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Encíclica Traditi Humilitati

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 15 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Educación católica, Indiferentismo religioso, Pio VIII, Sociedades secretas

20 Minutos de lectura

Retrato del Papa Pío VIII

Fecha de publicación: 24 de mayo de 1829

Autor: Su santidad Pío VIII

Breve resumen: Sobre el programa de su pontificado y contra los errores que atacan la fe católica, especialmente el indiferentismo religioso, la difusión de doctrinas perversas, las sociedades secretas, la corrupción de la juventud, los libros perniciosos y los ataques contra la santidad del matrimonio.

Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Traditi humilitati, ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto original latino. Para verificar el sentido de algunos pasajes, se han consultado también otras ediciones históricas. La puntuación se ha adaptado para facilitar la lectura y su reproducción mediante sistemas de voz. Los subtítulos han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al documento original.


A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos.

El papa Pío VIII. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. Al asumir el pontificado

Al disponernos en este día a tomar posesión del pontificado en la Basílica Lateranense, según la costumbre establecida por Nuestros Predecesores, abrimos con alegría Nuestro corazón ante vosotros, Venerables Hermanos. Dios, de quien proceden todas las dignidades y bajo cuyo dominio se encuentran los acontecimientos y los tiempos, os ha dado a Nos como colaboradores en el cumplimiento de tan elevado ministerio.

Nos es dulce y grato manifestaros los íntimos sentimientos de Nuestra benevolencia. Pero consideramos, sobre todo, que será muy provechoso para la vida cristiana permanecer unidos con vosotros en espíritu, y examinar juntos los medios por los cuales puedan procurarse cada día mayores bienes para la Iglesia.

Tal es el deber del ministerio que Nos ha sido confiado por disposición divina, en la persona de san Pedro. El mismo Fundador de la Iglesia quiso que correspondiera a Pedro, y a sus sucesores, alimentar, dirigir y gobernar no solo a los corderos, es decir, al pueblo cristiano, sino también a las ovejas, es decir, a los obispos.

2. Consuelo en la fidelidad de los pastores

Nos alegramos de todo corazón y bendecimos al Príncipe de los pastores. Él ha querido colocar al frente de su grey a pastores que, con diligencia y solicitud, la conducen por los caminos de la justicia, la apartan de los peligros y procuran no perder a ninguno de aquellos que el Padre les ha confiado.

Conocemos bien, Venerables Hermanos, la firmeza de vuestra fe, vuestro constante celo por la religión, la santidad de vuestra vida y vuestra singular prudencia.

De una corona de colaboradores tan dignos esperamos abundantes motivos de alegría para Nos, para la Iglesia y para esta Santa Sede. Esta esperanza fortalece Nuestro ánimo bajo el peso de tan grave cargo. También Nos consuela y reanima cuando Nos vemos abrumados por la multitud de preocupaciones que Nos rodean.

Por eso, omitiremos gustosamente deteneros con largas exhortaciones, como si fuera necesario estimular a quienes ya se apresuran a cumplir su deber. Los sagrados cánones enseñan cuanto debe tenerse presente para desempeñar rectamente el ministerio. Tampoco es preciso recordaros que ningún pastor debe abandonar el lugar y la vigilancia de la grey que le ha sido confiada, ni con qué atención y diligencia han de elegirse los ministros de las cosas divinas.

Preferimos elevar Nuestras súplicas a Dios, nuestro Salvador. Le pedimos que os proteja con la fuerza de su gracia, y que lleve a feliz término vuestras obras y vuestros esfuerzos.

3. Los errores que combaten abiertamente la fe

Aunque Dios Nos consuela mediante vuestra fortaleza, Venerables Hermanos, todavía debemos permanecer entristecidos. Incluso en medio de la paz, sentimos las amargas aflicciones que los hijos de este siglo causan a la Iglesia.

Hablamos, Hermanos, de males conocidos y manifiestos. Los lamentamos con lágrimas comunes. Por ello, también debemos trabajar unidos para corregirlos, arrancarlos de raíz y vencerlos.

Nos referimos a los innumerables errores y a las doctrinas perversas con que se combate la fe católica. Ya no se difunden únicamente en secreto o a escondidas. Ahora se presentan abiertamente y, muchas veces, con manifiesto encarnizamiento.

