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Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio

Publicado el 8 de julio de 2026

Actualizado el 17 de julio de 2026

Archivado en: Encíclicas papales

Etiquetas: Acción católica, Doctrina social, Pío XI, Realeza de Cristo

53 Minutos de lectura
Retrato del Papa Pío XI

Fecha de publicación: 23 de diciembre de 1922

Autor: Su santidad Pío XI

Breve resumen: Sobre la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Pío XI analiza los males religiosos, familiares, sociales, políticos e internacionales posteriores a la Gran Guerra, denuncia el abandono de Dios y un modernismo moral, jurídico y social, y propone la restauración del reinado de Cristo como único fundamento de la verdadera paz.


Nota editorial: La presente traducción española de la encíclica Ubi arcano Dei consilio ha sido preparada por Proyecto Emaús a partir del texto latino publicado en la edición histórica de Acta Apostolicae Sedis, volumen XIV, Roma, 1922, páginas 673-700, actualmente en el dominio público. No se ha reproducido la traducción española moderna del portal de la Santa Sede. Se han ajustado la puntuación y la división de algunos períodos sintácticos para facilitar la lectura contemporánea y su reproducción mediante sistemas de texto a voz, sin modificar el contenido doctrinal del documento. Los subtítulos y la división temática han sido añadidos por Proyecto Emaús y no pertenecen al texto original.


A los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios locales en paz y comunión con la Sede Apostólica: sobre la búsqueda de la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

Pío XI, papa. Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.

1. Primer saludo del nuevo Pontífice

Cuando, por el arcano designio y voluntad de Dios, Nos, sin mérito alguno de Nuestra parte, fuimos elevados a esta cátedra de verdad y de caridad, tuvimos inmediatamente el deseo de dirigirnos cuanto antes, por medio de una carta llena de afecto, a vosotros, Venerables Hermanos, y juntamente a todos Nuestros amados hijos confiados más de cerca a vuestros cuidados.

Pareció que dábamos una señal de esta voluntad apenas elegidos, cuando desde el lugar elevado de la Basílica Vaticana, ante una inmensa multitud, impartimos la bendición a la Urbe y al Orbe.

Vosotros, precedidos por el Sacro Colegio de Cardenales, recibisteis de todas partes aquella bendición con tanta alegría y gratitud, que fue para Nos, al asumir inesperadamente el peso de este ministerio, un consuelo oportunísimo y, junto con la confianza en el auxilio divino, verdaderamente grandísimo.

Ahora finalmente, al aproximarse la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo y el comienzo de un nuevo año, abrimos Nuestra boca a vosotros,1 para que estas palabras sean como el don solemne con que un padre lleva a sus hijos sus mejores augurios.

2. Causas que retardaron esta carta

Diversas causas, una tras otra, Nos impidieron realizar antes este deseo, como habríamos querido.

En primer lugar, debimos corresponder a la caridad de los católicos, de quienes llegaban diariamente innumerables cartas que saludaban al nuevo sucesor de Pedro con toda clase de manifestaciones de ardientísima piedad.

Después comenzamos a experimentar aquello que el Apóstol llama «la solicitud cotidiana por todas las Iglesias».2

A las ocupaciones ordinarias de Nuestro cargo se añadieron asuntos de máxima importancia, que encontramos ya planteados: continuar los cuidados acerca de Tierra Santa y del estado de los cristianos allí residentes, especialmente de las Iglesias más ilustres; defender, ante las reuniones de los Estados vencedores donde se trataba la suerte de las naciones, la causa de la caridad y de la justicia, recordando que debían tenerse en cuenta los bienes espirituales, no menos valiosos, e incluso superiores, a los demás.

Debimos también procurar con todos los medios socorrer a pueblos lejanos, abatidos por el hambre y por toda clase de calamidades. Lo hicimos enviando la mayor ayuda que permitía Nuestra pobreza e implorando la beneficencia del mundo entero.

Finalmente, en el mismo pueblo del cual procedemos y en medio del cual Dios colocó la Sede de Pedro, procuramos calmar aquellas contiendas que desde hacía tiempo se producían con violencia, y por las cuales parecía verse llevada a extremo peligro una ciudad profundamente amada por Nos.

No faltaron, al mismo tiempo, acontecimientos que Nos llenaron de gran alegría.

Durante los días en que se celebraron el XXVI Congreso Eucarístico Internacional y las solemnidades del tercer centenario de la fundación de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, Nuestro espíritu recibió tal abundancia de consuelos celestiales como apenas esperábamos gozar al inicio de Nuestro Pontificado.

Pudimos conversar separadamente con casi todos Nuestros amados hijos los Cardenales y también con tantos Venerables Hermanos Obispos, que difícilmente habríamos visto un número mayor en el transcurso de muchos años.

Nos fue concedido recibir en presencia Nuestra a grandes multitudes de fieles, como partes escogidas de aquella familia casi infinita que el Señor Nos había confiado, procedentes de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y recrearlas con palabras paternales.

3. Consuelos eucarísticos y marianos

Entonces se ofrecieron a Nuestros ojos espectáculos verdaderamente divinos.

Nuestro Redentor Jesucristo, oculto bajo los velos de la Eucaristía, fue llevado triunfalmente por la ciudad de Roma en medio de una inmensa multitud de fieles venidos de todas partes, como si fuese restituido a la posesión del honor que se le debe como Rey de los hombres y de las ciudades.

Los sacerdotes y los buenos laicos, como si el Paráclito hubiese descendido nuevamente sobre ellos, mostraron abiertamente sus almas inflamadas por el espíritu de oración y por el celo del apostolado.

La viva fe del pueblo romano fue anunciada nuevamente al mundo entero, como en otros tiempos, con gran provecho para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Mientras tanto, la Virgen María, Madre de Dios y benignísima Madre de todos nosotros, pareció aceptar con agrado aquel homenaje de Nuestra piedad.

Ella, que en otros tiempos Nos había sonreído desde sus santuarios de Czestochowa, de Ostra Brama y de la prodigiosa gruta de Lourdes, y muy especialmente en Milán desde lo alto del templo y desde el cercano santuario de Rho, recibió el venerable simulacro restaurado por Nos y coronado con Nuestras manos, que hicimos restituir al santuario de Loreto después de reparar los daños causados por un incendio.

Puede decirse que también la Augusta Virgen triunfó magníficamente.

Desde el Vaticano hasta Loreto, por dondequiera que fue trasladada la santa imagen, una serie continua de felicitaciones y manifestaciones de piedad la honró, saliendo a su encuentro gentes de toda condición para manifestar su amor a María y al Vicario de Jesucristo.

La memoria de estos acontecimientos, alegres unos y tristes otros, que queremos dejar recomendada a la posteridad, hizo que poco a poco apareciera con mayor claridad en Nuestra mente qué debía ocupar el primer lugar en Nuestro Pontificado y qué debíamos declarar primero por escrito a vosotros.

