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Encíclica Quod Apostolici Muneris

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 18 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Comunismo, Doctrina social, León XIII, Socialismo

25 Minutos de lectura
Retrato del Papa León XIII

Fecha de publicación: 28 de diciembre de 1878

Autor: Su santidad León XIII

Breve resumen: Sobre el socialismo, el comunismo y el nihilismo, y acerca de los errores modernos que amenazan la religión, la autoridad, la familia, la propiedad y el orden social cristiano.

Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Quod apostolici muneris ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XI, Roma, 1878, páginas 372-379, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede ni de otras páginas contemporáneas. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.


A los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos de todo el orbe católico, en gracia y comunión con la Sede Apostólica.

León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. Una peste mortal que amenaza la sociedad

Lo que la razón de Nuestro ministerio apostólico Nos reclamaba, lo indicamos ya desde el comienzo de Nuestro pontificado en las letras encíclicas que os dirigimos, Venerables Hermanos.

No dejamos de señalar aquella peste mortal que se desliza por las entrañas más íntimas de la sociedad humana y la lleva hacia un peligro extremo.

Al mismo tiempo mostramos los remedios más eficaces con los cuales la sociedad puede ser llamada de nuevo a la salvación y escapar de los gravísimos peligros que la amenazan.

Pero los males que entonces deploramos han crecido en tan breve tiempo que nos vemos obligados a dirigiros nuevamente la palabra, como si resonara en Nuestros oídos la voz del Profeta:

«Clama, no ceses; levanta tu voz como trompeta».1

2. Socialistas, comunistas y nihilistas

Comprendéis sin dificultad, Venerables Hermanos, que hablamos de aquella secta de hombres que, con nombres diversos y casi bárbaros, son llamados socialistas, comunistas o nihilistas.

Dispersos por todo el mundo y estrechamente unidos entre sí mediante una alianza inicua, ya no buscan protección en las tinieblas de reuniones ocultas.

Salen ahora a la luz abiertamente y con audacia, procurando realizar el plan que desde hace mucho tiempo han concebido: arrancar los fundamentos de toda sociedad civil.

Estos son, ciertamente, aquellos de quienes dan testimonio las palabras divinas:

«Manchan la carne, desprecian la autoridad y blasfeman de la majestad».2

No dejan intacto ni íntegro nada de cuanto fue sabiamente establecido por las leyes humanas y divinas para la seguridad y el honor de la vida.

A las potestades superiores, a las cuales, según advierte el Apóstol, debe estar sometida toda alma y que reciben de Dios el derecho de mandar, les niegan la obediencia.

Predican además la igualdad perfecta de todos los hombres en derechos y deberes.

Deshonran la unión natural del varón y la mujer, sagrada incluso entre pueblos bárbaros.

Debilitan, y aun entregan a la pasión, el vínculo por el cual se sostiene principalmente la sociedad doméstica.

Finalmente, atraídos por la codicia de los bienes presentes, que es «raíz de todos los males» y por la cual algunos, deseándola, se apartaron de la fe,3 impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural.

Y mediante un delito inmenso, mientras parecen querer atender a las necesidades de todos los hombres y satisfacer sus deseos, se esfuerzan por arrebatar y tener en común todo cuanto fue adquirido por legítima herencia, por el trabajo de la inteligencia y de las manos, o por la moderación en el modo de vivir.

3. Propaganda impía y atentados contra la autoridad

Estos monstruos de opinión son proclamados en sus reuniones públicas, persuadidos por folletos y difundidos entre el vulgo por una nube de periódicos.

De ahí que la venerable majestad e imperio de los reyes haya caído bajo tanto odio de la multitud sediciosa, que traidores criminales, impacientes de todo freno, no pocas veces, en breve espacio de tiempo, volvieron las armas con impío atrevimiento contra los mismos príncipes de los reinos.

Esta audacia de hombres pérfidos amenaza cada día con ruinas más graves a la convivencia civil y llena de ansiosa inquietud los ánimos de todos.

