Fecha de publicación: 10 de enero de 1890
Autor: Su santidad León XIII
Breve resumen: Sobre los principales deberes de los ciudadanos cristianos. León XIII enseña que el católico debe amar a la patria y a la Iglesia, pero sin anteponer jamás los derechos humanos a los derechos de Dios. Expone el deber de resistir las leyes contrarias a la fe, defender públicamente la verdad, conservar la unidad doctrinal y obedecer a la autoridad legítima de la Iglesia. También ofrece normas para la acción política de los católicos, condena tanto la falsa prudencia como el celo desordenado, y exhorta a restaurar la caridad cristiana, la concordia y la educación religiosa dentro de la familia.
Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Sapientiae christianae ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Sanctae Sedis, volumen XXII, Roma, 1889-1890, páginas 385-404, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.
A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos de todo el mundo católico, en gracia y comunión con la Sede Apostólica.
León XIII, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
1. Necesidad de restaurar la sabiduría cristiana
Cada día aparece con mayor claridad la necesidad de volver a los preceptos de la sabiduría cristiana y de conformar plenamente con ellos la vida, las costumbres y las instituciones de los pueblos.
Por haber sido descuidados esos preceptos, se ha acumulado una masa tan grande de males que ningún hombre prudente puede contemplar el presente sin grave preocupación ni mirar hacia el futuro sin temor.
Se ha realizado ciertamente un progreso no pequeño en los bienes corporales y exteriores.
Pero toda la naturaleza que impresiona los sentidos, y toda posesión de riquezas, fuerzas y recursos, aunque pueda proporcionar comodidades y aumentar los placeres de la vida, no puede satisfacer un alma nacida para cosas más altas y magníficas.
Contemplar a Dios y tender hacia Él es la ley suprema de la vida humana.
Creados a imagen y semejanza divina, los hombres son impulsados por la misma naturaleza a alcanzar a su Autor.
No se avanza hacia Dios mediante un movimiento o una carrera del cuerpo, sino por actos del alma: mediante el conocimiento y el amor.
Dios es la verdad primera y suprema, y solamente la verdad alimenta la inteligencia.
Él es también la santidad perfecta y el sumo bien, hacia el cual únicamente la voluntad puede aspirar y acercarse bajo la guía de la virtud.
Lo que se afirma de cada persona debe entenderse también de la sociedad doméstica y de la sociedad civil.
La naturaleza no creó la sociedad para que el hombre la buscara como su fin último, sino para que encontrara en ella y por medio de ella los auxilios adecuados para alcanzar su propia perfección.
Por tanto, si una comunidad política busca únicamente las comodidades exteriores, una vida refinada y abundante, y si en la administración pública acostumbra descuidar a Dios y no preocuparse por las leyes morales, se aparta gravemente de su finalidad y de las prescripciones de la naturaleza.
Tal comunidad no merece ser considerada verdadera sociedad humana, sino imitación engañosa y apariencia de sociedad.
Los bienes del alma, que se encuentran principalmente en el culto de la verdadera religión y en la observancia constante de los preceptos cristianos, son oscurecidos cada día por el olvido o el desprecio de los hombres.
Parece que, cuanto más aumentan los bienes relacionados con el cuerpo, tanto más disminuyen los relacionados con el alma.
Una señal importante de la gran disminución y debilitamiento de la fe cristiana se encuentra en las injurias que con demasiada frecuencia se cometen públicamente contra el nombre católico.
Una época verdaderamente respetuosa de la religión no habría tolerado tales ofensas.
Por estas causas, es increíble la multitud de hombres que se encuentra en peligro de perder la salvación eterna.
Tampoco las ciudades y los imperios pueden permanecer largo tiempo sin daño, porque, al derrumbarse las instituciones y las costumbres cristianas, deben caer necesariamente los principales fundamentos de la sociedad humana.
Para conservar la tranquilidad y el orden públicos queda únicamente la fuerza.
Pero la fuerza es muy débil cuando se la priva del apoyo de la religión.
Además, es más apta para producir servidumbre que obediencia, y lleva encerradas en sí misma las semillas de grandes perturbaciones.
El siglo ha presenciado acontecimientos graves y todavía no está claro que no deban temerse otros semejantes.
El tiempo mismo nos advierte que debemos buscar los remedios donde corresponde.
Es necesario restaurar la manera cristiana de pensar y obrar en la vida privada y en todos los ámbitos de la sociedad.
Este es el medio más adecuado para rechazar los males que nos oprimen y evitar los peligros que nos amenazan.
Debemos dedicarnos a esta tarea, Venerables Hermanos, y esforzarnos en ella con toda la actividad y diligencia posibles.
Aunque en otras ocasiones, cuando se presentó la oportunidad, hemos enseñado cosas semejantes, consideramos útil describir con mayor precisión en estas letras los deberes de los católicos.
Si se cumplen cuidadosamente, esos deberes contribuirán de manera admirable a la salvación del bien común.
Vivimos en medio de una lucha violenta y casi cotidiana acerca de asuntos de máxima importancia.
En ella resulta muy difícil no ser engañado alguna vez, no equivocarse o no perder el ánimo.
Nos corresponde, Venerables Hermanos, advertir, instruir y exhortar a cada fiel de acuerdo con las necesidades de los tiempos, para que nadie abandone el camino de la verdad.1
2. Los deberes del católico y el amor a las dos patrias
No puede dudarse de que los católicos tienen en la vida más deberes, y deberes más graves, que quienes conocen imperfectamente la fe católica o la desconocen por completo.
Después de adquirir la salvación para el género humano, Jesucristo mandó a los Apóstoles predicar el Evangelio a toda criatura.
Con ello impuso también a todos los hombres el deber de aprender y creer las verdades enseñadas.
El cumplimiento de este deber está inseparablemente unido a la consecución de la salvación eterna:
«El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea será condenado».2
Cuando el hombre abraza la fe cristiana como debe, queda por ese mismo hecho sujeto a la Iglesia, como nacido de ella.
Se convierte en miembro de aquella sociedad altísima y santísima que, bajo su cabeza invisible Jesucristo, corresponde gobernar con potestad suprema al Romano Pontífice.
La ley natural nos manda amar y defender especialmente la patria en la cual nacimos y fuimos recibidos en esta vida.
El buen ciudadano debe estar dispuesto incluso a afrontar la muerte por su patria.
