estimularán y encenderán al pueblo en la práctica de la religión cristiana.
Como advertía sabiamente Nuestro Predecesor Benedicto XIV, de inmortal memoria, es mucho mejor tener menos ministros, pero virtuosos, idóneos y útiles, que tener muchos que no contribuyan a la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.23
Sabéis que debe investigarse con mayor diligencia la conducta y la ciencia de aquellos a quienes será confiado el cuidado y el gobierno de las almas.
Como fieles administradores de la multiforme gracia de Dios, deben alimentar y ayudar continuamente al pueblo mediante la administración de los sacramentos, la predicación de la palabra divina y el ejemplo de las buenas obras.
Deben instruirlo en todos los preceptos y enseñanzas de la religión, y conducirlo por el camino de la salvación.
15. Predicación de la palabra de Dios
Comprendéis que, cuando los párrocos ignoran o descuidan sus obligaciones, las costumbres de los pueblos se corrompen inmediatamente.
La disciplina cristiana se debilita, el culto religioso se enfría y queda destruido, y toda clase de vicios y corrupciones penetran fácilmente en la Iglesia.
La palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos.24 Fue instituida para la salvación de las almas.
Para impedir que resulte infructuosa por culpa de los ministros, no dejéis de inculcar y ordenar a los predicadores de la palabra divina que consideren atentamente la gravedad de su ministerio.
Deben ejercer el ministerio evangélico, no mediante palabras persuasivas de sabiduría humana, ni mediante el aparato profano y seductor de una elocuencia vana y ambiciosa, sino mediante la manifestación del espíritu y del poder.
Deben tratar rectamente la palabra de la verdad y predicar, no a sí mismos, sino a Cristo crucificado.
Anuncien claramente al pueblo, con un lenguaje grave y digno, los dogmas y preceptos de nuestra santísima religión, conforme a la doctrina de la Iglesia católica y de los Padres.
Expliquen con exactitud los deberes propios de cada persona, aparten a todos de los pecados y los enciendan en la piedad.
Así los fieles, instruidos y alimentados saludablemente con la palabra de Dios, evitarán todos los vicios, practicarán las virtudes y podrán escapar de las penas eternas y alcanzar la gloria celestial.
Amonestad y estimulad continuamente a todos los eclesiásticos para que consideren seriamente el ministerio recibido en el Señor y cumplan con diligencia todas las obligaciones de su oficio.
Que amen profundamente el decoro de la casa de Dios.
Que, con un profundo espíritu de piedad, perseveren sin interrupción en las súplicas y oraciones y reciten las horas canónicas conforme al precepto de la Iglesia.
Así podrán obtener para sí los auxilios divinos necesarios para cumplir los gravísimos deberes de su ministerio y hacer que Dios sea clemente y propicio con el pueblo cristiano.
16. Seminarios y ejercicios espirituales
No ignoráis, Venerables Hermanos, que los ministros idóneos de la Iglesia solo pueden proceder de clérigos excelentemente formados.
La recta educación recibida durante la juventud ejerce una poderosa influencia sobre todo el curso posterior de la vida.
Continuad, por tanto, aplicando especialmente todas las fuerzas de vuestro celo episcopal para que los jóvenes clérigos sean formados desde sus primeros años en una piedad sincera, en una virtud sólida, en las letras y en las disciplinas más serias, especialmente las sagradas.
Nada debe ser para vosotros más importante que establecer seminarios de clérigos conforme a las disposiciones de los Padres del Concilio de Trento, si todavía no existen.25
Si ya están establecidos, ampliadlos cuando sea necesario, dotadlos de los mejores superiores y maestros y vigiladlos continuamente con el mayor cuidado.
Que los jóvenes clérigos sean educados santa y religiosamente en el temor del Señor y en la disciplina eclesiástica.
Que sean instruidos cuidadosamente en las ciencias sagradas conforme a la doctrina católica, completamente libres del peligro de cualquier error.
Que conozcan las tradiciones de la Iglesia, los escritos de los santos Padres, las ceremonias y los ritos sagrados.
De este modo podréis disponer de trabajadores activos y diligentes, dotados de espíritu eclesiástico y rectamente formados en sus estudios.
A su tiempo podrán cultivar cuidadosamente el campo del Señor y combatir con fortaleza las batallas de Dios.
Sabéis también que la práctica piadosa de los ejercicios espirituales contribuye especialmente a conservar la dignidad y la santidad del estado eclesiástico.
Conforme a vuestro celo episcopal, impulsad esta obra tan saludable.
No dejéis de advertir y exhortar a todos los llamados a la heredad del Señor para que se retiren frecuentemente a un lugar apropiado y practiquen esos ejercicios.