Pero su causa y origen deben buscarse en aquellas doctrinas venenosas que, difundidas entre los pueblos en tiempos anteriores como semillas viciosas, dieron a su tiempo frutos tan pestíferos.

4. Raíces racionalistas de los errores modernos

Bien sabéis, Venerables Hermanos, que la guerra encarnizada levantada contra la fe católica desde el siglo XVI por los innovadores, y que hasta hoy ha crecido cada día con mayor fuerza, tiende a esto: quitar toda revelación y derribar todo orden sobrenatural, para abrir paso solamente a los inventos, o más bien delirios, de la razón.

Este error, que se apropia falsamente el nombre de razón, halaga y excita el deseo de sobresalir naturalmente inserto en el hombre y suelta las riendas a toda clase de codicias.

Por ello ha invadido espontáneamente no solo las inteligencias de muchísimos hombres, sino también la sociedad civil en amplísimo grado.

De aquí se sigue que, con una nueva impiedad desconocida incluso por los paganos, se hayan constituido Estados sin tener en cuenta a Dios ni el orden establecido por Él.

Se ha afirmado que la autoridad pública no recibe de Dios ni su principio, ni su majestad, ni su fuerza de mandar, sino más bien de la multitud del pueblo.

Esta multitud, considerándose desligada de toda sanción divina, no ha querido someterse sino a aquellas leyes que ella misma hubiera establecido a su capricho.

Impugnadas y rechazadas las verdades sobrenaturales de la fe como si fueran enemigas de la razón, el mismo Autor y Redentor del género humano es forzado, poco a poco, a salir de las universidades, liceos y escuelas, y de toda la vida pública de los hombres.

Olvidados finalmente los premios y castigos de la vida futura y eterna, el ardiente deseo de felicidad queda limitado al espacio del tiempo presente.

Difundidas ampliamente estas doctrinas y adquirida por todas partes tanta licencia de pensar y obrar, no es extraño que los hombres de condición más humilde, cansados de su pobre vivienda o de su taller, deseen invadir las casas y fortunas de los más ricos.

No es extraño que ya no permanezca tranquilidad alguna en la vida pública y privada, ni que el género humano haya llegado casi hasta su ruina extrema.

5. Condenas anteriores de la Iglesia

Los supremos Pastores de la Iglesia, encargados de proteger el rebaño del Señor contra las insidias de los enemigos, procuraron apartar oportunamente el peligro y velar por la salvación de los fieles.

Apenas comenzaron a formarse las sociedades clandestinas, en cuyo seno ya entonces se alimentaban las semillas de los errores que hemos recordado, los Romanos Pontífices Clemente XII y Benedicto XIV no dejaron de descubrir los planes impíos de las sectas y de advertir a los fieles de todo el mundo acerca de la perdición que se preparaba secretamente.

Después, cuando quienes se glorificaban con el nombre de filósofos atribuyeron al hombre una libertad desenfrenada, y comenzó a imaginarse y sancionarse un derecho nuevo, como dicen ellos, contra la ley natural y divina, el papa Pío VI, de feliz memoria, mostró inmediatamente en documentos públicos el carácter inicuo y la falsedad de aquellas doctrinas.

Y al mismo tiempo, con providencia apostólica, predijo las ruinas hacia las cuales sería arrastrado el pueblo miserablemente engañado.

Pero como, a pesar de ello, no se tomó ninguna medida eficaz para impedir que sus dogmas perversos fueran persuadidos cada día más a los pueblos y se convirtieran en leyes públicas de los reinos, Pío VII y León XII condenaron con anatema las sectas ocultas y advirtieron nuevamente a la sociedad del peligro que procedía de ellas.

Finalmente, todos conocen con qué gravísimas palabras y con cuánta firmeza y constancia de ánimo Nuestro glorioso predecesor Pío IX, de feliz memoria, combatió tanto contra los intentos inicuos de las sectas como, de manera especial, contra la peste del socialismo que ya brotaba de ellas, ya fuera en alocuciones, ya en encíclicas dirigidas a los obispos de todo el orbe.