4. El mundo no ha encontrado la verdadera paz

Nadie ignora que, después de aquella calamidad de la guerra, ni los individuos, ni la sociedad humana, ni los pueblos han encontrado todavía la paz verdadera.

Aún se echa de menos aquella tranquilidad activa y fecunda que todos desean.

Para aplicar a este mal el remedio oportuno, como deseamos hacerlo, es necesario considerar primero atentamente su magnitud y gravedad, e investigar después sus causas y sus semillas.

Esto Nos proponemos realizar en estas letras, por conciencia de Nuestro oficio apostólico, y no dejaremos de proseguirlo en adelante.

Perduran, en efecto, los mismos tiempos que afligieron el ánimo de Nuestro amadísimo predecesor Benedicto XV durante todo su Pontificado.

Por ello conviene que Nos hagamos Nuestras las mismas preocupaciones y propósitos que él tuvo en esta materia.

Y es de desear que todos los buenos sientan y quieran lo mismo que Nos, y Nos presten su colaboración para obtener de Dios una verdadera y duradera reconciliación entre los hombres.

Resultan admirablemente apropiadas para nuestro tiempo aquellas palabras de los profetas:

«Esperamos la paz, y no hubo bien; tiempo de remedio, y he aquí el temor».3

«Tiempo de curación, y he aquí la turbación».4

«Esperamos la luz, y he aquí las tinieblas; el juicio, y no existe; la salvación, y se ha alejado de nosotros».5

Aunque en Europa se han depuesto las armas desde hace tiempo, sabéis que en el cercano Oriente amenazan nuevos peligros de guerra.

Allí, en extensísimas regiones, como hemos dicho, todo está lleno de horrores y miserias, y una inmensa multitud de desgraciados, especialmente ancianos, mujeres y niños, perece diariamente de hambre, peste y devastación.

Dondequiera que se combatió recientemente, los antiguos resentimientos no se han calmado todavía.

Se ejercen ya disimuladamente en la política, ya ocultamente en las fluctuaciones económicas, ya abiertamente en los escritos diarios y periódicos, e incluso invaden campos que por su naturaleza nada tienen de amarga contienda, como son las letras y las artes.

5. Rivalidades internacionales, lucha social y desorden político

De aquí procede que las enemistades y mutuas ofensas entre los Estados no permitan respirar a los pueblos.

No solo los vencidos están enfrentados con los vencedores, sino que también los vencedores se tratan entre sí con enemistad.

Unos se quejan de haber sido oprimidos y agotados por los mayores; otros, de ser objeto de los odios y asechanzas de los menores.

Todos los Estados sienten los daños de la guerra concluida. Los padecen de modo máximo los que fueron derrotados, pero también los que se abstuvieron de combatir sufren daños no pequeños.

Estos males, por la demora del remedio, se vuelven cada día más intolerables, especialmente porque las múltiples iniciativas y ensayos realizados hasta ahora por los políticos para remediarlos no han producido resultado alguno, o incluso han tenido un resultado peor del esperado.

Así, al crecer el temor de guerras todavía más calamitosas, todos los Estados se ven obligados a vivir en preparación militar.

De esto se sigue el agotamiento de los tesoros públicos, el desgaste de la fuerza de la juventud, y también la perturbación de los estudios, de la práctica religiosa y de la disciplina moral.

A las enemistades externas de los pueblos se añaden, lo que es peor, las discordias internas que ponen en peligro tanto la estabilidad de los Estados como la propia sociedad civil.

En primer lugar debe mencionarse la lucha entre las clases, que como úlcera mortal se ha envejecido ya en el seno de las naciones, hiriendo el trabajo, la industria, el comercio y todos los elementos de la prosperidad privada y pública.

Esta plaga se vuelve cada día más perniciosa por la creciente avidez de bienes exteriores en unos, la tenacidad en otros, y el común deseo de poseer y dominar.

De ahí nacen frecuentemente las interrupciones voluntarias o forzadas del trabajo, los movimientos populares y las represiones públicas, con gran molestia y daño para todos.

Además, en la vida política, los partidos suelen combatir no por sincera diversidad de opiniones orientada al bien común, sino por servir intereses propios con perjuicio de los demás.

Por eso se ven multiplicarse conspiraciones, asechanzas, atentados contra los ciudadanos y contra los mismos magistrados, amenazas, terrores, sediciones abiertas y otros hechos semejantes.

Estos males son tanto más graves cuanto mayor participación tiene el pueblo en la vida pública dentro de las formas políticas actuales.

La doctrina de la Iglesia no rechaza estas formas, como no rechaza las demás instituciones establecidas conforme al derecho y a la razón.

Pero es evidente que ellas quedan fácilmente expuestas a la malicia de las facciones.

6. La herida de la familia y de la vida privada

Debe lamentarse profundamente que semejante peste haya penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad humana, es decir, hasta la convivencia doméstica.

La disolución de la familia había comenzado ya desde hacía tiempo, pero la inmensa calamidad de la guerra la promovió mucho, dispersando lejos a padres e hijos y multiplicando de muchas maneras la corrupción de las costumbres.

Así, la autoridad paterna no suele ser honrada, ni la consanguinidad apreciada.

Patronos y servidores se tratan entre sí como enemigos.

La fidelidad conyugal se viola con demasiada frecuencia, y se descuidan los santos deberes de los esposos hacia Dios y hacia la sociedad civil.

Así como cuando un cuerpo, o una parte noble de él, enferma, necesariamente también los miembros más pequeños quedan afectados, así los males que enferman a la convivencia humana y a la sociedad doméstica repercuten en cada persona.

Nadie ignora cuán inquietos suelen estar los ánimos de los hombres de toda edad y condición; cuán morosos y difíciles se muestran; cuánto fastidio de obedecer y cuánta impaciencia del trabajo se han difundido.

Tampoco se ignora cómo la ligereza, especialmente en los vestidos y bailes de mujeres y jóvenes, ha traspasado los límites de la modestia, excitando con su lujo el odio de los pobres.

Finalmente, crece el número de los miserables, y de ellos se nutren con inmensas y continuas incorporaciones los grupos de agitadores.

Por tanto, en lugar de confianza y seguridad dominan las dudas y temores; en lugar de diligencia y trabajo, la inercia y la pereza; en lugar de la tranquilidad del orden, que constituye la paz, reina la perturbación y confusión de todas las cosas.

Por ello languidecen las empresas de la industria civil, se debilita el comercio entre los pueblos, decaen los estudios literarios y artísticos, y lo que es mucho más grave, falta en muchos lugares una manera de vivir digna de cristianos.

La sociedad humana, lejos de progresar hacia toda excelencia como suele gloriarse, parece retroceder hacia la ferocidad de los bárbaros.

