La agonía de Cristo | Parte 6


Un texto de Santo Tomás Moro sobre la tristeza, aflicción, miedo y oración de Cristo antes de ser apresado (Mt 26, Mc 14, Lc 22, Lo 18).

Quien pudo arrojar a todos al suelo con sólo su palabra, fácilmente hubiera podido hacerlo con tal fuerza que ninguno volviera a levantarse jamás. Me parece que esto no lo duda nadie. Cristo, sin embargo, os tiró al suelo para que supieran que nada podrían sobre Él si Él no quisiera libremente padecer; y así, permitió que se levantaran para seguir haciendo lo que Él deseaba padecer. «Al levantarse les preguntó por segunda vez, ¿A quién buscáis?, y ellos respondieron: A Jesús Nazareno.»  Tan atemorizados contestaron que parece estaban fueran de su sano juicio.

En efecto, podían haber sabido que no encontrarían a nadie, y en aquel lugar y en aquella hora de la noche, que no fuese discípulo de Cristo o amigo suyo; y lo último que haría tal persona sería darles una pista para encontrar a Cristo. Ellos, por su parte, en lugar de mantener secreto el propósito de su búsqueda, descubren todo el meollo del asunto al encontrarse con alguien que ni saben quién es ni por qué les interroga. Tan pronto preguntó: «A quién buscáis?», respondieron: «A Jesús Nazareno.» Contestó Cristo Jesús: «Ya os he dicho que yo soy.

Ahora bien, si me buscáis a mí, dejad ir a éstos.» Es decir: «Si me buscáis a mí, ¿por qué no me arrestáis de golpe, ya que yo mismo me he acercado a vosotros y os he dicho quién soy? Y la razón es que sois tan incapaces de prenderme contra mi voluntad que ni siquiera podéis permanecer de pie mientras os hablo, como acabáis de comprobar al caeros. Por si acaso lo habéis olvidado, os vuelvo a repetir que yo soy Jesús de Nazaret. Si a mí me buscáis, dejad que éstos se vayan.»

Que estas últimas palabras de Cristo no eran un simple ruego es algo que, me parece, Cristo dejó muy claro al arrojar a todos al suelo. Ocurre, a veces, que quienes planean una villanía no quedan contentos con la simple acción criminal, sino que, con depravado desenfreno, añaden algunos «adornos» (por llamarlos de algún modo), del todo innecesarios para su propósito criminal. Hay, incluso, algunos ministros del mal tan absurda y perversamente cumplidores que, para evitar el riesgo de omitir alguna obra mala a ellos confiada, añaden algo «extra» de su propia parte, por si caso. A ambos se refiere Cristo: «Si a mí me buscáis, dejad marchar a éstos.

Si los sumos sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos del pueblo desean ávidamente calmar su sed con mi sangre, prestad atención y mirad: Cuando me buscabais, salí a vuestro encuentro. Ni siquiera me conocíais, y me entregué a vosotros. Mientras estabais postrados en el suelo, yo seguía junto a vosotros. Y ahora que os levantáis sigo en pie dispuesto a ser capturado. Soy yo mismo quien me entrego a vosotros (cosa que el traidor no pudo conseguir), para que ni vosotros ni mis discípulos piensen que su sangre deba ser añadida a la mía, como si acaso no fuera suficiente crimen matarme a mí. Si a mí me buscáis, dejad ir a éstos.» Mandó que dejaran en paz a los discípulos y aun les forzó a hacerlo; salvados gracias a la fuga, anuló todos sus esfuerzos por capturarlos.

Todo esto lo había anunciado ya de antemano, y mandó: «Dejad ir a éstos», para que se cumplieran aquellas otras palabras: «No he perdido ninguno de los que me has confiado» .Estas palabras que menciona el evangelista son las mismas que había dirigido Cristo a su Padre aquella noche en la cena: «Padre santo, guarda en tu nombre a estos que Tú me has confiado.» Y después: «He guardado a los que me diste, y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición, para que se cumpla la Escritura.»

Al predecir que los discípulos se salvarían cuando Él fuese arrestado, se declara Cristo ser su guardián y custodio. Así lo recuerda el evangelista a sus lectores para que entiendan que, aunque dijera a la turba que los dejasen marchar, ya había Él mismo abierto una vía para que huyeran. El final desgraciado de Judas se predice en el salmo 108, donde, en forma de oración, se lee: «Sean cortos sus días, y otro reciba su ministerio.»