6. La Iglesia, defensa verdadera de la sociedad

Debe lamentarse que aquellos a quienes se confió el cuidado del bien común, engañados por las astucias de hombres impíos y aterrorizados por sus amenazas, hayan mostrado siempre hacia la Iglesia un espíritu sospechoso o incluso injusto.

No comprendieron que los intentos de las sectas habrían fracasado si la doctrina de la Iglesia católica y la autoridad de los Romanos Pontífices hubieran permanecido siempre en el honor debido, tanto entre los príncipes como entre los pueblos.

Porque la Iglesia del Dios vivo, que es columna y fundamento de la verdad,4 transmite doctrinas y preceptos con los cuales se protege admirablemente la seguridad y la tranquilidad de la sociedad, y se arranca de raíz la funesta propagación del socialismo.

Aunque los socialistas acostumbran abusar del mismo Evangelio para engañar con mayor facilidad a los incautos, existe tanta contradicción entre sus dogmas perversos y la doctrina purísima de Cristo que no puede existir otra mayor:

«¿Qué participación tiene la justicia con la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?».5

7. La igualdad cristiana y la desigualdad legítima

Ellos no dejan de afirmar, como hemos indicado, que todos los hombres son iguales entre sí por naturaleza.

Por eso sostienen que no se debe honor ni reverencia a la majestad, ni obediencia a las leyes, salvo quizá a las que ellos mismos sancionan a su antojo.

Por el contrario, según las enseñanzas evangélicas, la igualdad de los hombres consiste en que todos poseen la misma naturaleza, todos son llamados a la altísima dignidad de hijos de Dios, y todos, teniendo un mismo fin establecido, serán juzgados según la misma ley y recibirán castigo o recompensa según su mérito.

Sin embargo, la desigualdad de derecho y potestad procede del mismo Autor de la naturaleza, «de quien recibe su nombre toda paternidad en los cielos y en la tierra».6

Según la doctrina y los preceptos católicos, los ánimos de los príncipes y de los súbditos quedan unidos por deberes y derechos mutuos.

Así se modera el deseo de mandar y se hace fácil, firme y nobilísima la razón de obedecer.

8. La autoridad procede de Dios

La Iglesia inculca constantemente a la multitud sometida el precepto apostólico:

«No hay autoridad sino de Dios; y las que existen han sido ordenadas por Dios. Por tanto, quien resiste a la autoridad resiste al orden de Dios, y quienes resisten atraen sobre sí condenación».

Y manda además que los súbditos lo estén «por necesidad, no solo por temor al castigo, sino también por conciencia», y que den a todos lo que se les debe: «a quien tributo, tributo; a quien impuesto, impuesto; a quien temor, temor; a quien honor, honor».7

Aquel que creó y gobierna todas las cosas dispuso con su providente sabiduría que las inferiores lleguen a sus propios fines por medio de las intermedias, y las intermedias por medio de las superiores.

Así como quiso que en el mismo reino celestial los coros de los ángeles estuvieran distinguidos y unos sometidos a otros; y así como en la Iglesia instituyó diversos grados de órdenes y diversidad de oficios, de modo que no todos fueran apóstoles, ni todos doctores, ni todos pastores;8 así también estableció en la sociedad civil diversos órdenes, distintos en dignidad, derechos y potestad.

De este modo la ciudad, como la Iglesia, es un solo cuerpo que comprende muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.

9. Deberes de los gobernantes y límites de la obediencia

Para que los gobernantes de los pueblos usen la potestad que se les concedió para edificación y no para destrucción, la Iglesia de Cristo advierte oportunísimamente también a los príncipes que les amenaza la severidad del supremo Juez.

Y, usando las palabras de la Sabiduría divina, proclama en nombre de Dios a todos:

«Escuchad vosotros que gobernáis las multitudes y os complacéis en las muchedumbres de las naciones. Porque del Señor os fue dada la potestad y del Altísimo la fuerza; Él examinará vuestras obras y escrutará vuestros pensamientos.