7. Daños espirituales y sobrenaturales

A todos estos males debe añadirse, como colmo, aquello que el hombre animal no percibe,6 pero que debe contarse entre los mayores males de nuestro tiempo.

Nos referimos a los daños producidos en el orden espiritual y sobrenatural, del cual depende la vida de las almas.

Es fácil comprender que estos daños son tanto más deplorables que las pérdidas de bienes exteriores cuanto más supera el espíritu a la materia mortal.

Además del olvido ampliamente difundido de los deberes cristianos, que acabamos de mencionar, sentimos con vosotros, Venerables Hermanos, un gran dolor al ver que muchos templos convertidos durante la guerra a usos profanos no han sido todavía devueltos al culto sagrado.

Varios seminarios, cerrados entonces, no pueden aún reabrirse para formar en la religión a los guías y maestros de los pueblos.

En casi todas partes ha disminuido el número de sacerdotes.

A unos los mató la violencia de la guerra mientras ejercían los ministerios divinos; a otros los perdió la magnitud de las ofensas, haciéndoles olvidar la santa disciplina.

Por esta razón calla en demasiados lugares la predicación de la palabra divina, tan necesaria para la edificación del Cuerpo de Cristo.7

¿Y qué decir de los misioneros llamados desde los últimos confines de la tierra y desde las regiones más profundas de la barbarie para ayudar en los trabajos de la guerra?

Dejaron campos fecundísimos donde trabajaban con gran provecho por la religión y por la humanidad, y no muchos volvieron sanos a sus puestos.

Sin embargo, hemos visto que estas pérdidas fueron compensadas en parte por frutos excelentes.

Apareció con mayor evidencia, contra las calumnias habituales de los adversarios, que en el alma de los sacerdotes vive en alto grado el amor a la patria y la conciencia de todos los deberes.

Muchísimos soldados, puestos ante la muerte, al contemplar en los ministros sagrados ejemplos eminentes de magnanimidad y diligencia, se reconciliaron con el orden sacerdotal y con la Iglesia.

En esto debe admirarse la bondad y sabiduría de Dios, que es el único capaz de sacar bien del mismo mal.

8. La raíz interior de los males: las pasiones desordenadas

Hasta aquí hemos hablado de los males de nuestro tiempo. Investiguemos ahora las causas de donde nacieron, aunque ya hemos debido tocarlas en parte.

Parece que escuchamos nuevamente al divino consolador y médico de las debilidades humanas afirmar:

«Todos estos males proceden de dentro».8

Se firmó ciertamente un pacto solemne entre los beligerantes, pero esa paz fue escrita en documentos públicos, no en las almas de los hombres.

Allí siguen viviendo los espíritus belicosos, que cada día se derraman con mayor daño sobre la convivencia civil.

Durante demasiado tiempo triunfó por todas partes el derecho de la violencia.

Esto fue embotando poco a poco en los hombres los sentimientos de benignidad y misericordia que la naturaleza les había dado y que la ley de la caridad cristiana había perfeccionado.

La reconciliación de paz, hecha más en apariencia que en realidad, no los restauró.

Así, en muchísimos hombres, la costumbre prolongada de envidiar tiene ya fuerza de naturaleza, y domina aquella ley ciega que el apóstol Pablo lamentaba en sus miembros, contraria a la ley de la mente.

Con demasiada frecuencia sucede que el hombre no parece al hombre hermano, según el precepto de Cristo, sino extraño y enemigo.

La dignidad de la persona humana es tenida en nada, y solo valen la fuerza y el número.

Unos se esfuerzan por oprimir a otros para poseer cuanto puedan de los bienes de esta vida.

Nada es más común entre los hombres que descuidar los bienes eternos que Cristo Nuestro Señor propone continuamente a todos por medio de su Iglesia, y apetecer insaciablemente las cosas fugaces y caducas.

Pero los bienes exteriores, si son deseados sin medida, producen toda clase de males, especialmente la corrupción de las costumbres y las discordias.

Por ser viles y limitados, no pueden llenar el alma del hombre, que fue creada por Dios y destinada a gozar de la gloria de Dios, y que necesariamente vive inquieta hasta descansar en Él.

Además, los bienes terrenos se encuentran encerrados en límites estrechos.

Cuantos más participen de ellos, menos recibirá cada uno.

En cambio, los bienes del espíritu, aunque se repartan entre muchos, enriquecen a todos sin disminuir.

De ahí que las cosas terrenas, como no pueden satisfacer igualmente a todos ni saciar plenamente a nadie, se conviertan en causas de discordias y amarguras, verdadera «vanidad de vanidades y aflicción de espíritu»,9 como las llamó Salomón por experiencia.

Lo que sucede a las personas sucede también a la sociedad.

«¿De dónde vienen las guerras y contiendas entre vosotros?», pregunta el apóstol Santiago; «¿no proceden de vuestras concupiscencias?».10

La concupiscencia de la carne, es decir, el deseo de los placeres, es una peste capital para perturbar no solo las casas, sino también las ciudades.

De la concupiscencia de los ojos, es decir, del deseo de poseer, nacen aquellas amargas contiendas entre las clases sociales, cada una demasiado entregada a sus propios intereses.

De la soberbia de la vida, es decir, del afán de dominar a todos, proceden los combates entre los partidos políticos, que no se abstienen del crimen de lesa majestad, de la traición ni del mismo parricidio de la patria.

9. Nacionalismo desordenado y abandono de Cristo

A esta intemperancia de las pasiones, cubierta a veces con apariencia de bien público y amor a la patria, deben atribuirse también las enemistades y rivalidades que suelen existir entre las naciones.

El amor a la patria y al propio pueblo contiene sin duda un gran estímulo para muchas virtudes y acciones nobles, si es regulado por la ley cristiana.

Pero se convierte en semilla de muchas injusticias e iniquidades cuando, traspasando los límites de la equidad y de la rectitud, crece hasta convertirse en un amor desmedido de la nación.

Quienes son arrastrados por esta pasión olvidan que todos los pueblos, como partes de la familia humana universal, están unidos por una convivencia fraterna.

Olvidan también que las demás naciones tienen derecho a vivir y aspirar a la prosperidad.

Y olvidan que no es lícito ni conveniente separar lo útil de lo honesto.

La justicia eleva a las naciones, mientras el pecado hace miserables a los pueblos.11

Puede parecer a los hombres algo grande obtener ventajas para la familia, la ciudad o el Estado con daño de otros.

Pero san Agustín advierte sabiamente que semejante alegría no será estable ni libre de ruinas: es «una alegría de vidrio, frágilmente brillante, cuya ruptura repentina debe temerse con mayor horror».12

Pero la ausencia de paz, y el hecho de que todavía se la desee para curar tantos males, debe buscarse en una raíz todavía más profunda.

