DÍA XIX
La misericordia de Nuestro Señor me ha librado del pecado y del infierno. Pero esto no es más que el lado negativo de lo que su amor infinito se ha dignado hacer por mí: el lado positivo, el bien que me ha merecido, es mil veces más precioso todavía. Si me ha librado de todo mal, ha sido para darme todo bien.
Sí, todo bien; porque con su cielo, con su bienaventuranza y su eternidad se me entrega a sí mismo, y como decía a Santa Ángela de Foligno: Él es el Todo-Bien.
¿Qué bien hay comparable a la posesión del cielo, es decir, la posesión de la felicidad perfecta y eterna, del perfecto y eterno gozo, del perfecto y eterno amor?
El cielo es el seno de Dios en el cual la criatura deificada se encuentra abismada, con Jesucristo, por Jesucristo y en Jesucristo, en el océano de la luz divina y de la eterna bienaventuranza. El cielo es el Amor convertido en nuestra vida, nuestro estado, nuestra atmósfera, nuestro todo. No más temores, no más lobregueces, no más privaciones, no más desfallecimientos, no más separaciones, no más lágrimas, no más sufrimientos; al contrario, sobreabundancia inconmensurable e inmutable de todos los bienes, sean del espíritu, del corazón o de los sentidos.
Vivir con Jesús y María, con los bienaventurados Serafines, Querubines, Arcángeles y Ángeles; con todos los Santos, con todos los elegidos; ver a Dios cara a cara, poseer a Dios por completo, gozar de Dios, estar lleno de la paz y alegría de Dios; y esto para siempre, sin inquietud, sin posibilidad de perder una sola gota de aquel océano de felicidad.
¡Qué perspectiva, Dios mío! ¡Qué dicha ser eternamente compañero de los Ángeles, vivir la vida de los Ángeles, estar revestido de su gloria, gozar de su bienaventuranza; en una palabra, ser semejante a los Ángeles!
¡Qué dicha ocupar para siempre la categoría de hijos de Dios, ser eternamente miembros glorificados del Unigénito de Dios, coherederos y hermanos suyos!
¡Qué felicidad ser con Jesús rey de un reino eterno, poseer el mismo reino que el Eterno Padre ha dado a su Hijo, sentarse a su mesa con María y con todos los escogidos! ¡Qué gloria estar revestido del celeste manto de luz, del vestido real y glorioso del Rey de reyes!
En el cielo nos sentaremos en un mismo trono con el soberano Monarca de cielos y tierra; descansaremos con nuestro Salvador en el seno de su Padre; poseeremos todos los bienes de Dios; seremos, en fin, enteramente transformados en Dios, es decir, estaremos llenos y penetrados de todas las perfecciones divinas, más íntimamente que el hierro metido en la fragua está penetrado del fuego.
En Jesucristo no formaremos más que uno solo con Dios, no por unidad de esencia, sino por unión de amor y participación de gracia.
¡Oh Señor, qué felicidad tan grande e incomparable la del cielo! Y aun todo lo que conocemos de él es nada en comparación de la realidad. Vos mismo lo habéis dicho: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el entendimiento humano puede comprender lo que Dios tiene reservado a los que le aman».
¿Y a quién debo yo la inmensidad de este celestial e incomprensible tesoro? Al amor misericordioso e infinito del Corazón de mi Salvador. Él me lo ha dado todo: su Iglesia, su verdad, sus sacramentos, su Eucaristía, su Madre, su cruz, todas sus gracias y riquezas espirituales; y en el cielo se me dará Él mismo como bienaventuranza sin medida.
¡Gracias infinitas al Corazón de mi Dios por sus inefables dones! Sí, todo lo tengo en Jesucristo; y su Sagrado Corazón, donde descanso si le soy fiel, es el abismo de todo bien que me libra del abismo de todo mal.
¡Oh buen Jesús! perdonad a todos los que no os aman. ¡Cuán grande es su número! Incluso en los países cristianos, muchos tratan a este adorable Salvador como si nada le debiesen, olvidándole, blasfemándole y ofendiéndole de mil maneras.
Sin embargo, ¿qué más podía hacer para mostrarles su amor? Decía a Santa Brígida que, si fuese posible sufrir los tormentos de su Pasión tantas veces cuantas almas hay en el infierno, gustoso los sufriría.
Y aun así, muchos vuelven a crucificarle con sus pecados, pues quien peca mortalmente «crucifica de nuevo al Hijo de Dios».
¡Dios mío! agradecemos incluso los pequeños beneficios humanos, y amamos a criaturas que nos sirven; ¿cómo no amar a Dios, que es nuestro Creador, Redentor, Amigo, Tesoro y Vida?
¡Oh hijos de Adán! venid a vuestro Redentor, fuente de agua viva, río de misericordia, mina de tesoros eternos. Venid, sedientos; venid, afligidos; venid, cautivos; venid a la libertad. ¿Qué esperáis?
Rompid vuestras cadenas. Corred, que buena mesa os espera, llena de deleites verdaderos. Despertad, que la luz ya entra en vuestras almas. Abrid vuestro corazón a Dios.