Pero los cristianos tienen un deber todavía mayor de amar siempre a la Iglesia con una disposición semejante.
La Iglesia es la ciudad santa del Dios vivo.
Nació de Dios y fue constituida por Él.
Peregrina ciertamente en la tierra, pero llama, instruye y conduce a los hombres hacia la felicidad eterna del cielo.
Debe amarse la patria de la cual recibimos el uso de la vida mortal.
Pero es necesario anteponer en caridad a la Iglesia, a la cual debemos la vida del alma que permanecerá para siempre.
Es justo preferir los bienes del alma a los bienes del cuerpo, y los deberes hacia Dios son mucho más santos que los deberes hacia los hombres.
Si juzgamos rectamente, el amor sobrenatural hacia la Iglesia y el amor natural hacia la patria son dos formas de caridad procedentes del mismo principio eterno.
Dios es Autor y causa de ambas.
Por ello un deber no puede ser contrario al otro.
Podemos y debemos amarnos a nosotros mismos, ser benévolos con el prójimo, amar al Estado y a la autoridad que lo gobierna, y al mismo tiempo venerar a la Iglesia como madre y amar a Dios con la mayor caridad posible.
Sin embargo, el orden de estos deberes puede ser alterado algunas veces por la calamidad de los tiempos o por la voluntad injusta de los hombres.
3. Cuando la autoridad civil contradice la ley de Dios
Se presentan circunstancias en las cuales parece que el Estado exige una cosa de los ciudadanos y la religión otra de los cristianos.
Esto ocurre únicamente porque los gobernantes no estiman en nada la potestad sagrada de la Iglesia o quieren someterla a su dominio.
Entonces comienza la lucha y aparece la ocasión de probar la virtud.
Dos potestades exigen obediencia.
Si mandan cosas contrarias, no es posible obedecer simultáneamente a ambas:
«Nadie puede servir a dos señores».3
Quien obedece a una debe necesariamente dejar de obedecer a la otra.
Nadie puede dudar cuál de las dos debe ser preferida.
Es un crimen apartarse de la obediencia a Dios para agradar a los hombres.
Es ilícito quebrantar las leyes de Jesucristo para obedecer a los magistrados o, bajo apariencia de conservar el derecho civil, violar los derechos de la Iglesia.
«Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».4
La respuesta que Pedro y los demás Apóstoles dieron a los magistrados que les mandaban cosas injustas debe repetirse siempre, sin vacilación, en situaciones semejantes.
Nadie es mejor ciudadano, en la paz o en la guerra, que el cristiano consciente de su deber.
Pero debe preferir sufrirlo todo, incluso la muerte, antes que abandonar la causa de Dios o de la Iglesia.
Quienes reprochan esta firmeza en la elección del deber y la consideran sediciosa no comprenden correctamente la fuerza ni la naturaleza de las leyes.
Repetimos cosas conocidas y explicadas varias veces por Nos.
No existe verdadera ley sino cuando una autoridad legítima promulga un mandato de la recta razón para el bien común.
No existe potestad verdadera y legítima si no procede de Dios, Príncipe supremo y Señor de todas las cosas, quien únicamente puede conceder a un hombre autoridad sobre otros hombres.
Tampoco puede llamarse recta una razón que contradice la verdad y la razón divina.
Ni puede considerarse verdadero bien aquello que se opone al bien supremo e inmutable o aparta las voluntades humanas del amor de Dios.
Por tanto, los cristianos consideran sagrado el nombre de la autoridad pública.
Incluso cuando la ejerce una persona indigna, reconocen en ella una imagen y semejanza de la majestad divina.
Respetan justa y debidamente las leyes, no por temor a la fuerza o a las amenazas, sino por conciencia del deber, porque Dios no nos dio un espíritu de temor.5
Pero si las leyes del Estado contradicen abiertamente el derecho divino, si causan alguna injuria a la Iglesia, se oponen a los deberes religiosos o violan en el Sumo Pontífice la autoridad de Jesucristo, entonces resistir es un deber y obedecer es un crimen.
Este crimen se une además a una injuria contra el propio Estado, porque todo pecado cometido contra la religión perjudica también al Estado.
Una vez más aparece la injusticia de la acusación de sedición.
No se niega la obediencia debida al gobernante y a los legisladores.
Se rechaza únicamente su voluntad en aquellos mandatos para los cuales no poseen potestad alguna, porque fueron promulgados contra Dios, carecen de justicia y son cualquier cosa menos verdaderas leyes.
Sabéis, Venerables Hermanos, que esta es exactamente la doctrina del apóstol san Pablo.
Después de escribir a Tito que debía exhortar a los cristianos a estar sujetos a los príncipes y autoridades y a obedecer sus mandatos, añadió inmediatamente que debían estar preparados «para toda obra buena».6
Con ello enseñó claramente que, si las leyes humanas establecen algo contra la ley eterna de Dios, es recto no obedecer.
De manera semejante, el Príncipe de los Apóstoles respondió con ánimo fuerte y elevado a quienes querían quitarle la libertad de predicar el Evangelio:
«Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído».7
4. La defensa pública de la verdad
Amar ambas patrias, la terrena y la celestial, pero anteponer siempre el amor de esta última y no colocar jamás los derechos humanos por encima de los derechos de Dios, es el deber principal de los cristianos y la fuente de los demás deberes.
El Redentor del género humano dijo de sí mismo:
«Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad».8
También declaró:
«He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?».9
Toda la vida y la libertad de los cristianos se encuentran en el conocimiento de esta verdad, perfección suprema de la inteligencia, y en la caridad divina, que perfecciona igualmente la voluntad.
La Iglesia conserva y protege con vigilancia constante este nobilísimo patrimonio de la verdad y la caridad que Jesucristo le confió.
Apenas es necesario describir aquí con cuánta violencia y de cuántas maneras se ha encendido la guerra contra la Iglesia.
La razón humana ha logrado descubrir, mediante la investigación científica, muchas cosas ocultas y cubiertas por la naturaleza, y aplicarlas convenientemente a las necesidades de la vida.
Pero estos logros han llenado a algunos hombres de tal orgullo que se consideran capaces de expulsar de la vida común el poder y la autoridad de Dios.
Engañados por este error, transfieren a la naturaleza humana la soberanía arrebatada a Dios.
Proclaman que en la naturaleza debe buscarse el principio y la norma de toda verdad.