El juicio será durísimo para quienes gobiernan. Dios no exceptuará a ninguna persona ni temerá la grandeza de nadie, porque Él hizo al pequeño y al grande y cuida igualmente de todos. Pero a los más fuertes les espera un tormento más fuerte».9

Si alguna vez sucede que los príncipes ejercen la potestad pública de manera temeraria y desmedida, la doctrina de la Iglesia católica no permite levantarse contra ellos por propia iniciativa, para que no se perturbe cada vez más la tranquilidad del orden ni la sociedad reciba de ello un daño mayor.

Cuando las cosas lleguen al punto en que no aparezca ninguna otra esperanza de salvación, enseña que debe procurarse el remedio por los méritos de la paciencia cristiana y por oraciones insistentes a Dios.

Pero si las disposiciones de legisladores y príncipes sancionan o mandan algo contrario a la ley divina o natural, la dignidad y el deber del nombre cristiano, así como la sentencia apostólica, enseñan que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».10

10. La sociedad doméstica y el matrimonio cristiano

La virtud saludable de la Iglesia, que redunda en el gobierno ordenadísimo y conservación de la sociedad civil, también la siente y experimenta necesariamente la sociedad doméstica, que es principio de toda ciudad y reino.

Sabéis, Venerables Hermanos, que la recta constitución de esta sociedad se apoya, por necesidad del derecho natural, ante todo en la unión indisoluble del varón y la mujer, y se completa con los deberes y derechos mutuos entre padres e hijos, señores y siervos.

Sabéis también que, según los principios del socialismo, esta sociedad casi se disuelve.

Perdida la firmeza que recibe del matrimonio religioso, necesariamente se debilitan en gran manera la potestad del padre sobre los hijos y los deberes de los hijos hacia sus padres.

Por el contrario, la Iglesia enseña que el matrimonio, «honorable en todos»,11 instituido por Dios mismo al comienzo del mundo para propagar y conservar la especie humana, y decretado por Él indisoluble, se hizo todavía más firme y santo por Cristo.

Cristo le concedió la dignidad de sacramento y quiso que representara la forma de su unión con la Iglesia.

Por ello, según advierte el Apóstol, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, también el varón es cabeza de la mujer.12

Y así como la Iglesia está sometida a Cristo, quien la abraza con amor castísimo y perpetuo, así conviene que las mujeres estén sometidas a sus maridos y sean a su vez amadas por ellos con afecto fiel y constante.

De manera semejante, la Iglesia modera la potestad paterna y señorial para que pueda contener en su deber a hijos y siervos, pero sin crecer más allá de la medida debida.

11. Autoridad paterna, deberes de hijos y siervos

Según la enseñanza católica, la autoridad que poseen padres y señores procede del Padre y Señor celestial.

Por eso no solo recibe de Él su origen y fuerza, sino también necesariamente toma de Él su naturaleza y carácter.

De ahí que el Apóstol exhorte a los hijos a obedecer a sus padres en el Señor y a honrar al padre y a la madre, «que es el primer mandamiento con promesa».13

A los padres les manda:

«Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino educadlos en la disciplina y corrección del Señor».14

Asimismo, por el mismo Apóstol, se propone a los siervos y a los señores el precepto divino.

A los siervos se les manda obedecer a sus señores temporales como a Cristo, sirviendo con buena voluntad como al Señor.

A los señores se les manda abandonar las amenazas, sabiendo que el Señor de todos está en los cielos y que ante Dios no hay acepción de personas.15

Si todas estas cosas fueran observadas cuidadosamente por cada uno según la voluntad divina, cualquier familia ofrecería una cierta imagen de la casa celestial.

Y los beneficios excelentes que de ello nacerían no quedarían encerrados dentro de las paredes domésticas, sino que se derramarían abundantemente sobre las mismas repúblicas.

12. Derecho de propiedad y distribución de los bienes

La sabiduría católica, sostenida por los preceptos de la ley natural y divina, protege prudentísimamente la tranquilidad pública y doméstica también por lo que siente y enseña acerca del derecho de dominio y de la distribución de los bienes adquiridos para la necesidad y utilidad de la vida.

