DÍA XX
El mismo día de la institución de la Eucaristía, estando todavía en el Cenáculo, Nuestro Señor dirigió a sus discípulos una palabra admirable, salida como ardiente llama del fondo de su Corazón: «Os amo» (Ego dilexi vos). Parémonos aquí un poco y meditemos bien esta palabra.
¡Oh, cuán dulcemente suena en los labios del soberano Señor del universo, del Dios de la eternidad! ¡Cuán buena y consoladora es para el alma verdaderamente cristiana esta palabra de Jesús: «Os amo»!
Si un gran rey se dignase entrar un día en la choza del último de sus vasallos para decirle: «Te amo, y he venido aquí expresamente para decírtelo», ¡qué gozo no sentiría aquel pobre hombre!
Si un ángel del cielo o la misma Santísima Virgen María se apareciese a algún pobre pecador y le dijese: «Te amo; tuyo es mi corazón», ¡qué asombro, qué transportes no experimentaría!
Pues bien, ved aquí infinitamente más: el Rey de reyes, el Santo de los santos, el soberano Señor del cielo baja hasta nosotros, pobres pecadores, para decirnos: «Os amo». Ego dilexi vos.
Yo, Creador de todas las cosas; Yo, que gobierno el universo; Yo, que poseo todos los tesoros del cielo y de la tierra; Yo, que hago todo lo que quiero sin que nadie pueda resistir a mi voluntad: ¡os amo!
¿Qué consuelo, dulce Redentor mío! ¿No hubiera sido ya demasiado decirnos: «Pienso en vosotros de vez en cuando» o «tengo buenos designios sobre vosotros»?
Pero no: queréis asegurarnos vuestro amor y la ternura infinita de vuestro divino Corazón, por nosotros, que nada somos, por nosotros, pecadores ingratos que os hemos crucificado tantas veces.
Pero ¿cómo nos ama el Corazón adorable del Salvador? Escuchad: «Sicut dilexit me Pater» — como el Padre me ha amado, así os amo yo.
Os amo con el mismo amor con que mi Padre me ama a Mí.
¿Y cuál es ese amor del Padre al Hijo? Es un amor infinito, eterno, universal y esencial.
Es, ante todo, un amor infinito, sin límites ni medida, incomprensible e inefable, tan grande como la esencia misma de Dios.
Medid, si podéis, la grandeza de la esencia divina, y habréis medido el amor del Padre al Hijo; y solo entonces podréis entrever el amor que Jesús nos tiene.
Es también un amor eterno: sin principio ni fin, inmutable, perpetuo.
Y con ese mismo amor eterno somos amados por Jesucristo, que permanece Dios eterno incluso en la Encarnación.
Este amor no tendrá fin, y tampoco nuestra respuesta de amor debería tenerlo. ¡Y sin embargo, qué fácilmente perdemos el tiempo en cosas pasajeras!
El amor del Padre al Hijo es también universal: llena el cielo y la tierra, los Ángeles y los hombres.
Y este mismo amor es el Espíritu Santo, amor substancial del Padre y del Hijo.
Con este mismo Espíritu nos ama Jesús: en la Santísima Virgen, en San José, en los Ángeles y Santos, y en todos los miembros de su Iglesia.
Más aún: ordena a todos los hombres que nos respeten, nos ayuden y nos amen como a ellos mismos.
Así, el cielo y la tierra me repiten continuamente que debo amar a Dios.
Finalmente, este amor es esencial y total: Dios ama al Hijo con todo su ser, y Jesús nos ama con todo lo que es y tiene.
Su divinidad, su humanidad, su vida, su sangre, sus sufrimientos, su cruz, su gloria: todo está puesto al servicio de su amor por nosotros.
Pero sobre todo, su Sagrado Corazón es el instrumento vivo de este amor infinito, abierto por nosotros en la cruz bajo el dolor y la caridad.
¡Gran Dios! y todo esto ha sido hecho por mí, pecador indigno.
Jesús me ama con el mismo amor con que es amado por el Padre: amor infinito, eterno, universal y total.
¿Cuándo abriré por fin los ojos para no perder de vista este amor?
¿Cuándo amaré a este buen Jesús con todo mi corazón, como Él me ama?
Jesús, os quiero amar desde hoy como Vos me amáis: totalmente, sin reservas, con todo mi corazón.
Ayudadme, Virgen Santísima, a ser fiel a vuestro divino Hijo hasta el final.