Afirman que de ella proceden y a ella deben referirse todos los deberes religiosos.
Por eso sostienen que nada ha sido transmitido por Dios; que no debe obedecerse a la moral cristiana ni a la Iglesia; que la Iglesia no posee potestad para establecer leyes ni derecho alguno; y que ni siquiera debe tener un lugar en las instituciones del Estado.
Desean y procuran con todas sus fuerzas apoderarse de los asuntos públicos y ocupar el gobierno de las naciones.
Así pueden acomodar más fácilmente las leyes y las costumbres de los pueblos a estas doctrinas.
De este modo, el nombre católico es atacado abiertamente o combatido en secreto.
Se concede gran libertad a toda perversidad del error, mientras la profesión pública de la verdad cristiana queda frecuentemente limitada por múltiples cadenas.
Ante una situación tan injusta, cada persona debe, en primer lugar, examinarse a sí misma y procurar defender con vigilancia la fe profundamente recibida en su alma.
Debe evitar los peligros y permanecer siempre armada contra los distintos engaños de los sofismas.
Para conservar íntegra esta virtud, consideramos muy útil y especialmente conforme con las necesidades de los tiempos que cada persona, de acuerdo con sus capacidades, estudie cuidadosamente la doctrina cristiana.
Debe llenar su inteligencia con el mayor conocimiento posible de las verdades relacionadas con la religión y accesibles a la razón.
La fe no solo debe permanecer incorrupta en las almas, sino crecer continuamente.
Por eso debe repetirse frecuentemente a Dios la súplica humilde de los Apóstoles:
«Auméntanos la fe».10
5. Todos los fieles deben profesar y propagar la fe
En todo lo relacionado con la fe cristiana existen otros deberes cuyo cumplimiento exacto y religioso fue siempre importante para la salvación, pero que en nuestra época lo es todavía más.
En medio de una confusión de opiniones tan grande y extendida, corresponde a la Iglesia defender la verdad y eliminar los errores de las inteligencias.
Debe cumplir siempre este oficio santamente, porque le fueron confiados el honor de Dios y la salvación de los hombres.
Pero cuando la necesidad lo exige, no solo quienes gobiernan deben proteger la integridad de la fe.
«Cada fiel está obligado a manifestar su fe a los demás, ya sea para instruir y confirmar a otros fieles, ya sea para rechazar los ataques de los infieles».11
Retroceder ante el enemigo o guardar silencio cuando por todas partes se alzan clamores para oprimir la verdad es propio de un hombre sin carácter o de alguien que duda de la verdad de lo que profesa.
Ambas actitudes son vergonzosas e injuriosas para Dios.
Ambas se oponen a la salvación individual y común.
Solo aprovechan a los enemigos de la fe, porque la debilidad de los buenos aumenta enormemente la audacia de los malvados.
La negligencia de los cristianos es todavía más censurable porque, muchas veces, las falsas acusaciones pueden ser fácilmente refutadas y las opiniones perversas rechazadas.
Y, aunque exijan mayor esfuerzo, siempre pueden ser combatidas.
Nadie está impedido de emplear y manifestar aquella fortaleza propia de los cristianos que no pocas veces destruye las intenciones y los planes de los adversarios.
Los cristianos nacieron para el combate.
Cuanto más fuerte es la lucha, tanto más cierta es la victoria con el auxilio de Dios:
«Tened confianza; yo he vencido al mundo».12
Nadie puede objetar que Jesucristo, conservador y defensor de la Iglesia, no necesita el trabajo de los hombres.
No por falta de poder, sino por la grandeza de su bondad, quiere que aportemos alguna colaboración para obtener y alcanzar los frutos de la salvación que Él mismo adquirió.
La primera parte de este deber consiste en profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla en cuanto sea posible.
Como se ha dicho muchas veces y con plena verdad, nada perjudica tanto a la sabiduría cristiana como el hecho de no ser conocida.
Cuando es comprendida correctamente posee por sí misma fuerza para eliminar los errores.
Si una inteligencia sencilla y libre de prejuicios la recibe, la razón reconoce que debe aceptarla.
La virtud de la fe es ciertamente un gran don de la gracia y de la bondad divina.
Pero las verdades que deben creerse se conocen normalmente por medio de la predicación:
«¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? La fe viene de la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo».13
Como la fe es necesaria para la salvación, se sigue que la palabra de Cristo debe ser predicada.
El oficio de predicar, es decir, de enseñar, pertenece por derecho divino a los maestros que el Espíritu Santo puso como obispos para gobernar la Iglesia de Dios.14
Pertenece principalmente al Romano Pontífice, vicario de Jesucristo, colocado con potestad suprema al frente de la Iglesia universal y maestro de cuanto debe creerse y practicarse.
Sin embargo, nadie debe pensar que los fieles particulares tienen prohibido colaborar en esta tarea.
Esto corresponde especialmente a quienes recibieron de Dios capacidad intelectual y deseo de servir al bien.
Cuando las circunstancias lo exijan, pueden comunicar a otros lo que ellos mismos recibieron.
No deben atribuirse la función de maestros, sino repetir como un eco la voz de los maestros legítimos.
La cooperación de los fieles particulares pareció tan oportuna y fecunda a los Padres del Concilio Vaticano que juzgaron necesario pedirla expresamente:
«Suplicamos por las entrañas de Jesucristo a todos los fieles, especialmente a quienes gobiernan o ejercen la función de enseñar, y les mandamos por la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que colaboren con su esfuerzo para apartar y eliminar estos errores de la santa Iglesia y para difundir la luz de la fe purísima».15
Cada persona debe recordar que puede y debe sembrar la fe católica mediante la autoridad de su ejemplo y predicarla por la constancia de su profesión.
Entre los deberes que nos unen a Dios y a la Iglesia debe contarse principalmente que cada persona trabaje, según sus posibilidades, para propagar la verdad cristiana y rechazar los errores.
6. La Iglesia, cuerpo organizado para el combate
Estos deberes no serán cumplidos plena y eficazmente si cada uno entra en la lucha separado de los demás.
Jesucristo anunció que la obra fundada por Él sufriría el mismo odio y oposición que Él había padecido.
Por ello muchos serían realmente impedidos de alcanzar la salvación adquirida por su beneficio.
Cristo no quiso solamente formar discípulos de su doctrina.