Mucho antes de que Europa ardiera en la guerra, ya prevalecía por culpa de los hombres y de los Estados la causa principal de tantas calamidades.

La misma enormidad del conflicto habría debido eliminarla, si todos hubieran comprendido lo que tales acontecimientos significaban.

¿Quién ignora aquellas palabras de la Escritura: «Quienes abandonaron al Señor serán consumidos»?13

Tampoco son menos conocidas las graves palabras de Jesús, Redentor y Maestro de los hombres:

«Sin mí nada podéis hacer»,14 y también: «El que no recoge conmigo, dispersa».15

Estos juicios de Dios se han cumplido en todo tiempo, y ahora se cumplen de manera especial ante los ojos de todos.

Porque los hombres se apartaron miserablemente de Dios y de Jesucristo, fueron precipitados desde su antigua felicidad a esta acumulación de males.

Por esa misma causa fracasa muchas veces cuanto intentan para reparar los daños y conservar lo que queda en medio de tantas ruinas.

Al ser apartados Dios y Jesucristo de las leyes y de la vida pública, la autoridad dejó de derivarse de Dios y pasó a fundarse en los hombres.

Así se privó a las leyes de sanciones verdaderas y sólidas, y fueron socavados los fundamentos mismos de la autoridad, al suprimirse la causa principal por la cual unos tienen derecho de mandar y otros el deber de obedecer.

De esto tuvo que resultar una conmoción de toda la sociedad humana, ya sin columna firme ni defensa estable, mientras los partidos luchan por el poder para servir a sus intereses y no a la patria.

También se decretó que ni Dios ni Cristo Nuestro Señor presidieran ya la constitución de la familia.

El matrimonio, que Cristo hizo sacramento grande16 y quiso que fuese figura santa y santificante del vínculo perpetuo que lo une a su Iglesia, fue reducido a un contrato civil.

Por ello se oscureció en el pueblo el sentido religioso que la Iglesia había infundido en el primer germen de la sociedad, que es la familia.

Se trastornó el orden doméstico y la paz del hogar.

La comunión y estabilidad familiar se debilitan cada día más.

Su santidad es violada con frecuencia por el ardor de pasiones impuras y por el amor mortal de intereses inferiores, hasta contaminar las fuentes mismas de la vida de las familias y de los pueblos.

Finalmente, se quiso separar a Dios y a su Cristo de la educación de la juventud.

De ello se siguió necesariamente que la religión no solo estuviera ausente de las escuelas, sino que fuese allí atacada, unas veces en silencio y otras abiertamente.

Los niños terminaron persuadiéndose de que nada, o casi nada, importan para vivir bien aquellas verdades de las cuales no se habla, o de las cuales se habla con desprecio.

Expulsados Dios y su ley de la enseñanza, ya no se entiende cómo pueden formarse las almas de los jóvenes para evitar el mal y vivir honesta y santamente.

Tampoco se ve cómo podrá la convivencia doméstica y civil disponer de hombres de buenas costumbres, amantes del orden y de la paz, útiles para la prosperidad común.

Abandonados, por tanto, los preceptos de la sabiduría cristiana, no debe extrañarnos que las semillas de discordia, sembradas por todas partes como en suelo propicio, estallaran finalmente en aquella guerra terrible, que alimentó todavía más con violencia y sangre los odios entre los pueblos y entre las clases sociales, lejos de apagarlos por cansancio.

10. El primer remedio: la paz interior de Cristo

Después de haber señalado brevemente las causas de los males que oprimen a la sociedad humana, veamos ahora qué remedios adecuados pueden deducirse de su misma naturaleza.

Ante todo, es necesario pacificar las almas de los hombres.

De poco servirá una apariencia exterior de paz que ordene las relaciones mediante cierta cortesía.

Se necesita una paz que penetre y tranquilice los ánimos, los incline y disponga hacia una fraterna benevolencia respecto de los demás.

Esta paz no es otra que la paz de Cristo:

«Que la paz de Cristo exulte en vuestros corazones».17

No puede haber otra paz distinta de la que Él da a los suyos,18 porque, siendo Dios, mira hasta lo más íntimo19 y reina en las almas.

Con razón el Señor Jesús pudo llamar suya esta paz.

Él fue el primero que dijo a los hombres: «Todos vosotros sois hermanos».20

Él promulgó la ley de la caridad y de la paciencia mutua entre todos, sellándola como con su propia sangre:

«Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado».21

«Llevad unos las cargas de otros, y así cumpliréis la ley de Cristo».22

De aquí se sigue que la paz auténtica de Cristo no puede apartarse de la norma de la justicia, porque Dios mismo juzga la justicia23 y porque «la obra de la justicia será la paz».24

Pero esta paz no puede consistir solamente en una justicia dura y como de hierro.

Debe estar templada por una caridad no menor, virtud nacida para reconciliar a los hombres entre sí.

Cristo obtuvo esta paz para el género humano; más aún, como dice con fuerza san Pablo, «Él es nuestra paz», porque al satisfacer la justicia divina en su carne por la cruz, destruyó en sí mismo las enemistades haciendo la paz,25 y reconcilió en sí a todos y todas las cosas con Dios.

En la misma redención, el Apóstol reconoce no solo una obra de justicia, aunque lo sea, sino una obra divina de reconciliación y caridad:

«Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo»,26 y «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito».27

Santo Tomás, el Doctor Angélico, escribe con su acostumbrada precisión que la verdadera y genuina paz pertenece más a la caridad que a la justicia.

La justicia elimina los obstáculos de la paz, como las injurias y los daños; pero la paz misma es propia y peculiarmente acto de la caridad.28

A esta paz de Cristo, nacida de la caridad y asentada profundamente en el alma, se aplican las palabras del Apóstol acerca del Reino de Dios:

«El Reino de Dios no es comida ni bebida».29

Esto quiere decir que la paz de Cristo no se alimenta de bienes caducos, sino de bienes espirituales y eternos, cuya excelencia Cristo reveló al mundo y no dejó de persuadir a los hombres.

Por eso dijo:

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?».30

Y enseñó la constancia y firmeza de ánimo que debe tener el cristiano:

«No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede perder alma y cuerpo en la gehenna».31

Esto no significa que quien quiera gozar de tal paz deba rechazar los bienes de esta vida.

Al contrario, Cristo prometió que le serán añadidos:

«Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura».32

Pero «la paz de Dios supera todo entendimiento»,33 y por esta razón domina las pasiones ciegas y evita las disensiones y discordias que necesariamente engendra el deseo de poseer.

Refrenadas por la virtud las concupiscencias, y devuelto su honor a las cosas del espíritu, se seguirá espontáneamente que la paz cristiana traiga consigo la integridad de las costumbres e ilumine la dignidad de la persona humana.