Se dijo esto de Judas, traidor mucho antes de su traición, pero dudo que, aparte del salmista, conociera alguien que estas palabras eran una predicción precisamente sobre Judas, hasta que Cristo lo mostró con claridad y los hechos confirmaron las palabras.

No hay que olvidar que ni los mismos profetas veían todo lo predicho por otros, por que el espíritu de profecía se da a la medida, es personal. Y además me parece que nadie entiende el sentido de todas las frases de la Sagrada Escritura de tal modo que nada quede ya en ellas de misterio escondido, todavía ignorado, bien sea sobre los tiempos del anticristo o sobre el juicio final por Cristo; y permanecerán ocultos hasta que venga de nuevo Elías para explicarlos.

Puedo de este modo aplicar a la Sagrada Escritura aquella exclamación del Apóstol sobre la sabiduría de Dios, pues es en la Escritura donde ha ocultado Dios el vasto cúmulo de su sabiduría: «Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios: ¡cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inescrutables son sus caminos!”.

En nuestros días, sin embargo, primero en un sitio y luego en otro, surgen día tras día, casi como avispas y abejorros, individuos que se glorían de ser autodidactas (como dice San Jerónimo), y que sin la ayuda de los comentarios de los antiguos doctores, encuentran muy accesibles, abiertos y claros todos aquellos pasajes que los antiguos Padres confesaron habían encontrado dificilísimos. Y los Padres fueron autores de no menor ingenio ni inferior formación doctrinal, infatigables en el estudio y, por lo que se refiere a ese «espíritu» o «carisma» que estos autores modernos tienen tan a menudo en sus labios como tan rara vez en sus corazones, también los Padres les superaron no menos que en la santidad de sus vidas.

Ocurre en nuestros días que estos autores nuevos, que súbitamente han florecido de la tierra como teólogos y que quieren presentarse como quien lo sabe todo, no sólo están en desacuerdo con aquellos autores de vida tan santa sobre el significado de la Escritura, sino que ni siquiera perseveran unánimes en los grandes dogmas de la fe cristiana*. Uno cualquiera entre ellos, el que sea, pretendiendo tener la verdad, conquista a los demás, y, a su vez, es conquistado por ellos: todos se asemejan en su oposición a la fe católica, y son todos también iguales en ser así vencidos.

El que habita en los cielos se ríe de sus intentos, inútiles e impíos. Y a Él suplico yo para que no se ría de ellos de tal guisa que los desdeñe en su ruina eterna, sino para que les conceda la gracia salva-dora del arrepentimiento, y así, estos hijos pródigos, que durante tanto tiempo han andado descarriados en el exilio, vuelvan sus pasos al seno de su madre, la Iglesia. De esta manera, unidos todos en la verdadera fe de Cristo y en la caridad de sus miembros, podamos obtener la gloria de Cristo, nuestra Cabeza, gloria que nadie, por mucho que se engañe, puede esperar alcanzar fuera del cuerpo de Cristo y de la verdadera fe.

El fin de Judas

Pero, volviendo a lo que decía, el hecho de que esa profecía se aplique a Judas fue algo insinuado por Cristo y que Judas mostró al suicidarse; fue hecho luego explícito por Pedro y cumplido por todos los Apóstoles cuando Matías fue elegido para ocupar su lugar: otro recibió su episcopado. Después de esto, no hubo ya ningún otro cambio en el grupo de los Doce, aunque los obispos suceden ininterrumpidamente a los Apóstoles. Aquel número sagrado alcanzó su fin al cumplirse la profecía.

Al decir Cristo: «Dejad que éstos se vayan», no imploraba su permiso, sino que declaraba, de una manera velada, que Él mismo había concedido a los Apóstoles el poder de marcharse para que se cumplieran aquellas palabras: «Padre, he guardado a los que me diste y ninguno se ha perdido excepto el hijo de la perdición.» Vale la pena contemplar aquí con cuánta eficacia predijo Cristo en estas palabras el contraste entre el fin de Judas y el de los demás, la ruina del traidor y el feliz desenlace de los otros. Habla Jesús con tal firmeza que no parece anunciar algo del futuro, sino lo que ya ha ocurrido: «He guardado -dice- a aquellos que me diste.» No se defendieron con sus propias fuerzas, ni se salvaron por la misericordia de los judíos, ni escaparon por la negligencia de la cohorte, sino gracias a Cristo: «Yo los he guardado. Y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición. También él estaba entre los que Tú me diste. Él me recibió, y también a él, como a todos los que me reciben, le he dado poder de llegar a ser hijo de Dios.