Quiso unirlos en sociedad y reunirlos convenientemente en un solo cuerpo, que es la Iglesia,16 de la cual Él mismo es cabeza.
La vida de Jesucristo penetra toda la estructura de este cuerpo.
Alimenta y sostiene a cada miembro, los mantiene unidos entre sí y los ordena hacia el mismo fin, aunque no todos realicen la misma función:
«Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros realizan la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y cada uno miembro de los demás».17
Por estas razones, la Iglesia no solo es una sociedad perfecta y muy superior a cualquier otra.
Su Fundador le ordenó también luchar por la salvación del género humano como «un ejército formado para la batalla».18
Esta constitución y organización de la sociedad cristiana no puede ser modificada de ninguna manera.
Nadie puede vivir según su propio arbitrio ni elegir por sí mismo el método de combate que prefiera.
Quien no recoge con la Iglesia y con Jesucristo, dispersa.
Luchan verdaderamente contra Dios quienes no luchan unidos con Él y con su Iglesia:
«El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, dispersa».19
7. Unidad de doctrina y obediencia al Romano Pontífice
Para alcanzar esta unión de las almas y semejanza de acción, que con razón temen los enemigos del nombre católico, es necesaria ante todo la concordia de las opiniones.
San Pablo exhortó a los corintios con gran vehemencia y gravedad:
«Os ruego, hermanos, por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que todos digáis lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis perfectamente unidos en un mismo pensamiento y en un mismo parecer».20
La sabiduría de este precepto se comprende fácilmente.
La inteligencia es el principio de la acción.
Las voluntades no pueden concordar ni las acciones ser semejantes cuando las inteligencias sostienen opiniones distintas.
Entre quienes siguen únicamente a la razón como guía, difícilmente puede existir una doctrina común.
El arte de conocer las cosas es muy difícil.
La inteligencia humana es débil por naturaleza, se divide por la variedad de opiniones y es engañada no pocas veces por los estímulos exteriores.
Se añaden las pasiones, que muchas veces eliminan o disminuyen la capacidad de ver la verdad.
Por esta causa, en el gobierno de los Estados se procura frecuentemente mantener unidos por la fuerza a quienes están divididos en sus pensamientos.
Los cristianos se encuentran en una situación completamente distinta.
Reciben de la Iglesia lo que deben creer y saben con certeza que, guiados por su autoridad, alcanzan la verdad.
Así como existe una sola Iglesia porque existe un solo Jesucristo, también una sola es y debe ser la doctrina de todos los cristianos en el mundo entero:
«Un solo Señor, una sola fe».21
«Poseyendo el mismo espíritu de fe»,22 tienen un principio saludable del cual nacen espontáneamente una misma voluntad y una misma manera de obrar.
Pero, como manda el apóstol san Pablo, esta unanimidad debe ser perfecta.
La fe cristiana no se apoya en la autoridad de la razón humana, sino en la autoridad de Dios.
Creemos verdaderas las cosas recibidas de Dios «no por la verdad intrínseca de las cosas conocida mediante la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, quien no puede engañarse ni engañarnos».23
Por tanto, todas las verdades que conste haber sido transmitidas por Dios deben recibirse con un asentimiento igual y semejante.
Negar una sola de ellas equivale casi a rechazarlas todas.
Destruyen el fundamento mismo de la fe quienes niegan que Dios haya hablado a los hombres o dudan de su verdad y sabiduría infinitas.
Corresponde a la Iglesia docente determinar cuáles doctrinas fueron transmitidas por Dios, porque Él le confió la custodia e interpretación de sus palabras.
El maestro supremo en la Iglesia es el Romano Pontífice.
La concordia de las inteligencias exige, por tanto, un consentimiento perfecto en una misma fe.
Exige igualmente voluntades perfectamente sometidas y obedientes a la Iglesia y al Romano Pontífice, como a Dios.
La obediencia debe ser perfecta, porque es exigida por la propia fe y comparte con ella el carácter de no poder dividirse.
Si no es plena y completa, conserva solamente la apariencia de obediencia, pero pierde su naturaleza.
La tradición cristiana atribuyó siempre tanta importancia a esta perfección que la consideró y continúa considerándola como una señal distintiva de los católicos.
Santo Tomás de Aquino explicó admirablemente esta verdad:
«El objeto formal de la fe es la verdad primera en cuanto se manifiesta en las Sagradas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia, que procede de la verdad primera.
Por eso, quien no se adhiere a la doctrina de la Iglesia como a una regla infalible y divina, procedente de la verdad primera manifestada en las Sagradas Escrituras, no posee el hábito de la fe, sino que sostiene las cosas de fe de otro modo distinto de la fe.
Es evidente que quien se adhiere a las doctrinas de la Iglesia como a una regla infalible acepta todo cuanto la Iglesia enseña.
Pero si acepta de las enseñanzas de la Iglesia lo que quiere y rechaza lo que no quiere, ya no se adhiere a la doctrina de la Iglesia como a una regla infalible, sino a su propia voluntad».24
«La fe de toda la Iglesia debe ser una, según aquello de la Primera carta a los Corintios: Que todos digáis lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros.
Esto no podría conservarse si una cuestión de fe, una vez surgida, no fuera determinada por quien preside toda la Iglesia, para que su sentencia sea sostenida firmemente por toda ella.
Por eso corresponde únicamente a la autoridad del Sumo Pontífice publicar una nueva edición del Símbolo y decidir todas las demás cosas que pertenecen a la Iglesia universal».25
Al establecer los límites de la obediencia, nadie piense que solamente se debe obedecer a la autoridad de los pastores sagrados, y especialmente del Romano Pontífice, en aquellas materias dogmáticas cuya negación obstinada no puede separarse del crimen de herejía.
Tampoco basta aceptar sincera y firmemente las doctrinas que, aunque no hayan sido definidas mediante un juicio solemne, son propuestas por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia como divinamente reveladas y deben creerse con fe católica y divina.26
Debe contarse también entre los deberes de los cristianos dejarse gobernar y dirigir por la autoridad y guía de los obispos y, sobre todo, de la Sede Apostólica.
La conveniencia de este deber resulta fácil de comprender.
Los oráculos divinos se refieren en parte a Dios, y en parte al hombre y a las cosas necesarias para su salvación eterna.
La Iglesia posee por derecho divino la autoridad de mandar, tanto acerca de lo que debe creerse como acerca de lo que debe hacerse.