Cristo redimió esa dignidad con su sangre; la consagró por la adopción del Padre celestial y por la fraternidad con Él; y mediante las oraciones y los sacramentos la hace partícipe de la gracia divina, hasta que, como premio de una vida mortal bien vivida, goce eternamente de la posesión de la gloria divina.

11. La paz cristiana restaura autoridad, ley y obediencia

Como hemos demostrado que una causa principal de las perturbaciones actuales consiste en la gran disminución de la autoridad del derecho y del respeto a la potestad, la paz cristiana remediará también este mal.

Esa pérdida de autoridad se siguió de negar que el derecho y la potestad proceden de Dios, Creador y Gobernador del mundo.

Pero la paz cristiana es paz divina y, por eso mismo, manda conservar el orden, la ley y la autoridad.

La Escritura dice:

«Conservad la disciplina en la paz».34

«Mucha paz tienen los que aman tu ley, Señor».35

«Quien teme el mandamiento vivirá en paz».36

El Señor Jesús no solo dijo: «Dad al César lo que es del César»,37 sino que también confesó ante Pilato que respetaba la potestad que le había sido dada de lo alto.38

Asimismo mandó a sus discípulos reverenciar a los escribas y fariseos que se sentaban en la cátedra de Moisés.39

Es admirable cuánto atribuyó en la convivencia doméstica a la autoridad paterna, sometiéndose a María y José como ejemplo.

También por los Apóstoles promulgó esta ley:

«Toda alma esté sometida a las autoridades superiores. Porque no hay autoridad sino por Dios».40

Si se consideran las enseñanzas e instituciones de Cristo sobre la dignidad de la persona humana, la inocencia de las costumbres, el deber de obedecer, el orden divino de la sociedad, el sacramento del matrimonio y la santidad de la familia cristiana, se comprenderá cuánto remedio puede y debe aportar la Iglesia católica para pacificar el mundo.

Cristo confió estas verdades solamente a su Iglesia, con la promesa solemne de que nunca le faltaría su ayuda y presencia.

Le mandó anunciarlas a todas las naciones hasta el fin de los siglos como maestra incapaz de engañar.

Puesto que la Iglesia fue constituida por Dios como única intérprete y custodia de estas verdades y preceptos, en ella existe una fuerza verdadera e inagotable.

Ella puede apartar de la vida común, de la sociedad doméstica y de la civil, la mancha del materialismo que ya produjo tantos daños.

Puede introducir la disciplina cristiana acerca del espíritu, es decir, acerca de las almas inmortales de los hombres, muy superior a la filosofía puramente humana.

Puede unir a todas las clases de ciudadanos y al pueblo entero mediante un sentido más alto de benevolencia y una verdadera fraternidad.41

Puede elevar hasta Dios la dignidad de cada hombre, justamente vindicada.

Finalmente, puede lograr que, enmendadas las costumbres públicas y privadas y santificadas las instituciones, todas las cosas queden plenamente sometidas a Dios, que mira el corazón,42 y sean informadas por sus doctrinas y leyes, de modo que en todos y en todo esté Cristo.43

12. La Iglesia, garantía de la verdadera paz entre las naciones

Como corresponde únicamente a la Iglesia, por la verdad que posee y por la virtud de Cristo, formar rectamente las almas de los hombres, solo ella puede procurar ahora la verdadera paz de Cristo y confirmarla para el futuro, apartando los nuevos peligros de guerra que hemos señalado.

Por mandato divino, la Iglesia enseña que los hombres deben ajustar a la ley eterna de Dios todas sus acciones, tanto públicas como privadas, individuales y sociales.

Y es evidente que cuanto pertenece a la salvación de muchos posee una importancia mucho mayor.

Cuando los Estados y las repúblicas consideren santo y solemne obedecer, en sus relaciones internas y externas, a las doctrinas y preceptos de Jesucristo, entonces gozarán de paz dentro de sí mismos, mantendrán confianza mutua y resolverán pacíficamente las controversias que puedan surgir.

Hasta ahora, lo que se intentó en esta materia tuvo poco o ningún éxito, especialmente en aquellas cuestiones en las que los pueblos se enfrentan con mayor amargura.

No existe institución humana que pueda imponer a todas las naciones un código común de leyes adaptado a estos tiempos.

Algo semejante existió en la Edad Media en aquella verdadera sociedad de naciones que fue la comunidad de los pueblos cristianos.

Aunque muchas veces en la práctica se violaba el derecho, permanecía vigente la santidad del derecho mismo como norma segura según la cual eran juzgadas las naciones.

Pero existe una institución divina capaz de custodiar la santidad del derecho de gentes.

Esa institución pertenece a todas las naciones y está por encima de todas ellas, dotada de máxima autoridad y venerable por la plenitud de su magisterio: la Iglesia de Cristo.

Solo ella aparece idónea para esta misión, tanto por mandato divino como por su propia naturaleza y constitución, y también por la majestad de tantos siglos, no abatida por las tempestades de la guerra, sino admirablemente acrecentada.

Se sigue que la paz verdadera, es decir, la deseada paz de Cristo, no puede existir si todos no guardan fielmente las doctrinas, preceptos y ejemplos de Cristo en la vida pública y privada.

Así, rectamente organizada la sociedad humana, la Iglesia podrá cumplir su misión divina y proteger los derechos de Dios sobre cada persona y sobre la sociedad entera.

13. La paz de Cristo en el Reino de Cristo

Todo esto se resume en una sola expresión: el Reino de Cristo.

Jesucristo reina en las inteligencias de cada hombre por sus enseñanzas.

Reina en los corazones por la caridad.

Reina en toda la vida humana por la observancia de su ley y la imitación de sus ejemplos.

Reina también en la sociedad doméstica cuando esta, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, permanece inviolable como cosa sagrada.

En ella la autoridad de los padres expresa la paternidad divina, de la cual toda paternidad recibe su nombre.44

Los hijos imitan la obediencia de Jesús niño, y todo el modo de vida respira la santidad de la Familia de Nazaret.

Finalmente, Jesucristo reina en la sociedad civil cuando se rinden a Dios los honores supremos y de Él se derivan el origen y los derechos de la autoridad.

Así no falta una norma para mandar ni el deber y la dignidad de obedecer.

Cristo reina también cuando la Iglesia es colocada en el grado de dignidad en que la puso su Autor: como sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades.

No porque disminuya la potestad de esas sociedades, que son legítimas en su propio orden, sino porque las perfecciona oportunamente, como la gracia perfecciona la naturaleza.

De este modo, las sociedades mismas sirven eficazmente para ayudar a los hombres a alcanzar su fin supremo, que es la felicidad eterna, y aseguran mejor la felicidad temporal de los ciudadanos.

De aquí resulta claro que no hay paz de Cristo sino en el Reino de Cristo.

Y no podemos trabajar de manera más eficaz para establecer la paz que restaurando el Reino de Cristo.

