¿A qué se debe que hoy en día virtudes tan deseables como la pureza, el silencio, la discreción, la caridad, el soportar los defectos ajenos, etc. lleguen a causar tal rechazo en la juventud que uno se convierta en un paria por el solo hecho de pretender practicarlas?
Desde niños hemos aprendido a educarnos a través de la ridiculización. Así crecimos en el ámbito escolar, y así continuamos hasta convertirnos en adultos que debían enfrentar sus nuevas responsabilidades. Caernos, equivocarnos, no formar parte de una forma de pensar, fue invariablemente objeto de la más cruel burla de nuestros compañeros e incluso amigos. Por sensibilidad o falta de ella, por no encajar en la moda, por ser algo lentos o ignorantes de algún punto, recibíamos risas e incluso ofensas de aquellos a quienes deseábamos ver entre nuestro grupo de pertenencia. Esta forma de «educación» se ha vuelto absolutamente universal. ¿Y por qué llamarla «educación»? Porque el temor a vernos en esas horribles situaciones de segregación nos han «guiado» hacia el campo exacto en que «debemos encajar» para dejar de ser blanco de los dardos de nuestros pares.
Este método «educador» en que hemos caído y que también hemos endilgado a otros en una u otra ocasión tiene graves consecuencias. Hoy, un adolescente mayor de trece años (y en algunos casos de menos edad) que no tenga experiencia sexual, por ejemplo, es objeto inmediato de la burla de sus semejantes. Así, tener «experiencia» en este ámbito es más deseado por dejar de formar parte del bando de los marginados, que por una búsqueda, a su tiempo, del amor y la formación de una familia.
¿Qué sería hoy de un niño absolutamente inocente que a los diez años pensara en jugar en lugar de buscar novia? Sería inmediatamente el tonto del grupo, en caso de que forme parte del mismo. ¿Es acaso concebible un chico actual que no guste de Pokemon, estar a la moda, ir a una disco los sábados y emborracharse o fumar a espaldas de sus padres? Sí, si es un tonto.
De esta manera, lo que debería ser una formación basada en la comprensión de aquello que conviene y lo que no, o el deseo de hacer las cosas bien, etc., se convierte en un tener que «formar parte» sí o sí, o «morir relegados a la hilacha de los que no encajan en nada».
Años atrás, no profesar una determinada religión era objeto de burlas. Luego eso fue reemplazado por las ideologías. Siguieron después las modas, y finalmente es esa postura de desinterés por todo, de violencia y de «inteligencia» expresada en la misma burla, lo que determina si estamos dentro o estamos fuera.
Ya desde el principio, las burlas han sido diametralmente opuestas a cualquier sentido apostólico y educador como corresponde. Desde luego que es muy diferente la ridiculización del mal (y no de quien ha caído, a no ser que no haga nada por reformarse), en donde se deja al descubierto la dimensión más burda de aquello que nos daña y nos desvía del buen camino. Pero, ¿acaso es afeminado, o tonto, o ridículo un joven que desea ser casto? Bastaría decir esa misma pregunta a un grupo de adolescentes para verlos desternillarse de risa ante la sola palabra «castidad».
¿Por qué? ¿A qué se debe que hoy en día virtudes tan deseables como la pureza, el silencio, la discreción, la caridad, el soportar los defectos ajenos, etc. lleguen a causar tal rechazo en la juventud que uno se convierta en un paria por el solo hecho de pretender practicarlas?
Ya no existe la buena corrección de defectos entre los jóvenes, porque sería ubicarse en contra del relativismo que «todo lo perdona» (entendiendo por «todo» algo así como «sobre gustos no hay nada escrito», o dicho en otras palabras: «cada uno tiene ‘derecho’ de equivocarse o hacer lo que quiera», si es que poseen el concepto de equivocación). Pero sí existe la ridiculización, porque puedo optar por ser honrado o no, puedo optar por casarme y tener hijos o por tener veinte parejas por mes, puedo optar por ser creyente o ateo como una piedra, pero no puedo optar por desentonar con el resto. Soy moral o inmoral, soy bueno o malo, soy pragmático utilitarista o artista decadente, drogadicto o alcohólico, pero no puedo gustar de nada que tenga gusto a «antiguo» o diferente. ¿A esa le gusta bordar? ¿Tal otro no quiere estar con una mujer antes de casarse? ¿Al de más allá le gusta mucho estar con su madre? ¿Esta va a la Iglesia? ¡Son raros! ¡Son tontos! ¡Fuera!
La burla, si aun fuese posible, debería ser erradicada como un gran mal… el mal que lleva a quienes la sufren, por respeto humano, a caer en la irracionalidad más absoluta con tal de no volver a pasar por ella. La educación verdadera, por el contrario, se basa en el ejemplo, en la explicación, en sopesar qué está bien y qué no, y en la autoridad de quien nos guía, autoridad que hoy en día se encuentra absolutamente diezmada por la ridícula rebeldía de quienes desean espacio para hacer todo mal, y por la ridícula liberalidad de padres que prefieren, como se ve en una horrible película actual, orinar en público con su pequeño hijo para parecer «cálido y cercano» a enseñarle lo que tiene que hacer, aún con el costo de algún correctivo poco divertido de cuando en cuando.
Artículo publicado originalmente en el desaparecido blog de cristiandad.org