Dentro de la Iglesia, esta autoridad corresponde al Sumo Pontífice.
Por ello el Pontífice debe poder juzgar con autoridad qué contienen las palabras divinas, cuáles doctrinas concuerdan con ellas y cuáles se apartan.
Por la misma razón debe mostrar qué es honesto y qué es vergonzoso, qué debe hacerse y qué debe evitarse para alcanzar la salvación.
De otro modo no podría ser intérprete seguro de la palabra de Dios ni guía segura de la vida humana.
8. Naturaleza de la Iglesia y relación con el poder civil
Es necesario penetrar más profundamente en la naturaleza de la Iglesia.
No es una reunión de cristianos formada por casualidad.
Es una sociedad establecida por Dios con una organización excelente, cuyo fin directo e inmediato es proporcionar paz y santidad a las almas.
Como posee por don divino todos los medios necesarios para ese fin, tiene leyes determinadas, deberes determinados y una manera de gobernar a los pueblos cristianos conforme con su propia naturaleza.
El ejercicio de este gobierno es difícil y encuentra frecuentes obstáculos.
La Iglesia gobierna pueblos extendidos por todas las regiones de la tierra, diferentes en raza y costumbres.
Como cada pueblo vive dentro de su propio Estado y bajo sus propias leyes, debe obedecer al mismo tiempo a la potestad civil y a la sagrada.
Estos deberes se encuentran unidos en las mismas personas, pero no son contradictorios ni confusos.
Unos se refieren a la prosperidad del Estado y otros al bien común de la Iglesia.
Ambos están destinados a conducir al hombre hacia su perfección.
Una vez establecidos los límites de los derechos y deberes, resulta completamente claro que los gobernantes civiles son libres para administrar los asuntos del Estado.
Y lo hacen no solo sin oposición de la Iglesia, sino con su ayuda manifiesta.
La Iglesia manda practicar la piedad, que es justicia hacia Dios, y por ese mismo hecho llama también a la justicia hacia los gobernantes.
Pero la potestad sagrada tiene un fin mucho más noble.
Busca gobernar las almas defendiendo «el Reino de Dios y su justicia»,27 y se dedica enteramente a esta misión.
Sin poner en peligro la fe, nadie puede dudar de que este gobierno de las almas fue confiado exclusivamente a la Iglesia y de que la potestad política no tiene lugar en él.
Jesucristo no entregó al César, sino a Pedro, las llaves del Reino de los cielos.
De esta doctrina acerca de las cosas políticas y religiosas se siguen otras consecuencias importantes que no queremos omitir.
La sociedad cristiana se diferencia profundamente de toda forma de gobierno político.
Aunque posea cierta semejanza y estructura de reino, su origen, causa y naturaleza son muy diferentes de los reinos humanos.
La Iglesia tiene derecho a vivir y protegerse mediante instituciones y leyes conformes con su propia naturaleza.
Como no solo es una sociedad perfecta, sino también superior a cualquier sociedad humana, se niega por derecho y por deber a seguir los intereses de los partidos y a someterse a las cambiantes alianzas de los asuntos civiles.
La Iglesia es protectora de sus propios derechos y respetuosa de los derechos ajenos.
No considera que le corresponda determinar qué forma de gobierno es preferible o mediante qué instituciones deben administrarse los asuntos civiles de las naciones cristianas.
No rechaza ninguna de las diversas formas de gobierno, con tal de que se conserven la religión y la moral.
Los pensamientos y las acciones de cada cristiano deben dirigirse de acuerdo con este ejemplo.
Es indudable que puede existir una competencia honesta en el orden político.
Respetando siempre la verdad y la justicia, puede lucharse para que prevalezcan en la práctica aquellas opiniones consideradas más favorables al bien común.
Pero arrastrar a la Iglesia hacia los partidos o querer convertirla en auxiliar para derrotar a los adversarios es propio de quienes abusan desordenadamente de la religión.
La religión debe ser santa e inviolable para todos.
En la propia organización de los Estados, que no puede separarse de las leyes morales y de los deberes religiosos, debe buscarse principalmente y de manera constante aquello que más favorezca al nombre cristiano.
Cuando este bien se encuentre en peligro por obra de los adversarios, deben cesar todas las divisiones.
Con unidad de ánimo y de consejo, debe emprenderse la protección y defensa de la religión, que es el máximo bien común al cual deben ordenarse todas las cosas.
9. Norma para la acción pública de los católicos
Consideramos necesario explicar esta cuestión con mayor precisión.
La Iglesia y el Estado poseen cada uno su propia soberanía.
Por ello ninguno obedece al otro en la administración de los asuntos propios, siempre dentro de los límites determinados por el fin inmediato de cada uno.
Pero de aquí no se sigue de ninguna manera que se encuentren separados y mucho menos enfrentados.
La naturaleza no concedió al hombre únicamente la existencia, sino también la capacidad de vivir moralmente.
De la tranquilidad del orden público, fin inmediato de la sociedad civil, el hombre espera poder vivir bien.
Y espera todavía más: recibir protección suficiente para perfeccionar sus costumbres.
Esta perfección no se encuentra sino en el conocimiento y la práctica de la virtud.
Al mismo tiempo desea, como debe, encontrar en la Iglesia los auxilios mediante los cuales pueda cumplir perfectamente el deber de la piedad.
Ese deber consiste en conocer y practicar la verdadera religión, que es la principal de las virtudes porque, al conducir todo hacia Dios, completa y perfecciona a las demás.
Al establecer instituciones y leyes debe considerarse la naturaleza moral y religiosa del hombre.
Debe procurarse su perfección de manera recta y ordenada.
Nada debe mandarse o prohibirse sin considerar cuál es el fin de la sociedad civil y cuál el de la sociedad religiosa.
Por esta causa, no puede resultar indiferente para la Iglesia la clase de leyes que rigen en los Estados.
No porque pertenezcan simplemente al orden civil, sino porque algunas veces exceden sus límites legítimos e invaden los derechos de la Iglesia.
Más aún, resistir cuando el orden del Estado perjudica a la religión, y procurar con diligencia que la fuerza del Evangelio penetre las leyes y las instituciones de los pueblos, es una misión confiada por Dios a la Iglesia.