Sabéis de qué manera ciertos hombres perversos han levantado las señales de la guerra contra la religión. Para ello recurren a una filosofía de la cual se proclaman maestros, y a razonamientos vacíos, nacidos de principios puramente mundanos.

Esta Santa Sede Romana del bienaventurado Pedro, sobre la cual Cristo estableció el fundamento visible de su Iglesia, es perseguida de manera especial. Poco a poco se rompen los vínculos de la unidad. Se menoscaba la autoridad de la Iglesia. Sus ministros son aislados y expuestos al desprecio.

Los preceptos más santos son rechazados. Los ritos divinos son tratados con burla. El culto de Dios se ha convertido en abominación para el pecador.1 Todo lo relacionado con la religión es presentado como una antigua fábula o como una superstición sin fundamento.

Por eso decimos entre lágrimas: verdaderamente han rugido los leones contra Israel.2 Verdaderamente se han reunido contra Dios y contra su Cristo. Verdaderamente han clamado los impíos: «Arrasad Jerusalén. Arrasadla hasta sus cimientos».3

4. El indiferentismo religioso

A este fin se dirige la abominable maquinación de los sofistas de nuestro tiempo. No admiten diferencia alguna entre las diversas profesiones de fe. Sostienen que la puerta de la salvación eterna está abierta para todos, cualquiera que sea la religión que profesen. Además, acusan de ligereza y necedad a quienes abandonan la religión en la cual fueron educados para abrazar otra, aunque esta sea la religión católica.

Es, ciertamente, un horrendo prodigio de impiedad atribuir la misma alabanza a la verdad y al error, a la virtud y al vicio, a la honestidad y a la deshonra.

Este sistema de indiferencia religiosa es verdaderamente mortal. Lo rechaza incluso la luz de la razón natural. La razón nos enseña que, entre religiones que se contradicen entre sí, si una es verdadera, la otra necesariamente es falsa. No puede existir unión alguna entre la luz y las tinieblas.

Es necesario, Venerables Hermanos, instruir a los pueblos contra estos engañadores. Debéis enseñarles que la profesión de la fe católica es la única verdadera, conforme a las palabras del Apóstol: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo».4

Por eso, como decía san Jerónimo, será profano quien coma el cordero fuera de esta casa. Y perecerá, cuando llegue el diluvio, quien no se encuentre dentro del arca de Noé.5 Fuera del nombre de Jesús no se ha dado a los hombres ningún otro nombre por el cual debamos salvarnos.6 El que crea será salvo. El que no crea será condenado.7

5. Las sociedades bíblicas y las traducciones no autorizadas

También es necesario vigilar contra los proyectos de aquellas sociedades que publican nuevas traducciones de los libros de la Biblia. Esas versiones se preparan en diversas lenguas vulgares, al margen de las saludables normas de la Iglesia. Con frecuencia, el texto es desviado astutamente hacia sentidos erróneos, según el juicio privado de cada traductor.

Esas traducciones se distribuyen gratuitamente por todas partes, incluso entre las personas menos instruidas, mediante gastos enormes e increíbles. No pocas veces se introducen en ellas pequeños escritos perversos. De este modo, los lectores beben un veneno mortal allí donde creían encontrar las aguas de la sabiduría que salva.

Desde hace mucho tiempo, la Sede Apostólica ha querido advertir al pueblo cristiano acerca de este grave daño contra la fe. También ha condenado a los autores de tan gran perjuicio.

Por esta razón fueron recordadas las disposiciones de la cuarta regla del Índice, publicado por mandato del Concilio de Trento, y las normas establecidas por la Congregación del Índice. De acuerdo con ellas, las versiones de la Biblia en lengua vulgar no deben permitirse, salvo cuando hayan sido aprobadas por la Sede Apostólica y publicadas con anotaciones tomadas de los Santos Padres de la Iglesia o de autores católicos dignos de confianza.8

El santo Concilio de Trento, para contener a los espíritus temerarios, decretó también que nadie, apoyándose en su propio juicio, se atreva a interpretar la Sagrada Escritura, en materias de fe y costumbres pertenecientes a la doctrina cristiana, deformándola conforme a sus opiniones. Tampoco debe interpretarla contra el sentido que sostuvo y sostiene la Santa Madre Iglesia, ni contra el consentimiento unánime de los Padres.9