Los socialistas presentan el derecho de propiedad como invención humana contraria a la igualdad natural de los hombres.

Buscando la comunidad de bienes, juzgan que la pobreza no debe soportarse con ánimo sereno y que pueden violarse impunemente las posesiones y derechos de los más ricos.

La Iglesia, por el contrario, reconoce con mucha mayor sabiduría y utilidad la desigualdad entre los hombres, naturalmente diversos por las fuerzas del cuerpo y del ingenio, también en la posesión de bienes.

Manda que el derecho de propiedad y dominio, procedente de la misma naturaleza, permanezca intacto e inviolable para cada uno.

Sabe que el hurto y la rapiña fueron prohibidos por Dios, Autor y Defensor de todo derecho, de manera tan especial que ni siquiera es lícito desear lo ajeno.

Y sabe que los ladrones y rapaces, no menos que los adúlteros e idólatras, quedan excluidos del Reino de los cielos.

13. La Iglesia y los pobres

Pero no por ello la piadosa Madre descuida el cuidado de los pobres ni deja de atender sus necesidades.

Al contrario, los abraza con afecto maternal.

Sabe bien que ellos representan a Cristo mismo, quien considera hecho a sí mismo el beneficio concedido por cualquiera al menor de los pobres.

Por eso los tiene en gran honor, los alivia con todo auxilio que puede, y cuida de levantar en todas las regiones de la tierra casas y hospicios para recibirlos, alimentarlos y cuidarlos, tomando esas obras bajo su protección.

La Iglesia urge a los ricos con el gravísimo precepto de entregar a los pobres lo que sobra.

Los atemoriza con el juicio divino, por el cual, si no socorren la necesidad de los indigentes, serán castigados con suplicios eternos.

Finalmente, recrea y consuela de manera especial el ánimo de los pobres, ya poniéndoles delante el ejemplo de Cristo, quien «siendo rico, por nosotros se hizo pobre»,16 ya recordándoles sus palabras, por las cuales declaró bienaventurados a los pobres y les mandó esperar los premios de la bienaventuranza eterna.

¿Quién no ve que esta es la mejor manera de componer la antiquísima discordia entre pobres y ricos?

Como demuestra la evidencia misma de los hechos, si se rechaza o se posterga esta manera, necesariamente sucede una de dos cosas: o la mayor parte del género humano vuelve a caer en la torpísima condición de esclavos que dominó durante largo tiempo entre los paganos, o la sociedad humana es sacudida por continuos movimientos y arruinada por robos y latrocinios, como lamentamos que haya ocurrido también en tiempos recientes.

14. La Iglesia debe ser escuchada por pueblos y príncipes

Siendo esto así, Venerables Hermanos, Nos, a quienes ahora corresponde el gobierno de toda la Iglesia, así como desde el comienzo de Nuestro pontificado mostramos a pueblos y príncipes azotados por una dura tempestad el puerto al que podían acogerse con seguridad, así ahora, movidos por el peligro extremo que amenaza, levantamos nuevamente hacia ellos Nuestra voz apostólica.

Por su propia salvación y por la salvación de la república, les rogamos una y otra vez que reciban y escuchen a la Iglesia como maestra, pues tan egregiamente ha merecido por la prosperidad pública de los reinos.

Y que comprendan plenamente que los intereses del reino y de la religión se encuentran tan unidos que cuanto se quita a la religión, tanto se resta al deber de los súbditos y a la majestad del poder.

Y puesto que saben que la Iglesia de Cristo posee, para apartar la peste del socialismo, una fuerza mucho mayor que la de las leyes humanas, las represiones de los magistrados o las armas de los soldados, devuelvan finalmente a la Iglesia aquella condición y libertad en la cual pueda ejercer su virtud saludable para bien de toda la sociedad humana.

15. Deber de los obispos y educación cristiana

Vosotros, Venerables Hermanos, que conocéis el origen y naturaleza de los males que se precipitan sobre nosotros, esforzaos con toda la energía y tensión de vuestro espíritu para que la doctrina católica sea insertada en las almas de todos y descienda profundamente en ellas.