Apartados de las preocupaciones exteriores, podrán dedicarse con mayor intensidad a meditar las realidades eternas y divinas.
Podrán limpiar las manchas adquiridas por el contacto con el polvo del mundo y renovar su espíritu eclesiástico.
Despojándose del hombre viejo y de sus obras, podrán revestirse del hombre nuevo, creado en justicia y santidad.
No os moleste que Nos hayamos detenido durante tanto tiempo en la formación y disciplina del clero.
Sabéis que muchos, cansados de la variedad, inconstancia y mutabilidad de los errores, sienten la necesidad de profesar nuestra santísima religión.
Con el auxilio de Dios, abrazarán más fácilmente su doctrina, preceptos e instituciones cuanto más vean que el clero sobresale sobre los demás por su piedad, integridad, sabiduría y el esplendor de todas las virtudes.
17. Confianza en los obispos
Por lo demás, amadísimos Hermanos, no dudamos que todos vosotros estáis inflamados por una ardiente caridad hacia Dios y hacia los hombres, y por un profundo amor a la Iglesia.
Estáis adornados de virtudes casi angélicas y fortalecidos con la fortaleza y prudencia episcopales.
Animados por un mismo deseo de cumplir la santa voluntad de Dios, seguís las huellas de los Apóstoles e imitáis a Cristo Jesús, modelo de todos los pastores, en cuyo nombre ejercéis vuestra misión.
Como corresponde a los obispos, unidos por un mismo propósito, os hacéis de corazón modelo de la grey.
Ilumináis al clero y al pueblo fiel con el esplendor de vuestra santidad.
Revestidos de entrañas de misericordia y compadecidos de quienes ignoran y se extravían, buscáis amorosamente, siguiendo el ejemplo del Pastor evangélico, a las ovejas desviadas y perdidas.
Las perseguís con solicitud, las colocáis con afecto paternal sobre vuestros hombros y las devolvéis al redil.
No escatiméis ningún cuidado, consejo ni trabajo para cumplir santamente todos los deberes del ministerio pastoral.
Defended de la furia, el ataque y las asechanzas de los lobos rapaces a todas las ovejas que Nos son tan queridas, redimidas con la preciosísima Sangre de Cristo y confiadas a vuestro cuidado.
Apartadlas de los pastos venenosos y conducidlas hacia los saludables.
Mediante las obras, la palabra y el ejemplo, llevadlas al puerto de la salvación eterna.
Trabajad con fortaleza, Venerables Hermanos, para procurar la mayor gloria de Dios y de la Iglesia.
Esforzaos con todo entusiasmo, solicitud y vigilancia para que, rechazados completamente todos los errores y arrancados de raíz todos los vicios, la fe, la religión, la piedad y la virtud crezcan cada día en todas partes.
Que todos los fieles, despojándose de las obras de las tinieblas, caminen como hijos de la luz, de manera digna de Dios, agradándole en todo y produciendo fruto en toda obra buena.
En medio de las grandes angustias, dificultades y peligros que no pueden faltar en vuestro gravísimo ministerio episcopal, especialmente en estos tiempos, no temáis jamás.
Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder.
Él nos contempla desde lo alto cuando combatimos por su nombre. Aprueba a quienes se ofrecen voluntariamente, ayuda a quienes luchan y corona a quienes vencen.26
18. Comunión con la Sede de Pedro y deber de los gobernantes
Nada es para Nos más agradable, más gozoso ni más deseable que ayudaros con todo afecto, consejo y esfuerzo.
Os amamos en las entrañas de Cristo Jesús y deseamos trabajar junto con vosotros, con todo Nuestro corazón, para defender y propagar la gloria de Dios y la fe católica.
Deseamos salvar las almas y estamos dispuestos, si fuera necesario, a entregar por ellas la misma vida.
Venid, Hermanos, os rogamos y suplicamos. Venid con gran ánimo y confianza a esta Sede del bienaventurado Príncipe de los Apóstoles.
Ella es el centro de la unidad católica y la cumbre del episcopado. De ella proceden el mismo episcopado y toda la autoridad que lleva ese nombre.
Acudid a Nos cuantas veces comprendáis que necesitáis la ayuda, el auxilio y la protección de Nuestra autoridad y de esta Sede.
Esperamos que Nuestros amadísimos hijos en Cristo, los príncipes y gobernantes, recordarán, conforme a su piedad y religión, que la potestad real les fue concedida no solo para gobernar el mundo, sino especialmente para proteger a la Iglesia.27
Cuando Nos ocupamos de la causa de la Iglesia, procuramos también el bien de sus gobiernos y su seguridad, para que puedan poseer sus provincias con un derecho pacífico.28
Esperamos que favorezcan con su ayuda y autoridad Nuestros deseos, consejos y esfuerzos comunes.
