Guerra abierta contra Jesús
101. Estos triunfos de Jesús despertaron desde el principio la envidia de los escribas y fariseos, de los príncipes y sacerdotes y de las cabezas del pueblo, envidia que se aumentó en extremo cuándo él se puso a desenmascarar su hipocresía y a reprobar sus vicios. No tardaron en perseguirle y desacreditarle hasta llamarle endemoniado, buscando manera de cogerle en palabras, ya para desautorizarle ante el pueblo, ya para acusarle al gobernador romano. Esta envidia fue siempre creciendo y se exacerbó más cuando, a consecuencia de la resurrección de Lázaro, se multiplicó grandemente el número de judíos que creían en Él. Entonces tuvieron consejo para matarle, y el pontífice Caifás terminó con estas palabras : Es necesario que un hombre muera por el pueblo y que no perezca toda la nación; diciendo sin saberlo una profecía, pues en verdad, por la muerte de Jesús, se había de salvar el mundo. Causa del odio extremo.
Traición de Judas
102. Finalmente, su aborrecimiento llegó al colmo cuando cerca de la Pascua (era la cuarta que celebraba en Jerusalén después que empezó su predicación), llena la ciudad de forasteros que de todas partes venían a la fiesta, sentado Jesús en un jumentillo entró triunfante y aclamado por el pueblo, que con palmas y ramos de oliva le habían salido al encuentro, mientras algunos echaban sus vestiduras al suelo y otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían por el camino.
103. Entonces los ancianos del pueblo, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, juntándose en casa del pontífice Caifás acordaron prender a Jesús con engaño y a escondidas, de miedo que las turbas no armasen algún alboroto. La ocasión no se hizo espetar. Judas Iscariote, uno de los doce Apóstoles, poseído del demonio de la avaricia, ofreció entregarles el divino Maestro por treinta monedas de plata.
Última cena de Jesucristo e institución del sacramento de la Eucaristía
104. Era el día en que se debía sacrificar y comer el tendero pascual. Llegada la hora señalada, vino Jesús a la casa donde Pedro y Juan, mandados por Él habían dispuesto todo lo necesario para la cena y se sentaron a la mesa.
105. En esta última cena, Jesús dio a los hombres la mayor prueba de su amor, instituyendo el Sacramento de la Eucaristía.
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
106. Acabada la cena, salió de la ciudad nuestro divino Redentor, acompañado de sus Apóstoles. Diciéndoles por el camino las cosas más tiernas y dándoles las enseñanzas más sublimes, fuese según su costumbre al huerto de Getsemaní, donde, pensando en su próxima pasión, orando y ofreciéndose a su eterno Padre, sudo viva sangre y fue confortado por un Ángel.
107. Vino Judas, el traidor, a la cabeza de un escuadrón de gente desaforada, armada de palos y de espadas, y dio a Jesús un beso, que era la señal convenida para darlo a conocer. Jesús, abandonado de los Apóstoles, que de miedo habían huído, vióse luego preso y atado de aquellos sayones, y con todo linaje de malos tratamientos fue arrastrado, primero a la casa de un príncipe de los sacerdotes llamado Anás, y después a la de Caifás, pontífice quien aquella misma noche juntó el gran Sanedrín, el cual declaró a Jesús reo de muerte.
108. Disuelta la junta de los jueces, fue entregado Jesús a los sayones, que durante aquella noche le injuriaron y ultrajaron con bárbaros tratamientos. En esta misma dolorosa noche, Pedro amargó también el Corazón de Jesús negándole tres veces. Pero mirado por Jesús, volvió en sí y lloró su pecado toda la vida.
109. Después de amanecer, habiéndose reunido otra vez el Sanedrín, fue llevado Jesús al gobernador romano Poncio Pilato, a quien el pueblo pidió, a gritos que lo condenase a muerte. Pilato, reconocida la inocencia de Jesús y la perfidia de los judíos, buscaba trazas para salvarlo; y debiendo con ocasión de la Pascua dar libertad a un malhechor, dejó al pueblo que escogiese entre Jesús y Barrabás. ¡El pueblo escogió a Barrabás!… Oyendo luego Pilatos que Jesús era galileo, le remitió a Herodes Antipas, de quien fue despreciado y tratado como loco, y devuelto luego vestido por escarnio con una vestidura blanca. Por fin, Pilato hízole azotar por los sayones, los cuales, después de haberle hecho todo Él una llaga, con atroz insulto le pusieron en la cabeza una corona de espinas, sobre los hombros un trapo de púrpura, una caña en la mano, y le escarnecieron saludándole por rey. Mas no bastando nada de esto para amansar el furor de sus enemigos y de la plebe amotinada, Pilato le condenó a morir en cruz.
110. Jesús, entonces, tuvo que cargar sobre sus espaldas el duro madero de la cruz y llevarlo hasta el Calvario, donde, desnudo, abrevado con hiel y mirra, clavado en la cruz y alzado entre dos ladrones anegado en un mar de angustias y dolores, después de tres horas de penosísima agonía, expiró rogando por los que le crucificaban, que no por esto dejaron de ensañarse en Él… Aun muerto, le traspasaron el corazón de una cruel lanzada.
111. ¡No hay mente humana que pueda imaginar, ni lengua capaz de decir lo que Jesús debió de padecer ya en la noche de su prendimiento, ya en los diversos caminos de uno a otro tribunal, ya en la flagelación y coronamiento de espinas, ya en la crucifixión, y finalmente en su prolongada agonía! … Sólo el amor, que fue la causa, puede despertar una pálida imagen de todo ello en los corazones agradecidos. María Santísima asistió con sobrehumana fortaleza a la muerte de su divino Hijo, y unió el martirio de su corazón a los dolores de Él para la redención del linaje humano. El Padre celestial hizo que resplandeciese la divinidad de Jesucristo en su muerte, como lo había hecho en su vida; estando en la cruz oscurecióse el sol y cubrióse la tierra de espesísimas tinieblas, y al expirar, tembló la tierra con espantoso terremoto, rasgóse de arriba abajo el velo del templo, y muchos muertos, salidos de los sepulcros, fueron vistos en Jerusalén y aparecieron a muchos…