Estas disposiciones canónicas muestran claramente que las maquinaciones de esta clase contra la fe católica ya habían sido rechazadas desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, Nuestros últimos Predecesores, de feliz memoria, vieron que tales atrevimientos se renovaban por todas partes. Movidos por su solicitud por la seguridad del pueblo cristiano, procuraron reprimirlos mediante graves cartas apostólicas.10

Usad vosotros las mismas armas, Venerables Hermanos, para combatir las batallas del Señor. El peligro que amenaza a la doctrina sagrada es muy grande. No permitáis que este veneno mortal se difunda entre vuestro rebaño, hasta provocar, especialmente, la ruina de los mismos gobernantes.

6. Las sociedades secretas contra la Iglesia y el orden civil

Después de impedir la corrupción de las Sagradas Escrituras, debéis dirigir vuestra atención, Venerables Hermanos, contra las sociedades secretas formadas por hombres sediciosos. Enemigos de Dios y de los legítimos gobernantes, trabajan enteramente para causar la ruina de la Iglesia, destruir los Estados y trastornar el orden del mundo. Una vez roto el freno de la verdadera fe, abren el camino a toda clase de crímenes.

Estos hombres procuran ocultar, bajo las tinieblas de sus ritos secretos, la maldad de sus reuniones y las decisiones que adoptan en ellas. Por esta misma razón han despertado graves sospechas acerca de los hechos vergonzosos que, en tiempos calamitosos, han brotado como desde un abismo, causando enormes daños al orden religioso y civil.

Por ello, los Sumos Pontífices Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y León XII, de quienes somos sucesores, aunque muy inferiores en méritos, condenaron repetidamente estas sociedades secretas, cualquiera que fuese el nombre con que se presentaran. Lo hicieron mediante públicas letras apostólicas.11

Nos confirmamos esas disposiciones con la plenitud de Nuestra potestad apostólica, y mandamos que sean observadas por completo.

Nosotros vigilaremos con todo Nuestro celo para que la conspiración de esas sectas no cause daño a la Iglesia ni a la sociedad civil. Pedimos también vuestra constante colaboración en esta empresa. Revestidos con la armadura celestial y firmemente unidos en un mismo espíritu, podremos sostener nuestra causa común, que es verdaderamente la causa de Dios. Así destruiremos las fortalezas levantadas por la corrompida impiedad de los hombres malvados.

7. La corrupción de la juventud

Entre estas sociedades secretas, hemos decidido señalar una en particular. Fue constituida recientemente con el propósito de corromper el ánimo de los adolescentes que estudian en gimnasios y liceos.

Sus miembros procuran colocar al frente de los alumnos a maestros perversos. Mediante doctrinas contrarias a Dios, esos maestros conducen a sus discípulos por los caminos de Baal. Conocen muy bien que la inteligencia y las costumbres de los alumnos se forman, en gran medida, por las enseñanzas de quienes los instruyen.

Por eso lamentamos, entre gemidos, que el desenfreno de ciertos jóvenes haya llegado a tal extremo. Han apartado el temor de la religión. Han rechazado la disciplina de las costumbres. Han combatido la santidad de la doctrina más pura. Han pisoteado los derechos de la autoridad religiosa y civil.

Ya no se avergüenzan de delito alguno, de ningún error ni de ninguna audacia. De ellos podemos decir, con san León Magno: «Su ley es la mentira, el demonio es su religión y la deshonestidad es su sacrificio».12

Alejad estos males de vuestras diócesis, Hermanos. Emplead para ello toda la autoridad y la influencia de que disponéis. Procurad que sean puestos al frente de la educación de los jóvenes hombres distinguidos no solo por sus conocimientos, sino, sobre todo, por la rectitud de su vida y por su piedad.

8. Formación del clero y elección de buenos pastores

Vigilad también con especial solicitud los seminarios. Los Padres del Concilio de Trento confiaron particularmente a los obispos el cuidado de estas instituciones.13

De los seminarios deben salir quienes, formados plenamente en la disciplina cristiana y eclesiástica, y bien instruidos en los principios de la doctrina más sana, manifiesten verdadera devoción en el cumplimiento del ministerio divino. Deben poseer ciencia para instruir al pueblo y gravedad en sus costumbres.