Cuando Pío X se propuso «restaurar todas las cosas en Cristo», preparaba, como movido por inspiración divina, aquella obra de reconciliación y paz que después fue el propósito de Benedicto XV.

Nos, uniendo lo que ambos Predecesores se propusieron, nos esforzaremos con toda intensidad por buscar la paz de Cristo en el Reino de Cristo, confiando plenamente en la gracia de Dios, que al entregarnos esta suprema potestad prometió asistirnos siempre.

14. Exhortación a los obispos

Para esta obra esperamos el auxilio de todos los buenos.

Pero os llamamos principalmente a vosotros, Venerables Hermanos, a quienes nuestro Jefe y Cabeza, Cristo, que Nos confió el cuidado de todo su rebaño, llamó a una parte excelentísima de Nuestra solicitud.

Vosotros habéis sido puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios.45

Habéis sido distinguidos principalmente con el ministerio de la reconciliación y desempeñáis una embajada por Cristo.46

Participáis de su magisterio divino y sois dispensadores de los misterios de Dios.47

Por eso sois llamados sal de la tierra y luz del mundo,48 maestros y padres de los pueblos cristianos, modelo del rebaño desde el corazón49 y grandes en el Reino de los cielos.50

Sois como los miembros principales y vínculos de oro por los cuales todo el Cuerpo de Cristo,51 que es la Iglesia, fundado sobre la roca de Pedro, crece compacto y unido.

Vuestra diligencia admirable tuvo una prueba nueva y reciente cuando, con ocasión del Congreso Eucarístico de Roma y de las solemnidades seculares de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, muchos de vosotros, venidos de todas las regiones del mundo, os reunisteis en esta ciudad junto a los sepulcros de los Apóstoles.

Aquella reunión de pastores, tan amplia por su número y autoridad, Nos sugirió la idea de convocar en su momento, en esta misma ciudad, cabeza del orbe católico, una asamblea solemne de semejante naturaleza, que proporcione un remedio muy oportuno a las cosas caídas después de tanta perturbación de la sociedad humana.

La esperanza de tal iniciativa se ve aumentada por los auspicios favorables del Año Santo que se aproxima.

Sin embargo, no Nos atrevemos todavía a proponernos ahora la reanudación de aquel Concilio Ecuménico que el santísimo Pontífice Pío IX, de Nuestra juventud recordada, inició y del cual llevó a término solo una parte, aunque de grandísima importancia.

La razón es que Nos, como aquel esclarecido jefe de los israelitas, esperamos suspendidos en oración hasta que el Dios bueno y misericordioso Nos manifieste con mayor certeza el designio de su voluntad.52

15. Obras católicas, educación y Acción Católica

Mientras tanto, aunque sabemos muy bien que vuestra diligencia y actividad no necesitan estímulos, sino más bien merecen alabanzas, la conciencia de Nuestro ministerio apostólico y de Nuestro oficio paternal hacia todos Nos mueve casi a encender con nuevas llamas vuestro celo.

Deseamos que cada uno de vosotros cuide con empeño cada vez mayor la porción del rebaño del Señor que le fue confiada.

Sabemos por fama pública, por escritos difundidos y por numerosas informaciones privadas, cuántas obras prudentes, oportunas y fecundas fueron concebidas, iniciadas y llevadas a feliz término por Nuestros Predecesores y por vosotros en favor del clero y de todo el pueblo fiel.

Por ellas damos a Dios inmortal las mayores gracias que podemos.

Entre estas obras admiramos especialmente las iniciativas destinadas a instruir las almas en sana doctrina y a formarlas en las virtudes y la santidad.

Admiramos también las asociaciones de clérigos y laicos, las piadosas uniones que sostienen y promueven las misiones entre los infieles, extendiendo el Reino de Cristo Dios y llevando a los pueblos no cristianos la salvación temporal y eterna.

Mencionamos asimismo las asociaciones de jóvenes, aumentadas tanto en número como en piedad hacia la Santísima Virgen y especialmente hacia la Sagrada Eucaristía, unidas a una notable alabanza de fe, castidad y fraternidad.

Añadimos las asociaciones de hombres y mujeres, y sobre todo las eucarísticas, que procuran honrar con mayor frecuencia y solemnidad al augusto Sacramento, incluso llevándolo en procesiones magníficas por las ciudades.

A ellas pertenecen también las reuniones multitudinarias, procedentes de las cercanías, del pueblo o incluso de representantes de casi todos los pueblos extranjeros, todos unidos admirablemente por una misma fe, adoración, oración y goce de los bienes celestiales.

A esta piedad atribuimos el espíritu de apostolado sagrado, mucho más difundido que antes.

Es aquel estudio ferventísimo que, primero con oraciones asiduas y ejemplos de vida, después con buenas palabras, escritos fructuosos y demás obras de caridad, se esfuerza por restituir en las almas, en la familia y en la comunidad civil el amor, culto e imperio debidos al divino Corazón de Cristo Rey.

A esto se refiere también el buen combate que debe emprenderse como por los altares y los hogares, en defensa de los derechos de la sociedad religiosa y doméstica, de la Iglesia y de la familia, recibidos de Dios y de la naturaleza, especialmente en la educación de los hijos.

A esto pertenece, finalmente, el conjunto de instituciones, planes y obras que se conocen con el nombre de Acción Católica, tan querida para Nos.

Todas estas obras, y muchas otras semejantes que sería largo enumerar, no solo deben conservarse firmemente, sino promoverse cada día con mayor empeño y desarrollarse con nuevos incrementos según lo exijan las condiciones de los tiempos y de las personas.

Aunque parezcan arduas y trabajosas para los pastores y para los rebaños de fieles, son sin duda necesarias y se encuentran entre los principales deberes del pastor sagrado y de la vida cristiana.

Por estas mismas razones se comprende con claridad cuánto se relacionan todas ellas con la restauración del Reino de Cristo y con la reconciliación cristiana, propia de ese Reino: la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

16. Sacerdotes, religiosos y laicos en la restauración del Reino de Cristo

Queremos que anunciéis a vuestros sacerdotes, Venerables Hermanos, que Nos, testigo, compañero y partícipe desde hace tiempo de tantos trabajos emprendidos por el rebaño de Cristo, hemos estimado y estimamos muchísimo su magnanimidad para soportar trabajos y su diligencia para encontrar nuevos métodos con que responder a las nuevas necesidades introducidas por los cambios de los tiempos.

Cuanto más gustosa y estrechamente se adhieran a sus pastores, como a Cristo mismo, por la santidad de vida y la integridad de la obediencia, tanto más unidos estarán a Nos y tanto más unidos estaremos Nos a ellos con paternal benevolencia.

No necesitamos exponer largamente cuánta esperanza ponemos en el clero regular para llevar a la práctica Nuestros propósitos, pues sabéis cuánto contribuye a confirmar el Reino de Cristo dentro de la Iglesia y a extenderlo fuera de ella.