Cuando la avaricia le enloqueció se pasó a Satanás, y abandonándome y traicionándome con perfidia, rechazando la salvación y esforzándose en mi destrucción, se convirtió en hijo de la perdición y pereció como un miserable en su propia miseria. “Infaliblemente cierto del final de Judas, Cristo habla de su ruina como si ya hubiera acontecido. Mientras Cristo es apresado, aparece el infeliz traidor como jefe y guía de los que le capturan, y yo lo imagino gozándose y exultando en el peligro de su Maestro y de los que fueron sus condiscípulos, pues estoy convencido de que deseaba y esperaba que todos fueran arrestados y condenados. El carácter perverso y la locura furiosa de la ingratitud se manifiestan por esta peculiaridad: que desea la muerte de la misma víctima a la que inicuamente ha injuriado. Quien tiene su conciencia plagada de úlceras criminales ve en el mismo rostro de su víctima un reproche insoportable de su acción, y huye de él con espanto.

Se alegraba el traidor confiando que serían capturados todos juntos, y estaba tan estúpidamente seguro de sí mismo, que nada había más lejano de su cabeza como el pensamiento de la sentencia de muerte que Dios le colgaba, un lazo terrible a punto de atrapar su cuello en cualquier momento.

Qué digna de compasión es esta tenebrosidad de la débil y mortal condición humana que a menudo tiembla de miedo y se perturba tumultuosamente mientras ignora estar completamente a salvo, y otras veces, en cambio, se comporta como si nada le preocupara, segura de todo peligro, y del todo inconsciente de que una espada mortal pende sobre su cabeza. Temían los demás Apóstoles ser prendidos y asesinados junto con Cristo y, sin embargo, todos consiguieron escapar. Judas, por el contrario, al parecer libre de todo temor y que, incluso se deleitaba en el miedo de los Apóstoles, pereció unas pocas horas después.

Cruel es el apetito que se alimenta de la desgracia ajena. Ni hay razón alguna para que alguien se goce y felicite porque esté en su poder causar la muerte a otro ser humano, como se le antojaba al traidor gracias a los soldados que había conseguido. Aunque un hombre puede enviar a otro a la muerte, puede estar bien seguro de que él mismo también le seguirá, e incierta como es la hora de la muerte, puede ocurrir que él mismo, tal vez, preceda a quien imagina con arrogancia haber enviado a la muerte. Así ocurrió aquí, en donde la del miserable Judas precedió a la de Cristo, a quien aquél había entregado a la muerte.

Ejemplo triste y terrible para todos. No se crea el criminal seguro y libre de castigo, por mucho que se precie en su arrogante impenitencia, porque contra los malvados conspiran al unísono todas las creaturas junto con el Creador. El aire suspira por soplar vapores nocivos contra el miserable. El mar desea arrollarlo con sus olas. Las montañas quieren volcarse sobre él. Los valles, levantarse en contra suya. La tierra, entreabrirse bajo sus pies. El infierno busca tragarlo tras una larga caída. Los demonios desean zambullirle en las llamas devoradoras y eternas. Y entretanto, el único que preserva al hombre malvado es el mismo Dios que aquél abandonó.

Si alguien es tan obstinado en su imitación de Judas que Dios decida no ofrecerle más la gracia que tan a menudo le ha sido procurada (y por él rechazada), ese hombre sí que es verdaderamente desgraciado, y por mucho que se halague a sí mismo en la falsa ilusión de volar muy alto en el aire sobre una nube de falsa felicidad, está, de hecho, revolcándose en abismo de calamidad y de desgracia. A Cristo clementísimo se ha de pedir por uno mismo y por los demás, para no imitar a Judas en su obcecación frenética, y poder así aceptar la gracia que Dios ofrece para ser restaurados de nuevo por la penitencia y por la misericordia a la gloria.