De este modo, el ministerio que se les confíe será estimado incluso por quienes se encuentran fuera de la Iglesia. Ellos podrán corregir, con una palabra llena de virtud, a quienes se apartan de los caminos de la justicia.

Por el bien de la Iglesia, pedimos también que empleéis todo vuestro celo en la elección de aquellos a quienes se confiará la cura de almas. La salud del pueblo depende, principalmente, de una prudente elección de los párrocos.

Nada conduce con mayor facilidad a la ruina de las almas que ser gobernadas por hombres que buscan sus propios intereses, y no los de Jesucristo. También son peligrosos quienes poseen escasos conocimientos, se dejan arrastrar por todo viento de doctrina y no saben conducir a la grey hacia los pastos saludables, porque ellos mismos los desconocen o los desprecian.

9. Los libros perniciosos

Por todas partes aumenta sin medida el número de libros perniciosos. Por medio de ellos, la palabra de los impíos se extiende como un cáncer por todo el cuerpo de la Iglesia.14

Vigilad, por tanto, sobre el rebaño. No rehuyáis esfuerzo alguno para apartar la peste de esos libros, pues nada puede ser más destructivo.

Recordad a las ovejas de Cristo que os han sido confiadas las palabras de Pío VII, Nuestro santísimo Predecesor y benefactor. El rebaño debe considerar como alimento saludable solamente aquel al cual lo hayan conducido la voz y la autoridad de Pedro. Debe abrazarlo y nutrirse de él.

Por el contrario, cuando la voz de Pedro lo aparte de ciertos pastos, debe considerarlos nocivos y pestilentes. Debe rechazarlos con firmeza, sin dejarse seducir por ninguna apariencia ni por ningún engaño.15

10. La santidad y la indisolubilidad del matrimonio

Teniendo en cuenta las circunstancias de nuestro tiempo, hemos considerado necesario recomendar vivamente a vuestro celo por la salvación de las almas que inculquéis en el rebaño una profunda veneración por la santidad del matrimonio.

No debe hacerse nada que disminuya la dignidad de este gran sacramento. Nada debe ofender la pureza del lecho conyugal. Tampoco debe permitirse que se introduzca duda alguna acerca de la perpetuidad del vínculo matrimonial.

Esto podrá alcanzarse si el pueblo cristiano aprende con claridad que el matrimonio no se rige únicamente por leyes humanas, sino también por la ley divina. Debe contarse entre las realidades sagradas, y no solamente entre las cosas terrenas. Por ello, está enteramente sometido a la autoridad de la Iglesia.

En otro tiempo, la unión matrimonial tenía por finalidad engendrar la descendencia y prolongarla a través de las generaciones. Ahora, Cristo Señor la ha elevado a la dignidad de sacramento y la ha enriquecido con dones celestiales. La gracia perfecciona su naturaleza.

Por eso, el matrimonio cristiano no se alegra únicamente de engendrar hijos. Procura, sobre todo, educarlos para Dios y para su divina religión. De este modo contribuye a aumentar el número de quienes adoran al verdadero Dios.

Consta, en efecto, que la unión matrimonial, cuyo autor es Dios, representa la unión perpetua y sublime de Cristo Señor con la Iglesia. Esta estrechísima unión del marido y la mujer es un sacramento. Es decir, es un signo sagrado del amor eterno de Cristo hacia su Esposa.

Es necesario, por tanto, instruir a los pueblos. Debe explicárseles lo que ha sido establecido por las leyes de la Iglesia y por los decretos de los Concilios, así como aquello que ha sido condenado.

De este modo cumplirán cuanto pertenece a la eficacia del sacramento, y no se atreverán a realizar aquello que la Iglesia rechaza. Os pedimos, en cuanto está de Nuestra parte, que atendáis esta obligación con toda la piedad, la doctrina y la diligencia que os distinguen.16

11. El deber de los pastores ante la crisis

Habéis oído, Hermanos, cuáles son los males que ahora causan mayor dolor a Nos. Puestos sobre la cátedra del Príncipe de los Apóstoles, debemos sentirnos consumidos por el celo de toda la casa de Dios.

Existen además muchos otros asuntos, no menos graves. Sería demasiado largo enumerarlos aquí, y vosotros los conocéis bien.