Como la fortuna del Estado depende principalmente de la calidad de quienes gobiernan al pueblo, la Iglesia no puede ofrecer su apoyo o favor a hombres que la combaten, que se niegan abiertamente a respetar sus derechos o que procuran separar las realidades sagradas y civiles unidas por la naturaleza.
Por el contrario, la Iglesia debe favorecer a quienes poseen una opinión recta acerca de la sociedad civil y de la sociedad cristiana, y quieren que ambas trabajen concordemente por el bien común.
Estos preceptos contienen la norma que todo católico debe seguir en la actividad pública.
En cualquier lugar donde la Iglesia permita intervenir en los asuntos públicos, deben favorecerse hombres de probidad reconocida que estén dispuestos a servir al nombre cristiano.
No puede existir causa alguna que permita preferir a quienes tienen disposiciones hostiles hacia la religión.
De aquí aparece la importancia del deber de conservar la concordia de las almas, especialmente en un tiempo en el cual el nombre cristiano es atacado mediante planes tan astutos.
Quienes procuren adherirse diligentemente a la Iglesia, «columna y fundamento de la verdad»,28 evitarán con facilidad a los falsos maestros que prometen libertad mientras ellos mismos son esclavos de la corrupción.29
Al participar de la fuerza divina que reside en la Iglesia, vencerán las insidias mediante la sabiduría y la violencia mediante la fortaleza.
No corresponde investigar aquí si la inactividad y las divisiones internas de los católicos contribuyeron a las revoluciones modernas, ni en qué medida lo hicieron.
Pero es cierto que los hombres perversos habrían tenido menos audacia y no habrían causado tantas ruinas si la fe «que obra por la caridad»30 hubiera permanecido más fuerte y vigorosa en las almas de muchos, y si no se hubiera abandonado tan ampliamente la regla de las costumbres cristianas recibida de Dios.
Ojalá el recuerdo del pasado produzca al menos este beneficio: actuar con mayor sabiduría en el futuro.
10. La falsa prudencia y el celo desordenado
Quienes se dispongan a intervenir en los asuntos públicos deben evitar cuidadosamente dos vicios principales.
Uno usurpa el nombre de prudencia; el otro consiste en la temeridad.
Algunos afirman que no conviene resistir abiertamente a la maldad cuando es poderosa y dominante, para no exasperar todavía más los ánimos enemigos.
No se sabe con certeza si estos hombres están a favor de la Iglesia o contra ella.
Aseguran profesar la doctrina católica, pero quieren que la Iglesia permita la propagación impune de ciertas opiniones contrarias a esa doctrina.
Lamentan la pérdida de la fe y la corrupción de las costumbres, pero no trabajan por aplicar remedio alguno.
Muchas veces aumentan incluso el mal mediante una indulgencia excesiva o una disimulación perjudicial.
No quieren que nadie dude de su buena voluntad hacia la Sede Apostólica.
Pero siempre encuentran algo que reprochar al Sumo Pontífice.
La prudencia de estos hombres pertenece al género que san Pablo llamó «sabiduría de la carne» y muerte del alma, porque «no está sometida a la ley de Dios, ni puede estarlo».31
Nada es menos adecuado para remediar los males.
Los enemigos de la Iglesia tienen el propósito declarado, y muchos de ellos se glorían de ello, de destruir completamente, si fuera posible, la religión católica, que es la única verdadera.
Con semejante propósito no retroceden ante nada.
Comprenden que, cuanto más debilitada se encuentre la fortaleza de sus adversarios, tanto más fácil será realizar sus perversos planes.
Quienes aman la «sabiduría de la carne» y fingen ignorar que todo cristiano debe ser un buen soldado de Cristo, quieren alcanzar los premios debidos a los vencedores siguiendo un camino muy cómodo y sin participar en el combate.
Lejos de impedir el avance de los males, lo facilitan.
Por otra parte, no son pocos quienes, movidos por un celo engañoso o, lo que sería más culpable, fingiendo una cosa mientras realizan otra, asumen funciones que no les corresponden.
Quieren que los asuntos de la Iglesia sean administrados según su propio juicio y arbitrio.
Todo cuanto se realiza de otra manera les causa disgusto o lo reciben con resistencia.
Estos hombres se consumen en luchas inútiles y son tan censurables como los anteriores.
Semejante conducta no consiste en seguir a la autoridad legítima, sino en adelantarse a ella.
Equivale a arrebatar a los gobernantes sus funciones para entregarlas a personas particulares, causando una gran perturbación del orden que Dios estableció para que fuera conservado perpetuamente en su Iglesia y que no permite violar impunemente.
Obran de manera excelente quienes no rehúsan entrar en combate cuando es necesario.
Están convencidos de que la fuerza injusta desaparecerá y terminará cediendo ante la santidad del derecho y de la religión.
Parecen emprender algo digno de la antigua virtud cuando procuran defender la religión, especialmente contra aquella facción audaz nacida para perseguir el nombre cristiano.
Esa facción no cesa de hostigar con enemistad al Sumo Pontífice, reducido bajo su poder.
Pero quienes combaten de manera recta conservan cuidadosamente el espíritu de obediencia y no acostumbran emprender nada por su propia autoridad.
11. Prudencia espiritual y obediencia a los obispos
La voluntad de obedecer, unida a un ánimo fuerte y constante, es necesaria para todos los cristianos, para que, cualquiera que sea la prueba presentada por los tiempos, no sean deficientes en nada.32
Deseamos vivamente que quede profundamente grabada en cada alma aquella disposición que san Pablo llama «prudencia del espíritu».33
Esta prudencia sigue, al ordenar las acciones humanas, la excelente regla del justo medio.
Impide que el hombre se desaliente tímidamente por cobardía o confíe excesivamente por temeridad.
Existe una diferencia entre la prudencia política relacionada con el bien común y la que se refiere al bien particular de cada persona.
La segunda aparece en las personas privadas que obedecen al consejo y a la recta razón en el gobierno de sí mismas.
La primera corresponde a quienes gobiernan y, principalmente, a los príncipes cuyo oficio consiste en mandar con autoridad.
Por eso la prudencia política de los particulares parece consistir enteramente en cumplir fielmente los mandatos de la autoridad legítima.34
Esta disposición y este orden deben tener todavía mayor fuerza en la sociedad cristiana.
La prudencia del Pontífice comprende muchas y diversas materias.