Procurad que todos, desde los años más tiernos, se acostumbren a abrazar a Dios con amor filial y a venerar su majestad.

Enseñadles a prestar obediencia a la majestad de los príncipes y de las leyes; a moderar las codicias; y a guardar cuidadosamente el orden que Dios estableció tanto en la sociedad civil como en la doméstica.

Además, es necesario que trabajéis para que los hijos de la Iglesia católica no se atrevan de ninguna manera a inscribirse en la secta abominable ni a favorecerla.

Al contrario, mediante acciones excelentes y una manera honrada de obrar en todas las cosas, deben mostrar cuán bien y felizmente subsistiría la sociedad humana si cada uno de sus miembros resplandeciera por obras rectas y virtudes.

16. Asociaciones obreras bajo la tutela de la religión

Finalmente, como los seguidores del socialismo se buscan principalmente entre aquellos hombres que ejercen oficios manuales o trabajan por salario, y que, cansados quizá del trabajo, son atraídos con gran facilidad por la esperanza de riquezas y por promesas de bienes, parece oportuno fomentar asociaciones de artesanos y obreros.

Estas asociaciones, constituidas bajo la tutela de la religión, harán que todos sus miembros estén contentos con su suerte, sean pacientes en los trabajos y sean conducidos a llevar una vida quieta y tranquila.

17. Oración final y Bendición Apostólica

Que Aquel a quien debemos atribuir el principio y el fin de todo bien favorezca Nuestros intentos y los vuestros, Venerables Hermanos.

Por lo demás, la misma celebración de estos días levanta Nuestra esperanza de un auxilio muy presente, pues en ellos se recuerda con solemnidad anual el nacimiento del Señor.

La nueva salvación que Cristo, al nacer, trajo al mundo ya envejecido y casi precipitado en los extremos de los males, nos manda esperarla también a nosotros.

Y la paz que entonces anunció por medio de los ángeles a los hombres, prometió dárnosla también a nosotros.

Porque «no se ha acortado la mano del Señor para no poder salvar, ni se ha agravado su oído para no oír».17

En estos días tan propicios, Venerables Hermanos, al desearos toda clase de bienes y alegrías a vosotros y a los fieles de vuestras Iglesias, rogamos con insistencia al Dador de todos los bienes que aparezca nuevamente a los hombres la bondad y humanidad de Dios nuestro Salvador,18 quien, después de librarnos del poder del enemigo más encarnizado, nos trasladó a la nobilísima dignidad de hijos.

Para que obtengamos más pronto y más plenamente lo que deseamos, dirigid también vosotros con Nos fervientes oraciones a Dios, Venerables Hermanos.

Interponed el patrocinio de la bienaventurada Virgen María, Inmaculada desde su origen, de su esposo José y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, en cuyos sufragios confiamos especialmente.

Mientras tanto, como prenda de los dones divinos, impartimos con íntimo afecto del corazón la Bendición Apostólica en el Señor a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a todos los pueblos fieles.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 28 de diciembre de 1878, primer año de Nuestro Pontificado.

León Papa XIII


NOTAS

(1) Isaías 58, 1.

(2) Carta de san Judas 8.

(3) Primera carta a Timoteo 6, 10.

(4) Primera carta a Timoteo 3, 15.

(5) Segunda carta a los Corintios 6, 14.

(6) Efesios 3, 15.

(7) Romanos 13, 1-7.

(8) Cf. Primera carta a los Corintios 12, 28-29. La edición histórica cita abreviadamente «I Cor., X».

(9) Sabiduría 6, 3 y siguientes.

(10) Hechos de los Apóstoles 5, 29.

(11) Hebreos 13, 4.

(12) Efesios 5, 23.

(13) Efesios 6, 1-2.

(14) Efesios 6, 4.

(15) Efesios 6, 5-9.

(16) Segunda carta a los Corintios 8, 9.

(17) Isaías 59, 1.

(18) Tito 3, 4.

Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XI, Roma, 1878, pp. 372-379.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.