Que defiendan la libertad y la seguridad de la Iglesia, para que la diestra de Cristo proteja también su autoridad.29
19. Oración, invocación a María y Bendición Apostólica
Para que todo esto tenga un resultado próspero, feliz y conforme a Nuestros deseos, acerquémonos con confianza, Venerables Hermanos, al trono de la gracia.
Unidos y con humildad de corazón, roguemos sin cesar al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo.
Que, por los méritos de su Hijo unigénito, se digne llenar Nuestra debilidad con la abundancia de todos los dones celestiales.
Que mediante su poder omnipotente derrote a quienes nos combaten y aumente en todas partes la fe, la piedad, la devoción y la paz.
Que su santa Iglesia, eliminadas por completo todas las adversidades y errores, disfrute de la tranquilidad tan deseada, y que haya un solo rebaño y un solo pastor.
Para que el clementísimo Señor escuche más fácilmente Nuestras oraciones y atienda Nuestros deseos, invoquemos siempre ante Él como intercesora a la Santísima Virgen María, Inmaculada Madre de Dios.
Ella es la dulcísima Madre de todos nosotros, nuestra mediadora, nuestra abogada, nuestra esperanza más segura y nuestra mayor confianza.
Nada hay más poderoso ni eficaz ante Dios que su patrocinio.
Invoquemos también al Príncipe de los Apóstoles, a quien Cristo mismo entregó las llaves del Reino de los cielos y constituyó piedra de su Iglesia, contra la cual nunca prevalecerán las puertas del infierno.
Invoquemos igualmente a su compañero en el apostolado, san Pablo, y a todos los santos del cielo.
Ellos, coronados y poseedores de la palma de la victoria, alcancen para todo el pueblo cristiano la deseada abundancia de la misericordia divina.
Finalmente, como prenda de todos los dones celestiales y testimonio de Nuestro especial amor hacia vosotros, recibid la Bendición Apostólica.
La impartimos amorosamente desde lo más profundo de Nuestro corazón a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los clérigos y fieles laicos confiados a vuestro cuidado.
Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el día 9 de noviembre del año 1846, primero de Nuestro Pontificado.
Pío Papa IX
NOTAS
(1) Apocalipsis 13, 6.
(2) Tertuliano, De la prescripción contra los herejes, capítulo 7.
(3) Romanos 12, 1.
(4) San Juan Crisóstomo, primera homilía sobre Isaías.
(5) San Ambrosio de Milán, comentario al salmo 40.
(6) Concilio de Calcedonia, sesión II.
(7) Concilio de Éfeso, sesión III.
(8) San Pedro Crisólogo, carta a Eutiques.
(9) Concilio de Trento, sesión VII, Decreto sobre los sacramentos.
(10) San Cipriano de Cartago, carta a Cornelio.
(11) Carta sinodal de Juan de Constantinopla al papa Hormisdas; Sozomeno, Historia eclesiástica, libro III, capítulo 8.
(12) San Agustín, carta 162 según la numeración antigua.
(13) San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, libro III, capítulo 3.
(14) San Jerónimo, carta 15 al papa san Dámaso, según la numeración moderna.
(15) Clemente XII, constitución In eminenti apostolatus specula; Benedicto XIV, constitución Providas Romanorum; Pío VII, constitución Ecclesiam a Iesu Christo; León XII, constitución Quo graviora.
(16) Gregorio XVI, encíclica Inter praecipuas machinationes, 8 de mayo de 1844.
(17) Símbolo llamado de san Atanasio, Quicumque.
(18) San León Magno, sermón 8, capítulo 4.
(19) Concilio de Trento, sesión XIII, Decreto de reforma, capítulo 1.
(20) Romanos 13, 1-2.
(21) Concilio de Trento, sesión XXII, Decreto de reforma, capítulo 1.
(22) Primera carta a Timoteo 4, 12.
(23) Benedicto XIV, encíclica Ubi primum, 3 de diciembre de 1740.
(24) Hebreos 4, 12.
(25) Concilio de Trento, sesión XXIII, Decreto de reforma, capítulo 18.
(26) San Cipriano de Cartago, carta 77 a Nemesiano y a los demás mártires.
(27) San León Magno, carta 156, antiguamente numerada como 125, al emperador León.
(28) San León Magno, carta 43, antiguamente numerada como 34, al emperador Teodosio.
(29) Ibídem.
Fuente histórica principal: Pii IX Pontificis Maximi Acta, parte primera: Acta exhibens quae ad Ecclesiam universam spectant, Roma, Tipografía de las Bellas Artes, 1854, pp. 4-18.