Le corresponde no solo gobernar la Iglesia, sino ordenar en general las acciones de los ciudadanos cristianos para que concuerden convenientemente con la esperanza de alcanzar la salvación eterna.
De aquí resulta claro que, además de la máxima concordia de opiniones y acciones, es necesario respetar en la conducta práctica la sabiduría de la autoridad eclesiástica.
El gobierno de la sociedad cristiana, inmediatamente después y bajo el Romano Pontífice, corresponde a los obispos.
Aunque no alcanzan la cumbre de la potestad pontificia, son verdaderos príncipes dentro de la jerarquía eclesiástica.
Como cada uno administra una Iglesia particular, son «como los principales artífices del edificio espiritual».35
Tienen como auxiliares de sus funciones y ministros de sus consejos a los clérigos.
La actividad de la vida debe acomodarse a esta constitución de la Iglesia, que ningún hombre puede modificar.
Así como los obispos necesitan permanecer unidos a la Sede Apostólica en el ejercicio del episcopado, también los clérigos y los laicos deben vivir y actuar estrechamente unidos a sus obispos.
Puede existir en la conducta de los mismos pastores alguna cosa menos digna de alabanza o alguna opinión que no merezca aprobación.
Pero ninguna persona particular debe atribuirse la función de juez que Cristo Nuestro Señor confió únicamente a aquel a quien puso al frente de sus corderos y ovejas.
Cada uno debe recordar la sabia sentencia de san Gregorio Magno:
«Debe advertirse a los súbditos que no juzguen temerariamente la vida de sus superiores si los ven realizar algo censurable.
No suceda que, mientras reprueban justamente el mal, caigan por impulso de la soberbia en males más profundos.
Debe advertírseles que, cuando consideran las faltas de sus superiores, no se vuelvan más audaces contra ellos.
Si algunas de sus acciones son muy perversas, júzguenlas interiormente, pero, contenidos por el temor de Dios, no rehúsen soportar bajo ellos el yugo de la reverencia.
Las acciones de los superiores no deben ser heridas con la espada de la palabra, incluso cuando se juzgue rectamente que merecen reprensión».36
12. La virtud cristiana y la seguridad de las naciones
Todos los esfuerzos serán poco útiles si la vida no se ordena conforme a la disciplina de las virtudes cristianas.
Las Sagradas Escrituras dicen acerca del pueblo judío:
«Mientras no pecaron delante de su Dios, les fue bien, porque su Dios odia la iniquidad.
Pero cuando se apartaron del camino que Dios les había dado para que caminaran por él, fueron exterminados en las guerras por muchas naciones».37
La nación judía representaba una forma inicial del pueblo cristiano.
En los acontecimientos de su antigua historia aparecía con frecuencia una imagen de la verdad futura.
Pero la bondad divina nos enriqueció y adornó con beneficios mucho mayores.
Por esta razón, la ingratitud convierte los pecados de los cristianos en culpas mucho más graves.
Dios no abandona a la Iglesia en ningún tiempo ni de ninguna manera.
Por ello no tiene nada que temer de la maldad de los hombres.
Pero las naciones que degeneran de la virtud cristiana no pueden tener la misma seguridad:
«El pecado hace miserables a los pueblos».38
Si todas las épocas anteriores experimentaron la fuerza y verdad de esta sentencia, ¿por qué no habría de experimentarla también la nuestra?
Muchos signos muestran que se aproximan los castigos debidos.
Lo confirma también el estado de las naciones.
Vemos a muchas consumidas por males internos y a ninguna completamente segura.
Si las facciones de los malvados continúan audazmente el camino emprendido, y si aumentan en recursos y poder del mismo modo que avanzan en sus malas artes y peores propósitos, deberá temerse que destruyan completamente las naciones desde los fundamentos establecidos por la naturaleza.
Tantos peligros no pueden ser apartados únicamente mediante las fuerzas humanas.
Una multitud inmensa, después de rechazar la fe cristiana, recibe el justo castigo de su soberbia.
Cegada por las pasiones, busca inútilmente la verdad, abraza lo falso como verdadero y se considera sabia cuando llama al mal bien y al bien mal, cuando pone las tinieblas por luz y la luz por tinieblas.39
Es necesario, por tanto, que Dios intervenga y, recordando su misericordia, vuelva sus ojos hacia la sociedad civil de los hombres.
13. La caridad cristiana y la concordia
Como hemos exhortado vivamente en otras ocasiones, es necesario trabajar con particular empeño y constancia para alcanzar la clemencia divina mediante la oración humilde y restaurar las virtudes que constituyen la vida cristiana.
Debe despertarse y protegerse principalmente la caridad.
Ella contiene el fundamento principal de la vida cristiana y, sin ella, las demás virtudes no existen o permanecen sin fruto.
San Pablo, después de exhortar a los colosenses a huir de todos los vicios y consagrarse a la práctica de las virtudes, añadió:
«Por encima de todas estas cosas, tened caridad, que es el vínculo de la perfección».40
La caridad es verdaderamente vínculo de perfección.
Une íntimamente con Dios a quienes abraza y hace que reciban de Él la vida del alma, que actúen con Dios y que todo lo ordenen hacia Dios.
El amor de Dios debe unirse con el amor del prójimo.
Los hombres participan de la bondad infinita de Dios y llevan impresa en sí mismos su imagen y semejanza.
«Este mandamiento hemos recibido de Dios: que quien ama a Dios ame también a su hermano».41
«Si alguno dice: Amo a Dios, y odia a su hermano, es mentiroso».42
El divino Legislador llamó nuevo a este mandamiento de la caridad.
No porque una ley anterior o la propia naturaleza no hubieran mandado ya a los hombres amarse mutuamente.
Lo llamó nuevo porque el modo cristiano de amar era completamente nuevo y desconocido en la memoria de los hombres.
Jesucristo alcanzó para sus discípulos y seguidores la misma caridad con que Él es amado por su Padre y con la cual Él mismo ama a los hombres.
Así podrían ser en Él un solo corazón y una sola alma, como Él y el Padre son uno por naturaleza.
Nadie ignora cuán profundamente penetró desde el comienzo la fuerza de este mandamiento en el corazón de los cristianos.
Tampoco se ignoran los abundantes frutos de concordia, benevolencia mutua, piedad, paciencia y fortaleza que produjo.
¿Por qué no dedicar nuestros esfuerzos a imitar los ejemplos de nuestros antepasados?