Los miembros de las familias religiosas tienen como propio observar y practicar no solo los preceptos, sino también los consejos de Cristo.

Unos, en el silencio del claustro, se ejercitan en las cosas celestiales; otros salen al campo abierto de la acción.

Todos expresan en su vida una imagen viva de la perfecta vida cristiana y se consagran por completo al bien común.

Para poseer con mayor abundancia los bienes espirituales renuncian a las cosas terrenas y a sus propios intereses, provocando a los fieles, con el ejemplo puesto continuamente ante sus ojos, a desear las cosas más altas.

A esto añaden oficios preclaros de beneficencia cristiana, con los cuales remedian toda clase de enfermedades del cuerpo y del alma.

La historia de la Iglesia atestigua que muchas veces, impulsados por el amor de Dios, llegaron hasta derramar su vida por la salvación de las almas en la predicación del Evangelio, extendiendo con su muerte los límites del Reino de Cristo por la unidad de la fe y la fraternidad cristiana.

Recordad también a los fieles que, cuando bajo vuestra dirección y la de vuestro clero trabajan pública y privadamente para promover el conocimiento y el amor de Cristo, entonces son dignísimos de ser llamados «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido».53

Entonces, estrechamente unidos a Nos y a Cristo, contribuyen de manera excelente a la paz común de los hombres propagando y restaurando el Reino de Cristo.

En este Reino florece la verdadera igualdad de derechos.

Todos son ennoblecidos por la misma nobleza y adornados por la misma preciosa sangre de Cristo.

Quienes parecen presidir a los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo Señor, son y deben llamarse administradores de los bienes comunes y, por consiguiente, siervos de todos los siervos de Dios, especialmente de los débiles y necesitados de toda ayuda.

17. Modernismo moral, jurídico y social

Sin embargo, las transformaciones sociales que hicieron necesaria y aumentaron la colaboración de tales auxiliares en la obra divina produjeron también nuevos peligros, no pocos ni leves, para los inexpertos.

Apenas disipada la guerra terrible, y perturbados luego los Estados por la agitación de los partidos, invadieron las mentes y los corazones de los hombres pasiones desenfrenadas y opiniones perversas.

Por eso debe temerse que incluso algunos de los mejores fieles, y aun sacerdotes, atraídos por una falsa apariencia de verdad y de bien, sean infectados por un contagio lamentable de errores.

¿Cuántos hay que profesan la doctrina católica en lo que se refiere a la autoridad de la sociedad civil y la obediencia debida a ella, al derecho de propiedad, a los derechos y deberes de agricultores y obreros, a las relaciones entre los Estados, entre obreros y patronos, entre la autoridad eclesiástica y la civil, a los derechos de la Santa Sede y del Romano Pontífice, a los privilegios de los obispos y, finalmente, a los derechos de Cristo, Creador, Redentor y Señor sobre cada persona y sobre todos los pueblos?

Sin embargo, estos mismos, por sus palabras, escritos y modo de vivir, se comportan como si las doctrinas y preceptos promulgados tantas veces por los Sumos Pontífices, especialmente por León XIII, Pío X y Benedicto XV, hubieran perdido su fuerza natural o hubiesen quedado completamente anticuados.

En esto debe reconocerse una especie de modernismo moral, jurídico y social, que reprobamos enérgicamente junto con aquel modernismo dogmático.

Por tanto, deben recordarse aquellas doctrinas y preceptos.

Debe despertarse en todos el mismo ardor de fe y caridad divina que únicamente puede abrir plenamente su sentido y urgir su observancia.

Queremos que esto se practique especialmente en la formación de la juventud cristiana, y sobre todo en aquella que felizmente crece con esperanza de recibir las sagradas órdenes.

Así no será llevada, en medio de tan gran cambio de cosas y perturbación de opiniones, «por todo viento de doctrina, por la malicia de los hombres y la astucia que conduce al error».54

18. El deseo de unidad religiosa

Desde esta atalaya de la Sede Apostólica, como desde una fortaleza, al mirar alrededor, Venerables Hermanos, se presentan ante Nos todavía demasiados hombres que, o ignoran completamente a Cristo, o no conservan íntegra y genuina su doctrina ni la unidad prescrita por Él.

Todavía no pertenecen a este redil al cual, sin embargo, están destinados por voluntad divina.

Por eso, quien hace las veces del Pastor eterno no puede dejar de inflamarse en sus mismos deseos y repetir aquellas brevísimas palabras llenas de amor e indulgentísima piedad:

«También a aquellas ovejas debo traer».55

Y al recordar aquellas palabras proféticas del mismo Cristo, debe recibirlas con toda alegría:

«Oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor».56

Haga Dios que pronto veamos cumplida con el resultado más deseado esta dulcísima y cierta profecía de su divino Corazón, que imploramos juntamente con vosotros y con toda la multitud de fieles mediante votos y oraciones concordes.

Un auspicio de esta unidad religiosa pareció brillar recientemente en un acontecimiento conocido por vosotros: numerosos príncipes y gobernantes de casi todas las naciones, movidos como por un mismo impulso de paz, quisieron competir en reanudar antiguas amistades con esta Sede Apostólica o en establecer por primera vez relaciones de concordia con ella.

Nos alegramos de ello con razón.

No solo porque aumenta la autoridad de la Iglesia, sino también porque resplandece más su beneficencia y se ofrece a todos la experiencia de aquella virtud admirable que solo esta Iglesia de Dios posee para procurar a la sociedad humana toda clase de prosperidad, incluso civil y terrena.

Aunque por mandato divino tiende directamente a los bienes espirituales e imperecederos, sin embargo, por la armonía y conexión de todas las cosas, favorece de tal manera la prosperidad terrena de cada persona y de la sociedad humana que no podría favorecerla más si hubiera sido instituida precisamente para promover estos bienes.

La Iglesia considera ilícito inmiscuirse sin razón en los asuntos terrenos y meramente políticos.

Pero exige con derecho que la autoridad civil no tome de esos asuntos pretexto alguno para impedir los bienes superiores de los que depende la salvación eterna, para causar daño con leyes injustas, para debilitar la constitución divina de la Iglesia o para conculcar los derechos sagrados de Dios dentro de la comunidad civil.

Con el mismo propósito y usando las mismas palabras de Nuestro amadísimo predecesor Benedicto XV en su última alocución del 21 de noviembre del año anterior, sobre las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil, Nos profesamos y confirmamos nuevamente que no permitiremos en tales acuerdos nada que sea ajeno a la dignidad o libertad de la Iglesia.

Es de sumo interés que esa libertad permanezca salva e íntegra, especialmente en estos tiempos, para la prosperidad misma de la convivencia civil.

