
Entra, Jesús: el día ya declina,
el astro rey hacia el ocaso inclina
su brillante fulgor;
no pases adelante, que anochece;
toma un descanso que el amor te ofrece;
¡Entra en casa, Señor!
¡Entra en casa, Señor,
y si cerradas hallas tantas moradas,
que un asilo a su Dios quieren negar,
olvida entre nosotros su desvío;
mientras tengamos casa, Jesús mío,
¡Tú tendrás un hogar!
Entra, Señor; mas no como mendigo:
Nuestro Rey, nuestro Padre, nuestro Amigo,
nuestro Todo serás;
que si el error levanta sus banderas,
en este hogar Tú reinas y Tú imperas,
y homenajes y amor encontrarás.
Entra, Señor, aquí todos te amamos,
y pues Rey te aclamamos
de esta humilde mansión,
ya nuestros corazones se han ligado
y de su amor un trono te han formado:
Coloca en él, Señor, tu Corazón.
Colócalo, Señor, y no receles,
somos vasallos fieles;
no encontrarás aquí ningún traidor…;
antes morir queremos que dejarte,
antes morir queremos que negarte,
Divino Rey de amor.
Y si el mundo y los suyos te persiguen,
y si a este umbral quizá llegar consiguen…
a Ti no llegarán,
que sabrán defenderte nuestras vidas,
los filos de sus armas deicidas,
ni tu pecho, ni los nuestros herirán.
Entra, Señor; estemos siempre unidos,
mezclados, enlazados, confundidos,
de ese Pecho al calor;
viviendo todos de tu misma vida
como vive adherida
la enredadera al tronco bienhechor.
Juntos así el destierro cruzaremos,
así contigo juntos gozaremos
las dichas que nos des…,
y si el dolor empaña nuestros ojos,
juntos también pondremos sus despojos
como perlas humildes a tus pies.
Entra, Señor; ya izamos tu bandera;
entra, Señor, y manda, reina, impera
en este pobre hogar…,
pobre y desconocido,
pero con tu presencia enriquecido,
y muy feliz, porque te sabe amar.
Sí, Dios mío, establece aquí tu tabernáculo a cuya sombra vivamos en tu compañía, nosotros que te proclamamos nuestro Rey porque no queremos que ningún otro reine sobre nosotros sino Tú.
¡Viva siempre amado, bendecido y glorificado en este hogar el Corazón triunfante de Jesús! Venga a nosotros tu reino. Amén.