Los tiempos mismos ofrecen fuertes motivos para practicar la caridad.
Como los impíos renuevan sus odios contra Jesucristo, los cristianos deben renovar la piedad y reavivar la caridad, capaz de realizar grandes obras.
Cesen, por tanto, las discordias que existan.
Callen aquellas luchas que disipan las fuerzas de quienes combaten y no proporcionan beneficio alguno a la religión.
Unidas las inteligencias por la fe y las voluntades por la caridad, vivamos, como corresponde, en el amor de Dios y de los hombres.
14. La familia y la educación cristiana
Esta materia Nos ofrece la ocasión de exhortar especialmente a los padres de familia.
Deben procurar gobernar sus hogares conforme a estos preceptos y educar cristianamente a sus hijos desde una edad temprana.
La familia contiene los principios de la sociedad civil.
El destino de los Estados se forma en gran parte dentro de las paredes del hogar.
Por esta razón, quienes quieren separar a la sociedad de las instituciones cristianas comienzan sus planes desde la raíz y se apresuran a corromper la sociedad doméstica.
No los aparta de este crimen la consideración de que no puede realizarse sin cometer una gravísima injuria contra los padres.
Los padres poseen por naturaleza el derecho de educar a los hijos que engendraron.
A este derecho se une el deber de que la educación y enseñanza de los niños se conforme con el fin para el cual recibieron de Dios el beneficio de la descendencia.
Por tanto, los padres deben esforzarse y luchar para rechazar toda injuria en esta materia.
Deben conseguir que permanezca bajo su autoridad la educación cristiana de sus hijos.
Sobre todo, deben impedir que asistan a escuelas donde exista peligro de que absorban el veneno de la impiedad.
Cuando se trata de formar rectamente a la juventud, ningún trabajo ni esfuerzo puede considerarse tan grande que no deba ser realizado.
Merecen la admiración de todos numerosos católicos de distintas naciones que, con grandes gastos y una constancia todavía mayor, fundaron escuelas para la educación de los niños.
Conviene imitar este saludable ejemplo donde las circunstancias lo exijan.
Pero todos deben estar firmemente convencidos de que la educación doméstica ejerce una influencia enorme sobre el alma de los niños.
Si durante la juventud encuentran en el hogar la regla de una vida recta y una escuela de virtudes cristianas, la salvación de los Estados contará con una gran protección.
15. Exhortación final y Bendición Apostólica
Creemos haber tratado ya los asuntos que los católicos deben principalmente practicar y evitar en nuestro tiempo.
Corresponde ahora a vosotros, Venerables Hermanos, procurar que Nuestra voz llegue a todas partes y que todos comprendan cuán importante es llevar a la práctica cuanto hemos enseñado en estas letras.
El cumplimiento de estos deberes no puede resultar molesto ni pesado, porque el yugo de Jesucristo es suave y su carga ligera.
Si algo pareciera difícil de realizar, procurad mediante vuestra autoridad y vuestro ejemplo que cada persona intensifique su esfuerzo y muestre un ánimo invencible ante las dificultades.
Mostrad, como Nos mismo hemos advertido muchas veces, que se encuentran en peligro bienes excelentísimos y sumamente deseables.
Para conservarlos deben considerarse soportables todos los trabajos.
Esos mismos trabajos recibirán una recompensa tan grande como la máxima recompensa producida por una vida vivida cristianamente.
Negarse a combatir por Cristo equivale a combatir contra Él.
Él mismo testimonia que negará ante su Padre celestial a quienes se hayan negado a confesarlo delante de los hombres en la tierra.43
Por lo que se refiere a Nos y a todos vosotros, mientras tengamos vida jamás permitiremos que nuestra autoridad, nuestro consejo o nuestro trabajo falten de alguna manera en este combate.
No existe duda de que, mientras dure la lucha, la ayuda especial de Dios asistirá tanto al rebaño como a los pastores.
Sostenidos por esta confianza, como prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra benevolencia, impartimos amorosamente en el Señor la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, y a todo el clero y pueblo confiado a cada uno.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 10 de enero de 1890, duodécimo año de Nuestro Pontificado.
León Papa XIII
NOTAS
(1) Cf. Tobías 1, 2.
(2) Marcos 16, 16.
(3) Mateo 6, 24.
(4) Hechos de los Apóstoles 5, 29.
(5) Segunda carta a Timoteo 1, 7.
(6) Tito 3, 1.
(7) Hechos de los Apóstoles 4, 19-20.
(8) Juan 18, 37.
(9) Lucas 12, 49.
(10) Lucas 17, 5.
(11) Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 3, artículo 2, respuesta a la segunda objeción.
(12) Juan 16, 33.
(13) Romanos 10, 14 y 17.
(14) Hechos de los Apóstoles 20, 28.
(15) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, conclusión.
(16) Colosenses 1, 24.
(17) Romanos 12, 4-5.
(18) Cantar de los Cantares 6, 9 según la numeración de la Vulgata; 6, 10 en muchas ediciones modernas.
(19) Lucas 11, 23.
(20) Primera carta a los Corintios 1, 10.
(21) Efesios 4, 5.
(22) Segunda carta a los Corintios 4, 13.
(23) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo 3.
(24) Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 5, artículo 3.
(25) Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 1, artículo 10.
(26) Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, capítulo 3, sobre la fe.
(27) Mateo 6, 33. La edición histórica imprime por error Mateo 7, 33.
(28) Primera carta a Timoteo 3, 15.
(29) Segunda carta de san Pedro 2, 1 y 19.
(30) Gálatas 5, 6.
(31) Romanos 8, 6-7.
(32) Santiago 1, 4.
(33) Romanos 8, 6.
(34) Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 47, artículo 12.
(35) Santo Tomás de Aquino, Cuestiones disputadas y quodlibetales, Quodlibet I, cuestión 7, artículo 2, según la referencia de la edición histórica.
(36) San Gregorio Magno, Regla pastoral, parte III, capítulo 4.
(37) Judit 5, 21-22.
(38) Proverbios 14, 34.
(39) Isaías 5, 20.
(40) Colosenses 3, 14.
(41) Primera carta de san Juan 4, 21.
(42) Primera carta de san Juan 4, 20.
(43) Lucas 9, 26.
Fuente histórica principal: Acta Sanctae Sedis, volumen XXII, Roma, Tipografía Políglota de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1889-1890, pp. 385-404.