19. La situación de Italia y la libertad del Romano Pontífice

Así las cosas, apenas es necesario decir con qué dolor vemos que, entre tantas naciones unidas a esta Sede Apostólica por vínculos de amistad, falte Italia.

Italia, decimos, Nuestra amadísima patria, elegida por Dios mismo, quien gobierna con su providencia el curso y orden de todas las cosas y de los tiempos, para colocar en ella la sede de su Vicario en la tierra.

Así esta alma ciudad, antes domicilio de un imperio amplísimo aunque limitado por ciertas fronteras, se convirtió en cabeza de todo el orbe, porque es sede de un principado divino que por su naturaleza trasciende los límites de todos los pueblos y naciones, y abarca a todos los pueblos y naciones.

El origen y naturaleza divina de este Principado, y el derecho sacrosanto de todos los fieles del mundo, exigen que ese mismo Principado sagrado no parezca sometido a ninguna potestad humana ni a ninguna ley, aunque se prometa proteger con ciertas garantías la libertad del Romano Pontífice.

Debe ser y aparecer completamente dueño de su propio derecho y potestad.

Los medios de libertad con que la divina Providencia, gobernadora y árbitra de las cosas humanas, había protegido la autoridad del Romano Pontífice, no solo sin daño, sino con gran provecho para Italia, respondieron durante tantos siglos al designio divino de tutelar su libertad.

La Providencia divina no ha indicado hasta hoy que esos medios deban ser sustituidos, ni los planes humanos han encontrado algo semejante que pueda compensarlos adecuadamente.

Destruidos esos medios por fuerza hostil y todavía violados, han producido para el Romano Pontífice una condición de vida absurda, que llena de tristeza grave y permanente los ánimos de todos los fieles del mundo.

Por tanto, herederos de los pensamientos y deberes de Nuestros Predecesores, y dotados de la misma autoridad, única competente para decidir sobre asunto de tanta importancia, no movidos por vano deseo de reino terreno, que Nos avergonzaría incluso rozar, sino pensando en Nuestra muerte y en la severísima cuenta que debemos rendir al Juez divino, renovamos aquí las reclamaciones hechas por esos Predecesores para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica.

Por lo demás, Italia no tendrá jamás nada que temer de esta Sede Apostólica.

El Romano Pontífice, quienquiera que sea, será siempre aquel que use de corazón las palabras del Profeta:

«Yo pienso pensamientos de paz y no de aflicción».57

Hablamos de una paz verdadera y, por eso mismo, no separada de la justicia, de modo que pueda añadirse con razón:

«La justicia y la paz se besaron».58

Corresponderá al Dios omnipotente y misericordioso hacer que finalmente amanezca ese día felicísimo, fecundísimo en bienes para restaurar el Reino de Cristo, ordenar las cosas de Italia y componer las del mundo entero.

Para que esto no suceda inútilmente, todos los que piensan rectamente deben trabajar con diligencia.

20. Oración por la paz y Bendición Apostólica

Para que estos suavísimos dones de la paz sean concedidos cuanto antes a los hombres, exhortamos vivamente a todos los fieles a perseverar con Nos en santas oraciones, especialmente en estos días de Navidad de Cristo Señor, Rey pacífico.

Al entrar Él en el mundo, los ejércitos angélicos cantaron por primera vez:

«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».59

Queremos que prenda de esta paz sea, Venerables Hermanos, Nuestra Bendición Apostólica.

Ella, anunciando toda prosperidad a cada uno del clero y del pueblo fiel, y a las ciudades y hogares cristianos, conceda prosperidad a los vivos y descanso y bienaventuranza eterna a los difuntos.

Como testimonio de Nuestra benevolencia, impartimos amorosísimamente esta bendición a vosotros, a vuestro clero y a vuestro pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 23 de diciembre de 1922, primer año de Nuestro Pontificado.

Pío Papa XI


NOTAS

(1) Segunda carta a los Corintios 6, 11.

(2) Segunda carta a los Corintios 11, 28.

(3) Jeremías 8, 15.

(4) Jeremías 14, 19.

(5) Isaías 59, 9 y 11.

(6) Primera carta a los Corintios 2, 14.

(7) Efesios 4, 12.

(8) Marcos 7, 23.

(9) Eclesiastés 1, 2 y 14.

(10) Santiago 4, 1.

(11) Proverbios 14, 34. La edición histórica imprime por error Proverbios 14, 31.

(12) San Agustín, La ciudad de Dios, libro IV, capítulo 3.

(13) Isaías 1, 28, según la referencia abreviada de la edición histórica.

(14) Juan 15, 5.

(15) Lucas 11, 23.

(16) Efesios 5, 32.

(17) Colosenses 3, 15.

(18) Juan 14, 27.

(19) Primer libro de Samuel 16, 7; en la Vulgata, Primer libro de los Reyes 16, 7.

(20) Mateo 23, 8.

(21) Juan 15, 12.

(22) Gálatas 6, 2.

(23) Salmo 9, 5.

(24) Isaías 32, 17.

(25) Efesios 2, 14 y siguientes.

(26) Segunda carta a los Corintios 5, 19.

(27) Juan 3, 16.

(28) Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 29, artículo 3, respuesta a la tercera objeción.

(29) Romanos 14, 17.

(30) Mateo 16, 26.

(31) Mateo 10, 28; Lucas 12, 4-5, según el sentido del pasaje citado.

(32) Mateo 6, 33; Lucas 12, 31.

(33) Filipenses 4, 7.

(34) Eclesiástico 41, 17.

(35) Salmo 118, 165, según la numeración de la Vulgata.

(36) Proverbios 13, 13.

(37) Mateo 22, 21.

(38) Juan 19, 11.

(39) Mateo 23, 2.

(40) Romanos 13, 1.

(41) San Agustín, De las costumbres de la Iglesia católica, libro I, capítulo 31.

(42) Primer libro de Samuel 16, 7; en la Vulgata, Primer libro de los Reyes 16, 7.

(43) Colosenses 3, 11.

(44) Efesios 3, 15.

(45) Hechos de los Apóstoles 20, 28. La edición histórica imprime por error Hechos 20, 26.

(46) Segunda carta a los Corintios 5, 18 y 20.

(47) Primera carta a los Corintios 4, 1.

(48) Mateo 5, 13-14.

(49) Primera carta de san Pedro 5, 3.

(50) Mateo 5, 19.

(51) Efesios 4, 15-16.

(52) Jueces 6, 17.

(53) Primera carta de san Pedro 2, 9.

(54) Efesios 4, 14.

(55) Juan 10, 16.

(56) Juan 10, 16.

(57) Jeremías 29, 11.

(58) Salmo 84, 11, según la numeración de la Vulgata.

(59) Lucas 2, 14.

Fuente histórica principal: Acta Apostolicae Sedis, volumen XIV, Roma, 1922, pp. 673-700.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.