Pero, ¿podríamos contener Nuestra voz en una situación tan difícil para la cristiandad? ¿Podríamos, movidos por consideraciones humanas o paralizados por la indolencia, soportar en silencio que sea rasgada la túnica de Cristo Salvador, aquella túnica que ni siquiera quienes lo crucificaron se atrevieron a dividir?

No permita Dios, amados Hermanos, que a una grey dispersada y maltratada le falte el cuidado de un pastor diligente y lleno de amor.

No dudamos de que haréis incluso más de cuanto os pedimos en esta carta. Mediante vuestras enseñanzas, consejos, obras y esfuerzos, procuraréis fomentar, extender y defender la religión que hemos recibido de nuestros padres.

12. Oración por la Iglesia y por los pueblos

En medio de circunstancias tan dolorosas, debemos orar ahora de una manera especial. Debemos hacerlo en espíritu, con mayor fervor y mediante abundantes súplicas.

Pidamos a Dios que sane las heridas de Israel. Que la santa religión florezca en todas partes. Que permanezca firme la verdadera felicidad de los pueblos.

Pidamos también al Padre de las misericordias que mire con bondad los días de Nuestro ministerio. Que se digne custodiar e iluminar siempre al pastor de su grey.

Que los poderosos príncipes, movidos por la grandeza y nobleza de su ánimo, favorezcan Nuestras solicitudes y Nuestros esfuerzos. Dios les ha concedido un corazón dócil para cumplir sus mandamientos. Que los fortalezca ahora con una nueva abundancia de dones sagrados, para que realicen con constancia aquellas obras que sean útiles y saludables para la Iglesia, afligida por tantas calamidades.

13. Invocación a María, a san Pedro y a san Pablo

Pidamos estas gracias, con humilde súplica, a la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Confesamos que ella sola ha destruido todas las herejías. En este día la saludamos con gratitud bajo el título de Auxilio de los cristianos, recordando el regreso a Roma de Nuestro santísimo Predecesor Pío VII, después de haber padecido tribulaciones de toda clase.

Pidamos también al Príncipe de los Apóstoles, san Pedro, y a su compañero en el apostolado, san Pablo, que no permitan que perturbación alguna Nos haga vacilar. Permanecemos firmes sobre la roca de la confesión de la Iglesia, por la gracia de Jesucristo Nuestro Señor, Príncipe de los pastores.

De Él imploramos para vosotros, Venerables Hermanos, y para las greyes confiadas a vuestro cuidado, los más abundantes dones de gracia, paz y alegría. Mientras tanto, como testimonio de Nuestro afecto, os impartimos amorosamente la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 24 de mayo de 1829, año primero de Nuestro Pontificado.

Pío Papa VIII


NOTAS

(1) Eclesiástico 1, 32.

(2) Jeremías 2, 15. La edición latina consultada imprime Jeremías 2, 25, pero la frase citada corresponde al versículo 15.

(3) Salmo 136, 7 según la numeración de la Vulgata; Salmo 137, 7 según la numeración hebrea moderna.

(4) Efesios 4, 5.

(5) San Jerónimo, Carta 15 a san Dámaso, núm. 2.

(6) Hechos de los Apóstoles 4, 12.

(7) Marcos 16, 16.

(8) Regla IV del Índice y decreto de la Sagrada Congregación del Índice del 13 de junio de 1757.

(9) Concilio de Trento, sesión IV, Decreto sobre la edición y el uso de los libros sagrados.

(10) Entre otras, las cartas apostólicas de Pío VII del 1 de junio de 1816 y del 3 de septiembre de 1816; esta última es la carta Magno et acerbo, dirigida al arzobispo de Mohilev.

(11) Clemente XII, constitución In eminenti apostolatus specula; Benedicto XIV, constitución Providas Romanorum; Pío VII, constitución Ecclesiam a Jesu Christo; León XII, constitución Quo graviora.

(12) San León Magno, sermón quinto sobre el ayuno del décimo mes, cap. 4.

(13) Concilio de Trento, sesión XXIII, Decreto sobre la reforma, cap. 18.

(14) Segunda carta a Timoteo 2, 17.

(15) Pío VII, encíclica Diu satis, dada en Venecia el 15 de mayo de 1800.

(16) Catecismo Romano para los párrocos, parte segunda, sobre el sacramento del matrimonio.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.